Manuel Vázquez Montalbán



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Manuel Vázquez Montalbán

El premio



Planeta





Todos los derechos reservados.
Este ejemplar sólo puede ser vendido conjuntamente con la edición del periódico.
© Manuel Vázquez Montalbán, 1996

© Ediciones Planeta, S.A., 1997

© De esta edición Editorial Planeta, S.A., 2001
Proyecto gráfico y diseño de cubierta:

Ferran Cartes / Montse Plass
Fotografía de la cubierta:

G.V.P. © Age Fotostock
ISBN 84-08-04063-4

Depósito legal: NA-1613-2001

Impresor: Rodesa

Impreso en España



Ouroboros, según Evola, es la disolución de los cuerpos: la serpiente universal que, según los gnósticos, camina a través de todas las cosas. Veneno, víbora, disolvente universal, son sím­bolos de lo indiferenciado, del «principio inva­riante» o común que pasa entre todas las cosas y las liga.

(Diccionario de símbolos,

Juan Eduardo Cirlot)

Letraheridos. Catalanismo derivado de lletrafe-rits: dícese de las personas obsesionadas por la li­teratura hasta el punto de sufrirla morbosamen­te como una herida de la que no desean sanar.

Era inevitable, e inevitado por buena parte de los asistentes, pasar el filtro de periodistas más o me­nos especializados en premios literarios, merodean­tes en torno a críticos y subcríticos establecidos que habían acudido al reclamo para gozar la sen­sación de que no eran como los demás y podían asistir a la concesión del Premio Venice-Fundación Lázaro Conesal, cien millones de pesetas, el más rico de la literatura europea, a pesar del desdén que siempre les había merecido la relación entre el mucho dinero y la literatura, obviando a un sesen­ta por ciento de los mejores escritores de la Histo­ria, pertenecientes a familias potentadas, cuando no oligárquicas. Las cámaras de todas las televisio­nes habían seguido la entrada de los personajes más conocidos, bien porque las caras les fueran fa­miliares, bien bajo las órdenes del jefe de expedi­ción experto en el quién era quién. Pero luego se habían aplicado a describir el marco, ávidas de re­flejar la exhibición de «... un diseño lúdico que ex­presa la imposible relación metafísica entre el ob­jeto y su función», según explicaban los folletos propagandísticos del hotel. El comedor de gala del hotel Venice reunía todo el muestrario del diseño de vanguardia que había conseguido dar a las me­sas un aspecto de huevo frito con poco aceite y a los asientos el de sillas eléctricas accionadas por energía solar como una concesión a la irreversible sensibilidad ecologista. La luminosidad emergía de la yema del supuesto huevo frito, acompaña­do de la guarnición de alcachofas, zanahorias, pue­rros, cebollas, vegetales silueteados que colgaban de techos y paredes según el diseño de un niño poco amante de las hortalizas. Lázaro Conesal, propie­tario del hotel y de buena parte de los allí congre­gados, había encargado el diseño del Venice al ala dura de los discípulos de Mariscal, capaces de su­perponer a la poética de los sueños peterpanescos de Mariscal el desafío sistemático a la grosería funcional del objeto. Bastante libertad de iniciati­va se había dado a la naturaleza antes de que na­ciera el diseño, y así eran como eran las manzanas y los escarabajos, subdiseños creados por una ne­fasta evolución de las especies en la que no había podido intervenir ningún diseñador. A Lázaro Co­nesal le habían hecho mucha gracia estas teorías, desde la creencia firme de que la teoría no suele hacer daño a casi nadie, otra cosa son los teóricos, pero los teóricos de los objetos no suelen ser peli­grosos.

—Me apunto a la subversión de los imaginarios —le había declarado a Marga Segurola cuando le hizo una entrevista para El Europeo.

—¿Y a las otras subversiones?

—Ah. Pero ¿hay otras?

Marga Segurola multiplicaba ahora sus piernas cortas de ciempiés de sólo dos patas para acercar su sonrisa cínica y su lengua bífida a los escritores que llegaban bajo sospecha de haberse presentado al premio con seudónimo.

—¿Cuánta pasta gansa te han largado sólo para figurar entre los sospechosos de haberse presenta­do? ¿Cuánta pasta por ganar el premio? ¿Necesitas los cien millones de pesetas a cambio de vender tu alma a ese parvenu?

Había escritor que trataba de justificarse, otros se le escapaban de las garras llevando la conversa­ción hacia la sorprendente escenografía.

—Tú que eres tan enciclopédica, Marga. ¿De qué estilo es esto?

—Posmariscalismo. Me lo contó el propio Lá­zaro Conesal. Posmariscalismo heavy.

—¿Catalán?

—Catalano-valenciano-micénico-balear.

—Lo catalán nos invade.

—Pues el dueño del hotel es de Brihuega.

—Lázaro Conesal. Creo que los vinos que se sir­ven también son suyos y seguramente cenaremos algo relacionado con el salmón. Tiene piscifacto­rías en las islas Feroe. Espero que sirva cocaína propia después de los postres.

—¿Un traficante mecenas?

—Al menos, consumidor. Hay que diversificar los riesgos morales.

Editores y agentes literarios profesionales acom­pañaban a sus escritores preferidos, siempre rece­losos de que se les fueran con la competencia, an­gustiados los editores por el mucho dinero que Conesal podía poner sobre el tapete verde del mer­cado literario y alertados los agentes literarios ante la posibilidad de que la fortuna de Conesal entrara en el juego de la subasta de las novedades de sus pupilos.

—No están todos los que son.

—¿Por ejemplo, Marga?

—Pues no se ve al superagente literario 009 con licencia para matar, Carmen Balcells. Eso quiere decir que no tiene bien colocado ningún caballo para el premio.

—O que ya lo tiene en el bolsillo.

Comenzaban a aparecer managers de editorial de la serie Terminator, especialistas en rejuvenecer editoriales por el procedimiento de despedir a to­dos los mayores de treinta y cinco años, fueran recaderos o escritores en su tercera fase, con la as­tucia de excluir del despido a los propietarios, aun­que se lo merecieran. Tampoco se conocía caso al­guno de ejecutivo bioagresivo de esta naturaleza que se hubiera cesado a sí mismo una vez cumpli­dos los treinta y cinco años. Se decía de alguno o alguna de estos nuevos profesionales que llevaba pistola sobaquera, spray paralizante o navaja en la liga, ante los odios concitados, estrictamente lite­rarios, pero habida cuenta de que los Terminators de editorial no leían casi nunca, confundían la vio­lencia de las miradas letraheridas con la violencia terrorista desestabilizadora de las reglas de la per­petua y fallada dialéctica entre lo viejo y lo nuevo. Mesas de libreros y libreras con sus cónyuges, ves­tidos de fiesta del dinero y de las letras, vendedores privilegiados de obras enciclopédicas con ganan­cias de veinte a treinta millones al año, escritores habitualmente asistentes a premios, fuerzas vivas o supervivientes de la cultura, políticos deseosos de connotaciones culturales, escritores secretos de­dicados a la abogacía, la medicina o al tráfico de influencias, aquella noche cohabitaban con repre­sentantes de la nueva clase social del Régimen de­mocrático, los nuevos ricos que habían prestado al nuevo poder socialista el colchón de una oligar­quía joven que les debía el despegue de su riqueza y algunos tiburones de la oligarquía de siempre que debían algún favor o esperaban debérselo al anfitrión, Lázaro Conesal, conocido como «El Gran Gatsby» en los cenáculos literarios cincuentones donde conservaban todavía la memoria del perso­naje de Scott Fitzgerald. Todos atendían con una especial tensión el perfume de una nueva transi­ción, irreversible, les parecía la derrota progresiva y final de los socialistas y el retorno al poder de una derecha nacida para gobernar en España des­de la época de la horda prehistórica. Incluso se apreciaba una incorporación de efectivos cultura­les de la nueva derecha, del Partido Popular, ávi­dos de ir ocupando posiciones en territorios cultu­rales casi copados por las izquierdas durante la Primera Transición. Una de las actividades más ex­citantes de la noche sería la de descubrir cuántos invasores del PP se habían infiltrado en las mesas más culturalizadas. No faltaban mesas corporati­vas como la formada por los principales tertulia­nos radiofónicos, periodistas o escritores dedica­dos al arte de revisar toda la realidad nacional y humana, todas las mañanas, por orden temático casi alfabético que iniciaban la sesión privada y nocturna intercambiándose información sobre las dificultades de Lázaro Conesal con el Banco de Es­paña y el mismísimo Gobierno.

—¿Y a un crítico de tu prestigio qué se le ha perdido en esta subasta de plumas vendidas?

Altamirano se pasó una mano por su inmensa frente para abortar las perlas de sudor que solían adornarla y dulcificó la segunda mirada que dedi­có a Marga Segurola. Ella no se había impresiona­do por la primera, pero pactó con la segunda y de­dicó una sonrisa a la oración compuesta que salió algo seseante de los labios del crítico literario más temido y criticado del Estado.

—¿Y qué le trae por aquí a la Elsa Maxwell de la literatura al sur de Río Grande?

—Cómo se nota que eres un carroza, hijo.

¿Cómo se te ocurre utilizar el referente de Elsa Maxwell? ¿Quién sabe hoy día quién era Elsa Max­well?

—No eludas la cuestión, Marga. Con la canti­dad de dinero que tiene tu familia, ¿por qué te de­dicas a hacer ver que te interesa la pureza de la li­teratura?

—Familias como la mía son las que han propi­ciado la mejor literatura que se haya escrito. La peor siempre ha sido a costa de los obreros y los pobres. ¿Quién lee a Gorki? ¿A O'Casey?

—Que tu familia sea literaria no quiere decir que tú lo seas.

—Tengo una novela inédita en la que describo con todo lujo de detalles lo que siente una mujer cuando se da cuenta de que ha tenido la primera regla.

—¿Cuatrocientas páginas?

—No. Voy de light. Escribir cuatrocientas pági­nas es una horterada. Ciento cincuenta a triple es­pacio de ordenador, pero con una gran compleji­dad técnica y lingüística y cito de vez en cuando a Steiner.

—¿Al estilo de tu admirado Narciso Arroyos, como si el lenguaje fuese a hacerse una prueba al sastre? Es bonita la definición de Arroyos, ¿no? Se la debo a Alvaro Pombo que a veces maneja el bis­turí de precisión.

—Fuiste tú quien puso por las nubes a Narciso Arroyos.

—¿Yo?


—Cínico. Fue uno de esos escritores a los que tú señalaste con el índice y clamaste: es el escritor mejor situado ante el año dos mil. Aunque eso se lo prometes a todos.

—Es que siempre me paso. Con el tiempo que faltaba todavía... A veces hago balance de todos los escritores a los que les he prometido estar en pri­mera posición en el año dos mil. Me salen cin­cuenta y tres. Tú misma. Quizá tú estés muy bien situada en el año dos mil. Pero apresúrate, porque ya estamos en 1995 y sólo te quedan cinco años para colocarte entre los cinco mil mejores novelis­tas españoles. Así que tu novela es compleja, com­pleja. Debe leerse morosamente. Como la buena literatura. O no leerla. A veces no leer una obra ma­gistral es el mejor servicio que el lector puede ha­cerle a un autor magistral. Saber que es buena y ya basta. Ciento cincuenta folios a tres espacios. Un viaje en taxi.

—A la velocidad que tú lees, seguro.

Si algún ingenuo mirón de la sociedad literaria asistía al diálogo entre la Segurola y Altamirano veía que llevaban las manos y las muecas enlaza­das, mientras las sonrisas rígidas procuraban estar a la altura de las palabras homicidas. Estaban fren­te a frente el poder mediático y el poder crítico, pero los ojos inocentes no habrían tardado en sal­tar a otras parejas, otros tríos, grupos de letraheridos que se iban formando entre amabilidades de reencuentro, para solaz de los profesionales, finan­cieros y ricos sin ubicación expresa que habían acudido al premio Venice para ver y dejarse ver. El ambiente se iba cargando de ironía e inocencia, a partes iguales.

—Yo me gano la vida con los sanitarios.

—¿Ironía o inocencia?

Oriol Sagalés, una de las eternas promesas de la literatura, capaz de haber llegado a los cincuenta años con un número limitadísimo de lectores se­lectos de los que conocía sus números telefónicos, incluso de las segundas residencias, había contestado suficientemente al presidente de la razón so­cial Puig Sanitarios, S. A., luchador por una ley del mecenazgo que le permitiera tirar adelante una fundación llena de pinturas falsas carísimas y de auténticas baratísimas.

—En mi casa no había libros. Mitifiqué los li­bros desde niño.

—A mí me ocurrió lo mismo con los sanitarios.

—¿No había sanitarios en su casa?

—Vivía en una mansión modernista, sin la cual los Sagalés, del textil, se hubieran sentido desnu­dos frente a la otredad, con espléndidos, viejísimos e inmensos retretes pompeyanos «noucentistes», me parece que en Madrid a eso se le llama novecentismo, creo que diseñados por Rubio. El «noucentisme» había llegado demasiado tarde a mi casa, a tiempo sólo de ocupar los retretes, de la mano de una tertulia que mi abuelo sostenía con Eugenio d'Ors y otros cantamañanas por el estilo. D'Ors sólo consiguió que cambiáramos los sanita­rios por la nueva estética, porque a él, decía, le gus­taba mear sabiendo dónde meaba y un mingitorio modernista se merecía una casa de putas. Don Eu­genio decía putas en catalán y así aliviaba la pala­bra de morbosidad y sexo. ¿A ustedes les parece que «meuca» puede querer decir puta? No llegué a conocer los mingitorios modernistas, pero me hu­bieran gustado más, seguro. Los «novecentistas» eran unos sanitarios falsamente prerracionalistas, en los que casi te señalaban el lugar donde debías apuntar el pipí pero faltaba el casi. Los novecentis­tas eran algo calvinistas, como el presidente cata­lán Pujol, y predicaban la obra «ben feta», bien he­cha, incluso como oscuro objetivo del pipí. A los «noucentistas» les perdía el detalle doricojónico catalán. Yo prefiero la desfachatez barroca del modernismo o bien la real modernidad racionalista. Por eso añoraba los nuevos sanitarios que ustedes fabricaban. Recuerdo que cuando iba a la editorial Anagrama siempre tenía ganas de mear y sólo era para poder hacerlo en sanitarios de su marca.

—Son diseños alemanes.

—De alemanes del norte. No pueden ser bávaros. Con lo que mea esa gente sólo necesita letrinas de boca ancha.

—Del norte, desde luego.

—Tenían algo de diseño nórdico... Danés.

—En efecto. Los diseños vienen de una fábrica de Hollstein... al lado de la península de Jutlandia.

—Tengo una especial sensibilidad para lo nór­dico. El norte es la razón y el sur la escupidera. Me encantaría un norte poblado de sureños racionali­zados o simplemente civilizados.

—¿Y si repoblamos el norte de sureños, qué ha­cemos con los norteños?

—Los subiremos hasta la punta del Polo Norte y después los precipitaremos en el abismo que hay en la otra cara del planeta.

La señora Puig inclinó su cabezón peinadísimo y su escote erosionado por la edad y las consecuen­cias de la apertura del agujero en la capa de ozono, para hacerle una confidencia a aquella eterna pro­mesa que desde hacía diez años recibía siempre la misma crítica, del mismo crítico, en el mismo pe­riódico: «Uno de los fenómenos más tipificables de la Nueva Narrativa Hispánica es el de Sagalés, es­critor ensimismado que sólo permite proximidades a los espíritus más dispuestos a sorprenderse toda­vía con una literatura opuesta a las leyes del mer­cado, capaces de entender la lucha casi en solitario de un escritor dotado del don de la ironía secreta como instrumento de conocimiento de un universo que él sólo sabe ver...». Sagalés vio de cerca los labios pintados y cuarteados de la dama, sus dien­tes limpios pero bicolores por un exceso infantil de penicilina de estraperlo años cuarenta, ojos arácni­dos por un rímel contracultural años sesenta con el blanco ensuciado por venillas relavadas por coli­rios insuficientes años noventa.

—Usted sí que es un gran escritor.

—Muchas gracias, señora.

—No me explico qué hacemos tantos catalanes en una misma mesa.

—A los madrileños les encanta tenernos bajo control para que no les robemos el casticismo. En Madrid saben montar los carnavales y siempre ne­cesitan algún catalán soso y aburrido que se los elogie. A cambio nos dicen que somos europeos.

—Usted no necesita prestarse a estas carnavala­das.

Sagalés trató de escapar a la confidencia sin perder la sonrisa y se encontró con la mirada sarcástica que su mujer le enviaba desde el otro lado de la mesa redonda. Dos Martini secos y ya estaba borracha. Los ojos del escritor quisieron sellar los labios de su mujer, pero ya era tarde.

—Mi marido es el escritor joven más viejo del Mercado Común.

—¿Es su esposa?

—Se llama Laura. En efecto, es mi esposa. ¿Qué mujer podría hablar a un hombre de esta manera si no estuviera casada con él?

Todos los compañeros de mesa estaban intere­sados por la descubierta relación entre el joven vie­jo escritor y aquella mujer algo fondona pero llena de redondeces cálidas que invitaban a ser miradas.

—Si a mí me habían dicho que usted...

Un codazo del primer vendedor de diccionarios enciclopédicos del hemisferio occidental español impidió que su mujer dijera lo que pensaba. Pero ya tenía encima a la señora Sagalés.

—¿Que era maricón? ¿Homosexual quizá?

—No. Soltero.

—Sí. Eso sí. Mi marido siempre ha sido soltero.

—Mi esposa es de lo más literario que tengo.

Todos, menos su mujer, rieron el sarcasmo del escritor, pero la situación pedía un descanso y el vendedor creyó llegado el momento de poner sobre la mesa las toneladas de libros que vendía al año.

—Detesto que se vendan libros.

Le cortó Sagalés, para añadir:

—Y sobre todo detesto que se vendan los míos. Salvo excepciones, entre las que incluyo a todos los miembros de esta mesa, me irrita que todo lo que yo he ensoñado y escrito vaya a parar a imbéciles. Bastante hago con escribirlos. ¿Qué he hecho yo para que una pandilla de guarros iletrados se lan­cen sobre esa sangre de mi sangre, carne de mi car­ne para abusar de ella, practicar tocamientos des­honestos y finalmente comérsela al servicio de un metabolismo incalificable que convierte mi talento en una sucia turba de vitaminas y proteínas que alimentan a un lector generalmente imbécil, tan imbécil que se ha gastado dos, tres mil pesetas en comprar lo que él no ha sabido escribir?

Al vendedor se le había paralizado la sonrisa, la palabra, la gesticulación y por fin acertó a balbucir:

—Pero hombre... Muchos de mis clientes son personas de cultura. Médicos. Dentistas. Abogados.

Laura le guiñó un ojo.

—No trate de convencerle. Mi marido escribe para sí mismo.

—Pues es el primer escritor que conozco que no quiere vender libros.

—Tal vez toleraría que se vendieran siempre y cuando no se leyeran, mediante un compromiso formalizado ante notario ágrafo.

—¡Qué cosas! Nos está tomando el pelo, ¿ver­dad usted? Con algo hay que ganarse la vida.

—Yo me la gano honesta y esforzadamente. Me la gano a veces escribiendo necrológicas so­bre escritores que están a punto de morirse o que se han muerto hace unas horas. Tengo un gran ta­lento para las necrológicas. Muchos parientes de escritores y gentes por el estilo, recién fallecidos, se dirigen inmediatamente al periódico pidiendo que la necrológica sea mía. Tener una necroló­gica Sagalés es como tener un Picasso. Incluso podría improvisar ahora mismo una sobre cada uno de ustedes. Por ejemplo de usted mismo. ¿Su gracia?

—¿De qué gracia habla?

—Su nombre, si es tan amable.

—Julián Sánchez Blesa.

—¿Cuál es su territorio de apostolado literario?

—¿Se refiere usted a por dónde vendo libros? Bueno. Supongamos a España dividida en dos he­misferios.

—Es mucho suponer porque España no da para tanto, pero supongamos.

—Pues a mí me toca el hemisferio occidental.

—Ha fallecido Julián Sánchez Blesa y ha que­dado seriamente mutilada la memoria literaria del hemisferio occidental español. Gracias a su empe­cinado forcejeo por elevar el nivel cultural de los ágrafos reproductores se llenaron los hogares es­pañoles de Diccionarios Enciclopédicos y de las obras completas de casi todos los escritores que se llaman Torcuato. Su viuda pide una plegaria por su alma, tan sobria como su vida. Los vendedores de libros en invierno recitan a Shakespeare y en ve­rano viajan a Benidorm.





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