Macondo, historia urbana narrada



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MACONDO, HISTORIA URBANA NARRADA


"La imaginación imagina sin cesar y se enriquece con nuevas imágenes. Pero las imágenes no se acomodan a las ideas tranquilas, no sobre todo a las ideas definitivas. La imaginación, en sus acciones vivas, nos desprende a la vez del pasado y de la realidad. Se abre en el porvenir... Imaginar será siempre más grande que vivir."

Gastón Bachelard. "La poética del espacio"


FABIO H. AVENDAÑO T1.

Con intenciones pedagógicas, antes que poéticas, dentro del aula de arquitectura, algún remoto día nos propusimos entender, a partir de la lectura de una obra literaria, lo que era la ciudad narrada, que a pesar de ser imaginaria, nos podría ensanchar las experiencias vividas en ciudades contenedoras de nuestro diario existir. Iniciamos con una lectura orientada a identificar las referencias de un escenario físico insinuado y los eventos que en él acontecen. Luego, tratamos de comprender lo que significa un escenario de civilidad interpretado a partir de los sucesos de vida de sus habitantes. Este proceso nos posibilitó reconstruir imágenes de una ciudad, no desde la apreciación de lo físico, sino desde la creativa comprensión de esos aconteceres de vida significados a través de su fugaz encuentro con un tiempo y un espacio, e imaginados a partir de las palabras. El reto era entonces un ejercicio del libre imaginar, que buscaba condensar la emoción que puede provocar la vivencia de una ciudad de palabras. Esta ambiciosa intención, hoy, ya lejos del aula, por fin se ha podido compendiar en un escrito.


El proceso explora las bondades del texto, y aprovecha la riqueza de ese universo de las palabras, que ofrece múltiples posibilidades de interpretación para colmar diferentes anhelos. Así, la lectura por medio de la cual el texto vive, se presenta como una experiencia abierta que no está regida por una única posibilidad de comprensión, sino que permite diferentes niveles de recepción – interpretación de los episodios leídos. La lectura intencional nos permitió valorar y extractar aquellos elementos narrativos que concordaban con una estructura hipotética preestablecida, dentro de un campo de estudio ajeno al literario, para tratar de “reconocer las huellas” de ciudad presentes en el texto2. Nuestro interés se centró en seleccionar, de los múltiples episodios narrados en la obra literaria, la información que nos posibilitara imaginar un escenario urbano, no descrito explícitamente pero sí caracterizado implícitamente en los diferentes fragmentos episódicos del relato.
La lectura intencional encuentra su punto de apoyo en el análisis semiótico que hace Umberto Eco sobre el texto estético, considerado como una obra abierta. Esto le da al lector la responsabilidad de recrear la obra: "La obra de arte, -dice Eco-, es un texto que sus destinatarios adaptan, para satisfacer varios tipos de actos comunicativos en diferentes circunstancias históricas y psicológicas, sin perder de vista nunca la regla idiolectal que la rige."3.
La justificación de partir de un texto literario para comprender un escenario urbano, la podemos encontrar en la riqueza que ofrece el lenguaje escrito para encerrar dentro de la palabra un universo no ajeno al lector sino, por el contrario, reflejo y contenedor de su existencia. Un universo condensado, que, como el Aleph de Borges, permite a través de lo sucesivo del lenguaje ver lo simultáneo e inconmensurable del infinito. Bari Laterza, citado por Eco, define, a partir de la doctrina de Croce, esa magnífica posibilidad que ofrece la verdadera realización artística, cuando afirma que: "cualquier representación artística auténtica es en sí misma el universo, el universo en esa forma individual, esa forma individual como el universo. En cualquier acento de poeta, en cualquier criatura de la fantasía, está todo el destino humano, todas las esperanzas, todas las ilusiones, los dolores, los gozos, las grandezas y las miserias humanas; el drama entero de lo real, que evoluciona y crece perpetuamente sobre sí mismo, sufriendo y gozando"4.
El texto, cuando se refiere a lo urbano, abre posibilidades de concatenación para que la imaginación del lector una algunas piezas de un incierto escenario, pues el escritor en cada episodio va presentando diferentes fichas de un prodigioso rompecabezas, que tiene la particularidad de no tener una sola figura final sino que puede variar según la experiencia, percepción, interpretación e intención del lector. Así, al llegar a una figura resultado, acoplando las múltiples fichas fantásticas, insólitas, dramáticas, que proporciona la lectura, el lector se convierte en un re-creador de la obra y con ella del escenario urbano narrado.
El escenario que imaginamos a partir del texto es ágil; simultáneamente lo visualizamos en múltiples planos -temporales, espaciales, culturales-, nos conmueve y nos obliga a tomar una posición frente a lo que vamos elucidando. El escenario escrito es dinámico, cada día lo "vemos" con otros ojos, pero de él conservamos siempre una “esencia-sensación” que nos permite recordarlo. Una calle recorrida por el estudiante Raskólnikov, de Dostoievski, reflexionando acerca del crimen de Aliona Ivánovna; o las sendas que camina el señor K en busca del castillo de Kafka; o los laberínticos senderos por los que se desplaza Marco Flaminio Rufo, tratando de llegar a la Ciudad de los Inmortales de Borges; o las calles vacías por las que indiferente avanza Aureliano Babilonia hacia la librería del sabio catalán, son ambientes re-creados de manera diferente por un mismo lector, según la profundidad e intención de la lectura que de ellos haga. Sin embargo, de esas calles conservamos la “esencia-sensación” que nos recuerda la soledad, el frío, la penumbra, el pensamiento ensimismado deambulando, lo que al repetir la lectura nos sirve de punto de partida para la re-creación de nuevas y más complejas imágenes. Por el contrario, el escenario que nos circunda, limita nuestra imaginación a la percepción de vivencias inmediatas, que oscurecidas por nuestro actuar cotidiano, nos impiden ver lo múltiple de la realidad y nos llevan a conformarnos con una sola figura que la costumbre y la rutina nos presentan como normal.
La experiencia de remitirnos a la literatura como apoyo al estudio de la arquitectura y comprensión de la ciudad, no es una evasión de la realidad sino una herramienta útil para su apreciación. Sensibilizarnos frente a nuestro entorno permite que la calle, el barrio, la ciudad, la gente, los eventos, los sentidos, los otros, no nos resulten ajenos y desconocidos, y por ende sus problemas, sentidos, historias, no nos sean indiferentes. Afianzar un proceso de sensibilización urbana nos permitirá compenetrarnos con el lugar que habitamos, nos estimulará para sentirnos herederos de una memoria y partícipes en la construcción de un destino común y al mismo tiempo será un bálsamo contra la apatía, el desinterés, la misantropía y el espíritu devastador que caracterizan nuestro actuar urbano.

VIAJE A MACONDO
"Comprendió que el empeño de modelar la materia incoherente y vertiginosa de que se componen los sueños es el más arduo que puede acometer un varón, aunque penetre todos los enigmas del orden superior y del inferior: mucho más arduo que tejer una cuerda de arena o que amonedar el viento sin cara"

Jorge Luis Borges. "Las ruinas circulares".
"...Lo que vieron mis ojos fue simultáneo: lo que transcribiré, sucesivo, porque el lenguaje lo es."

Jorge Luis Borges. "El Aleph".

El texto que nos permitió imaginar un escenario urbano narrado, es aquel que registra la inverosímil existencia de Macondo5. El relato que nació de este imaginar pretende condensar la experiencia obtenida durante un viaje a través de la palabra escrita, y por medio de ella a través del espacio-tiempo de la imaginación. Viaje que hace algunos años, con rumbo norte, emprendimos en la búsqueda de una ciudad de fantasía: Macondo; el espejismo que nació en un sueño de José Arcadio Buendía, como "una ciudad ruidosa con casas de paredes de espejo"6; la ciudad de los sueños, un estado de ánimo, según su creador; la ciudad en donde el pasar del éxtasis a la tragedia es inherente a su vivir; la ciudad que encierra la magia y el enigma de la fantasía y que nos permite reconocernos a nosotros mismos y reconocer nuestra angustiosa y dramática realidad. Macondo no aparece en ningún atlas, pero en el mapa del recuerdo de cada uno de nosotros, que a través de la palabra la hemos podido visitar, resalta en medio de las imágenes y nombres de las ciudades que conocemos.
Puesto que es una ciudad que pocos saben dónde está, nos fue difícil encontrar un guía, alguien que nos ayudara a llegar a ella. Acudimos entonces a un mago y alquimista, y como la ciudad estaba emplazada en la dimensión desconocida de la fantasía, quién mejor que él nos podría guiar hasta ella y narrarnos mediante el lenguaje escrito lo que sabía en torno a la ciudad buscada. Nosotros, a través de la narración, nos aventuramos por entre manglares, ciénagas y selva tropical, hasta que una mañana de sol radiante encontramos aquel río de "aguas diáfanas que se precipitaban por un lecho de piedras pulidas, blancas y enormes como huevos prehistóricos". Y en su ribera estaba la ciudad buscada, la "ciudad de los espejismos".
Penetramos en ella, infringimos el vector implacable del transcurrir del tiempo y lo convertimos en elástico y cíclico; esto nos permitió ir y venir por entre las páginas de la historia de este pueblo, pasar de su fundación a su esplendor, o devolvernos a la exploración prefundacional; conocer a un mismo tiempo a varias generaciones y conversar con vivos y muertos; penetrar en la mente de sus personajes o mantenernos expectantes ante sus actos; participar del jolgorio de sus celebraciones o conversar con los fantasmas que los perseguían y amedrentaban. Estábamos allí descubriendo palmo a palmo la ciudad y su cultura, como invisibles visitantes que todo lo veíamos, sabíamos lo que ellos no sabían, pero no podíamos cambiar ni alterar el desarrollo de la vida del pueblo. Así, pudimos vivir con sus habitantes sus alegrías, presentimientos, tristezas, sueños, ilusiones y nostalgias; fuimos ayudantes de alquimistas, hicimos adelantos en sánscrito para tratar de descifrar los enigmáticos pergaminos, perdimos por un tiempo la memoria y casi la vida durante un fusilamiento colectivo y nos enmohecimos durante el diluvio. Nuestra estadía fue prolongada, tal vez más de un siglo. Fuimos testigos del nacimiento, el esplendor y la inevitable destrucción de la ciudad.
Del viaje sólo trajimos los recuerdos de una experiencia urbana que desborda la realidad de lo cotidiano. Nunca nos preocupamos por hacer, desde nuestra óptica de arquitectos, levantamientos, bocetos, planos, pues la vivencia era tan densa que cualquier medio gráfico nos resultaba insuficiente para representarla; disfrutamos los acontecimientos sin prevenciones, el espíritu se satisfizo con esquemas mentales para complementar los recuerdos y se colmó con el registro de algunas notas para alimentar la imaginación. Pudimos entonces habitar la ciudad y estar presentes con lúcida conciencia en el acontecer de un hecho urbano desde su génesis hasta el fin de su tiempo, y tener una vivencia, no solo del escenario material, sino de lo que es en esencia la ciudad, una multiplicidad de relatos concatenados por el tiempo del recuerdo.


HISTORIA URBANA NARRADA



"Las formas nos hablan del significado de la ciudad, pero acceder al sentido es ir más allá de las significaciones, pasar el límite de las formas y mirar desde las tensiones emocionales que anudan la red de acontecimientos que son la vida urbana. Más allá de la descripción, el contexto urbano surge del juego de fuerzas entre las emociones, para las cuales el marco urbano es el escenario".

Juan Carlos Pérgolis. "Las otras ciudades".
"...Ocurre con las ciudades lo que en los sueños: todo lo imaginable puede ser soñado, pero hasta el sueño más inesperado es un acertijo que esconde un deseo, o bien su inversa, un temor. Las ciudades, como los sueños, están construidas de deseos y de temores, aunque el hilo de su discurrir sea secreto, sus normas absurdas, sus perspectivas engañosas y cada cosa esconda otra."

Italo Calvino. "Las ciudades Invisibles".

El imaginario viaje a Macondo a través de la palabra, nos permitió extractar fragmentos episódicos urbanos y mediante una articulación discursiva organizar una peculiar historia urbana. Ésta, en sentido amplio, se puede referir a tres momentos trascendentales de la ciudad: la fundación, el esplendor, y el ocaso, que según Spengler, citado por Zarone, corresponden al desarrollo de un vitalismo-naturalismo: "El ritmo histórico del tiempo de las ciudades se despliega sin relaciones deterministas, pero siempre en sintonía con el ritmo de los «estadios» biológicos y, sobre todo, con los del nacimiento-vida-muerte"7. Estos momentos, en Cien años de soledad, simbolizan el transcurrir de la humanidad dentro de una tradición bíblica, desde el Génesis hasta el Apocalipsis.

FUNDACIÓN


“Los mortales habitan en la medida en que reciben el cielo como cielo. Dejan al sol y a la luna seguir su viaje; a las estrellas su ruta; a las estaciones del año, su bendición y su injuria; no hacen de la noche día ni del día una carrera sin reposo”

Martin Heiddeger :“Construir, Habitar, Pensar”
“Implantar significa fundar, establecer, instituir, empezar a poner en práctica algo nuevo. La ciudad no se sitúa sobre el terreno sin más; se funda sobre la tierra propicia que han señalado los dioses”

Chueca Goitia: “Breve historia del urbanismo”

El nacimiento de Macondo, hermeneuticamente, se ajusta al surgimiento de la ciudad mítica, lo que nos permite hacerle un seguimiento a partir de los testimonios que, sobre la ciudad antigua y lo mitológico, algunos tratadistas registran y analizan. Inicialmente podemos acudir, como fuente de interpretación, al legendario rito fundacional, aquel que simboliza el acto de posesión, que a su vez es una remembranza simbólica del inicio. Este acontecimiento iniciático se inscribe, por una parte, dentro de la interpretación metafísica de Zarone, como el asentamiento que encubre de una culpa; por la otra, dentro del mito del “eterno retorno” de Eliade, como la fundación que hace el hombre para la vida, al transformar para ello el “caos” en “cosmos”.
José Arcadio Buendía daría cumplimiento al mito genesiaco, en el que la aparición de la ciudad, como la fundada por Caín, sería un refugio para su conciencia atormentada. José Arcadio Buendía infringió el precepto exogámico de su grupo y contrajo un matrimonio endogámico, con Úrsula Iguarán, su parienta lejana. Esta trasgresión de la tradición grupal le permitió acceder a lo prohibido, hecho que, como el pecado original de la tradición judeo-cristiana, debía ser castigado. Primero nace el sentimiento de culpa y con él el temor al castigo, la posibilidad de engendrar un hijo con cola de cerdo, sentimiento y presagio que perseguirá a su prole hasta el fin del tiempo. Después, la desobediencia deviene en un acto de sangre, que convierte a José Arcadio Buendía en el asesino de Prudencio Aguilar. Con ello emerge el fantasma que se convierte en asiduo visitante de la conciencia de José Arcadio Buendía y de Úrsula, lo que los obliga a abandonar el pueblo natal y a iniciar un éxodo errante, en busca de “la tierra que nadie les había prometido”. José Arcadio Buendía, al igual que el Caín bíblico, tratando de esconderse de las visitas de Aguilar, emprende la huída en compañía de su mujer y de un grupo de jóvenes fortalecidos por el espíritu de la aventura y sin un itinerario definido.
Tras largos meses de travesía, nace el primogénito de los Buendía, José Arcadio, sin la anormalidad presagiada y unos meses más tarde, en medio de una geografía de llanura acuática y a la orilla de un río pedregoso de aguas cristalinas, se le revela a José Arcadio Buendía una visión onírica: "en aquel lugar se levantaba una ciudad ruidosa con casas de paredes de espejo", ciudad que respondía a un nombre sin significado alguno pero con resonancia sobrenatural: "Macondo".
Este primer episodio prefundacional sigue los pasos del mito de la muerte que antecede a la fundación. En el Génesis, Caín mata a Abel y luego funda una ciudad con el nombre de su hijo, nacido en la huida, Enoc. En la leyenda de la fundación de Roma, que relata Plutarco, Rómulo da muerte a Remo, cuando al infringir un precepto sagrado, osa saltar sobre el círculo sagrado por donde se edificaría la muralla8. Quien comete el asesinato hace una fundación. Se repite el mito del “eterno retorno”, del cual dice Eliade: “...nada puede durar si no está “animado”, si no está dotado, por un sacrificio, de un “alma”; el prototipo del rito de construcción es el sacrificio que se hizo al fundar el mundo”9.



Después de veintiséis largos e infructuosos meses de buscar una salida al mar, José Arcadio Buendía, para no tener que regresar, funda Macondo. El sueño es la guía que le revela el sitio de la ciudad, como a los fundadores de la antigüedad; es el sueño el que contiene la decisión perteneciente, según la tradición mítica, únicamente a una divinidad providencial, que, en este caso, se pone de manifiesto por medio de la vía onírica. Este tipo de apoyo en la toma de decisión fundacional fue diverso en la antigüedad; Coulanges describe, por ejemplo, la consulta del oráculo, el seguimiento del animal sagrado, la interpretación augural10. Según Rykwert: "Los autores modernos enfocan siempre la elección de un terreno para la fundación de una ciudad desde la perspectiva de la economía, la higiene, los problemas del tráfico y los servicios. El fundador de la ciudad antigua, cuando tenía que abordar estos mismos problemas, no podía hacerlo sin antes haberlos traducido a términos míticos.[...] las ventajas de un emplazamiento concreto eran reveladas a los colonizadores como un don directo y arbitrario de los dioses, no como un logro calculado que conseguía el fundador para su colonia"11.
Después del sueño revelatorio viene el acto fundacional de Macondo que es pobre ritualmente y no sigue ninguna tradición. No está amparado por ningún dios y se hace en nombre propio, en nombre del grupo de aventureros que lo único que buscan es erigir el lugar que les impida un divagar eterno. Sólo se derrumban algunos árboles "para hacer un claro junto al río, en el lugar más fresco de la orilla, y allí fundaron la aldea". De esta forma el grupo abre sólo "un claro" en medio de la naturaleza, sin devastarla ni someterla, pues de manera orgánica buscan asir las raíces de una segunda naturaleza, la creada por ellos. “Habitar –afirma Zarone- quiere decir tener raíces en un lugar, y por ello tener asiento en un sitio, y esto a su vez existir, superarse manteniéndose ligado a aquel fundo en que se ha tomado plaza para siempre”12. Con este acto se comienza a implantar un orden dentro del caos, “todo territorio que se ocupa con el fin de habitarlo o de utilizarlo como “espacio vital” es previamente transformado de “caos” en “cosmos”; es decir, que por efecto del ritual, se le confiere una “forma” que lo convierte en real13
Se podría interpretar la fundación de Macondo como la fundación de la ciudad del mito, el refugio evasivo de la culpa, la protección para una conciencia intranquila, como el exilio de Caín quien se esconde de la mirada acusadora de Jahvé. "La ciudad del mito es, ya antes de su historia, signo ambiguo y contradictorio, doble en suma, de aquella forma de existencia, originada por una muerte violenta, que se hunde [y se funda] en ese lugar donde se elude conquistar la salvación a través de la fuga"14. Ha quedado fundada la aldea, y, según el sentido mítico y expiatorio del pecado, por ser refugio de una culpa ha de llevar impreso un destino tormentoso y catastrófico.
El fundador, José Arcadio Buendía, adquiere un status que se asemeja al del héroe antiguo, ya que es autoridad, consejero y sabio dentro de la comunidad. "Al principio, José Arcadio Buendía, era una especie de patriarca juvenil, que daba instrucciones para la siembra y consejos para la crianza de niños y animales, y colaboraba con todos, aun en el trabajo físico, para la buena marcha de la comunidad". Hace la prohibición sagrada para todo el poblado: no se podían tener gallos de pelea. También es el sabio soñador que hace predicciones y se dedica al trabajo con imanes y lupas, a los cálculos astronómicos, y al misterioso oficio de la alquimia. Estas características corresponden a las que Rykwert atribuye al héroe fundador: "Los héroes son presentados con suma frecuencia como guerreros, pero éste es únicamente un aspecto de la vida heroica; sus conexiones más fuertes nos remiten a la muerte, la caza, los juegos, la adivinación, las curaciones y los cultos mistéricos. Los fundadores de ciudades, por consiguiente, al alcanzar la categoría de héroes, tendían a asumir conexiones con todas las materias dichas."15.

ESPLENDOR


“...en el espacio urbano siempre ocurre algo. El vacío, la nulidad de la acción, sólo pueden ser aparentes; la neutralidad es un caso límite; el vacío (una plaza) atrae; éste es su sentido y su fin. Virtualmente, cualquier cosa puede ocurrir en cualquier parte. Aquí o allí, una multitud puede congregarse, los objetos amontonarse, una fiesta desplegarse, un acontecimiento ocurrir, terrible o desagradable. El carácter fascinante del espacio urbano proviene de esa característica: la centralidad siempre posible”

Henri Lefebvre: “La revolución urbana”


Desde un principio los fundadores manifiestan un respeto sacro por elementos naturales primarios, elementos adorados por casi todos los pueblos, desde que el hombre tiene conciencia de su existir. Agua, tierra y sol. El agua, la mâtritamâh de los vedas, irriga la vida; la tierra, Paradesha del sánscrito, Mama Pacha inca, reproduce la vida; el sol, el Helio griego, Amon Ra egipcio, es generador de la vida. Estos elementos, rituales para muchos, en Macondo determinan la improvisada estructura urbana primigenia y obligan a que su fundador, José Arcadio Buendía, abra un claro en el bosque para ubicar las viviendas, sobre el substrato tierra, equidistantes del elemento agua y del cálido sol.
El trazado del núcleo urbano básico es una labor que el fundador, como cualquier versado agrimensor, desempeña con sabiduría: "...había dispuesto de tal modo la posición de las casas, que desde todas podía llegarse al río y abastecerse de agua con igual esfuerzo, y trazó las calles con tan buen sentido que ninguna casa recibía más sol que otra a la hora del calor". Esta organización reafirma los fines prácticos e igualitarios que persigue José Arcadio Buendía. Podemos suponer que el asentamiento presenta un desarrollo sin un pensamiento idealista que materializar. El esquema formal inicialmente descarta el trazado hipodámico, el cual no brindaría las equitativas ventajas que brinda el de José Arcadio Buendía. El trazado primigenio de Macondo se puede definir como una colocación lineal de casas, que siguiendo la trayectoria del río, ofrecen iguales oportunidades de emplazamiento a sus habitantes. Esta forma práctica de asentamiento responde a la necesidad inmediata de construir un abrigo. No contemplan, inicialmente, lo que significa el hecho comunal de urbanizar, no se define un espacio de encuentro comunal, ni un sitio de reunión ritual; la vivienda era lo necesario. Dentro del pragmatismo primitivo del fundador, no viciado por ideales utópicos, cada cosa brotará espontáneamente como respuesta a necesidades concretas, una vez éstas se manifiesten.
La pequeña aldea campesina ya enraizada, bañada por un río cristalino y calentada por un sol tropical, mantiene una economía agraria y sigue una tipología de vivienda definida por la casa del fundador. Ésta, la mejor de la aldea, tenía: "una salita amplia y bien iluminada, un comedor en forma de terraza con flores de colores alegres, dos dormitorios, un patio con un castaño gigantesco, un huerto bien plantado [sembrado con plátano y malanga, yuca y ñame, auyama y berenjena] y un corral donde vivían en comunidad pacífica los chivos, los cerdos y las gallinas". La precariedad y sentido práctico se reflejan en la construcción, los pisos eran de tierra golpeada, los muros de barro sin encalar, y los muebles de madera rústica hechos por ellos mismos. En poco tiempo la ordenada aldea era un feliz hábitat colectivo para sus trescientos habitantes.
El tiempo en Macondo, evocado a través de sucesos, es cíclico, por ello no se marca en calendarios sino en el recuerdo que dejan los hechos trascendentes, “...las ciudades –afirma Chueca Goitia- más que ligadas a la historia son historia ellas mismas...”16 Cada acontecimiento importante era recordado como ese hito referencial que permitía medir el avance o regreso del tiempo del suceder. La evocación de los hechos significativos, por parte de los actores, va acompañada de la narración del escenario urbano en donde sucedieron. Así, con las remembranzas de José Arcadio Buendía o de su hijo Aureliano, regresamos a los primeros años de vida de Macondo y a través de las asociaciones de Úrsula comprobamos el regreso del tiempo.



Al hacerle un seguimiento a los aconteceres de vida de los Buendía podemos ir restituyendo la memoria urbana de Macondo. Macondo es un relato, la ciudad es un relato, el relato hace palpable la ciudad, pues concatena la fragilidad de los instantes en que se desarrolla la vida y permite que emerja el sentido. El sentido hace visible los escenarios que posibilitan la fusión del tiempo, el espacio y la vida en “la frágil consistencia de un instante” (Maillard).
Cada año por el mes de marzo llegan y se instalan en carpas, cerca de la aldea, los gitanos. Estos emisarios de la civilización llevan los grandes inventos que desafían la desaforada imaginación de José Arcadio Buendía, la cual “iba siempre más lejos que el ingenio de la naturaleza, y aun más allá del milagro de la magia”. Los inventos reflejan el pasar lejano y remoto de la historia de la humanidad en su afán por descubrir las "máquinas del bienestar", y le brindan la oportunidad al fundador de experimentar y encontrar una utilidad fantástica al legado de lejanos parajes. Cada visita marca un suceso extraordinario que se ha de recordar. Con los gitanos viene Melquíades, el semidios a quien se le permitió ayudar a los mortales, el sabio legendario que como Bochica, Manco Cápac o Mama Ocllo, enseña técnicas, da consejos y revela secretos que ayudan a impulsar la vida en la aldea. Los gitanos llevan el imán; al año siguiente, la lupa y el catalejo; al siguiente, el sextante, la brújula y el astrolabio. Luego el laboratorio de alquimia, obsequio que le hace Melquíades al patriarca Buendía para que complemente sus experimentos. Han pasado ya cuatro años en la historia de la aldea, cuatro años de asombro, experimento y sueños.
En la siguiente visita Melquíades trae el secreto de la juventud restaurada: la prótesis dental, invento que le lleva a pensar a José Arcadio Buendía: "que los conocimientos de Melquíades habían llegado a extremos intolerables". Esta cadena de vestigios asombrosos de un mundo desconocido para José Arcadio Buendía, lo induce a reflexionar que "En el mundo están ocurriendo cosas increíbles [...] Ahí mismo, al otro lado del río, hay toda clase de aparatos mágicos, mientras nosotros seguimos viviendo como los burros". Melquíades, a través de los inventos que poco a poco le revela a Macondo, le hace sentir a José Arcadio Buendía el aislamiento en que se encontraba su aldea.
Son entonces los inventos, llegados de mundos lejanos, los que llevan al pueblo a pasar del soñar a la conciencia de ser. Aparece una necesidad cognoscitiva que requiere respuesta. Cuando esta realidad indagante se manifiesta en el pensamiento de su fundador no se acude a lo astral, sino a lo terrenal, a lo práctico; él busca su posición en el mundo por medio de la exploración de su entorno. Inicialmente había hecho un descubrimiento trascendental: “la tierra es redonda como una naranja”. Después nacería la obstinación por descubrir los alrededores de Macondo, para buscar una salida que los llevara a los pueblos que ya disfrutaban de los "máquinas del bienestar". Convoca, en su calidad de patriarca, a los hombres de la aldea y pide su ayuda "para abrir una trocha que pusiera a Macondo en contacto con los grandes inventos". Inicia entonces una exploración de los alrededores, apoyándose en los aparatos que había heredado de Melquíades. Su sentido de orientación era equivocado y la geografía de la región le era desconocida, así que las rutas que exploraba, en una zona de jungla encantada, siempre terminaban frente a lo indescifrable. Lo único que encontraron en medio de helechos y palmeras fue un viejo galeón español, lo que significó para José Arcadio Buendía la proximidad del mar, y, tras una jornada de cuatro días más, llegó hasta la ciénaga, que él tomó por el mar. Al fracasar la búsqueda, concluye que Macondo es un pueblo aislado y rodeado por el agua. Queda entonces completa la imagen del Macondo naciente, un pueblo en medio de manglares, ciénagas y selva tropical; un pueblo pacífico que no necesita autoridades, que puede vivir sin los prejuicios de infraestructuras complejas y sin comportamientos convencionales.



Así como la flecha del tiempo no detiene su infalible avance, así los acontecimientos que ocurren en Macondo, tampoco se interrumpen. Pasan pocos años y llega a la aldea un grupo de nuevos gitanos, con ellos ya no viene Melquíades, traen tantas invenciones en una sola vez "que José Arcadio Buendía hubiera querido inventar la máquina de la memoria para poder acordarse de todas". La novedad más importante era la que se anunciaba como el último descubrimiento de los sabios de Memphis, "el hielo". El hielo que simbolizaba ese "estrato rígido que separa la conciencia del inconsciente..."17. Este era un elemento extraño para los pobladores y desconcertante para José Arcadio Buendía, quien lo confundió con el diamante más grande del mundo, y su segundo hijo, Aureliano, al tocarlo tuvo una experiencia sensitiva conocida, aunque contraria: "Está hirviendo". Al ver el hielo José Arcadio Buendía comprendió el significado de las casas con paredes de espejo reveladas en el sueño prefundacional; pensó entonces que algún día podrían construir casas con grandes bloques de hielo para apaciguar el calor que a diario los acompañaba.
Para entonces, la aldea sólo tenía "veinte casas de barro y cañabrava construidas a la orilla de un río de aguas diáfanas que se precipitaban por un lecho de piedras pulidas, blancas y enormes como huevos prehistóricos". Habían pasado cerca de trece años, y aún para sus habitantes "el mundo era tan reciente, que muchas cosas carecían de nombre, y para mencionarlas había que señalarlas con el dedo".
El nuevo grupo de gitanos, regresó al año siguiente, a los cuarenta días de haber nacido Amaranta, hija menor de los Buendía; traían sólo distracciones, los verdaderos inventos, los que desafiaban la imaginación de José Arcadio Buendía, habían cesado. Cuando se marcharon, se fue con ellos José Arcadio hijo; esta huída se convirtió en un acontecimiento trascendental para la vida de Macondo. Úrsula partió en busca del hijo y tras cinco meses regresó sin él, pero en compañía de un grupo de forasteros. Úrsula, sin proponérselo, había encontrado el camino que unía a Macondo con otros pueblos que ya tenían "máquinas del bienestar"; abrió con ello una senda que les permitiría salir del aislamiento.
La llegada de los forasteros representa el paso de la aldea a la ciudad, el surgimiento de la civilización, pues se posibilita el entrecruzamiento de culturas y el ensanchamiento del saber colectivo. Este contacto les permite a los macondianos ser partícipes de un mundo más amplio y diverso. Se produce el “choque de culturas”18, que ha permitido a través de la historia hacer avanzar a los grupos humanos, diversificar las ocupaciones y generar riqueza (Gondon Childe).“El crecimiento mismo de la ciudad –afirma Mumford- dependía de trasladar, por conquista o intercambio, alimentos, materias primas, técnicas y hombres de otras comunidades. Al llevar a cabo esta faena, la ciudad multiplicó las oportunidades de conmoción y estímulo psicológicos”19. Así: "la escueta aldea de otro tiempo se convirtió muy pronto en un pueblo activo, con tiendas y talleres de artesanía, y una ruta de comercio permanente por donde llegaron los primeros árabes de pantuflas y argollas en las orejas, cambiando collares de vidrio por guacamayas.".
El proceso de crecimiento revitaliza el ánimo del fundador, que deja los experimentos y proyectos fantásticos para trasladarse a la desafiante realidad de la aldea. José Arcadio Buendía, como en los días de fundación, se ocupa de los asuntos urbanos desde el embellecimiento del espacio público por medio de la siembra de almendros en las calles, hasta controlar los nuevos desarrollos, y "Adquirió tanta autoridad entre los recién llegados que no se echaron cimientos ni se pararon cercas sin consultárselo, y se determinó que fuera él quien dirigiera la repartición de la tierra". José Arcadio Buendía se gana así la autoridad que ejerce, una autoridad no impuesta sino concertada.
En pleno apogeo llega a la casa de los Buendía Rebeca, una extraña parienta que trae consigo un virus contagioso; es la peste del insomnio. Esta fantástica enfermedad evoluciona hasta su estado más crítico, el olvido. El insomnio y el olvido son los elementos que cambian la cotidianidad de Macondo. Nadie duerme, nadie recuerda. El insomnio lleva a que los macondianos sueñen despiertos, “En este estado de alucinada lucidez no sólo veían las imágenes de sus propios sueños, sino que los unos veían las imágenes soñadas por los otros”. En medio de esta nueva situación emerge la respuesta creativa a las circunstancias adversas. Aureliano encuentra un remedio transitorio: acudir al registro escrito para detener el olvido, y marca las cosas con su nombre y uso. Esta fórmula refleja "la realidad escurridiza, momentáneamente capturada por las palabras, pero que había de fugarse sin remedio cuando olvidaran los valores de la letra escrita". A pesar de lo avanzado del olvido, el ingenio nativo no se opaca, Pilar Ternera, la pitonisa del pueblo, concibe el artificio de devolverle, a quien la consultase, fragmentados indicios de su pasado, ella se especializa en "leer el pasado en las barajas como antes había leído el futuro". Sólo el regreso del protector, Melquíades, los salva de la condena de vivir sin saber y les permite reconquistar los recuerdos.
Melquíades trae el nuevo invento, la daguerrotipia, testimonio de que en otros lugares ya se había dado la revolución industrial, mientras Macondo tan solo había alcanzado la revolución urbana; este hecho impacta nuevamente al Patriarca. Armado del nuevo invento, José Arcadio Buendía vuelve al laboratorio. Allí trabaja junto con el gitano aprendiendo el arte de la daguerrotipia y tratando de descifrar las predicciones de Nostradamus, mientras en el mismo sitio Aureliano se dedicaba a fabricar pescaditos de oro. El pragmático patriarca José Arcadio Buendía, muy pronto encuentra utilidad para aquel invento, que le permitiría hacer estática la fugaz realidad y desmitificar creencias; busca, entonces, probar la existencia de Dios: "Mediante un complicado proceso de exposiciones superpuestas tomadas en distintos lugares de la casa, estaba seguro de hacer tarde o temprano el daguerrotipo de Dios, si existía, o poner término de una vez por todas a la suposición de su existencia". El gitano profundizando en las predicciones de Nostradamus advierte, con antelación de cien años, el destino de Macondo: "Sería una ciudad luminosa, con grandes casas de vidrio, donde no quedaba ningún rastro de la estirpe de los Buendía". Nefasta predicción que José Arcadio Buendía no podía creer, pues estaba seguro de que la ciudad sería de hielo y los Buendía permanecerían "por los siglos de los siglos".
Pasados los años Macondo presenta una imagen más consolidada. La familia patriarcal de los Buendía había crecido y las tradiciones aldeanas daban paso a maneras aristocráticas. Úrsula introduce modificaciones en la casa, para que se ajusten al tamaño de la familia y a las nuevas prácticas: "dispuso que se construyera una sala formal para las visitas, otra más cómoda y fresca para el uso diario, un comedor para una mesa de doce puestos donde se sentara la familia con todos sus invitados; nueve dormitorios con ventanas hacia el patio y un largo corredor protegido del resplandor del mediodía por un jardín de rosas, con un pasamanos para poner macetas de helechos y tiestos de begonias. Dispuso ensanchar la cocina para construir dos hornos, destruir el viejo granero [...] y construir otro dos veces más grande para que nunca faltaran los alimentos en la casa. Dispuso construir en el patio, a la sombra del castaño, un baño para las mujeres y otro para los hombres, y al fondo una caballeriza grande, un gallinero alambrado, un establo de ordeña y una pajarera abierta a los cuatro vientos...".
El amplio programa de construcción emprendido por Úrsula, evidencia la llegada de nuevas costumbres, comodidades y riqueza a la que fue una aldea rural. Las salas y el comedor para invitados nos hablan de la vida social que comienza a desarrollarse en el pueblo. Las obras son ejecutadas por especialistas: albañiles y carpinteros. Tenemos entonces un Macondo que progresa y consolida su vida urbana desde una posición rural y relativamente aislada. Terminadas las obras de ampliación, la casa exhibe una peculiar blancura y se le rinde el ritual de la nueva sociedad, se estrena con un baile, lo cual permite mostrar ante vecinos y allegados el nivel que ha alcanzado la familia.
Los cambios que sufre la casa de los Buendía reflejan la dinámica que caracteriza la vida del pueblo. Se entra en una nueva etapa de desarrollo, llega el representante del gobierno nacional, el corregidor Apolinar Moscote, quien disputa el poder al patriarca Buendía. El lejano gobierno nacional busca usurpar la autoridad que ha ganado el patriarca fundador, e integrar el pueblo a su legislación, hecho que no es aceptado por José Arcadio Buendía: "En este pueblo no mandamos con papeles... Y para que lo sepa de una vez, no necesitamos corregidor porque aquí no hay nada que corregir".
Por esta época el pueblo ya tiene un hotel, el de Jacob y un sitio de esparcimiento, la tienda de Catarino. Aparecen en el comercio los variados frutos de una industria y una cultura lejanas: artículos suntuarios de producción en serie, importados para la decoración y uso doméstico, utilizados especialmente en la remodelación de la casa de los Buendía. Irrumpen las manifestaciones de la moda, reflejadas en el vestir, en la música y en los bailes aristocráticos. La mula del correo llega cada quince días.
El júbilo y desaforo modernizador de los Buendía es interrumpido por la muerte del benefactor, el enigmático sabio Melquíades, primer muerto de Macondo, que obliga a que se lleve a cabo el primer entierro en el pueblo y a que aparezca el cementerio.
La calle donde se habían instalado los comerciantes árabes es la "Calle de los turcos". La estructura urbana se va modificando para responder a nuevas actividades. La antigua estructura lineal da paso a una más compleja, capaz de contener varias calles, una plaza y un cementerio.
Inspirado en los principios del péndulo, el patriarca José Arcadio Buendía inicia nuevas búsquedas, entre ellas la del movimiento continuo de juguetes de cuerda, para aplicarlo a lo que fuera útil en el diario vivir. Muy pronto entra en un estado de demencia senil, por lo que su familia lo amarra al castaño del patio. En la casa, la vida sigue su ritmo. Se celebra el primer matrimonio de la familia, el del hijo del fundador, Aureliano Buendía y Remedios la hija del corregidor Moscote. Para celebrar esta unión, traen al pueblo a un sacerdote, el padre Nicanor Reyna, primer sacerdote que pisa estas tierras, quien al notar la falta de un representante de los asuntos del cielo y la falta de atención de los pobladores a los misterios celestiales, decide quedarse y gestionar la construcción de un templo, obra que se agiganta con las alucinaciones propias del pueblo y que lo llevan a imaginar "...un templo, el más grande del mundo, con santos de tamaño natural y vidrios de colores en las paredes, para que fuera gente desde Roma a honrar a Dios en el centro de la impiedad". Desde entonces tienen residencia en Macondo las autoridades que oficializan la existencia de la sociedad: la autoridad civil-militar, en manos del corregidor Apolinar Moscote, y la autoridad religiosa, en manos del padre Nicanor Reyna.
La autoridad civil-militar manifiesta su poder mediante disposiciones que alteran la imagen del pueblo. En Macondo tradicionalmente las casas estaban pintadas de blanco, ahora el corregidor ordena pintarlas de azul, como unificación emblemática de sectarismo político, para la celebración de la fiesta de independencia nacional. Por esta época, el corregidor gestiona la construcción de la escuela y con la colaboración del padre Nicanor, logra que la tienda de Catarino, hasta ahora foco de actividad en el centro del pueblo, se traslade a las afueras; nace la zona de tolerancia.
Por estos tiempos regresa José Arcadio, el hijo aventurero que se había marchado con los gitanos. Se casa con Rebeca y se van a vivir frente al cementerio, en un casa alquilada. Este evento es un nuevo testimonio del crecimiento constante de Macondo, los alrededores de lo que había sido tierra abierta, en donde fundaron el cementerio al morir Melquíades, ya se han urbanizado.
A través del corregidor llegan, desde el interior del país, las intrigas e ideas políticas desfiguradas a conveniencia de quien las presenta. Se infiltra la división partidista. El pueblo se polariza, surge el bando oficial gobernante, el grupo clandestino de los conspiradores, y finalmente, el ejército de los subversivos. Este tipo de división del pueblo, era un fiel reflejo de lo que sucedía en el país desconocido. Las consecuencias no esperan, aparecen la violencia, la insurrección y la guerra. En el tranquilo Macondo, en donde sus gentes eran tan pacíficas que no morían ni siquiera de muerte natural, hacen su aparición la zozobra, el miedo, la represión, y la muerte. “Así, la más preciosa invención colectiva de la civilización, la ciudad, a la que sólo precede el lenguaje en la trasmisión de cultura, se convirtió desde el principio en el receptáculo de destructoras fuerzas internas, orientadas hacia el constante exterminio”20
Producto de estas circunstancias nacionales, de las luchas civiles, de la disputa por el efímero poder, es la aparición del nuevo héroe de Macondo, el héroe militar. El segundo hijo del Patriarca, Aureliano Buendía, viudo desde hace algún tiempo, se alza en armas y con el grado de coronel inicia su lucha. Comienza la leyenda del personaje disidente, del personaje militar de origen popular que pelea no por ideas sino por orgullo. El coronel Aureliano Buendía somete al corregidor, deja el gobierno de la ciudad en manos de su sobrino, Arcadio, y se marcha a unirse a los rebeldes. A pesar de la guerra que se desarrolla más allá de Macondo, dentro del pueblo reina una calma temporal. El almacén de instrumentos musicales del italiano Crespi, había crecido hasta ocupar casi una cuadra que se inunda con melódicos sonidos.



Macondo se transforma, se inicia el período de acciones militares y la escuela se convierte en cuartel. Aureliano Buendía salva batallas, tiene diecisiete hijos, y rechaza todo tipo de pacto con el gobierno nacional. La guerra partidista, después de varios cercos y tomas de uno y de otro bando, deja a Macondo semidestruido.



De esta época se conoce que la iglesia había sido terminada y existía la casa cural, construcciones que sufrieron tras los diferentes cercos y cañoneos a los que se sometió la ciudad. Arcadio fue fusilado contra el muro del cementerio; José Arcadio y Rebeca se fueron a vivir a la casa que Arcadio había hecho para él y Santa Sofía de la Piedad. La casa, construida durante el tiránico gobierno de Arcadio, era una manifestación de los beneficios que brinda el poder absoluto; por ello su ubicación en un sector privilegiado: "situada en el mejor rincón de la plaza, a la sombra de un almendro [...] con una puerta grande para las visitas y cuatro ventanas para la luz". Dentro de una estratificación a partir de la plaza, ahora centro de importancia del pueblo, la ubicación de la casa de Arcadio gozaba de mejor estrato que la del fundador. Esta relación la obtenemos siguiendo la huella que va dejando una mensajera que lleva la noticia de la muerte enigmática de José Arcadio. De la alcoba en donde muere José Arcadio "un hilo de sangre salió por debajo de la puerta, atravesó la sala, salió a la calle, siguió directo por los andenes disparejos, descendió escalinatas y subió pretiles, pasó de largo por la Calle de los Turcos, dobló una esquina a la derecha y otra a la izquierda, volteó en ángulo recto frente a la casa de los Buendía, pasó por debajo de la puerta cerrada...". Ante este signo de tragedia, Úrsula "Siguió el hilo de sangre en sentido contrario, y en busca de su origen atravesó el granero, pasó por el corredor de las begonias .. y atravesó el comedor y las salas y siguió en línea recta por la calle, y dobló luego a la derecha y después a la izquierda hasta la Calle de los Turcos, ...y salió a la plaza y se metió por la puerta de una casa donde no había estado nunca...". Nuevamente los acontecimientos ayudan a consolidar la cambiante imagen urbana de Macondo. Podemos, a partir de este nuevo hecho, suponer que ya hay varias manzanas, indicio de un malla urbana consolidada y creciente; la plaza ha adquirido una importancia representativa; la casa del fundador, a pesar de ser la primera construida, no se encuentra en la plaza; la calle del comercio, "Calle de los Turcos", estaba sobre uno de los ejes que sale de la plaza.
Hay tranquilidad dentro de la guerra, muere José Arcadio Buendía. Comienza a cumplirse el presagio de Melquíades sobre el olvido de los Buendía. El Patriarca fallece sin que lo adviertan sus coterráneos, sólo la naturaleza le rinde el panegírico ritual que merece el héroe fundador. En la noche de su muerte cae sobre el pueblo una llovizna de minúsculas flores amarillas que tapiza las calles. Aparece, con este evento, un color representativo y emblemático de varios acontecimientos en Macondo, el amarillo.
Dentro de un ambiente de paz relativa llega un nuevo representante del gobierno central, el corregidor José Raquel Moncada, quien logra que Macondo sea promovido a la categoría de municipio y se convierte en su primer alcalde. Se construye en el pueblo un teatro a donde llegan compañías españolas; este nuevo edificio refleja la influencia y contacto con el extranjero: "era un vasto salón al aire libre, con escaños de madera, un telón de terciopelo con máscaras griegas, y tres taquillas en forma de cabezas de león por cuyas bocas abiertas se vendían los boletos". Se restaura el edificio de la escuela.
El coronel Aureliano Buendía, con su ejército, regresa a Macondo, se toma la ciudad, fusila al alcalde Moncada y designa como nuevo jefe civil y militar a Gerineldo Márquez, hijo de uno de los fundadores. Después, el coronel Aureliano Buendía, tras casi veinte años de guerra, pacta la paz con el gobierno y se retira a fabricar pescaditos de oro. El pueblo vuelve a la normalidad y Ursula, a restaurar la casa de los Buendía.
La familia patriarcal de los Buendía continúa creciendo. Los gemelos, hijos de Arcadio y Santa Sofia, José Arcadio Segundo y Aureliano Segundo, reemplazan al abuelo y al tío en la vida de Macondo. José Arcadio Segundo se dedica a criar gallos de pelea, pues por este tiempo ya se había olvidado la prohibición del patriarca Buendía; Aureliano Segundo, comienza a tocar el acordeón y sigue el camino del libertino. Organiza, en compañía de su amante Petra Cotes, una próspera sociedad de rifas y cría prodigiosa de animales y llega a tener tanto dinero que empapela

la casa con billetes. Este hecho es el indicio de una nueva prosperidad en Macondo, la época de la danza de los millones, que cambia la imagen de la ciudad: "Macondo naufragaba en una prosperidad de milagro. Las casas de barro y cañabrava de los fundadores habían sido reemplazadas por construcciones de ladrillo, con persianas de madera y pisos de cemento, que hacían más llevadero el calor sofocante de las dos de la tarde.".
José Arcadio Segundo hereda de su abuelo el ingenio y la inclinación por emprender proyectos fantásticos. Concibe establecer un servicio de navegación por el río. Úrsula, al relacionar las ideas del nieto con las de su esposo califica al tiempo como un dar vueltas en redondo para siempre volver al principio. La historia de los proyectos fantásticos vuelve a empezar. El proyecto de navegación fluvial lo financia Aureliano Segundo. Pero el titánico proyecto terminó sólo con la limpieza del cauce del río y la llegada de una balsa de troncos, único vehículo que por primera y última vez llegó por agua a Macondo. El esfuerzo de José Arcadio Segundo no fue del todo perdido, en la balsa llegan las matronas de Francia, viento de renovación disoluta para el pueblo. Ellas "cambiaron los métodos tradicionales del amor" y transformaron la calle de la tienda de Catarino en "un bazar de farolitos japoneses y organillos nostálgicos". También promovieron el primer carnaval que se celebró en Macondo, hecho trágico recordado como un desbordamiento emocional y frenético que intempestivamente, al revivir rivalidades partidistas, pasó del paroxismo a la masacre. Del reinado y carnaval se recordarían sólo los muertos y heridos que quedaron tendidos en la plaza.
Después de la nefasta celebración Aureliano Segundo se casa con Fernanda del Carpio, mujer que había llegado desde el interior del país, de una ciudad lúgubre en donde “treinta y dos campanarios tocaban a muerto a las seis de la tarde”; formada dentro de una cultura de cohibición y severidad, ya dentro de la casa de los Buendía, cambia las costumbres de la familia, introduciendo un tono de rigidez e introversión en aquella casa que siempre había sido de puertas abiertas.
Aparecen en el panorama de Macondo los diecisiete hijos que el coronel Aureliano Buendía había engendrado en medio de sus batallas y dos de ellos se quedan en la ciudad: Aureliano Triste y Aureliano Centeno. Aureliano Triste instala la fábrica de hielo y la perfecciona Aureliano Centeno al inventar los helados. Aureliano Triste gesta el nuevo proyecto fantástico que cambiaría a Macondo: el tren. Este proyecto le confirma a Úrsula que "el tiempo estaba dando vueltas en redondo". Pero la fantasía del nuevo gestor sí se cumple. Llega así a Macondo el tren amarillo en medio de la sorpresa e incredulidad de los habitantes, quienes no se dieron cuenta del momento en que tendieron los rieles y cómo un nuevo camino modificó la faz del pueblo. La ciudad cambia sin que los habitantes alcancen a darse cuenta; “la forma de una ciudad –afirma Baudelaire- cambia más pronto, ¡ay!, que el corazón de un mortal”. Macondo se acercaba cada día más a las máquinas del bienestar, con las que había soñado el patriarca Buendía, pero éstas, antes que traer bienestar sólo estaban acercando el infortunio.
Para el tren que llegaba los miércoles a las once de la mañana se construyó una estación de madera y se abrió una plazoleta frente a ella. Por el nuevo medio de transporte llegaron la bombilla eléctrica, el cine, el gramófono, el teléfono, y los vendedores de baratijas y de promesas para salvar el alma; con ellos vinieron mister Herbert y la compañía bananera, que generó una fatídica prosperidad en Macondo.
La compañía trajo una gran cantidad de personal, transformó la estructura urbana, e instaló a sus trabajadores foráneos en casas de madera con techos de zinc. Los directivos extranjeros construyeron "un pueblo aparte al otro lado de la línea del tren con calles bordeadas de palmeras, casas con ventanas de redes metálicas, mesitas blancas en las terrazas y ventiladores de aspas colgados en el cielorraso, y extensos prados azules con pavorreales y codornices. El sector estaba cercado por una malla metálica, como gallinero electrificado que en los frescos meses del verano amanecía negro de golondrinas achicharradas”.
Había llegado a Macondo una compañía multinacional; con ella la presencia de una sectorización excluyente y amenazadora, algo desconocido en la ciudad igualitaria y de puertas abiertas. Estos nuevos personajes transformaban a su imagen y semejanza la configuración del pueblo y sus características climáticas, pues estaban "Dotados de recursos que en otra época estuvieron reservados a la Divina Providencia, modificaron el régimen de lluvias, apresuraron el ciclo de las cosechas, y quitaron el río de donde estuvo siempre y lo pusieron con sus piedras blancas y sus corrientes heladas en el otro extremo de la población, detrás del cementerio". Ampliaron el sector del esparcimiento, en la calle de las matronas de Francia, y convirtieron la zona en "un pueblo más extenso que el otro... para los forasteros que llegaban sin amor". La Calle de los Turcos se activó con la aparición de almacenes de ultramarinos que "desplazaron a los viejos bazares de colorines". La gran avalancha de cambios se dio en un período de menos de ocho meses y eran tantos y tan rápidos que "los antiguos habitantes de Macondo se levantaban temprano a conocer su propio pueblo". Dentro de este marco utilitario, se comienza a cumplir una de las sentencias de Mumford: “Los nuevos amos de la sociedad volvieron despectivamente sus espaldas al pasado y a todas las acumulaciones de la historia y se dedicaron a crear un futuro que, conforme con su propia teoría del progreso, sería igualmente despreciable una vez que, a su turno, pasara, y fuera entonces descartado con la misma falta de piedad”21
Mientras la obsesión del banano se tomaba la población, la casa de los Buendía se convertía en el sitio que daba la bienvenida a los forasteros, pero esta nueva y agitada actividad no desplazaba los fenómenos extraordinarios y prodigiosos que allí sucedían. Por ese tiempo, Remedios la bella asciende al cielo y el coronel Aureliano Buendia, el luchador en treinta y dos levantamientos, muere sin que nadie lo note. Con su muerte se da fin a la segunda generación de los Buendía, mientras la cuarta continúa creciendo en la casa de los ancestros. La hija de Aureliano Segundo, “Meme”, entabla amores secretos con Mauricio Babilonia; de esta unión nacerá el hijo de la vergüenza, Aureliano, a quien mantendrán oculto en la casa patriarcal.
Mientras tantas y prodigiosas cosas pasaban en la casa de los Buendía, en el pueblo se manifestaban las inconformidades originadas por las pésimas condiciones laborales de los trabajadores de las bananeras; los síntomas de una huelga se evidenciaban. José Arcadio Segundo, que trabajaba como capataz en la compañía, se convierte en líder sindical y encabeza las protestas. Los altos mandos de la compañía desaparecen, queda la situación en manos de la fuerza pública. Al poco tiempo estalla la huelga. La actividad cotidiana de Macondo se trastorna, los trabajadores en espera de soluciones se trasladan a La Calle de los Turcos y el salón de billar del Hotel de Jacob se congestiona. Macondo termina militarizado.
Por parte de los mandos militares se anuncia una intermediación, para lo cual convocan a la muchedumbre para que se reúna en la estación del ferrocarril a esperar al Jefe Civil y Militar, que les traería soluciones. El día en que éste debía llegar, un viernes, los huelguistas se reúnen, y convierten el lugar de espera en una feria pletórica de jubilo, a donde trasladan los puestos de ventas de bebidas y fritanga. La espera se prolonga desde las doce del día hasta las tres de la tarde, el Jefe Militar no llega. Cuando los huelguistas se preparan para retirarse, un teniente lee un decreto, firmado por el general Carlos Cortés Vargas, que los declara como malhechores y faculta al ejército a dispararles. El capitán a cargo da cinco minutos para que se retiren bajo amenaza de disparar. Pasado el tiempo comienzan las descargas contra más de tres mil personas, trabajadores, mujeres y niños, que se habían reunido. Los muertos son cargados en un tren que sale de Macondo en la noche, “iban a ser arrojados al mar como el banano de rechazo
El único sobreviviente y fiel testigo de tan siniestro acto, José Arcadio Segundo, escapa del vagón en que viajaba la muerte y regresa a Macondo en medio de un aguacero torrencial. Encuentra un pueblo apacible y desolado, sin rastro de lo sucedido: “en tres cocinas donde se detuvo José Arcadio Segundo antes de llegar a la casa le dijeron lo mismo: “No hubo muertos”. Pasó por la plazoleta de la estación, y vio las mesas de fritangas amontonadas una encima de otra, y tampoco allí encontró rastro alguno de la masacre. Las calles estaban desiertas bajo la lluvia tenaz y las casas cerradas, sin vestigio de vida interior. La única noticia humana era el primer toque para misa”. Nadie creía lo vivido por José Arcadio Segundo, todos repetían la versión oficial: la huelga se había solucionado pacíficamente y los trabajadores se habían marchado a sus casas.

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