Luciano de crescenzo



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GORGIAS DE LEONTINI


Gorgias nace entre el 480 y el 475 a.C. en Leontini (hoy Lentini, provincia de Siracusa). De sus primeros cincuenta años de vida sólo sabemos que su padre se llamaba Carmántida y que su hermano Heródico era médico;454 por lo demás, se cree que conoció a Empédocles y que fue alumno suyo. Las primeras noticias ciertas nos llegan de Diodoro455 y se refieren a una embajada enviada por los lentineses a Atenas (en el 427) con el fin de obtener ayuda militar contra la prepotencia de Siracusa. El jefe de la misión era Gorgias.

El sofista se presentó en el ágora de Atenas vestido de púrpura456 de la cabeza a los pies: tenía a su lado a otro orador, Tisias, también de Leontini. Los dos embajadores se alternaron en el podio provocando la admiración de la multitud: ¡hasta entonces los atenienses jamás habían oído a unos oradores tan fascinantes!457 Según cuenta Filostrato,458 Gorgias poseía «ímpetu oratorio, audacia innovadora, movimientos inspirados, tono sublime, frases resaltadas, comienzos inesperados, expresiones poéticas y gusto por el adorno». Lástima que en aquella época no hubiese grabadoras: habríamos entendido qué diablos quería decir Suidas cuando citó a Gorgias como «el inventor en la retórica del uso de tropos, hipálages, catacresis, hiperbatones, anadiplosis, epanalepsis y parisosis».459

Gorgias se convirtió muy pronto en un divo: se exhibía en los teatros y gritaba a la platea: «dadme un tema».460 Isócrates afirma que fue el que ganó más dinero de todos los sofistas;461 era tan rico que un día, para dar las gracias a Apolo, regaló al oráculo de Delfos una estatua de oro, tamaño natural, de sí mismo.462 Fue invitado a Tesalia por el tirano Jasón y desde aquel día el arte de la retórica fue llamado por los tesalios «el arte de Gorgias».463

Parece ser que se casó ya entrado en años, pero que tuvo problemas con su mujer por su amor a una esclava.464 De hecho, un tal Melancio le toma el pelo diciendo: «Éste da consejos sobre la concordia, cuando no ha conseguido poner de acuerdo a la mujer, a la esclava y a sí mismo, y sólo son tres.»

Su principal obra se titula Sobre lo que no es, o bien sobre la naturaleza. También son famosos los discursos, entre los cuales el ya recordado Elogio de Elena. La Apología de Palamedes, la Oración pítica, la olímpica y la fúnebre.

Vivió hasta los ciento ocho años. A quien le preguntaba cómo había conseguido llegar hasta esa edad, contestaba: «Renunciando al placer.» Tal vez hubiese podido vivir más tiempo, si es verdad que se mató dejando de comer.465 Cuando llegó el momento fatal, no perdió la ocasión y se inventó una frase con efecto: «He aquí que el sueño empieza a entregarme a su hermana.»466

Un día una golondrina dejó caer un excremento sobre la cabeza de Gorgias; el sofista levantó la mirada y con gesto severo reprendió al pájaro exclamando: «¡Avergüénzate, Filomela!»467 La anécdota nos la cuenta Aristóteles,468 que se sirve de ella para criticar el uso impropio de la metáfora en el discurso. Gorgias de Leontini, dice el patriarca, «en este caso se equivoca dos veces: la primera cuando maldice a una mujer difunta y no hay que caer nunca en lo trágico y en lo cómico, y la segunda cuando finge ignorar que, quien ha hecho sus necesidades al aire libre, no ha sido la mujer de Tereo sino sólo una pobre golondrina». Aristóteles, es inútil precisarlo, no tenía sentido del humor y ni tampoco una particular simpatía por los sofistas; de hecho no se limita a criticar a Gorgias por el episodio de la golondrina, sino que incluso pone en duda su existencia como filósofo. Lo he dicho y lo repito: en aquellos tiempos, hacerse enemigo de Platón y Aristóteles (prácticamente los dos padrinos de la filosofía griega) significaba ser borrado de la lista de filósofos. Efectivamente, su opinión no sólo no se ha perdido con el transcurso de los siglos sino que ha terminado condicionándonos un poco a todos. Todavía hoy existen textos en los que se puede leer: «el nihilismo de Gorgias hay que eliminarlo de la historia de la filosofía»; o que «su discurso irónico sobre la naturaleza sólo puede encontrar sitio en la historia de la retórica».469

En cambio, nosotros, en nuestra humilde opinión, reivindicamos el contenido filosófico del pensamiento de Gorgias, aunque sin compartir los aspectos morales. Tal vez ha sido precisamente su extraordinaria habilidad como retórico lo que ha equivocado a los historiadores: en efecto, muchos tienden a considerar a Gorgias de Leontini como un orador extraordinario, y a sus célebres discursos simples virtuosismos. Y sin embargo, son precisamente las apologías de Elena y de Palamedes las que nos sugieren un camino para entender su filosofía: en estos discursos el sofista concede un privilegio mayor a la forma, en detrimento del contenido, no da ninguna importancia a las acciones de la mujer infiel y del traidor Ulises, y descarga toda la responsabilidad sobre la palabra como medio de persuasión. «Nada es; si algo fuese, no lo podría entender; y aunque llegara a entenderlo, no sería capaz de comunicárselo a los demás»470 así empieza su libro Sobre lo que no es, o bien sobre la naturaleza.

Con esta premisa, Gorgias consigue negar la realidad mejor que Parménides, Zenón y Meliso: para éstos existía sólo el Uno, para Gorgias ni siquiera eso. Indudablemente se trata de una premisa molesta para cualquiera que profese una fe; es como si Gorgias hubiese dicho: «Señores míos, lo siento por ustedes, pero aquí la Verdad no existe, o si prefieren, no está a nuestro alcance, lo que a todos los efectos es lo mismo. La única cosa a la que os podéis agarrar es a la relatividad del logos, es decir, la posibilidad de ejercer el poder a través de la palabra y del pensamiento.»

Dos consideraciones sobre este personaje:

1) Nos cuesta imaginar una vida más aburrida que la de Gorgias: 108 años sin creer nunca en nada y renunciando al placer.

2) También, dando por descontada la imposibilidad de conocer la Verdad, nos preguntamos: ¿es más importante que exista o que se la llegue a conocer?

En nuestra opinión la Verdad existe, porque si no existiera existiría al menos el hecho de que no existe. El único camino, a través de la lógica, para llegar a la existencia de la Verdad (o de Dios) es el método de la negación positiva:

«¿Puedes decir que estás seguro de la existencia de Dios?»

«No.»


«¿Puedes decir con seguridad que no existe?»

«Francamente no.»

«Luego admites que existe algo que no conoces.»

«Sí.»


«Entonces, hazme el favor de llamar "dios" a esa cosa que admites que no conoces.»

«¿Y si quiero llamarla simplemente "cosa que no existe"?

«Da igual, su valor no cambia.»

'Estas consideraciones nos hacen recordar un famoso relato de Borges, La biblioteca de Babel.471 El escritor imagina que se encuentra en una inmensa colmena formada por habitaciones hexagonales, todas repletas de libros. En el centro de cada habitación hay un pozo, una especie de espiral de escaleras, que permite entrever, lo mismo por arriba que por abajo, una infinidad de otras habitaciones hexagonales, todas repletas de libros; y también saliendo de una de estas habitaciones se acaba siempre otra vez en una galería vertical: ¡Vamos, una pesadilla!

Los libros de la Biblioteca de Babel tienen todos el mismo espesor, 410 páginas, y son incomprensibles: hrydghbdrskh...: esto es lo que se consigue leer cogiendo uno cualquiera. Después de muchas reflexiones, un viejo descubre que los libros no son otra cosa que todas las combinaciones posibles de los 25 símbolos del alfabeto y que, por lo tanto, la biblioteca tendrá que contener un número enorme de libros.

Dada la casualidad de las combinaciones, de vez en cuando aparece en algún libro una frase con sentido, del tipo de: oh tiempo tus pirámides. Pero cuando se llega a saber que la Biblioteca-Universo contiene todos los libros posibles, alguien avanza la hipótesis de que entre éstos pueda estar también el Libro de los Libros, aquel que guarda el Secreto de la Vida. Llegados a este punto, la búsqueda se vuelve espasmódica: grupos de hombres se lanzan como locos sobre los libros, cogiéndolos al azar, para después tirarlos en cuanto se dan cuenta de que son incomprensibles. Sólo Borges no se mueve: él se queda satisfecho con la noticia del Libro, y concluye diciendo: «Que el cielo exista, aunque mi sitio esté en el infierno. Que yo sea ultrajado y aniquilado, pero que por un instante, en un ser, Tu enorme Biblioteca se justifique.»

XXV

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