Luciano de crescenzo



Descargar 1,07 Mb.
Página8/26
Fecha de conversión10.01.2017
Tamaño1,07 Mb.
1   ...   4   5   6   7   8   9   10   11   ...   26

HERÁCLITO EL OSCURO


Heráclito126 nació en Éfeso, en la costa jónica, unos kilómetros al norte de la playa de Kusadas, hoy asentamiento del precioso Club Mediterranée. La vida frenética del club, los G.O.* siempre en movimiento, los windsurf como flechas sobre el mar, las hogueras encendidas en la playa, concuerdan muy bien con la filosofía del devenir. Quizá sea un poco menos heraclitiana la sociabilidad que se pide a los clientes; Heráclito era un auténtico aristócrata, y como tal no tenía ninguna gana de hablar con el prójimo.

La fecha de su nacimiento es muy incierta: hay quien la sitúa en el 540 a.C. y quien incluso la traslada hasta el siglo siguiente. Esta falta de precisión se debe al hecho de que los historiadores antiguos no le daban demasiada importancia a la fecha de nacimiento de los hombres ilustres y preferían referirse al año de máxima madurez, la llamada acmé. En estos casos utilizaban un verbo muy sugerente: florecer. De Heráclito, efectivamente, se dice que «floreció» durante la 69 Olimpiada y, por lo tanto, más o menos hacia el 500 a.C.127

Su padre, Blosón o Blisón, era descendiente directo del fundador de la colonia, Androcles, que a su vez era hijo de Codro, el tirano de Atenas.128 Gracias a este ilustre origen, su familia presumía siempre del título de basileus, el cargo sacerdotal más alto de la polis. Por lo tanto, Heráclito, como primogénito, estaba destinado a convertirse en un notable del país; pero cuando le llegó el turno, decidió renunciar al privilegio en favor de su hermano.129 Cuento estas cosas con detalle porque estoy convencido de que la descripción del carácter cerrado y escorbútico de Heráclito es la clave para comprender su pensamiento. Vamos, que Heráclito era un aristócrata y un intelectual, que es como decir un snob al cuadrado: despreciaba al prójimo y sobre todo a los ignorantes y a los supersticiosos. He aquí une serie de juicios que le son atribuidos:

—«Son muchos los de ínfima clase, pocos los que valen.»130

—«La mayoría sólo piensa en saciarse, como una manada de animales.»131

—«Los hombres se muestran faltos de entendimiento, ya sea antes de poner el oído o bien después de haber escuchado, y no se dan cuenta de lo que hacen cuando están despiertos, igual que olvidan lo que hicieron cuando estaban durmiendo.»132

Se jactaba de que nunca había tenido maestros. Cuando sentía la necesidad de consultar con alguien solía decir: «Esperad un momento que me voy a preguntar a mí mismo.»133 El único sabio al que apreciaba entre sus predecesores era Bías (el de la mayoría mala, del cual hablamos en el primer capítulo). Con respecto a los demás sólo tenía palabras de desprecio. «La erudición no enseña a ser inteligente; si así fuera, también serían inteligentes Hesíodo, Pitágoras, Jenófanes y Hecateo.»134

Cuando manifestó su renuncia a ser basileus en favor de su hermano, se fue a jugar a los dados con algunos crios al templo de Artemisa. Ante las protestas de sus paisanos contestó: «¿Por qué os asombráis, oh canalla? ¿No es quizá mejor jugar con los niños que participar con vosotros en el gobierno de esta ciudad?»135 A pesar de la soberbia conciencia de su valor, no tenía ninguna ambición de poder. Cierto día, Darío, rey de los persas, deseando rodearse de intelectuales, le escribió una larga carta y le invitó a ir a su corte donde, al parecer, le habría cubierto de oro de la cabeza a los pies. Pues bien, otra vez el filósofo se negó a aceptar el «puesto seguro» y respondió que su mente «rehuía la insolente e insaciable ambición, generadora de envidia».136 Así era el personaje. De una pasta muy diferente a la de sus conciudadanos: en Éfeso la ética del momento era la de gozar de la vida sin pensar mucho en el futuro. Los historiadores narran que una vez la ciudad sufrió un largo asedio por parte de los persas: pues bien, también en aquella ocasión los efesios continuaron viviendo como si las provisiones acumuladas fuesen inagotables. Cuando, a causa de la larga duración del sitio, los víveres empezaron a escasear, «un hombre llamado Heráclito intervino en la asamblea del pueblo; allí, sin proferir ni una sola palabra, cogió cebada triturada, la mezcló con agua y se la comió sentado en medio de todos».137 Los ciudadanos comprendieron su mudo reproche y a partir de entonces comenzaron un período de austeridad que desalentó definitivamente a los persas. ¿Verdad que en Italia también se podría resolver así, con un simple gesto, el problema de la crisis económica? Un hombre de probada sabiduría (¡no un radical, por favor!) podría comerse... qué sé yo... un par de albóndigas delante de las cámaras, ¡y quién sabe si los italianos, impresionados por tanta frugalidad, dejarían de una vez de consumir solamente los cuartos traseros!

Como Heráclito era un «despreciador del vulgo»,138 en política siempre se puso del lado de los tiranos. Solía decir: «También obedecer a la voluntad de un solo hombre significa ley.»139 Para excusarle debemos precisar que, por aquel período, gobernaba en Éfeso un tal Hermodoro, hombre de excepcionales virtudes y viejo amigo de familia de nuestro filósofo. Nos podemos imaginar cómo se debió de irritar éste el día en que sus conciudadanos decidieron expulsar a Hermodoro por el siguiente motivo: «Al no desear que nadie de nosotros sea dignísimo, y al comprobar que hay uno que lo es, le invitamos a que se vaya a vivir a otra parte.»140 Heráclito arremetió contra los efesios y les invitó a que se ahorcaran, uno por uno, y a que confiaran el gobierno a los niños, tras lo cual abandonó el pueblo y se hizo ermitaño.

El último período de su vida fue el más duro: reducido a un estado salvaje, se alimentó sólo de hierbas y plantas silvestres. Escribió un libro titulado La naturaleza y lo fue a depositar, para que no acabara en manos profanas, en el templo de Artemisa.141 Sobre lo que había en él escrito, es unánime el parecer de que no se entendía absolutamente nada, hasta tal punto que su autor pasó a la historia como «Heráclito el oscuro» (ho skoteinós).142

Sócrates, que fue uno de los primeros en echarle una ojeada, salió de apuros diciendo: «Lo que se entiende es excepcional, por lo que deduzco que también el resto lo será; pero para llegar al fondo de esta parte haría falta ser un buceador de Delos.»143 En otras palabras, sólo un submarinista, acostumbrado a las tinieblas de los abismos, podría haber entendido algo. Aristóteles, por su parte, se quejaba de la mala puntuación y de la fragmentación de las frases.144

La verdad es que el viejo y, digámoslo también, arteriosclerótico filósofo, era el primero que no deseaba que se le entendiera: su estilo era de oráculo y, como a él mismo le gustaba sentenciar, «el oráculo no dice, ni esconde, sino que indica».145 Por otro lado, le importaba un bledo comunicarse con las masas; total, decía: «los hombres carecen de entendimiento y, aunque hayan prestado oído, parecen sordos. En ellos se confirma el dicho: los presentes están ausentes».146

Cuando alcanzó la edad de sesenta años enfermó de hidropesía: se hinchó cada vez más de agua y tuvo que regresar al pueblo para que le curaran. Por cierto, también hay que decirlo, que al viejo Heráclito nunca le habían caído muy bien los médicos. Entre sus fragmentos encontramos uno en el que se maravilla de que «éstos no sólo cortan y queman, sino que pretenden también que se les pague».147 Además, tantos años de soledad le habían desacostumbrado a charlar con el prójimo. Así ocurrió que en presencia de los médicos se puso a hablar con enigmas: preguntó si había alguien capaz de cambiar una inundación por una sequía. Ellos no entendieron nada y él les mandó al diablo.

Esto de la hidropesía podría ser considerado como otra venganza del destino con respecto a un filósofo griego. Como ya le ocurrió a Pitágoras, asesinado en un campo de habas, también Heráclito fue perseguido por el agua. Y hay que decir que el filósofo, en su libro La naturaleza, había condenado al agua como la peor parte del ser humano. El alma, decía, está compuesta por porcentajes de fuego y de agua que varían de individuo a individuo: el fuego la eleva hacia metas cada vez más nobles y el agua la arrastra hacia turbias pasiones. «El borracho se tambalea y puede ser llevado de la mano por un niño imberbe, precisamente porque se encuentra con el alma demasiado humedecida.»148

Habiéndose quedado solo y enfermo, Heráclito intentó curarse a su manera: «Se enterró en un establo bajo el calor del estiércol animal, con la esperanza de que el humor se evaporase.»149 Sin embargo, según Neante de Cizico, se hizo embadurnar de estiércol por algunos esclavos y se expuso al sol; pero entonces, al resultar irreconocible por los excrementos, fue devorado por una jauría de perros.150

Era un pesimista. En uno de sus fragmentos más dramáticos escribió: «Los hombres quieren vivir, pero desean aún más morir, y procrean hijos para que nazcan otros destinos de muerte.»151 Con estas palabras, el freudiano instinto de muerte se asoma por primera vez en la historia del pensamiento occidental.

El melancólico Heráclito, como a Teofrasto le gustaba definirle,152 pertenece sin duda a la categoría de filósofo racionalista: su desprecio por las masas sólo era inferior al que sentía por Zeus y toda la corte del Olimpo. «El mundo», decía, «no ha sido creado por ninguno de los Dioses.»153 Criticaba abiertamente a los que rezaban («dirigir oraciones a las estatuas de los Dioses es como tratar de discutir con las casas en vez de con los moradores de éstas»)154 y a los que, para purificarse de los pecados cometidos, sacrificaban animales en los templos («ellos se purifican de la sangre derramada manchándose de otra sangre, como si, estando sucios de barro, se quisieran lavar con barro»).155 Suerte tuvo de ir predicando todas estas cosas por Éfeso y no por Atenas, donde nadie le habría librado de un proceso por impiedad. He aquí un par de pensamientos heraclitianos sobre la creación: «El mejor de los mundos es un montón de desperdicios arrojados al azar»;156 «La vida es un niño que juega y mueve las piezas sobre el tablero».157 Unos sesenta años más tarde Sócrates será condenado a beber la cicuta por haber dicho mucho menos que eso.

Sobre cuál fue el verdadero pensamiento de Heráclito no todos se ponen de acuerdo: para algunos es el filósofo del «fuego», entendido éste como el elemento príncipe en el que todo tuvo su origen y donde todo finalizará; en cambio, para otros, es el filósofo del «devenir», es decir, de la lucha entre los opuestos. La diferencia sustancial entre las dos interpretaciones está en el hecho de que mientras la primera prevé un vencedor final, el fuego precisamente, la segunda opta por un empate, considerando que a ninguna de las partes en lid le conviene prevalecer sobre la otra. Si he de elegir, me declaro a favor de la tesis del «devenir».

La realidad, según Heráclito, es un incesante fluir y transformarse de las cosas. No existe objeto, animado o inanimado, que no sufra modificaciones continuamente. Incluso aquellas cosas materiales que a primera vista nos parecen inmutables, tras un atento análisis muestran alguna alteración: una campana de hierro se enmohece y un escollo se corroe, un árbol crece y un cuerpo envejece. Panta rei, todo fluye, «no nos podemos bañar dos veces en el mismo río».158 Símbolo de esta continua transformación es el fuego que Heráclito eleva a elemento primordial. «Todas las cosas son un trueque a cambio del fuego, igual que las mercancías se cambian por el oro y el oro se cambia por las mercancías.»159

Ahora bien, aunque Éfeso se encuentre a menos de cuarenta kilómetros de Mileto y la preferencia por el fuego nos recuerde quizá demasiado las teorías cosmológicas de Tales, Anaximandro y Anaxímenes, no hay que caer en el error de catalogar a Heráclito entre los filósofos de la escuela milesia. Nuestro escorbútico pensador, aparte de su carácter, supone en el plano teórico un enorme salto cualitativo respecto a sus antecesores.

La originalidad de la intuición heraclitiana radica en haber imaginado el mundo como un gigantesco campo de batalla en el que se enfrentan fuerzas más o menos equivalentes. La lucha no constituye la excepción, sino la norma de vida; o mejor dicho, es la vida misma y los hombres deben aceptarla como una forma de justicia natural. «La mejor de las tramas se forma con los opuestos, y todas las cosas surgen de la contienda.»160 «La guerra es el padre [sic] de todas las cosas»161 [en griego el sustantivo «guerra» es masculino].

El filósofo se la tenía jurada a Homero porque el poeta, en un verso de la Ilíada, había exclamado: «¡que pueda morir la Discordia entre los hombres y los Dioses!».162 ¿Qué sería el mundo, se pregunta Heráclito, si no existiese la lucha? Un horroroso y solitario lugar de muerte. «¿No es acaso la enfermedad la que hace buena a la salud? ¿No es quizá el hambre la que gratifica la saciedad, y el trabajo pesado el que hace el descanso tan dulce?»163 El más extraño, pero quizá el más significativo, de los fragmentos de Heráclito dice: «Del "arco" solamente el nombre es "vida", puesto que su obra es muerte.»164 Explicación: en griego las palabras «arco» y «vida» se pronuncian ambas bíos y la coincidencia no es del todo casual, ya que el arco, cuando está tenso, a pesar de su aparente estatismo simboliza la vida, es decir la lucha entre la madera que se curva y la cuerda que lo tensa, mientras que la función del arco es generar muerte. Pero cuidado con que uno de los elementos en lucha le tome ventaja al enemigo: la victoria coincidiría con el suicidio del vencedor. Si hoy estuviera vivo, Heráclito aconsejaría a la Democracia Cristiana que no debilitara nunca el peso político de su adversario natural, el PCI, ya que el fin de este partido significaría también la simultánea desaparición del escudo cruzado.*

Para Heráclito el conflicto cósmico, aparentemente tan caótico, esconde una racionalidad que a él le gusta definir con una sola palabra: Logos, y aquí vamos a parar a las llaves165, ya que este término es susceptible de las más diversas interpretaciones. Para algunos, Logos significaría simplemente «Lenguaje»; para otros, en cambio, sería «Verdad», «Razón», «Verbo», «Realidad» e incluso «Dios». Yo estoy convencido de que Heráclito concebía el Logos como una simple ley natural que regulaba la lucha entre los elementos, pero sin atribuir a esta palabra ningún significado metafísico. Para los estoicos, en cambio, así como para todos aquellos que quisieron darle a la filosofía de Heráclito un tinte religioso, el Logos representaba la voluntad del creador.

Desgraciadamente, la filosofía estoica, y después la cristiana, no pudieron dejar de imaginar un «final feliz» como compensación por los innumerables sufrimientos que padecemos en la vida terrenal, y esto las ha condicionado bastante. Lo que me hace inclinarme hacia las tesis naturalistas es la comprobación de que todos los filósofos presocráticos fueron incapaces de concebir algo no material. Anaximandro, por ejemplo, con su ápeiron no hablaba de una entidad inmaterial, como el alma, para entendernos, sino de una materia infinita más sutil que el aire, e incluso Pitágoras concebía los números como pequeños objetos que tenían grosor.

La oscuridad de Heráclito ha tenido su buena parte de responsabilidad en esta variedad de interpretaciones: dada la indescifrabilidad de los fragmentos, cualquiera que quiso consiguió casi siempre encontrar en Heráclito un aval a sus propias teorías. Todos, por así decirlo, han querido «llevar el agua a su molino». Aconsejo a los estudiantes de filosofía que citen siempre a Heráclito, cualquiera que sea el filósofo cuyo pensamiento estén describiendo. Hobbes, Spencer, Hegel, Bergson, Heidegger, Nietzsche: a cualquiera de ellos puede irle bien el Oscuro, ya que siempre dijo todo y lo contrario de todo: así se queda bien y se arriesga poquísimo.

También Heráclito tuvo sus fans y, como a menudo ocurre, éstos se mostraron aún más intransigentes que el maestro; si efectivamente Heráclito había dicho que no era posible bañarse dos veces en el mismo río, su discípulo preferido, Crátilo, afirmó que no era posible efectuar eso ni siquiera una vez y, con respecto a la inutilidad de comunicarse con el prójimo, era costumbre en él guardar el más absoluto silencio. Cuando le preguntaban algo, se limitaba únicamente a mover el dedo meñique.166

Ejercicio: reflexionar sobre el siguiente fragmento: «Por amplitud, el sol es tan grande como el pie de un hombre.»167

IX

1   ...   4   5   6   7   8   9   10   11   ...   26


La base de datos está protegida por derechos de autor ©absta.info 2016
enviar mensaje

    Página principal