Marco aurelio



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Conclusión

¿Qué es exactamente lo que perecerá y lo que subsistirá dela civilización actual? ¿En qué condiciones, en qué sentido se desarrollará, después, la historia?

Son cuestiones insolubles. Lo que sabemos de antemano es que la vida será menos inhumana en la medida en que la capacidad individual de pensar y de actuar sea mayor.

La civilización actual de la que, sin duda, nuestros descendientes recogerán en herencia la totalidad, al menos, de sus fragmentos, contiene, lo sentimos demasiado bien, con qué aplastar al hombre; pero contiene también, por lo menos en germen, con qué liberarlo.

Hay en nuestra ciencia, a pesar de todas las oscuridades que ocasiona una especie de nueva escolástica, atisbos admirables, partes limpias y luminosas, pasos del espíritu perfectamente metódicos.

En nuestra técnica también hay gérmenes de liberación del trabajo. Por supuesto no como se cree comúnmente, por parte de las máquinas automáticas; desde el punto de vista puramente técnico, éstas aparecen como adecuadas para descargar a los hombres de lo que el trabajo puede contener de mecánico e inconsciente, pero están, en cambio, indisolublemente vinculadas a una organización de la economía excesivamente centralizada y, por consiguiente, opresora.

Pero otras formas de la máquina-instrumento han dado lugar, sobre todo antes de la guerra, al más hermoso tipo, quizá, de trabajador consciente que ha aparecido en la historia, a saber, el obrero cualificado.

Si, a lo largo de los últimos veinte años, la máquina-instrumento ha adquirido formas cada vez más automáticas, si el trabajo realizado, incluso en máquinas de modelo relativamente antiguo, ha llegado a ser cada vez más mecánico, ello se debe a la creciente concentración de la economía.

¿Quién sabe si una industria dispersa en innumerables pequeñas empresas no suscitaría una evolución inversa de la máquina-instrumento y, paralelamente, formas de trabajo que requerirían aún más conciencia e ingeniosidad que el más cualificado trabajo delas fábricas modernas?

Mucho menos se prohíbe esperar que la electricidad proporcione la forma de energía que convenga a semejante organización industrial.

Dado que, una vez comprendida claramente la situación, nuestra impotencia casi completa respecto a los males presentes nos dispensa de preocuparnos por la actualidad, salvo en los momentos en los que sufrimos directamente su ataque, ¿qué tarea más noble podríamos asumir sino la de preparar metódicamente un futuro así, trabajando en hacer el inventario de la civilización presente?

Es ésta, verdaderamente, una tarea que sobrepasa con mucho las muy restringidas posibilidades de una vida humana; por otra parte, orientarse por este camino es condenarse, con seguridad, a la soledad moral, a la incomprensión, a la hostilidad tanto de los enemigos del orden existente como de sus servidores; en cuanto a las generaciones futuras, nada permite suponer que el azar les permita ni siquiera alcanzar, llegado el caso y a través de las catástrofes que nos separan de ellas, fragmentos de las ideas que podrían elaborar en nuestros días algunos espíritus solitarios.

Sería una locura lamentarse por una situación tal. Jamás ningún pacto con la Providencia ha prometido la eficacia, ni siquiera a los más generosos esfuerzos.

Y cuando se ha resuelto confiar, en uno mismo y en su entorno, sólo en el esfuerzo que tenga su origen y su principio en el pensamiento de quien lo lleva a cabo, sería ridículo desear que una operación mágica obtuviese grandes resultados con las fuerzas ínfimas de las que disponen los individuos aislados.

Por razones similares, nunca un alma firme puede dejarse desviar cuando percibe claramente que debe hacer una cosa, y sólo una. Se trataría, pues, de separar en la civilización actual lo que, por derecho, pertenece al hombre considerado como individuo y lo que, por naturaleza, proporciona a la colectividad armas contra él, buscando los medios de desarrollar los primeros elementos en detrimento de los segundos.

En lo que concierne a la ciencia, no se trata de incrementar la masa, ya demasiado grande, que constituye, sino de hacer el balance que permita al espíritu sacar a la luz lo que le pertenece como propio, lo que está constituido por nociones claras, y dejar a parte lo que es sólo procedimiento automático para coordinar, unificar, resumir o incluso descubrir; hay que intentar reconducir estos mismos procedimientos a la marcha consciente del espíritu; en general y en todas partes donde sea posible, hay que concebir y presentar los resultados como un simple momento en la actividad metódica del pensamiento.

A este efecto, un estudio serio dela historia de las ciencias es, sin duda, indispensable.

En cuanto a la técnica, habría que estudiarla en profundidad, en su historia, en su estado actual y en sus posibilidades de desarrollo, y todo ello desde un punto de vista totalmente nuevo, que no sería ya el del rendimiento sino el de la relación del trabajador con su trabajo.

Finalmente, habría que sacar a la luz la analogía entre la marcha que realiza el pensamiento humano, por una parte, en la vida cotidiana y sobre todo en el trabajo, por otra, en la elaboración metódica de la ciencia. Una serie de reflexiones así orientadas, incluso cuando no llegase a influir en la evolución ulterior de la organización social, no perdería por ello su valor; los destinos futuros de la humanidad no son el único objeto que merece consideración.

Sólo los fanáticos pueden conceder valor a su propia existencia sólo en la medida en que sirve a una causa colectiva; reaccionar contra la subordinación del individuo a la colectividad implica comenzar por rechazar la subordinación del propio destino al curso de la historia.



Para decidirse a semejante esfuerzo de análisis crítico basta con comprender que permitiría a quien lo emprendiese escapar al contagio de la locura y el vértigo colectivo, renovando por su cuenta, por encima del ídolo social, el pacto original del espíritu con el universo.
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