Meditaciones semana 1ª del Tiempo ordinario



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Meditaciones semana 1ª del Tiempo ordinario

El Bautismo del Señor
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Tomado de Almudi.org

El Bautismo del Señor

En aquel tiempo, fue Jesús de Galilea al Jordán y se presentó a Juan para que lo bautizara. Pero Juan intentaba disuadirlo, diciéndole: -«Soy yo el que necesito que tú me bautices, ¿y tú acudes a mí?» Jesús le contestó: -«Déjalo ahora. Está bien que cumplamos así todo lo que Dios quiere. » Entonces Juan se lo permitió. Apenas se bautizó Jesús, salió del agua; se abrió el cielo y vio que el Espíritu de Dios bajaba como una paloma y se posaba sobre él. Y vino una voz del cielo que decía: - «Éste es mi Hijo, el amado, mi predilecto». (Mateo 3,13-17).

1º. Jesús, hoy se acaba el tiempo de Navidad, y mañana empieza lo que la Iglesia llama el tiempo ordinario: treinta y cuatro semanas siguiendo tu vida, tus palabras y tus milagros.

Con el Bautismo, empieza tu ministerio público: tres años que serán definitivos para la historia del mundo.

Abandonas así treinta años de vida oculta, trabajando junto a José y María, en Nazaret.

Da la impresión de que San José ha muerto hace poco, una vez cumplida su misión.

En el pueblo, aún eres conocido como «el hijo de José» (Lucas 4,22); pero José ya no vuelve a aparecer en el Evangelio.

Sí en cambio tu Madre, que te seguirá fielmente hasta la cruz.

¿Por qué tardaste tanto en empezar tu vida pública?

¿No habrías podido curar más enfermos, atender a más pobres, formar mejor a tus discípulos, si la hubieras comenzado antes?

¿Por qué has gastado tanto tiempo trabajando como uno más, si ese tiempo era más precioso que el tiempo de un Presidente de Gobierno, si era el tiempo de un Dios?

Jesús, esos años -oscuros para algunos- son una gran luz para mí: ese trabajo normal de cada día tiene un valor tan inmenso, que Tú le dedicaste la mayor parte de tu vida.

Durante esos treinta años, de una manera normal en apariencia, pero con gran intensidad de amor de Dios, estabas ya redimiendo al mundo.

Y eso es lo que me pides que siga haciendo yo desde mi sitio, sin llamar la atención. 



2º. «Los hijos... ¡Cómo procuran comportarse dignamente cuando están delante de sus padres!

Y los hijos de Reyes, delante de su padre el Rey, ¡cómo procuran guardar la dignidad de la realeza!

Y tú... ¿no sabes que estás siempre delante del Gran Rey, tu Padre-Dios?» (Camino.-265).

Jesús, cuando sales del agua, como indicando que empiezas ya tu vida pública, se manifiesta solemnemente la Santísima Trinidad: la voz del Padre, el Espíritu Santo en forma de paloma, y el Hijo hecho hombre, que eres Tú mismo.

En ese momento, ante la presencia del Bautista, recibes de tu Padre el máximo elogio: «Este es mi Hijo, el amado, en quien me he complacido.»

Jesús, con el Bautismo he recibido la gracia de ser hijo de Dios.



«Todo lo que aconteció en Cristo nos enseña que después del baño de agua, el Espíritu Santo desciende sobre nosotros desde la alto del cielo y que, por la Voz del Padre, llegamos a ser hijos de Dios» (San Hilario).

¿Cómo estoy viviendo esta filiación, la filiación divina?

¿Soy consciente de que tu Padre -mi Padre Dios- me está mirando continuamente, no como quien espía, sino como quien vela por su hijo?

¿Me doy cuenta de que si un príncipe ha de comportarse con dignidad por ser hijo del rey, mucho más motivo tiene un cristiano, pues es hijo de Dios?

Jesús, quiero acompañarte en tu vida pública y aprender de Ti a comportarme como un buen hijo de Dios.

Al final, el gran ideal de mi vida debe ser conseguir que Dios pueda decirme lo que te ha dicho hoy a Ti: «Este es mi Hijo, el amado, en quien me he complacido.»

Jesús, muéstrame el camino para ser buen hijo de Dios: ese camino que pasa por imitarte a Ti; por coger tu cruz; por ser limpio de corazón; por amar a los demás como Tú los has amado; por ser pobre de espíritu; por ser alma de oración. 

Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.

Primera Semana del Tiempo Ordinario. Lunes

«Después de haber sido apresado Juan, llegó Jesús a Galilea predicando el Evangelio de Dios, y diciendo: El tiempo se ha cumplido y está cerca el Reino de Dios; haced penitencia y creed en el Evangelio. Y, al pasar junto al mar de Galilea, vio a Simón, y a Andrés, el hermano de Simón, que echaban las redes en el mar; pues eran pescadores. Y les dijo Jesús: Seguidme, y os haré pescadores de hombres. Y, al instante, dejaron las redes y le siguieron. Y avanzando un poco, vio a Santiago el de Zebedeo y a Juan, su hermano, que remendaban las redes en la barca. Y en seguida los llamó. Y dejando a su padre Zebedeo en la barca con los jornaleros, se fueron tras él.» (Marcos 1, 14-20) 

1º. Hoy empieza lo que la Iglesia llama el tiempo ordinario.

Este tiempo ocupa las partes del año que no son Adviento, Navidad, Cuaresma o Pascua.

Parece que durante este tiempo -que es la mayor parte del año- no pasa nada importante, y que por ello recibe el nombre de «ordinario».

Sin embargo, Jesús, Tú quieres enseñarme a convertir lo ordinario en extraordinario; lo que parece que no tiene valor, en joya de gran precio. Pero ¿cómo puedo aprender a hacer esto?



«Haced penitencia y creed en el Evangelio.»

Para convertir lo ordinario en extraordinario -lo humano en divino- he de comenzar por convertirme yo primero: he de dejar de ser tan mundano y mirar a Dios cara a cara, con la mirada limpia.

Y para poder convertirme de verdad necesito hacer oración.

«En la oración tiene lugar la conversión del alma hacia Dios, y la purificación del corazón» (San Agustín).

Jesús, si trato de hacer la oración cada día, Tú podrás acercarte a mí y -como a los apóstoles- me dirás: sígueme.

Si quiero de verdad ser cristiano, si quiero aprender de Ti, parecerme a Ti, he de seguirte más de cerca.

Y para seguirte, seguramente tendré que dejar cosas en el camino: esas redes que me atan a mis planes y deseos personales, tal vez lícitos, pero excesivamente egoístas para un apóstol. 

2º. «No tengas miedo, ni te asustes, ni te asombres, ni te dejes llevar por una falsa prudencia.

La llamada a cumplir la Voluntad de Dios -también la vocación- es repentina, como la de los Apóstoles: encontrar a Cristo y seguir su llamamiento...

-Ninguno dudó: conocer a Cristo y seguirle fue todo uno» (Forja.-6).

Jesús, en el Evangelio aparecen personajes que te buscan, haciendo tal vez largos viajes para encontrarte, como los Reyes de oriente.

Otros envían mensajeros.

Alguno, como el paralítico, es llevado a Ti por sus amigos.

También están los que te encuentran sin querer, como Simón de Cirene cuando es obligado a llevar tu Cruz.

Hoy, el Evangelio habla de un caso distinto a todos estos: Tú mismo te acercas y llamas.

Jesús, te has metido en mi vida casi sin darme cuenta.

Yo he hecho bien poco por buscarte, por conocerte.

Pero te has acercado a mi orilla y, como a los apóstoles, me has dicho: sígueme.

En otras palabras: Tú, en medio de tus circunstancias personales, también estás llamado a ser santo, a ser otro Cristo.

Y tras el primer sobresalto, parece que me dices: «No tengas miedo ni te asustes, ni te asombres, ni te dejes llevar de una falsa prudencia.»

Jesús, me doy cuenta de que, por ser cristiano, quieres que sea santo, apóstol tuyo «-pescador de hombres-» en mi familia, en mi trabajo, entre mis amigos y conocidos.

Que no dude, que no me quede en mi barca -en mi vida, en mis cosas-; que te siga de cerca.

Y entonces, me enseñarás a vivir lo ordinario -mi vida ordinaria- de modo extraordinario. 

Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.

Primera Semana del Tiempo Ordinario. Martes



«Entran en Cafarnaún; y, al llegar el sábado, fue a la sinagoga y enseñaba. Y quedaban admirados de su doctrina, pues les enseñaba como quien tiene potestad y no como los escribas. Se encontraba entonces en la sinagoga un hombre poseído de un espíritu inmundo, y decía a gritos: ¿Qué hay entre nosotros y tú, Jesús Nazareno? ¿Has venido a perdernos? ¡Sé quién eres tú: el Santo de Dios! Y Jesús le conminó diciendo: Calla, y sal de él. Entonces, el espíritu inmundo, zarandeándolo y dando una gran voz, salió de él. Y se quedaron todos estupefactos, de modo que se preguntaban entre sí diciendo: ¿Qué es esto? Una doctrina nueva con potestad. Manda incluso a los espíritus inmundos y le obedecen. Y su fama corrió pronto por doquier en toda la región de Galilea.» (Marcos 1, 21-28) 

1º. Jesús la gente sencilla empieza a darse cuenta de que Tú no eres un escriba más, que conoce bien las Escrituras y ya está.

Tus enseñanzas no son las explicaciones y casuísticas habituales: Tú enseñas verdades que tienen aplicación en la vida de cada uno, en mi vida, y que son exigentes.

No te quedas en el discurso sentimental, abstracto o demasiado general para llevarlo a la práctica.

«Tú tienes palabras de vida eterna» (Juan 6,68).

Jesús, hoy se habla mucho de paz, amor, libertad, igualdad; pero no siempre de modo concreto.

La Iglesia, siguiendo tu mandato, enseña verdades exigentes en concreto; por eso habla de mandamientos de virtudes y de pecados que no siempre se acomodan al gusto de un mundo materializado y egoísta.

Y como te pasó a Ti en la sinagoga, hay gente que protesta: «¿Qué hay entre nosotros y tú, Jesús Nazareno? ¿Has venido a perdernos?»

Jesús, algunas personas dicen que tienen fe pero no creen en la Iglesia.

Sin embargo, la Iglesia no hace más que repetir tu doctrina: y la repite «como quien tiene potestad», porque la ha recibido directamente de Ti.

«El oficio de interpretar auténticamente la palabra de Dios, oral o escrita, ha sido encomendado sólo al Magisterio vivo de la Iglesia, el cual lo ejercita en nombre de Jesucristo; es decir a los obispos en comunión con el sucesor de Pedro, el obispo de Roma» (CEC-85). 

2º. La fidelidad al Romano Pontifico implica una obligación clara y determinada: la de conocer el pensamiento del Papa, manifestado en Encíclicas o en otros documentos, haciendo cuanto esté de nuestra parte para que todos los católicos atiendan al magisterio del Padre Santo, y acomoden a esas enseñanzas su actuación en la vida» (Forja.-633).

Jesús, la Iglesia enseña con la ayuda del Espíritu Santo; por eso no se deja llevar por las modas, ni por las soluciones más cómodas o más populares en un momento determinado.

En concreto, el Papa tiene una especial asistencia divina para ser tu cabeza visible en la tierra.

Quieres que le escuche como te escuchaba aquella gente de Cafarnaún: «Y quedaban admirados de su doctrina, pues les enseñaba como quien llene potestad.»

Hoy el Papa está hablando muy claro sobre temas importantes de moral y de doctrina: el aborto, los anticonceptivos, la paz entre los pueblos, la doctrina social, la necesidad de la Confesión y de los demás sacramentos, la importancia de la oración, la necesidad de abundantes vocaciones.

Jesús, hazme más responsable: que me dé cuenta de que tengo la obligación clara y determinada de conocer el pensamiento del Papa.

Un buen punto de referencia en temas doctrinales es el Catecismo, pues recoge todo lo que un católico debe conocer y practicar.

Solo conociendo y viviendo yo primero lo que manda la Iglesia podré luego hacer lo que esté de mi parte para que todos los católicos atiendan al magisterio del Padre Santo, y acomoden a esas enseñanzas su actuación en la vida.

Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.

Primera Semana del Tiempo Ordinario. Miércoles



«En cuanto salieron de la sinagoga, fueron a la casa de Simón y de Andrés, con Santiago y Juan. La suegra de Simón estaba acostada con fiebre, y enseguida le hablan de ella. Acercándose, la tomó de la mano y la levantó; le desapareció la fiebre y se puso a servirles. Al atardecer; cuando se puso el sol, llevaban hasta él a todos los enfermos y a los endemoniados; y estaba toda la ciudad agolpada junto a la puerta. Y curó a muchos que padecían diversas enfermedades, y expulsó a muchos demonios, y no les dejaba hablar; porque sabían quién era. De madrugada, todavía muy oscuro, se levantó, salió y se fue a un lugar solitario, y allí oraba. Salió a buscarle Simón y los que estaban con él; y, cuando lo encontraron, le dijeron: Todos te buscan. Y les dijo: Vayamos a otra parte, a las aldeas próximas, para que predique también allí, pues para esto he venido. Y pasó por toda Galilea predicando en sus sinagogas y expulsando a los demonios.» (Marcos 1, 29-39) 

1º. Jesús, «todos te buscan», a veces sin darse cuenta.

Algunos se saben enfermos y acuden a Ti para que los cures.

Otros te buscan a través del servicio a los demás.

Otros buscan la verdad, el camino recto que dé sentido a su vida.

Finalmente están los que se buscan a sí mismos: sus placeres, sus éxitos.

Van en busca de la felicidad -como todos- pero no se dan cuenta de que sólo Tú eres la fuente de la verdadera alegría.

Jesús, «todos te buscan».

Pero no todos son capaces de llegar a Ti por su propio impulso.



«Llevaban hasta él a todos los enfermos y a los endemoniados.»

Seguramente no todos podrían o querrían ir a verte en un principio; sin embargo, parientes o amigos -que habían visto tus milagros- les llevaron hasta Ti.

Sin esa ayuda, no hubieran sido curados.

«Sed profundamente amigos de Jesús y llevad a la familia, a la escuela, al barrio, el ejemplo de vuestra vida cristiana, limpia y alegre. Sed siempre jóvenes cristianos, verdaderos testigos de la doctrina de Cristo. Más aún, sed portadores de Cristo en esta sociedad perturbada, hoy más que nunca, necesitada de Él. Anunciad a todos con vuestra vida que sólo Cristo es la verdadera salvación de la humanidad» (Juan Pablo II).

Jesús, ayúdame a ser más apostólico de modo que te pueda acercar a mis parientes y amigos para que los conviertas.

Para ello, debo acercarlos a los sacramentos, a la vida de piedad, a la dirección espiritual.

Pero, ¿cómo les voy a convencer de que necesitan tu gracia y tu ayuda?

¿De dónde voy a sacar la fuerza y la vibración necesaria para vencer sus resistencias personales y las presiones del ambiente pagano que les rodea?

2º. «Cuando trataban de «pescarte», te preguntabas de dónde sacaban aquella fuerza y aquel fuego que todo lo abrasa. -Ahora, que haces oración, has advertido que ésa es la fuente que rezuma alrededor de los verdaderos hijos de Dios» (Surco.-455).

Jesús, la oración es la mejor arma -la única- para hacer apostolado.

Porque ¿cómo podré llevarte almas si no estoy primero unido a Ti?

Nadie da lo que no tiene.

Y aunque en un primer momento de emoción parezca que hago mucho si me muevo mucho, pronto me daré cuenta de que sólo hago mucho cuando rezo mucho.

Jesús, hoy me das un buen ejemplo: «De madrugada, todavía muy oscuro, se levantó, salió y se fue a un lugar solitario, y allí oraba.»

Tal era el ajetreo, que tienes que levantarte antes que los demás para poder hacer la oración.

Que no me excuse, Jesús, diciendo que no tengo tiempo para rezar.

tampoco lo tenias, pero lo buscabas, porque sabías que sin oración, sin esa unión con el Padre, tu predicación «por toda Galilea» tendría menos fruto.

Jesús, que me convenza una vez más de que la oración es la fuente que rezuma alrededor de los verdaderos hijos de Dios.

Tú, que eres el Hijo de Dios, me has dado ejemplo con tu propia vida, buscando esos momentos de tranquilidad -«en un lugar solitario»-para hablar confiadamente con tu Padre Dios.

Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.

Primera Semana del Tiempo Ordinario. Jueves

«Y vino hacia él un leproso que, rogándole de rodillas, le decía: Si quieres, puedes limpiarme. Y compadecido, extendió la mano, le tocó y le dijo: Quiero, queda limpio. Y al momento desapareció de él la lepra y quedó limpio. Le conminó y enseguida lo despidió, diciéndole: Mira, no digas nada a nadie; pero anda, preséntate al sacerdote y ofrece por tu purificación lo que ordenó Moisés, para que les sirva de testimonio. Sin embargo, una vez que se fue, comenzó a proclamar y a divulgar la noticia, hasta el punto de que ya no podía entrar abiertamente en ciudad alguna, sino que se quedaba fuera, en lugares apartados. Pero acudían a él de todas partes.» (Marcos 1, 40-45) 

1º. Jesús, el leproso de hoy me sugiere una jaculatoria fácil y profunda a la vez: «Si quieres, puedes limpiarme».

Con pocas palabras, el leproso manifiesta la fe que te tiene, a la vez que reconoce su enfermedad.

Además, es una oración confiada y sin exigencias.

El leproso pide con la fe del que sabe que puedes curarle, pero aceptando de antemano tu voluntad: «Si quieres...»

Jesús, si quieres, si es lo que más conviene a mi alma, cúrame.

Es una buena jaculatoria que puedo utilizar para pedirte por mi salud o por la de algún ser querido.

Pero también la puedo utilizar cuando me doy cuenta de que te he fallado en algo.

En vez de desanimarme, puedo aprovechar ese fallo para acercarme más a Ti y decirte con el corazón: Jesús, «si quieres, puedes curarme»; dame más fortaleza, más fe, más constancia, más gracia para no volverte a fallar.



«En la vida del espíritu se enferma por el pecado, y es necesaria también una medicina para recobrar la salud. Este remedio es la gracia que se recibe en el sacramento de la penitencia» (Santo Tomás).

Jesús, has previsto un medio concreto para limpiar mis pecados y darme a la vez esa fuerza, esa gracia que necesito para no volver a pecar: el sacramento de la penitencia, la confesión.



«A quienes les perdonéis los pecados, les son perdonados; a quienes se los retengáis, les son retenidos» (Juan 20,23)

2º. «Domine!» ¡Señor! , «si vis, potes me mundare» si quieres, puedes curarme.

¡Qué hermosa oración para que la digas muchas veces con la fe del leprosito cuando te acontezca lo que Dios y tú y yo sabemos!

No tardarás en sentir la respuesta del Maestro: «volo, mundare!» quiero, ¡sé limpio» (Camino.-142)

Jesús, al instituir el sacramento de la penitencia, has construido una fuente capaz de limpiar todas las enfermedades de mi alma.

Y esta fuente está a mi alcance, allí donde haya un sacerdote.

Por eso, la oración del leproso -si es sincera me tiene que llevar a confesarme a menudo.

Pero no hace falta estar leproso para ir a la confesión.

A veces me parece que no cometo pecados porque tengo poca sensibilidad.

No me doy cuenta de tantas cosas buenas que podía -y debía- haber hecho, y que he dejado de hacer por comodidad, por vergüenza, o por falta de presencia de Dios.

Por eso es una buena costumbre examinar mi conciencia cada noche preguntándome: ¿qué he hecho bien hoy?, ¿qué he hecho mal?, ¿qué cosas podría hacer mejor? ¿Me he comportado como esperabas de mí?

Gracias al examen de conciencia, descubriré pequeñas faltas que, aunque no me separan de Ti, me impiden seguirte más de cerca.

Y me daré cuenta de que necesito acudir a esa fuente de la confesión con frecuencia -cada semana o cada quince días-, para pedirte una vez más: «Si quieres, puedes limpiarme.»

Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.

Primera Semana del Tiempo Ordinario. Viernes



«Y al cabo de unos días, entró en Cafarnaún. Se supo que estaba en casa, y se juntaron tantos que ni siquiera ante la puerta había ya sitio; y les predicaba la palabra. Entonces vienen trayéndole un paralítico, que era transportado por cuatro. Y al no poder llevarlo hasta él por causa del gentío, levantaron la techumbre por el sitio en donde se encontraba y, después de hacer un agujero, descuelgan al paralítico. Al ver Jesús la fe de ellos, dice al paralítico: Hijo, tus pecados te son perdonados. Estaban allí sentados algunos de los escribas, y pensaban en sus corazones: ¿Por qué habla éste así? Blasfema. ¿Quién puede perdonar pecados sino sólo Dios? Y enseguida, conociendo Jesús en su espíritu que pensaban de este modo dentro de sí les dice: ¿Por qué pensáis estas cosas en vuestros corazones? ¿Qué es más fácil, decir al paralítico: tus pecados te son perdonados; o decir: levántate, toma tu camilla y anda? Pues, para que sepáis que el Hijo del Hombre tiene en la tierra el poder de perdonar los pecados -se dirige al paralítico-: A ti te digo: levántate, toma tu camilla y vete a tu casa. Y se levantó y, tomando al instante la camilla, salió en presencia de todos, de manera que todos quedaron admirados y dieron gloria a Dios diciendo: Nunca vimos cosa igual.» (Marcos 2, 1-12) 

1º. Jesús, en cuanto se supo que estabas en tu casa, empezó a llegar tanta gente que «ni siquiera ante la puerta había ya sitio.»

Tú sigues estando presente en cada sagrario; sin embargo, hay muchos que no acaban de enterarse.

¿Cómo no te vengo a visitar más a menudo?

Hoy me enseñas el valor de la amistad y de la audacia en el apostolado.

Los compañeros de aquel enfermo hicieron lo imposible por llevar a su amigo cerca de Ti.

«Y al no poder llevarlo hasta él por causa del gentío, levantaron la techumbre.»

Ningún obstáculo les pudo frenan.

Jesús, perdonas al paralítico «al ver la fe de ellos».

Es de notar que no dijo la fe del paralítico, sino la de los que le llevaban: a veces ocurre que alguno sana por la fe de otro» (San Juan Crisóstomo).

Igualmente, antes de dar a mis amigos la gracia que necesitan para mejorar en su vida cristiana, estás esperando que te demuestre mi fe.

No me puedo excusar pensando que es imposible, porque precisamente en los imposibles es donde debo demostrar mi fe.

2º. «No puedes ser un elemento pasivo tan sólo. Tienes que convertirte en verdadero amigo de tus amigos: «ayudarles». Primero, con el ejemplo de tu conducta. Y luego, con tu consejo y con el ascendiente que da la intimidad» (Surco.-731).

Jesús, ahora que te conozco un poco mejor; ahora que sé dónde estás y qué he de hacer para estar cerca de Ti, tengo la responsabilidad de darte a conocer a los que me rodean.

Como los amigos del paralítico, he de buscar la manera de acercarte a mis amigos, de ayudarles a que te encuentren.

Pero ¿cómo?



Primero con el ejemplo de tu conducta.

Jesús, te acercaré a mis amigos en la medida en que yo esté cerca de Ti.

Por eso la mejor manera de hacer apostolado es cuidar mi propia vida interior.

Y luego, con tu consejo y con el ascendiente que da la intimidad.

No basta con mi ejemplo: he de hablar, explicar las cosas con paciencia.

Y, si hay intimidad, mi amigo escuchará mis consejos con respeto y me los agradecerá.

Entonces, al ver mi fe, harás milagros en aquella alma, como hiciste en la del paralítico al ver la fe de sus amigos.

Y me maravillaré de tu misericordia: «Todos quedaron admirados y dieron gloria a Dios diciendo: Nunca vimos cosa igual»

Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.

Primera Semana del Tiempo Ordinario. Sábado

«Y se fue otra vez a la orilla del mar. Y toda la muchedumbre iba hacia él, y les enseñaba. Al pasar vio a Leví el de Alfeo sentado en el telonio, y le dijo: Sígueme. El se levantó y le siguió. Y ocurrió que, estando a la mesa en casa de éste, se sentaron con Jesús y sus discípulos muchos publicanos y pecadores, pues eran muchos los que le seguían. Los escribas de los fariseos, viendo que comía con pecadores y publicanos, decían a sus discípulos: ¿Por qué come con los publicanos y pecadores? Al oír Jesús esto, les dijo: No tienen necesidad de médico los sanos, sino los enfermos; no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores.» (Marcos 2, 13-17) 

1º. Jesús, acabas de curar a un paralítico ante multitud de gente que se agolpaba a las puertas de tu casa en Cafarnaún.

Por eso, cuando sales hacia el lago, «toda la muchedumbre» te sigue.

Tal vez esperan recibir algún milagro o ver cosas portentosas.

Jesús, tienes toda una muchedumbre de «seguidores», pero te vienes a fijar en uno que no está entre ellos: Leví, más conocido por Mateo, San Mateo el Evangelista.

Él no había ido a tu casa, ni perseguía al Profeta que hacía milagros.

Allí estaba, en su mesa, en su trabajo.

A él le llamas y le dices: «Sígueme.» «Mateo no opuso ni un momento de resistencia, ni dijo, dudando: ¿Qué es esto? ¿No será una ilusión que me llama a mí, que soy hombre tal? Humildad, por cierto, que hubiera estado totalmente fuera de lugar» (San Juan Crisóstomo).

Jesús, tal vez yo tampoco era uno de los que te seguía por todos los sitios o participaba en todo tipo de actos piadosos.

Tal vez, ni siquiera te buscaba con verdadero interés.

Sin embargo, una cosa si trataba de hacer bien: mi trabajo, mi estudio.

Y es allí donde te encontré, donde viniste a buscarme: en mi mesa de trabajo, en mi clase, en mi empresa.

También a mí me has dicho: «Sígueme.»

Ojalá sepa responder prontamente como Mateo: «Él se levantó y le siguió». 

2º. «Estás lleno de miserias. -Cada día las ves más claras. -Pero no te asusten. El sabe bien que tú puedes dar más fruto.

Tus caídas involuntarias -caídas de niño- hacen que tu Padre-Dios tenga más cuidado y que tu Madre María no te suelte de su mano amorosa: aprovéchate, y, al cogerte el Señor a diario del suelo, abrázale con todas tus fuerzas y pon tu cabeza miserable sobre su pecho abierto, para que acaben de enloquecerte los latidos de su Corazón amabilísimo» (Camino.-884).

Jesús, no has venido a llamar a los que se creen justos y piensan que ya lo hacen todo bien.

Has venido a buscar a los que se dan cuenta de que tienen que mejorar mucho si quieren ser cristianos, si quieren «ser perfectos como tu Padre Celestial es perfecto». (Mateo 5,48).

Yo me veo lleno de miserias, pero sé que entonces me puedo apoyar más en Ti, porque «no tienen necesidad de médico los sanos, sino los enfermos.»

Jesús, cuanto más débil me siento, más fuerte soy en realidad; porque acudo más a Ti, porque te pido más ayuda, porque no me fío de mí, sino que me apoyo en tu gracia, en la fuerza que recibo de los sacramentos y en la oración.

Y entonces me curas, porque eres Médico; y me levantas de mis caídas, porque eres mi Padre-Dios.

Madre mía, tú eres Salud de los Enfermos y Refugio de los Pecadores.

Tú eres mi Madre.

No me sueltes de tu mano amorosa.

Recuérdame siempre tu ejemplo de humildad, para que no me crea perfecto.

Porque el «perfecto» no lucha por mejorar, y su misma complacencia le lleva a los defectos más ridículos.

Y sobre todo, porque sólo siendo humilde podré entender a tu Hijo Jesús, que se humilló a sí mismo haciéndose hombre por amor a mí.



Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.



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