Metafísica del sujeto y liberación



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Enrique Dussel. “Metafísica del sujeto y liberación” (1994)

El primer ámbito que soporta como momento originario de su ser la presencia de la voluntad conquistadora europea es América Hispana, América Latina. Cuando prácticamente la conquista de América Hispana había terminado (de México y el Caribe, hasta el Perú, el Plata y Brasil) un pensador europeo, René Descartes, escribe El discurso del método, es decir, el manifiesto del hombre reducido a ser un sujeto que piensa. La “metafísica del sujeto”, que interpreta la sustancialidad tradicional como subjetividad, irá poco a poco reduciendo la apertura de su trascendencia en el mundo (éste último reducido, poco a poco, de objeto o idea en un mero valor): “voluntad de poder” que aniquila, estima y crea valores. En el pensar nordatlántico se llega, hoy, hasta hablar de una superación de la metafísica del sujeto, lo que significa el inicio de una nueva época: más acá del sujeto está el hombre, más allá del objeto está el mundo. Más allá de la Totalidad de lo mismo de Hegel está la “exterioridad del Otro” que plantea Emmanuel Levinas. Sin embargo, todo esto es todavía abstracto. Desde Europa nos llega todo pensado desde uno de los momentos de una dialéctica que al no haber sido explícitamente descubierta absolutiza el polo de la correlación desde la cual se considera la totalidad, que es así dominada y ocultada. Nos explicaremos más claramente.

Toda esta metafísica del sujeto, expresión temática de la experiencia fáctica del dominio imperial europeo sobre las colonias, se concretiza primero como mera voluntad universal de dominio, pero real e históricamente como dialéctica de dominador-dominado. Si hay voluntad de poder, hay alguien que debe sufrir ese poderío. El poderoso, al universalizar su polo dominante oculta al que sufre su poderío la situación de oprimido, y con ello lo torna irreal. Desde su irrealidad se autointerpreta (ya que el dominador ha introyectado en el dominado su propia interpretación abusivamente universalizada) como “naturalmente” dominado. Es decir, el europeo, y por ello su filosofía, ha universalizado su posición de dominador, conquistador, metrópolis imperial y ha logrado, por una pedagogía inconsciente paro prácticamente infalible, que las elites ilustradas sean, en las colonias, los subopresores que mantengan a los oprimidos en una “cultura de silencio”, y que, sin saber decir “su” palabra, sólo escuchen por sus elites ilustradas, por sus filósofos europeizados – una palabra que los aliena: los hace otros, les da la imagen de ser dominadores, estando efectivamente dominados. La conciencia desdoblada es propiamente conciencia infeliz, desdichada.

La metafísica del sujeto se ha concretado histórica, práctica y políticamente en la dialéctica de la dominación. El único modo para que el oprimido tome conciencia de la opresión que pesa sobre todas las estructuras de su existencia es que descubra, previamente, la dialéctica de la dominación en todo y en cada momento de su ser.



Todo repetir simplemente entre nosotros lo pensado y dicho en el nordatlántico no significará ya la inocente vocación de un intelectual sólo ocupado de lo académico, lo teóricos. Esa mera “repetición” no crítica es ahora una culpable adhesión, con vida, pensar y palabras, a una autodomesticación para que otros aprovechen los beneficios de la opresión.

Una filosofía auténtica en nuestro continente subdesarrollado y oprimido sólo es posible con una condición: que, desde la autoconciencia de su alienación, opresión, sabiéndose entonces estar sufriendo en la propia frustración, la dialéctica de la dominación, piense dicha opresión: vaya pensando junto, “desde dentro” de la praxis liberadora una filosofía ella misma también liberadora.


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