Mira como se mueven. 4 Ideas sobre movilidad



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MIRA COMO SE MUEVEN. 4 IDEAS SOBRE MOVILIDAD


Martí Peran

La movilidad viene siendo objeto de una ingente literatura de todo tipo en los últimos años así que, sin tapujo alguno, nuestro propósito nada tiene que ver con el deseo de ser originales. Tampoco nos proponemos escribir una breve historia valorativa de la movilidad que, en su hipotético desarrollo, debería iniciarse, ni más ni menos, con una glosa sobre la grandeza que supuso el invento de la rueda para culminar, al menos, en el análisis de las diversas utopías modernas que convirtieron la idea de movilidad en su estandarte. Nuestro horizonte es mucho más humilde aunque quizás sea por igual complejo. Para resumirlo brevemente, nuestro objetivo consiste en detectar la enorme dimensión y versatilidad que subyace tras la idea de movilidad en el marco especifico de la contemporaneidad y, para paliar el vértigo que esta empresa puede llegar a producir, intentar cartografiar el tema mediante la distinción de cuatro formatos distintos de movilidad contemporánea. Los cuatro capítulos que proponemos (Shopping dance, Roadscape, Robert Walser y Borderline)1 ni han de interpretarse de un modo estanco, ya que hay numerosos vasos comunicantes entre ellos ni, por otra parte, pretenden sellar por completo el asunto en cuestión. Insistimos en que estos enunciados sólo son un pretexto para elaborar unos pequeños ensayos sobre la idea contemporánea de movilidad sin por ello agotarla por completo. Conscientes pues de esta limitación, vamos a intentar en primer lugar descifrar el telón de fondo general que sustenta los cuatro capítulos siguientes y, al mismo tiempo, dar cuenta en esta suerte de pequeña introducción de todo aquello que exigiría un análisis más detallado del que ahora tenemos a nuestro alcance.

La primera reflexión, aunque de un calado esencial, es susceptible de ser resumida de un modo ágil e inteligible. En efecto, lo primero que es imprescindible destacar es que la desproporcionada dimensión de la movilidad contemporánea (todos los lugares están a nuestro alcance mediante desplazamientos físicos o auxiliados por todo tipo de prótesis tecnológicas) representa para el sujeto contemporáneo una inversión radical de los principios básicos de la epistemología tradicional. Hasta un pasado relativamente cercano, conocer el mundo representaba no solo re-conocer la diferencia específica de cada cosa sino también, como natural extensión de ello, ser capaz de colocar cada cosa en su sitio. El espíritu moderno convencional conoce el mundo en la medida que define y ubica cada uno de sus ingredientes; pero esto es posible en la medida que el propio sujeto esta quieto; es decir, dispone de antemano de un lugar estable desde donde articular esa comprensión de las cosas. Este es, al fin y al cabo, el sentido último con el que han de interpretarse las nociones de casa, de heimat o de site: como el arraigo que permite tener una cosmogonía, un punto de vista frente al mundo, estable y sereno. Este sueño de disponer de un modo feliz de estar en el mundo, tan preciado desde la filosofía clásica hasta el tozudo Heidegger, hoy parece más escurridizo que nunca. Hoy, no sólo todas las cosas (mercancías, capital y, desde luego, sujetos solitarios o comunidades enteras) han acentuado su in-quietud, su movilidad constante; sino que el mismo sujeto deseoso de entender el mundo se desplaza constantemente en el sentido más generoso de la expresión: se muda constantemente de hogar, pero también puede modificar a la carta su identidad, su sexualidad, su confesión, su imaginario... En definitiva, el site del sujeto contemporáneo –“el lugar desde donde se ve”2– se ha liberado de toda raíz categórica, pero eso mismo condena al sujeto a una especie de perpetuo vagabundeo desde el cual ya no puede disponer de ningún cuadro-ventana que le enmarque el mundo de un modo aprensible y amable. La movilidad es así, en primer lugar, una señal imperativa sobre la imposibilidad de alcanzar verdades inmutables. Si hoy todo se mueve, también toda ilusión epistemológica ha de resolverse en el interior de un flujo de lenguaje.

El segundo plano general sobre el que ha de plantearse la idea de movilidad, mucho menos abstracto, no es otro que el escenario de la ciudad; el territorio exclusivo –todo es ciudad, al decir del inefable Koolhaas– de la propia experiencia de contemporaneidad. En realidad esta cuestión va a reaparecer con fuerza en el desarrollo de los capítulos siguientes, pero no está de más expresar ahora la importancia crucial de la vecindad entre las ideas de movilidad y de metrópolis contemporánea. Como es sabido, ya la ciudad moderna de talante racionalista otorgaba a la movilidad un papel esencial para un buen desarrollo urbano y social; pero esa ciudad programada hoy ha desembocado en una ciudad ageográfica,3 ajena a una semántica fuerte del lugar (todas las ciudades podrían ser otra o, dicho de otro modo, todas podrían ser la misma) en la que la movilidad y la comunicación se han convertido en los principales agentes para garantizar la uniformidad global. La movilidad es para la ciudad contemporánea, en efecto, un tendón fundamental para su articulación como producto al alcance de todos y desde todas partes; pero más allá de esta perspectiva de análisis, la movilidad es también una piedra angular de nuestras ciudades difusas,4 en la medida que, al caracterizarse por una creciente extensión territorial –en la que se multiplican sus centros y sus respectivas periferias hasta una estructura laberíntica– la conexión entre los múltiples puntos de este territorio desmenuzado es un elemento de primordial importancia, aunque ello acabe por hilvanar una espesa y confusa telaraña de vías y pistas de todo tipo. De hecho, basta imaginar un mapa metropolitano de la ciudad global donde se superpongan todas las vías que la atraviesan (desde las aéreas hasta las subterráneas, pasando por un sinfín de variables entre las que cabría mencionar por igual un carril-bici o una conexión digital para vehicular transacciones económicas o deseos anónimos e inconfesables) para aceptar la invitación a pensar la ciudad como una caja de velocidades, como un mero receptáculo de movimientos y flujos5 en lugar de la tradicional idea de concebirla como una regulación cerrada del territorio. Por la ciudad circulan datos (transmisión), bienes (transporte) y, por supuesto, gente, mucha gente (citizen users, ya sean indígenas o turistas) y todo este movimiento requiere de las redes necesarias que lo permitan. Estas redes, al fin, son la verdadera piel de la ciudad contemporánea, por mucho que todavía las instancias administrativas se obsesionen en la creación de un vistoso sky line como si se tratara de crear un bello desnudo acostado sobre el lecho de la tierra.

Esta movilidad desenfrenada que caracteriza la dinámica de la ciudad puede ser examinada y adjetivada de muy distintas maneras. Entre los distintos conceptos que se han manejado quizás el de nomadismo sea el que ha alcanzado mayor fortuna.6 La razón es básicamente la cualidad especifica del nómada en tanto que sujeto que se desplaza en un perpetuo intermezzo. Este es, en efecto, uno de los puntos centrales del Tratado de Nomadología propuesto por G. Deleuze y F. Guattari.7 A diferencia del emigrante que se desplaza de un punto a otro de un modo predeterminado, el nómada, a pesar de utilizar “trayectos habituales”, para él “el entre-dos ha adquirido toda la consistencia”; el intermezzo es una suerte de no-lugar por el cual el nómada se convierte siempre en un “vector de desterritorialización” y no de definición cerrada del espacio de la ciudad. Naturalmente esta caracterización del nómada como una especie de errante crónico mantiene una vecindad esencial con las figuras del flâneur en primer lugar y, sobre todo, con la del transeúnte que deambula por la ciudad de forma sinuosa, trazando recorridos a medida que los ejecuta.8 El nómada o el transeúnte se convierten así en la más precisa encarnación del flujo de movimientos que atraviesa la ciudad de forma indeterminada, convirtiéndola en un lugar de paso; y ahí radica la diferencia fundamental entre esta movilidad nómada y el mero traslado previsible de sujetos o mercancías moviéndose ordenadamente entre sus casas, los lugares de producción y los puntos de distribución.

El nómada es pues un paradigma para la comprensión del espacio de la ciudad como espacio abierto y disponible y, por extensión, el nómada o transeúnte es también el agente con un mayor potencial para abordar una reconsideración del espacio público como aquel en el que nada permanece. Este es al menos el supuesto desde el que ha de hacerse frente a la continua presión para regular los movimientos nómadas y para convertir la movilidad en mero instrumento para canalizar de antemano las relaciones sociales.9 La movilidad es, en efecto, una realidad que permite una mayor amplitud de miras frente a las tradicionales nociones de ciudad y de espacio público; pero precisamente por eso, la movilidad está también sometida a una vigilancia constante y a una regulación política con el fin de convertirla en lo más rentable posible. Para mencionar un solo ejemplo que insista en esta doble cara de la movilidad basta con percatarse cómo todas las virtudes del nomadismo que hemos resumido tienen su reverso en el otro modo de interpretar este flujo incesante de todo y de todos: la ciudad contemporánea como el lugar de la “esfera pública diaspórica”,10 allí donde cada movimiento, desplazamiento o viaje da cuenta de las jerarquías y relaciones de poder que organizan las nuevas mutaciones sociales. Todos nos movemos, pero no siempre con el ritmo deseado ni en la dirección elegida libremente.

En los apartados que siguen vamos a intentar dar cuenta de esta naturaleza poliédrica de la movilidad contemporánea; y no tanto porque sea posible interpretar algunos formatos de lo que se mueve de un modo óptimo y otros de un modo crítico; sino porque en todos ellos late por igual algo incuestionable: de día y de noche todo se mueve y esta in-quietud general es el telón sobre el que se recortan nuestras vidas.

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