Morfología del deseo



Descargar 0,53 Mb.
Página4/9
Fecha de conversión10.04.2017
Tamaño0,53 Mb.
1   2   3   4   5   6   7   8   9

Elevada
Los tacones altos son máquinas disciplinarias que circunscriben todo tu comportamiento dentro de una rección sistemática, que implica todas las restricciones que se han requerido para civilizarte como miembro Otro del género humano (De Beauvoir, 1949).

Te demarcan y te especializan, te maltratan y te organizan. Me dan la dirección bien delimitada que ocupas en el Universo y el repertorio de los itinerarios y lugares a donde te dejan, o te ordenan, imponen, acudir. Te constituyen la feminidad como lugar cercado, mimoso, riesgoso, en donde hay que caminar de puntillas, con mucho tino y con extremo cuidado. Y, sobre todo, te instalan una rectitud pudorosa, que se satisface en la impedimenta, en el ritmo esbelto y engorroso que te obligan, pues, en lugar de sostenerte, eres tú quien los sostiene. Te sirven para demostrarme que eres capaz de guardar un fino equilibrio, de mantenerte erguida e indiferente en la cuerda floja de la feminidad que te viste de pies a cabeza.

Los tacones son el emblema de la delicada —¡imposible! (digo yo)— armonía que debes mantener a través de tus vertiginosos avatares entre pudor y deseo, entre la modestia y la necesaria —¡necesarísima!, para ti y para mí— exhibición de tu cuerpo. Tu lucha con ellos es paradójicamente vistosa e irreconocible: están allí como parte de la vida vegetativa de tu estética, nadie te reconoce mérito alguno por padecerlos, pues son un horizonte habitual, esperado, obvio, y, en ciertas situaciones, obligatorio —como un castigo (digo yo)—, y nadie se compadece si te causan dolor, si te ahogan, si entorpecen tus andares obligándote a andar a trocitos, si con ellos todo te queda más lejos, las distancias se te vuelven dolorosas. Son cosas que no le interesan a nadie, comenzando por ti, que, además, los gozas.

Porque te hacen inaccesible, esotérica, engorrosa y milagrosa. Son todo paradoja, pues te hacen por igual prisionera y tiránica, al mismo tiempo abigarrada y esquemática, te imponen una lucha intensa para equilibrar tu vida sinusoide dentro de los límites rectilíneos en que ellos te sitian. Te dotan entonces de un andar especial, destinado a no pasar desapercibido, andar que luciría rebuscado sin ellos, la perfecta excusa para el pasito corto, para la gracia. Te dan, pues, una coartada para andar notoriamente, para, como dicen de las españolas, caminar mucho y andar poco. O viceversa. Lo mismo da.

Yo, en cambio, me indigno demasiado —¿demasiado?— rápido con unos zapatos rígidos, incómodos o contrahechos; a la menor molestia los abandono y los execro malhumorado. Tú no, tú sabes que el triunfo de tu impaciencia no consiste en abandonar los zapatos incómodos para hollar y ocupar vastos territorios, porque para ti no hay zapatos cómodos y zapatos incómodos, sino zapatos bellos y zapatos triviales. Los bellos te imponen tacón, los triviales no. Los bellos te hacen frágil e inmóvil: con ellos no vas a ninguna parte porque te permiten hacer girar el mundo a tu alrededor, a voluntad.

Pero mentira: no son voluntarios: los recibes del mundo como una fatalidad, como la lluvia o el terremoto o el uso del género gramatical: nadie los provoca, nadie los busca, todos los padecen —o los gozan pasivamente, porque no hay otro modo. Figuran como una fatalidad de tu sexo: como el parto o la virginidad. No los inventaste, no los produjiste, pero tampoco los discutes porque son tú, porque son esenciales, no se puede ser mujer sin parto, sin virginidad y sin tacones; pero están en el mundo como un desafío, como un obstáculo y una condición del camino de tu gloria: si no los enfrentas no mereces tu reino recóndito y delicioso, feliz y doloroso, trivial y fundamental, «apasionante, como todo lo que es difícil e inútil» (Duque de Brissac, 1984:25). Por eso no te los pones; por eso se te imponen. Y también por eso, como venimos viendo, son todo paradoja: te los ponen y se te imponen, y hacen que tu libertad sea precisamente mantenerte fija para que todo se satelice en torno tuyo, pues en tacones todo se te pone tan lejos, el mundo se te hace tan grande. Tu libertad es precisamente tu esclavitud: atada a los tacones, eres un ser circunscrito a un espacio y a un tempo irrenunciables, del cual el resto del espacio y del tiempo dependen. ¡Extraños vehículos estos, hechos deliberadamente para no llevarte a ninguna parte!

Y, claro, por el otro extremo de la paradoja, no es que todo está lejos, ni que el mundo es en exceso grande. Lo que pasa es que esas naves te elevan en un espaciotiempo singular, diría la física teórica, en donde las leyes que gobiernan las distancias y los tiempos son diferentes, no tienen nada que ver con el mundo masculino, tan exhibicionista de su flanco calculable, medible, contable. El espacio al que te elevan esas naves entaconadas tiene otras dimensiones, posee otras escalas; ámbito sin espacio, sección especial, radicalmente diversa —la Sección Áurea—, que no puede —ni debe— medirse con unidades rutinarias, en donde los movimientos merecen otro cálculo, pues estás en otra dimensión: con tacones solo puedes ir de dentro hacia adentro: —del boudoir a la cocina—, de dentro hacia afuera —del boudoir al jardín— y de fuera hacia adentro —del jardín al boudoir. Nunca de fuera hacia afuera, de las Fuentes del Nilo al Monte Everest, de los viajes de Colón a la conquista del Polo Norte. No: esos son espacios universales, que no te interesan cuando andas en tacones, que te interesan menos a medida en que eres más mujer, pues tu ámbito es específico, un recinto que no se puede intercambiar: el ánfora de Pandora, desde donde dominas el mundo, pequeña provincia desde donde tus actos tienen consecuencias no solo radicales sino universales, en todo el espacio y en todo el tiempo del mundo, que los hombres creemos nuestro. Ese espacio interior, ese ámbito sin espacio que te conecta con el futuro (Mailer, 1971:82), ese espacio es todo interioridad. Con ellos haces potlatch del espacio disponible, que altivamente ignoras y desperdicias. En ese lugar no hay espacio y tiempo medibles porque no hay nada cuantitativo; en él todo es cualitativo, en él todo es calidad. En mi planeta se sabe que una moneda es distinta a otra porque está hecha de una porción distinta del mismo metal. En tu planeta es la misma moneda, pues la espacialidad que rige en el mío es desconocida en el tuyo: tú eres centro, que es un punto, y un punto no tiene dimensiones. Yo soy periferia y necesito todo el espacio posible —el espacio interestelar incluso— para no ahogarme. Tanto que ya no me bastan estas cuatro dimensiones y ando buscando las otras que sugieren los físicos teóricos, a ver qué encuentro en ellas. A ti esas dimensiones te son radicalmente indiferentes.

Por debajo de los sonidos y de los ritmos, la música opera sobre un terreno bruto: el tiempo fisiológico del oyente; tiempo irremediablemente diacrónico porque es irreversible, y en que ella transmuta el segmento consagrado a escucharla en una totalidad sincrónica y cerrada sobre sí misma. La audición de la obra musical, por su organización interna, inmoviliza el tiempo que pasa; como una nata transportada por el viento, la atrapa y repliega. Por ello, al escuchar la música y mientras la escuchamos, accedemos a una especie de eternidad (Lévi-Strauss, 1964:24).

Por eso me fascina tanto y temo tanto la implosión hacia tu centro. Por eso quiero dominarte, tengo que dominarte por mi propia seguridad, para preservar mi libertad, por eso me convences de tu obediencia, es tu astucia para no asustarme y no ponerme en fuga; pero no puedo dominarte, porque un punto sin dimensiones como tú se le escurre irremediablemente a quien vive dentro de cuatro dimensiones cuantitativas como las que rigen a mi planeta. Se escurre porque es imperceptible: el que vive en tres dimensiones no concibe un espacio de cero dimensiones. Ese espacio anadimensional, el tuyo, es el reino del erotismo, donde el espacio tridimensional y el tiempo se suspenden, como en el arte.

Los tacones te vuelven una entidad de lujo porque te elevan hasta el Cielo y están hechos para que caminar sea un triunfo.

Los zapatos de la mujer son los verdaderos zapatos. Los de hombre no son más que una redundancia del pie, sobrepié de cuero y suela que no hace falta, como no se la hizo a la humanidad descalza que vivió durante millones de años sin poner nada entre el suelo y la planta. Sí, está bien, cualquier zapato «cuida» al pie, lo hace más delicado, más «civil», menos agreste, menos rústico, más sensible, más secreto. Incluso al del hombre. Pero, en último balance, no es sino una redundancia de la misma naturaleza mecánica que el pie. El tacón en cambio, marca una diferencia mecánica radical, él sí es una irrupción totalmente inventada, absolutamente innecesaria desde el punto de vista práctico, eso que los activistas de cualquier cosa llaman “prácticoí, pero perfectamente imprescindible para los fines que se propone alcanzar, distintos a los del pie paralelo al horizonte que se propone conquistar, descalzo o con botas o con zapatos deportivos. Los tacones, en cambio, marchan a contrapelo del horizonte porque para nada les interesa el horizonte. Marchan en otra dimensión. Ni siquiera se puede decir que marchan. O en todo caso caminan, pero no andan. Como todo lo que tiene que ver con el hemisferio derecho del cerebro, no tienen razones: tienen motivos; no calculan: intuyen; no conocen de geometría: saben de formas; no escuchan: oyen; no miran: ven; no andan: caminan; no perciben: sienten; no conocen: saben.

Pero no por interiores las aventuras a que te conducen son menos intensas y riesgosas que la conquista de las fuentes del Nilo. Por eso los son tu asta, tu pancarta, porque proclaman que tú, la Sede del Deseo, eres la única que domina ese ámbito específico como radical y excluyente y rotundamente tuyo. Con tacones das garantías de que ese mundo externo no te interesa, con tacones significas y redundas cuál es tu espacio específico o tu no-espacio, cuáles son tus querencias y tus moradas tuyas.

Atada así, pues, estás sometida a un andar de puntillas que cada quien siente a su manera: tú, centro, que vives en ti, yo, periferia, que vivo en ti, centro, esa fantasía viviente, como espectáculo cotidiano. Caminar con ellos es un acto paradójico, porque te hacen mascar el freno, guardar el equilibrio como una filigrana exquisita, y, ante todo, distinguirte de las demás fieras por una ufana servidumbre, dando seguridades al Universo de que aquella esplendidez con que lo deslumbras está contrapesada por una gozosa y paradójica docilidad que se propone controlarlo todo desde tu cabina de secretos.



[La geometría] es conocimiento de lo siempreente; mas no de lo generable y corruptible (Platón, La República: § 527).

[...] camina entre los demás con la espalda derecha, fijos los ojos en un punto y sabe que sus pasos no la llevan a ninguna parte: ahí está su fuerza (Mariela Álvarez, 1978: 51).

Lo eterno femenino siempre arriba

con potente acicate nos aguija (Goethe, Faust, al final).

Atada así no puedes huir porque no puedes disponer de rumbo alguno, porque ellos te hacen centro de todo y el centro no puede ir a ninguna parte porque dejaría de ser centro. Por eso una dama «no puede hacer nada», sino esperar que con su sola gravitación de dama, de centro, todo tome el lugar que le corresponde ante ella, que el Príncipe venga por ella y el vasallo se le rinda y las otras se neutralicen y dejen, por tanto de ser, precisamente, femeninas. Atada así te vuelves «lo eterno femenino».

Si sales de tu crisálida con ellos ya no puedes dar marcha atrás; se te quedan adheridos, reprimiéndote, en la fiesta, en la diligencia, en la labor entaconada. solo te los quitas para cerrar la jornada o en una emergencia, cuando estorban para correr y ya el derecho a la supervivencia te releva de tu deber de ser la Sede del Deseo, o para bailar, cuando la música te transporta bien lejos, pero sin cruzar el espacio. Bailar es un andar desinteresado, estético, precioso, que no sirve para nada, porque transporta sin conducir a ninguna parte. De resto te andan vertical, rectilínea, ceñida a estrictos corondeles, hasta sumergirte en una intimidad gozosa, que están hechos también para eso: para prever la intimidad regocijada, así no venga nunca. Para promerterla, para prometértela. Eso te divierte.

Atada así no puedes caminar frívolamente, pues cada desplazamiento adquiere el tenor de una ofrenda, cualquier lugar a donde llegues es un lugar necesariamente excelso y excelente porque es el fruto de una abnegación. Así, no puedes caminar a cualquier parte, pasearte por ahí irresponsablemente; si te paseas es por una razón bien seria, no por una causa fútil. Todo lugar de destino se vuelve sagrado y tu ruta adquiere el cariz de una peregrinación. Porque no se trata de medios de locomoción, de instrumentos para ir a alguna parte. Medios de locomoción son los zapatos deportivos, cómodos, casuales, frívolos, intrascendentes, o las botas militares, que patean el mundo al rastrearlo. Unos zapatos chatos pueden ser bonitos, hasta más bonitos, pero no sagrados.



Para ella, caminar es una fatiga (Balzac: Méditation II).Los tacones no transitan el camino porque son el camino, porque son un punto de destino en sí mismos, porque devienen camino al andar, porque no están hechos para andar sino para esperar. Y en última instancia, puesto que es inevitable que te desplaces, te pones tacones para no andar en vano, para apostar a no tener que desplazarte sino que todo venga a ti, o que te lleven, como ocurre a las princesas cuando van en el anca del caballo blanco del Príncipe.

Atada así, en la geometría de los tacones, te sumes en una cordura por igual poderosa e indefensa que administra y exalta tus tratos con el erotismo atado para ser desatado. Retener a Eros es organizarlo, es decir, civilizarlo, culturizarlo y, por contragolpe, valorizarlo.

Los tacones te comprometen a la formalidad, al estarte queda. Te orientan toda iniciativa hacia los pequeños lugares del mundo, para protegerte, para recelarte, para servirte de marco, aureola, cerco, pero también de envoltura, relieve, oropel, hincapié...; te guían para buscar y cultivar el perímetro de las paredes estrictamente civilizadas y familiares, a buscar y cultivar el espacio que te es específico: el de la intimidad. No hubo intimidad hasta que apareció Pandora en el Universo, pues sin feminidad no hay intimidad. Esa intimidad escandalosa y peligrosa que aterra de la mujer incluso y especialmente a la mujer.

Es impracticable, porque es caricaturesco, salir en tacones a conquistar el universo incivil. Los tacones necesitan, requieren, te imponen, un pavimento liso, equilibrado, nivelado, horizontal, urbano, doméstico y domesticado. Con tacones es imposible practicar terrenos fangosos, fragosos, irregulares, pedregosos, irredentos, en declive. Si lo haces, debe ser un accidente gracioso, al salir de una fiesta, o cuando sueñas con el tema de descalza-por-la-playa-en-traje-de-noche,-tacones-en-mano,-de-brazo-del-galán: el tema de Singing in the rain, es decir, desnuda, atrevida, a la intemperie social, que es una de las obsesiones del deseo. Te pones tacones para soñar con el momento de quitártelos en el lugar mágico a donde promete llevarte el Príncipe. Son tus zapatillas de cristal y toda mujer entaconada, por allá, bien lejos, o por acá, bien cerca, sueña los sueños de Cenicienta.

El garbo entaconado, en fin, te prohíbe y te dispensa del deber de descubrir América y de conquistar el Polo Norte y te impone el deber de administrar todo espacio interior, ya conquistado, de servir el café, de ser procuradora de los compromisos de tu Príncipe —que a veces toma la forma familiar y trivial de jefe o marido—, de vigilar y cuidar toda mundanidad, de regir la disciplina de los cubrecamas, el escritorio de tu jefe, la pincelada, la comisura del labio, el meñique, la manchita.

Esos tacones que llevas ahora, que te acabas de quitar, que alguna vez llevaste, que —tarde o temprano— te vas a poner, comprometen nada menos que la sensación de tu propia estabilidad sobre la faz del mundo, civilizándote toda entera a través de los pies, nada menos que los medios primordiales de tu instalación sobre la faz de la Tierra. Mientras el tacón bajo aferra el pie al mundo, el alto obliga a un equilibrio ecrupuloso, a vigilar tu feminidad como una cuerda floja: si caes pierdes el reino, porque te caes del Cielo.

Son los coturnos del pavimento cultivado. Los escarpines del Foro, que te guarecen de toda experiencia impolítica o fronteriza, de todo trato con la barbarie. Me dan la seguridad de que te vas a quedar donde estás, de que no vas a atravesar el hiperespacio social, generando nuevos mundos, conquistando América, visitando a los Hiperbóreos o rescatando la Atlántida. Tú no estás hecha para civilizar a nadie; a ti se te civiliza, entre otras cosas mediante los tacones. Y si te excedes, si te vistes de hombre, te quemamos, como quemamos —tú y yo, los de entonces— a Juana de Arco. O bien delimitan cuidadosamente tu incivilidad.

Hubo una vez en Grecia un asaltante de camino, Procusto, o Procrustes, que usaba dos camas que lo hicieron célebre hasta hoy: una larga y otra corta. En la corta acostaba a sus víctimas largas, a quienes cortaba cualquier parte del cuerpo que les sobrara. En la larga acostaba a las víctimas cortas, a quienes estiraba para que alcanzaran. Fue ajusticiado por Teseo, que le aplicó su propio tormento.

Los tacones no solo te civilizan o delimitan tu incivilidad, sino que son una de las pruebas decisivas de que hay civilización en el mundo. Las ciudades fronterizas y los campamentos mineros no están civilizados, no son civitas, mientras no están en condiciones de producir el primer espacio horizontal, nivelado, liso y seguro para que por lo menos una mujer lo atraviese en tacones, toda seguridad, toda secreto, toda intimidad. Una villa en que los tacones altos no son, precisamente viable, es una villa montaraz, provisional, incierta y sin proyectos civiles. Una urbe sin urbanidad. Los primeros tacones nos cuentan la primera confianza de una ciudad en su propio refinamiento y su voluntad de historia cívica y no épica, su vocación para los buenos modales y la confidencia, su vocación para poner cada cosa en su sitio y encontrar un sitio para cada cosa, pues son la prótesis urbanizada de tu libertad bajo fianza, custodia de tu condición botín. Ellos nos cuentan que ya la villa se civilizó lo suficiente como para civilizarte y entonces puedas darte tu puesto. Esa villa puede ser ya la génesis del fetichismo, fuente de la douleur exquise que vives con dicha, zapatos de juguete, zigzag caprichoso, zapato chino rector de la vida, cilicio y corsé de los pies, cama de Procusto, tripalium de tu feminidad.

¿Y a qué viene, por cierto, esa voluntad de servidumbre, tan manifiesta, a doscientos años de la Declaración Universal de los Derechos del Hombre? ¿A qué viene ese placer —porque te dan placer— que se produce en medio de tanta douleur exquise? Viene a que son, también, una transacción. Viene a que renuncias al henchido respirar para entrar en un cerco de homenajes. Viene a que con ellos eres más más significativa, más centro. Viene a que te es posible entonces presupuestar los encuentros, los efectos y la administración de la gravitación que los zapatos van a provocar a tu alrededor. Sí, al principio molestan —mucho, me dices siempre—, pero es finalmente cuestión de entrenarte, deporte contradictorio, como tantos deportes, como las carreras de obstáculos. Sí, te estorban —mucho, ya lo sé, me lo vives repitiendo, pero no porque te molestan sino para que no me olvide de tu sacrificio—, pero ¿para qué te estorban? En realidad no te estorban nada, pues mientras más limitan tus pasos, cuanto más sitian tu radio de acción, más te atrincheras en tu cuartel general y más me aprisionan en él. Contigo.
Finalmente, como moderador, el traje de ceremonia impide los movimientos improvisados. Considerados en ese aspecto, los ornamentos de ceremonia son todo lo contrario de las armas y de los trajes de combate. ¿Qué puede hacer un rey que lleva corona, cetro, globo terráqueo y manto de cola? (Alain, 1955: lección 11, p. 98).

Y cuanto más altos mejor, claro. Con límites —o signos de puntuación— poco claros, pues los tacones, como el resto de tus lenguajes, son aquel mediante el cual tu inconsciente habla quedamente con el mío, en plena luz pública. Esos signos de puntuación, esos puntos de detención, son el “sentido práctico” (Bourdieu, 1980) y, a veces, como última consideración, externa, impertinente, entrometida, el dolor, la salud. Es tanta la molestia, es tanta la incomodidad, es tanto el riesgo de salud —mucho, me lo repites tanto—, que nadie puede decir que te los pones por frivolidad. Te los pones porque en ellos te va la vida. Te los pones porque el estrés que causan no es prescindible, como pudieran ser otros. No es algo que se te impone «desde fuera», ese corsé de los pies forma parte de ti misma, porque, más que yo el mío, tú eres tu cuerpo, y más que yo la mía, tú eres tu ropa. Mi cuerpo suele serme normalmente indiferente, salvo cuando me enfermo o me envanezco o me avergüenzo de él —digo, cuando no ando, como casi siempre, distraído en otra cosa.

Te los pones, además, por una suerte de «a que sí me atrevo», pues una vez decretado que esa pieza del zapato, el tacón, puede comenzar su ascenso, nada dice —porque nadie puede decirlo— dónde debe detenerse, de modo que, como tampoco puede ascender ilimitadamente, se detiene en variables alturas, en un equilibrio entre la vanidad y el sentido práctico, equilibrio inestable, como todo equilibrio, desde Heráclito hasta la eternidad, estrés que enfrenta tu vanidad con tu desempeño empírico, profesional, deportivo, político, higiénico. Ellos te elevan bien alto en el Universo, mientras el sentido práctico te regresa al espacio sublunar del mundo que soñó Escipión. A eso se debe esa práctica que la economía, tan obtusa, no entiende: te los pones para salir de casa, en donde la economía, tan tonta, cree que requieres de mayor margen de maniobra, en la calle, ¡cuántos avatares, cuántos entreveros!, y, sin embargo, encapsulada en tu feminidad desafías la calle, ese lugar de la holgura, para señalar que está tan civilizada que puedes surcarla en tacones, en esos aparatos que te ahogan toda expansión. ¿Quién ha dicho que era práctico ser mujer? No se es mujer para tener destreza mecánica sino simbólica. Sí, también la tienes mecánica, en el andar gracioso, en el gesto lúbrico, en la mirada seductora, en la coreografía de tus movimientos, hechos para entrampar las miradas, pero esa es una mecánica puramente simbólica, esto es, artística, celeste. Mi mecánica sirve para cambiar neumáticos o destruir la Amazonia, o evitar que la destruyan. Son simbólicas, sí, pero sirven para otras cosas también, esas que los hacendosos llaman prácticas. Sí, tú lavas y planchas, y ahora también destruyes la Amazonia, o evitas que la destruyan, pero esos gestos de que hablo, los femeninos, los específicos, no sirven para nada, es decir, son primordiales, imprescindibles. Como tomarse una copa de vino o jugar.

Por eso, además, los tacones ascienden a su plenitud, a su cima, en la actividad gratuita, en la fiesta, en la ceremonia, en donde no son engorro para el trabajo o para un trámite social asexuado y cualquiera, sino que son rebuscamiento gozoso y burlesco. Desde adolescente te iniciaste en su ceremonia pública y en su culto secreto, para negociar tu antigua agilidad infantil, que, vista desde la perspectiva del adulto, es socialmente estéril —las niñas deben dejar de ser niñas para reproducirse y «adquirir estado» y responsabilidad comunitaria. Y entonces cambias radicalmente, eres otra. Por eso, entre otras cosas que ignoro (ver El precio de la inocencia), el tránsito de la virginidad hacia la mujer adulta es un momento sagrado. Las vírgenes son estériles mientras son vírgenes. Negocias esa agilidad infantil a cambio de los fueros que adquieres en tacones, para manejar a tu antojo la estratégica cuota del mundo que se te asigna, para marionetizar, en ese recinto estricto, disciplinado, a hombres lujuriosos y a mujeres envidiosas. Porque sin ellos, fuera del pedestal portátil que te construyen, te sientes infantil, es decir, virgen, estéril, chata, ingenua, tonta, trivial, frígida, casual —¿verdad que sí?; un ser que nadie toma en serio porque nadie lo adora porque no es sagrado. Por eso cuando te quieres respaldar con una institución formal, te pones tacones y extremas las formalidades femeninas: falda, ornamentos, medias delicadas, maquillaje, cuando te vas a casar, cuando vas a una fiesta importante, cuando eres abogada, cuando buscas empleo, cuando ejerces un cargo público. ¡Qué paradoja que cuando vas a ejercer tus novísimas reivindicaciones cívicas, que tanto te costaron, buscas las formas más arcaicas de tu feminidad: la reclusión, el brete. Los tacones te sosiegan del vértigo de ser poderosa e inmóvil, como aquellas antiguas reinas de belleza de la Era del Apartheid (ver La Reina de Belleza, dueña de todo).



La mujer, en el mejor de los casos, es una contradicción aún (Alexander Pope).Y cuando eres ajena, cuando andas en los límites del pudor, o sueñas con ellos, ofreciéndote en almoneda, o sueñas con eso —una fantasía inquietante, excitante, deliciosa, aterradora, supongo—, entonces andas entaconada y destalonada, sin la correa trasera que fija el tacón al talón, intimidad pública, secreto a voces, impudor secreto. Tu inconsciente le clama al mío, en plena calle, cosas demasiado íntimas como para decirlas en plena calle a voz tan en cuello. Y mientras más destalonada y más altos los tacones, más íntimo y público el susurro, es decir, más perturbador, más inquietante, más escandaloso y, por eso mismo, más placentero. No sé si te das cuenta de lo que haces cuando andas destalonada. En realidad nunca sé si te das cuenta de las cosas que haces. No te preocupes, a veces yo también ando distraído. El inconsciente es largo y además no importa.

El arte es largo y, además, no importa (Antonio Machado, Consejos).

El primer seductor, el promotor de la especie, debe haber convocado el amor, su discurso. La magia y el deseo que prometían eran un incentivo para la más total de las entregas. Luego (siempre desde la hipótesis, desde el quizá) las mujeres, que entienden del amor porque lo engendran, creyeron y supusieron que era la finalidad más sublime. Fue lógico someterse a ese encantamiento, a la sabiduría de un hombre que hacía de ellas un objeto para adorar, que las descubría la más sutil y divina creatura. Era una forma de ser poderosos. Pero con el tiempo, causa de todos los deterioros, de todas las menguas, el hechizo se convirtió en una estúpida felicidad (Mosca, 1986:155).

En fin, ya no se te puede seducir como antes porque ya no eres como antes. Tus vestires ahora son libres, escoges los tacones de entre una extensísima panoplia, pero los escoges. O te escogen, como gustes, que lo mismo da. La antigua panoplia te determinaba débil, frágil, y, por tanto, disponible ante la machura agreste que enfrentaba y dominaba a la Naturaleza entera, Naturaleza que, por cierto, te incluía a ti. No podías escoger ponerte o no ponerte una falda: era obligatoria. Tu condición botín era entonces inapelable, sin opciones. El varón dominaba guerra y cacería. Tú no. Tú te dejabas civilizar y labrar por él, el que trascendía la naturaleza. Por eso, entre otras sinrazones, precisamente, lo amabas. Lo amas, aunque ya, en rigor, no hace falta.

Ahora no, porque ahora basta un botón para desatar, por ejemplo, la Guerra Nuclear, ese Armagedón burocrático. Ahora tú también puedes desatar la guerra, Helena, pero no como ente inmóvil, sino activa y directamente tú. Y no solo una guerra sino La Guerra, la Última, la Definitiva, la Nuclear, porque esa ya no es una guerra de fuerza muscular y campos de batalla, sino la abstracción absoluta de la guerra. Y como no hay que tener musculatura, puedes hacerla femeninamente, pues la figura femenina no tiene músculos sino piel. La Guerra de Troya, en cambio —es decir, todas las que ocurrieron antes de Hiroshima—, era cosa de hombres y por eso Tetis redujo —¿redujo?— a mujer a su hijo Aquiles, ese epítome de varón, para ampararlo de aquella Primigenia Guerra Mundial.

El guerrero pone en juego su propia vida para aumentar el prestigio de la horda, del clan a que pertenece. Y con ello prueba luminosamente que el valor supremo del hombre no es la vida sino que ella debe servir a fines más importantes que ella misma. La peor maldición que pesa sobre la mujer es su exclusión de esas expediciones guerreras; no es dando la vida sino arriesgando su vida que el hombre se eleva por encima del animal; por eso en la humanidad la superioridad es conferida no al sexo que engendra sino al sexo que mata. [...] Dado que la humanidad se cuestiona en su ser, esto es, prefiere a la vida las razones de vivir, frente a la mujer el hombre se ha colocado como amo; el proyecto del hombre no es repetirse en el tiempo: es reinar sobre el instante y forjar el porvenir. Es la actividad masculina que, al crear valores, ha constituido la existencia misma como valor; la existencia ha vencido las fuerzas confusas de la vida; y ha esclavizado a la Naturaleza y a la Mujer (De Beauvoir, 1949:I, 113-115).

Ahora no. Ahora tú también la puedes hacer, ahora la Guerra Nuclear se hace con botones. La puedes hacer incluso en tacones y en faldas, en un ambiente guarecido, domesticado, femenino, de aire acondicionado, desde donde ahora se puede mirar el mundo como una hormiga que se aplasta y no como un ambiente agreste e incivil. Ahora no eres ni como Helena ni como Criseida, que tenían que esperar pacientemente a que los varones las secuestraran para darse el lujo de provocar una guerra por ellas. Sí: eran la pieza más importante de la guerra, pero no la hacían ellas. Había que manipular a los varones para provocar el rapto, para convertirte en depositaria del valor agregado inmenso que confiere una guerra: Helena tenía un valor estrepitoso después que en ella se invirtieron tantos años de una guerra tan mortífera y catastrófica que solo Homero la pudo cantar. Tenía un valor, pues, homérico.

Ahora también puedes hacer la guerra directamente tú, y administrar multinacionales, dirigir partidos políticos, manejar cadenas de montaje. En tacones. Y por eso ahora los tacones no son una debilidad sino un atavismo de la feminidad antigua y primordial, para que tu libertad recién adquirida no sea esa «tanta cantidad de cosa desnuda» que un día paralizará al Universo, ya está escrito: Mariela Álvarez, 1978:9. Los tacones son el testimonio de lo que fuiste, tu tributo a la feminidad antigua, a la plácida exclusión de otrora. Son mecánicamente compatibles con la civilización, enhorabuena, pero no lo son del todo simbólicamente. La civilización hacia la que vuelas no tiene nada que ver con ellos, porque no tiene nada que ver con tu circunscripción a ese ámbito especial en que vives, ese recinto que se describe con otras escalas y otros ritmos.

O tal vez sí, tal vez son modernísimos —total, en la documentación icónica antigua no figuran estos tacones de aguja ni estas sandalias altas, ni mucho menos destalonadas. Tal vez puede haber otra versión del mito del Futuro, porque la civilización hacia la cual volamos hace de lo físico —vulgarmente entendido como lo que se toca y huele, es decir, lo que percibimos mediante los sentidos «más bajos»— un instrumento de «quita y pon» y de lo intelectual un aparato primordial, que no es incompatible con la dicha entaconada de tu ufana feminidad. Lo que explicaría que hoy, siendo libre como nunca lo fuiste, estés sometida —por ti misma, no recuerdo haberte obligado a esa prisión portátil. La civilización hacia donde viajamos es cada vez más femenina, es decir, cada vez te abre más espacios tal como eres, tal como eras, tal como siempre fuiste, solo que ahora eso que eras y eres no es un signo de derrota sino de triunfo, pues ahora se prohíbe ser mujer en cada vez menos lugares. Y falta poco para que puedas serlo en todo lugar donde te dé la gana de serlo. Hasta las atletas olímpicas, desde Florence Griffith Joiner, se engalanan para seducir mientras rompen marcas. Y a Florence su marido-entrenador la levanta en brazos al llegar triunfante a la meta, como la princesa encantada. Así sería de significativa la escena que se ha vuelto un emblema: es la mujer más veloz del mundo, pero bajo la protección de su príncipe. Seguramente se pone tacones para ir a celebrar su triunfo.

Mientras tanto, mientras esos sucesos se desarrollan, los tacones sosiegan al mundo, a mí, y a ti, del vértigo, de tu —nuestro— «miedo a la libertad», ese albedrío que vives como una vastísima e insólita primicia que, entre todas las mujeres de la Historia, desde Femina Sapiens, estás apenas aprendiendo a usar y disfrutar.

Lo difícil no es comprender que el arte y el epos griego se hallen ligados a ciertas formas del desarrollo social, sino que aún puedan procurarnos goces estéticos y se consideren en ciertos casos como norma y modelo inaccesibles (Marx).

Los tacones son, tal vez, un arcaísmo —representan tu sujeción como otrora la falda talar, el corsé y otros engorros. Pero como sirven para construir y constituir el deseo, son un arcaísmo delicioso, como tantos arcaísmos que tienen la virtud de ser cada vez más vigentes. Como disfrutar de la Ilíada, después de que pasaron aquel odio cordial e íntimo de aqueos y troyanos y hasta aquellas condiciones de producción. O tal vez no, finalmente Homero es modernísimo, tanto como las pirámides, que, según Julio Camba, son «el último grito» en materia de pirámides, como las iglesias góticas: «el último grito» en materia de iglesias góticas. Así como los tacones son «el último grito» en materia de seducción. Porque son una necesidad estructural de nuestra civilización —actual y futura—, porque viven en ti —y en mí— como todos los arcaísmos, como antecedente necesario y adorable, para que nuestra historia sea un discurso estructurado y no una sucesión caótica de hechos yuxtapuestos. Es, creo, lo que explica que aún admiremos a Homero y, aun sin saberlo ni haberlos leído, pensemos a veces como Heráclito y otras como Parménides y otras como Maimónides, y nos quedemos mirando las pinturas rupestres. Los tacones son arcaicos, para ti y también para mí. Claro está, como el deseo.

Los tacones altos no son mero elemento léxico que se yuxtapone a cualquier otro elemento. Gozan más bien de una cuidadosa sintaxis, pues sirven de eco a la falda, por ejemplo. Son una instancia codificadora de ella. Con ellos toda falda, por crinolina que sea, es estrecha, porque te imponen pasitos cortos, caricatura del andar, como el de Ofelia, según el misógino Hamlet. Con ellos toda falda es estrecha, porque si la vistes amplia no es para tener más libertad de movimiento, sino de picardía, de guiño para el que entiende, es decir, para el que sabe sentir tu libertad de ondearla como banderola de la fiesta que prometes. Y si, ya el colmo, usas pantalón entaconada, es para exhibirlo como caricatura de la libertad de desplazamiento y del albedrío caprichoso de tus piernas, pues mientras el pantalón decreta tu desenvoltura, los tacones te la abrogan.

No sé cómo va a ser la feminidad futura, la que —tal vez— ya no te identificará con la servidumbre y la recóndita, indirecta, insidiosa, perversa dominación que ejerces sobre mí, Cleopatra. Tú tampoco lo sabes, Carmen. Ambos la vamos construyendo sin saber cómo (ver Civilizados), es decir, dialécticamente. Y así ocurrió también con la Revolución Francesa, que la hicieron —no había más nadie— los súbditos de un Rey. Ellos te permiten responder oronda, mientras tanto, a la vieja e idiota acusación de que la mujer moderna «ha perdido su feminidad».



La cultura y la civilización, que tanto nos envanece, son una creación del hombre salvaje, no del hombre culto y civilizado, por lo que es un error cargar de peyoración al término salvajismo (Ortega, 1966:436-437).

Ojalá se pierda, por cierto. Me refiero a la feminidad de la callada y resignada Penélope, pervirtiendo y pervirtiéndose para poder respirar en aquel estrechísimo margen de maniobra que se le encomendaba y en que estaba confinada. O la de la Pata Daisy, el ser más morboso que haya sido creado por la perversidad humana. Ya vendrá otra feminidad, cuando llegue lo sabremos. Y si lo sabremos es porque la sentiremos y también la desearemos.

Somos un hombre y una mujer al menos parcialmente arcaicos, es decir, excelentes para construir esa mujer y ese hombre que —ojalá, no sé— no desearán entresubyugarse, y para encontrar otras panoplias para tu cuerpo. Y el mío. Porque ocurre que el deseo se moviliza movilizando a su vez —y construyendo— el proceso civilizatorio entero. Supliéndonos el uno al otro: soy hombre en tu lugar tanto como eres mujer en lugar mío. Soy hombre para que tú no tengas que serlo; eres mujer para que yo no tenga que serlo. Nos repartimos los papeles para que existan esas dos entidades como «ideas claras y distintas». Y podamos ver y vivir el otro lado del mundo a través del otro sexo.

Por eso y por ahora, mientras tanto, los tacones te los pones tú, pero son míos.

1   2   3   4   5   6   7   8   9


La base de datos está protegida por derechos de autor ©absta.info 2016
enviar mensaje

    Página principal