Luciano de crescenzo



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PROTÁGORAS


Protágoras, apodado «el Razonamiento»,440 fue hijo de Artemón o de Meandrio y nació en Abdera hacia el 480 a.C.441

Al haber nacido en una familia pobre, intentó ganarse la vida transportando mercancías por cuenta de los comerciantes del lugar. Un día, Demócrito le vio trabajando y quedó sorprendido por la ingeniosidad con que había colocado sobre el lomo de una mula una pesada carga de leña. «El que puede hacer un trabajo semejante», pensó el atomista, «debe de tener una predisposición natural para el razonamiento filosófico». Y rápidamente le propuso que se inscribiera en su escuela.442

El joven se convirtió muy pronto en un hábil orador. Tras permanecer cierto tiempo en su ciudad natal, durante el cual prestó sus servicios como lector público, le encontramos en Atenas como maestro de elocuencia. Filostrato dice que fue el primero que cobró cien minas por un curso de oratoria y que «introdujo esta costumbre entre los griegos, cosa que no se le puede reprochar, ya que todos tomamos más en serio lo que nos cuesta que lo que es gratuito».443

En cualquier caso, Protágoras debía de ser carísimo: un discípulo suyo, un tal Evatlo, escandalizado por los mil denarios que le pidió al final del curso, intentó no pagarle con la excusa de que la suma convenida estaba subordinada al primer éxito que hubiese tenido en los tribunales. Protágoras ni se inmutó y dijo: «Querido Evatlo, no tienes salida, ya que yo te cito en seguida en los juzgados: si los magistrados no te dan la razón, me tendrás que pagar por haber perdido; si, en cambio, te dan la razón, me tendrás que pagar por haber ganado.»444

Un tipo tan rebuscado no podía caerles muy bien a los filósofos atenienses: todos hablaron mal de él. Sin embargo, en la base de esta aversión podía haber también una cierta envidia por la ingente fortuna que acumuló en poquísimo tiempo. Eupoli, el comediógrafo, le define como «un impío vende-engaños de cosas celestes»,445 y Platón, en un diálogo,446 le hace decir a Sócrates: «Yo conozco a un hombre, Protágoras, que él sólo ha ganado con su ciencia más dinero del que ha ganado Fidias con sus bellas obras y otros diez escultores juntos.»

Ejerció su profesión durante cuarenta años y escribió una docena de libros, entre ellos dos colecciones de antilogías y un ensayo sobre el sentimiento religioso, titulado De los Dioses, que él mismo quiso leer un día en casa de Eurípides.447

Cuando llegó a los setenta años, la suerte le dio la espalda: los atenienses le sometieron a juicio por haber escrito esta frase: «Acerca de los Dioses no tengo ninguna posibilidad de saber ni que existen, ni que no existen. Muchos son los obstáculos que me impiden saber; tanto la oscuridad del tema como la brevedad de la vida humana.»448 Su acusador se llamaba Pitodoro y era uno de los Cuatrocientos que habían derrocado al régimen democrático de Atenas.449 Protágoras, para no tener que beber la cicuta y acabar como Sócrates, huyó de Grecia y murió, mientras le perseguían los trirremes atenienses, al naufragar con su bote lejos de las costas de Sicilia.450 Sus libros fueron quemados en la plaza del mercado, después de haber registrado una a una todas las casas de Atenas para descubrir todas las copias en circulación.451 El poeta Timón Fliasio le dedicó estos versos:452


Al primero de todos los sofistas, de antes y después,

de bella voz, de agudo y versátil ingenio, oh Protágoras.

A cenizas quisieron reducir sus escritos, porque

escribió que no sabía ni podía comprender

a los Dioses, quiénes son, cómo y cuáles son,

teniendo máximo cuidado de un imparcial juicio.

No le sirvió y la fuga intentó, para no beber también él

la fría bebida de Sócrates y descender al Hades.
Toda la filosofía de Protágoras está comprendida en esta frase:453
El hombre es la medida de todas las cosas:

de las que son, por lo que son,

y de las que no son, por lo que no son.
Cuya interpretación ha dividido a los historiadores de la filosofía.

Nos preguntamos: ¿Quién es el hombre al que alude Protágoras? ¿Es un hombre cualquiera, un Pérez, un Fernández, un Expósito? ¿O es el Hombre en general, el de la H mayúscula que resume en sí mismo la opinión media de la categoría de los hombres? Precisar esto es fundamental porque condiciona nuestro juicio del filósofo.

Si he de elegir, me declaro a favor de la primera hipótesis. Ese hombre del que habla Protágoras soy yo: Luciano De Crescenzo, hijo del difunto Eugenio y de la difunta Julia Panetta, con todos los defectos y cualidades que me caracterizan. Lo que yo conozco no es una realidad objetiva igual para todos, sino que asume un significado preciso sólo en el momento en que «yo» la percibo y, naturalmente, este significado cambia al cambiar mis opiniones.

La relatividad expresada en la frase de Protágoras comprende tanto el campo del conocimiento como el de la ética.

Dado que una misma naranja puede parecer dulce a un hombre sano y amarga a un hombre enfermo, el sofista se pregunta: «¿Es dulce o amarga esta naranja?» Es ambas cosas, precisamente porque son dos las personas que la han probado. Ninguno de los dos juicios es «más cierto» que el otro; como mucho, podríamos decir que la definición «dulce» es preferible a la de «amarga», ya que la condición «hombre sano» es más frecuente que la de «hombre enfermo». Conclusión: el valor de las cosas varía de persona a persona, y, en el mismo individuo, de momento a momento.

Hasta aquí están todos de acuerdo; los problemas empiezan en cuanto nos adentramos en el berenjenal de la ética común: ¿existen un Bien y un Mal, objetivamente hablando, o siempre somos nosotros los que establecemos lo que está Bien y lo que está Mal? Éste es el problema.

Hasta la época de los sofistas, las opiniones de los antiguos eran bastante claras: todas las acciones eran consideradas blancas o negras, sin ningún tipo de duda. En el cercano Oriente se había desencadenado una religión, la de Zaratustra, según la cual el Bien y el Mal se dividían el mundo sin posibilidad de vías intermedias. Quizá el mayor mérito de los sofistas fue el de inventar el Gris como zona intermedia entre estos dos extremos, y el de haber solicitado la duda como invitación a buscar siempre, en todas las cosas, el reverso de la medalla. Protágoras puede ser considerado el padre del escepticismo y el abuelo de Popper.

Alguien podría objetar que es muy cómodo «ser sofista»; por ejemplo, yo establezco que está Bien robar, matar y prevaricar, y luego hago todo lo que quiero, seguro de que no va a chocar con mi código personal. «OK», me respondería Protágoras, «si lo consigues no hay problemas». El hecho es que no es fácil convencer a la propia conciencia de que robar y matar se identifican con el Bien. Y aquí se abre la discusión sobre cómo la moral común puede condicionar el relativismo de Protágoras. Estamos de acuerdo en que los jueces somos nosotros mismos, pero también es verdad que nuestro juicio está influido por la moral de los demás. Para los sustentadores de la tesis del Hombre, el de la H mayúscula, Protágoras habría querido decir que el Bien se identifica con el Bien del Hombre en general, y por lo tanto con el Bien de la colectividad. Quizá Protágoras haya dicho una frase así, pero seguro que si lo dijo no lo creía: esto no se avenía con su estilo de pensamiento. ¿Quién sabe? Quizá, llevado a juicio, dijera algo por miedo a Crizia (un ex sofista convertido en uno de los treinta tiranos y, como tal, feroz perseguidor de los ex colegas), pero en el momento de marcharse habría murmurado para sí, como Galileo, «¡no existe ningún hombre en general!».

En cambio, nosotros, fortalecidos por su eslogan, lo interpretamos como más nos agrada. Estamos convencidos de que somos la medida de todas las cosas, de las que son y de las que no son. Para tener una demostración de ello basta con escuchar la narración del partido Turín-Juventus de dos hinchas rivales: cada uno de ellos, con toda su buena fe, nos contará «su» partido, ignorando los fallos, las injusticias del árbitro y la mala suerte en el juego citados por el otro, y ello debido a la sencillísima razón de que no ha «querido ver» los eventos para él desfavorables. ¿Entonces cuál será la Verdad? Todas y ninguna, como decía Pirandello. La realidad es la que nos inventamos instante por instante. Si el trabajo no nos gusta, leemos un horóscopo y creemos en un futuro mejor. Si nuestra mujer nos deja, nos convencemos de que se ha tenido que ir al extranjero por negocios. Si Italia tiene una deuda de diez billones, olvidamos la noticia y seguimos viviendo como antes, fortalecidos por el hecho de que la crisis económica dura desde siempre y nunca nos ha arrollado.

XXIV


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