Luciano de crescenzo



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VII

PITÁGORAS SUPERSTAR67

El dios Hermes,68 queriendo hacer un regalo a su hijo Hetálides, le prometió cualquier cosa que quisiese excepto la inmortalidad, y Hetálides le pidió una memoria eterna, es decir, la posibilidad de recordar, también después de muerto, todas sus vidas anteriores. Gracias a esta facultad, Pitágoras afirmó que había vivido cuatro veces 69 y, concretamente, que primero fue Hetálides, después Euforbo y como tal fue herido en Troya por Menelao, luego Hermotimo, que para demostrar lo anterior reconoció en un templo el escudo de Menelao y, finalmente Pirro, un pobre pescador de la isla de Delos. Entre una reencarnación y otra su alma transmigró a numerosas especies animales e incluso a alguna planta. Otras veces descendió al Hades,70 donde pudo entrever a Homero colgado de un árbol y a Hesíodo encadenado a una columna, culpables ambos de haber tratado a los Dioses con demasiada familiaridad. De todas formas, la serie de apariciones de Pitágoras no acaba con él: algunos biógrafos posteriores71 cuentan que el filósofo se reencarnó de nuevo en un tal Periandro, después en el cuerpo de un hombre también llamado Hetálides y, para acabar, en el perfumado ropaje de Alco, una bellísima mujer cuyo oficio era hacer de puta. Echando cuentas, parece que el ciclo de las reencarnaciones era de 216 años72 por lo que su última aparición en la Tierra debió acaecer hacia 1810 d.C. Teniendo en cuenta sus inclinaciones políticas bien pudo ser Camillo Benso, conde de Cavour, que nació precisamente ese año.

Herodoto narra que Pitágoras tuvo como esclavo a un Dios, un tal Zamolxis.73 Este esclavo, una vez que fue libre y se hizo rico, mandó construir una hermosa villa e invitó allí a cenar a los «primeros ciudadanos» de su país de origen. Durante el banquete, Zamolxis comunicó a sus invitados que ellos no morirían nunca y que él mismo era un inmortal que iba y venía del Hades a su antojo. Nada más decirlo desapareció de repente y se encerró en un aposento subterráneo que se había construido anteriormente. Allí permaneció durante tres años hasta que un día, cuando ya todos le daban por muerto, apareció más vivo que nunca, y fue venerado como un Dios por el pueblo de los getas.

Por todas estas cosas se comprende en seguida que en la leyenda sobre Pitágoras se ha fantaseado mucho y se ha dicho todo lo que se ha querido. Los historiadores más serios se han negado, con razón, a referir las anécdotas escritas sobre él: De Ruggiero, por ejemplo, afirma que «para una reconstrucción histórica del pitagorismo, todo este material no tiene ningún valor»; y Adorno confirma que «poco o nada se sabe que sea documentable históricamente». Sin embargo yo, que siempre mantuve una difícil relación con la seriedad, no tengo ningún problema en contar todo lo que he leído, y sobre todo lo que más me ha divertido.

Espero que algún día alguien escriba un elogio de la Mentira, ya que, a diferencia de lo que se cree, la Mentira también tiene su valor histórico. Quiero decir que si Jámblico y Porfirio, los principales biógrafos de Pitágoras, consideraron oportuno narrar ciertos episodios de la vida del filósofo, esto quiere decir que tales episodios debían estar relacionados con su carácter y, como tales, ser útiles para la comprensión del personaje. Y además, aunque un día la Verdad consiguiese demostrar la falsedad de alguna anécdota, ¡peor para la Verdad porque, al hacerlo, admitiría sus limitaciones con respecto a la fantasía!

Pitágoras, hijo del joyero Mnesarcos, nació en el 570 a.C. en la isla de Samos, a pocas millas de la ciudad de Mileto. Gracias a una recomendación de su tío Zoilo,74 asistió a la escuela con el gran Ferécides quien, como nos cuenta Apolonio,75 lo primero que le enseñó fue a hacer milagros. Cuando murió Ferécides, queriendo especializarse en ciencias matemáticas, decidió dirigirse a los más ilustres profesores de la época: los sacerdotes egipcios. Por lo tanto metió en la maleta tres copas de plata, de la tienda de papá, y una carta de recomendación del tirano Polícrates para el faraón Amasis, y se embarcó en el primer barco que salía. Haciendo un inciso: no sé si os habréis dado cuenta, pero ¡también en aquellos tiempos las cosas funcionaban a base de «sobres» y recomendaciones! Sea como sea, una vez que estuvo en Egipto, las cosas tomaron un mal cariz: los sacerdotes Heliopolitanos, a pesar del regalito de la copa de plata y de que Pitágoras era «persona» del Faraón, se declararon hipócritamente indignos de un alumno tan ilustre y le enviaron a los más ancianos y venerables sacerdotes de Menfis; éstos a su vez, con el mismo pretexto, se lo colocaron a los sacerdotes de Tebas, los terribles Diopolitanos, quienes, como eran los últimos y no tenían a quien pasarle la patata caliente, le sometieron a pruebas de excepcional dureza. Pero calcularon mal, sin tener en cuenta el carácter firme de Pitágoras: nuestro filósofo superó brillantemente cualquier obstáculo y terminó conquistando la admiración de sus «torturadores», los cuales no pudieron por menos que acogerle como a un hermano y apartarle de todos los misterios.76

Una vez concluida la experiencia egipciaca, Pitágoras completó su preparación viajando por todo el mundo.77 Hay quien le señala como alumno de los caldeos en astronomía, de los fenicios en logística y geometría, y de los Magos78 en ritos místicos. Sus encuentros con las personalidades del siglo son tan numerosos como improbables: incluso leí que le hizo una visita de cortesía a Numa Pompilio, quien, mientras no se demuestre lo contrario, murió cien años antes de su nacimiento. Entre los encuentros determinantes debemos citar el que tuvo con el persa Zaratustra,79 durante el cual Pitágoras aprendió la teoría de los opuestos. Todo, decía Zaratustra, se genera del choque entre las fuerzas del Bien y del Mal; con las primeras se encuentran la Luz y el Hombre, con las segundas las Tinieblas y la Mujer. Qué extraño, pero no ha habido ni uno solo de estos profetas espirituales de la humanidad (Zaratustra, Isaías, Confucio, Mahoma, Pablo de Tarso y compañía) que haya puesto alguna vez a la Mujer del lado del Bien. Quién sabe por qué.

Pero volvamos a Pitágoras: finalizados los estudios, reaparece en su patria como maestro del hijo de Polícrates, el tirano de Samos. Y aquí tenemos que decir cuatro cosas de ese gran rufián del siglo VI que fue Polícrates.80 Más que un rey, aquel tipo era un verdadero pirata: sus barcos aniquilaban a cualquiera que osara acercarse a las costas jónicas. En política exterior se aliaba siempre con los peores, pero cambiaba corriendo la bandera en cuanto olía que las cosas tomaban otro rumbo. Vamos, que era un granuja. Y por no hablar de la corte: no hacía más que irse de parranda con algunos intelectuales como Hibico y Anacreonte y un centenar de jóvenes muchachas y hermosos muchachos.81 Para Pitágoras, moralista como todos los santones, esta vida de excesos no podía congeniar con él; decidió, por lo tanto, con cuarenta años cumplidos, volver a tomar el camino del mar y desembarcar en Crotona, en la costa italiana.82 Allí, la asamblea de ancianos le invitó a que hablara a los jóvenes de la sabiduría griega y él, ni que decir tiene, aprovechó en seguida la ocasión para educar a una generación de trescientos alumnos con la que adueñarse de todos los resortes del poder.

Pitágoras fundó una escuela, mejor dicho una secta, en la que se seguían reglas extrañísimas, como éstas:

• No comer habas.

• No partir el pan.

• No atizar el fuego con el hierro.

• No tocar el gallo blanco.

• No comer el corazón.

• No mirarse al espejo junto a la lumbre.

• Cuando te levantes de la cama no dejes la huella de tu cuerpo.

• Cuando quites la olla del fuego mueve las cenizas.

Quizá lo mejor sea no intentar comprender nada: en las religiones los preceptos sólo suelen representar una disciplina útil para infundir el espíritu de grupo. En nuestro caso, como mucho, podríamos extraer algún significado metafórico: «no partir el pan» por ejemplo, podría querer decir «no te separes de los amigos», o el «no atizar el fuego con el hierro» querría decir «estáte siempre dispuesto a perdonar». En cualquier caso el mandamiento más oscuro del catecismo pitagórico sigue siendo el de las habas.83 ¡Sólo Dios sabe por qué Pitágoras odiaba tanto a esa inofensiva legumbre! Según Aristóteles se debía a un cierto parecido con el órgano masculino; según otros se trataba de una alergia que padecía desde niño. Lo cierto es que en su presencia estaba prohibido hasta nombrarlas.

Los iniciados vivían todos juntos bajo el régimen de comunidad de bienes. Cada día, al anochecer, estaban obligados a plantearse tres preguntas: a) qué he hecho mal, b) qué he hecho bien, c) qué he omitido hacer. Tras lo cual debían pronunciar la frase: «Lo juro por Aquél que ha revelado a nuestra alma la divina tetraktýs.»84

Todas las noches hablaba el Maestro. Venían a escucharle de todas partes. Pero él no se mostraba a nadie: hablaba escondido detrás de una cortina. El que por casualidad, aunque fuera de pasada, conseguía verle, luego se jactaba de ello toda su vida.85 «Él poseía un aspecto majestuoso, el rostro resplandeciente y el cabello ondulado; iba envuelto en un manto blanco, y de todo su ser emanaba una afable dulzura.»86 Empezaba todos sus discursos con la frase: «Por el aire que respiro, por el agua que bebo, no toleraré ninguna objeción sobre lo que voy a decir»,87 y esto nos da a entender claramente cuál era su idea de la democracia.

Sólo unos pocos afortunados eran admitidos ante su presencia: los mismos discípulos no tenían el privilegio de verle si no habían cumplido cinco años de estudios. Cierto día, una discípula, tras escabullirse a escondidas en sus aposentos, consiguió verle mientras se bañaba y contó a los demás que había entrevisto un muslo de oro;88 en cambio, según Eliano, parece ser que fue él mismo, en Olimpia, quien mostró en el teatro su fémur de oro.89

Pitágoras solía dividir a sus prójimos en dos categorías: los matemáticos, es decir, los que tienen derecho a acceder al «conocimiento» (mathémata), y los acusmáticos que sólo pueden escuchar.90 Para diferenciar mejor a los dos grupos inventó un lenguaje comprensible sólo para los iniciados, por lo tanto códigos numéricos, mensajes simbólicos y otros artificios para conservar el poder a través de la información. En el fondo Pitágoras podría ser considerado como el inventor de la masonería o, por lo menos, como el precursor de las asociaciones secretas. Su secta, a la que podríamos denominar P1, tenía todas las características de una logia masónica: el sigilo, el rito de iniciación, la figura del Gran Maestro, la ayuda recíproca entre hermanos, los símbolos, los compases, las escuadras, etc. A propósito de sigilo, la ley de la escuela no tenía ninguna piedad con los transgresores: se cuenta que un día un discípulo, un tal Hipaso, reveló a todo el mundo la existencia de los números irracionales y la consiguiente resquebrajadura de la armonía numérica sobre la que se erguía el castillo de las teorías pitagóricas;91 pues bien, el traidor no fue muy lejos: alcanzado por la maldición del Maestro, naufragó a pocas millas de Crotona, mientras intentaba desesperadamente alejarse de allí.

A Pitágoras se le atribuyen numerosos acontecimientos, extraordinarios. Éstos son algunos de los más verosímiles: mató a una serpiente venenosa de un mordisco.92 Conversó durante muchos años con una osa daunica.93 Persuadió a una becerra de que no comiera habas.94 Acarició a un águila blanca que había bajado del cielo expresamente para saludarle.95 Fue visto en el mismo instante en Crotona y en Metaponto.96 Fue saludado por el río Neso que, fluyendo junto a él, parece que exclamó «Salve, oh Pitágoras».97, 98

Para acentuar más el carácter sobrenatural del personaje, fue considerado por sus discípulos como de una raza aparte. De él se solía decir: «tres son las naturalezas del Universo: los Dioses, los mortales y los que son como Pitágoras».99 Su nombre, en las conversaciones, no se mencionaba nunca explícitamente: se utilizaba la expresión «ese Hombre» o la más dogmática autós éfe (él mismo lo dijo), que más tarde, durante muchos siglos, en la versión latina ipse dixit, servirá para poner fin a cualquier discusión.100

A la larga, las reglas, los misterios y el carácter dogmático de su enseñanza, terminaron hartando a los ambientes más democráticos de Crotona. Como decimos en Nápoles: «Dalle e dalle se scassano pure 'e metalle.»* Por otra parte, la verdad es que los pitagóricos no hacían nada para caer bien: miraban a todos de arriba abajo, sólo se daban la mano entre colegas y trataban de imponer a todos su catecismo. Ahora bien, todo se les puede perdonar a los poderosos, menos la pretensión de querer reformar al prójimo a toda costa. Y fue precisamente debido al integralismo beatón de los pitagóricos por lo que un día Crotona decidió declarar la guerra a los sibaritas, culpables, según Pitágoras, de gozar de la vida sin muchas preocupaciones. El resultado del enfrentamiento, como siempre ocurre cuando al mando de la facción victoriosa hay un reformador religioso, fue despiadado para los vencidos: la refinada Sibari fue completamente arrasada y todos sus habitantes asesinados a golpe de espada.101

Mientras tanto, en Crotona se estaba formando un partido anti-Pitágoras. Al frente de esta oposición estaba un tal Cilón, joven de buena familia y de carácter violento. Este individuo, al ver que era rechazada su demanda de admisión en el club de los pitagóricos, no descansó hasta encontrar una forma de vengarse.102 Una noche, encabezando a un centenar de delincuentes, rodeó el cuartel general de los pitagóricos, o sea la villa del atleta Milón, y tras haber invitado inútilmente a los filósofos a que salieran, prendió fuego a la casa. Poquísimos lograron huir, entre ellos Arquipo, Lísides y el mismo Pitágoras. A pesar de ello, justo detrás de la casa de Milón había un vasto campo de habas y el viejo Maestro, con tal de no atravesarlo prefirió que le mataran los conjurados. En cambio, según Porfirio,103 los cilóneos eran buenas personas: le apresaron y en seguida le dejaron en libertad diciéndole: «Querido Pitágoras, tú eres muy inteligente, pero nosotros estamos contentos con las leyes que tenemos y no queremos que las cambies. ¡Vete y déjanos en paz!» Por último, según Dicearco,104 el filósofo se refugió en Metaponto, en el templo de las Musas, y allí se dejó morir de hambre con la excusa de que ya no tenía ganas de vivir. Unos dicen que vivió setenta años, otros que noventa, otros que ciento siete e incluso que vivió más de ciento cincuenta.105

Cierto día, Leonte, tirano de Fliunte, preguntó a Pitágoras: «¿Quién eres?» y él respondió: «Soy un filósofo»106 y fue así como se pronunció por primera vez este término que, traducido literalmente, quiere decir «amante de la sabiduría». No obstante, aun siendo Pitágoras el primer filósofo de la historia que presumió de este título, fundó una escuela que, por ambición de poder, muy pronto se convirtió más en una secta política que en una Universidad de estudios filosóficos. Hay quien ha avanzado la hipótesis de que el pitagorismo fue una especie de sucursal del orfismo, es decir, de un movimiento religioso que floreció en Grecia en el siglo VII, en el cual los afiliados, con la excusa de tener que identificarse con el dios Dioniso, se pasaban el día en orgías y bacanales. Pues bien, a pesar de las sospechas que guardo en relación al personaje de Pitágoras, no puedo estar en absoluto de acuerdo con esta tesis: asociar los pitagóricos a los órficos es como confundir a los seguidores de Krisna con los «hinchas» italianos una hora después del partido ganado a Brasil en los campeonatos mundiales: tan contemplativos los primeros como dionisíacos los segundos. Y además, aparte del interés por las matemáticas, en Pitágoras hallamos una tonelada más de inteligencia y la búsqueda continua de una condición místico-racional.

Al no haber escrito Pitágoras ningún libro, para saber algo acerca de su pensamiento es necesario acudir a lo que nos cuentan varios de sus discípulos escritores, y concretamente a Alcmeón, su médico de confianza, a Arquitas, el tirano de Samos, y a Filolao, un joven de Crotona. Quedan también unas anotaciones escritas por Aristóteles, quien, dicho sea entre nosotros, parece que le tenía un poco de manía a Pitágoras: sólo le nombra cinco veces y para lo demás se las arregla con expresiones del tipo de «los llamados pitagóricos dicen...».

Para ilustrar la doctrina de Pitágoras, y no hundirnos en el diluvio de noticias que nos llegan de él, es oportuno centrar nuestra atención en tres temas fundamentales: la metempsícosis, el Número y la visión del cosmos.

De la metempsícosis ya hablé al principio de este capítulo: Pitágoras afirmaba que había vivido en épocas precedentes cuatro veces y que había «visitado», en los intervalos, algunos cuerpos de plantas y de animales. Es casi seguro que nuestro filósofo importó esta teoría del Extremo Oriente, teniendo en cuenta que aún hoy en la India hay quien la considera posible. Según la metempsícosis, el alma transmigra de un cuerpo a otro y es ascendida a un nivel superior (haciéndose comerciante, atleta o espectador),107 o retrocede a una serie inferior (árbol, perro, oveja, cerdo, etc.) según su comportamiento en la tierra. La muerte, según Alcmeón,108 permite que se una un «final» con otro «principio», por lo que, mientras un cuerpo muere, el alma, en tanto que inmortal, sigue una trayectoria circular. Ni más ni menos que lo que hacen las estrellas en el cielo. El cuerpo, añade Filolao,109 no es más que una tumba, una prisión donde el alma está obligada a expiar sus culpas. De aquí la ética pitagórica: ¡pórtate bien! Si no, ¡adiós ascenso!

Por culpa de esta teoría de la metempsícosis se burlaron bastante de Pitágoras, no sólo sus contemporáneos, sino también ilustres dramaturgos: Jenófanes en un escrito nos lo muestra en el momento en que agarra por el brazo a un hombre que está pegando a un perro.110

«Por favor», dice Pitágoras, «...no pegues a tu perro porque me temo que en él se encuentra el alma de un amigo mío».

«¿Y cómo lo sabes?» preguntó el hombre.

«He reconocido su voz.»

Tampoco Shakespeare se queda atrás: en Noche de Epifanía, o lo que gustéis nos regala este intercambio de golpes sobre la metempsícosis.



Bufón. Malvolio, ¿por qué eres tan contrario a la caza?

Malvolio. Porque Pitágoras dijo que el cuerpo de un ave podría albergar el alma de mi abuela.

Bufón. Pues entonces permanece en tu ignorancia, ya que yo no te consideraré curado hasta que no tengas el valor de matar por lo menos un ave sin el temor de expulsar el alma de tu abuela.

Sin embargo, más que en la metempsícosis, la esencia del pensamiento pitagórico está en creer que el Número es el arké, el elemento primordial del Universo. En otras palabras, lo que para Tales era el agua y para Anaxímenes el aire, en Pitágoras es el Número y, sinceramente, la hipótesis me deja bastante perplejo: si es posible imaginar una mesa como un algo constituido por muchas moléculas de agua o de aire, más o menos comprimidas, ya no es tan fácil concebirla como un conjunto de números aplastados uno sobre otro. El hecho es que para Pitágoras los números tenían grosor: en un fragmento de Espeusipo, Acerca de los números pitagóricos111 se especifica claramente que el número Uno es un punto (una especie de átomo), el Dos una recta, el Tres un plano y el Cuatro un sólido. Después, para demostrar todo lo anterior, precisa que dos Unidades Punto determinan una recta, tres Unidades Punto un plano y cuatro Unidades Punto un sólido. Entonces, dado que todas las cosas de este mundo, incluidos nosotros, tienen una forma, ésta se puede siempre descomponer en un conjunto de puntos o de líneas y, en definitiva, de números. Aristóteles cuenta112 que Eurito, un pitagórico de la segunda generación, discípulo de Filolao, se propuso encontrar el número característico de cada ser viviente y, con este fin, empezó a contar el número de piedrecitas que hacían falta para formar la imagen del hombre y del caballo.

Además de las cualidades físicas de los números, a Pitágoras le había impresionado el hecho de que todos los fenómenos naturales parecían estar regulados por una lógica superior. Concretamente, el descubrimiento de la existencia de una relación constante entre la longitud de las cuerdas de una lira y los acordes fundamentales de la música (1/2 para la octava, 3/2 para la quinta y 4/3 para la cuarta) le sugestionó de tal manera que creyó que Dios era un ingeniero excepcional y que una Ley Matemática, llamada Armonía, tenía la misión de dirigir la naturaleza.

Decían los pitagóricos: «¿Qué es lo más sabio? El Número. ¿Y qué es lo más bello? La Armonía.» Al principio de los tiempos, evidentemente, estuvo el Caos (el Desorden); después, la Mónada (el número Uno) creó los números y de éstos surgieron los puntos y las líneas; y por fin llegó la Armonía para consolidar las distancias adecuadas entre las cosas. Todo esto para Pitágoras era el Cosmos, es decir, el Orden.113

La salud, la virtud, la amistad, el arte, la música, no eran más que manifestaciones de la Armonía. La salud, para Alcmeón,114 era el equilibrio adecuado entre el calor y el frío en los cuerpos vivientes, la virtud el control de las pasiones, y así sucesivamente. Incluso la justicia social, decía Arquitas, es sólo un problema de Armonía. Pero aquí, para no confundir, hay que aclarar que la justicia social para los progresistas del siglo v era una cosa bastante diferente de lo que persiguen hoy nuestros sindicatos: para Arquipas una buena justicia social se conseguía cuando a cada trabajador se le recompensaba según sus méritos. En el fondo creía en el destajo: mucho dinero para los más capaces y ni un duro para los que no tenían ganas de trabajar.

Ya que he sacado a relucir a Arquitas, creo que es el momento de abrir un paréntesis y contar algo más sobre este extraño personaje. Arquitas nació en Taranto y fue a la vez filósofo, matemático y gran hombre de Estado.115 Al haber vivido a caballo entre los siglos V y IV no creo que pudiera haber conocido a Pitágoras. Sin embargo, siguiendo la mejor tradición pitagórica, emprendió la carrera política y en poco tiempo se convirtió en líder de su ciudad. De él sabemos que salvó la vida a Platón cuando el filósofo fue condenado a muerte por Dionisio, el tirano de Siracusa;116 que inventó las castañuelas para distraer a los niños e impedir que rompieran cosas de más valor,117 y que, siendo un apasionado del aeromodelismo, consiguió construir una paloma de madera capaz de volar.118

Pero volvamos a Pitágoras y a su pasión por las matemáticas. Parece ser que también entre los números existía una aristocracia: los había nobles y plebeyos. Aparte del 10, la tetraktýs, que para los pitagóricos, representaba una entidad divina, el 1, el 2, el 3 y el 4 eran los números más ilustres: su suma era igual a 10 y todos juntos formaban el triángulo divino:

«Todas las cosas que podemos conocer poseen un número»119 y cada número tiene un significado propio. Examinando con atención los textos de Espeusipo, de Arquitas y de Filolao, se puede extraer una especie de Rostro Pitagórico en el que el 1 representa la inteligencia, el 2 la opinión (siempre doble), el 4 la justicia, el 5 el matrimonio, el 7 el tiempo crítico (quizá porque son siete los días de la semana) y así sucesivamente. Además, según los pitagóricos, los números poseen cualidades terapéuticas: los cuadrados mágicos, por ejemplo, utilizados también en la Edad Media y en el Renacimiento, se grababan sobre chapas de plata y preservaban de la peste, del cólera, y de las enfermedades venéreas. Aunque me doy cuenta de que no es tan fácil en un aeropuerto mostrar un cuadrado mágico como documento sustitutivo de la vacunación obligatoria, yo propongo uno de los más sencillos:


13

3

2

16

8

10

11

5

12

6

7

9

1

15

14

4

En este esquema, sumando las cifras de cada fila, o de cada columna, o de cada diagonal, se obtiene siempre como total el número 34.120 Al mismo resultado se llega si se suman los cuatro vértices, los cuatro números centrales e incluso las cifras de los cuadrados menores.




13

3

2

16

8

10

11

5

12

6

7

9

1

15

14

4

Todas estas correlaciones escondidas, entre los números o en los fenómenos naturales, debían de proporcionarle a Pitágoras verdaderos éxtasis de gozo. Nos podemos imaginar entonces qué desilusión debió sentir nuestro filósofo el día en que, al hacer la división entre la diagonal y el lado de un cuadrado, descubrió que el resultado no era ni un número entero ni un número decimal. ¿Pero, cómo? ¡Si hasta aquel día todo parecía obedecer a las leyes de la Armonía, cómo podía ser que de repente salieran unos números incomprensibles!

Además, precisamente gracias a la diagonal, había sido él mismo quien descubrió que el cuadrado construido sobre la hipotenusa era igual a la suma de los cuadrados construidos sobre los catetos,121 ¡y ahora la maldita hipotenusa se mostraba recalcitrante a ser dividida por uno de los lados! La presencia de los números irracionales fue un golpe bajo para los pobres pitagóricos: todas sus teorías se iban al traste. Para empeorar las cosas, uno de sus discípulos, el traidor Hipaso, con la clara intención de perjudicar a la escuela, se puso a pregonar la noticia incluso a aquellos que no la querían saber.

Para finalizar la disertación sobre Pitágoras, hablemos brevemente de su visión cosmológica. Por primera vez en la historia de la filosofía, dejamos la butaca en el centro del Universo para que la ocupe un Fuego Central no mejor identificado. Los pitagóricos lo llamaban «la Madre de los Dioses». Alrededor del susodicho Fuego rotaban diez astros: la Tierra, la Luna, el Sol, los cinco planetas entonces conocidos, el cielo de las estrellas fijas y, para alcanzar ese bendito número 10 con el que los pitagóricos tenían una cierta fijación, un cuerpo celeste llamado Antitierra.122 Éste era un planeta similar al nuestro en todo, con la misma órbita, pero situado en posición diametralmente opuesta respecto al Fuego Central y por lo tanto invisible.

Los diez astros, decía Pitágoras, recorren órbitas circulares y emiten en su movimiento una música dulcísima, la llamada Armonía de las Esferas.123 Desgraciadamente para nosotros, nadie es capaz de percibir este maravilloso sonido, ya que éste es continuo y nuestro oído sólo consigue captar algún ruido por contraste con el silencio.124

Más allá de las diez órbitas celestes se encuentra el espacio infinito. Un día, Arquitas, queriendo demostrar la existencia del infinito, pronunció esta frase: «Si me siento en el extremo límite del Universo, ¿puedo o no puedo extender una mano? Si puedo, entonces quiere decir que tras este límite todavía queda un poco de espacio.»125

VIII

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