Luciano de crescenzo



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ANAXÁGORAS


Frank Sinatra fue llamado The Voice; Anaxágoras, en cambio, tuvo el apodo de Noús, la Mente. En ambos casos la identificación del personaje con su cualidad predominante nos parece muy acertada: efectivamente, nadie más que Anaxágoras podía ser elegido como representante de las inquietudes racionalistas que caracterizaron a la sociedad ateniense del siglo quinto. El amor por la dialéctica, el interés por los fenómenos naturales, la nueva forma de practicar la medicina de Hipócrates, la pureza de las líneas arquitectónicas e incluso la sencillez geométrica del plano del Pireo, trazado por Hipódamo de Mileto, nos dan a entender que en los filósofos y en los hombres de genio de aquel período había un enorme deseo de interpretar el mundo mediante el uso exclusivo de los recursos de la mente. Los Dioses, en los círculos intelectuales de la época, habían pasado de moda, y precisamente por esta razón muy pronto se convirtieron en instrumento de lucha en manos de los reaccionarios. «El Intelecto», decía Aristóteles, «es como un hombre que no ha bebido, en comparación con los demás que dicen cosas vanas».

Anaxágoras, hijo de Egesíbulo,340 nació en Clazomene, una pequeña ciudad jónica próxima a Esmirna, entre el 500 y el 497 a.C. Tuvo como maestro a Diógenes de Apolonia, el sucesor de Anaxímenes, y, al igual que todos los filósofos que recibieron la influencia de la escuela de Mileto, era más el tiempo que pasaba mirando el cielo que el que dedicaba a sus propios intereses. La familia estaba desesperada: «Bendito hombre, decían, ¿pero por qué no te ocupas de tus propiedades?»341 y él contestaba: «¿Y por qué no os ocupáis vosotros?» Por ello, para que no le dieran la lata, decidió regalárselo todo a sus parientes. Efectivamente, el joven Anaxágoras sólo se sentía feliz cuando podía quedarse completamente solo observando los astros en la cima del Monte Mimante.342 Allí arriba pasaba largas noches a la intemperie, envuelto en una manta de lana y en el más absoluto silencio. Una vez, a un paisano que le amonestaba por no amar suficientemente a la patria, le contestó: «No dices la verdad, ¡yo amo muchísimo a la patria!», y con el dedo indicó el cielo.

Sus conocimientos astronómicos le hicieron muy pronto famoso: se decía que había aprendido los secretos del universo directamente de los «libros arcanos» de los sacerdotes egipcios. De todas formas le fueron atribuidas predicciones de diverso tipo: un eclipse solar, un terremoto (gracias al movimiento del barro depositado en un pozo),343 el derrumbamiento de una casa e incluso la caída de un meteorito en el río Egospótamo.344 El mundo griego era muy sensible a la fascinación de los adivinadores: quienquiera que, mediante cálculos o por suerte, hubiese sido capaz de predecir un evento natural, gozaba de ilimitada credibilidad. Anaxágoras, por ejemplo, era presentado como «aquel que predijo la caída de una piedra desde el cielo». Siguiendo con lo mismo, un día el filósofo fue visto en la Olimpiada cubriéndose la cabeza con una capa de piel, como para protegerse de la lluvia, y poco después, a pesar de que el cielo había permanecido sereno hasta aquel momento, cayó un tremendo chaparrón.345

Con veinte años se trasladó a Atenas, donde fundó una escuela de filosofía. Tuvo como discípulos a Eurípides y a Arquelao, famoso este último por haber sido el maestro (y quizá también el amante) de Sócrates y por haber intuido que el sonido se propagaba en el aire a través de una sucesión de vibraciones.346

Para algunos, Anaxágoras fue llamado a Atenas por Santipo, padre de Pericles, para que se encargase de la educación de su hijo; en cambio, para otros, era un ex soldado persa que llegó a Grecia con las tropas de Jerjes. Esta última hipótesis podría justificar la acusación de «medismo» que treinta años más tarde sería lanzada por los enemigos de Pericles.347 Efectivamente, Anaxágoras fue acusado por un tal Tucídides348 de simpatía hacia los persas y de «impiedad», es decir, de vilipendio de la religión. Los historiadores narran que fue condenado a muerte por poquísimos votos.349 El bueno de Pericles, a pesar de que seguía siendo la máxima autoridad de Atenas, no pudo hacer otra cosa más que sobornar a los carceleros para que le permitieran fugarse, incluso antes de que se leyera la sentencia. Los griegos, cuando se trataba de hacer daño a un adversario político no eran nada escrupulosos: una simple sospecha de haber hablado mal de Zeus podía ser el objeto de una acusación.

El exilio fue duro, más que nada porque le mantenían lejos del lugar donde se «hacía cultura». Pero el orgullo, y sobre todo la sabiduría, no dejaron que se transparentara en él ningún dolor. Cuando le comunicaron que había sido condenado a muerte, comentó la noticia diciendo: «¡Desde hace tiempo la naturaleza ha condenado a muerte a mis enemigos y a mí!»350 Cuando se enteró de que sus hijos habían muerto, simplemente dijo: «Sabía que les había engendrado mortales.» A quien le recordaba que había sido privado de los atenienses le contestaba con fiereza: «No yo de ellos, sino ellos de mí.»351 Finalmente, a aquellos que le compadecían porque moriría lejos de su patria, objetaba que «por cualquier sitio se baja, el camino al Hades es siempre el mismo».

Mientras tanto, su libro La Naturaleza circulaba en secreto entre los intelectuales. Según Plutarco «se leía a escondidas y lo entendían pocos, que a su vez sólo se lo enseñaban a los amigos de confianza».352 Lo que se sabe con certeza es que fue el primer best-seller de la historia, o cuando menos el primero del que se conoce el precio de portada: un dracma.353

Sobre el proceso de Anaxágoras las noticias son muy contradictorias: algunos lo sitúan en el 450 y otros en el 432; hay quien dice que fue arrastrado ante los jueces por Tucídides y quien afirma que por Cleón;354 se habla de condena a muerte, de ostracismo, e incluso de una multa de cinco talentos. Lo más probable es que hubiera dos procesos y dos condenas distintas, separados por dieciocho años.355

El ostracismo356 era una especie de elección negativa que tenía lugar una vez al año, al principio del invierno. Para deshacerse de un ciudadano cualquiera, bastaba con recoger el consentimiento de por lo menos seis mil atenienses y el pobre hombre se veía exiliado durante cinco o diez años sin ni siquiera saber por qué. Teniendo en cuenta que el voto era secreto y que se podía ser condenado aunque no se hubiese cometido ninguna falta, ya nos podemos imaginar qué fácil era acabar en el exilio. Prácticamente ninguno de los grandes atenienses del siglo quinto, aparte de Pericles, consiguió evitar este impeachment: hasta Arístides, que era el mejor de todos, fue exiliado. El ostracismo debería haber afirmado la supremacía del demos sobre el individuo emergente; en cambio, resultó ser un instrumento potentísimo en manos de unos pocos envidiosos.

El segundo proceso, si es que lo hubo, comenzó con la fustigación de un esclavo que confesó haber oído a Anaxágoras hablar del sol como si fuera una piedra de fuego que se movía libre por el cielo.357 El delito era gravísimo: unos años atrás un tal Diopites había conseguido que se aprobara una ley según la cual se condenaría a todo aquel que enseñara doctrinas sobre las «cosas celestes».358 Pericles acudió en seguida a defender a su amigo e hizo todo lo posible para salvarle la vida: le arrastró hasta el Consejo, a pesar de su estado febril debido a una enfermedad, y mostrando el rostro extenuado del viejo maestro preguntó a los presentes: «Atenienses, ¿estáis convencidos de que siempre he actuado por el bien de la patria? ¿Tenéis algo que reprocharme? Pues bien, ¡sabed que he sido discípulo de este hombre!»359

Anaxágoras fue puesto en libertad más por piedad que por la apasionada defensa de Pericles. Desgraciadamente, el orgulloso filósofo no pudo soportar una humillación semejante y se dejó morir de hambre en Lampsaco, un pueblo perdido de la" Jonia septentrional.360 Se tumbó en una cama y se cubrió el rostro con un velo. A Pericles, que había ido a asistirle, se quejó de no haber sido recompensado por sus enseñanzas y dijo: «También aquellos que necesitan luz, derraman el aceite de las linternas.»361 A los arcontes de Lampsaco que le preguntaron: «¿Cómo quieres que se recuerde tu muerte?» respondió: «Dadles un día de vacaciones a los niños.»362 Con todo el respeto por el señor Noús, a mí no me cae muy bien el personaje Anaxágoras: en particular me lo hace sospechoso la noticia de que nadie le vio nunca reír.363 Si se hubiese tratado de un rasgo de personalidad, pues qué se le va a hacer. Lo malo es que para Anaxágoras el mostrarse siempre serio y compungido era una premeditada elección de comportamiento. De hecho, sus discípulos predilectos, Eurípides364 y Pericles,365 por miedo a que les pillaran con una sonrisa en los labios, se negaban a beber en compañía y a participar en los banquetes. Pensándolo mejor, la aversión por la risa es un síntoma muy difundido también en nuestros días. Haced la prueba de observar la actividad de los intelectuales italianos cuando son entrevistados por la televisión: en seguida os daréis cuenta de que su mirada está siempre impregnada de una austera afectación. Sólo Dios sabe qué oscuros mecanismos calvinistas, alimentados por complejos de culpa y deseos de expiación, les hacen tan alérgicos a la comicidad. Quizá el dicho latino de «risus abundat in ore stultorum» fue puesto en circulación precisamente por un antepasado de Moravia, de Sciascia o de Giorgio Bocca. Afortunadamente, de vez en cuando, aparece un Einstein o un Bertrand Russell y el cielo de la cultura se vuelve a teñir de azul.


Las preguntas son las clásicas de la filosofía presocrática:

1. ¿Cuáles son los elementos primordiales?

2. ¿Quién o qué cosa los anima?

Para Anaxágoras las sustancias primas son infinitas, tanto en número como en cualidad, y las llama homeomerías. Por lo tanto no tienen nada que ver con un único arké, como en la escuela de Mileto, ni con cuatro elementos distintos, como con Empédocles, sino con infinitas infinitesimales partículas agrupadas según un criterio lógico, establecido por el Intelecto.

Al principio de los tiempos, dice Anaxágoras, las homeomerías estaban amontonadas desordenadamente, como en una batidora, donde no era posible distinguir ni un color, ni cualquier otra característica,366 cuando de repente intervino el Intelecto y la «batidora» empezó a funcionar centrifugando su contenido: «lo denso, lo húmedo, lo oscuro, lo frío, o sea las cosas pesadas, se juntan en el centro y, una vez que se han endurecido, toman una consistencia de tierra; en cambio, las opuestas, lo caliente, lo fúlgido, lo seco, son empujadas hacia la periferia del éter».367

Mientras que las homeomerías son pedacitos infinitesimales de materia, homogéneos en cuanto a cualidad e invisibles, dada la exigüidad de la masa,368 los objetos que vemos en la naturaleza, incluso los más pequeños, contienen en su interior todas las homeomerías posibles. Más concretamente, «en cada cosa se esconden todas las sustancias y de éstas sólo se ven las más numerosas o las que están más a la vista porque se encuentran situadas en primera fila».369 Consiguientemente, una mesa de madera tiene en su interior un poco de todo, también fuego, humo, cenizas, y así sucesivamente; si a nosotros nos parece que está hecha sólo de madera es porque las homeomerías de la madera están en mayor número.

Para demostrar estas afirmaciones, Anaxágoras nos hace notar que lo que comen los animales se transforma en carne, huesos, pelos, venas, nervios, uñas, alas e incluso cuernos, y dado que un pelo no puede nacer de un no pelo es necesario que en la comida estén presentes las homeomerías del pelo.370

Siguiendo el razonamiento del «todo en el todo», el filósofo llega a decir que cada cosa posee, no sólo sus características principales, sino también las contrarias: la nieve, por ejemplo, nos aparece371 blanca, pero en su interior debe ser un poco negra; y esto me recuerda a mi madre que, cuando encontraba insípida la sopa, solía decir: «E doce 'e sale», está dulce de sal.

Sobre los contrarios, Anaxágoras le da la vuelta a las teorías de Empédocles: lo parecido no busca lo parecido sino lo contrario.372 Los opuestos deben su existencia al enemigo. Todos nosotros notamos el frío cuanto más caliente esté nuestro cuerpo. Un ruido considerado tenue si se oye en el estruendo del ágora, puede hacerse insoportable en medio de la noche.

Para comprender en profundidad el pensamiento de Anaxágoras, hay que tener las ideas claras sobre qué es lo que él entendía por Intelecto. Ya hemos precisado, al principio del párrafo, que el Noús no tiene nada que ver con Dios, al no ser un Ente Creador, sino sólo una sustancia «material», aunque con características particularmente refinadas, como pureza, rarefacción, etcétera. El Intelecto está presente sólo en las cosas animadas y a éste hay que atribuir el ordenamiento del Universo, tal como nos aparece, y no la creación de las sustancias primordiales. Se llama «Intelecto» porque, a diferencia del Caos, sabe lo que hace.

Las virtudes limitadas del Noús anaxagoriano desilusionaron un poco a los filósofos atenienses; tanto es así que Platón, en Fedro,373 dice textualmente:
«Habiendo oído a un individuo, que aseguraba haber leído un libro de Anaxágoras, afirmar que el Intelecto es el Ordenador y la Causa de todas las cosas, gocé con esta explicación y pensé que, si la cosa hubiese sido en estos términos, el Intelecto lo habría ordenado todo y habría dispuesto cada cosa de la mejor manera... Razonando de esta forma, creía tan contento que había encontrado en Anaxágoras la verdad sobre la causa de los seres, según mi entendimiento, y que él me habría dicho en primer lugar si la tierra es plana o redonda y que, después de habérmelo dicho, me habría explicado el fin o la necesidad... Pero entonces, avanzando en mi lectura, vi que mi héroe no utilizaba para nada el Intelecto y que no le atribuía ninguna causa al ordenamiento de las cosas, sino que recurría, como siempre, al aire, al éter, al agua y a otras cosas extrañas.»
Anaxágoras, además de tener el sobrenombre de Noús, también fue llamado ho physikótatos, «el fisiquísimo», por su pasión por las ciencias naturales. A continuación una pequeña muestra de nociones básicas de su física y de su astronomía:

—Los astros son piedras de fuego que corren vertiginosamente por el cielo, hasta que una repentina moderación (tipo Cosmos, para entendernos) les hace precipitarse sobre la tierra (véase el episodio del meteorito del río Egospótamo).374

—«El Sol manda su luz a la Luna»,375 que es una piedra fría.

—La órbita de la Luna, al ser más baja que la del Sol, determina de vez en cuando los eclipses.376

—Un día, cayó de la Luna un león llamado Nemeo.377

—La Luna está habitada y tiene montañas, colinas, barrancos y casas, igual que nosotros.378

—Los vientos son producidos por la rarefacción del aire calentado por el Sol.379

—Los terremotos son estimulados por el movimiento de masas de aire que se encuentran prisioneras en las visceras de la tierra.

—Los cometas son planetas en llamas que dejan tras de sí una cola centelleante.380

—El Sol es más grande que el Peloponeso.381

Como se puede ver, el bueno de Anaxágoras algunas veces acertaba y otras metía totalmente la pata; por otro lado, también hay que ponerse en el lugar de estos pobres científicos de la antigüedad: titubeantes, todos trataban de adivinar, fiándose un poco de lo que veían a simple vista y otro poco de la fantasía.

También Anaxágoras tiene una teoría de la evolución. Los primeros hombres nacieron de lo húmedo, para después nacer los unos de los otros; los hombres, de la parte derecha del útero; y las mujeres, de la parte izquierda.382 Los seres humanos se convirtieron muy pronto en los más inteligentes del universo, al ser los únicos que tenían manos. Una intuición genial, que los estudiosos de hoy (etólogos y paleontólogos a la cabeza) tienden a ratificar, pero que entonces le acarreó muchas críticas. Aristóteles, por ejemplo, no estaba en absoluto de acuerdo, y matizó: «Según Anaxágoras, el hombre es el más sabio de los vivientes porque tiene manos. A mi parecer sería más razonable decir que tiene manos porque es más inteligente.»383

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