Morfología del deseo



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Privada




Ciertamente, en la fantasmagoría masculina, el cuerpo de la mujer juega el papel de lugar privilegiado para el atentado (Alain Robbe-Grillet).
¿No le parece, padre, que las mujeres estamos condenadas a ser difusas? ¿Cómo lo percibe usted desde el confesionario?
El hombre inclinó la cabeza y se demoró. Cuando volvió a hablar no había en su voz el tono de una respuesta. Era como un escoliasta ante una antigua página.
¿Sabes que cuando los hombres llegan al confesionario ocurre como si vaciaran un saco de papas? Las arrojan una tras otra, pecado tras pecado. Pero en el caso de las mujeres, ese saco es de harina. Van soltando algo que al final te baña o te empolva por completo. No sonrías (Balza, 1991).

La configuración de tu cuerpo como lugar privilegiado para el atentado florece de tu condición botín, el centro que, en las pocas civilizaciones que conozco, es un Cuerpo Otro, que se roba, que se enajena, desde fuera, desde la periferia.


La estructura no hace excepción de personas; es, pues, terrible (como una burocracia). No podemos suplicarle y decirle: «Mira cómo soy mejor que H...» Ella responde inexorable: «Estás en el mismo lugar de H..., eres, pues, H...» Nadie puede litigar [plaider] contra la estructura (Barthes, 1977: 154-155).
Cuerpo que vives paradójicamente como «cuerpo extraño», que tiene sus propias conductas, que es fertilizable por otro, que te puede meter en líos por su propia cuenta, que allá en sus jugos y juegos secretos, muy adentro, tiene sus particulares iniciativas ónticas y que, por tanto, hay que cuidar —y reprimir— como se cuida —y reprime— un tesoro que tiene la facultad de la vida, como se cuida —y reprime— un animal sagrado, porque es ontogénico, es decir, productor de seres. Cuerpo que te psicotiza cuando te hace «ceder» cuando precisamente no quieres ceder y entonces te hace sentir mal porque finalmente nadie —ni tú— sabrá nunca por fin quién cedió. Porque tu decisión consiste precisamente en no tomar decisión, mejor dicho, en simularlo, en «dejarte», en figurar «no hacer nada» para que sea el otro el que figure como actor —ya lo decíamos: todo esto es figura. Y tal vez quedarte con aquel «yo no sé cómo fue, yo no quería», de las «vírgenes locas». Un cuerpo que te hace vivir sobresaltada esperando que en cualquier momento te «traicione».

Yo no. Yo ejerzo tal soberanía simbólica sobre mi cuerpo que, aunque él me haga lo que a ti, que me «traicione» y yo «ceda», siempre va a parecer —a figurar— que fuiste tú la que cedió y se me entregó porque te traicionó tu cuerpo. Por eso nos da —¿nos da?— risa el chiste, viejo y no muy bueno, aunque sí significativo, de la niña que, advertida de que no dejara que su novio «se le montara encima» porque la «deshonraba a ella y a toda su familia», informó un día que era ella quien se había montado encima de él y lo había deshonrado a él y a toda su familia. De modo que, sea como sea, siempre gano, sea que te seduzca, sea que me seduzcas. Y a ti incluso te «conviene» —según las reglas del Apartheid, claro está—, pues así quedas absuelta de toda «culpa». Ah, porque en esta cultura —tu cultura— el sexo para ti es siempre culpa, pase lo que pase, así te violen y sobre todo si te violan (ver Expropiada).

Porque así es la vida de los signos en el seno de la vida social. No importa cuál sea la «verdad» de los hechos referidos. No importa que, siendo persona natural, tus deseos sean tan vehementes como los míos, pues según la vida de los signos en esta vida social, ladies donít move, “las damas no se muevení, según la sentencia victoriana, que, claro, se refería a la vivacidad del amor, según el cual las damas deben permanecer rígidas en su Centro, para no volverse excéntricas; no importa cuánto derecho tengas al placer según la Constitución y las leyes (incluyendo las de la naturaleza): si usas de ese derecho eres «una tal por cual»; no importa cuán seducido haya sido yo: tú figurarás siempre como la seducida.

Nada le importa a la vida de los signos en el seno de la vida social. A los signos solo les importa significar y lo que significan en este caso es tu condenación a un double bind, radical como todo doble vínculo: a desear sin poderlo proclamar —y a veces ni siquiera susurrar —; a sobresaltarte por un cuerpo que te amenaza constantemente con cumplir sus exigencias por su cuenta; a desear mientras te niegas y a negarte mientras deseas —de modo que uno nunca sepa si te niegas porque deseas o de verdad te niegas porque de verdad no deseas, de modo tal que uno siempre sospecha y, sobre todo, tiene el deber de sospechar, que sí deseas. Es más, a veces tú misma no lo sabes, y lo peor es que tal vez sea cierto que siempre es posible dar en el espacio exacto en el momento exacto, y otras situaciones igualmente ignominiosas. ¿Ignominiosas? Sí, porque los signos que hablan de esto dicen que son ignominiosas. Yo no creo que sean ignominiosas, seguramente tú tampoco, pero si ocupas el lugar de H... es porque, para la estructura, eres H... Entonces, en el plano de la luz pública insistes en que no, que tu coquetería no tiene nada que ver, que por qué te molestan en la calle, como si algún genio maligno te hubiera obligado a ponerte esa minifalda. Tu perversidad es tan profunda, que a veces ni te das cuenta. Por eso a veces no puedo ni hablar contigo. Porque eres una asamblea de personajes antagónicos, revueltos e ingobernables. Por eso te gusta y detestas que te rapten. Te gusta porque así te dispensas de responsabilidad. Lo detestas porque, ¿a qué persona razonable le va a gustar que la priven de su libertad? Por eso sueles hacer que toda entrega —así la llaman: «entrega»... ¿qué te parece?— figure como un rapto, diciendo no y no hasta el último minuto maravilloso. Y entonces, a la hora del rapto físico es tan difícil discernir que te violaron, a veces hasta para el violador, a veces hasta para ti, porque esa violencia es precisamente una figura del proceso. Es decir, un signo y, por tanto, ambiguo porque el signo, para ser tal, debe ser leído, interpretado por alguien, que lo hace según su propio magín y según sus propias entendederas. Ese acto es un signo de otro discurso y los discursos no tienen interpretación objetiva, sino arbitraria y el Estado te juzga como se le da la gana; acuérdate del Gobernador de Barataria. Sí, es complicadísimo.


Es posible concebir una ciencia que estudie la vida de los signos en el seno de la vida social, formaría parte de la sicología social y en consecuencia de la sicología general. La llamaremos semiología (del griego semeîon, “signoí). Ella nos enseñará en qué consisten los signos y qué leyes los rigen (Saussure: 33, subrayado sic).

Amiga de la Heroína: ¿Por qué lloras, heroína?

Heroína: ¡Porque él [nada menos que Jorge Negrete] se fue!

Amiga de la Heroína: ¿Y por qué se fue?

Heroína: Porque le dije que se fuera. Y ora va a volver y le voy a decir otra vez que se vaya y el muy menso sí se va a ir de a de veras.

Amiga de la heroína: Es verdad, los hombres lo entienden siempre todo al revés (diálogo reconstruido de memoria de la película Me he de comer esa tuna).

Así funciona la maquinaria del deseo, la fisiología del deseo: el proceso explosivo del varón que te asedia y que necesitas que te asedie para poder cumplir tu función implosiva-explosiva, bomba aspirante-impelente, enloquecedora, esa operación de desear mientras te niegas y negarte mientras deseas, tu actitud de darte-para-tener, tu administración de la implosión, o abandonarte a ella, que uno de tus placeres más inquietantes es encontrarte con el que derrota tu oposición, por eso uno de tus placeres más inquietantes es sentirte derrotada. Un sustantivo: placer, y un adjetivo: inquietante. No tiene caso que lo desmientas, también eres razonable, lo sé; el problema es que son cosas que nos constan. A ti y a mí. Pasa todos los días, a toda hora —en este momento está pasando en alguna parte, no lejos de aquí, donde lees este libro.

La condición —la significación— botín es redundada por el sistema de rasgos distintivos que te hacen sentir y sentirte tal: tu cuerpo es el asiento de un conjunto de adornos, de zarcillos, de peinados, de collares, de pechos, de piernas en peligroso vértice bajo la falda, esto es, de elementos asibles y fácilmente descontrolables (ver Pendiente).

De allí tu estricta disciplina, la fabricación de esa movilidad antigua y minuciosamente regulada en que vives, esa movilidad frágil y recóndita en donde se dilucida la violenta tensión entre seducción y pudor —dos instancias que se alimentan destruyéndose mutuamente, es decir, dialécticamente, con desgaste, con estrés. Porque te está vedado equivocarte. Yo puedo hacer lo que me dé la gana: meter la pata, asaltarte en el cortejo cuando no era eso lo que querías, retenerme en el cortejo cuando era asalto lo que deseabas. Yo dispongo de tiempo para enmendar mis acciones. Tú no. Todo lo que ocurre, o no ocurre, es definitivo. Me atrapas en la red de tu centro, o me escabullo en otra red de otro centro, es decir, de otra, «La Otra», esa que odias radicalmente, a muerte, porque te vacía de poder. Para ti cada momento es El Momento Decisivo, porque contigo, la Sede del Deseo, se cuenta para que todo ocurra, o para que nada ocurra. De ti depende todo ceremonial social, por eso eres la encargada de tantos protocolos, a través de los cuales fluye, o no fluye, el poder.

De allí que mover tu cuerpo sea una maniobra extremadamente delicada y sobrecargada de responsabilidades, pues debes tomar en cuenta que toda acción que emprendas genera una actividad difícilmente controlable en el mundo circundante, en la periferia. Accionar brazos y piernas puede generar precipicios, sepulturas, miradas excavadoras, atrevimientos. Deseados o no por ti, pues, como todo discurso, está sujeto a interpretación. Cuando uno emite un mensaje no habla solo, sino que dialoga con alguien, que interpreta y por tanto termina el discurso. Eres lo que se interpreta de ti.

It takes two to tango.

[El sentido] es una realidad intersubjetiva (Todorov, 1982: 34).Mediante esos movimientos defines y redefines el espacio: cuando entras en un lugar, si estás bien definida en relación con tu centro —esto es, si eres deseable, si tienes lo que Deighton (1965) llama «optimismo sexual» —, te adueñas del espacio, de las distancias, de la geografía, sin recorrerlas, meramente a título indicativo, definidor, estratégico. Al emprender cualquier movimiento eres ontogénica, porque puedes decidir el orden espacial en donde está instalada la gente como refugio o como expulsión, porque orientas y reorientas, como vectores, el sistema entero de las miradas. De allí que aprender a moverte es aprender una severísima disciplina, un hondísimo saber, un conocimiento que sientes a cada minuto por todo tu cuerpo y en el rumor que desatas en los cuerpos ajenos.

Cuando caminas por el espacio no te desplazas a través de él; es el espacio el que va cambiando de lugar, es el espacio exterior el que se va desplazando, el que se va redefiniendo en función tuya. Tus galas están para eso, para servir de puntos de referencia, de hitos, al espacio que te rodea para convertirlo en recinto. Sin ti ese recinto vuelve a ser espacio, pues carece de sentido social, como el apartamento de soltero, como la «casa de hombre solo», de la que se dice, con razón, que, por peripuesta que esté, «le falta una mano de mujer», es decir, una mano que convierta la casa en hogar, una mano que la genere como recinto y no como mero mero espacio. Por eso no vas a ninguna parte, porque a donde quiera que vayas llevas el centro contigo.



El sistema de la mujer

es igual que remolino:

que todo lo que tiene a su lado

todo se lo quiere coger

(Celina y Reutilio, son)Listas para apresar las cosas y la gente, tiemblan un poco al aire y luego se precipitan, porque el verdadero regocijo está en el tacto. Zapatos-ícono, sillas-ara de sacrificio, tenedores-pila de agua bendita: no importa lo que toquen las manos de la mujer lo convierten todo en objeto sagrado (Mariela Álvarez, 1978:43).

Y por eso odias a las mujeres, por eso necesitas anularlas, porque con sus propias galas ellas van creando sus propios recintos, sus propias burbujas, sus propios universos —según la teoría de la perpetua inflación caótica del astrofísico Andrei Linde. Las odias encarnizadamente, porque en ello te va la vida, porque te quitan tu recinto y te dejan en la calle o en ninguna parte. Y entonces peleas de copa en copa, de pañito en pañito, de cucharita en cucharita. Es terrible. Ellas te disputan el dominio del espacio y, a su vez, por las mismas razones, te odian. Como la mirada, según Sartre, otra mujer es una grieta por donde se escurre tu propio ego, tu propia identidad. Ella —la Otra, la Gran Enemiga, la Íntima Enemiga, que puede ser tu hermana, tu hija, tu madre, tu mejor amiga— desplaza y debilita tu entidad hasta dejarte convertida en un ser neutro, sin relieve, sin sexo, sin género, sin jugo, sin poder de gravitación, un ser abandonado, ignorado, prescindible, indiferenciable. Es detestable hacer el papel de algo así como «la mujer superflua» (Bajtin, 1976). Cuando un hombre halaga a una ausente, o a una que anda por ahí, tiendes a degradarla ante los ojos de él, a descalificarla («esos zapatos no van con ese cinturón», «tiene las piernas muy gordas», «esos zarcillos están fuera de moda»), pues conoces y sabes minuciosamente el juego que ella juega, porque es el mismo que tú juegas. Ninguna medida es excesiva para recuperar tu condición de centro, es decir: tu condición de Sede del Deseo. Las mujeres te estorban. Por eso, por subterránea que sea, la pelea suele ser atroz, y desesperada porque es una lucha por la supervivencia y si el espacio no va a ser para ti, que no lo sea para ella tampoco... Y no importa que no estés con tu hombre, basta que esté presente cualquier hombre para que emprendas tu contienda por la vida, contra cualquier otra mujer. Las odias a todas a muerte porque sabes que ellas te odian a ti también.



Ser amada es el propósito de todas sus acciones, excitar el deseo el de todos sus gestos (Balzac: Méditation II).No solo se trata de vestir las prendas adecuadas para cada situación, no se trata solo de adecuar tus recursos retóricos a cada ocasión, sino, precisamente, de saber conservar los equilibrios jugosamente inestables de la seducción y el pudor. El pudor es lo que define y estructura tu posibilidad de seducir. No hay pudor donde no hay seducción, si no hay pudor público no se promete la sensualidad de una intimidad desatada. Si no hay pudor, la sensualidad no es íntima y por tanto no puede constituirse como propiedad privada.

Lo que no dice, pero es fácil deducirlo, es que si en ese instante nos las arrancásemo [las máscaras], el universo mismo quedaría paralizado ante tanta cantidad de cosa desnuda (Mariela Álvarez, 1978: 9).

De la vida real

Entre la madre y el niño:

¡No repitas esa palabra!

¿Por qué?

Porque hay palabras que no se dicen.

¿Y por qué existen? (Pardo, 1991: 13).

Por eso las putas son un escándalo necesariamente circunscrito a las «zonas de tolerancia», esos lugares discursivamente oscurecidos, como las malas palabras, que uno no sabe por qué existen si «no se dicen», en donde se tolera la cotidianidad de la Sede del Deseo establecida como centro excéntrico, como secreto público. Por eso se resguarda y disimula a las putas, así sean amantes de Presidentes de República y muy ubicadas en el Aparato. Las putas, por putas de Estado que sean, se ostentan y simultáneamente se disimulan, esto es, se disfrazan de «otra cosa». Si no, se desquiciaría el orden social, el orden simbólico, esto es, el único orden estricto que existe en el Universo, porque es un orden imaginario (ver Ajena).

Por eso tienes que saber accionar tu cuerpo como un instrumento de precisión, administrar tus convenios con el espacio. Tu cuerpo vive de su definición constante por ante el mundo circundante. Por eso tu inteligencia se vierte cuidadosamente en cada una de tus células. Por eso dijo Schopenhauer, uno de tus íntimos enemigos, que eres «un animal de cabellos largos e ideas cortas» —¿todavía te acuerdas?—, porque tu capacidad para las abstracciones —que es lo que exclusiva y abusivamente Occidente llama inteligencia— está absorbida por tu necesidad de concreción y precisión celular, de competencia fisiológica, para maniobrar y maniobrarte debidamente en cada caso y circunstancia. De allí tu proclividad a los designios (Mariela Álvarez, 1978:55).

Así, tus convenios con la vía pública son extremadamente estrictos: no puedes hablar en la calle sino a otras mujeres, si acaso. Si vas a hablar con un hombre has de tener extremo cuidado: solo en sitios resguardados, institucionales, al tendero, al maestro, al compañero de trabajo, para que la fuerza de la institución a que ese hombre pertenece te guarezca. No me atrevo a «faltarte» si hay una institución que me supervise, porque hay testigos que pueden sancionarme, pero no por ti, sino porque he irrespetado una propiedad ajena, porque, ahí sí, tienes derecho a apelación. Y si aun bajo techo a veces puedo atreverme contigo, en plena calle mi palabra es un arma mucho más incontrovertible, un instrumento formidable, con el que puedo agredirte o acariciarte, como me dé la gana, es cosa mía, tú no puedes nada, la sociedad entera me respalda, con la razón o sin ella. Sola en la calle nunca tienes razón, por eso no discutes ni disputas el derecho de palabra, tienes abolido tu derecho constitucional a la libertad de expresión. A menos que quieras figurar —siempre la figura— como una «cualquiera», de esas que no tienen individualidad y que por eso mismo se pueden liar a palabrotas a la luz del sol, o de la luna. En plena calle no puedes dirigirte a un hombre desconocido: es peligroso, en plena calle solo yo tengo derecho a usar mi palabra, para decirte requiebros, piropos, frescuras, y ante mi palabra, proferida así en descampado, tú debes callar estrictamente, pues llevas un bozal que por virtual no es menos efectivo. No puedes contestarme porque, en plena calle, mi palabra es inapelable.

Debes desplazarte con gran delicadeza para evitar encuentros comprometedores, acciones vertiginosas que te pongan al borde de perderte. La mujer que se muestra demasiado desenvuelta, aun en privado, puede ser tenida como una tal por cual. Por eso estás amordazada en público. Por eso sorprende que si la falda y los tacones son la explicitación en superficie de tu incomodidad social, de tu engorro óntico, de tu delimitación espacial, no entiendo por qué no se ha explicitado el bozal como tipología sartorial. Pero, decíamos, por virtual que sea, no es menos efectivo: tu palabra está circunscrita, estrictamente delimitada, tu voz solo se oye avalada por un marco institucional: la tienda, la oficina pública, el lugar de trabajo, la escuela, el hogar. Si no tienes ese aval, no puedes decir tus palabras. En plena calle no eres dueña de nada. Se puede malinterpretar. Si me hablas así en la intemperie social, sin techo, puedo suponer que eres una buscona, una que se ofrece. Es el código social.

Todo esto me parece abominable. A ti también, supongo, pero, de nuevo, a la estructura no puedes decirle que eres mejor que H... Y menos en a cielo abierto. Palabra de hombre.

Y aun en privado, en el refugio donde reinas, tu palabra está ceñida como los pies de las chinas de otrora. Porque entonces tus palabras deben medirse una por una, para evitar equívocos, o para provocarlos. El problema es que si alguien interpreta algo de un modo que no te conviene, tu derecho a apelación es exiguo, por eso hablas siempre más corto, usas más eufemismos, eres más indirecta, te callas más. Por eso tu boca miente tanto. Por eso hablas más bien con tu cuerpo. Porque sabes que él es más poderoso que tus labios, que apenas pueden insinuar de qué se va a hablar. entonces dejas que yo tenga la razón, porque la práctica ha declarado que tu voz reverbera menos. Y por eso mismo también las putas dicen las expresiones más procaces que se oyen en el mundo. Porque no importa, porque ya para qué, ya que te quitaron la honra, la dilapidas y haces un potlatch del decoro.

Lo que una mujer dice a su amante ardoroso amante es mejor escribirlo en el viento o en una rauda corriente de agua (Catulo).

He aquí los resultados de varias investigadoras de la sociolingüística, Pamela Fishman (1984) y Robin Lakoff (1973, 1975) y también West y Zimmerman (1991):



Las mujeres no mienten jamás. De los más secretos repliegues de su cuerpo mana siempre la verdad (Álvaro Mutis).

En diez conversaciones entre dos personas del mismo sexo hubo siete interrupciones. En once diálogos entre ambos sexos, hubo 48 interrupciones y de ellas el hablante masculino hizo 46. [...]

...las mujeres tuvieron menos éxito que los hombres en imponer el tema de la conversación. En el conjunto de datos, fueron introducidos 76 tópicos. En tres casos no estuvo claro si el tópico fue introducido exitosamente o no. Las mujeres introdujeron 45 de los tópicos restantes y los hombres iniciaron 28. De los 45 tópicos de las mujeres solo 17 fueron exitosos. Todos los 28 tópicos de los hombres tuvieron éxito (P. Fishman, 1984:97). Fishman vio la fuerza de sus datos como prueba de un trabajo conversacional más intenso en las mujeres. Los hombres casi sin esfuerzo plantearon sus tópicos, que las mujeres casi siempre endosaron. Los temas de las mujeres no solo fueron apoyados menos activamente, sino que fueron frecuentemente desmerecidos [discouraged] (Fasold, 1992: 110).

Palabra de mujer.

Eso no solo ocurre con tu verbo, sino con el resto de tu boca: todas tus sonrisas te comprometen, sea en privado, sea, sobre todo, en público. Tu sonrisa debe ser calculada, pero con una precisión sin exactitud, valga el oximoron: porque no tienes modo de saber cómo va a calcularla el que la recibe. Si la va a tomar como una entrega o como mera urbanidad. Solo yo decido. Tal vez quieres entregarte, pero yo no lo interpreto así y tú te lo pierdes. Tal vez no quieres entregarte, pero yo lo tomo así, como me da la gana. No confías en tu palabra porque tiene un efecto oblicuo, inesperado o ninguno. Nadie te cree. Ni tú misma, por eso sueles hablar con indirectas, dices lo contrario, vacilas, flotas, te contradices, no sabes qué decir.

La más grande y tal vez única comodidad de ser mujer es que una puede siempre pretender ser más estúpida de lo que es y nadie se sorprende (Freya Stark).

Flota, vacila; en una palabra: es mujer (Jean Racine).Tus palabras tienen una vinculación tortuosa con tu pensamiento. Un tipo de dice esto o aquello en la calle y no puedes contestarle. Piensas, sí, pero no puedes más que callar y tal vez sonreír o mantener tu rostro de esfinge, para que no «se pase». O, si te es dado hablar con él, bajo el paraguas de una entidad cualquiera, tampoco tienes autonomía, porque hay temas que te están vedados, palabras que no puedes proferir sino a tu propio riesgo. Yo sé: ahora eres más libre, he descrito una ortodoxia, has ganado recintos para hacer resonar tu voz, puedes decir palabrotas, lo sé. Pero a tu riesgo. Siempre te lo dicen: si dices esto o aquello te atienes a las consecuencias. Tienes libertad de palabra, pero bajo fianza, porque cualquiera te repone la mordaza con su palabra. Mi palabra te acalla, mi palabra te amordaza. No sé cómo aguantas eso.

Regateas y finalmente otorgas tu cuerpo para apropiarte del mundo, para marionetizar todo a tu alrededor mediante tu amenazante capacidad de ser en ti, en tu centro, de dominio absoluto sobre el ser, pues tú eres quien determina no solo la génesis fisiológica del ser sino su génesis óntica: es decir, eres el único e irrefutable progenitor. El padre, en cambio, es siempre y necesariamente una hipótesis. Nacer de ti es un hecho de una severa y absoluta seguridad. La paternidad es solo una sana o empecinada hipótesis basada en la confianza en las instituciones, o una probabilidad; nunca una verificación apodíctica del tipo «todo círculo tiene un centro» —salvo para ti, la única que puede tener constancia, para ti y solo para ti, en tu centro, en tu olla, en tu fragua, de quién es el periférico padre de tu hijo. Y no siempre, porque puede haber azares en tu conducta, muchos hombres en el tiempo necesario para que uno de ellos te fecunde, por ejemplo. Te pueden violar en estado inconsciente y no saber quién te fecundó y otros avatares no por poco poéticos imposibles, como haber hecho el amor con varios durante el período fértil. O mejor, sí, poéticos: ¿ves que la Caja de Pandora es tu propio cuerpo? Ese es tu enorme poder, perverso como todo poder, pero más perverso aún por cuanto no se exhibe paladinamente, sino detrás de polleras y paravanes, entre encajes y reposterías. Es un poder formidable, el único y real poder. Lo demás son inventos.



Ella sabía cuán frágiles se volvían sus senos a causa de sus hombros menudos y de la delgadez de su talle y de su pesantez misma, lisa e inflada. No podía detener su temblor, hubiera tenido que dejar de respirar. Esperar que esta fragilidad desarmaría a Sir Stephen era fútil, y ella sabía muy bien que era todo lo contrario: la suavidad que prodigaban provocaba las heridas tanto como las caricias, las uñas tanto como los labios. Tuvo un instante de ilusión: la mano derecha de Sir Stephen, que sostenía su cigarrillo, rozó, con la punta del dedo del medio, su punta, que obedeció y se elevó más aun. Para O no hubo duda de que para Sir Stephen fue una suerte de juego, sin más, o de verificación, como se verifica la excelencia o la buena marcha de un mecanismo (Réage, 1954: 116).

Por eso es una grave responsabilidad custodiar ese apellido que te entregan, siempre de hombre, de tu padre, de tu marido, de tu abuelo, porque tuyo propiamente es el nombre de pila, no el apellido. Tuyo es el nombre intrascendente, intransitivo, que se termina contigo: eres la tumba de los linajes perdidos: si no hay varón que lo prolongue, tu linaje se muere contigo. Es decir, el linaje no te pertenece: tú perteneces al linaje. El linaje —¡también eso!— es cosa de hombres. Te llamas distinto a ti. Por eso no das apellido a tus hijos, salvo por defecto, cuando no hay padre legal —que de todos modos es el apellido de tu padre. Tu apellido es, pues, ajeno. Para saber cómo te llamas hay que preguntar por otro.

Aunque no pareces muy preocupada por eso. ¿Por qué?

Por eso no solo administras tu propia cinesis sino la cinesis que se despliega a tu alrededor. Y a partir de tu propia fragua armas el hogar como prótesis de tu dispositivo ontogénico.



Listas para apresar las cosas y la gente, tiemblan un poco al aire y luego se precipitan, porque el verdadero regocijo está en el tacto. Zapatos-ícono, sillas-ara de sacrificio, tenedores-pila de agua bendita: no importa lo que toquen las manos de la mujer lo convierten todo en objeto sagrado (Mariela Álvarez, 1978:43).

Hogar es donde quiera que estés. Todo lo que tocas se vuelve hogar porque todo lo que tocas se vuelve sagrado. Instalar el hogar con tus manos ontogénicas es instalar el vivero del mundo. Allí comienza todo, allí regresa todo, allí recomienza todo.

La condición madre es la única reivindicación de tu condición botín. De allí que el hogar-bien-constituido sea la sede de la pulcritud, el espacio cuidadosamente acotado de los movimientos, el lugar en donde la limpieza implica la disciplina que impones y garantizas en cada habitante, para que no ensucie un segundo cenicero, para que no ponga los pies sobre la mesita de centro, para que no viole el mantelito donde se apoya el florero de tus flores.

Cada morada de la casa es la morada de tu condición botín, condición que te ganas a cambio de controlar el espacio de cada habitante de la fragua. De allí que la infidelidad masculina sea una catástrofe solo en la medida en que amenaza con una ausencia permanente, que dejaría a tu fragua sin herrero. De lo contrario, es posible instaurar un equilibrio entre esta fragua y aquella, la constituida sobre la otra mujer, sobre la «querida». Y competir entonces, femeninamente, perversamente, para ver quién de las dos, ella o tú, es «la Catedral», que es como se autodesignaban las legítimas esposas de otrora, sabido que las queridas eran meras «capillas».

Toda transgresión de la limpieza es una violación, un atentado, una simulación benigna del Armagedón siempre probable de la fragua. Vives en tu casa porque vives de tu casa, en simbiosis. Tu condición femenina es gestada y dada a luz en tu casa. Sin hogar no hay condición femenina, por la misma razón por la cual tampoco hay hogar sin condición femenina. Pero no se trata de interdependencia, sino de un mismo y único fenómeno: la fragua del hogar existe como prótesis cultural de un hecho biológico como cualquier otro, y que, siendo humano, es sagrado.
Para ellas el espacio es una materia densa, cremosa, donde permanecen sumergidas en una constante de placer (Mariela Álvarez, 1978:43).

Ahora está seguro de que la mujer no toca a nada ni a nadie, de que en realidad lo toca todo, afinando la yema de sus dedos en cualquier superficie, comprobando temperaturas y asperezas; las manos de la mujer viven más allá y tienen una inteligencia propia que les permite rozar el universo (Mariela Álvarez, 1978:43).

He allí el tamaño del mundo, el hogar, la Sección Áurea del Polo Norte, la definición del espacio civilizatorio. Por eso no necesitas conquistar las Fuentes del Nilo. Para eso me tienes a mí. Estás en el hogar y el hogar te satisface a ti todo, y a todos, siempre a través de ti, porque eres la condición mínima de la ropa planchada, de los pisos brillantes y de las camas bien tendidas.

solo tienes lo civilizado por horizonte. No estás construida para explorar lo desconocido, para ir a los territorios de Ultra Thyle. Les tienes miedo a esos lugares porque estás hecha de miedo, porque te convencieron de que el miedo es hembra, porque solo te reproduces en cautiverio. Nadie más que él, el Príncipe Andariego, te puede llevar a recorrer el mundo, luego de arrebatarte del cautiverio —de tu padre, del Dragón, de cualquiera que estimes tu Captor, que siempre hay uno, padre, marido o hijo—. Si no, no existes, tú más que nadie lo sabe muy bien. Y luego puede venir otro Príncipe, y otro y otro. O ninguno.

Frailty, thy name is woman! (Shakespeare, Hamlet).

En la mujer, en lo profundo de su cuerpo,

se construye la casa, entre murmullos y silencios (Eugenio Montejo, 1978).

Sus dedos sienten horror de encontrar otra cosa que objetos suaves, mullidos, perfumados. Como el armiño, muere a veces de dolor de ver manchada su blanca túnica (Balzac: Méditation II).

Cada minuto del hogar demuestra por qué el teorema de Euclides es trivial si no te resuelve la hora del almuerzo. Lo que está fuera del hogar no tiene sentido sin hogar, ese espacio a donde siempre se regresa porque es el único lugar en donde todo adquiere sentido. Por eso recorrer el mundo es una mera opción, que, en realidad, no es tan primordial. Sabes que el Príncipe puede llevarte, pero tú prefieres tu ciudadela, tu reino, tus muñecas rusas, tus cajitas, tus gavetas perfumadas. El mundo te es hostil y te cansa. Puede ser atractivo, los canales de Venecia, el sol de media noche, las cataratas del Iguazú, el Sarisariñama, la Gran Muralla China, las torres del Kremlin, sí, qué interesante, hasta estremecedor. Pero mucho menos decisivo y esencial que un mantel bien puesto. Que finalmente el mantel bien puesto está a tu alcance y lo otro lo hicieron o lo conquistaron los hombres.



Los muebles pueden ser considerados como anticipos de seguridad y de reposo; de donde podría definirse el arte del interior por la forma humana salvada y, en fin, el imperio de la mujer por oposición a las obras del varón aventurero (Alain, 1955: lección 11, p. 102).

¡Qué absurdos los hombres! Siempre en movimiento, siempre dispuestos a interesarse por todo (Bombal, 1984: 71).

Porque la custodia de la sábana y el adornito es también una grave responsabilidad, porque es el recinto de la civilización lo que está en juego. El asiento de la estética trascendental de la vida, de cómo se siente el mundo, el único mundo posible para el ser humano, que sin hogar no existe, que sin hogar se ahoga por falta de espacio vital, de espacio donde desplegar sus sistemas de signos, sus sistemas de parentesco, de sensaciones, de estética, de, en fin, cultura. En la fragua del hogar, ese recinto kantiano, se vive la primera vida, se asientan los primeros olores, las primeras miradas, las primeras madeleines de Proust, el primer modo de mirar, los primeros acentos; se visten las primeras indumentarias, se forman las categorías de percepción del mundo. Se moldea, en fin, la primera experiencia de cada humano con su tribu. Luego de ese primer impulso, se vive la conciencia y se instala concienzudamente la inconsciencia, las íntimas represiones que uno aprende a querer y a odiar con su mamá, y que se convierten en las apreciadas dichas y abominadas desdichas que nos civilizan. Toda aquiescencia, toda moralidad se produce y reproduce en medio de las cuatro paredes que se te han confiado.

Y junto con tu armazón tu casa, los enseres, la ciudadela donde resguardas tu nido, de donde puedes expulsar los rencores, laboratorio de tu regazo, extensión de tu cuerpo. Allí se despliegan tus muebles, con la cordura del detalle, la implacable selección del mundo, espacio sagrado donde refugiarte, segura, en tu caracol afincado en la roca, porque no hay otra garantía para existir en el mundo.

Por eso vives concéntricamente de tus espacios interiores, como las muñecas rusas, guardando faldas, enaguas, corpiños, cajitas, baulitos. Por eso usas cartera, para redundar el carácter guardado de tu feminidad. Sacar tu bolso de mano para la calle es llevar un espacio tibio, tuyo, un hogar portátil, por eso su contenido es secreto, porque en él se guarda y resguarda la panoplia impublicable de tu feminidad. Y es además imprescindible, una mujer sin cartera en la calle es un ser truncado, fragmentario, inexacto, vano, porque no tiene sentido, es una no-frase, voto a Chomsky.

Por aquí empiezan las alfombras, por allí se van los jarroncitos, por donde marchan las brigadas de florecitas, palomitas y generalidades de porcelana, en apretada formación sobre los tres pisos de la rinconera, la reiteración de la servilletería proporcional de cada jarrón, el control sobre las estrictas distancias entre sillones, alacenas, porrones y mesitas, la limpidez de las maderas, tersas y confiables, contadas vez y vez las tasas, los platicos, las cucharillas, en cuya pulitura se puede leer confusa la cara de quien las mira de cerca, estupefacto de hallarse en la perfección femenina que produjo la posibilidad de encontrar su propio rostro donde menos lo esperaba. Orgullo por el pudor de las cerámicas del baño, de piezas con tut-tut sobre la alfombra rigurosamente lavable y la placidez de los cuadros a nivel. Armario de la vida, de tu vida, que se extiende en los vástagos que te permiten andar sin muletas por la vida, porque los hijos te otorgan el derecho de toda madre de no tener que justificarte a cada pisada.

Y allí abrigarte, sudar tu momento, esconder las lágrimas que vengan, anudar paso con paso, acunar al crío, rodearlo de los doscientos insospechables útiles de la crianza, ordenar las cosas que con una caricia eliges de la intemperie y que devienen demarcaciones del sosiego. Cariñosos escudos para ese cuerpo zaranda sobre el que mil manos se ciernen, que corre todos los riesgos en su tránsito medroso por esas calles ajenas, por donde pasas provisionalmente, sigilosa, pisando siempre de puntillas, que no quieres pisar porque no puedes pisar, porque una pretensión de pisar duro el mundo, como si te perteneciera, descalificaría tu primordial y equívoca negociación de darte-para-tener, por eso usas tacones (ver Elevada). Aquí, en el nido, en la fragua, en la olla, en cambio, es el reino de la descalcez y de la libertad que tu cuerpo gana cuando deja de ser zaranda de mil manos.

Y aun vivir sola, sin marido, moderna, divorciada, es todavía salir del hogar para enriquecer el nicho, trabajar un sueldo, convertirte en otra, en otras, juntarte con aquel hombre alguna vez u otra, en las células provisionales de algún lugar sereno, resguardado, penumbroso, rumoroso, a cambio de la confianza y el estremecimiento que te cumpla y que te permita convertirse en la hembra furiosa en que temes y amas desplegarse durante espaciosos minutos del mes. Y luego volver, mitigada, asegurada, a los cojines bordados y el tintín de las copas y llevar tu vida de señorita que puede revolcar sus horas en minucioso y amado secreto, de señorita que ha sentido en su cuerpo todo el vértigo periférico de la masculinidad que te construye tu feminidad para que a tu vez puedas construir esa masculinidad. Y así tú sola siempre, hasta la infinitud de las líneas paralelas que —me han asegurado— no se van a encontrar jamás.

Porque una mujer que duerme entre las dos y las cinco de la tarde tiene en su cuerpo todo el calor necesario para trasmutar lo grosero en lo fino (Mariela Álvarez 1978:17).

Al elevar tu mirada

hacialas copas de los árboles

ves las

plumosas

ligeras

ramas

fragmentando el cielo gris

en pequeñas piezas

y tus pensamientosse elevan

arribay fuera

dispersándose en la brisa

investigando las nubes

y entonces

vuelven

con la lluvia

y la monotonía

del ruido

te apaciguará

hasta que tus dedos duelan

de apretujar

el brazo de la sillay te detendrás

y volverás dentro de nuevo

(Lana Wood, en Playboy, Chicago, abril de 1971: 102).

Y luego dormir extensamente sin estar obligada a arrepentirte más tarde de tus sueños, allí en el recinto inviolable, divisa de la construcción independiente, intachable, de tu discurrir.

Hogar-cuenco donde anidas aquel rencor que se te convirtió en castidad bien delimitada, lugar donde concilias a la hembra furiosa con la doncella que toda dama fértil requiere volver a ser a sus horas, consciente del orden social que delicadamente depende de tu regazo.

Io sono mia (feministas italianas de la década de 1970).Porque, para la divorciada, para la moderna, aun para la contemporánea solterona, el rencor del abandono devino fábrica de vida sin baches, armada con los más vulnerables signos que le sirven de reino, de valle sin hollar, donde instalar tu cuerpo y dar a penumbra —en vez de luz— el único rincón del mundo donde es posible el impensable milagro de ser propiedad de ti misma, porque no hay nadie pidiéndote cuentas de los deberes sociales de tu cuerpo. Ese cuerpo bello que tiraniza, pero que, como todo tirano, es esclavo de su tiranía.

Y ya que, llegado el caso, a tu cuerpo zaranda lo tiraron a la intemperie del millón de manos periféricas, hubo que deslizar el rencor que se precipitó de allí hacia la demostración de tu capacidad de rodearlo de estas mil muestras de la minuciosa virginidad que en cada momento se construye o se reconstruye en tus sábanas dobladitas y perfumadas, en los encajes, en el reloj de péndulo siempre en su hora, conjuración a escala de la mecánica del universo, concebido de un modo cuidadosa y rigurosa y minuciosamente newtoniano.

Y, visto que ya no hay custodios familiares, que sea la armazón de la fragua sin herrero la que dé fe del resguardo de tu nido, que no puede nadie conservar este imperio militar sobre los enseres, sin una férrea disciplina de mujer.

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