Marco aurelio



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Esbozo de la vida social contemporánea

Es imposible concebir qué pueda ser más contrario a este ideal que la forma que ha tomado en la actualidad la civilización moderna, al término de una evolución de muchos siglos.

Jamás el individuo ha estado tan completamente abandonado a una colectividad ciega y jamás los hombres han sido más incapaces no sólo de someter sus acciones a sus pensamientos, sino, incluso, de pensar.

Los términos de opresores y oprimidos, la noción de clase, todo esto está muy cerca de perder toda significación, mientras son evidentes la impotencia y la angustia de todos los hombres ante la máquina social, convertida en una máquina para destrozarlos corazones, para aplastar los espíritus, una máquina para fabricar la inconsciencia, la necedad, la corrupción, la debilidad y, sobre todo, el vértigo.

La causa de este doloroso estado de cosas es muy clara: vivimos en un mundo donde nada es a la medida del hombre; hay una monstruosa desproporción entre el cuerpo del hombre, su espíritu y las cosas que constituyen actualmente los elementos de la vida humana; todo está desequilibrado.

No hay categoría, grupo o clase de hombres que escape del todo a este desequilibrio devastador, a excepción quizá de algunos islotes de vida más primitiva; los jóvenes que han crecido, que crecen aquí, en el interior de sí mismos reflejan, más que los demás, el caos que los rodea. Este desequilibrio es esencialmente una cuestión de cantidad.

La cantidad se transforma en cualidad, como dijo Hegel, y, en particular, una simple diferencia de cantidad basta para conducir del dominio de lo humano al de lo inhumano.

En abstracto, las cantidades son indiferentes, puesto que se puede cambiar arbitrariamente la unidad de medida; pero, en concreto, ciertas unidades de medida están dadas y han permanecido hasta ahora invariables, por ejemplo, el cuerpo y la vida humana, el año, el día, la rapidez media del pensamiento.

La vida actual no está organizada a la medida de estas cosas; se ha trasladado a un orden de magnitudes completamente distinto, como si el hombre se esforzase en elevarla al nivel de las fuerzas de la naturaleza exterior olvidando tomar en consideración su propia naturaleza.

Si a esto se une que, aparentemente, el régimen económico ha agotado su capacidad de construcción y ha comenzado a no poder funcionar sino minando poco a poco sus bases materiales, se percibirá en toda su simplicidad la verdadera esencia de la miseria sin fondo que constituye la suerte de las actuales generaciones.

En apariencia, casi todo se lleva a cabo metódicamente en nuestros días; la ciencia reina, el maquinismo invade poco a poco todo el ámbito del trabajo, las estadísticas adquieren una importancia creciente y, en una sexta parte del globo, el poder central intenta regular el conjunto de la vida social según sus planes; pero, en realidad, el espíritu metódico desaparece progresivamente, porque cada vez encuentra menos a qué agarrarse.

Las matemáticas constituyen por sí solas un conjunto demasiado amplio y demasiado complejo como para ser abarcado por un espíritu; con mayor razón, la totalidad formada por las matemáticas y las ciencias de la naturaleza y, con mayor razón aún, la que forma la ciencia y sus aplicaciones; por otra parte, todo está demasiado estrechamente ligado como para que el pensamiento pueda captar verdaderamente nociones parciales.

Ahora bien, de todo lo que el individuo acaba siendo incapaz de dominar, se adueña la colectividad.

Así es como la ciencia, desde hace tiempo ya y en una medida cada vez mayor, es una obra colectiva.

En realidad, los resultados nuevos son siempre, de hecho, la obra de hombres concretos, pero, salvo quizá raras excepciones, el valor de un resultado cualquiera depende de un conjunto tan complejo de relaciones con los descubrimientos pasados y con las posibles investigaciones que el espíritu del inventor ni siquiera puede abarcarlos.

Así, la claridad, al acumularse, pasa por enigma, como el vidrio demasiado grueso que deja de ser transparente.

Con más motivo, la vida práctica adquiere progresivamente un carácter colectivo y el individuo como tal es cada vez más insignificante.

El progreso de la técnica y la producción enserie reducen cada vez más a los obreros a un papel pasivo; en una proporción creciente y en una medida cada vez mayor, adoptan una forma de trabajo que les permite llevar a cabo las acciones necesarias sin concebir la relación con el resultado final.

Por otra parte, una empresa ha llegado a ser algo demasiado amplio y demasiado complejo como para que un hombre pueda reconocerse allí plenamente; y además, en todos los ámbitos, los hombres que se encuentran en puestos importantes de la vida social están encargados de asuntos que sobrepasan considerablemente el alcance de un espíritu humano.

En cuanto al conjunto de la vida social, depende de factores, impenetrablemente oscuros cada uno, que se mezclan en relaciones inextricables de modo que a nadie se le ocurriría intentar concebir su mecanismo.

De este modo, la función social más esencialmente vinculada al individuo, la que consiste en coordinar, en dirigir, en decidir, sobrepasa las capacidades individuales y deviene, en cierta medida, colectiva y como anónima.

En la medida en que lo que hay de sistemático en la vida contemporánea escapa al dominio del pensamiento, la regularidad se establece por cosas que constituyen un equivalente de lo que sería el pensamiento colectivo si la colectividad pensase.

La cohesión de la ciencia está asegurada por signos; a saber, por una parte, por palabras o expresiones hechas cuyo uso va más allá de lo que comportarían las nociones que primitivamente encierran, por otra, por los cálculos algebraicos.

Las cosas que asumen las funciones esenciales en el ámbito del trabajo son las máquinas; la cosa que pone en relación producción y consumo, y regula el intercambio de productos, es la moneda.

En fin, allí donde la función de coordinar y dirigir es demasiado pesada para la inteligencia y el pensamiento de un solo hombre, ésta se confía a una máquina ajena, cuyas piezas son hombres, donde los engranajes están constituidos por reglamentos, relaciones y estadísticas, y que se llama organización burocrática.

Todas estas cosas ciegas imitan, hasta el punto de confundirse con él, el esfuerzo del pensamiento.

El simple juego del cálculo algebraico ha conseguido más de una vez lo que se podría llamar una noción nueva, sólo que estas pseudonociones no tienen otro contenido que las relaciones de signos; este mismo cálculo es a menudo maravillosamente adecuado para transformar series de resultados experimentales en leyes, con una facilidad desconcertante que recuerda las transformaciones fantásticas que se ven en los dibujos animados.

Las máquinas automáticas parecen presentar el modelo del trabajador inteligente, fiel, dócil y concienzudo.

En cuanto a la moneda, los economistas han estado persuadidos durante mucho tiempo de que posee la virtud de establecer relaciones armoniosas entre las diversas funciones económicas.

Los mecanismos burocráticos consiguen casi reemplazar a los jefes.

Así, en todos los ámbitos, el pensamiento, patrimonio del individuo, se subordina a vastos mecanismos que cristalizan en la vida colectiva, hasta el punto de que casi se ha perdido el sentido de lo que es el verdadero pensamiento.

Los esfuerzos, los trabajos, las ingeniosidades de los seres de carne y hueso que el tiempo, en oleadas sucesivas, produce, no tienen valor social y eficacia sino a condición de cristalizar, a su vez, en estos grandes mecanismos.

La inversión de la relación entre medios y fines, inversión que, en cierta medida, es la ley de toda sociedad opresora, deviene aquí casi total y se extiende prácticamente a todo.

El sabio no apela a la ciencia con el fin de llegar a ver más claro en su propio pensamiento, sino que aspira a encontrar resultados que puedan aumentarla ciencia constituida.

Las máquinas no funcionan para permitir a los hombres vivir, sino que hay que resignarse a alimentar a los hombres a fin de que ellos sirvan a las máquinas.

El dinero sólo proporciona un procedimiento cómodo para intercambiar productos: es la circulación de las mercancías lo que es un medio para hacer circular el dinero.

En fin, la organización no es un medio para ejercer una actividad colectiva, sino que la actividad de un grupo, es sea el que sea, un medio para reforzar la organización.

Otro aspecto de la misma inversión consiste en el hecho de que los signos, palabras y fórmulas algebraicas en el ámbito del conocimiento, monedas y símbolos de crédito en la vida económica, funcionan como realidades de las que las cosas reales sólo constituyen sombras, exactamente como en el cuento de Andersen, en el que el sabio y su sombra invertían sus papeles, puesto que los signos son la materia de las relaciones sociales, mientras que la percepción de la realidad es algo individual.

Por otra parte, el desposeimiento del individuo en beneficio de la colectividad no es total, ni puede serlo; pero es difícil pensar cómo puede ir más lejos de donde ha llegado. El poder (puissance) y la concentración de armamento ponen todas las vidas humanas a merced del poder (pouvoir) central.

En razón de la formidable magnitud de los intercambios, la mayoría de los hombres sólo puede conseguir la mayor parte de las cosas que consume por medio de la sociedad y a cambio de dinero; los mismos campesinos están hoy sometidos, en buena medida, a esta necesidad de comprar.

Como la gran industria es un régimen de producción colectiva, muchos hombres, para tener en sus manos materia de trabajo, están forzados a pasar por una colectividad que los incorpora y los obliga a tareas más o menos serviles; cuando la colectividad los rechaza, la fuerza y la habilidad de sus manos son inútiles. Incluso los campesinos, que hasta ahora escapaban a esta miserable condición, en una sexta parte del globo han sido recientemente reducidos.

Un estado de cosas tan sofocante suscita aquí y allá reacciones individualistas; el arte, y sobre todo la literatura, llevan las huellas de esto; pero como, en virtud de las condiciones objetivas, esta reacción no puede alcanzar ni el ámbito del pensamiento ni el de la acción, queda encerrada en los juegos de la vida interior o en los de la aventura y los actos gratuitos, es decir, no sale del reino de las sombras; todo lleva a pensar que incluso esta sombra de reacción está abocada a desaparecer casi completamente.

Cuando el hombre es sojuzgado hasta este punto, los juicios de valor no pueden fundarse en ningún ámbito, sino sobre un criterio exterior; no hay en el lenguaje un término tan ajeno al pensamiento como para expresar convenientemente algo tan desprovisto de sentido; se puede decir que este criterio se define por la eficacia, a condición de entender por ello el éxito en el vacío.

Ni siquiera las nociones científicas se aprecian por su contenido, que puede ser totalmente ininteligible, sino por las facilidades que proporcionan de coordinar, compendiar, resumir.

En el ámbito económico se juzga una empresa no por la utilidad real de las funciones sociales que desempeña, sino por la extensión y la rapidez con la que se desarrolla; y así en todo.

El juicio de valor está pues, de algún modo, confiado a las cosas en lugar de estarlo al pensamiento.

Es verdad que la eficacia de cualquier tipo de esfuerzo debe estar siempre controlada por el pensamiento, porque, en general, todo control procede del espíritu; pero éste queda reducido a un papel tan subalterno que se puede decir, para simplificar, que la función de control ha pasado del pensamiento a las cosas.

Pero esta desorbitante complicación de todas las actividades teóricas y prácticas, que ha destronado al pensamiento, cuando se agrava aún más llega, a su vez, a convertir este control, ejercido por las cosas, en defectuoso y casi imposible.

Todo es, entonces, ciego. Así, en el ámbito de la ciencia, la acumulación desmesurada de materiales de todo tipo acaba en un caos tal que parece próximo el momento en el que todo sistema aparecerá como arbitrario.

El caos de la vida económica es aún más evidente. En la ejecución misma del trabajo, la subordinación de esclavos irresponsables a jefes desbordados por la cantidad de cosas a vigilar y, por otra parte, también ellos irresponsables, en buena medida es causa de defectos y de innumerables negligencias; este mal, limitado a las grandes empresas industriales, se ha extendido al campo, allí donde los campesinos son sojuzgados como obreros, es decir, en la Rusia soviética.

La formidable extensión del crédito impide que la moneda juegue su papel regulador en lo que se refiere a los intercambios y a las relaciones entre distintas ramas de la producción; es completamente inútil intentar remediarlo a base de estadísticas.

El incremento paralelo de la especulación acaba por independizar la prosperidad de las empresas de su buen funcionamiento, por el hecho de que cada vez cuentan menos los recursos aportados por la producción frente a la aportación permanente de nuevo capital.

Brevemente, en todos los ámbitos, el éxito ha llegado a ser algo casi arbitrario; cada vez aparece más como obra del puro azar; y como el éxito constituye la única regla en todas las ramas de la actividad humana, nuestra civilización está invadida por un desorden que crece continuamente y arruinada por un despilfarro proporcional al desorden.

Esta transformación se lleva a cabo en el momento mismo en el que las fuentes de beneficios, de las que la economía capitalista ha obtenido antes su desarrollo prodigioso, se vuelven cada vez menos abundantes, en el que las condiciones técnicas del trabajo imponen, por sí mismas, al progreso del equipamiento industrial un ritmo rápidamente decreciente.

Casi sin darnos cuenta se han operado muchos cambios profundos y vivimos un período en el que el eje mismo del sistema social está, por decirlo así, cambiando.

A lo largo del desarrollo del régimen industrial la vida social se ha visto orientada en el sentido de la construcción.

El equipamiento industrial del planeta era el terreno por excelencia en el que se libraba la lucha por el poder.

Hacer crecer una empresa con mayor rapidez que las rivales, mediante sus propios recursos, era, en general, la meta de la actividad económica.

El ahorro erala regla de la vida económica; se restringía al máximo el consumo no sólo de los obreros, sino también de los capitalistas y, en general, todos los gastos dirigidos a algo que no fuese el equipamiento industrial.

Los gobiernos tenían como misión, ante todo, preservar la paz civil e internacional; y los burgueses, el sentimiento de que, para la mayor felicidad de la humanidad, todo continuaría igual indefinidamente; pero no podía ser así.

En nuestros días, la lucha por el poder, mientras conserva, en cierta medida y aparentemente las mismas formas, ha cambiado completamente de naturaleza.

El formidable crecimiento en las empresas de la parte de capital material, comparado con la del trabajo vivo, la rápida disminución de las tasas de beneficios que de aquí deriva, la masa, siempre creciente, de gastos generales, el despilfarro, el derroche, la ausencia de todo elemento regulador que permita ajustar las diversas ramas de la producción, todo impide que la actividad social pueda tener aún como base el desarrollo de la empresa por la transformación del beneficio en capital.

Parece que la lucha económica haya dejado de ser una rivalidad para convertirse en un tipo de guerra.

Ya no se trata tanto de organizar el trabajo como de arrebatar la mayor parte posible de capital disponible, disperso en la sociedad, vendiendo acciones y, a continuación, arrebatar la mayor cantidad posible del dinero, disperso en todas partes, vendiendo productos; a fuerza de especulación y publicidad, todo se juega en el dominio de la opinión y casi de la ficción.

Al ser el crédito la llave de todo éxito económico, el ahorro es reemplazado por los gastos más locos.

El término propiedad ha llegado a estar casi vacío de sentido; para el ambicioso ya no se trata de hacer prosperar un negocio, del que sería propietario, sino de hacer pasar bajo su control el sector más amplio posible de la actividad económica.

En pocas palabras y para caracterizar, de manera por otra parte vaga y sumaria, esta transformación de una oscuridad casi impenetrable: en la lucha por el poder económico, se trata ahora mucho menos de construir que de conquistar; y como la conquista es destructora, el sistema capitalista, aunque en apariencia es más o menos el mismo de hace cincuenta años, se orienta plenamente a la destrucción.

Los medios dela lucha económica (publicidad, lujo, corrupción, inversiones formidables) se apoyan casi totalmente en el crédito, en la circulación de productos inútiles por procedimientos casi violentos, en especulaciones destinadas a arruinar las empresas rivales, y tienden a minar las bases de nuestra vida económica antes que a ampliarlas.

Pero todo esto es poco en comparación con dos fenómenos conexos que comienzan a aparecer claramente y a hacer pesar sobretodos una amenaza trágica: por una parte, el hecho de que el Estado tiende, progresivamente y con una rapidez extraordinaria, a convertirse en el centro de la vida económica y social y, por otra, la subordinación de los factores económicos a los militares.

Si se intenta analizar en detalle estos fenómenos, nos detiene una inextricable confusión de causas y efectos recíprocos; pero la tendencia general es bastante clara.

Es muy natural que el carácter, cada vez más burocrático, de la actividad económica favorezca el progreso del poder del Estado, que es la organización burocrática por excelencia.

La profunda transformación de la lucha económica juega en el mismo sentido; el Estado es incapaz de construir, pero, al concentrar en sus manos los más poderosos medios de coacción, de alguna manera, es inducido por su propio peso a convertirse poco a poco en el elemento central allí donde se trate de conquistar y destruir.

En fin, dado que la extraordinaria complicación de las operaciones de intercambio y de crédito impide, en adelante, que la moneda pueda ser suficiente para coordinar la vida económica, es preciso suplir semejante coordinación; tarde o temprano la organización burocrática central, que es el aparato del Estado, debe verse naturalmente conducida a dirigir esta coordinación.

El eje en torno al cual gira la vida social transformada en este sentido no es otro que la preparación para la guerra.

Desde el momento en que la lucha por el poder tiene lugar por la conquista y la destrucción, dicho de otro modo, por una guerra económica difusa, no es de extrañar que la guerra, propiamente hablando, pase a un primer plano.

Ahora bien, como la guerra es la forma propia de la lucha por el poder (puissance}, cuando los competidores son los Estados, todo progreso en la confiscación dela vida económica por parte del Estado tiene como efecto el orientar la vida industrial, en mayor medida aún, a la preparación de la guerra; mientras, recíprocamente, las exigencias, cada vez mayores, de esta preparación contribuyen a someter, cada día más, el conjunto de las actividades económicas y sociales de cada país a la autoridad del poder central.

Se ve con bastante claridad que la humanidad contemporánea tiende, un poco por todas partes, a una forma totalitaria de organización social, por emplear el término que los nacionalsocialistas han puesto de moda, es decir, a un régimen en el que el poder del Estado decidiría soberanamente en todos los ámbitos, incluso y sobretodo en el del pensamiento.

Rusia, para desgracia del pueblo ruso, ofrece un ejemplo casi perfecto de un régimen así, al que los demás países sólo podrán acercarse si se dan alteraciones análogas a las de octubre de 1917; pero parece inevitable que todos se acerquen, más o menos, a lo largo de los próximos años.

Esta evolución no hará sino dar al desorden una forma burocrática y acrecentar aún la incoherencia, el despilfarro, la miseria.

Las guerras ocasionarán un consumo insensato de materias primas y de maquinaria, así como una loca destrucción de los bienes, de todo tipo, que nos han legado las generaciones precedentes.

Cuando el caos y la destrucción hayan llegado al límite a partir del cual incluso el funcionamiento de la organización económica y social se hace materialmente imposible, nuestra civilización perecerá; la humanidad, al regresar a un nivel de vida más o menos primitivo y a una vida social dispersa en colectividades mucho más pequeñas, partirá de nuevo por un camino que nos es absolutamente imposible prever.

Imaginar que se puede desviar la historia en una dirección diferente transformando el régimen a base de reformas o revoluciones, esperar la salvación de una acción defensiva u ofensiva contra la tiranía y el militarismo, es soñar despierto.

No hay nada en lo que apoyar siquiera una simple tentativa.

La fórmula de Marx, según la cual el régimen engendraría sus propios sepultureros, recibe todos los días crueles desmentidos; y uno se pregunta, por otra parte, cómo Marx pudo creer que la esclavitud pudiese formar hombres libres.

Todavía nunca en la historia un régimen de esclavitud ha caído golpeado por los esclavos.

La verdad es que, según una fórmula célebre, la esclavitud envilece al hombre hasta hacerse amar por él; la libertad sólo es preciosa a los ojos de quienes la poseen efectivamente y un régimen totalmente inhumano, como lo es el nuestro, lejos de forjar seres capaces de edificar una sociedad humana, modela a su imagen a todos aquellos que le están sometidos, tanto a los oprimidos como a los opresores.

En todas partes, en diferente grado, la imposibilidad de establecer una relación entre lo que se da y lo que se recibe ha matado el sentido del trabajo bien hecho y el sentimiento de la responsabilidad, ha suscitado la pasividad, el abandono, la costumbre de esperarlo todo de fuera, la creencia en los milagros.

Incluso en el campo, el sentimiento de una unión profunda entre la tierra que alimenta al hombre y el hombre que la trabaja se ha borrado con el gusto por la especulación y las variaciones imprevisibles de monedas y precios han acostumbrado a los campesinos a volver su mirada a la ciudad.

El obrero no tiene conciencia de ganarse la vida produciendo; simplemente, la empresa lo esclaviza a diario durante largas horas y le concede, cada semana, una suma de dinero que le da el poder mágico de hacer surgir productos fabricados, en un momento, exactamente como hacen los ricos.

La presencia de innumerables parados, la cruel necesidad de mendigar un puesto de trabajo hacen aparecer el salario menos como salario que como limosna; los mismos parados, por más que sean parásitos involuntarios y, por otra parte, miserables, no dejan de ser parásitos.

En general, la relación entre el trabajo proporcionado y el dinero recibido es tan difícilmente comprensible que casi aparece como contingente, de tal manera que el trabajo se presenta como esclavitud y el dinero como favor.

Se ha atacado a los llamados medios dirigentes por su pasividad, igual que a los demás, por el hecho de que, al estar desbordados por un océano de problemas inextricables, con el tiempo han renunciado a dirigir.

En vano se buscará, más arriba o más abajo en la escala social, un medio humano en el que pudiese germinar un día la idea de que podría, si llega el caso, tener que tomaren sus manos los destinos de la sociedad; las declamaciones de los fascistas son sólo una ilusión al respecto, pero están vacías.

Como sucede siempre, la confusión mental y la pasividad dejan campo libre a la imaginación.

En todas partes obsesiona una representación de la vida social que, aunque difiere notablemente de un medio a otro, está siempre hecha de misterios, cualidades ocultas, mitos, ídolos, monstruos; cada uno cree que el poder reside misteriosamente en medios a los que no tiene acceso, porque casi nadie comprende que no reside en ningún sitio, de manera que, en todas partes, el sentimiento dominante es ese miedo vertiginoso que produce siempre la pérdida de contacto con la realidad.

Cada medio aparece desde fuera como un objeto de pesadilla: en los que dependen del movimiento obrero, los sueños están frecuentados por monstruos mitológicos que se llaman Finanzas, Industria, Bolsa, Banca y otros; los burgueses sueñan otros monstruosa los que llaman cabecillas, agitadores, demagogos; los políticos consideran a los capitalistas como seres sobrenaturales que, sólo ellos, poseen la llave de la situación, y al revés; cada pueblo ve a los pueblos que tiene enfrente como monstruos colectivos animados por una perversidad diabólica.

Este tema se podría desarrollar hasta el infinito.

En semejante situación cualquier zoquete puede ser visto como rey y ocupar este lugar, en cierta medida, gracias a esa creencia; esto es así no sólo respecto a los individuos, sino también respecto a los medios dirigentes.

Nada más fácil que difundir un mito cualquiera a través de una población.

No hay que extrañarse, pues, de la aparición, sin precedente en la historia, de regímenes «totalitarios».

Se dice a menudo que la fuerza es incapaz de doblegar el pensamiento, pero, para que sea verdad, es necesario que haya pensamiento.

Allí donde las opiniones irracionales sustituyen a las ideas, la fuerza lo puede todo.

Es muy injusto, por ejemplo, decir que el fascismo aniquila el pensamiento; en realidad, es la ausencia de pensamiento libre lo que permite la imposición por la fuerza de doctrinas oficiales enteramente desprovistas de significación.

Verdaderamente, un régimen así acaba acrecentando el embrutecimiento general y hay pocas esperanzas para las generaciones que crecen en las condiciones que suscita.

En la actualidad, cualquier intento de embrutecer a los seres humanos encuentra a su disposición poderosos medios.

En cambio, aún disponiendo de la mejor de las tribunas, hay algo imposible: difundir ampliamente ideas claras, razonamientos correctos, perspectivas razonables.

No hay que esperar auxilio de los hombres; los hombres, incluso en otras circunstancias, no estarían menos vencidos de antemano por el poder (puissance) de las cosas.

La sociedad actual no proporciona otros medios que las máquinas para aplastar a la humanidad; sean cuales sean las intenciones de los que las tienen en sus manos, estas máquinas aplastan y aplastarán mientras existan.

Con los presidios industriales que son las grandes fábricas sólo es posible fabricar esclavos, pero no trabajadores libres, y menos aún trabajadores que constituyan una clase dominante.

Con cañones, aviones y bombas, se puede extender la muerte, el terror, la opresión, pero no la vida ni la libertad.

Con las máscaras antigás, los refugios, las alertas, se pueden forjar miserables tropas de seres enloquecidos, dispuestos a ceder a los terrores más insensatos y a acoger con reconocimiento las más humillantes tiranías, pero no ciudadanos.

Con la gran prensa y la T.S.F. se pueden hacer tragar, con el desayuno o la comida de la tarde, opiniones hechas y, por eso mismo, absurdas, ya que incluso los puntos de vista razonables se deforman y se tornan falsos en el espíritu que los recibe sin reflexión; pero no se puede con estas cosas suscitar ni siquiera un atisbo de pensamiento.

Sin fábricas, sin armas, sin gran prensa, no se puede nada contra quienes poseen todo esto. Así sucede con todo.

Los medios poderosos son opresores, los medios débiles, inoperantes. Siempre que los oprimidos han querido constituir agrupaciones capaces de ejercer una influencia real, estas agrupaciones, llámense partidos o sindicatos, han reproducido íntegramente en su seno todas las taras del régimen que pretendían reformar o abatir, a saber, la organización burocrática, la inversión de la relación entre los medios y los fines, el desprecio del individuo, la separación entre el pensamiento y la acción, el carácter mecánico del pensamiento mismo, la utilización del embrutecimiento y de la mentira como medios de propaganda, y así sucesivamente.

La única posibilidad de salvación consistiría en una cooperación metódica de todos, poderosos y débiles, con vistas a una progresiva descentralización de la vida social; pero el absurdo de semejante idea salta inmediatamente a la vista.

Tal cooperación no puede ni imaginarse en sueños en una civilización que descansa en la rivalidad, en la lucha, en la guerra.

Al margen de una cooperación así es imposible detener la tendencia ciega de la máquina social hacia una centralización creciente, hasta que la máquina misma se bloquee brutalmente y vuele en pedazos.

¿Qué peso pueden tener los anhelos y las voces de quienes no están en los puestos de mando, cuando, reducidos a la más trágica impotencia, son simples juguetes de fuerzas ciegas y brutales?

En cuanto a los que poseen un poder (pouvoir) económico o político, acosados como están, continuamente, por las ambiciones rivales y los poderes (puissances) hostiles, no pueden trabajar en debilitar su propio poder sin condenarse, casi con toda seguridad, a ser desposeídos; cuanto más animados se sientan por buenas intenciones, más impulsados estarán, a su pesar, a extender su poder con el fin de extender su capacidad de hacer el bien, lo que equivale a oprimir con la esperanza de liberar, como hizo Lenin.

Con toda evidencia es imposible que la descentralización parta del poder central; en la misma medida en que el poder central se ejerce, todo lo demás queda subordinado.

En general, la idea del despotismo ilustrado, que siempre ha tenido un carácter utópico, es hoy totalmente absurda.

En presencia de problemas cuya variedad y complejidad sobrepasan infinitamente tanto a los grandes como a los pequeños espíritus, ningún déspota en el mundo puede ser ilustrado.

Si algunos hombres pueden esperar, a fuerza de reflexiones honestas y metódicas, percibir algún vislumbre en esta impenetrable oscuridad, ciertamente no es éste el caso para quienes las preocupaciones y responsabilidades del poder privan a la vez de ocio y de libertad de espíritu.

En una situación así, ¿qué pueden hacer los que se obstinan aún, frente y contra todo, en respetar la dignidad humana en ellos mismos y en los otros?

Nada, salvo esforzarse en poner un poco de juego en el engranaje de la máquina que nos tritura; captar, donde puedan, todas las ocasiones de despertar un poco el pensamiento; favorecer todo lo que es susceptible en el ámbito de la política, de la economía o de la técnica de dejar aquí y allá al individuo una cierta libertad de movimiento en el interior de las ataduras con las que le rodea la organización social.

Esto es algo, es cierto, pero no va demasiado lejos. En general, la situación en la que estamos es muy semejante a la de los viajeros, totalmente inconscientes, en un automóvil lanzado a toda velocidad a través de un país accidentado.

¿Cuándo se producirá la fractura después de la cual puede plantearse el intento de construir algo nuevo?

Éste es un asunto quizá de decenas de años, tal vez de siglos. Ningún dato permite determinar un plazo probable.

Parece, sin embargo, que los recursos materiales de nuestra civilización no corren el riesgo de agotarse a corto plazo, incluso teniendo en cuenta las guerras; por otra parte, como la centralización, aboliendo toda iniciativa individual y toda vida local, destruye con su misma existencia todo lo que podría servir de base a una organización diferente, se puede suponer que el actual sistema subsistirá hasta el límite extremo de sus posibilidades.

En resumidas cuentas, parece razonable pensar que las generaciones que presencien el hundimiento del régimen actual están todavía por nacer.

En cuanto a las generaciones actuales, son ellas quizá, de todas las que se han sucedido a lo largo de la historia humana, las que habrán tenido que soportar el mayor número de responsabilidades imaginarias y el menor de responsabilidades reales.

Esta situación, una vez que se ha comprendido plenamente, deja una maravillosa libertad de espíritu.


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