Max Horkheimer y Theodor Adorno La industria cultural. Iluminismo como mistificación de masas



Descargar 205,83 Kb.
Página4/5
Fecha de conversión08.06.2017
Tamaño205,83 Kb.
1   2   3   4   5

etérea. De tal suerte la naturaleza y la técnica son movilizadas contra la mufa, la imagen falseada en el

recuerdo de la sociedad liberal, en la que, según parece, se giraba en sofocantes cuartos cubiertos de

17

felpa, en lugar de practicar, como se hace hoy, un sano y asexual naturismo, o se permanecía en panne



en un Mercedes Benz antediluviano en lugar de ir a la velocidad de un rayo desde el punto en que se

está a otro que es exactamente igual. EL triunfo del trust colosal sobre la libre iniciativa es celebrado

por la industria cultural como eternidad de la libre iniciativa. Se combate al enemigo ya derrotado, al

sujeto pensante. La resurrección del antifilisteo Hans Sonnenstösser en Alemania y el placer de ver Vida



con el padre son de la misma índole.

Hay algo con lo que sin duda no bromea la ideología vaciada de sentido: la previsión social.

“Ninguno tendrá frío ni hambre: quien lo haga terminará en un campo de concentración”: esta frase

proveniente de la Alemania hitleriana podría brillar como lema en todos los portales de la industria cultural.

La frase presupone, con astuta ingenuidad, el estado que caracteriza a la sociedad más reciente: tal

sociedad sabe descubrir perfectamente a los suyos. La libertad formal de cada uno está garantizada.

Oficialmente, nadie debe rendir cuentas sobre lo que piensa. Pero en cambio cada uno está desde el

principio encerrado en un sistema de relaciones e instituciones que Forman un instrumento hipersensible

de control social. Quien no desee arruinarse debe ingeniárselas para no resultar demasiado ligero en

la balanza de tal sistema De otro modo pierde terreno en la vida y termina por hundirse. EL hecho de

que en toda carrera, pero especialmente en las profesiones liberales, los conocimientos del ramo se

hallen por lo general relacionados con una actitud conformista puede suscitar la ilusión de que ello es

resultado de los conocimientos específicos. En realidad, parte de la planificación irracional de esta sociedad

consiste en reproducir, bien o mal, sólo la vida de sus fieles. La escala de los niveles de vida

corresponde exactamente g1 lazo íntimo de clases e individuos con el sistema. Se puede confiar en el

manager y aun es fiel el pequeño empleado, Dagwood, tal como vive en las historietas cómicas y en la

realidad. Quien siente frío y hambre, aun cuando una vez haya tenido buenas perspectivas, está marcado.

Es un outsider y esta (prescindiendo a veces de los delitos capitales) es la culpa más grave. En los

films se convierte en el mejor de los casos en el individuo original, objeto de una sátira pérfidamente

indulgente, aunque por lo común es el villain, que aparece como tal ya no bien muestra la cara, mucho

antes de que la acción lo demuestre, a fin de que ni siquiera temporariamente pueda incurrirse en el

error de que la sociedad se vuelva contra los hombres de buena voluntad. En realidad, se cumple hoy

una especie de welfare state de grado superior. A fin de defender las posiciones propias, se mantiene en

vida una economía en la cual, gracias al extremo desarrollo de la técnica, las masas del propio país resultan

ya, en principio, superfluas para la producción. A causa de ello la posición del individuo se torna

precaria. En el liberalismo el pobre, pasaba por holgazán, hoy resulta inmediatamente sospechoso: está

destinado a los campos de concentración o, en todo caso, al infierno de las tareas más humildes y de los

slums. Pero la industria cultural refleja la asistencia positiva y negativa hacia los administrados como

solidaridad inmediata de los hombres en el mundo de los capaces. Nadie es olvidado, por doquier hay

vecinos, asistentes sociales, individuos al estilo del Doctor Gillespie y filósofos a domicilio con el corazón

del lado derecho que, con su afable intervención de hombre a hombre, hacen de la miseria socialmente

reproducida casos individuales y curables, en la medida en que no se oponga a ello la depravación

personal de los individuos. EL cuidado respecto a las buenas relaciones entre los dependientes,

aconsejada por la ciencia empresaria y ya practicada por toda fábrica a fin de lograr el aumento de la

producción, pone hasta el último impulso privado bajo control social, mientras que en apariencia torna

inmediatas o vuelve a privatizar las relaciones entre los hombres en la producción. Este socorro invernal

psíquico arroja su sombra conciliadora sobre las bandas visuales y sonoras de la industria cultural

mucho tiempo antes de expandirse totalitariamente desde la fábrica sobre la sociedad entera. Pero los

grandes socorredores y benefactores de la humanidad, cuyas empresas científicas los autores cinematográficos

deben presentar directamente como actos de piedad, a fin de poder extraer de ellas un interés

18

humano científico, desempeñan el papel de conductores de los pueblos, que terminan por decretar la



abolición de la piedad y saben impedir todo contagio una vez que se ha liquidado al último paralítico.

La insistencia en el buen corazón es la forma en que la sociedad confiesa el daño que hace: todos

saben que en el sistema no pueden ya ayudarse por sí solos y ello debe ser tenido en cuenta por la

ideología. En lugar de limitarse a cubrir el dolor bajo el velo de una solidaridad improvisada, la industria

cultural pone todo su honor de firma comercial en mirarlo virilmente a la cara y en admitirlo, conservando

con esfuerzo su dignidad. EL pathos de la compostura justifica al mundo que la torna necesaria.

Así es la vida, tan dura, pero por ello mismo tan maravillosa, tan sana. La mentira no retrocede ante

lo trágico. Así como la sociedad total no elimina el dolor de sus miembros, sino que lo registra y lo

planifica, de igual forma procede la cultura de masas con lo trágico. De ahí los insistentes préstamos

tomados del arte. El arte brinda la sustancia trágica, que el puro amusement no puede proporcionar,

pero que sin embargo necesita si quiere mantenerse de algún modo fiel al postulado de reproducir exactamente

el fenómeno. Lo trágico, transformado en momento previsto y aprobado por el mundo, se convierte

en bendición de este último. Lo trágico sirve para proteger de la acusación de que no se toma a la

realidad lo suficientemente en serio, cuando en cambio se la utiliza con cínicas lamentaciones. Torna

interesante el aburrimiento de la felicidad consagrada y pone lo interesante al alcance de todos. Ofrece

al consumidor que ha visto culturalmente días mejores el sustituto de la profundidad liquidada hace

tiempo, y al espectador común, las escorias culturales de las que debe disponer por razones de prestigio.

A todos les concede el consuelo de que aún es posible el destino humano auténtico y fuerte y de que su

representación desprejuiciada resulta necesaria. La realidad compacta y sin lagunas en cuya reproducción

se resuelve hoy la ideología aparece más grandiosa, noble y fuerte en la medida en que se mezcla a

ella el dolor necesario. Tal realidad asume aspecto de destino. Lo trágico es reducido a la amenaza de

aniquilar a quien no colabore, mientras que su significado paradójico consistía en una época en la resistencia

sin esperanza a la amenaza mítica. EL destino trágico se convierte en castigo justo, transformación

que ha sido siempre el ideal de la estética burguesa. La moral de la cultura de masas es la misma,

“rebajada”, que la de los libros para muchachos de ayer. De tal suerte, en la producción de primera calidad

lo malo se halla personificado por la histérica que —a través de un estudio de pretendida exactitud

científica— busca defraudar a la más realista rival del bien de su vida y encuentra una muerte nada teatral.

Las presentaciones tan científicas se encuentran sólo en la cumbre de la producción. Por debajo,

los gastos son considerablemente menores y lo trágico es domesticado sin necesidad de la psicología

social. Así como toda opereta vienesa que se respete debía tener en su segundo acto un final trágico,

que no dejaba al tercero más que la aclaración de los malentendidos, del mismo modo la industria cultural

asigna a lo trágico un lugar preciso en la routine. Ya la notoria existencia de la receta basta para

calmar el temor de que lo trágico escape al control. La descripción de la fórmula por parte del ama de

casa, getting into trouble and out again, define la entera cultura de masas, desde el woman serial más

idiota hasta la obra cumbre. Incluso el peor de los finales —que en el pasado tenía mejores intenciones

— remacha el orden y falsea lo trágico, ya sea cuando la amante ilegítima paga con la muerte su

breve felicidad, ya sea que el triste fin en las imágenes haga resplandecer con más brillo la indestructibilidad

de la vida real. EL cine trágico se convierte efectivamente en un instituto de perfeccionamiento

moral. Las masas desmoralizadas de la vida bajo la presión del sistema, que demuestran estar civilizadas

sólo en lo que concierne a los comportamientos automáticos y forzados, de los que brota por doquier

reluctancia y furor, deben ser disciplinadas por el espectáculo de la vida inexorable y por la actitud

ejemplar de las víctimas. La cultura ha contribuido siempre a domar los instintos revolucionarios,

así como los bárbaros. La cultura industrializada hace algo más. Enseña e inculca la condición necesaria

para tolerar la vida despiadada. El individuo debe utilizar su disgusto general como impulso para

abandonarse al poder colectivo del que está harto. Las situaciones crónicamente desesperadas que afligen 19 al espectador en la vida cotidiana se convierten en la reproducción, no se sabe cómo, en garantía de

que se puede continuar viviendo. Basta advertir la propia nulidad, suscribir la propia derrota, y ya se ha

entrado a participar. La sociedad es una sociedad de desesperados y por lo tanto la presa de los amos.

En algunas de las más significativas novelas alemanas del período prefascista, como Berlin Alexanderplatz

e ¿Y ahora, pobre hombre?, esta tendencia se expresaba con tanto vigor como en los filmes corrientes

y en la técnica del jazz. En todos los casos se trata siempre, en el fondo, de la burla que se hace

a sí mismo el “hombre pequeño”. La posibilidad de convertirse en sujeto económico, empresario, propietario,

ha desaparecido definitivamente. Hasta el último drug store, la empresa independiente, en cuya

dirección y herencia se fundaba la familia burguesa y la posición de su jefe, ha caído en una dependencia

sin salida. Todos se convierten en empleados y en la civilización de los empleados cesa la dignidad

ya dudosa del padre. La actitud del individuo hacia el racket —firma comercial, profesión o partido

—, antes o después de la admisión, así como la del jefe ante la masa y la del amante frente a la mujer

a la que corteja, asume rasgos típicamente masoquistas La actitud a la que cada uno está obligado para

demostrar siempre otra vez su participación. moral en esta sociedad hace pensar en los adolescentes

que, en el rito de admisión en la tribu, se mueven en círculo, con sonrisa idiota, bajo los golpes del sacerdote.

La vida en el capitalismo tardío es un rito permanente de iniciación. Cada uno debe demostrar

que se identifica sin residuos con poder por el que es golpeado. Ello está en la base de las síncopas del

jazz, que se burla de las trabas y al mismo tiempo las convierte en normas. La voz de eunuco del crooner

de la radio, el cortejante buen mozo de la heredera, que cae con su smoking en la piscina, son ejemplos

para los hombres, que deben convertirse en aquello a lo que los pliega el sistema. Cada uno puede

ser omnipotente como la sociedad, cada uno puede llegar a ser feliz, con tal de que se entregue sin reservas

y de que renuncie a sus pretensiones de felicidad. En la debilidad del individuo la sociedad reconoce

su propia fuerza y cede una parte de ella al individuo. La pasividad de éste lo califica como elemento

seguro. Así es liquidado lo trágico. En un tiempo su sustancia consistía en la oposición del individuo

a la sociedad. Lo trágico exaltaba “el valor y la libertad de ánimo frente a un enemigo poderoso, a

una adversidad superior, a un problema inquietante”5. Hoy lo trágico se ha disuelto en la nada de la

falsa identidad de sociedad e individuo, cuyo horror brilla aun fugazmente en la vacua apariencia de

aquél. Pero el milagro de la integración, el permanente tacto de gracia de los amos, al acoger a quien

cede y se traga su propio rechazo, tiende al fascismo, que relampaguea en la humanidad con que Döblin

permite a su Biberkopf arreglarse, como en los filmes de tono social. La capacidad de encajar y de arreglárselas,

de sobrevivir a la propia ruina, por la que es superado lo trágico, es característica de la nueva

generación. La nueva generación está en condiciones de cumplir cualquier trabajo, porque el proceso

laboral no los ata a ningún trabajo definido. Ello recuerda la triste ductilidad del expatriado, al que la

guerra no le importaba nada, o del trabajador ocasional, que termina por entrar en las organizaciones

paramilitares. La liquidación de lo trágico confirma la liquidación del individuo.

En la industria cultural el individuo es ilusorio no sólo por la igualación de sus técnicas de producción.

EL individuo es tolerado sólo en cuanto su identidad sin reservas con lo universal se halla fuera

de toda duda. La pseudo individualidad domina tanto en el jazz como en la personalidad cinematográfica

original, que debe tener un mechón de pelo sobre los ojos para ser reconocida como tal. Lo individual

se reduce a la capacidad de lo universal para marcar lo accidental con un sello tan indeleble como

para convertirlo sin más en identificable como lo que es. Justamente el obstinado mutismo o las actitudes

elegidas por el individuo cada vez expuesto son producidos en serie como los castillos de Yale, que

se distinguen entre sí por fracciones de milímetro. La peculiaridad del Sí es un producto social registra-

5 Nietzsche, Götzendämmerung, en Werke, VIII. pág. 136.

20

do que se despacha como natural. Se reduce a los bigotes, al acento francés, a la voz profunda de la



mujer experimentada, al Lubitsch touch: son casi impresiones digitales sobre las tarjetas por lo demás

iguales en que se transforman —ante el poder de lo universal— la vida y las caras de todos los individuos,

desde la estrella cinematográfica hasta el último habitante de una cárcel. La pseudo individualidad

constituye la premisa del control y de la neutralización de lo trágico: sólo gracias al hecho de que los

individuos no son en efecto tales, sino simples entrecruzamientos de las tendencias de lo universal, es

posible reabsorberlos integralmente en lo universal. La cultura de masas revela así el carácter ficticio

que la forma del individuo ha tenido siempre en la época burguesa, y su error consiste solamente en

gloriarse de esta turbia armonía de universal y particular. EL principio de la individualidad ha sido contradictorio

desde el comienzo. Más bien no se ha llegado jamás a una verdadera individuación. La forma

de clase de la autoconservación ha detenido a todos en el estadio de puros seres genéricos. Cada

característica burguesa alemana expresaba, a pesar de su desviación y justamente mediante ella, una y

la misma cosa: la dureza de la sociedad competitiva. EL individuo, sobre el que la sociedad se sostenía,

llevaba la marea de tal dureza; en su libertad aparente, constituía el producto de su aparato económico y

social. Cuando solicitaba la respuesta de aquellos que le estaban ,sometidos, el poder se remitía a las

relaciones de fuerza dominantes en cada oportunidad. Por otro lado, la sociedad burguesa también ha

desarrollado en su curso al individuo. Contra la voluntad de sus controles, la técnica ha educado a los

hombres convirtiéndolos de niños en personas. Pero todo progreso de la individuación en este sentido

se ha producido en detrimento de la individualidad en cuyo nombre se producía, v no ha dejado de ésta

más que la decisión de perseguir siempre y sólo el propio fin. EL burgués, para quien la vida se escinde

en negocios y vida privada, la vida privada en representación e intimidad, la intimidad en la hastiante

comunidad del matrimonio y en el amargo consuelo de estar completamente solo, en derrota ante sí y

ante todos, es ya el nazi, que es entusiasta y desdeñoso a la vez, o el contemporáneo habitante de la metrópoli,

que no puede concebir la amistad ya más que como social contact, como aproximación social

de individuos íntimamente distantes. La industria cultural puede hacer lo que quiere con la individualidad

debido a que en ésta se reproduce desde el comienzo la íntima fractura de la sociedad. En las caras

de los héroes del cinematógrafo y de los particulares confeccionados según los modelos de las tapas de

los semanarios se desvanece una apariencia en la cual ya nadie cree más, y la pasión por tales modelos

vive de la secreta satisfacción de hallarse finalmente dispensados de la fatiga de la individuación, pese a

que esto ocurra gracias a las fatigas aun más duras de la imitación. Pero sería vano esperar que la persona

contradictoria y decadente no vaya a durar generaciones, que el sistema deba necesariamente saltar

por causa de esta escisión psicológica, que esta mentirosa sustitución del individuo por el estereotipo

deba resultar por sí intolerable a los hombres. La unidad de la personalidad ha sido escrutada como apariencia

desde el Hamlet shakespeariano. En las fisonomías sintéticamente preparadas de hoy se ha olvidado

ya que haya existido alguna vez un concepto de vida humana. Durante siglos la humanidad se ha

preparado para Victor Mature y Mickey Rooney. Su obra de disolución es a la vez un cumplimiento.

La apoteosis del tipo medio corresponde al culto de aquello que es barato. Las estrellas mejor

pagadas parecen imágenes publicitarias de desconocidos artículos standard No por azar son elegidas a

menudo entre la masa de las modelos comerciales. EL gusto dominante toma su ideal de la publicidad,

de la belleza de uso. De tal suerte el dicho socrático según el cual lo bello es lo útil se ha cumplido por

fin irónicamente. EL cine hace publicidad para el trust cultural en su conjunto; en la radio las mercancías

para las cuales existe el bien cultural son elogiadas en forma individual. Por cincuenta cents se ve el

film que ha costado millones, por diez se consigue el chewing-gum que tiene tras sí toda la riqueza del

mundo y que la incrementa con su comercio. Las mejores orquestas del mundo —que no lo son en modo

alguno— son proporcionadas gratis a domicilio. Todo ello es una parodia del país de jauja, así como

la “comunidad popular” nazi lo es respecto a aquélla humana. A todos se les alarga algo. La exclamación 21 del provinciano que por primera vez entraba al Metropoltheater de Berlín, “es increíble lo que dan

por tan poco”, ha sido tomada desde hace tiempo por la industria cultural y convertida en sustancia de

la producción misma. La producción de la industria cultural no sólo se ve siempre acompañada por el

triunfo a causa del mismo hecho de ser posible, sino también resulta en gran medida idéntica al triunfo.

Show significa mostrar a todos lo que se tiene y se puede. Es aun la vieja feria, pero incurablemente

enferma de cultura. Como los visitantes de las ferias, atraídos por las voces de los anunciadores, superaban

con animosa sonrisa la desilusión en las barracas, debido a que en el fondo sabían ya antes lo que

ocurriría, del mismo modo el frecuentador del cine se alinea comprensivamente de parte de la institución.

Pero con la accesibilidad de los productos “de lujo” en serie y su complemento, la confusión universal,

se prepara una transformación en el carácter de mercancía del arte mismo. Este carácter no tiene

nada de nuevo: sólo el hecho de que se lo reconozca expresamente y de que el arte reniegue de su propia

autonomía, colocándose con orgullo entre los bienes de consumo, tiene la fascinación de la novedad.

EL arte como dominio separado ha sido posible, desde el comienzo, sólo en la medida en que era

burgués. Incluso su libertad, como negación de la funcionalidad social que es impuesta a través del

mercado, queda esencialmente ligada al presupuesto de la economía mercantil. Las obras de arte puras,

que niegan el carácter de mercancía de la sociedad ya por el solo hecho de seguir su propia ley, han sido

siempre al mismo tiempo también mercancías: y en la medida en que hasta el siglo XVIII la protección

de los mecenas ha defendido a los artistas del mercado, éstos se hallaban en cambio sujetos a los mecenas

y a sus fines. La libertad respecto a los fines de la gran obra de arte moderna vive del anonimato del

mercado. Las exigencias del mercado se hallan hoy tan completamente mediadas que el artista, aunque

sea sólo en cierta medida, queda exento de la pretensión determinada. Durante toda la historia burguesa,

la autonomía del arte, simplemente tolerada, se ha visto acompañada por un momento de falsedad

que por último se ha desarrollado, en la liquidación social del arte. Beethoven mortalmente enfermo,

que arroja lejos de sí una novela de Walter Scott exclamando: “¡Este escribe por dinero!”, y al mismo

tiempo, aun en el aprovechamiento de los últimos cuartetos —supremo rechazo al mercado— se revela

como hombre de negocios experto y obstinado, ofrece el ejemplo más grandioso de la unidad de los

opuestos (mercado y autonomía) en el arte burgués. Víctimas de la ideología son justamente aquellos

que ocultan la contradicción, en lugar de acogerla, como Beethoven, en la conciencia de la propia producción:

Beethoven rehizo como música la cólera por el dinero perdido y dedujo el metafísico “Así

debe ser”, que trata de superar estéticamente —asumiéndola sobre sí— la necesidad del mundo, del

pedido del salario mensual por parte de la gobernanta. EL principio de la estética idealista, finalidad sin

fin, es la inversión del esquema al que obedece socialmente el arte burgués: inutilidad para los fines

establecidos por el mercado. Últimamente, en el pedido de distracción y diversión, el fin ha devorado al

reino de la inutilidad. Pero como la instancia de utilizabilidad del arte se convierte en total, empieza a

delinearse una variación en la estructura económica intima de las mercancías culturales. Lo útil que los

hombres esperan de la obra de arte en la sociedad competitiva es justamente en gran medida la existencia

de lo inútil: lo cual no obstante es liquidado en el momento de ser colocado enteramente bajo lo útil.

A1 adecuarse enteramente a la necesidad, la obra de arte defrauda por anticipado a los hombres respecto

a la liberación que debería procurar en cuanto al principio de utilidad. Lo que se podría denominar

1   2   3   4   5


La base de datos está protegida por derechos de autor ©absta.info 2016
enviar mensaje

    Página principal