Luciano de crescenzo



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EL ABOGADO TANUCCI




Armá datte curaggie, tenimme 'a causa 'mmano.

'A parte ha miso a Porzio, mammá mette a Marciano.
Así grita una madre napolitana, en una poesía de Rocco Galdieri,472 mientras corre detrás del carro de los detenidos. "¡Ánimo, Armando! Tenemos la causa en nuestra mano. Si nuestros adversarios tienen al abogado Porzio, nosotros tenemos al abogado Marciano." Giovanni Porzio y Gennaro Marciano fueron los máximos exponentes de las crónicas judiciales napolitanas de la primera mitad de siglo. En aquellos tiempos los procesos penales suscitaban un extraordinario interés: el bajo pueblo frecuentaba la Corte de Assise con la misma puntualidad con que hoy los italianos siguen los capítulos de Dallas y Dinastía. Era suficiente con que alguien avisara: "¡Está hablando Porzio!" y todos escuchaban sin pestañear.

Cuando tuvo lugar el proceso de la Bella Veneciana, toda Nápoles se volcó a favor de la inculpada. Se trataba del clásico delito de honor: Antonietta Catullo, madre soltera, había matado en Villa Comunale al hombre que la había seducido. El defensor era el abogado Alfredo Catapano. La defensa terminó con estas palabras: "Liberadla en nombre de todas las mujeres que han sufrido la violencia, el engaño, el fraude; de todas las mujeres que por una necesidad de amor creyeron en la bondad y en la sinceridad de las falsas promesas, de todas las mujeres expuestas al vicio, a la miseria, al hambre, y que encuentran el valor de resurgir, de vivir y de regenerarse en el amor y en la protección de un hijo." La Bella Veneciana fue absuelta y Nápoles enloqueció de alegría. Centenares de mujeres llevaron en triunfo al abogado Catapano cantando a coro:


Tu hai difeso 'a causa,

Alfredo Catapano,

e mó 'a gente 'e mane

sbatteno pe' tté.*
Los tribunales de Nápoles tienen su sede en un viejo castillo, el tristemente famoso Castel Capuano, construido hacia el año mil por Guillermo II. Nacido como fortaleza, se convirtió sucesivamente en palacio real, en vivienda privada y, finalmente, en cárcel y lugar de justicia bajo el virrey don Pedro de Toledo.

Aparte de los coches, no creo que el ambiente que rodea al viejo castillo sea muy distinto del que había con los virreyes españoles. La presencia del tétrico edificio continúa haciéndose sentir en todo el distrito. Las callejuelas y los cafés de barrio están llenos de abogadillos, de vendedores ambulantes, de pícaros, de maleantes en libertad provisional, de familiares esperando a que llegue un coche celular con el pariente, de descuideros en busca de un sujeto para arrebatarle la cartera. Situado a medio camino entre los callejones de la Duchesca, cuya mercancía está a un precio demasiado bueno como para hacer negocio, y la cercana Porta Capuana, ahogada en un mar de bocinazos, el tribunal engulle y vomita continuamente una variopinta multitud de personajes, ahora ya resignados a considerar la Ley con el mismo rasero que cualquier evento meteorológico desfavorable.

No todos los abogados que se agolpan en el inmenso patio de Castel Capuano son unos príncipes del foro; entre ellos, grosso modo, cabe distinguir cinco categorías de iniciados: los abogados "de grito", los abogados normales, los "paglietta", los arrastrasuntos y los "jóvenes de estudio".

Los abogados "de grito" son los que dejan huella en la historia de las crónicas jurídicas: Nicola Amore, Enrico Pessina, Leopoldo Taranti en el siglo XIX, Gennaro Marciano, Giovanni Porzio, Enrico De Nicola y Alfredo de Marsico en este siglo, son los primeros que se nos ocurren. Cada uno tenía un carácter y un estilo oratorio que le distinguía de los demás: apasionado en Marciano, lírico en De Marsico, frío y lúcido en De Nicola.

Cierto día, un gran criminalista napolitano, el abogado Gaetano Manfredi, concluyó su defensa en un tono quizá demasiado enfático: "Se dice en la calle que mi causa está perdida. Pues bien, caeré, pero como un águila herida, con las alas desplegadas y la pupila fija en el sol." Su adversario, Cario Fiorante, llamado "el mordaz", le respondió de forma fulminante: "Lo que a nosotros nos importa es que caiga; luego elija usted la posición que quiera."

Los arrastrasuntos, a veces doctorados y a veces no, son unos voluntariosos que se ocupan un poco de todo: asuntos legales, pasaportes, renovación del carnet de conducir, etcétera. Se les llama así porque cuando consiguen agarrar a un buen cliente "arrastran el asunto" durante el mayor tiempo posible con el fin de obtener continuamente pequeños pagos.

Los "jóvenes de estudio", generalmente, son viejos colaboradores de abogados, con algún decenio de experiencia legal sobre sus espaldas. Aunque no son licenciados, a menudo se saben mejor los códigos que los titulares.

El personaje del paglietta forma parte de la historia de Nápoles. Los paglietta aparecieron en la escena jurídica napolitana en el siglo XVII. Camillo Gurgo nos lo describe así:473 "Barrigudo, cómico, entre el cura y el caballero, con calzón de seda, grandes zapatos con hebillas relucientes, el fino traje que el pueblo llama soroco, el collarín azulino que se llama precisamente paglietta, el amplio sombrero de paja forrado de seda negra y la espada al costado."

En el siglo XVIII, el paglietta, o bien el sofista napolitano en tono despectivo, cambia de aspecto y se vuelve delgado, flacucho, y vestido de forma similar. Cerlone, un comediógrafo de la época, se burla de él inventando el personaje de Don Fastidio de Fastidiis, un picapleitos fanfarrón y desatinado. Benedetto Croce, en nombre de todos los abogados napolitanos, y quizá también de los sofistas griegos, protesta y hace notar que Don Fastidio es más la caricatura de un incauto que la del paglietta, al que se le puede reprochar todo, en el terreno de la ética profesional, menos la falta de astucia. En cambio, Don Fastidio de Fastidiis es un gaffeur auténtico: en una comedia, a una virtuosa mujer a la que desea elogiar por sus méritos, se dirige diciendo: "¡Oh, mi gentil meretriz!"

Hoy como entonces, el paglietta sigue vivo en las aulas judiciales; probablemente es un personaje que atraviesa los siglos como el Hombre Enmascarado. Plauto nos hace un bosquejo escribiendo: "Os habet linguam, perfidiam, malitiam, atque audaciam, confidentiam, confirmitatem, fraudolentiam" ("La boca posee lengua, perfidia, malicia, y descaro, ostentación, terquedad, astucia") .

Dos mil años más tarde, Maddalari afirma que: "El paglietta es el único en Nápoles que no padece la enfermedad del Ideal; en esto les gana también a los porteros que, hay que admitirlo, son hombres prácticos y positivos."

Nosotros conocimos a uno: se llamaba Aníbal Tanucci. Es suyo el lema: "La justicia es como un zapato estrecho: hay que usar siempre el calzador para poder ponérselo."

Para presentarle, contaremos una defensa suya.
Señores del tribunal, estamos aquí para defender la honorabilidad del señor Alejandro Expósito, llamado La Rinascente,* de la acusación de estafa y de falsificación de marca comercial.

Nuestra intención es la de demostrar que en la acusación no se mantiene el delito de estafa, y que el hecho no constituye delito en lo que se refiere a la falsificación de marca comercial. Sentado esto, expongamos los hechos:

Domingo 27 de marzo, domingo de Ramos, una preciosa mañana de sol, cuando todo hacía suponer que el ánimo de las personas estaba dirigido hacia deseos de paz, el guardia urbano Miguel Abbondanza presentaba una denuncia contra mi cliente Alejandro Expósito por venta, sin licencia, de bolsos y carteras de distintos tamaños, en la acera de enfrente de la iglesia de Santa Catalina en Chiaia. Al día siguiente, un registro efectuado por inspectores de Hacienda en un bajo sito en el número 25 de la calle Sergente Maggiore, donde precisamente tiene su domicilio mi cliente, ponía al descubierto una modesta cadena de ensamblaje de los antedichos bolsos, efectuada exclusivamente por miembros de la familia Expósito, y 28 relojes en perfecto funcionamiento de las siguientes marcas: Rolex, Cartier, Porsche y Piaget.

Para llegar al meollo de la acusación hay que precisar que el material plástico, comprado y no fabricado por Expósito para confeccionar los bolsos, reproducía en secuencia, tanto horizontal como vertical, una serie de letras "L" y "V" entrelazadas a guisa de monograma y con florecitas a intervalos. Dichas letras serían las iniciales de un tal Louis Vuitton, ciudadano francés, que no está presente en la sala y al que no tenemos el gusto de conocer.

En el caso de que los señores del tribunal no estuviesen al día en los precios de la empresa Louis Vuitton de París, nos place informarles de que un bolso de tamaño medio, fabricado en óptimo plástico francés, se vende por unas cuarenta mil pesetas, mientras que la imitación italiana producida por mi cliente sólo cuesta dos mil quinientas pesetas y, en algunos casos, cuando la recaudación al cabo del día deja mucho que desear, hasta dos mil pesetas. Detalle fundamental: en toda la mercancía aparecía un cartel en el que ponía:
AUTÉNTICOS BOLSOS LOUIS VUITTON

PERFECTAMENTE IMITADOS


Y llegados a este punto nos preguntamos: ¿ha cometido estafa Alejandro Expósito? ¿Pero qué quiere decir "estafa"? Mirémoslo en el código. Entonces... artículo 640... "quien con artificios y engaños induce a alguien a error, consiguiendo injusto provecho, será castigado, por querella de la persona ofendida, con la pena de tres meses a tres años de reclusión y con la multa de cuatro mil a cuarenta mil pesetas". De lo cual se deduce que para que haya estafa es indispensable, lo primero, que exista una persona ofendida que haya sido inducida a error; ¿y quién podría ser esta persona ofendida? ¿El cliente de paso? Pues no, señores del tribunal, porque aquí los casos son dos: o el cliente de paso leyó el cartel hasta el final, y entonces sabía que se trataba de simples imitaciones, o por falta de atención leyó sólo "auténticos bolsos louis vuitton", y entonces el verdadero estafador era él, ¡que sólo con dos mil quinientas pesetas quería apoderarse de un objeto valorado en el mercado a casi cincuenta mil pesetas! Y luego, al fin y al cabo, ¿cuál sería el injusto provecho? ¿Esas novecientas o mil pesetas por bolso que Expósito llevaba a casa a los operarios y familiares que le esperan? No, señores del tribunal, la defensa sostiene con firmeza que, al no haber estafados, ni siquiera existe la estafa.

Y vayamos con el segundo punto de la acusación: la falsificación de la marca comercial. Los grandes maestros de la pintura, los Giotto, los Cimabue, los Masaccio, no solían firmar sus obras maestras, y esto porque consideraban, justamente, que las obras de arte debían ser apreciadas por su valor intrínseco y no porque estuvieran firmadas por Fulano o Mengano. De hecho, el antojo de la firma puede ser considerado una degeneración consumista de nuestro siglo. Hoy en día, la estupidez humana, y pido perdón por la crudeza del término, llega a comprar cualquier cosa con tal de que esté debidamente firmada.

En los años cincuenta, el pintor Piero Manzoni realizó un experimento deliberadamente provocativo: consiguió vender sus propias heces, tras haberlas guardado (esperemos) herméticamente en cajas, en las que ponía "mierda de artista". Pues bien, con esta misma idea, el señor Louis Vuitton de París, un buen día pensó: "Ahora yo fabrico miles de bolsos de plástico, les pongo mis iniciales, y luego los vendo diez veces más caros de su valor: ¿apostamos a ver cuántos estúpidos se los compran?" —Yo aquí estoy hablando de Vuitton, pero lo mismo vale naturalmente para todas las demás fábricas de firmas: Gucci, Fendi, Armani, Rolex, etc., etc. Ahora ya no hay límites: ¡también sentados en el retrete puede ser agradable estar rodeados de baldosas firmadas Valentino!

Alguien podría objetar: "Louis Vuitton no obliga a nadie a comprar sus bolsos. ¿Por qué tu cliente, en vez de ratear marcas ajenas, no intenta lanzar al mercado un producto original suyo?" Pues sí, a ver si alguien se imagina a una señora que le dice a su amiga: "Ayer me compré un Expósito, ¡no veas qué bien me queda!"

Llegados a este punto me pregunto: ¿existe alguna ley que ponga límites a las ganancias de un privado? Sí que existe, pero es la normal ley de mercado: si una empresa sube mucho los precios de venta no conseguirá nunca vender todos sus productos debido a la competencia. ¿Y si esta empresa plagia a sus clientes y les convence de que el producto es extraordinario aun cuando está hecho de material sintético? ¡Ahí te quiero ver, mi querido amigo Vuitton! Artículo 603: delito de plagio. "Quienquiera que someta a una persona a su propio poder, de manera que la reduzca a un estado total de sumisión, es castigable con la reclusión de tres a quince años." Ahora yo afirmo que, si un individuo ha conseguido convencer a miles de personas de que un bolso de plástico, aunque esté recubierto de monogramas, es mejor que un bolso de piel, quiere decir que este individuo ha reducido a un estado total de sumisión a sus propios clientes, y por lo tanto, fortalecido por esta deducción, acuso de plagio al señor Louis Vuitton de París. Acuso otrosí a los traficantes de firmas, los vendedores de humo, italianos y extranjeros, de someter a su poder a nuestras mujeres y a nuestros hijos. Acuso a las revistas "FMR" y "CAPITAL" de hacer propaganda de los falsos ídolos de un nuevo fetichismo. Acuso a los mass-media, a los publicistas, a los comerciantes y a todos sus cómplices, de ganancias ilícitas. A ustedes, señores del tribunal, corresponde el deber de hacer justicia: en un plato de la balanza tienen a Louis Vuitton, Gran Listo Internacional, y en el otro plato a Alejandro Expósito, pequeño listo napolitano, cogido in fraganti ¡mientras intentaba picar una migaja de pan de la mesa de la gran comilona!
ÍNDICE


* Salvador es el «vice-sustituto-portero» de Vía Petrarca, 58, Nápoles donde reside el profesor Gennaro Bellavista (cfr. Así habló Bellavista).

1 Metecos: forasteros que residían de forma estable en Atenas.

2 La fecha, en realidad muy incierta, de la destrucción de Troya es fruto de un oscuro cálculo de Eratóstenes.

3 Para quien no se resiste a la seducción de los datos, precisemos que la batalla de Platea es del 479 a.C. y que fue ganada por una liga griega comandada por Pausanias, mientras que la de Poitiers es del 732 d.C. y marcó el triunfo de Carlos Martel.

* Este refrán quiere decir que es mejor que vayas con los que son mejores que tú, porque así saldrás ganando. (N. del t.)

4 Diógenes Laercio, Vidas de los filósofos.

5 Diógenes Laercio, Vidas de los filósofos.

6 Diógenes Laercio, Vidas de los filósofos.

7 Diógenes Laercio, Vidas de los filósofos.

8 Para algunos, la máxima «conócete a ti mismo» es de Tales.

9 Para todas las máximas y los testimonios relacionados con los Siete Sabios, cfr. Los Presocráticos.

10 Diógenes Laercio, Vidas de los filósofos.

11 El opúsculo fue hallado entre las obras de Jenofonte, amigo de los Treinta Tiranos y, por lo tanto, adversario de la democracia ateniense.

12 Anónimo Ateniense, La democracia como violencia.

13 Anónimo Ateniense, op. cit.

14 Herodoto, Historias.

15 Herodoto, Historias.

16 Para los testimonias y los fragmentos de Tales, cfr. Los Presocráticos.

17 Diógenes Laercio, Vidas de los filósofos.

18 Diógenes Laercio, Vidas de los filósofos.

19 Platón, Teetetes.

20 Aristóteles, Política.

21 Herodoto, Historias.

* «Muchachos», en napolitano. (N. del t.)

22 Herodoto, Historias.

23 Plinio, Historia natural.

24 Diógenes Laercio, Vidas de los filósofos.

25 Calímaco, Yambo, I.

26 Diógenes Laercio, Vidas de los filósofos

27 Aristóteles, Metafísica.

28 .Aecio, I 7, 11.

29 Aristóteles, Del cielo, II 13.

30 Séneca, Cuestiones naturales, III 14.

31 Aristóteles, Del alma, I 5.

32 Aristóteles, Del alma, I 2.

33 Para los testimonios y fragmentos relacionados con Anaximandro, cfr. Los Presocráticos.

34 Diógenes Laercio, Vidas de los filósofos.

35 Favorino de Arles cuenta que Anaximandro dibujó en el Ágora de Esparta un cuadrante, y en el centro de éste clavó un palo cuya sombra se movía en el suelo según la hora.

36 Cicerón, La adivinación.

37 J. Burckhardt, Historia de la civilización griega.

38 Eliano, Historia variada.

39 Diógenes Laercio, Vidas de los filósofos.

40 Herodoto, Historias, 152.

* «Que si no los niños se ríen de nosotros», en napolitano. (N. del t.)

41 Cfr. Los Presocráticos.

42 Simplicio, Comentario a la física de Aristóteles.

43 Pseudo-Plutarco, Stromata.

44 Aristóteles, Meteorología.

45 Hipólito, Confutación de todas las herejías.

46 Aecio.

47 Aecio.

48 Aristóteles, Física.

* «Muchacho», en napolitano. (N. del t.)

49 Para los testimonios y los fragmentos relacionados con Anaxímenes, cfr. Los Presocráticos.

50 Diógenes Laercio, Vidas de los filósofos.

51 Aecio.

52 Simplicio, Comentario a la física de Aristóteles.

53 La física moderna ha demostrado precisamente lo contrario de lo que afirmaba Anaxímenes: en los aeriformes, la rarefacción produce un enfriamiento, mientras que la compresión determina un aumento de la temperatura.

54 Cicerón, La naturaleza de los dioses.

55 Hipólito, Confutación de todas las herejías.

56 Aristóteles, El cielo.

57 Aecio.

58 Scoli ad Arato, Fenómenos.

59 Pseudo-Plutarco, Stromata.

60 Hipólito, Confutación de todas las herejías.

61 El Tigris y el Eufrates.

62 Teón de Esmirna, Elementos de astronomía.

63 Hipólito, Confutación de todas las herejías.

64 Aecio.

65 P. Tannery, Pour l'histoire de la science hellène. De Thalès à Empédocle.

66 Entre los filósofos que pueden ser definidos como hilozoístas señalo a los estoicos, que consideran al fuego como el principio animador, asi como a Estratón de Lampsaco, Teles, Giordano Bruno, Campanella y sobre todo Spinoza, que atribuye distintos grados de vida a la materia.

* «Locuras», en napolitano. (N. del t.)

67 Para los testimonios y fragmentos relacionados con Pitágoras, cfr. Los Presocráticos.

68 Para algunos el padre de Hetálides fue Apolo.

69 Diógenes Laercio, Vidas de los filósofos.

70 Diógenes Laercio, Vidas de los filósofos.

71 Aulo Gelio, Noches áticas.

72 El 216 era uno de los números mágicos de la escuela pitagórica, al ser éste el cubo del número 6.

73 Herodoto, Historias.

74 Diógenes Laercio, Vidas de los filósofos.

75 Diógenes Laercio, Vidas de los filósofos.

76 Porfirio, Vida de Pitágoras.

77 Porfirio, Vida de Pitágoras.

78 Los Magos eran una de las seis tribus en que se dividía el pueblo de los medos en Asia Menor. Tenían fama de ser todos expertos en magia, que de ellos tomó el nombre.

79 Hipólito, Confutación de todas las herejías.

80 B. Russell, Historia de la filosofía occidental.

81 Herodoto, Historias.

82 Diógenes Laercio, Vidas de los filósofos.

83 Aulo Gelio, Noches áticas.

84 La tetraktýs era el número 10, número divino por excelencia según los pitagóricos.

85 Diógenes Laercio, Vidas de los filósofos.

86 J. Burckhardt, op. cit.

87 Diógenes Laercio, Vidas de los filósofos.

88 Diógenes Laercio, Vidas de los filósofos.

89 Eliano, Historia variada.

90 A. Plebe, Historia del pensamiento.

91 L. Robin, Historia del pensamiento griego.

92 Jámblico, Vida de Pitágoras.
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