Modernización reflexiva y participación electoral: ¿confirmación de la compulsión social o emergencia de la congestión social? Análisis del caso chileno en base a sus procesos electorales de la última década. Pablo Rivera Vargas



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MODERNIZACIÓN REFLEXIVA Y PARTICIPACIÓN ELECTORAL: ¿CONFIRMACIÓN DE LA COMPULSIÓN SOCIAL O EMERGENCIA DE LA CONGESTIÓN SOCIAL?. ANÁLISIS DEL CASO CHILENO EN BASE A SUS PROCESOS ELECTORALES DE LA ÚLTIMA DÉCADA.

Pablo Rivera Vargas

Universitat Oberta de Catalunya

Privera_vargas@uoc.edu
Cristian Aránguiz Salazar

Universidad Complutense de Madrid



cristian.aranguiz.s@gmail.com
Resumen
El presente trabajo, analiza el escenario de la Modernización Reflexiva a partir de la Participación Electoral de los chilenos durante las elecciones realizadas en Chile entre los años 1999 y 2009. El objetivo principal es establecer si un elevado nivel de confianza de la ciudadanía en los sistemas abstractos de poder, va acompañado de un aumento en la participación electoral de los chilenos1.
La Modernización Reflexiva describe la emergencia de un fenómeno postmoderno, caracterizado por la abundancia de riesgos e incertidumbres sociales en las sociedades de cultura occidental. En este marco, el presente trabajo profundiza en las dimensiones de Tradición, Compulsión Social y Congestión Social, mediante un análisis de datos secundarios, extraídos de los Informes de Desarrollo Humano en Chile (PNUD), los resultados de las evaluaciones de gobierno (encuesta CEP), los datos de participación electoral en Chile (SERVEL), entre los años 1999 y 2010.
Palabras claves: Modernización Reflexiva, Sociedad del Riesgo, Sociología de la Modernización, Participación Electoral.
I.- INTRODUCCIÓN
El presente trabajo está estructurado en seis partes. Un primer apartado de introducción. Un segundo apartado de antecedentes generales, donde se presenta en primer lugar una descripción conceptual del marco social postmoderno y reflexivo; y en segundo lugar se exponen las principales características del sistema político Chileno, junto a su diseño electoral. En el tercer apartado, presentamos un esbozo de la propuesta metodológica que guió este análisis. En el cuarto apartado, se presenta un análisis de los datos obtenidos en función de los cuatro procesos eleccionarios observados. Finalmente en el quinto apartado, se presentan las conclusiones, donde se pretende dar respuesta al objetivo de este trabajo:
Analizar los procesos de Modernización Reflexiva (compulsión y congestión social) y la Participación Electoral de los chilenos, durante las elecciones realizadas en Chile desde el año 1999 al año 2009, y a partir de esto, establecer si un elevado nivel de confianza de la ciudadanía en los sistemas abstractos de poder, va acompañado de un aumento en la participación electoral de los chilenos”
Este trabajo, no tiene la pretensión de cerrar el foco analítico sobre este ámbito; por el contrario, al ser un ejercicio sustantivamente bibliográfico, busca promover la reflexión sociológica en el campo de la educación postmoderna y tecnológica, y a la vez incentivar el desarrollo de otros ejercicios analíticos y empíricos, que permitan dar una mayor consistencia al tema.
II.- ANTECEDENTES GENERALES
Para comprender de manera global este fenómeno, hemos dividido esta segunda parte en dos grandes áreas, que permitan el desarrollo conceptual y empírico del caso seleccionado para este trabajo. En primer lugar, partiremos exponiendo las principales características del llamado proyecto de la modernidad y la concepción del progreso a través del desarrollo de la ciencia, para luego ver las principales nociones del pensar postmoderno, desde donde situaremos el fenómeno de la “Modernización Reflexiva.” En segundo lugar, expondremos las principales características del modelo político y electoral Chileno.

1.- La Modernidad y la Postmodernidad: desde la confianza a la incertidumbre

En el campo de la filosofía analítica, el vínculo entre modernidad y progreso tiene como centro analítico el desarrollo científico y la posición del ser humano en este proceso. El sujeto cognoscente se constituye en la principal dimensión del sujeto moderno en tanto la generación de conocimiento racionalmente fundado, es la actividad por la que la conciencia se constituye a sí misma. Por lo mismo, el sujeto moderno se esfuerza por establecer las condiciones del mejor conocimiento que pueda desarrollar siguiendo a su razón: el conocimiento científico.


Descartes (1637) a mediados del siglo XVII, en su célebre obra “El discurso sobre el método”, asigna un especial énfasis al conocimiento científico, al punto de hacer coincidir conocimiento con conocimiento científico y dedicar todo su esfuerzo a establecer las bases para realizar con éxito esta actividad. Desde este punto es que se empieza a gestar otra idea que será tanto o más representativa de la modernidad: la idea de progreso. En la misma línea, para Augusto Comte (1894), el ser humano moderno asumía como propio un sentimiento absolutamente nuevo: el de estar participando en un proceso de continuo crecimiento de la humanidad “…que, tarde o temprano, la llevará a su felicidad” (Comte, 1842: 25).
A mediados del siglo XX, reafirmando está lógica lineal del progreso, Karl Popper (1967) sostenía que la legitimidad del saber científico llevaba al progreso, solo si este era obtenido desde métodos deductivos verificables y “falsables”. “La inducción parte de la premisa de que lo primero que ocurre es siempre la observación, y que la teoría científica se forja después. La realidad nos revela que es a la inversa: primero formamos unas teorías acerca del mundo, y son ellas las que determinan lo que debemos observar.” (Popper, 1967: 78). Tenemos así una concepción lineal del progreso, donde un factor precedente lleva necesariamente al siguiente.
En el marco contemporáneo, para Castells (2001) la expresión de la modernidad, vendría dada por la conformación de una sociedad de redes, promovida por la legitimación del saber científico, el acelerado crecimiento del desarrollo tecnológico, y la estandarización de los estilos de vida a nivel global. A la vez, la confianza entre los distintos sistemas y subsistemas y la falta de incertidumbre, que conforman a la sociedad, representa otro aspecto trascendente del marco general de la modernidad (Giddens, 1993; Kuhn, 1996).
Ahora bien, en las últimas décadas, ha florecido un sentir crítico respecto a estas propuesta de promoción del status quo sistémico, que cuestiona la existencia de un equilibrio social manifestado en la confianza colectiva y “congelada" (Giddens, 1993) de las sociedades occidentales. Se trata de una línea analítica postmoderna, que enfatiza la crisis estructural que viven tanto del proyecto de la modernidad como el pensar positivista (Kuhn, 1996). Esto queda consignado en el propio término en el que lo “post” alude directamente a lo moderno, ya sea para negarlo, criticarlo, cambiarlo, reducirlo o profundizarlo (Lyotard, 1991).

Algunos de los ámbitos de análisis desde el cual se podría justificar la existencia de una crisis al proyecto moderno giran en torno a lo que comprendemos en la actualidad por ciencia, por progreso y por consiguiente, por objetividad.


Respecto de la ciencia, la postmodernidad se manifiesta como una pérdida de fe en los proyectos de fundamentación de la praxis científica. Lo que está en cuestión es justamente la médula del trabajo científico, es decir, la capacidad de encontrar un criterio único y universal para discriminar los enunciados científicos de los que no lo son. Respecto del progreso, lo que ha caído entonces, es la pretensión de que la ciencia constituya un modo privilegiado de acceso a lo real. Junto con ello cae el sujeto que se auto asignó dicha pretensión apoyado en una razón capaz de todo; y cae el ideal que mueve la dedicación del hombre a la tarea científica: la idea de progreso.
Hoy en día, la práctica y la crítica postmoderna no sólo han develado la incapacidad de la razón de alcanzar esa pretendida objetividad, sino aún más, han mostrado que el proyecto moderno terminó traicionándose a sí mismo, porque el elemento emancipador y liberador que contenía dicho esfuerzo terminó convirtiéndose en un “totalitarismo de la razón”, al absolutizar el camino único: el método (Kuhn, 1996). De ahí entonces, que la liberación sea entendida hoy como el despliegue de las diversidades, de lo distinto, de las diferencias en los más distintos ámbitos de la vida cultural y cognoscitiva del ser humano.
Este escenario, caracterizado por la existencia de una mayor cantidad de incertidumbres que de certezas, no ha establecido un camino manifiesto por el cual podamos orientarnos. Lo que sí ha sido posible es la emergente resignificación de los principales símbolos del proyecto de la modernidad (Giddens, Beck y Lash, 1997).
1.1.- La Modernización Reflexiva y la Sociedad del Riesgo: La incertidumbre por sobre la confianza.
La modernidad reflexiva a la que aluden A. Giddens, U. Beck y S. Lash (1997), describe un fenómeno característico de aquellas sociedades que asimilaron el proyecto de la modernidad como base de sus propias posibilidades de progreso, y que en el presente, más que confianza, encuentran incertidumbre y la manifestación de permanentes riesgos sociales. Respecto de los riesgos sociales, estos en su conjunto terminan dando sentido a lo que Beck (1998) denominó, como sociedad del riesgo.
1.1.1.- La Sociedad del Riesgo
El principio axial de las sociedades del riesgo son los peligros generados por la civilización moderna, (dada la consolidación del modelo de sociedad industrial y su consiguiente proyecto de la modernidad), los cuales ya no pueden ser ni temporal, espacial o socialmente delimitados, de tal forma que los fundamentos de la sociedad industrial (las instituciones elementales tales como el estado nación, los procesos fundamentales como los antagonismos de clase, las visiones del control y de la racionalidad técnico-económicas y sobretodo la independencia entre la tecnología y la política) son socavados, superados o eludidos sistemáticamente (Beck, 1998). Desde una óptica analítica postmoderna, Lyotard (1991) centra su reflexión en la creciente deslegitimación de la institución estado-nación, cuya responsabilidad central está dada en la mantención del equilibrio y la cohesión social, “La moderna concepción del Estado-nación y todas las instituciones derivadas de él como expresión de la razón que ordena, planifica, dirige y aglutina, es decir, otorga unidad a la sociedad, ha quedado atrás por el surgimiento de un Estado postmoderno, el cual es incapaz de aglutinar y dar sentido unitario, cambiando su función hacia la consecución y formación de líderes "decidores"”(Lyotard, 1991: 45).
La modernidad del riesgo indicaría justamente que los efectos de una naturaleza independiente de la actividad de las sociedades, son en realidad inexistentes, no hay consecuencias ni efectos que no involucren a la sociedad y donde la organización de las sociedades no juegue un rol decisivo.
En la sociedad de riesgo, el motor del cambio social no es la racionalidad con arreglo a fines, sino que los efectos colaterales que de pronto explotan inesperadamente, sin que nadie los llame, los nombre o los quiera. Los riesgos, los peligros, la presión de la individualización, la globalización, porque la lógica de la racionalidad con relación a fines se ha vuelto contra sí misma. Un quiebre estructural que separa a la modernidad industrial de otras modernidades (Robles 2000; 27).
Por otro lado, a partir de lo planteado anteriormente, esta sucesión y generación constante de riesgos desencadena el surgimiento de una modernidad reflexiva, etapa en que se han diluido las certezas de la modernidad y ahora el hombre se enfrenta a nuevos desafíos, predominando la incertidumbre social (Beck, 1998).
1.1.2.- La Modernización Reflexiva
La modernización reflexiva refiere por un lado, a una época de la modernidad que se desvanece y por otro, al surgimiento anónimo de otro lapso histórico, surgimiento que no se gesta a causa de elecciones políticas, del derrocamiento de gobierno alguno o por medio de una revolución, sino que obedece a los efectos colaterales latentes en el proceso de modernización autónoma según el esquema de la sociedad industrial occidental o mejor dicho “capitalismo”. Para Kuhn (1996), el sujeto de esta destrucción creadora no es la crisis, sino el triunfo del orden a partir del proyecto científico de la modernidad (Kuhn, 1991).
Para Beck (1998), La modernización reflexiva básicamente cuestiona la rigidez y la insuperabilidad de los supuestos de la sociedad industrial. No tiende a la autodestrucción, sino a la “auto trasformación” de la modernización industrial. La modernidad reflexiva alude no tanto a la reflexión (como el adjetivo "reflexivo" parece sugerir) sino a la auto confrontación: “el tránsito de la época industrial a la del riesgo se realiza anónima e imperceptiblemente en el curso de la modernización autónoma conforme al modelo de efectos colaterales latentes” (Beck 1998: 26).
En el marco de la modernización reflexiva, el avance de la individualización ha liberado a los individuos de las estructuras colectivas y abstractas tales como la clase, la nación, la familia nuclear y la creencia incondicional en la validez de la ciencia (Giddens, 1993). De este modo, la modernidad reflexiva se alcanza en la crisis de la familia nuclear y la auto organización concomitante de las narraciones vitales, con la perdida de fe en los beneficios que traería vivir en comunidades; con la pérdida de influencia de las estructuras de clase sobre los agentes2: en la conducta electoral, en las pautas de consumo, en la afiliación sindical; con el desplazamiento de la producción regulada por la flexibilidad laboral, que desde luego trae consigo una baja en la calidad de vida de los trabajadores y un constante empobrecimiento; con la nueva desconfianza ecológica y la práctica de la ciencia institucionalizada.
1.1.2.1.- Tradición, Compulsión y Congestión Social: Las claves de la Modernización Reflexiva
Para hablar con propiedad de la modernización reflexiva debemos definir en primer lugar, los conceptos/estados de: Tradición y Compulsión social. Esto, según Giddens (1993), por ser fundamentales en las transiciones sociales (sociedad tradicional – sociedad industrial – sociedad reflexiva, sociedad de riesgo) (Giddens, 1993).



  1. La tradición está estrechamente relacionada con la “memoria colectiva”, que a la vez es un medio de organización. Respecto a su integridad, la tradición se deriva no del mero hecho de la persistencia a lo largo del tiempo, sino del trabajo continuado de interpretación que se lleva a cabo para identificar los vínculos que unen el presente al pasado. La noción de tradición presupone permanencia, una integridad que resiste los embates del cambio. Tiene un carácter orgánico; se desarrolla y madura, o se debilita y muere. Freud dice que la tradición proporcionaba los marcos estabilizadores que integraban las huellas del recuerdo en una memoria coherente.

La tradición, implica la existencia de ritual, “noción formular de verdad” (Giddens, 1994) (que no envuelve la “racionalidad” científica), y de guardianes3. Un ritual es una herramienta de la memoria colectiva que sirve para activar la memoria, porque la tradición es necesariamente activa e interpretativa. La memoria es un proceso activo y social que no puede identificarse con el mero recuerdo. Reproducimos continuamente memorias de acontecimientos o estados pasados, y estas repeticiones confieren continuidad a la experiencia. Entonces es preciso interpretar el ritual porque si no, las acciones se transforman en costumbre y no tienen un sentido.



  1. concepto de sociedad compulsiva se aleja diametralmente de la tradición. Principalmente incide el advenimiento de la modernidad industrial, que trae consigo códigos y símbolos nuevos, distintos a los propios de una cultura específica. En pocas palabras, tradición sin tradicionalismo. La compulsión es una confianza congelada, un compromiso que no tiene objeto sino que se auto-perpetúa e impide reanudar el compromiso con los sistemas abstractos que han llegado a dominar el contenido de la vida cotidiana. Genera incapacidad para escapar del pasado.

Respecto al individuo, cuando se cree autónomo, representa un destino incierto y a medida que la tradición se disuelve, puede especularse con que la huella del recuerdo quede expuesta más al desnudo y es más problemática respecto a la construcción de la identidad y el significado de las normas sociales. De la reconstrucción del pasado que proporcionaba la tradición deviene una responsabilidad más acusadamente individual (Giddens, 1993). La confianza se otorga a la luz de una selección de alternativas. Es decir, en la sociedad moderna, cada individuo tiene que escoger un estilo de vida porque la tradición ya no tiene esa autoridad de definir la totalidad del mundo de la vida, autoridad a cargo de los Guardianes. Cuando tales alternativas son filtradas por compromisos no explicados (compulsiones) la confianza se convierte en una mera urgencia repetitiva.


La sociedad compulsiva implica la perpetuidad y el congelamiento de la confianza establecida entre el individuo y los sistemas abstractos, lo que a la luz de las reflexiones vistas, puede representar múltiples consecuencias para el posicionamiento del proyecto de la modernidad, y para el propio proceso de modernización de la sociedad industrial.


  1. Respecto de la Congestión social, según Beck (1998), se trata de un fenómeno posterior al de la compulsión social (y en muchos casos consecuencia). Para el autor, Congestión es una parálisis general en la modernización causada por un debilitamiento del proceso de implementación de la industrialización. Beck (1998) dice que una parálisis generalizada acompaña a la subpolitización; los modernizadores, al igual que sus críticos, quedan atrapados en la rigidez de los puntos de vista e intereses fomentados. Este debilitamiento del proceso de implementación de la industrialización, que antes estaba tan bien lubricado por el consenso, impide el proceso, y anuncia la autolimitación y el autocontrol anárquico de un proceso de industrialización que, anteriormente carecía de frenos (Beck, 1998).

Esta congestión crea quiebres o recaídas de la confianza en los sistemas abstractos. En el nivel de la vida cotidiana, la retirada de la confianza puede tener diversas formas, algunas de las cuales son enteramente marginales a la persistencia de los propios sistemas abstractos. Una progresiva aceleración de la desconfianza en un banco, o en un gobierno, puede conducir a su colapso.


2.- Organización política y electoral de Chile:
2.1.- Sistema político Chileno
Chile es una República Democrática Presidencialista, cuya administración del Estado está centralizada. Existen 14 regiones administrativas más la Región Metropolitana (capital), cada una de las cuales dispone de una secretaría regional ministerial (SEREMI), dependiente del ministerio correspondiente. Las principales autoridades regionales son los Intendentes, que son representantes del presidente de la República en cada una de las regiones. Son designados por el presidente y de ellos dependen los gobernadores provinciales. El Gobierno central está en Santiago y el Parlamento en Valparaíso, V Región (200 km de Santiago hacia el noroeste). El Parlamento es bicameral: Cámara de Diputados, 120 miembros, y Senado, 38 miembros. La duración del mandato presidencial es de 4 años, sin posibilidad de reelección inmediata.
Hasta fines del año 2011, los principales partidos políticos presentes en el país son los partidos integrantes de la coalición gobernante, Coalición por el Cambio, y de la oposición parlamentaria, Concertación. La Coalición por el Cambio está integrada por el partido de Renovación Nacional (RN), el partido unión demócrata independiente (UDI), el partido político Chile Primero (CH1), y los movimientos Norte Grande y Humanista Cristiano (MHC). La oposición parlamentaria está integrada por el partido socialista (PS), partido demócrata cristiano (PDC), partido por la democracia (PPD) y partido radical socialista demócrata (PRSD). El partido comunista (PC) y el partido humanista (PH) son minoritarios.
2.2.- Principales características del sistema electoral binominal chileno
El sistema electoral chileno actual tiene sus orígenes en la Constitución Política del Año 1980, donde se establecen sus principales disposiciones en términos generales, y que son complementadas específicamente por la Ley Orgánica Constitucional Nº 18.556 sobre Sistema de Inscripciones Electorales y Servicio Electoral, y por la Ley Orgánica Constitucional Nº 18.700 sobre Votaciones Populares y Escrutinios que estableció el sistema electoral aplicable a las elecciones de senadores y diputados4 que a juicio de autores como M. Verdugo y A.M. García (1996 ; 190) se trata de un sistema electoral binominal “sui generis” que no es mayoritario ni proporcional.
El sistema binominal sugiere el respaldo a un único candidato, lo cual ciertamente estimula en la mayoría de los casos la presentación de listas conjuntas en los procesos eleccionarios. Por lo tanto, el sistema binominal es un sistema mayoritario con efectos peculiares, puesto que cuentan los votos de las dos más altas mayorías. Y aún más, dado que hay dos escaños en disputa, se favorece al segundo partido, porque alcanza el 50% de los escaños sin igualar a la primera mayoría. Es necesario, eso sí, que obtenga más de la mitad de los votos del partido con mayoría relativa o absoluta, pero el margen virtual es grande. La lista que obtenga en una circunscripción un poco más del tercio de la votación obtendrá un escaño, al igual que la lista que obtenga casi dos tercios de la votación” (Nohlen. D., 1998; 281).
En el sistema binominal, el país se distribuye electoralmente en 60 distritos que eligen 2 diputados cada uno y en 19 circunscripciones senatoriales que eligen 2 senadores cada una. Los pactos electorales deben llevar 2 candidatos cada uno y si un pacto logra doblar en votación al siguiente más votado, se lleva los dos cargos. Si no, se reparten un cargo cada uno. Por tanto, a un pacto le basta con obtener el 33.4% de los votos para llevarse el 30% de los cardos en la cámara de diputados, mientras el otro pacto que, en teoría, obtuvo el 66.6% de los votos restantes, se lleva el otro 50%. En la práctica, estos porcentajes resultan ser menores.
2.3.- Quienes podían votar en el sistema electoral Chileno hasta diciembre del año 2012
El proceso de participación en el sistema de elecciones en Chile, también reviste un grado de complejidad. Según la  N° 18.5565, hasta el año 2012, podían votar “todos los chilenos(as), y los extranjeros que vivan más de cinco años en el territorio nacional” (…) con inscripción vigente en los registros electorales, y que tengan cumplidos 18 años de edad el día de la votación” (Ley 18.556, Título IV). Esto, implica tres situaciones significativas:

  • Por un lado, la condición de pertenecer previamente a un registro electoral nacional. Esta inscripción era voluntaria, pero a la vez indispensable para participar en los procesos eleccionarios del país.

  • Una vez realizada la inscripción en los registros electorales, se establece la obligatoriedad del voto, es decir, que todos quienes pertenecen a este registro y no participan en los procesos eleccionarios sin previa justificación (ya sea por distancia e imposibilidad de desplazamiento), deben pagar multas previamente determinadas constitucionalmente.

  • Los chilenos residentes en el extranjero quedan imposibilitados de participar en los procesos eleccionarios del país.

Estas tres dimensiones fueron ampliamente debatidas tanto en el parlamento, como en distintas esferas sociales durante los últimos años. Aunque a comienzos de este año 2013, el sistema de participación electoral cambió por el de inscripción automática, y voto voluntario6. Por otra parte, según se menciona en la Ley 18556, no pueden participar en los procesos eleccionarios, ni inscribirse en los registros electorales:




  • Quienes no se encuentren en Chile al momento de las elecciones.

  • Las personas interdictas por demencia.

  • Las personas acusadas por delito que merezca pena aflictiva o por un delito de conducta terrorista.

  • Quienes estén condenados a una pena aflictiva, por un delito de conducta terrorista o por delito de tráfico de estupefacientes que merezca pena aflictiva.

  • Quienes hayan perdido la nacionalidad chilena.

  • Quienes hayan sido sancionados por el Tribunal Constitucional por promover partidos, movimientos u otras formas de organización que no respeten el régimen democrático7.


III.- METODOLOGÍA
El presente trabajo, es un ejercicio de datos secundarios, sustantivamente cuatitativos, extraídos de los Informes de Desarrollo Humano en Chile (PNUD), de los resultados de las evaluaciones de gobierno (encuesta CEP), y de los datos de participación electoral en Chile (SERVEL), en las elecciones de 1999 (presidencial), 2001 (parlamentaria), 2005 (presidencial), 2009 (presidencial). El análisis, se ha realizado para cada una de las elecciones, incorporando las tres fuentes de información consultadas, con los antecedentes conceptuales y teóricos desarrollados en la segunda parte del este trabajo.
IV.- MARCO ANALÍTICO
1.- Análisis procesos eleccionarios en Chile desde el enfoque de la Modernización Reflexiva.
Después de analizar las tres dimensiones centrales de este trabajo (modernización reflexiva, confianza en el gobierno y participación electoral), podemos observar que todos estos fenómenos, no siempre están necesariamente conectados entre sí de la misma forma. Al respecto, el porcentaje total de personas que participa en las elecciones votando por algún sector político, cada vez disminuye mas respecto del porcentaje de personas que no vota en las elecciones por algún sector político (ya sea no estando inscrita en los registros electorales, o no asistiendo a las elecciones, o votando nulo o blanco). De hecho ya en las elecciones presidenciales del 2009, los porcentajes de ambos indicadores, prácticamente se han igualado (cuadro 20).
Una situación igual de llamativa, sucede cuando observamos el total de inscritos en los registros electorales respecto del total de personas en edad de votar en Chile (cuadro 2).

Creación propia, en base a las estadísticas de participación electoral 1999-2009



Podemos ver que entre el año 1999 y el 2009, el porcentaje de inscritos en los registros electorales, respecto de la población total en edad de votar, ha disminuido casi un 16%. Es decir, al año 2009, solo un 62% de la población en edad de votar está inscrita en los registros electorales. Ahora bien, si contrastamos estos datos electorales con variables vinculadas en este estudio al análisis de la modernización reflexiva, podemos ver por ejemplo que la evolución del nivel de aprobación de los gobiernos de la concertación desde 1999 hasta el 2009, no ha sido uniforme, y no necesariamente ha estado relacionada con la participación electoral. Esto, si asumimos la idea de que un menor nivel de aprobación al gobierno, provocaría una baja en la participación electoral real, particularmente a la hora de analizar el indicador “voto por sector político”.
Como vemos en el cuadro 3, el porcentaje de aprobación al gobierno de Frei fue el más bajo de todos los gobiernos de la concertación, sin embargo, en estas elecciones no solo ganó nuevamente la concertación (Ricardo Lagos), sino que también en estas elecciones de 1999, se dio a la fecha, el mayor nivel de participación electoral, tanto de nuevas personas que se inscribieron en los registros electorales para votar, como también de inscritos que participaron votando por un sector político.

Otra dimensión la marca el IDH del PNUD. Ya que independiente de la presencia de fenómenos sociales complejos, de alta o baja participación electoral o del nivel de aprobación al gobierno, Chile durante los últimos 12 años, presenta el Índice de Desarrollo Humano más elevado de Sudamérica (Cuadro 4).


Cuadro 4-. Índice de desarrollo humano en Chile

Año

IDH en Chile

Posición Latinoamérica

Posición Mundial

1999

0,731

1

34

2000

0,734

1

38

2001

0,740

1

39

2002

0,745

1

38

2003

0,751

1

43

2004

0,756

1

43

2005

0,762

1

37

2006

0,764

1

38

2007

0,773

1

39

2008

0,778

1

40

2009

0,779

1

44

2010

0,783

1

40
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