Luciano de crescenzo



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LEUCIPO


Cuatro cosas sobre Leucipo, aunque también sería difícil decir algo más. Sabemos poco acerca de su fecha de nacimiento: prudentemente, los historiadores la sitúan entre el 490 y el 470 a.C. Las opiniones acerca de su patria de origen discrepan:384 unos dicen que nació en Mileto, y otros que en Elea, para unos nació en Abdera y para otros en ninguna parte. Defensor de esta última tesis es nada más y nada menos que Epicuro, quien, aun declarándose simpatizante de las teorías atomistas, niega que haya existido nunca un filósofo llamado Leucipo.385 A nosotros, francamente, la boutade de Epicuro nos parece un poquito arriesgada: Aristóteles, en su obra La Generación y la Corrupción, le nombra once veces y es bastante improbable que un formalista como él se pusiera a disertar sobre un filósofo imaginario. Por dar una idea más de la cantidad de opiniones que existen sobre el tema, hay también una hipótesis de Tannery según la cual Leucipo no era más que un seudónimo de Demócrito.

De cualquier manera, como tenemos que esbozar un perfil de Leucipo, nos hemos convencido de que el filósofo nació en el 480, un decenio antes o después, y de que vivió en su patria hasta la rebelión de los aristócratas del 450. Pasados los treinta años, como todos los presocráticos que se precian, empezó a recorrer mundo a lo largo y a lo ancho. Parece ser que estuvo en Elea, donde permaneció lo justo para aprender y desbaratar las doctrinas de Zenón, y en Abdera, ciudad de Tracia, a medio camino entre Grecia y Jonia, donde fundó una escuela filosófica.

El incierto Leucipo tuvo la desgracia de tener como discípulo a un importante personaje como Demócrito: la cercanía de un alumno semejante ofuscó de tal forma la figura del maestro que incluso surgieron dudas sobre su misma existencia. Empecemos diciendo que Demócrito nunca se dignó mencionarle en sus primeras obras, y que los historiadores, salvo alguna rara excepción,386 siempre le citan emparejado a su alumno, con lo cual resulta difícil distinguir el pensamiento del uno y del otro. Incluso un ensayo suyo, el Gran Ordenamiento, fue incluido en el Corpus Democriteum y ha terminado convirtiéndose en un escrito de Demócrito.

Sentado esto, nuestra intención en esta modesta pasarela de filósofos es la de tratar de revalorizar a Leucipo, reconociéndole por lo menos el mérito de haber inventado dos conceptos fundamentales en la historia del pensamiento: el vacío y el átomo.

Hasta aquel momento todos se habían ocupado afanosamente de negar la existencia del vacío: Empédocles, con el experimento de la muchacha que sumerge en el agua la copa de cobre, había demostrado que esa cosa que el vulgo llamaba «aire» tenía su consistencia y no correspondía en absoluto con el vacío.387 Anaxágoras, por su parte, mostrando un odre lleno de aire, también ilustraba un método práctico para tocar con la mano el «espesor» del vacío.388 Por último, Parménides no sólo daba por descontado la inexistencia del vacío, sino que incluso la utilizaba para demostrar la imposibilidad del movimiento: «El Uno», decía, «está inmóvil; si pudiera moverse debería ocupar un espacio vacío, lo cual es imposible, así que el movimiento no existe».389

En lo que se refiere al átomo, hay que reconocer que Anaxágoras con sus homeomerías se había aproximado bastante. De todas formas, aparte de la consideración de que los dos filósofos difícilmente pudieron influirse, dado que fueron contemporáneos y vivieron en distintas ciudades, la diferencia sustancial entre las homeomerías de Anaxágoras y los átomos de Leucipo radicaba en que las primeras eran divisibles al infinito, y los segundos, aún siendo pequeñísimos, eran imaginados como partículas sólidas y a prueba de cortes, los últimos corpúsculos en los que se podía dividir la materia. Y, efectivamente, «átomo» en griego significa «indivisible».

XXI


DEMÓCRITO


Demócrito, hijo de Egesístrato o de Atenócrito o de Damasipo, nació en Abdera o en Mileto,390 en una fecha que oscila entre el 472 y el 457 a.C. Como siempre, esto es lo que hay sobre la vida de los filósofos presocráticos: una vaga lista de fechas y padres inciertos. Por otra parte, pongámonos en el lugar de estos pobres griegos: no tenían un auténtico calendario, y cuando tenían que declarar el año de nacimiento, se las arreglaban haciendo referencia a los arcontes que entonces ocupaban el cargo, o a los ganadores de las Olimpiadas. Es como si hoy yo afirmara que nací en el año en que Owens ganó los cien metros y que me casé cuando Tambroni era presidente del consejo: ¡y ponte a recordar!

Demócrito era el menor de cuatro hijos: tenía dos hermanos, Herodoto y Damaste, y una hermana de la que no se sabe su nombre.391 Creció en la abundancia, y cuando murió su padre renunció a su parte de tierras, pidiendo a cambio sólo una cantidad al contado. De todas formas, era una cifra considerable: Diógenes Laercio392 habla de cien talentos, unos cien millones de ahora. Demócrito aceptó el dinero, contra sus propias convicciones éticas, sólo para poder realizar un proyecto soñado durante mucho tiempo: viajar por todo el mundo y conocer el mayor número posible de maestros. Así es como Horacio, el gran poeta latino, comenta el gesto del filósofo: «Qué asombroso que el ganado entre en los campos de Demócrito y eche a perder la cosecha, mientras su alma, olvidándose del cuerpo, se va corriendo veloz.»393

Demócrito fue un viajero incansable: estudió astronomía con los caldeos, teología con los magos y geometría con los egipcios; visitó Etiopía, el mar Rojo e incluso la India, donde tuvo la oportunidad de conocer a los gimnosofistas.394 En un fragmento referido por Clemente de Alejandría,395 él mismo dice: «Yo soy, entre mis contemporáneos, el que ha recorrido la mayor parte de la Tierra, investigando las cosas más extrañas; y vi cielos y tierras innumerables; escuché a la mayor parte de los hombres doctos; y en la composición de las figuras geométricas, con su correspondiente demostración, no me superó nadie, ni siquiera los llamados arpedonaptos.» En estos viajes siempre recibió la ayuda de la familia real de Persia: se cuenta que el rey Jerjes, al atravesar Tracia en la época de la segunda guerra greco-persa, fue huésped de su padre y que, desde aquel momento, nació una cierta forma de protección en relación a su familia.396

Obviamente, viajando tanto, también fue a parar a Atenas y allí, qué extraño, «nadie le reconoció».397 Hay quien ha formulado la hipótesis398 de que ese jovenzuelo que habla con Sócrates en los Rivales de Platón es precisamente Demócrito.399 Sócrates, en efecto, afirma en este diálogo que el filósofo es como un pentatleta, es decir, un hombre capaz de ser el primero en la clasificación final, aunque sin haber ganado en ninguna especialidad, y Demócrito precisamente presumía de ser un experto en Física, Ética, Ciencias Enciclopédicas, Arte y Aritmética.

Cuando regresó a su patria, después de tanto viajar, no le quedaba ya ni un dracma: no pudo hacer otra cosa que irse a vivir a casa de sus hermanos, como el pariente pobre. Pero entonces, a causa de una antigua ley tracia, el gobierno le comunicó que no sería sepultado en su patria por haber dilapidado todos los bienes paternos. Así que Demócrito, para evitar que le echaran al mar después de muerto, leyó en público uno de sus libros, el Gran Ordenamiento, y los abderinos, ofuscados por tanta ciencia, no sólo le garantizaron los funerales a expensas del Estado, sino que le dieron también cien talentos.400

Extraño personaje este Demócrito: para algunos era un juerguista siempre dispuesto a reír y a bromear, y para otros un estudioso al que gustaba retirarse en soledad. Probablemente era lo uno y lo otro: no es casual que tuviera dos apodos a la vez, «El Guasón» y «La Sabiduría».401 Su carcajada estruendosa era tan famosa en Grecia que más de una vez fue criticado en los círculos intelectuales atenienses. De él se decía: «Es de Abdera, donde suelen nacer los idiotas.»402 De todos el que más pagó esta vena satírica de Demócrito fue Anaxágoras. El abderino siempre le tomó el pelo por la teoría del Intelecto y le acusó de haberse apropiado de unas antiguas doctrinas sobre el Sol y la Luna.403 Sin embargo, parece ser que toda la antipatía de Demócrito se debía al hecho de que fue rechazado personalmente por Anaxágoras el día en que solicitó su admisión en la escuela de Atenas.404

La tendencia, llamémosla así, a la introversión se manifestó en Demócrito desde su primera juventud: era poco más que un niño cuando construyeron en el fondo del jardín de su casa una cabaña, una especie de guarida, en donde le encantaba esconderse de los ojos de todos. Se cuenta que en la edad madura, para poder dejar un mayor espacio a su propia imaginación, solía transcurrir largos períodos de tiempo en la soledad del desierto o entre las tumbas de los cementerios.405

Las experiencias adquiridas en Oriente le habían otorgado unas particulares facultades adivinatorias: aparte de las predicciones de fenómenos naturales, a las que ya se dedicaban todos los filósofos, Demócrito consiguió a menudo asombrar a los amigos con algunas intuiciones extrañísimas. Se cuenta, por ejemplo, que un día, bebiendo un vaso de leche, dijo: «Esta leche ha sido ordeñada de una oveja negra, nacida de primer parto»,406 y que el hecho se comprobó en seguida. Otra vez parece ser que saludó a una amiga de Hipócrates con la frase «buenos días, muchacha», y al día siguiente la saludó con un «buenos días, mujer»: la muchacha, efectivamente, había tenido precisamente aquella noche, su primera experiencia sexual.407 Los historiadores no dicen nada del nombre del partner: en caso de que hubiese sido Hipócrates, nos quedaría la duda de si la intuición democritiana no sería más atribuible a la confidencia de un amigo que a un fenómeno de carácter parapsicológico.

Cierto día, Demócrito, al no saber cómo consolar al Gran Darío por la muerte de su mujer, le dijo: «Consígueme todas las cosas que he escrito en esta hoja y te prometo que la haré resucitar.» El rey en seguida se ocupó de que el sabio fuese atendido con todo detalle, pero no fue posible satisfacer la última de sus peticiones, que era la de inscribir sobre la lápida de la reina el nombre de tres hombres que nunca en su vida hubiesen experimentado dolor. A lo cual Demócrito dijo: «¡Oh, irrazonable hombre, lloras sin freno como si fueras el único en el mundo que ha sufrido una desventura semejante!»408

La leyenda cuenta que Demócrito, una vez que se hizo viejo, se quitó la vista voluntariamente exponiendo sus ojos a los rayos de sol reflejados por un escudo plateado: no quería que «la visión del cuerpo le impidiese la del alma».409 En cambio, según Tertuliano, el viejo sibarita se cegó para no ver más a las mujeres bellas, dado que ya no estaba en condiciones de amarlas.410 En cualquier caso, como prueba de este drama nos queda una poesía de Laberio Décimo:411
Demócrito de Abdera, filósofo físico,

dirigió un escudo justo hacia el lugar donde surge Hiperión

para poder quitarse la vista con el esplendor celeste;

así, con los rayos del sol, él se privó de la luz de sus ojos.
Una vez, en un libro suyo, escribió: «A veces, vivir durante largo tiempo no es un largo vivir, sino un largo morir.»412 El caso es que una vez que pasó de los cien años decidió suicidarse y fue disminuyendo progresivamente su ración de comida hasta que llegó a no comer nada. Estaba en las últimas, a punto de expirar, cuando su hermana, también centenaria, se quejó de que, si él moría, el luto le impediría participar en las fiestas Tesmoforias. El filósofo, entonces, con mucha paciencia, pidió que le trajeran unos panes calientes y los puso junto a su cara. Sobrevivió así tres días más, y después le preguntó a su hermana: «¿Ya se han acabado las fiestas?» Ella contestó que sí y él cerró los ojos para siempre.413

Diógenes Laercio le dedica estos versos:414


durante tres días retuvo en casa a la muerte

ofreciéndole únicamente el caliente olor de los panes.
Su fama se extendió por todo el mundo civil. De él habló bien hasta Timón de Fliunte.415 En cambio, Platón fue su único irreductible detractor: siempre se negó a nombrarle e hizo todo lo posible para que fuesen quemados todos sus libros. No tuvo éxito en su intento por una sola razón: los escritos de Demócrito se habían difundido por todas partes y por todas partes obtenían aprobaciones.416

La doctrina de Demócrito es muy sencilla; en todo caso serán complicadas las preguntas a las que el filósofo evita responder. Pero vayamos con orden.

La realidad está constituida por los átomos y por el vacío:417 los átomos son unos corpúsculos, infinitos en número, absolutamente compactos y por lo tanto indivisibles, iguales en calidad, pero distintos por la forma geométrica y por el tamaño. En cambio, el vacío es simplemente el vacío, es decir, un «no-algo» (oudén) que existe como existe el «algo» (den).418 Dicho de forma más elemental, el mundo estaría formado por pedacitos de materia, durísimos, con forma de bolitas, de cubitos, de dodecaedros y así sucesivamente, que se mueven en el interior de un espacio físico hecho de nada. Estos pedacitos, llamados átomos, a veces se pegan entre sí y otras veces se despegan.419

Aceptada esta descripción del mundo que nos rodea, es natural que nos preguntemos: ¿quién ha hecho los átomos y el vacío, quién hace moverse a los átomos, quién les dio el primer empujoncillo, quién los pega y quién los despega? Y aquí Demócrito resulta menos convincente: los átomos son infinitos y existen desde siempre,420 así como desde siempre se mueven en el vacío; giran en un torbellino (dínos) y de vez en cuando se chocan. Los rechazos (apopátlesthai), las sacudidas (palmós), los roces (epíspasis) y los contragolpes (sunkroúesthai) dan lugar a amontonamientos que, en definitiva, serían los objetos que nos rodean. La doctrina de Empédocles, según la cual los que arreglaban las uniones y las separaciones eran el Amor y la Discordia, a Demócrito no le conviene: él es un materialista serio; conceptos como Amor y Discordia apestan demasiado a mitología, y para eso es mejor volver a Zeus y Saturno, sobre todo porque resultan más divertidos.

Ésta es, en sustancia, la teoría física y cosmológica de Demócrito. Lo primero que podemos decir es que nos parece fácilmente atacable. Admitiendo que los átomos se mueven «desde siempre» con un recorrido circular, dos son las hipótesis: o las trayectorias son paralelas, y entonces no se entiende cómo pudo ocurrir el primer choque (al no ser posible un cambio de carril, ¡debió tratarse de un atasco!), o las trayectorias no son paralelas y entonces los choques han tenido lugar desde el primer instante. ¿Pero de qué primer instante estamos hablando, si acabamos de decir que los átomos se mueven «desde siempre»?

Epicuro, admirador de Demócrito y convencido atomista, intentará más tarde hacer un apaño y aventurará la hipótesis421 de que los átomos, dado que son distintos en tamaño, también lo son en peso, y que esta diversidad provocó una inclinación422 en sus recorridos. Lo sentimos por Epicuro, pero nuestras dudas siguen igual que antes.

En la filosofía atomística no hay sitio para nada que no sea el lleno o el vacío; incluso el alma, el pensamiento y las sensaciones están hechas de materia. Los átomos del alma son más redondos, más móviles y más lisos que los del cuerpo. El hombre vive mientras consigue, con la respiración, equilibrar los átomos del aire con los del alma. Las sensaciones ocurren de la siguiente forma: de cada objeto emana un efluvio material, aunque invisible, llamado éidolon, que se choca con el aire interpuesto y que, tras una serie de colisiones en cadena, incide en los átomos de los sentidos, los cuales, a su vez, transmiten la colisión a los átomos del pensamiento.423 Como se puede ver, todo ocurre a través de contactos físicos. El conocimiento es un hecho subjetivo en la medida en que depende del medio interpuesto y de la capacidad del sujeto que recibe. Si Demócrito hubiese tenido en sus tiempos una Polaroid, podría habernos mostrado a todos cómo está hecho un éidolon.

La diferencia sustancial entre los átomos de Demócrito y las homeomerías de Anaxágoras radica en la divisibilidad de la materia: en ambos casos se trata de partículas pequeñísimas, pero mientras que el átomo es un trozo de materia durísimo, inatacable desde el exterior, la homeomería, por lo menos con la imaginación, puede ser subdividida al infinito. Siguiendo la lógica de Anaxágoras, en una molécula de nuestro cuerpo podría haber millones y millones de otros mundos, habitados o no, y nadie podrá nunca demostrarnos lo contrario, dado que estamos igual de lejos de las galaxias del espacio que de lo infinitamente pequeño que está dentro de nosotros.

Todo el problema radica en admitir o no la existencia del vacío. Podrá parecer extraño, pero el misterio del vacío todavía no ha sido resuelto: en la naturaleza no hay nada que pueda ser considerado totalmente vacío; en el mejor de los casos tenemos espacios atravesados por ondas luminosas. Demócrito decía que si conseguimos cortar una manzana es porque la hoja del cuchillo se mete entre los vacíos existentes en la materia. Pues bien, este tipo de razonamiento ya no lo podemos hacer, porque desde Einstein en adelante perdimos el significado de materia y de espacio. Nos damos cuenta de la dificultad del concepto y pedimos perdón al lector, pero tras la teoría de la relatividad es como si el espacio se hubiese casado con el tiempo formando una pareja indisoluble. Por lo tanto no podemos hablar de objetos materiales en sí mismos, sino de eventos, y no tiene sentido definir «un espacio entre dos puntos», sino que es más correcto hablar de «un intervalo entre dos eventos». «Son los eventos los que constituyen el material del mundo, y cada uno de ellos es de breve duración. Bajo este punto de vista la física moderna está del lado de Heráclito y contra Parménides.»424

De alguna manera, Demócrito intentó hallar una vía de acuerdo entre las dos corrientes de pensamiento que caracterizaron su siglo. Por un lado, estaban los partidarios del ser y, por el otro, los del devenir: para los primeros el Uno era algo inmóvil, eterno e indivisible; para los segundos no había nada en el mundo que pudiese estar quieto o que pudiese ser comparado a sí mismo ni siquiera tras un instante. ¿Qué hacer? Para conciliar las dos tesis opuestas, Demócrito inventa la teoría atomística. A Parménides le concede el átomo, es decir, lo inmutable, eterno, indivisible y carente de vacío en su interior, de manera que el eleático pueda hallar en él todos los requisitos del Uno excepto la inmovilidad; a Heráclito le ofrece el vacío, un espacio físico en el que los átomos pueden corretear a gusto y donde la materia puede juntarse y deshacerse en un continuo devenir.

Los que quedarán descontentos serán los filósofos sucesivos: los Sócrates, los Platones y los Aristóteles, gentes a la espera siempre de que llegue alguien que les ilumine sobre la causa primera y sobre el fin último. Para ellos era como si Demócrito hubiese narrado la trama de una comedia y se hubiese saltado la primera y la última escena. Por otro lado, acudir en ayuda del filósofo de Abdera, afirmando que los átomos habían sido movidos por un Creador, tampoco habría resuelto el problema: Demócrito, como buen materialista que era, en seguida habría preguntado: «¿Y al Creador quién le ha creado?» La verdad es que la Filosofía, con su avanzar entre la Ciencia y la Religión, había tocado con los atomistas un punto extremo del recorrido, todo Ciencia y nada Religión.

XXII


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