Mesa 2: Representaciones estéticas del pasado reciente Coordinadores y relatores



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Intervención en la memoria pactada: la Revista de crítica cultural


En el contexto inicial de la democracia “limitada” o “pactada” nace la Revista de Crítica Cultural19 (primer número en mayo de 1990), bajo la dirección de Nelly Richard, como un fuerte gesto de intervenir en las discusiones enmarcadas en la apertura democrática: memoria, mercado, consenso, etc. Así, el primer número publica una serie de artículos bajo el título “Transición, cultura, democracia” con textos de Beatriz Sarlo (Argentina), Hugo Achugar (Uruguay), José Joaquín Brunner (Chile) y Julio Ortega (Perú), como los primeros voceros de un proyecto que se posiciona en la agenda de debates de Chile y de Latinoamérica. A partir de una poética que defiende lo transgresivo, lo disruptivo, la revista pretende ocupar un lugar en las reconfiguraciones del campo cultural chileno.

La memoria es una de las cuestiones principales abordadas por esta revista y se coloca como eje inevitable de discusión ante la pasividad de las políticas estatales. Se impone la necesidad de reflexionar en torno al “cómo nombrar” el pasado reciente. Así, surgen expresiones como “abrir fuego”, con frases de Guadalupe Santa Cruz, o “irrumpir en esa costra mediante la palabra que nombra y delira”20 para describir la tarea crítica de discutir la memoria en medio de los pactos del consenso. Se exige una “memoria activa, no como mero depósito de hechos del pasado, sino como conglomerado de “residuos de significación histórica y narrativas en curso que busca ser ella misma intervención, suceso y realidad”21, no sólo contra el silencio oficial, sino además contra la versión nostálgica de cierta discursividad de izquierda que intenta suturar el quiebre dictatorial volviendo a un idílico ‘estado anterior’. Se trata, entonces, de hacerse cargo del presente en su condición postdictatorial. La “posdictadura” le recuerda al presente que es “producto de una catástrofe pasada”.22 Idelber Avelar rechaza las denominaciones que “no apunten su procedencia y así su burda actualidad, su mera presencia: tiempos de ‘democracia, (…) ‘estabilidad’, (…) ‘gobernabilidad’” a favor de una “mirada que aspira a ver en el presente lo que a ese presente excede –el suplemento que el presente ha optado por silenciar (…) su condición postdictatorial, su fantasmagórico duelo irresuelto”.23 Alberto Moreiras también reflexiona sobre las características y tendencias del pensamiento en la postdictadura: la derrota, el duelo, la melancolía y la posibilidad de sobreponerse a la pérdida del horizonte utópico a través de un pensamiento crítico.

La crítica al mercado es fundamental en el Chile modernizado de la postdictadura. Dinámico y veloz, el mercado trasmite una memoria “liviana” que refiere el pasado evitando toda reflexión sobre el mismo, y resulta orgánico al proyecto tranquilizador de un recuerdo bajo el signo de la reconciliación. Las estrategias para “olvidar”, que Andreas Huyssen denomina paradójicamente “el boom de la memoria”24, forman parte de la industria de la memoria en un escenario caracterizado por la “simulación”, que negocia por medio del trueque: estabilidad por silencio.25

Un momento crucial del debate fue lo que la revista denominó “El estallido ‘Pinochet’”26, es decir, la detención del dictador en Londres, los 503 días que para los chilenos amenazaron la impunidad en Chile. Este acontecimiento reactivó la necesidad de revisitar el pasado, desgarrando “el velo transparencial del hipotético consenso”.27

Cabe destacar que, tal como indica Waldo Ansaldi28, a partir del 2000 se advierten una serie de eventos como “pasos significativos” para dejar atrás los “condicionantes institucionales impuestos por el pinochetismo” (Ansaldi 2010) -desde el desafuero de Pinochet en 2000 hasta las enmiendas de la Constitución del 1980 en 2005.

Se reabre el debate, pero desde el campo cultural se advierte cómo rápidamente es digerido por la dinámica de la sobreabundancia, transformándose en “una sobredosis de indigestión historizante”.29 Así lo resume Willy Thayer:

La memoria concertacionista debió abrirse a lo sucedido como documentalidad y más tarde como publicidad. La circulación de lo acontecido como recuerdo y documento colaboran con la conversión del 11 de septiembre de 1973 en caso finiquitado.”30

Nuevamente la RCC se posiciona como vigía contra toda tendencia de osificación y construcción de imágenes maniqueas, estancas de la memoria “oficial”. A favor de una estética de la memoria cuyo relato “no detenga el tiempo, no cierre nada, e incluso, por el contrario, habilite –o deba habilitar– la posibilidad de discusión acerca de cómo convivir en estos espacios de desajustes y desencuentros”.31 Alejandro Kaufman señala que “las formulaciones paradigmáticas sobre la memoria han sido postuladas a través de manifestaciones literarias o cinematográficas fuertemente comprometidas con estéticas separadas de las modalidades mediáticas convencionales”.32

Miguel Dalmaroni analiza cómo, en intervenciones hechas por la escritora Diamela Eltit y, sobre todo, por Nelly Richard, la RCC participa en los debates posdictatoriales sobre la construcción de una memoria y, por ende, sobre los modos de narrar el pasado traumático, privilegiando una poética del nomadismo, la fuga, la incertidumbre,33 exacerbando la práctica de la fragmentación y el quiebre. Sin embargo, Dalmaroni también advierte la recuperación de un sentido reconocible, hasta “compartido con la discursividad de la estética testimonial de los movimientos de defensa de los derechos humanos” que se instala en ese discurso que proclama la opacidad. Una poética contra la univocidad del signo que, sin embargo, cristaliza en una ética esperable, por “el reconocimiento de la necesidad histórica y política de ciertos niveles de construcción de ‘verdad’, de ‘restitución’ o de ‘identidad’”. Hay una oscilación entre la fuga discursiva como forma de resistencia crítica, y la necesidad de fijar “posiciones, enunciados, identidades”.34

Se evidencia, entonces, cómo la revista desarrolla un discurso propio que la diferencia y la ubica en las reconfiguraciones del campo cultural chileno y que, a su vez, le permite acceder a formas institucionalizadas del debate público, también, para establecer un diálogo académico internacional.

En este sentido, el libro del crítico brasileño Idelber Avelar (Alegorías de la derrota: La ficción postdictatorial y el trabajo del duelo, 2000) resulta imprescindible para esbozar un panorama de la escena chilena posdictatorial, pues intenta articular las preocupaciones y propuestas de la RCC con una crítica literaria del Cono Sur.35

En la contratapa del libro, Nelly Richard describe “una poética de la escritura que hace contrastar la opacidad de sus pliegues y dobleces figurativos, de sus torceduras de pensamiento, con las simplificaciones técnicas e instrumentales del mercado capitalista”. Avelar comparte con el proyecto de la crítica cultural, por ejemplo, el cuestionamiento al discurso de las ciencias sociales, en consonancia con la “hegemonía conservadora en las llamadas transiciones democráticas”.36 Si bien el análisis de Avelar aborda la obra de escritores tan disímiles como el argentino Ricardo Piglia, la chilena Diamela Eltit y el brasileño Joao Gilberto Noll, el marco que describe aporta aproximaciones críticas que exceden tanto las novelas analizadas como las poéticas y teorizaciones promulgadas por la RCC en torno a la “memoria en tiempos de mercado”.

Así, es interesante el punto de partida y eje de las lecturas de Avelar: lo que denomina el ‘terreno afectivo de la posdictadura’, la experiencia de la derrota, el carácter interminable del duelo, la melancolía. Un marco teórico-crítico a partir del cual puede leerse la literatura latinoamericana después del boom desde el Cono Sur; una propuesta que permite iluminar las reconfiguraciones gestadas en el campo literario latinoamericano del post-boom y la posdictadura desde el contexto chileno, donde con la apertura democrática la cuestión de la memoria ha sido un tema fundamental tal como en otros países del Sur.

Desde múltiples voces la “memoria” se coloca en un espacio fracturado de revisión y elaboración del pasado reciente, el lenguaje narra la condición posdictatorial en términos de trauma, duelo, melancolía (Alberto Moreiras, Tomás Moulián, Pablo Oyarzún, entre otros), y a través de estéticas que proclaman la pluralidad de sentidos, contra el olvido, el consenso, la reconciliación y la impunidad (Nelly Richard, Diamela Eltit, Sergio Rojas, Willy Thayer, entre otros).


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