Moral: entre la crisis



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Livio Melina

MORAL: ENTRE LA CRISIS
Y LA RENOVACIÓN

Los absolutos morales, la opción fundamental,

la formación de la conciencia,

la ley de la gradualidad

PREFACIO A LA EDICIÓN EN LENGUA
ESPAÑOLA

Respecto a la primera edición italiana (Milán, ed. Ares, abril de 1993), la edición española ha sido completada por un capítulo sobre el tema de la "gradualidad", de gran actualidad en la discusión actual y con una considerable repercusión pastoral. Este capítulo es la reelaboración de dos conferencias pronunciadas en Ars (Francia), con ocasión del coloquio de teología moral que tuvo lugar allí en octubre de 1993.



Además el texto de la versión española ha sido completado con algunas referencias a la Encíclica Veritatis splendor, salida a la luz mientras tanto. También hemos realizado algunos pequeños retoques de naturaleza estilística, para precisar la expresión del pensamiento. He añadido alguna referencias bibliográfica suplementaria en las notas.
Agradezco de corazón sobre todo a D. Juan Antonio Reig Pla, Vice-presidente de la Sección de Valencia del "Instituto Pontificio Juan Pablo II para Estudios sobre el Matrimonio y la Familia", y al alumno Juan Andrés Talens Hernandis, que no solo se han ocupado con diligencia y competencia de la traducción española, sino que también han tomado la iniciativa ante el editor y ante el autor en vista de la publicación. Agradezco además a la Editorial, que ha querido acoger con benevolencia este pequeño volumen en la serie de sus publicaciones teológicas.

L.M.

02.03.1995

INTRODUCCIÓN
Las lecciones de introducción a la teología moral fundamental impartidas en el Curso para el Master del "Instituto Juan Pablo II para Estudios sobre Matrimonio y Familia", me han dado la ocasión de reflexionar sobre las cuestiones más debatidas en la bibliografía internacional de esta materia, con particular referencia a la temática de la moral conyugal, así como también de buscar un lenguaje lo más sencillo posible a fin de hacer comprensibles algunos problemas ciertamente complejos y difíciles, pero igualmente decisivos para una correcta aproximación doctrinal y pastoral a estas cuestiones. Así han nacido notas ocasionales, apuntes para las lecciones, que recogen las síntesis de las discusiones teológicas más actuales y las reflexiones personales.
La ocasión para dar forma a estos materiales ha sido un Curso de renovación para los sacerdotes de la Diócesis de Concordia-Pordenone, que se desarrolló del 9 al 11 de septiembre de 1992. El tema que se me confió consistía en una introducción a algunas cuestiones actualmente debatidas en la teología moral, con referencia específica a las preocupaciones que presumiblemente habían llevado al Santo Padre Juan Pablo II, en la carta apostólica Spiritus Domini, del 1 de agosto de 1987 a anunciar un documento de la Santa Sede, destinado a tratar "más amplia y profundamente las cuestiones que hacen referencia a los fundamentos mismos de la moral".
He vuelto a encontrar de nuevo las preocupaciones fundamentales del Santo Padre en dos importantes discursos suyos con ocasión de dos Encuentros de teología moral, organizados en colaboración por el Pontificio Instituto Juan Pablo II para el Estudio sobre Matrimonio y Familia y el Centro Académico Romano de la Santa Cruz, y habidos en Roma en abril de 1986 y en noviembre de 19881. En ellos es claro el conocimiento de que la crisis de la teología moral, que ha seguido al Concilio y que explotó después de la Humanae vitae, ha llegado a cuestionar no solo singulares normas morales enseñadas por la Iglesia, sino también los fundamentos sobre los que se basa toda la doctrina moral católica.
En estos dos discursos (del 11 abril de 1986 y el 12 noviembre de 1988) vienen además indicadas las cuestiones de moral fundamental hoy más candentes.
En el discurso de noviembre de 1988 el Papa dice claramente que "en la raíz de la oposición a la Humanae vitae hay una errónea o al menos insuficiente comprensión de los fundamentos mismos sobre los que se apoya la teología moral". Los puntos críticos que él indica en este discurso son dos: la fuerza vinculante de la norma moral y el papel de la conciencia en la vida moral, sobre todo en relación con el Magisterio. En la alocución de abril de 1986 Juan Pablo II indicó la raíz profunda de la crisis en la rotura de la relación entre la libertad, la verdad y el bien; en la pérdida de la relación entre ética, antropología y metafísica.
Él además ha indicado que el problema de la moral no es en efecto secundario, periférico, respecto a la fe. "La verdad de la que la Iglesia debe dar testimonio no debe ser solo fide tenenda, sino también moribus applicanda" (cfr. Lumen gentium,25)(11 abril 1986).
La tolerancia a un rastrero cisma moral,el silencio sobre el pluralismo ético vivido y teorizado no son comportamientos compatibles con la responsabilidad pastoral. Juan Pablo II ha dicho claramente que la negación de la verdad moral "hace vana la Cruz de Cristo (cfr. 1 Cor 1,17). Encarnándose, el Verbo ha entrado de lleno en nuestra existencia cotidiana, que se articula en actos humanos concretos;muriendo por nuestros pecados, Él nos ha recreado en la santidad originaria, que debe expresarse en nuestra cotidiana actividad intramundana" (12 nov. 1988).
El tema de la libertad humana y de su ejercicio en la historia plantea la problemática antropológica de la opción fundamental y del pecado. Sobre estos puntos, de gran importancia pastoral para la Confesión, el Magisterio mismo de Juan Pablo II se ha pronunciado en la Exhortación apostólica post-sinodal Reconciliatio et paenitentia (n. 17).
A la luz de estas indicaciones, he pensado por tanto articular esta "introducción a algunas cuestiones actuales de moral fundamental" entorno a los siguientes temas:
1)En primer lugar, la situación de la moral católica, entre la crisis y la renovación; los retos de la renovación pedidos a la teología moral por el Concilio Vaticano II serán considerados en relación con las dificultades determinadas por contexto actual y por la tarea de la nueva evangelización.
2)En segundo lugar:la discusión sobre los absolutos en la moral: ¿existen normas universalmente válidas y sin excepciones? ¿O más bien se debe dar a cada uno la responsabilidad de adaptar a la propia situación concreta también las normas que contengan prohibiciones generalmente válidas, como las que enseña el Magisterio?
3)En tercer lugar, unido a este segundo punto, me parece importante reflexionar sobre la libertad humana, con referencia a la teoría de la así llamada"opción fundamental". El tema es particularmente importante para la pastoral, por las consecuencias que tiene sobre el modo de entender el pecado mortal.
4)Por último he afrontado la cuestión de la conciencia y de su formación en la Iglesia, en relación con el Magisterio.
Después de haber indicado los temas de los distintos capítulos, debo precisar algunos aspectos específicos de la obra que presento.

Se trata en primer lugar de una introducción que no se dirige a especialistas en el ámbito de la teología moral, sino a aquellos que quieren estar informados sobre los problemas hoy mas debatidos, sin estar dotados de una preparación previa. Estas páginas han sido escritas pensando en mis alumnos del Curso para el Master (laicos y religiosas interesados con los problemas de la familia, de la vida, de la bioética, etc.) y en los sacerdotes con actividad pastoral, a los que he tenido que hablar. Tienen, por tanto, un carácter más bien divulgativo y tienden a ser una introducción a las obras y autores, que presento en la bibliografía. He tratado de desarrollar un tratamiento teológico de las cuestiones, en relación al debate actual. El esfuerzo ha sido introducir, en términos lo más elementales y simples posible, las discusiones quizás sutiles, cuando no complicadas. La referencia al Magisterio, sobre todo al Concilio Vaticano II, y a la Tradición estará como trasfondo, porque estoy convencido que, aunque no tenemos aún el documento de la Santa Sede prometido por el Santo Padre, hay ya puntos de referencia suficientemente seguros sobre los problemas que afrontaremos.


En segundo lugar, a pesar de no tratar en singular normas morales determinadas y de mantenerme a nivel de los fundamentos, debo señalar que en el trasfondo de toda la problemática y con evidentes conexiones inmediatas, está la discusión de preceptos morales específicos, con referencia particular a la Humanae vitae. Esto es debido no solo a la circunstancia de la enseñanza de moral fundamental que se imparte en un Instituto que tiene como tarea específica el estudio de la verdad sobre el matrimonio y sobre la familia, sino sobre todo al hecho que en estos casi veinticinco años, la Encíclica de Pablo VI ha sido la "piedra de toque o de escándalo" de la moral.


Capítulo primero

LA MORAL: ENTRE LA CRISIS Y LA RENOVACIÓN

1.- La crisis del anuncio moral cristiano
En la "vivencia" pastoral e intelectual de muchos sacerdotes, catequistas y simples cristianos, se puede subrayar un malestar, que me parece muy difundido. Éste depende de un hecho que está a vista de todos, aún antes de ser tema de numerosos libros, investigaciones y artículos: la crisis del anuncio moral cristiano. Hay quien ha hablado sin más de un tácito e imponente "cisma moral" dentro de la Iglesia: un número considerable de fieles se ha separado internamente de las indicaciones morales del Magisterio no solo en la práctica, sino también en las convicciones. No se trata de la perenne cuestión de la diferencia entre teoría y práctica, entre moral predicada y moral vivida. No se trata del problema de la coherencia entre convicciones y vida,para el que la paciente y materna sabiduría de la iglesia ofrece la ayuda del sacramento de la reconciliación, junto a tantos otros signos y símbolos de misericordia. Mucho más radicalmente se está frente a una impermeabilidad de las conciencias respecto a la enseñanza de la moral del Magisterio de la Iglesia, que no es tomado como criterio objetivo de juicio.
Más aún: no se trata solo de una resistencia a acoger singulares normas morales, con las que no se está de acuerdo, sino, mucho más radicalmente, de un rechazo de la misma propuesta moral cristiana en su conjunto.
Aparece así, poco a poco, aún entre los pastores, que se encuentran en la frontera entre el Magisterio y este rechazo práctico, la resignación :no se habla y no se predica más de moral. Hay aún quien sostiene que no se debería insistir demasiado sobre estos temas de moral, que serían de "retaguardia".

¿Un cisma latente en la Iglesia?
En Alemania, hace dos años en la revista de los jesuitas de Munich, apareció un artículo del Prof. Franz Böckle, con el significativo título "¿Puede la Humanae vitae ser la piedra de toque de la verdadera fe?"2. La respuesta era, obviamente, negativa. Frente al manifestarse en Alemania una desbordante apostasía de la Iglesia católica (parece que en los últimos tiempos se ha constatado una media anual de unos 160.000 fieles, que salen de la Iglesia, rechazando pagar la tasa estatal exigida por la pertenencia confesional), el diagnóstico del difunto profesor de moral era que los motivos debían ser buscados en el rechazo de la moral sexual y su propuesta, la de tolerar el cisma latente, dejando todo el ámbito de la moral a la libertad interpretativa de la conciencia.
Se ha indicado un cisma moral latente en la Iglesia, que toma diversas modalidades. Para resolver la tensión entre moral reconocida y vivida por la "base" y la enseñanza del Magisterio, en el ámbito de la teología moral progresista se han lanzado propuestas divergentes.
Por un lado está la llamada que la Iglesia "oficial" (así se califica al Magisterio, con una terminología propia de las democracias y de sus burocracias) acoja la nueva sensibilidad de los fieles en moral, aunque vaya contra la tradición. Se habla de un sensus fidelium acerca de la moralidad, esto es, de un modo de percibir la moral por parte de la mayoría de los cristianos, que entraría necesariamente en la definición de la verdad moral3, o bien se sostiene la necesidad de verificar la autenticidad de la enseñanza magisterial mediante su efectiva recepción por parte del pueblo de Dios4. No hace muchos años se llegó así a pedir públicamente al Papa la propuesta de un referéndum para ver que pensaba el pueblo cristiano en materia de contracepción5. La propuesta en el fondo es clara: se pide que el método democrático entre en la estructura de la enseñanza moral de la Iglesia. Surgen, con tal motivo, gravísimos problemas no solo a nivel de relación entre sentir de los fieles y Magisterio, sino también acerca de la posibilidad de distinguir entre opinión pública (manipulada cada vez más por los potentes medios de comunicación) y el auténtico sentir de los fieles.
Si se quiere evitar esta identificación, que desnaturalizaria la Iglesia y dejaria su doctrina moral en poder de la mentalidad dominante y de quien tiene el poder de determinarla, es necesario hacer del "sentido de la fe" el criterio del "sentir de los fieles", el criterio para decir quienes son los "fieles", y por tanto entender, según Lumen gentium, 12, la obediencia al Magisterio como elemento interno y cualificante del sentido de los fieles6
Esta es una primera postura, presente en el frente progresista. Pero hay otra, mucho más radical, que propone distinguir entre centro y periferia a nivel de adhesión al Magisterio. La identidad católica estaría garantizada con la acogida del Kerigma y con el testimonio público de la fe;por otra parte la moral, sobre todo la "privada", seria periférica y debería ser dejada al individuo, al menos en su aspecto normativo7. Análogamente a la propuesta de Böckle, se sostiene que elecciones morales "categoriales" concretas no tendrían un valor de salvación, sino solo de recta ordenación del mundo:en él no se jugaría la identidad cristiana. Se podría tener un pluralismo moral, dentro de la misma Iglesia8.
Del lado de los "conservadores", otros, a decir verdad muy pocos en comparación, reaccionan de manera diametralmente opuesta:propiamente allí donde es máxima la resistencia a la enseñanza magisterial, allí debería ser llevado el reto de una permanente contestación del mundo, de una propuesta de conversión, que remache a tiempo y destiempo (oportuna e inoportunamente) cuanto se busca olvidar.
He aquí, por tanto los términos prácticos y pastorales de la alternativa:abandonar la moral como tema de predicación, refugiándose solo en el kerigma, en el puro anuncio, o más bien hacer propiamente de la moral el campo de batalla para la llamada a la conversión? Ambas soluciones no parecen recoger ni los términos exactos del reto actual ni el sentido de la moral cristiana en conexión con la fe. Para poder dar una respuesta al problema debemos sobre todo establecer las proporciones reales de la crisis, ante la que nos encontramos.

Las dimensiones reales de la crisis de la moral cristiana
Las dimensiones de la "crisis" de la moral en la sociedad occidental han sido analizadas en un libro por el card. Paul Poupard:La morale chrétienne demain (París 1985), resultado de una investigación capilar y un análisis exacto a nivel mundial. En la sociedad secularizada, definida por la carencia de influencia de lo religioso en la vida humana no solo a nivel privado sino también público, las dimensiones de la crisis moral tienen, según esta investigación, una doble importancia:hay una crisis de contenidos, de un cierto sistema de valores (crisis de una determinada sensibilidad en favor de una nueva sensibilidad), y hay, sobre todo, una crisis de forma de la moral, esto es, la crisis de un código externo, objetivo, de normas fijas, en favor de una moral de la conciencia, completamente confiada al sujeto:en otras palabras, una subjetivización de la moral. La conciencia moral rechaza, pues, el Magisterio no solo porque no admite algunas normas o porque ha cambiado la sensibilidad de algunos valores en favor de otros, sino más radicalmente, porque no admite ya ningún magisterio externo a ella en el ámbito moral.
Se ha dicho que la denuncia de la crisis moral en nuestra sociedad adquiere fácilmente un aspecto fastidioso y antipático, porque es de tipo "moralístico". ¿Que se entiende por moralismo? El dar por supuesta la claridad de la norma y limitarse a condenar los comportamientos concretos, concentrando la denuncia solo en estos9. Si lo que estamos diciendo es verdad, el nivel del problema que afrontamos es mucho más profundo que el de la ley: se pone en el sentido mismo de la ley. Las normas persuaden, despiertan consenso, en la medida en que son acogidas como exigencias que derivan de un sentido de la vida, en la medida en que son entendidas como parte integrante de un universo de sentido, que cualifica el propio esfuerzo moral. Para que la norma pueda ser percibida en su carácter vinculante, debe estar claro "aquello por lo que vale la pena vivir"10.
Junto a esta "crisis de la moral", entendida como código de normas objetivas, asistimos paradójicamente también a un fenómeno de signo opuesto:a lo que se ha llamado "vuelta a la ética" a nivel de algunos ambientes en el debate público: bioética, medios de comunicación, economía, ecología, política, deporte, etc. La petición de normas éticas en algunos sectores de gran importancia para la vida pública se presenta, por tanto en un primer momento, como ocasión privilegiada para que los cristianos tomen la palabra. Los "laicos"se encuentran muchas veces perdidos en este campo y no es raro que con interés se vuelvan (dirijan) a la gran tradición moral de la Iglesia, en particular a su sabiduría y experiencia casuística. La situación de incerteza, seguida a la caída de las ideologías, y el temor que los siempre nuevos poderes adquiridos por el hombre no tengan un suficiente grado de moralidad profesional y social, capaces de evitar que destruyan al mismo hombre, parecen ofrecer una inesperada posibilidad de escucha y de actualidad a la moral cristiana. Es verdad que esta petición y disponibilidad a escuchar se encuentra solo en ciertos ambientes, mientras en otros permanece una total censura , como por ejemplo en el ámbito de la defensa de la vida o en de la sexualidad. ¿No se deberia tomar esto como kairòs y hacer de aquellos nuevos ámbitos, donde hay una mayor escucha, el lugar de diálogo y de evangelización para el hombre de hoy?La nueva petición de ética, en algunos sectores de la vida pública, no podria ser , por tanto, la ocasión privilegiada para un nuevo anuncio moral por la Iglesia?
Una tal vuelta a la ética , revela, sin embargo, mirándolo bien, un caracter ambiguo, porque tiende a buscar respuestas unicamente a nivel de reglas racionales de convivencia social aplicadas a concretos problemas particulares, establecidos en el debate público, con un compromiso que aparque las preguntas radicales sobre el bien, sobre el sentido último de la libertad. Ética sí, por tanto, pero moral, no. Propiamente esta autolimitación de la pregunta ética en la cultura contemporánea advierte de una posible trampa a la palabra que los cristianos deben aportar. La petición de respuesta esclusivamente a nivel de ética racional aplicada y la censura sobre la demanda moral más profunda, atendiendo al sentido último de la vida y de la libertad humana, ¿no tiene el riesgo de crear, mas bien, el contexto para una "mortificación moralística de la verdades cristianas" (G. Angelini)? Verdades, que se entenderian en términos de prescripciónes sobre lo lícito e ilícito, en forma de límites, arrancadas despues, del contexto global de sentido que las motiva. ¿La demanda de ética es, por tanto, ocasión privilegiada o trampa para la predicación moral de la Iglesia?


Una hipótesis:la crisis del sujeto moral
La hipótesis que propongo es que la crisis de la propuesta moral cristiana no es debida a su rechazo, sino más dramáticamente al hecho que no es ya entendida y comprendida. En otras palabras;está faltando el destinatario por excelencia de la predicación moral:la personalidad autónoma y libre que es el sujeto de la decisión moral. La crisis de la moral católica no se debe tanto a la dificultad de adaptación en tonos mas persuasivos su modalidad de presentación, sino más bien a la dificultad de crear las condiciones genéticas para que surja su interlocutor11.
Se diría que la crisis deriva del hecho que la norma, presentada según los cánones tradicionales, no se comprende ya o, mejor, es objeto de una comprensión solo abstracta, que no consigue ya llegar a ser atrayente para la existencia, modalidad de comportamiento, mentalidad concretamente traducida en la acción. La evidencia de la argumentación moral específica no está ya más asegurada y, cuando en nombre del diálogo y de la laicidad de la confrontación pública se acepta la censura del fundamento teológico y antropológico del sentido, entonces se vuelve aún más incomprensible la indicación normativa. Sus preceptos absolutos parecen severidades inhumanas. Continuar solamente repitiendo propuestas normativas no aceptadas o rechazadas, cada vez con mas firmeza, provocando así sobre ellas nuevas selecciones en el cada vez más reducido rebaño de fieles, o esperando que tal vez se forme antes o despues en el interlocutor el órgano de escucha, el oido, es una empresa de patética impotencia, que normalmente sirve solo para calmar la conciencia del pastor.
Además parece claro que no puede ser válida la alternativa, aparecida prepotentemente en el ambito de la moral católica y mencionada anteriormente, de una completa subjetivización de la moralidad, según las coordenadas típicas del pensamiento moderno. Es trágico constatar como "la propuesta de una radical interiorización de la moral, de la recomposición integral de la moralidad a partir del sujeto (moral "autónoma") triunfe en el ambito católico precisamente en el momento en el que sus límites parecen evidentes y su crisis ya reconocida."12 La propuesta del pensamiento individualista moderno no constituye una solución del problema precisamente porque lo que está en crisis es propiamente el sujeto, como punto de referencia imprescindible de la responsabilidad moral. Estamos frente a una crisis de la subjetividad moderna, che en Occidente es la aportación de la sociedad burguesa (R. Buttiglione). La referencia exclusiva al sujeto en su conciencia autónoma no solo es inadecuada como fundamento de la moral, sino que resulta también históricamente superada.
El subjetivismo moderno, en efecto, es solo aparentemente una exaltación del sujeto;en realidad es una absolutización del individuo, aislado en sí mismo y en competencia con todos para afirmar sus propios deseos y el arbitrio de la propia libertad13. La condición para ser sujeto es la capacidad de iniciativa consciente y libre para obrar:pero eso exige una trascendencia de la libertad respecto al propio deseo, el rechazo de mecanismos interiores y exteriores que someten al individuo a poderes extraños a él. Lo que en la actual sociedad de masas se cuestiona gravemente es la unidad del individuo, la cual, permitiéndole superar los deseos fragmentarios y cambiantes, lo constituye en sujeto.
Cuando "la razón calla acerca de los valores", de los fines de la vida, entonces el individuo queda abandonado a la emoción del momento, de la que no consigue salir14. El yo es fragmentado en momentos y ámbitos vitales diversos, se convierte en un yo fragil, facilmente dominado por las leyes diversas y contrapuestas que se le imponen de tanto en tanto por la organización social. El individuo es llevado a interpretar personajes diversos en distintos escenarios, con roles y reglas diversas:uno es la ley de la economia, otro la de la familia, otro la que domina la política, otro la que se aplica al tiempo libre.El yo fragmentado e individualista, incapaz de llegar a ser un sujeto libre para obrar, es la victima deseada por todo poder burocrático.
La disolución del sujeto en el mundo contemporáneo está unida a la afirmación de la sociedad de masas y a la concomitante crisis de la familia, que se ha venido dibujando de forma clara en los últimos treinta años. Por un lado, en efecto, la masificación del capitalismo desarrollado no tiene ya necesidad de suponer como garantia de su desarrollo una moralidad subjetiva y difunde por el contrario una amoralidad de masas, que usa para controlar e impedir el pensamiento crítico (cfr. la Escuela de Franfurt).
El propagarse una cultura audiovisual, cuyos medios de difusión son cada vez más potentes e invasores, no solo impide la posibilidad de un distanciamiento crítico por parte del sujeto (McLuhan), sino que llega a ser también vehículo fácil de afirmación de aquellos valores de puro vitalismo y del "libertinaje de masas", que destruye las referencias éticas tradicionales e impone la única "ética" que sirve a la supervivencia del sistema:la de la producción y el consumo15. La crisis del sujeto moral está unida, en particular, con la crisis de la familia, lugar en el que la personalidad libre puede formarse a través de lazos de dependencia16. Los lazos familiares han llegado ha ser cuanto menos lábiles y precarios.
Cada vez más evanescente la figura del padre, decisiva para la formación del sentido moral (cfr. S. Freud, J. Lacan, L. Kohlberg, J. Piaget). El padre no media ya entre la ley y el individuo, favoreciendo así la interiorización de la primera en una modalidad que tenga en cuenta también el deseo subjetivo. El individuo se encuentra en contacto inmediato con un colectivo anónimo y es facilmente aplastado por esta presión insostenible. En contraste, sin embargo, con las ilusiones de toda una generación en rebelión contra el padre, la desaparición o debilitamiento de esta figura no ha liberado al yo, ni ha favorecido la aparición de la personalidad libre y consciente (H. Marcuse). Más bien ha hecho extremadamente dificil su aparición, quitando su condición genética en la familia. En efecto, en el ámbito de una sociedad de mercado, donde predomina el intercambio, el interés, los criterios de productividad y de eficacia, el anonimato de la función, la familia representaba un anacronismo hecho de contactos gratuitos y relaciones personales, en las cuales la persona era acogida por sí misma y no por su utilidad social y productiva.
Este anacronismo era necesario en la sociedad burguesa, pero no en la nueva sociedad de masas que puede prescindir de tal refugio, en el que aún encuentra hospitalidad 0la gratuidad y la fraternidad cristiana, que pueden generar el sujeto moral. He aquí por qué la Iglesia ha defendido siempre y defiende hoy aún la familia como lugar de nacimiento del sujeto cristiano y he aquí por qué con la crisis de la familia y de su tradicional función educativa, el ataque se hace radical.
Mientras nos adentramos en el análisis de la crisis, nos preparamos también a encontrar la respuesta adecuada a una adecuada predicación de la moral cristiana en el contexto actual. Me parece necesario anteponer aún, a la parte positiva y propositiva, dos momentos de análisis de los factores que intervienen en determinar la situación actual de la moral. Se trata de recorrer muy sintéticamente el cambio histórico que ha formado el horizonte y el panorama presente cuando hablamos de moral. En primer lugar se señalarán algunos elementos relativos a la moderna historia cultural de la moral en el Occidente. En segundo lugar indicaré los momentos clave del cambio mas reciente al interno de la teologia moral católica. No se trata obviamente de panorámicas que tengan la mínima pretensión de ser exhaustivas u originales:me parece interesante evocar cualquier problemática, en cuanto influye sobre la cuestion que entiendo iluminar y ayudar a resolver.


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