MÓdulo comunicación y producción de subjetividad medios de comunicacióN: ¿influencia, dominación o produccióN? Cristina Corea1



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MÓDULO COMUNICACIÓN Y PRODUCCIÓN DE SUBJETIVIDAD

MEDIOS DE COMUNICACIÓN: ¿INFLUENCIA, DOMINACIÓN O PRODUCCIÓN?

Cristina Corea1

Voy a hablar de tres teorías sobre los medios masivos: la teoría de la manipulación; la teoría de la influencia de los medios masivos en la audiencia; la concepción –esto no es una teoría consagrada, sino una estrategia diseñada por mí- de los medios como discurso. Esas teorías sobre los medios masivos, que pueden tener un carácter más o menos crítico, más o menos explicativo, se apoyan en diferentes nociones de lenguaje o de comunicación y pueden estar más o menos implícitas en la idea o los juicios espontáneos que a menudo hacemos sobre los medios. Esas nociones, también, son construcciones históricas: como tales, tienen su momento de auge, con su consiguiente vigencia y eficacia; pero son susceptibles también de agotarse en su potencia crítica o explicativa. Ése es el caso, para mí, de las dos corrientes teóricas sobre los medios masivos denominadas aquí: dominación e influencia. Voy a tratar de mostrar de qué modo, en algunas situaciones específicas, la idea de que los medios producen subjetividad se revela más activa que las otras dos para pensar la eficacia actual de los medios masivos.

Entre los años ’50 y ’70 era común que la lectura política de las coyunturas se hiciera en clave de “dominación”. Como tantos otros fenómenos, los medios masivos se dejaban pensar bajo esa idea. Esta idea de la dominación, correlativa de una idea cuantitativa y acumulativa del poder, dio lugar a una teoría de los medios masivos y de la comunicación que se llama “Teoría de la manipulación de los medios”, un nombre más de la crítica marxista de las ideologías ¿En qué coyuntura histórica se piensa que los medios manipulan? ¿Qué es lo que los medios manipulan? La coyuntura en la cual emerge y circula la teoría manipulatoria, es la vigencia del Estado-Nación. La teoría de la manipulación se da en plena vigencia del Estado-Nación, en plena vigencia de lo que se puede llamar la modernidad filosófica, en plena vigencia de la guerra fría. Según ella, los medios (o la comunicación) pueden manipular la conciencia del individuo; pueden manipular la realidad. Dicho de otro modo, los medios mienten.

El martes pasado, Ignacio Lewkowicz había planteado que nuestra coyuntura actual, que se llama “globalización”, se podía pensar históricamente como el agotamiento de una entidad, el Estado-Nación, y la aparición de otra entidad, que podríamos llamar “Estado Técnico-Administrativo”, una construcción administrativo-gerencial de lo que queda del estado en las actuales condiciones del mercado. Fundamentalmente, lo que se agota cuando se agota el Estado-Nación, es la potencia nacional de instituir un tipo de subjetividad que es el ciudadano. La teoría de la manipulación resultó potente, fue activa, fue realmente una teoría crítica para interpretar el fenómeno de los medios masivos en aquel contexto; pero hoy ese modo de interpretar el funcionamiento se revela agotado, porque no agrega, a mi entender, ningún tipo de inteligibilidad sobre el fenómeno.

Veamos en qué consiste la concepción de la manipulación de los medios masivos. En ese modelo, la comunicación va a hacer centro en el mensaje. El acento de la comunicación, su aspecto decisivo está en los contenidos. Lo que se discute es el contenido del mensaje transmitido. Hay que tener en cuenta que en esta etapa hay temas que están prohibidos, así como hay individuos que están proscriptos, así como hay libros que están proscriptos. El funcionamiento de los medios también se va a regir sobre la base de prohibiciones y proscripciones. Hay un poder represivo que puede encarcelar, prohibir, proscribir y la comunicación masiva también funciona en esos términos. Esto es muy importante, y hay que retenerlo, porque es un rasgo que desaparece en el funcionamiento actual de los medios, y desaparece porque cambia la naturaleza misma del poder: en las sociedades de información, el control no se ejerce por medio de un poder ejercido desde los aparatos represivos, sino por medio de la conexión a través de las redes de información. Un individuo está controlado porque está infinitamente interconectado a las redes informáticas. La dominación ya no se ejerce por medio de un poder represivo sino por medio del control. Pero ese control no es ejercido desde un centro de acumulación de poder ni en función de un proyecto ideológico. Es un control de hecho (por lo tanto altamente caótico) producido y permitido por el desarrollo tecnológico. El film Brazil es un ejemplo bien ilustrativo de esa situación: si la amenaza del poder acumulativo y centralizado es el contrapoder, también acumulativo y localizable, la amenaza del modo de control de las sociedades de información ya no es otro poder, sino el mismo caos.

De modo que si cambia la naturaleza misma deL poder, o el modo de la dominación, la idea del contrapoder, la idea de la crítica, también cambia. Cuando hay poder represivo, centralizado y localizable, hay contrapoder efectivo, o poder alternativo, o crítica de las ideologías. Cuando el poder ya no es de disciplinamiento sino de control, cuando es ubicuo, ilocalizable y caótico: ¿En qué consiste el contrapoder? ¿En qué la crítica?

En principio, lo que caracteriza el funcionamiento actual de los medios es que allí todo se dice; hay libertad de expresión; cualquiera puede ejercer su derecho a opinar y a expresarse. En el funcionamiento actual desaparece la prohibición sobre los contenidos y la proscripción de las fuentes. En esas condiciones: ¿cuál es el estatuto de la verdad?; ¿cómo se ejerce la crítica? Un viejo adaggio político rezaba, allá por los años ‘70: “la única verdad es la realidad”. Esa sentencia es concomitante con la vigencia de la teoría manipulatoria. Y bien: en esas condiciones, la realidad verdadera es la realidad prohibida o excluida. Cuando hay temas prohibidos, autores censurados, fuentes proscriptas, la verdad de la crítica se va a orientar a denunciar los mecanismos de exclusión. Pero cuando todo puede ingresar en la maquinaria: ¿cuál es la verdad de la realidad?

Para la teoría manipulatoria, la verdad de la comunicación reside en la operación de remisión del mensaje a sus condiciones de producción. La verdad de un mensaje se va a encontrar en la referencia del mensaje a las condiciones sociales que le dieron origen. La verdad es una operación de referencia. El mensaje es verdadero, si la operación de lectura remite eficazmente ese mensaje a sus condiciones materiales de producción. La operación de lectura está evidentemente montada desde el dispositivo marxista. En esas circunstancias acusar de mentirosos a los medios puede resultar eficaz. Porque se puede mentir si no se remite un mensaje a sus verdaderas condiciones de producción; cuando se propone una referencia falsa, desviada al origen de este mensaje.

En tiempos de la guerra fría, uno podía decir: si la operación de comunicación consiste en remitir el mensaje al código, ¿cuál es el código? En el código reside la verdad del mensaje. El código son esas condiciones materiales, sociales, de clase, ideológicas que dan lugar al mensaje. Entonces, ¿cuál es el código? En principio, resulta de las relaciones de fuerza. La pugna Este-Oeste se expresa comunicativamente en la existencia de dos códigos. La cuestión se va a dirimir entre liberales o marxistas, gorilas o peronchos, comunistas o pequeño-burgueses, liberación o dependencia; el código hacia el cual se remita la verdad del mensaje va a depender de las relaciones de fuerza de la situación, pero siempre va a haber dos códigos en juego.

Desde un código, una operación de remisión puede ser verdadera o falsa. Desde el otro, sucede lo mismo. La remisión depende del que gane la pulseada en la situación. En la teoría de la manipulación, la remisión del mensaje al código de origen es una operación ideológica. Se puede optar por uno u otro camino de remisión. Entonces, según donde me ubique puedo decir si en esa remisión hubo manipulación o no. Eso depende del código desde el cual se lea la operación de remisión. En esta teoría también, los medios pueden ser o bien un instrumento del sistema de producción o bien el sistema mismo de producción; pero siempre son herramientas al servicio de la reproducción de las relaciones sociales de clase. Por eso la operación crítica en ese contexto consiste en denunciar el código de partida de los mensajes. Hay un libro de Roland Barthes, bien representativo de esta época de la teoría comunicativa, que se llama Mitologías, en el que analiza la presencia reiterada de las significaciones del universo burgués en los mensajes masivos como la publicidad, las revistas femeninas, algunos filmes. Para Barthes la presencia de ciertos significados connotativos, que él denomina míticos, como la idea de profundidad asociada a lo verdadero, tal como aparece en las publicidades de limpieza o de productos femeninos; o las ideas de lo masculino y de lo femenino vehiculizada en los juguetes (autos para los nenes; muñecas y utensilios de cocina para las nenas); serían el índice de la ideología pequeño-burguesa dirigida para alienar a las masas. Esos significados, repetidos con insistencia como significados connotativos serían la clave de la lectura ideológica del mensaje; serían la clave de la aparición, en el mensaje masivo, del universo de significaciones burguesas. Y la operación crítica correspondiente a esta operatoria consiste en revelar el carácter mítico (falso) de esas significaciones. Por ejemplo, cuando analiza las publicidades de cremas humectantes para mujer denuncia el mito de la profundidad. Según la publicidad, las cremas hidratan en profundidad, los jabones de limpieza limpian en profundidad. Esa idea de profundidad es mítica, porque en realidad la limpieza se da en la superficie y no en la profundidad; pero es justamente la idea de profundidad lo que vendría a legitimar la función del producto, connotado según una significación que no tiene desde el punto de vista de la función. Y es esa connotación la que motiva la compra.

Este procedimiento que consiste en denunciar un significado oculto (lo superficial que aparece en lo profundo) se reconoce como la operación crítica típica de la teoría manipulatoria: la desmitificación. Cuando Barthes denuncia que la idea de profundidad está connotando u ocultando la idea de la superficie, repudiada por el espíritu pequeño-burgués, está criticando el funcionamiento de la publicidad según esa operación de remisión de un significado del mensaje al código de partida. Se ve entonces que la crítica concomitante con la idea de los medios como manipuladores funciona sobre la suposición de que el lenguaje está sometido a la represión: la connotación es una operación, por decirlo así, “represiva” del lenguaje: pone en la superficie un significado que reprime otro, el verdadero (o denotado).

Cuando hay significados reprimidos y cuando hay individuos legítimos e ilegítimos en la situación comunicativa hay censura. La censura es concomitante con la idea represiva del lenguaje. Cuando los medios funcionan en condiciones de censura, leer entre líneas, proponer una remisión que no está explicitada en el mensaje constituyen operaciones fuertemente críticas. Pero para que esta operación de denuncia o de desmitificación encuentre su valor crítico, necesitamos que haya represión en las situaciones de comunicación, necesitamos que haya prohibiciones, necesitamos que haya proscripciones. Sin esta condición, ni la denuncia, ni la desmitificación, ni la lectura entre líneas tienen eficacia crítica.

Habíamos dicho al comienzo que para situarnos históricamente, vamos a tomar la idea que planteó Ignacio Lewkowicz acerca de que el mundo globalizado se da en condiciones de agotamiento de la potencia soberana de los estados nacionales. Esa caída va a dar lugar a una organización de otro tipo. Cuando cae la potencia del Estado-Nación irrumpe la fuerza azarosa del mercado. En estas condiciones, ¿Qué pasa con los medios? ¿Qué tipo de funcionamiento adquieren? ¿Y qué idea intuitiva tenemos nosotros de los medios? ¿En qué consiste la operación crítica frente a los medios, desde los medios o en los medios?

Nuestra situación, denominada por el seminario como “globalización”, ha sido también llamada por algunos como etapa de las “democracias parlamentarias o “mediáticas”. Esta denominación es altamente significativa en el análisis de la comunicación mediática que venimos planteando. Y es significativa porque habla de un rasgo fundamental de nuestra situación: el imperio de la opinión como dispositivo enunciativo hegemónico. Tal hegemonía se ejerce (o produce) sobre la ausencia de la represión como condición del funcionamiento del lenguaje. En el imperio de la opinión cualquiera es emisor legítimo y cualquier enunciado se tolera; porque todos tenemos derecho a la libre expresión; todos tenemos derecho a opinar. No hay proscripciones sobre los individuos que opinan, sino más bien todo lo contrario: una especie de compulsión de la escena mediática, que se monta como dispositivo en todas las situaciones para hacernos hablar.

El control ya no se ejerce sobre los enunciados, sino sobre las condiciones. Esta variación es fundamental y creo que tendríamos que extendernos un poco más sobre ella, quizá en el panel de cierre del seminario. El control sobre las condiciones de enunciación no prohíbe ningún enunciado (no hay temas prohibidos; no hay tabúes; en la tele se ve todo, se habla de todo, todos participan) sino que obliga a que se profieran de determinada manera. Esa manera es el modo opinativo. Y sobre lo que nos tendríamos que detener es sobre los mecanismos enunciativos de la opinión. Ahora bien, ese desplazamiento del control sobre los enunciados al control sobre las condiciones altera radicalmente el funcionamiento de los medios, alteran el modo en que nos relacionamos con ellos, porque al no haber exclusión ni represión, el exterior de los medios, el afuera desde el cual ejercer la crítica o la impugnación ha variado radicalmente: ni un sitio de poder acumulado, ni un código alternativo, ni un universo de significaciones verdaderas, revelado.

Hoy por hoy, estar afuera de los medios es estar afuera de la enunciación mediática; es poner en suspenso un dispositivo que rige de modo transituacional las operaciones discursivas.

En estas condiciones se abren dos vías posibles para la lectura de los medios masivos desde las teorías. Una teoría que concibe el funcionamiento de los medios masivos en términos de influencia: hay subjetividad constituida que es previa al funcionamiento de los medios y los medios influyen, en mayor o menor grado, sobre ella. Para la otra línea, los medios no ejercen su poder sobre los sujetos previamente constituidos, sino que los constituyen, los producen. Los medios masivos, así son un discurso, por su capacidad de instituir subjetividad. Esos serían los dos caminos que se abren cuando se agota el modo crítico tradicional de concebir a los medios en términos de manipulación.

La teoría que lee el funcionamiento de los medios en términos de influencia, tiene que considerarlos como un soporte. La sociología actual habla de la diferencia entre los medios como diferencias de soporte: televisivo, radial, gráfico. Diferencias tecnológicas para un fenómeno que es siempre el mismo: la comunicación humana. La comunicación parece no alterarse sustancialmente, sino que se ejerce por otra vía, la tecnológica. Ahora bien, la idea de que los medios son solamente el soporte material de la comunicación debe suponer necesariamente que los medios son neutros. Debe suponer que el medio mismo es neutro y eso significa que no tiene incidencia en la construcción del mensaje. ¿En qué consiste la operación de comunicación cuando se considera que los medios son un soporte de la comunicación?

En la teoría manipulatoria, la operación de comunicación consistía en remitir el mensaje al código de partida. En la teoría de la influencia, la operación de comunicación consiste en remitir el mensaje a las variables contextuales que la producen. Una emisión esta condicionada, y esas condiciones, que son determinables y cuantificables serían la dimensión subjetiva del mensaje. La comunicación, tanto en emisión como en recepción, está sometida a variables culturales, variables sociolectales, variables que tienen que ver con los saberes enciclopédicos o ideológicos de los emisores y receptores. Todas estas condiciones se pueden mensurar y se pueden determinar, mediante preguntas como éstas: ¿qué ideas políticas tiene?; ¿qué estudios cursó?; ¿qué libros leyó?; ¿qué hábitos de consume tiene? ¿Qué programas de TV mira? El conjunto de estas variables es la clave que explica el sentido del mensaje. Entonces, el sentido del mensaje ya no está en su remisión al código de partida, al universo de sentidos que lo engendra, sino en las condiciones socioculturales (subjetivas) en las cuales un mensaje se produce o es recibido. Ahora, en la medida en que esas condiciones son mensurables, en que se pueden tipificar y cuantificar, el sentido del mensaje ya no está en el código; pero está en algún lado: en las variables contextuales de emisión.

Esta concepción de los medios que estamos viendo va a dar lugar a una premisa universal de la doxa y es que todas las opiniones valen lo mismo. Veamos por qué es así. Acá hay un elemento que viene a funcionar como sentido común sobre los medios que tiene que ver con la divulgación y el arraigo de una noción filosófica. La posmodernidad transforma en premisa ideológica una idea que fue crítica en la modernidad de las ciencias sociales: la idea de que en el origen de toda actividad humana está el lenguaje. El famoso giro ontológico, una de las operaciones críticas más potentes del siglo XX, fue haber situado en el umbral de la experiencia humana, en lo decisivo de la experiencia humana, el lenguaje. Saussure plantea que el código está antes que el individuo. Lacan plantea que el significante preexiste al sujeto. Levis-Strauss plantea que la interdicción del incesto, que es una prohibición estructural, que es un código, funda la cultura y, entonces, es anterior al individuo. Todas estas intervenciones críticas del estructuralismo, sitúan el lenguaje en el origen de la experiencia humana y haber situado la experiencia social del lenguaje como anterior al individuo. Esa idea, hoy ya divulgada y aceptada, doxologizada, va a dar lugar en la posmodernidad mediática a la creencia de que en el lazo social todos son juegos de lenguaje y que por fuera del lenguaje no hay nada. Esa idea filosófica de que no hay más que juegos de lenguaje es consustancial con la idea de que todas las opiniones valen lo mismo. Porque si, en realidad, el lenguaje es lo que define la experiencia humana y no hay más que juegos de lenguaje, esto se deja traducir perfectamente en que todas las diferencias entre las personas son diferencias de comunicación. Todos los problemas que tenemos son problemas de comunicación. Si pasa algo entre nosotros es porque no estamos lo suficientemente comunicados; los suficientemente consensuados; si ajustamos el código, las diferencias se resuelven. En ese contexto, es comprensible que todos los enunciados valgan lo mismo, que la opinión sea un modo casi compulsivo de la interacción, puesto que en esa práctica anida la esperanza (pobre, por cierto), de que afinando los mecanismos los problemas entre los sujetos se resuelven.

La idea de la influencia considera los medios como transmisores de enunciados. Si son solamente un soporte, hay una neutralidad del medio que se ofrece sólo como un soporte para transmitir los enunciados, sin interferir en su sentido. Esta idea de que el medio es un soporte neutro y de que es nada más que el transmisor, es la idea opuesta a la idea de que los medios producen el dispositivo favorable para que haya opinión, y en consecuencia, la subjetividad del opinador. Es lo que voy a plantear más adelante en la idea de los medios como productores. La idea de influencia, que es supuestamente más “progre” que la teoría de la manipulación (que considera a los medios como un cuco, como el poder que distorsiona la realidad), supone que el impacto de la comunicación obedece a variables cuantitativas. Si hay mucha violencia en la tele, la sociedad va a ser más violenta. Si los niños están mucho tiempo frente al televisor, corren más riesgo de pervertirse. Si ven muchos programas de droga, se harán adictos. Si ven mucha violencia, van a ser futuros delincuentes. En la teoría de la influencia, hay una correlación entre tiempo de exposición al medio (variable mensurable) e impacto del medio en la subjetividad.

Finalmente, hay una tercera posición que considera que los medios producen la subjetividad. No ya que influyen sobre ella, sino que los medios son dispositivos que producen la subjetividad instituida.

Ignacio Lewkowicz había hablado el martes pasado, que en la perspectiva de la historia de la subjetividad, la subjetividad es el producto de prácticas instituyentes. Un tipo subjetivo determinado en una sociedad determinada (“la mujer”, “el hombre”, “el niño”, “el conductor de programas”, “la modelo”) es el resultado de prácticas concretas que lo instituyen como tal. La idea de los medios como discurso y la tesis de que los medios producen subjetividad es bien consustancial con esa idea de la subjetividad.

En la línea de los medios como productores de subjetividad, los medios son máquinas discursivas o dispositivos de enunciación que nos obligan a realizar determinadas operaciones para habitarlos. Esas operaciones que estamos obligados a hacer, porque de lo contrario nos quedamos por fuera del discurso, por fuera del lazo, nos constituyen subjetivamente. Si queremos estar en conexión con los medios, tenemos que llamar, tenemos que opinar, tenemos que participar de una ‘promo’, tenemos que entrar en un concurso.

¿Podemos quedar por fuera de estas prácticas? Podemos decir que no; pero no estamos por fuera de ellas. Decir que no es como no contestar una pregunta. No contestar una pregunta es una posibilidad que está por dentro mismo de la enunciación de la pregunta. No contestamos, esa conducta se identifica como una posibilidad dentro de la misma pregunta, porque hemos sido tomados por la enunciación de la pregunta. Lo mismo sucede con las prácticas mediáticas. ¿Podemos sustraernos de la participación que proponen los medios? Llamar por teléfono, opinar, votar a favor o en contra, conceder una entrevista, son todas operaciones. Estas operaciones prácticas instituyen la subjetividad del consumidor o del espectador. En esta línea, no hay lenguaje ni código, sino que hay un discurso; es decir, un conjunto de prácticas instituidas como dispositivo. El discurso mediático son las prácticas de enunciación a las que estamos obligados. No hay lenguaje y no hay código, sino que hay prácticas de enunciación. Esto es lo que opone esta perspectiva a la noción de influencia y a la noción de manipulación. La idea de prácticas de enunciación es anterior a la noción de lenguaje o a la noción de código. En esta línea el sentido no resulta ni de la remisión del mensaje al código, como en el caso de la teoría manipulatoria, ni resulta de la determinación de las variables contextuales, que serían la causa del sentido del mensaje en la teoría de la influencia, sino que es una producción práctica. El sentido es lo que se hace y lo que se dice, es algo que se hace, es una práctica más.

Voy a dar algunos ejemplos para ir situando las diferencias de estos tres modelos. Tenemos un modo de entender los medios que habíamos llamado “teoría manipulatoria”; otro modo que habíamos llamado “teoría de la influencia” y un modo que habíamos llamado “producción o discurso”. Si considero los medios como discurso, tengo que considerar lo que los medios producen, lo que los medios hacen.

¿Qué características tienen los medios considerados como un discurso? Desde el punto de vista práctico, el discurso de los medios se presenta como sin clausura. Es un discurso que no tiene ni comienzo ni fin. Hay otro elemento que se agrega a éste como rasgo y es que el discurso de la imagen o el discurso de los medios no tiene dimensión temporal. ¿Por qué no hay dimensión temporal en la imagen? No hay dimensión temporal porque en el discurso de la imagen, en la sintaxis de la imagen, cada imagen sustituye a la otra plenamente. El discurso mediático no se organiza según ninguna gramática de tipo narrativo. Esto está en relación con la idea de que es un discurso sin clausura: no tiene comienzo y no tiene fin. ¿Qué pasa con el zapping? Allí tenemos sustitución de una imagen por otra, de un enunciado por otro, pero no hay ninguna correlación temporal (en el sentido lógico) entre una imagen y la que viene a posteriori a reemplazar la anterior. Yo no puedo establecer que lo que pasó antes es anterior y por lo tanto va a ser causa de lo siguiente, como pasa en la lógica del relato, por ejemplo. No puedo establecer un comienzo y un final. Hace un tiempo, le hacía a mi sobrino, una pregunta ontológica actual: -¿Qué son los Pokémon? Me dice: -...Son unos pokemones así y asá”. Repregunto: -¿Pero son hombres que después se hicieron superhéroes?; ¿Pasó algo, alguna explosión, alguna guerra? Contesta: - No, tía, son Pokémon. Intento otra vez: -Bueno, ¿pero son como animales, o monstruos? Respuesta: -No, tía, ¡son Pokémon!

Insisto de otro modo: -¿Y cómo hacen? Mi sobrino responde: -“Hay un señor que tiene una pastilla que se las da antes de que mueran y entonces nunca mueren...”.



En realidad, yo no pude entender definitivamente qué son los Pokémon; sólo que son una entidad ontológica muy particular que no se puede deducir ni de lo humano, ni de lo animal, ni de lo suprahumano. Pero me di cuenta de que lo que me hacía obstáculo para entender la explicación de mi sobrino es que en ella no había relato, no había ningún relato de origen. ¿Qué eran? ¿Seres que venían después de una explosión nuclear? ¿Seres extraterrestres? ¿El resultado de una guerra entre buenos y malos? En la medida en que a mí alguien no me provee un relato para explicarme una existencia, esa existencia para mí es incognoscible, inaprensible. Sobre todo si se trata de personajes de ficción. Para mí, todo personaje se mueve en una trama narrativa. Pasa algo, hay acciones, hay hechos que van desencadenando consecuencias, etc. Creo que los pibes se instalan en la conexión con estos personajes sin esa dimensión de relato. Ellos entienden el sentido de esto por fuera de la gramática del relato. La explicación narrativa no es una explicación, o no es necesaria, o es una más. Esto es lo que quiero decir cuando digo que el discurso mediático no tiene dimensión temporal: que la imagen es sin tiempo, en esta línea es un enunciado que se mueve por fuera de la lógica del relato.

Apéndice sobre la opinión.

¿Cómo funciona una opinión? La opinión expresa, sin ningún tipo dé regulación, prohibición o censura, algo acerca de algo. Quizás convenga detenerse a pensar que, cuando opinamos, más que responder a un derecho estoy ejerciendo un automatismo que me obliga a opinar, a parti­cipar, a engancharme. Un enunciado muy sesudo y muy erudito puede ser una opinión. Porque un enunciado es opinativo no por el tema que trata sino por su imposibilidad de cohesionar entre sí a sus interlocutores; un enunciado opinativo produce dispersión y, por lo tanto, es incapaz de producir a sus interlocutores. Esto significa que puedo escuchar los fonemas que me dicen como rui­dos o leer letras sin que las palabras tengan efecto de pensamien­to sobre mí. Una opinión es una palabra que no toca subjetiva­mente a nadie, que no genera efectos cohesivos. Un enunciado puede ser irreprochable desde el punto de vista del saber, pero opinativo desde el punto de vista de los efectos cohesivos, que son los capaces de hacer pensar en un entorno fluido como el de la información. La opinión sólo agrega más fluido al fluido. No detiene, no cohesiona, no desacelera. En esas condiciones sobre­viene la impresión de vacío -porque la palabra no produce nin­gún repliegue, no modula la interioridad necesaria para pensar-o la sensación de dispersión, de desconexión -porque el enuncia­do no cohesiona en el fluido-. Si la diferencia entre la opinión y el pensamiento no es de con­tenido sino de funcionamiento, lo que hace la diferencia entre un tipo de enunciado y otro es el procedimiento y no los temas que se tocan. Podemos pensar, entonces, el procedimiento como meca­nismo de regulación de los enunciados. Como vimos, la opinión no tiene ninguna regulación: es una descarga. Me conecto con la PC a un foro, por teléfono a un programa, vía la ideología de los derechos, en una clase presencial, y listo, digo lo que se me ocurre porque todos tenemos derecho a dar nuestro punto de vista.
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