Miguel angel arquitecto



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La obra fue encargada por el belicoso y temperamental papa Julio II, que sin duda admiraba mucho al escultor ya célebre, pero con el que se enfrentó muy a menudo a causa del inevitable choque de dos temperamentos fuertes…

Por el propio artista sabemos que el acuerdo de la petición (y por tanto la posibilidad de que los trabajos empezaran de inmediato) se firmó el 10 de mayo de 1508. Dice Miguel Ángel que ese día ha recibido “a cuenta” 500 ducados por la empresa “en la que comienzo hoy a trabajar”. Se refería, de momento, a los diseños preparatorios, pues pidió unos ayudantes a Florencia (Sangallo, Bugiardini y Granacci) que no llegaron a Roma antes del otoño y que le valieron al maestro de muy poco, pues tanto Condivi como Vasari (dos de los primeros biógrafos de Buonarroti) cuentan que los licenció sin que llegaran a empezar a pintar, suponemos que porque los sintió lejanos al grandioso proyecto que había diseñado, de donde surge el primer dato apabullante de la bóveda de la Sixtina y es que, en lo esencial -prescindimos de colaboradores que eran poco más que albañiles-, Miguel Ángel realizó la gigantesca obra prácticamente solo y subido en andamios cuya estructura también inventó



Giuliano della Rovere (el papa Julio II) había pensado que se pintara a los doce apóstoles en sendos nichos y en el centro, decoraciones geométricas. Naturalmente ese proyecto tan parco y pobre quedó rápidamente eliminado ante el triunfal esplendor del proyecto miguelangelesco. 

El proyecto de Miguel Ángel (el que realizó) consta básicamente de tres partes: abajo, los lunetos -que vienen a ser la parte final de las paredes-; después, los triángulos, y en los lados menores, las pechinas, que con los tronos de los Videntes (profetas y sibilas) forman la zona media; al centro, las historias o escenas bíblicas, unidas a la zona media por los desnudos (los famosos ignudi). Entre los lunetos, los niños tenentes; en el vértice de cada triángulo y sobre las pechinas, los desnudos broncíneos; sobre los plintos y a los lados de los tronos, los niños-cariátide; entre las parejas de los ignudi, los medallones con nuevos episodios bíblicos.

Pero siempre han llamado más la atención -al menos de los estudiosos- las figuras de interpretación más ambigua: las sibilas, los profetas y los muchachos desnudos que se llegó a decir eran un mero y caprichoso adorno (sin significado) en un pintor y escultor cuya especialidad y deseo estaban en el cuerpo masculino y singularmente joven. Esos muchachos bellos y en posturas manieristas que escoltan en medio un medallón con nuevas (pero menos visibles) escenas bíblicas, como la muerte de Urías, marido de Betsabé, o el sacrificio de Abraham, fueron perfectamente descifrados por el francés André Chastel, quien entendió -en un contexto neoplatónico y amante de los jóvenes- que esos muchachos de rostros por lo general cuidadamente hermosos, sólo podían ser una representación (entre tantas escenas bíblicas) de la Belleza, tal como la entendía el clasicismo antiguo…


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