María, espejo de la Iglesia Raniero Cantalamessa Indice



Descargar 0,55 Mb.
Página1/11
Fecha de conversión01.02.2017
Tamaño0,55 Mb.
  1   2   3   4   5   6   7   8   9   10   11

María, espejo de la Iglesia


Raniero Cantalamessa

Indice


María, espejo de la Iglesia 1

Indice 1


Introduccion. María, carta escrita de puño y letra por el Dios vivo 2

A. María, espejo de la Iglesia en la encarnación 5

1. «Llena de gracia». María guía a la Iglesia al redescubrimiento de la gracia de Dios 5

1. Por gracia de Dios soy lo que soy 5

2. Qué es la gracia 6

3. «Por gracia habéis sido salvados» 6

4. ¡Sólo nos interesa la totalidad! 8

5. La hermosura de la hija del rey 9

8. Santa María de la Gracia 10

2. «¡Bienaventurada la que ha creído!» 11

2. Sola con Dios 12

3. Un sí nupcial 13

4. Tras las huellas de María 13

5. ¡Creamos también nosotros! 15

6. «El justo vivirá por la fe» 15

3. «Concebirás darás a luz un hijo» 16

María, Madre de Dios 16

1. «Si alguno no cree que María es la Madre de Dios...»: una visión histórica de la formación del dogma 16

La maternidad «física» de María: época anti-gnóstica 16

La maternidad «metafísica» de María: época de las grandes controversias cristológicas 17

La maternidad «espiritual» de María: la aportación de Occidente 17

2. «¡Hija de tu Hijo!»: una contemplación de la Madre de Dios 17

3. Madres de Cristo: la imitación de la Madre de Dios 18

4. Cómo concebir y dar a luz de nuevo a Cristo 19

5. Las dos fiestas del Niño Jesús 20

B. María espejo de la Iglesia en el misterio pascual 20

4. «¿Qué tengo yo contigo, mujer?» 20

María nos enseña la negación de sí mismo 20

1. Con lo que padeció experimentó la obediencia 21

2. María durante la vida pública de Jesús 21

3. «Si el grano de trigo no muere» 22

4. María, díscípula de Cristo 22

5. «Si alguno quiere venir en pos de mí...» 23

5. «Junto a la Cruz de Jesús estaba María, su Madre» 24

María, Madre de la Esperanza 24

5. «Esperó contra toda esperanza» 29

6. Cómplices de la niña Esperanza 29

6. «Mujer, ahí tienes a tu hijo» 32

María, Madre de los creyentes 32

1. «Que cada cual ponga al servicio de los demás la gracia que ha recibido» 32

2. «Todos hemos nacido allí» 32

3. La síntesis mariana del concilio Vaticano II 33

4. María, Madre de los creyentes, en una perspectiva ecuménica 35

5. «Y desde aquella hora el discípulo la acogió en su casa» 38

C. María, espejo de la Iglesia en Pentecostés 40

7. «Persevaraban en la oración con María la madre de Jesús» 40

1. María durante y después de Pentecostés 41

2. Orar para obtener el Espíritu Santo 44

3. Perseverantes en la oración 45

4. La oración continua 47

5. Cuando la oración se convierte en fatiga y agonía 48

6. La oración violenta 50

8. «El Espíritu Santo descenderá sobre ti». María, la primera pentecostal y carismática de la Iglesia 51

1. El despertar del Espíritu 51

2. María y el Espíritu Santo, en el Evangelio de Lucas 52

3. María, la primera carísmática de la Iglesia 53

4. María, fígura de una Iglesia pneumática carismática 54

5. «El que da, hágalo con sencillez» 56

9. «E inclinando la cabeza, entregó el espíritu» 57

1. El Pentecostés joanneo 57

2. «Y al instante salió sangre y agua» 58

3. El Espíritu que da la vida 59

4. María, la amiga de Dios 59

5. Amarás al Señor tu Dios 60

Epílogo 61

10. «Mi espíritu se alegra en Dios» 61

María, en la gloria, prenda segura de esperanza para la Iglesia 61

Introduccion. María, carta escrita de puño y letra por el Dios vivo


Este libro sobre la Virgen está estrechamente vinculado a otro libro mío anterior, titulado La vida en el Señorío de Cristo y, en cierto sentido, es su complemento. En él quise trazar un camino de renovación espiritual y de reevangelización, siguiendo como guía la carta de san Pablo a los Romanos. Y es también, precisa­mente, el apóstol Pablo quien nos revela la existencia de una carta de otro tipo: una carta —dice— «escrita no con tinta, sino con el Espíritu de Dios vivo; no en tablas de piedra, sino en tablas de carne». Esta carta, «conocida y leída por todos los hombres», es la comunidad misma de Corinto, es decir, la Iglesia en cuanto que ella ha acogido la Palabra de Dios y vive de ella (cfir. 2 Co 3, 2-3).

En este sentido, también María es carta de Dios en cuanto que ella forma parte de la Iglesia. Aún más, ella lo es en un sentido único y particular, porque no sólo es un miembro de la Iglesia como los demás, sino que es la figura misma de la Iglesia, o la Iglesia en su estado naciente. Ella es verdaderamente una carta escrita no con tinta sino con el Espíritu de Dios vivo, no en tablas de piedra, como la antigua ley, ni en pergamino o papiro, sino en esa tabla de carne que es su corazón de creyente y de madre. Una carta que todos pueden leer y comprender, tanto los sabios como los ignorantes. La Tradición ha recogido este pensamiento, hablando de María como si se tratase de «una tablilla encerada», sobre la cual Dios ha podido escribir con libertad todo aquello que ha querido (Orígenes); como si fuera «un libro grande y nue­vo» en el que sólo el Espíritu Santo ha escrito (san Epifanio); o como «el volumen en donde el Padre escribió su Palabra» (Litur­gia Bizantina).

Quisiéramos leer esta carta de Dios con un objetivo práctico y «edificante»: el de trazar un camino de santificación, todo él modelado sobre la figura de la Madre de Dios. No se trata, pues, ni de un tratado de mariología, ni de conferencias sobre María, sino de un camino de escucha y de obediencia a la Palabra tras las huellas de la Madre de Dios. En efecto, creemos que María puede decimos a todos nosotros lo que el apóstol decía a los fie­les de Corinto: Sed imitadores míos, como yo lo soy de Cristo (1 Co 11, 1).

En el Nuevo Testamento no se habla muy a menudo de María; sin embargo, si prestamos atención, vemos que ella no está ausente en ninguno de los tres momentos constitutivos del misterio cristiano, que son: la Encarnación, cuando se constituye la persona misma del Redentor, Dios y hombre; el Misterio Pas­cual, cuando esta persona realiza la obra de la redención, destru­yendo el pecado y renovando la vida; y Pentecostés, cuando se nos da el Espíritu Santo que hará operante y actual esta salva­ción en la Iglesia. María estuvo presente —decía— en cada uno de estos tres momentos. Estuvo presente en la Encamación por­que es en ella donde tuvo lugar; su seno —decían los Padres de la Iglesia— fue el «telar» o el «laboratorio» donde el Espíritu Santo tejió su veste humana, el «tálamo» donde Dios se unió al hombre. Estuvo presente en el Misterio Pascual, porque está escrito que, «junto a la cmz de Jesús estaba María, su madre» (cfr. Jn 19, 25). Y estuvo presente en Pentecostés, porque está escrito que los apóstoles eran «asiduos y concordes en la oración con María, la madre de Jesús» (cfr, Hch 1, 14). Seguir a María en cada una de estas tres etapas fundamentales, nos ayuda tam­bién a seguir a Cristo de una forma concreta y decidida, para revivir la totalidad de su misterio.

Para realizar esto, necesariamente debemos abordar casi todos los principales problemas exegéticos y teológicos en torno a María, y es preciso explicar inmediatamente cuáles son los crite­rios con que lo hago en este libro. Las líneas maestras son las tra­zadas por el concilio Vaticano II en el capítulo referente a María de la Constitución Lumen gentium. En este texto se habla de María con dos categorías fundamentales, la de madre y la de figura: María, madre de Cristo y figura de la Iglesia. Esta pers­pectiva que introduce a María en el discurso sobre la Iglesia se integra aquí con otra perspectiva que trata de leer la vida de María también a la luz de aquello que el concilio dice de la Pala­bra de Dios en la Dei Verbum. María es, ante todo, un capítulo de la Palabra de Dios. De ella se habla en los libros canónicos del Nuevo Testamento; su lugar primordial es la revelación, es decir, la Sagrada Escritura.

El concilio resalta un principio bien conocido de la Revela­ción: ésta «se realiza por obras y palabras» Dios —decía san Gregorio Magno— «a veces nos exhorta con palabras, otras veces, en cambio, con hechos». Encontramos ya en los profetas acciones simbólicas mudas, cargadas de un profundo significado para la historia de la salvación y, además, hay en la Biblia vidas y personas que son todas ellas, en sí mismas, proféticas y ejempla­res, como por ejemplo la de Abraham. Éstas interesan no sólo por lo que dicen, sino por lo que hacen y por lo que son. De tal forma, el profeta se convierte en un signo premonitor de lo que le sucederá al pueblo; o en figura y modelo de lo que éste tendrá que hacer: «Ezequiel será un símbolo para vosotros...» (cfr. Ez 12, 11). María participa de este carácter; ella es palabra de Dios no sólo por lo que dice en la Escritura, o por lo que se dice de ella, sino también por lo que hace y por lo que es. El mero hecho de estar presente al pie de la cruz es un signo muy denso de significado.

Hay una notable ventaja al considerar así a María en este lugar primordial, o Sitz im Leben, que es la Escritura; y partir de ella, guiados por la Tradición, para cualquier ulterior proftindización. En efecto, ha llegado el momento de no hacer ya de María un argumento de discusión y de división entre los cristianos, sino un motivo de unidad y de fraternidad entre ellos. María aparece ante nosotros como el signo de una Iglesia que todavía no está dividi­da, ni siquiera en Iglesia de los judíos e Iglesia de los gentiles, y por esta razón aparece como la más fuerte llamada a la unidad. Esta perspectiva ecuménica que perseguimos en estas páginas es grandemente favorecida por la visión de María a partir de la Biblia, en lugar de partir de principios formales, de tesis teológi­cas o de los mismos dogmas. Los dogmas han nacido para explicar la Biblia, y no al contrario. Son el exponente, no la base. Cuando el dogma es la base y la Escritura el exponente, se pone al principio la afirmación dogmática y se trata después de demos­trarla con frases sacadas de la Biblia —a menudo fuera de contexto y con una función subordinada— como prueba «ex Scriptura». Cuando la Escritura es la base, se parte de la Palabra de Dios, y, al explicar su significado, se llega al dogma como a la interpretación auténtica que la Iglesia ha dado de ella. Se sigue el camino que dicha verdad ha seguido para llegar hasta nosotros, y no el camino contrario.

Una de las sospechas —no siempre injustificadas— que ha tenido a los hermanos protestantes lejos de María, ha sido la duda de que, al hablar de ella y exaltar su función, en realidad la Igle­sia estuviera hablando de sí misma y exaltándose a sí misma. Cuando leemos la vida de María a la luz de la Palabra de Dios, esta sospecha ya no tiene razón de ser: con María, no es la Iglesia la que habla de sí misma, sino que es Dios el que habla a la Igle­sia. Ésta es la convicción con la que afrontamos nuestro itinerario de conversión y de santificación tras las huellas de María: es Dios quien habla a la Iglesia y a cada uno de nosotros, a través de María; ella es una palabra de Dios, y una palabra fecunda. De María —y solamente de ella— se puede decir, en sentido real y no sólo figurado, que está «grávida de la Palabra». Ella es una palabra de Dios fecunda también en el sentido de que las pocas palabras y los pocos pasajes que nos hablan de ella en los Evan­gelios, son extraordinariamente densos de significado y están car­gados de resonancias. A ella se le podría aplicar, en sentido analógico, la categoría de «palabra que se ve» (verbum visibile) que san Agustín usa para el signo sacramental: una palabra encar­nada. Precisamente por esto, como veremos, su guía es tan prác­tica para nosotros y tan cercana para nuestra vida. De ella se puede decir lo que se lee de la Palabra de Dios en general: «No está en el cielo, no vale decir: ¿Quién de nosotros subirá al cielo y nos la traerá…? Ni está más allá del mar. La palabra está muy cerca de ti» (cfr. Dt 30, 12-14).

Tratamos de iluminar la persona y el lugar que ocupa María en la historia de la salvación con el llamado criterio de la analo­gía desde abajo. Este criterio consiste en tratar de precisar la fun­ción de María partiendo no desde arriba —desde las Personas de la Santísima Trinidad o de Cristo— aplicando después todo ello a María por reducción, sino más bien lo contrario; se trata de par­tir desde abajo —de acontecimientos y de figuras de la historia de la salvación, y de las realidades que forman parte de la Igle­sia—, para aplicar después todo ello, con más razón, a María. Pero este principio resultará más claro después que lo hayamos visto aplicado concretamente en el curso de nuestro itinerario.

La aplicación del término «figura de la Iglesia» a María, nos servirá como una especie de cremallera para pasar de las conside­raciones sobre María a aquéllas sobre la Iglesia. Este término, utilizado ya por los Padres de la Iglesia y recogido por el concilio Vaticano II, indica esencialmente dos cosas: algo que está detrás de nosotros, como principio y primicia -o, incluso como arqueti­po de la Iglesia-; y, al mismo tiempo, algo que está delante de nosotros como modelo y ejemplar perfecto que debe ser imitado. Se trata de una categoría que no es desconocida para el mundo protestante y que presenta, por esta razón, un notable valor ecu­ménico. En efecto, en un discurso del 1522 para el día de Navi­dad, comentando Lucas 2, 19 («María guardaba todas estas cosas, y las meditaba en su corazón»), escribe Lutero: «María es la Igle­sia cristiana... Ahora la Iglesia cristiana conserva todas estas cosas en su corazón, es decir, las confronta entre ellas y con la Escritura». También para él, María que conserva la Palabra de Dios, es figura de la Iglesia.

En lugar del término «figura» he preferido utilizar, en el título y en otros lugares, el término «espejo» porque puede ser com­prendido más fácilmente por todos, ya que está menos ligado a un cierto lenguaje técnico de la exégesis bíblica y, además, porque es más sugerente y capaz de mostrar plásticamente la idea que se quiere expresar. Aunque el significado es el mismo en ambos tér­minos. María es espejo de la Iglesia en un doble sentido: primero, porque refleja la luz que ella misma recibe, como le sucede a un espejo con la luz del sol; segundo, porque es tal que en ella la Iglesia puede y debe «reflejarse», es decir, debe mirarse y con­frontarse para hacerse hermosa a los ojos de su celeste Esposo. También en este caso no hacemos más que aplicar a María, de una forma más particular, aquello que se dice en general de la Palabra de Dios, o sea, que ésta es un «espejo» (cfr. St 1, 23).

En términos concretos, decir que María es figura o espejo de la Iglesia quiere decir que después de haber considerado una palabra, una actitud o un acontecimiento de la vida de Nuestra Señora, nos preguntaremos inmediatamente: ¿Qué significa esto para la Iglesia y para cada uno de nosotros? ¿Qué debemos hacer para poner en práctica lo que el Espíritu Santo ha querido comunicamos a través de María? La respuesta más válida por nuestra parte no se ve tanto en la devoción a María, sino en la imitación de María. Será, pues, un itinerario muy sencillo y muy práctico; una especie de ejercicios espirituales dirigidos por María. «Ejer­cicios», porque cada meditación nos pondrá ante algo que debe­mos hacer y ejercitar, no sólo entender. De la Palabra de Dios como «espejo», nos dice Santiago: Porque si alguno se contenta con oír la Palabra sin ponerla por obra, ése se parece al que contempla su imagen en un espejo: se contempla, pero, dando media vuelta, se olvida de cómo es. En cambio el que considera atentamente la Ley perfecta de la libertad y se mantiene firme, no como oyente olvidadizo sino como cumplidor de ella, ése, practicándola, será feliz (St 1, 23-25). Lo mismo habría que decir de esta palabra, o «carta» especial de Dios que es María.

Al leer esta carta de Dios nos ayudaremos frecuentemente —además de la Biblia, de los Padres, de la Tradición y de la Teo­logía— también de los poetas y, en particular, de algunos de ellos que han cantado a los misterios de nuestra fe; que han hablado de Dios. ¿Y esto por qué?, ¿ya no hay peligro, hablando de María, de caer en la fantasía y en el sentimentalismo? La razón es senci­lla: se trata de reavivar y de hacer «hablar» a algunas verdades de fe y títulos dogmáticos de la Iglesia antigua, a menudo gastados por un uso excesivo. Todas esas cosas —decía el filósofo Kierkegaard— se asemejan a caballeros gallardos y damas hermosas que duermen un sueño profundo en un castillo encantado. Es necesario reavivarlas para que se pongan en pie con toda su glo­ria, y esto nadie lo sabe hacer mejor que los poetas. Tal vez los poetas verdaderos sean, también ellos, una especie de profetas que hablan por inspiración. Hoy sentimos urgente necesidad de aliento de vida y de inspiración para no caer, al hablar de las cosas de la fe y al explicar la Escritura, en un árido virtuosismo filológico o en una especulación muerta. También la filosofía moderna ha intuido esta necesidad. Heidegger, después de haber luchado en váno por aferrar el ser de las cosas, en un cierto momento de su vida, dejó a mitad este proyecto y dirigió toda su atención a los poetas, diciendo que es en ellos donde el ser se muestra furtivamente. Éste es un punto que debería considerarse seriamente también entre nosotros, los teólogos. En la teología se han acogido todo tipo de sugerencias de este filósofo, excepto ésta que, quizá, era la más fecunda, ya que está abierta a la doc­trina cristiana de la gracia.

Al escribir estas páginas, me ha sido de gran ayuda contem­plar alguno de los iconos de la Madre de Dios en los cuales me parecía que ya estaba escrito, y de una forma infinitamente mejor, todo aquello que de ella iba diciendo. He querido introducir en el libro alguno de estos iconos que hacen presente a María, ante nuestro espíritu y nuestros ojos, en esos tres momentos de los que ya hemos hablado: la Encamación, el Misterio Pascual y Pente­costés; con la esperanza de que el hecho de contemplarlos nos ayude a leer mejor esta maravillosa carta que es María: carta escrita por el Espíritu de Dios.

Pero está claro que la mayor ayuda no vendrá de los poetas o de los pintores de iconos, sino del Espíritu Santo que ha «escrito» en María la Palabra y que ha hecho de ella misma una palabra de Dios para la Iglesia. También María, como parte de la Palabra de Dios, está simbolizada en aquel libro «escrito por el anverso y el reverso, sellado con siete sellos» (cfr. Ap 5, 1). Sólo el Cordero es capaz de romper los sellos por medio de su Espíritu, revelando su sentido a quien él lo quiera revelar.

Iniciamos la lectura de esta palabra de Dios que es María con esta esperanza y con esta oración: que Dios se digne desvelamos «lo que el Espíritu dice hoy a las Iglesias» por medio de la Virgen María, Madre de Dios.


  1   2   3   4   5   6   7   8   9   10   11


La base de datos está protegida por derechos de autor ©absta.info 2016
enviar mensaje

    Página principal