Luciano de crescenzo



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LOS SOFISTAS


La abogacía, como profesión, fue inventada por los griegos hacia finales del siglo quinto antes de Cristo. A diferencia del fuego y de la penicilina, este descubrimiento ocurrió gradualmente. Veamos cómo se desarrollaron los hechos.

Atenas, durante los períodos de paz, era una ciudad en la que reinaba un aburrimiento total: el trabajo estaba reservado a los esclavos, y quien había tenido la suerte de nacer como ciudadano ateniense no sabía cómo pasar el tiempo libre. Tenía que ser un problema llegar hasta el final del día. En una situación así se comprende fácilmente el gran éxito que obtenían los casos jurídicos: era como si hoy, por la televisión, pusieran sólo a Perry Mason.

Hasta la llegada de Pericles, en los tribunales griegos no estaba permitido el ser defendido por un abogado, sino que cada cual tenía que hacer valer sus propios derechos hablando en primera persona, cualquiera que fuese su papel dentro del proceso, acusador o inculpado: peor para el que no supiera hablar.

El jurado, llamado Eliea425 estaba formado por personas del pueblo: hombres por encima de cualquier sospecha, a los que desgraciadamente, al no ser magistrados de carrera, la habilidad de las partes en causa les seducía más que la validez de los argumentos. Y así ocurría que casi siempre los listos conseguían salir bien librados a expensas de los incautos.

El primero en aprovecharse de las dificultades con que se encontraban los campesinos implicados en los casos jurídicos fue un tal Antifonte de Atenas. Aquel individuo era un exiliado político que para sobrevivir abrió en Corinto una «tienda de consuelos», es decir, un estudio en el que presumía de poder aliviar cualquier sufrimiento psíquico sólo con la fuerza de las palabras. Tras ejercer durante unos años la profesión de consolador, Antifonte decidió escribir discursos de defensa y de acusación para quienquiera que tuviese que vérselas con la justicia. Los textos por él elaborados eran tan eficaces que en breve tiempo se hizo famoso en todo Ática como «el cocinero de discursos».426 En la factura de los honorarios que pedía a sus clientes iba incluido el coste de una lección de oratoria, durante la cual pretendía que el discurso se aprendiese de memoria, también porque, al ser su clientela casi siempre analfabeta, no tenía otra forma de entregar «la mercancía».

Antifonte y los que hacían lo mismo que él fueron llamados logógrafos: éstos confeccionaban por encargo discursos políticos, elogios fúnebres y defensas para casos de homicidio. En algunos procesos, haciéndose pasar por parientes o amigos de los inculpados, conseguían también atestiguar en favor de sus clientes. Al cabo de pocos años su función social se hizo tan insustituible que fueron legalmente reconocidos por los tribunales. Los que practicaban este oficio de retórico eran los sofistas: individuos particularmente versados en el arte de hablar en público.

Al principio la palabra «sofista» no tenía en sí nada de despreciativo: la raíz «sof» (de «sofía», sabiduría) designaba al experto y «ser sofista» equivalía a «poseer un conocimiento profundo de una facultad concreta» (hoy día con términos técnicos diríamos «tener el know how»). Sin embargo, posteriormente, los filósofos y los intelectuales en general, celosos de que alguien pudiese vender un producto de la mente, se levantaron contra ellos y les pusieron verdes. Jenofonte en los Memorables dice textualmente:427 «Son llamados sofistas unos hombres que se prostituyen y que por dinero venden su propia sabiduría a quien se la pide: ellos hablan para engañar y escriben por la ganancia y no ayudan a nadie en nada.» Platón, para no ser menos, hace en sus diálogos que les mortifique un Sócrates todavía más sofista que ellos.

A aumentar la división entre filósofos y sofistas contribuyó también la forma distinta de vivir la profesión: los filósofos, llamémosles tradicionales, solían acudir a una escuela con sus reglas y su doctrina, mientras que los sofistas trabajaban en el mercado como profesionales libres, sin sentir la necesidad de adherirse a una determinada línea de pensamiento. La diferencia es sustancial, ya que las escuelas griegas de filosofía eran algo así como confraternidades dentro de las cuales los discípulos, además de aprender, profesaban una fe; así que, a sus ojos, los sofistas aparecían como individuos sin escrúpulos y sin ideales. Nunca se le ocurrió a nadie sospechar que los sofistas creían en una única verdad: la de la no existencia de la verdad.

A pesar del boicot de la intellighentia, los sofistas se hacían cada vez más populares, alcanzando en algunos casos la fama de los campeones olímpicos. Cada uno tenía su estilo oratorio o, cuando menos, un algo que les distinguía de los demás. Hipias de Elide, por ejemplo, solía llevar vestidos y objetos confeccionados por él mismo:428 hasta las sandalias y la piedra tallada de su anillo eran obra suya; además, aun siendo octogenario, tenía una memoria prodigiosa: se decía que era capaz de repetir cincuenta nombres seriados, oídos sólo una vez.429 Isócrates tenía más de cien alumnos y cada uno de ellos pagaba mil dracmas, a menos que fuera ateniense, en cuyo caso el curso era gratuito.430 Gorgias de Leontini era capaz de improvisar un discurso sobre cualquier tema que se le hubiese propuesto.431 Antifonte escribió para el mismo proceso hasta cuatro discursos: uno a favor y otro contra la acusación, uno a favor y otro contra la defensa.432 Prodico de Ceo, cuando se daba cuenta de que sus oyentes se dormían, solía gritar: «¡Atención, atención, voy a deciros algo que os costará cincuenta dracmas!»433 Protágoras de Abdera le dijo a un poeta que le insultaba por la calle: «Prefiero escuchar tus injurias antes que tus poemas.»434 Lisias, quizá el mejor de todos, era conocido por la extrema sencillez de su lenguaje. Así es como concluye el discurso Contra Eratóstenes: «He llegado al final de la acusación. Vosotros habéis oído, habéis visto, en vosotros está la decisión. Pronunciad vuestro juicio.»435 Hipérides el astuto confiaba en emocionar a los jurados. En el discurso En defensa de Eusenipo termina diciendo: «Yo te he ayudado en lo que he podido. Ahora ya no queda más que suplicar a los jueces, llamar a los amigos y hacer que vengan los niños.»436 Cleón el político caminaba de un lado a otro de la tribuna, se quitaba violentamente la capa y se golpeaba en los costados.437

Pero el género en el que los sofistas pudieron divertirse de verdad fue el discurso epidíctico, un arte que no tenía otro fin que el de poner de manifiesto la elocuencia de los oradores. En Atenas se producían auténticas competiciones de epidística: enfrentamientos entre sofistas, concursos para aspirantes a retóricos e incluso un festival del elogio fúnebre (para los que estén interesados recordamos que el difunto elegido para aquella ocasión como tema obligatorio fue un tal Mausolo).438 Entre los discursos que pasaron a la historia citemos El elogio de la mosca de Luciano y sobre todo El elogio de Elena de Gorgias de Leontini, en el que el sofista demuestra que la pobre señora no tenía ninguna culpa de lo que ocurrió entre griegos y troyanos. En efecto, Gorgias decía que las hipótesis eran tres: la suerte de Troya ya había sido decidida por el Destino o por los Dioses, y entonces la culpa fue de éstos; o fue raptada a la fuerza, y entonces ella también fue una víctima de París; o fue persuadida por las palabras, y «en tal caso, oh atenienses, sabed que no hay nada en el mundo tan terrible como la palabra: ésta es un poderoso soberano, porque con un cuerpo pequeñísimo y completamente invisible consigue realizar obras profundamente divinas.»439

Al género epidíctico pertenecieron también las antilogías o «discursos de las dobles razones». El sofista, en un primer momento defendía una tesis, para luego demostrar en un segundo momento, y con argumentos igualmente irrefutables, exactamente lo contrario. Se cuenta que un maestro de este arte, un día fue a exhibirse a Roma. Al final de su primera intervención fue calurosamente aplaudido por el público presente, pero cuando empezó a sostener la tesis contraria, fue objeto de un fenomenal abucheo. Los romanos eran gente sencilla y de pocas palabras: eran absolutamente incapaces de llegar a ciertos refinamientos griegos.

XXIII

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