Modernidad, imperialismo, globalizaci ón, mundialización



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Modernidad, imperialismo, globalización, mundialización...
Susana B. Murphy

Universidad Nacional de Luján

Facultad de Filosofía y Letras

Universidad de Buenos Aires


La reflexión acerca de la identidad durante el siglo XIX fue la clave de las culturas imperialistas. La influencia planetaria del imperialismo clásico europeo del siglo XIX y principios del XX todavía proyecta su espectro fantasmal en los finales de este siglo. El vocabulario de la cultura imperialista se caracteriza por la utilización de vocablos y nociones que aluden a “ser inferior”, “razas sometidas”, “pueblos subordinados”, “dependencia”, “expansión” y “autoridad”.


En el siglo XIX se profundizó la oposición Oriente-Occidente como fruto del racismo, progreso y colonialismo imperantes en Europa, ideas que se mantuvieron muy firmes en los inicios del siglo XX y que condujeron a un profundo rechazo cultural de las antiguas civilizaciones semitas de la antighedad. Se contrastó el proceso histórico griego con el del antiguo Egipto, por ende se rechazaron las culturas africanas y se exaltó la compartida convicción de que esta antigua civilización había quedado atrás frente al avance del progreso de las civilizaciones modernas.
La modernidad refiere de manera suscinta a los modos de vida y organización social que surgieron en Europa a mediados del siglo XVII y que modificaron radicalmente todas las modalidades tradicionales del orden social tanto en extensión global como en intensidad al alterar sustancialmente la cotidianeidad. La relación tiempo y espacio en las sociedades tradicionales se contrasta con el dinamismo de la modernidad que deriva de la separación del tiempo y el espacio. El tiempo estuvo conectado al espacio, hasta que se uniformó la medida del tiempo con el inventó del reloj mecánico.

El poder económico, político, y militar que dieron a Occidente su supremacía se fundaba en la interacción de las dimensiones institucionales de la modernidad (control de la información y mantenimiento del orden social, la acumulación del capital en el contexto de mercados competitivos de trabajo y producción, transformación de la naturaleza, control de los medios de violencia en el contexto de la guerra industrializada).


Difícilmente exista aún hoy algún norteamericano, africano, europeo, latinoamericano, indio, caribeño, o australiano cuya vida individual no se haya visto afectada por los imperios del pasado. Entre Francia y Gran Bretaña controlaban territorios inmensos: Cánada, Australia, Nueva Zelanda, las colonias en América del Norte y del Sur y el Caribe, amplias zonas de Africa, el Medio Oriente, el Lejano Oriente y la India en su totalidad. Esta extensa territorialidad conformó la égida del imperialismo, junto a Estados Unidos, Rusia y otros países europeos más pequeños, Japón y Turquía, fueron también potencias imperiales durante parte del siglo XIX o en la totalidad de éste. Es evidente que la modernidad, el dominio ejercido sobre la distintas posesiones sentaron las bases de lo que hoy constituye un mundo completamente globalizado, o “mundializado”.
La mundialización es el proceso de alargamiento o de intensificación de la relaciones sociales en el mundo y se refiere concretamente a los métodos de conectividad en distintos contextos sociales a lo largo de la superficie terrestre. La transformación local es parte de la mundialización y de la extensión de las conexiones a través del tiempo y el espacio como pueden ser la economía mundial, el mercado de productos o el auge de los nacionalismos locales, pues en el acelerado proceso de mundialización, el estado nacional es sólo un pequeño ente.
Para el sustento de las ideologías nacionalistas, étnicas y fundamentalistas, frecuentes en nuestro siglo, el pasado es un factor substancial y si no existe o no se adecua a sus objetivos se inventa como oportunamente lo advirtió Hobsbawn: “la nación invento histórico de los últimos doscientos años”. Baste pensar lo que hizo Yeats por el pasado irlandés con sus Cuchulains y sus grandes dinastías, que ofrecieron a la lucha nacionalista algo que admirar y que resucitar.
Es así que se ha elaborado a lo largo de los siglos la construcción intelectual que opone a Oriente y Occidente en detrimento de Oriente fundado en un pasado que legitima estas diferencias. De acuerdo a estas realizaciones Oriente se constituye en la expresión de la anarquía política, del desorden y de la debilidad. Occidente ofrece la imagen del orden, de la estabilidad y la riqueza. Así se consolidaron en el imaginario colectivo los mitos del despotismo oriental en oposición a la democracia occidental, del estancamiento tecnológico y cultural en relación al progreso acumulativo de la cultura occidental y de la sabiduría oculta y mágica frente a la racionalidad de los griegos y sus sucesores. En sus Cuadernos de la cárcel A.Gramsci comparó las estructuras políticas de Oriente y Occidente a partir de los mecanismos revolucionarios. Y al cotejar la relación entre estado y sociedad civil en Rusia y Europa a través del fenómeno de la analogía militar, sostuvo que en Oriente el estado constituía un “todo” y su sociedad era “primitiva y gelatinosa” mientras que en Occidente existía una relación equilibrada y por debajo del estado se estructuraba una sociedad firme y desarrollada.
La división de Europa en Este y Oeste se remonta al fundador de la moderna historiografía científica alemana Leopold Von Ranke, su obra escrita en 1824 Historia de las naciones latinas y teutónicas, al proponer esta división artificial dejó discriminadamente de lado a los eslavos y gran parte de Europa10  Como se observa en la realidad histórica no existe una Europa homogénea y la prueba palpable es la realidad que nos ha tocado vivir. Europa ha perdido su centralidad espacial y temporal en detrimento de la “aldea global”11 . Las banderas han sido los genocidios, la discriminación, la expulsión, la explotación y la muerte para justificar el proteccionismo económico, y reafirmar la noción de estado-nación.
Giddens en su libro señala que los problemas de la mundialización tienden a plantearse en dos niveles diferentes: 1) la teoría de las relaciones internacionales que se refiere a la maduración de los estados europeos hasta convertirse en un sistema mundial integrado por actores que son los estados-nacionales, no así los estados tradicionales y 2) el que concierne a la teoría del moderno sistema mundial expuesta por Immanuel Wallerstein em su obra El moderno sistema mundial. La agricultura capitalista y los orígenes de la economía-mundo europea en el siglo XVI, publicada en México, por Siglo XXI, 1979, expone el fenómeno de la economía mundial estableciendo una clara diferenciación entre la era moderna y las edades precedentes. Lo que Wallerstein denomina “economías mundiales” son redes de conexiones económicas de carácter geográficamente extensivo, si bien existieron en épocas anteriores a la modernidad pero fueron diferentes al sistema mundial que se desarrolló en los últimos cuatro siglos. Las anteriores economías mundiales estaban generalmente centradas en grandes estados imperiales y sólo controlaban ciertas regiones de acuerdo a su capacidad logística. El capitalismo condujo a un tipo de orden muy diferente pues tuvo y tiene un alcance mundial a partir de la modernidad y un cáracter económico más que político. La economía capitalista que se originó en los siglos dieciséis y diecisiete se integró a través de las conexiones comerciales y de producción, no por un centro político. El sistema mundial moderno tiene un centro, una semiperiferia y una periferia12 .

El con­junto de la docu­men­ta­ción anti­gua indu­ce a la discu­sión del problema de las rela­ciones entre el estado central y las socie­dades que domina. En primer lugar nos parece necesa­rio destacar que el paso a sociedades orga­niza­das estatal­mente exige en la mayor parte de los casos la relati­vización de las identidades comunales con el propósito de consti­tuir una identi­dad más abstracta, que incorpo­re a los miem­bros no por las rela­ciones de parentesco sino por la pertenencia a una organización territorial.


Con respecto a la idea de centralización y territoriali­dad de las formas estatales antiguas, uno de nuestros propósitos es indagar sobre las formas de control coercitivas del estado asi­rio y neobabilónico en la etapa cono­cida como “imperial” dentro de un terri­torio de tan vastas dimensiones. El concepto de territorialidad es esencial en la ecología humana pues remite a la relación entre el hombre y el medio ambiente. Una vez conservada, delimitada y demarcada, el área territorial llega a convertirse en objeto de rivalidad y defensa; esto hace de la territorialidad un ingrediente importante de la identidad humana. El concepto de territorialidad, en un sentido claramente espacial, puede inclusive implicar profundas diferencias culturales entre dos grupos13 .

La tensión agregación-desagregación o la interac­ción entre economía y sociedad, explicitada en la interacción entre recursos y necesidades, tópicos que han sido tratados de manera eficaz por im­portantes orientalistas, no es suficiente para caracte­rizar los problemas de control y el poder extensivo que involucra la incorpo­ración de nue­vos territo­rios e identida­des14 . En los dominios del imperio que consideramos se marcan hasta el siglo VII a.C. dos franjas territoriales. El territorio que abarca al oeste el Eufrates, y al norte, hasta el pie de los Montes Zagros. A la luz de la información que proveyó el archivo de ofrendas del templo de Aššur bajo el reinado de Tiglat-pileser I, puede inducirse el establecimiento de un sistema “provincial” en la región15 . Allí se establecieron una red de centros asirios con población asiria mezclada con población local. El control del territorio y de la producción estaba a cargo de funcionarios menores llamados šaknu con competencias concretas en ciudades y territorios, y actuaban junto con los jefes locales reconocidos por los reyes asirios. La segunda franja es exterior y está formada por los reinos límitrofes sometidos a una relación tributaria; en ellos casi no existe una presencia asiria salvo los qêpu, representantes de los reyes asirios ante los reyes locales. El instrumento formal que une estos reinos al poder asirio es el juramento. La reforma de Tiglat-pileser III consigue que la dependencia con respecto al poder asirio sea igual en todo el imperio; los reinos autónomos se convierten en provincias, con lo cual se extiende el sistema provincial hacia el exterior. Las nuevas provincias conservan el territorio de origen; en el caso de reinos extensos, son divididos en varias provincias. Se advierte así una clara práctica de desarticulación territorial. Cada provincia posee una capital con un palacio provincial, residencia del šaknu; allí también se asientan guarniciones asirias, centros de recaudación de los tributos y lugares para los cultos asirios. Existen además subdivisiones menores que las provincias, controladas por funcionarios denominados bêl-pati. La antigua franja es reestructurada en forma análoga y continúan siendo los centros de mayor prestigio, gobernados por los altos funcionarios del poder asirio. El núcleo originario de Asiria también es reorganizado de acuerdo al esquema provincial.


Entre las provincias interiores y exteriores existen diferencias; las provincias ubicadas al este del Eufrates, en gran parte con población y cultura asirias, configuran lo que Liverani denomina “Asiria provincial” o “Gran Asiria”, y revelan la difusión cultural asiria en la Alta Mesopotamia. El aspecto externo es diferente; la presencia asiria es casi irrelevante y no gozan de una tradición en relación al sistema provincial como en el caso anterior16 .
Literatura más reciente refiere a modelos explícitos que aplican las nociones de “centro y periferia” a los imperios antiguos17 . Esta construcción heurística ganó importancia con el influyente trabajo de Wallerstein sobre el sistema mundial18 , y tuvo una amplia repercusión en los estudios sobre los tempranos imperios del Cercano Oriente antiguo y Mediterráneo. Este modelo se basa en el análisis de la explotación de los recursos de los estados subordinados que integran la periferia por una organización central con una élite política poderosa. El centro es un área que se caracteriza por una máquina estatal fuerte y una cultura “nacional”, mientras que las áreas periféricas están constituídas políticamente por estados debilitados o por sociedades sin organización estatal. El modelo tiene un componente espacial, cuyo lazo más importante en la relación centro-periferia es la interacción política y/o económica (distintos autores han enfatizado una u otra vía). Los estudios de K.Ekholm y J.Friedman sostienen que la acumulación de capital, descripta como una forma de riqueza, puede ser transformada en metales, monedas, tierras, trabajo, u otro tipo de productos. Un punto central de esta posición es el que postula que la acumulación de capital económico por parte de la élite es un elemento de convergencia en los imperios arcaicos y modernos. Tomando como ejemplo los tempranos imperios de la Mesopotamia sostienen que el mantenimiento de los centros arcaicos dependió de la dominación básica de los recursos supralocales; es así como las élites del centro habrían incrementado la habilidad para ejercer el control y la clave fue la emergencia de centros como “poderes imperiales”. Por lo general los centros no dependieron de los recursos básicos de las regiones periféricas; la mayor parte de los bienes que convergían en el centro fueron de prestigio, obtenidos a través del intercambio a larga distancia. El punto de vista esencial es que las élites gobernantes consumidoras de recursos conformaron una red de relaciones variadas con el objeto de llevar a cabo el proceso de extracción. La cooptación o la alianza de las élites periféricas con las élites del centro es la clave central de la relación. La periferia reestructura la organización de la producción para una efectiva transferencia de la riqueza al centro. El costo de la intensificación de la producción es sobrellevado ampliamente por la periferia, la que a cambio recibe organización, tecnología y algunos bienes suntuarios.
Wallerstein señaló que los tempranos imperios fueron en primer lugar de naturaleza política, en contraste con las modernas economías mundo. Orientalistas como Larsen y Doyle comparten este punto de vista con respecto a los imperios pero manifiestan acertadamente que no sólo debe hacerse hincapié en lo político sino que en el mismo plano debe considerarse lo económico como otro rasgo importante de la organización, siendo su alcance espacialmente amplio19 . Adams incorpora otra variable al sostener que el problema del transporte, vinculado a la tecnología arcaica, hubiese requerido que el centro fuera esencialmente auto-suficiente en el aspecto económico; en consecuencia, la verdadera extensión del poder imperial debería haber sido en primer lugar militar o político20 . Owen Lattimore21  en sus estudios sobre China incrementa la complejidad del problema señalando que existen tres radios de integración social, determinados y restringidos en gran parte por la organización y la tecnología; el más extensivo habría sido el militar, seguido por la integración social y finalmente por la económica. Muchos autores han reconocido que la variación sustancial ocurrió en el interior de las áreas consideradas como centro y periferia, aún cuando el modelo mismo proporciona caracterizaciones dicotómicas.

Es por esta razón que, en lo que a periferia se refiere, nos parece preferible el empleo del término frontera, propuesto por R. Mac Adams, quien si bien reconociendo que las nociones de centro y periferia son un instrumento heurístico útil, resalta sin embargo un punto que es crítico: en zonas de importancia decisiva para los imperios las relaciones que se gestaron fueron a menudo sumamente diversas y no pueden quedar resumidas en este modelo.


Los planteos a los que nos hemos referido imponen la utilización de centro y periferia como parte de un mismo y único sistema22 . Y es en este punto que conside­ramos indispensa­ble reiterar que la sociedad unitaria y muy centrali­zada postulada por Wittfogel o Eisenstadt es ilusoria, como lo es la afir­mación de Owen Lattimore acerca de la integración militar en relación con una fuerte centralización23 , o la reflexión de Wallerstein que, aunque reconociendo la fluidez de los límites, en la práctica no llega a distinguirlos. La interacción entre el centro y la periferia, como sostiene D’Altroy, fue constantemente negociada, si bien el centro tiene el poder y la capacidad coercitiva, en ese complejo escenario hubo otras relaciones que se manifestaron. Uno de los problemas claves suscitado por el modelo centro-periferia es la tendencia de algunos autores a considerar a la élite del centro político como un grupo homogéneo con idénticos valores y motivaciones para la expansión, y a ver al mismo tiempo a la periferia como diferente pero internamente homogénea24 . El tema de la guerra y el control en el Antiguo Cercano Oriente se vincula estrechamente con las variables de tiempo y espacio. Esto significa que el concepto de presencia o ausencia por parte del estado asirio debe ser explicado tanto en términos de espacialidad como de temporalidad, y es en este contexto que adquieren significación las nociones de sede y de accesibilidad de presencia en el marco de la integración social y de la territo­rialidad. Siguiendo a Anthony Giddens nos referimos al concepto de sede para designar el espacio que reproduce el escenario de interacción con especificación de su contex­tualidad y de fenóme­nos como medios de movilidad y comuni­cación en rela­ción a las pro­piedades físicas del mundo circun­dante25 . El concepto de sede es abarcativo e incluye desde una casa hasta áreas territoriales de un estado.
Es característico que las sedes a que aludimos presenten una regionalización interna (en su interior las regiones tienen una importancia crítica para constituir contextos de interacción). La forma de la regionalización está constituida por las fronteras que la definen. La regionalización puede incorporar en su recorrido zonas de gran variabilidad; las regiones de recorridos amplios son las que abarcan mucho espacio y se proyectan hondamente en el tiempo y resultan de un alto grado de institucionalización. Las intersecciones de recorridos de espacio y tiempo pueden variar, pero regiones de recorrido resultan de un alto grado de institucionalización.

El imperio asirio fue un estado esencialmente receptor de tri­butos26 . Las expediciones militares de los reyes asirios eran reco­rridos de recolección de tributos27 . Esto determinó la formación y establecimiento de una extensa red tributaria para el abaste­cimiento y el mantenimiento de la administración (la conquista implicaba por sí una organización administrativa)28 . La administración central y la sociedad asiria en general se beneficiaron con el botín de las guerras de expansión. Muchos textos expre­san claramente que bajo el vocablo “botín”29  se incluía no sólo a personas, sino también vasijas, oro, ganado, ovejas, caballos, etc30 .



La supremacía de Asiria en la política interestatal del Cercano Oriente tuvo por objetivo mantener el liderazgo en las relaciones de intercambio. En este aspecto dependía de las condiciones de producción de las regiones sometidas o con las cuales había pac­tado diferentes tratados de intercambio y, en particular, del grado y naturaleza de su economía regional31 .
El tema im­plica por una parte el aná­li­sis de las prácticas con­sue­tudina­rias que involu­cran las rela­cio­nes so­cia­les, econó­micas, ideoló­gicas y polí­ticas de la comu­nidad agrí­cola-pasto­ril y que pue­den consi­de­rarse como una “econo­mía al­ter­na­tiva”, y por otra la capacidad de reac­ción de las comuni­dades que per­miten imponer “límites débi­les” a las for­mas coac­tivas y a las estrate­gias de suje­ción por parte del esta­do. Este tipo de estudio nos remite en primer lugar a la dis­cusión teórica acer­ca de la existencia del mer­cado como ins­titu­ción en las sociedades del antiguo Cercano Oriente. Hay que dis­tinguir y diferenciar entre el “lugar de mercado” (mah-irum), atesti­guado con certeza en la Antigua Mesopotamia, por lo menos a partir del período paleobabilónico, y el mercado entendido como mecanismo autorregulador de los precios de acuer­do con la oferta y la demanda, como lo concibe el orien­talista Mario Live­rani. Nos permitimos disentir con su aserción: “La experiencia mesopotámica, ya antes del perío­do paleobabilónico pero sobre todo durante dicho período (precisamente por haberse desvinculado de la economía adminis­trada y haber convertido la tierra y el trabajo en mercancías) es un buen ejemplo de la in­fluencia de la relación entre la oferta y la demanda en la deter­minación de los precios corrien­tes”; entendemos que el mercado como “lugar” fue anterior a cual­quier procedimiento competitivo del tipo oferta-demanda. En el sentido institucional, el término mercado no presupone necesariamente un mecanismo oferta-deman­da-precio pues la eco­nomía huma­na en las sociedades anti­guas está incrus­tada en un entre­tejido de rela­ciones ins­titu­ciona­les, econó­micas y no econó­mi­cas, y jus­ta­mente la inclusión de lo “no econó­mico” es decisiva, pues el mundo de creencias, costumbres, tradicio­nes y las rela­ciones pactadas con el estado deben ser particularmente tomadas en cuenta para la compren­sión del funcionamiento de la econo­mía en el mundo anti­guo. Asimismo, la insti­tucionalización del pro­ceso económico dota al proceso de unidad y estabilidad, y al estar el sistema económico inmerso en las relaciones socia­les tiene que existir una fuerte organiza­ción social que se ocupe de as­pectos de la vida tales como la divi­sión y organización del trabajo, la dis­tribución de la tierra, la heren­cia, etc. Como observamos, se trata de una conjunción de rasgos institu­cio­nales con­cretos a los que denomina­mos “elementos de merca­do”. No debería entonces hablarse de mercado sino sencillamente de las diversas combinaciones de los “elementos de merca­do”, que equi­va­len a una situación de intercambio.
La información contenida en los Anales asirios da cuenta pormenorizada del intercambio asimétrico a través de las listas de tributos (biltu, mandattu)32 , “presentes” y del botín recogido en las expediciones punitivas.

Como puede observarse, el tributo y los “presentes” fueron el elemento fundamental en la economía del “imperio”. Así advertimos el noto­rio alcance que tuvo el tributo impuesto, por ejemplo, a los prín­cipes medos y a sus vecinos consistente en el aporte de caballos, necesarios para el ejército asirio. El tributo fue un acto importante en la concepción general de la guerra, tanto en el principio como en la prácti­ca. Imponer el tributo a los pueblos vencidos era la consecuencia normal de la victoria.


En acuerdo con el pensamiento de Michael Mann convenimos, además, en que la auto­no­mía estatal se presentó bajo dos formas: poder despótico y poder infraestructural en la etapa de los imperios del Antiguo Cercano Oriente; el primer sentido atañe al poder de la élite estatal y a la capacidad de ejercer sus acciones sobre la socie­dad, lo que equivale al poder autóno­mo del estado; el segundo alude a la aptitud del estado para pene­trar realmente en la sociedad y poner logísticamente en ejecu­ción las decisiones políticas, y es en este campo donde se observa claramente que no fue una empre­sa sencilla y en más de un caso se muestra el fra­caso de aquello que muchos investigadores denominan “poder central”.
El imperio asirio ¿una nación?
Nos interesa ahora detenernos en dos conceptos con los que se ha querido explicar el fundamento del poder asirio y de sus logros de dominación. Michael Mann sostuvo que los asirios alcanzaron extraordinarios éxitos como conquistadores, probablemente gra­cias al “naciona­lis­mo” exclusivo de las facciones de poder, que se veían a sí mismas como pertenecientes a la misma “nación”; su sentimiento de identidad se habría alimentado así del militarismo t­riun­fan­te y su sostén se habría fundamentado en la religión “nacio­nal”33 . Complementariamente para nuestro propósito Anthony Smith, al revisar la cuestión del nacionalismo en las distintas culturas, calificó como “nacionalismo etnocéntrico” al que habría sido propio de las sociedades antiguas34 .
Nos proponemos en lo que sigue discutir estos asertos de M.Mann y de A. Smith. ¿Acaso se conoce una “nación” en la histo­ria del Antiguo Cercano Oriente a la que se aluda mediante un término único y constante? De un extremo a otro del mundo oriental no existe un vocablo que designe a la sociedad organi­zada. Hay términos que abarcan la extensión de una división territorial y social de dimensiones variables pero, como ya hemos señalado, las organizaciones territoriales son complejas y cada pueblo presenta características que le son propias35 . Las naciones no son “tan antiguas como la historia”; y de hecho, el sentido moderno de la palabra no se remonta más allá del siglo XVIII36 .
Cuando se leen las inscripciones de textos egipcios o meso­po­támicos sorprende la escasez de referencias a algo que se parezca a nuestro concepto de “pueblos” o “naciones” como tales. Los reyes asirios, al mencionar a los pueblos que someten, uti­lizan expresiones tales como “el tributo de Jehú hijo de Omri”, “la casa de Omri”, “Midas, rey de Mushku”, “el país de los me­dos”, “los suteos que viven bajo las tiendas”, “el país de Amurru” (son éstas las maneras de designar a los enemigos de Tiglatpileser III y Sargón II, a los cuales “aplastan como vasi­jas de barro”)37 .
Las designaciones de los asirios con respecto a los “otros” son mayormente políticas, pero también se los define por su localización y habitat particular y en algunas oca­siones, como hemos visto anteriormente, como malhechores irre­duc­tibles que provocan problemas al estado. En el nombre que un pueblo se da está manifiesta o no la idea de diferenciarse de los pueblos vecinos con el propósito en muchos casos de expre­sar su superioridad frente al “outro”. En el límite extremo como en el Egipto del Reino Antiguo, el cerrarse hacia el exterior, la conciencia de la propia superioridad y unicidad, el monopolio, por así decir, del cosmos hacia una periferia caótica hace que no se tenga prácticamente ninguna política expansionista: el país entero coincide con la ecumene, situación que se modifica en la etapa del Imperio Nuevo en lo que hace a la expansión pero no en su actitud frente al “extranjero”. Ramsés II al referirse a la invasión de los pueblos del norte y del mar (alrededor del 1200 aC) señala que llegó a “quitar las ganas de (ni siquiera) men­cionar a Egipto”, y que tampoco “permitiría a los pueblos ex­tran­jeros contemplar la tierra de Egipto38 . Esto sólo puede comprenderse partiendo de la idea de que el extranjero es nece­sariamente el enemigo, es ‘aquel que viene de afuera’ o ‘aquel que está fuera de los límites de la comunidad’. No obstante, y tal como sostiene E. Benveniste, en las sociedades antiguas la noción de extranjero no se define por criterios constantes. En el caso del Antiguo Cercano Oriente las sociedades están inte­gradas por población asiánica, semita e indoeuropea; y de la legislación mesopotámica y de fuentes de otros pueblos es posi­ble inferir que ser extranjero es no pertenecer a una comunidad estructurada por vínculos de parentesco. En este marco la extranjería conforma figuras diversas: el enemigo, el sometido, el deportado o el nómada, aunque haya casos en que esta situación se revierte. El cuadro ofrecido nos muestra efectivamente una sociedad heterogénea.
El nacionalismo antecede a las naciones; las naciones no construyen estados y nacionalis­mos sino que ocurre a la inversa. Anthony D. Smith, en su obra “Las teorías del nacionalismo”, vinculó su concepto de naciona­lismo etnocéntrico con los nacionalismos antiguos, el que habría sido característico del Próximo Oriente Antiguo y del mundo medieval. En el nacionalismo etnocéntrico tanto el “poder” como el “valor” serían inherentes a su propio grupo cultural, cual­quiera hubiese sido la distribu­ción del poder en un momento determinado. La fuerza real, al ser conferida por las divinida­des, recaería sobre aquellos que mantienen una relación especial con la divinidad. Los asirios y los babilonios habrían sido el instrumento de la divinidad para lanzar su ira contra los pue­blos que querían someter, y conforme a este tipo de nacionalismo la “nación” habría sido considerada como centro del mundo.
Nos vemos forzados a disentir con Smith. La concepción de la rea­leza asiria no expresa una idea de nacionalismo porque la po­blación es demasiado heterogénea para reinvindicar una etnicidad común: las regiones se han poblado y despoblado a lo largo del tiempo, y en el caso asirio se traduce en la estrategia de la deportación. Smith otorga preponderancia al grupo de descen­dencia común y de esta manera otorga particular relieve a la etnicidad. Pero toda apelación de carácter étnico es en la antiguedad dife­rencial y opositiva para diferenciarse del “outro”. En cuanto a la “nación”, el concepto se adscribe exclusivamente a un período con­creto y reciente desde el punto de vista histórico; es una enti­dad social que se refiere a cierta clase de estado territorial moderno, el “estado-nación”; se trata de un constructo social, como lo sostiene Hobsbawm en coincidicencia con Gellner39 .

Han sido frecuentes los intentos de determinar criterios objetivos de nacionalidad, o el explicar por qué ciertos grupos se han convertido en “naciones” y otros no, basándose en crite­rios como la lengua, el territorio, la historia común, etc. En general el resultado no fue satisfactorio porque esos criterios constituyen concep­tos ambiguos, borrosos y cambiantes40 . Re­sultan por lo tanto inaplicables a la historia del Cercano Orie­nte Antiguo y en especial al caso asirio, porque de hecho las naciones, al igual que los estados, son una contigencia, no una necesidad universal, y parece no caber duda de que el estado ha emergido sin ayuda de la nación.


La política militar asiria se instituyó en una de las for­mas dominantes de su organización estatal, y como oportunamente señaláramos, tuvo como base el trasplante de pueblos, procedi­miento que deter­mi­nó un entrecruzamiento étnico y cultural y una asirización desde el punto de vista político. Sin embargo, y como curiosa contrapartida, fue la lengua franca aramea la que se impuso a lo largo de este primer milenio. El texto prueba que el arameo es la lengua hablada por las éli­tes admi-nistrativas interestatales. Los documentos asirios hacen mención de escribas arameos y egipcios; estas referencias se confirman en los bajorrelieves asirios, en uno de los cuales junto a un escriba asirio aparece representado un escriba arameo41 . Este amplio uso del arameo en la administración estatal puede estar denotando que muchos de esos amanuenses escribían si no en lengua aramea al menos en caracteres arameos42 .

Mario Liverani calificó de nacionalista a la religión asiria durante la época del “imperio” porque la misma palabra “asirio” adquirió la denotación de ‘sagrado’. Esta pos-tulación coincide con Jacobsen, quien sostuvo que las religiones del primer milenio a.C. en el Cercano Oriente eran nacionalistas. Ambas afirmaciones son discutibles, pues si bien los asirios apuntaron a la imposición del culto oficial no lo hicieron en sustitución plena de las religiones locales sino en coexistencia con ellas. Los cultos asirios fueron instituídos en las capitales de pro­vincia y practicados por las élites. Una clara muestra de esta convergencia de religiones es la exhibida por la provincia del territorio del antiguo Israel, donde a la religión tradicional habrían de sumarse la de los pueblos deportados y la oficial de los dominadores asirios, en especial el culto al dios Aššur.


Entendemos haber ilustrado que las relaciones entre la reli­gión y la identificación nacional siguen siendo complejas y opacas43 .
La organización del imperio asirio no propició en absoluto el principio nacionalista ni el concepto de nación. Los grupos de poder cohesionaron su identidad como élite dominante en el aspecto político-militar e ideológico de manera eficaz, ex­­presado claramente en la concepción etnocéntrica de la realeza mesopotá­mica en nombre de la divinidad principal del dios gue­rrero Aššur, y reforzaron su identidad frente a los otros dife­ren­cián­dose lógicamente de manera vertical de las microcomunida­des gobernadas, las que a su vez se diferencian horizontalmente de sus vecinos. Creemos posible, en consecuencia, desestimar las posturas que extienden los conceptos de nación y nacionalismo al Cercano Oriente Antiguo, y más específicamente al Imperio Asirio como ámbito de nuestro interés presente. Si como afirma Hobsbawm las naciones hacen al hombre, si las naciones son constructos de las convicciones, fidelidades y solidaridades de los hombres, la existencia inne­gable de un estado asirio no implicó el correlato de una nación asiria.

Conclusiones

Lo expuesto nos autoriza a adelantar algunas conclusio­nes. Con frecuencia la frontera del “imperio asirio” no estuvo determina­da por la existencia de otro gran poder en la vecindad sino por sus límites y por la habilidad del ejército para inten­tar pre­ser­var de manera efectiva el control en el tiempo y en el espa­cio de los territorios incorporados al domi­nio asirio, lo que los condujo a emplear la violencia física y simbólica, no siempre con éxito. Sugerimos que el territorio asirio estuvo caracterizado por la movilidad de sus fronteras étnicas y políticas. Esto nos permite ad­ver­tir sobre la in­conve­niencia de forzar un modelo sistémi­co en el que juegan un rol destacado las nocio­nes de centro-perife­ria, marco que no puede sino determinar un cua­dro excesi­vamente fijo y estático del problema que estamos ana­lizado y que excluye toda considera­ción de las situaciones de cambio. En nuestra exposición, y a par­tir del estudio de la logística y la geopo­lítica, y de nocio­nes como tiempo, espacio, duración y extensión, hemos intentado presentar variables que permiten trazar una ima­gen dife­rente de la realidad, la que, por otra parte, está en íntima vinculación con la documentación disponible sobre el caso asi­rio. Planteamos también que la fuerza integradora de la identi­dad estatal se encontraba sometida a prueba. Y en rela­ción di­recta con el estado asirio puede señalarse que las iden­tidades de los grupos no se diluyeron internamente; frente al imperio asirio su “identidad” se manifestó en el “sometimiento” y en algunos casos en la “protección” que encubría la coacción. Indi­cios y pruebas nos exhiben una sociedad constituida por múlti­ples redes de identidades que se superponen e intersectan en el marco de una red de identidad mayor que es la del imperio asi­rio.


El tributo aparte de las ventajas económicas tenía una significación política muy precisa: a través de él el vencido reco­nocía su sujeción de hecho al vencedor. Naturalmente, una quie­bra mínima en la rela­ción del inter­cambio así establecido servía para minar la legi­timidad del esta­do. La noción de equilibrio en una relación de este tipo es compleja porque se trata de equi­librios desiguales en un contexto de intercam­bios desi­gua­les. El fenóme­no clave es la cantidad de servicios que el estado recibe en propor­ción a los que entrega; sin embargo, el con­cepto de equili­brio no es cuantificable, a lo sumo se puede obte­ner una imagen aproximada a través de la frecuencia y la magni­tud en ambas direcciones. En las socie­dades antiguas, el intercambio incluye una gran variedad de servicios recíprocos que van más allá del cultivo de la tierra, la parti­ción de la cosecha44 , los bienes y los ser­vi­cios. La solida­ri­dad en el campo económi­co se mantiene mediante institu­ciones que aseguran las relacio­nes pacíficas con respecto a los alimen­tos45 . La calidad relacional del in­tercambio re­quie­re atención, el análisis de los cambios en la legitimidad de la élite debe fijarse en la rela­ción de inter­cambio y no en la situación de la comunidad tomada aisladamente.

Para finalizar me parece importante una reflexión sobre dos hitos fundamentales del proceso histórico: la revolución urbana y la revolución industrial. Por lo tanto, Europa y no Europa no pueden separarse más que por los beduinos y los sedentarios de Ibn Jaldún; cada una es la historia de la otra46 


Notas Bibliográficas:
 1El término «imperialismo» se refiere a la práctica, la teoría y las actitudes de un centro metropolitano dominante que rige y controla extensos y alejados territorios.

 2El racismo es una respuesta a un problema real que es el vínculo entre biología y cultura, en CARLO GINZBURG, Mitos, emblemas, indicios. Morfología e historia., Barcelona, Gedisa, 1994.

 3Así el racismo y el progreso coincidieron en condenar el estancamiento egipcio africano y en resaltar el dinamismo greco-europeo.

 4G.J. Whitrow, El tiempo en la historia, Barcelona, Crítica, 1990, p. 143. Los primeros relojes conocidos son el St. Albans y el que se erigió en la capilla del palacio Visconti en Milán en 1335 y tocaban veinticuatro horas.

 5Las dimensiones institucionales de la modernidad en concreto se refieren al: capitalismo, vigilancia, industrialismo y poder militar.

 6Edward W. Said, Cultura e imperialismo, Barcelona, Anagrama, 1996, pp. 38, 44, 41, 51 y sig.

 7Según Clyde Mitchell las características morfológicas de una red se refieren a la relación o modelos de los lazos en una red respecto uno de otro: anclaje, densidad, accesibilidad y rango. Los criterios de interacción, por otra parte, se refieren a la naturaleza de los lazos mismos: contenido, direccionali­dad, duración,intensidad y frecuencia.

8M. LIVERANI, El Antiguo Oriente. Historia, sociedad y economía., Barcelona, Crítica, 1995, p. 20.

 9P.ANDERSON, op.cit. 1987, p. 78.

 10C. RAMA, La historiografía como conciencia histórica, Barcelona, Montesinos, 1981, p. 50.

 11E. HOBSBAWM, Sobre la historia, Madrid, Crítica, 1998, p. 229.

 12A. Giddens, Consecuencias de la modernidad, Madrid, Alianza, 1993, pp. 17 a 70.

 13 M. M‘rner, «Algunas reflexiones sobre historia y espacio» en Población y Sociedad, 3, Tucumán, Fundación Yocavil, 1995, pp.21-34.

 14 M. Carmagnani, op.cit., p.181.

 15 J. N. Postgate, «Assyria: the Home Provinces», en M. Liverani (ed.), Neo-Assyrian Geography, Roma, UniversitB di Roma «La Sapienza», 1995 (Quaderni di Geografia, 5), p.9.

 16 M. Liverani, El Antiguo Oriente. Historia, sociedad y economía, Barcelona, Crítica, 1995, pp. 638-640.

 17 T. N. D’Altroy, Provincial Power in the Inka Empire, Washington and London, Smithsonian Institution Press, pp. 9-24, brinda un amplio panorama sobre el modelo centro-periferia.

 18 I.Wallerstein, «Análisis de los sistemas mundiales», en Anthony Giddens, Jonathan Turner et al., La teoría social, hoy, México, Alianza, 1991, pp. 398-417.

 19 cf. M.T. Larsen,ed.,»The Tradition of Empire in Mesopotamia», en Power and Propaganda: A Symposium on Ancient Empires, Mesopotamia, 7, Copenhagen, Akademiek Forlag, 1979, pp. 75-113, y M. W. DOYLE, Empires, Ithaca, Cornell University Press, 1986.

 20 R. Mac Adams, «Anthropological Perspectives on Ancient Trade», Current Anthropology 15, 1974, pp. 239-258.

 21Cf.O. Lattimore, Studies in frontier history, Paris, 1962.

 22M. Rowton, op.cit., pp. 293-295.

 23 M. Mann, op. cit., p.26.

 24 T. N. D’Altroy, Provincial Power in the Inka Empire, op. cit., pp. 9-24.

 25 Anthony Giddens, A constituicao da sociedade, Martins Fontes, Sao Paulo, Brasil, 1989, pp.94 y sig. Giddens, en el capítulo, «Tiempo, espacio y regionalización» básicamente se fundamentó en la obra de T. Hagerstrand (Innovation as a Spa­tial Process and Making Sense of Time) en las que desarrolla el concepto de tiempo-geografía y a los que Giddens somete a una revi­sión crítica.

 26 El importante trabajo de N. B. Jankowska, escrito en 1947, «Some Problems of the Economy of the Assyrian Empire» nos ha brindado el marco adecuado para interpretar el tema de la exacción tributaria de los asirios en la faz de máxima expansión. Cf. Ancient Mesopotamia. Socio-Economic History. A collection of Studies by Soviet Scholars, Moscow, auka, 1969, pp. 253-276.

 27H. J. M. Claessen, «Tribute and Taxation-Or How to Finance Early States and Empires» en P. Bria27 Ch. Tilly, op.cit., pp.46-47.nt- C. Harrenschmidt, Le Tribute dans l’Empire Perse, Paris, Peeters, 1989, pp. 44-59.

 28 Ch. Tilly, op.cit., pp.46-47.

 29 La expresión «tomar el botín» se corresponde con los vocablos acadios Óallatum y Óal~lum.

 30 I. J. Gelb, op.cit., p.76.

 31 Cf. E.W.P.Thompson, Costumbres en común, Crítica, Barcelona, 1995, p. 382; K. Polanyi, Comercio y Mercado en los Antiguos Imperios, Madrid, Labor, p. 159, y del mismo autor, El sustento del hombre, ed. a cargo de Harry W.P­earson, Barcelona, Mondadori, 1994, pp. 206-207.

 32 El vocablo biltu equivalente al súmero gú-gál a comienzos del 3er. milenio denota las obligaciones que deben cumplir las personas en su lugar de origen o en las regiones conquistadas; en el sistema de pesos y medidas equivale a un talento. El térmi­no mandattu significa la entrega regular del tributo anual que aportan las regiones sometidas.

 33 Mario Liverani, «The ideology of the Assyrian Empire», en M.T. Larsen (ed.), Power and Propaganda, p. 74.

 34 Anthony D. Smith, Las teorías..., op. cit., pp. 223-231.

 35 Émile Benveniste, Vocabulario de las instituciones indoeuro­peas, Madrid, Taurus, 1983, pp. 236 y ss.

 36 Sobre la modernidad del vocablo ‘nación’ v. E. J. Hobsbawm, Naciones y nacionalismo, Barcelona, Crítica, 1991, y Jhrgen Ha­ber­mas, «Ciudadanía e identidad nacional, consideración sobre el futuro europeo», Débats, marzo (1992), pp. 13-14, entre otros.

 37 Anthony D.Smith, op.cit., pg. 227.

 38 ibid., p. 227.

 39 Ernest Gellner, Naciones y nacionalismo, Buenos Aires, Alianza, 1992, p. 20.

 40 Hobsbawm señala que nación y nacionalismos son fenóme­nos duales construidos esencialmente desde arriba, pero que no pueden entenderse a menos que se analicen también desde abajo y esto último no siempre resulta fácil de entender; cf. Naciones y Naciona­lismos, Barcelona, Novagrafik, 1991, pp.16-17.

 41 Bustenay Oded, op.cit. p.104-105.

 42 Giorgio Cardona, Antropología de la escritura, Barcelona, Gedisa, 1994, p.118.

 43 E.J.Hobsbawm, op.cit., p.79

 44 James Scott, «¿Patronazgo o explotación?», en Ernest Gellner et al., Patrones y clientes en las sociedades mediterráneas, Madrid, Júcar, 1987, pp.45-48.

 45 K. Polanyi, El Sustento del Hombre, op.cit., pp. 1­25-136.

 46E. Hobsbswn, «Todos los pueblos tienen Historia» en Sobre la historia, Barcelona, Crítica- Mondadori, 1998, pp. 176-182.


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