Luciano de crescenzo



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ATENAS EN EL SIGLO QUINTO


Hagamos un alto en la filosofía y pasemos a la historia. A veces la humanidad es realmente sorprendente: pueden pasar mil años sin que ocurra nada, y después de repente, ¡en menos de un siglo y en poco más de dos kilómetros cuadrados ocurre de todo! Estamos hablando, por si aún no os habéis dado cuenta, de Atenas y del siglo quinto antes de Cristo.

Sólo con citar desordenadamente los nombres de aquella época se nos puede cortar la respiración. Entre los que nacieron en el lugar, los inmigrados y los estudiosos del pasaje podemos confeccionar una primera lista de personajes: Anaxágoras, Gorgias, Protágoras, Parménides, Zenón, Meliso, Demócrito, Arquelao, Sócrates, Platón, Hipias, Prodico, Isócrates y Antifón entre los filósofos; Esquilo, Sófocles y Eurípides entre los trágicos; Aristófanes entre los comediógrafos; Hipócrates entre los médicos; Mirón, Fidias, Praxíteles, Zeuxis, Ictinio, Hipodamo, Calícrates, Mnesicles, Alcmenes, Crésila y Policleto entre los artistas; Herodoto, Tucídides y Jenofonte entre los historiadores; Hiperides, Trasímaco y Lisias entre los oradores; y, para terminar, Temístocles, Milcíades, Cimón, Pericles, Arístides y Alcibíades entre los políticos. Dice Bertrand Russell: «En aquella época era posible, como en pocas más, ser a la vez inteligentes y felices.»309

El siglo quinto comienza con una revuelta: la de los jonios contra los persas. Al mando estaba un tal Aristágoras,310 gobernador de Mileto. De este acontecimiento que señala el inicio de las guerras persas, la anécdota más extraña es la de Istico, el inventor del plan subversivo. Cuando este tipo decidió dar la salida a la operación, para avisar a sus cómplices sobre el día y la hora de la insurrección hizo que raparan al cero a un esclavo sordomudo, le tatuó en el cráneo el mensaje, esperó a que le volviera a crecer el pelo y le envió a Mileto, seguro de que la orden no sería interceptada aunque registrasen al correo.311



Se sublevaron prácticamente todas las poblaciones de la franja costera. Las tropas persas de ocupación fueron aniquiladas por doquier. A pesar del éxito, los rebeldes estaban un poco preocupados: más pronto o más tarde Darío volvería, y esta vez con un ejército mucho más numeroso del que en su tiempo conquistó Jonia. Por esta razón, en otoño del 499 Aristágoras, el gobernador de Mileto, desembarcó en la Grecia continental y trató de convencer a las ciudades más importantes de que formaran una gran alianza entre todos los griegos que vivían a ambos lados del mar Egeo. Esparta no quiso saber nada: los persas eran un pueblo demasiado lejano como para que ellos se sintieran implicados. Tebas odiaba a Atenas y, más que nada por este motivo, no habría pertenecido nunca a una coalición. Es decir, que para los griegos era más estimulante reñir entre vecinos que una hipotética invasión del exterior. Aristágoras sólo pudo conseguir la ayuda de Eretria y de Atenas que, de común acuerdo, enviaron una flota de veinte barcos a Mileto. Este gesto de solidaridad, por decirlo como Herodoto, fue el arké kakón, el comienzo de los problemas, tanto para el mundo griego como para el persa.312



Jonios y atenienses, una vez que se pusieron en pie de guerra, en vez de quedarse tranquilitos dentro de las murallas de Mileto esperando al enemigo, decidieron atacar ellos primero y se aventuraron por el interior de Anatolia. La primera ciudad que lo pagó fue Sardis. Herodoto cuenta313 que, durante la ocupación, un soldado prendió fuego a una casa y que en el corto espacio de una noche toda la ciudad fue devorada por las llamas, incluidos los templos.



Darío, rey de los persas, cuando se enteró de esta empresa montó en cólera:



«¿Quién ha destruido Sardis?»

«Los jonios y los atenienses.»

«¿Los jonios y quién?», volvió a preguntar Darío que hasta entonces nunca les había oído nombrar.

«Los atenienses.»

El rey cogió un arco y disparó una flecha al cielo.

«¡Que Zeus maldiga a los atenienses!»

Tras lo cual ordenó a un esclavo que le repitiera, cada vez que se sentara a la mesa, la siguiente frase: «Señor, ¡acuérdese de los atenienses!»314 Y gracias a este recordatorio en los oídos, pronunciado tres veces al día antes de las comidas, el bueno de Darío ordenó la invasión de Grecia en el 490.

Una enorme flota de 600 naves, sobrecargadas de soldados y caballos, zarpó de Samos y atravesó el Egeo. Eretria fue sitiada, destruida y sus templos quemados para vengar la ofensa sufrida por Sardis. Atenas pidió ayuda a los espartanos, pero éstos se excusaron diciendo que desgraciadamente en esos días había luna llena y que la ley les prohibía luchar durante los plenilunios: después del nueve con mucho gusto, pero que ahora no había nada que hacer.315 Los únicos que echaron una mano fueron los de Platea y por eso, desde entonces, fueron recordados en Atenas en todas las fiestas.

El enfrentamiento se produjo en el llano de Maratón (490). Milcíades, elegido a suertes como jefe de los estrategas, desplegó las fuerzas más valiosas en las alas y aligeró deliberadamente el centro de la formación. Los persas penetraron precisamente por esta zona para ser en seguida cercados y arrollados. Según Herodoto,316 murieron seis mil cuatrocientos bárbaros y ciento noventa y dos atenienses. En relación con estas cifras nos parece que el historiador griego ha metido una bola: seguramente se le fue la mano debido a su apego por los suyos. Después del plenilunio llegaron también los espartanos. Pero la batalla ya había finalizado y los fuertes guerreros lacedemonios no pudieron hacer otra cosa que mirar los cadáveres de los persas para ver «cómo estaban hechos».317

Presas de la euforia por la victoria, los atenienses consideraron el peligro asiático como un problema resuelto. Pero no lo hizo así el listo Temístocles: el arconte de Atenas se puso en marcha en seguida para organizar una gran alianza helénica. Cada ciudad griega fue obligada a contribuir a la seguridad común con barcos o con dinero, y al haber optado la mayoría por el dinero, Atenas aprovechó para convertirse en la más fuerte de todas en el aspecto militar.

Mientras tanto, Darío había muerto y al trono del imperio persa había accedido su hijo Jerjes. Tras muchos titubeos, también Jerjes se decidió a dar el gran paso. Pero como no quiso correr los mismos riesgos que su padre, hizo las cosas a lo grande: un ejército como nunca se había visto antes salió hacia Grecia. Se habla de 1.700.000 soldados y 80.000 jinetes.318 Herodoto dice que cuando las tropas se detenían para beber, los cursos de agua se secaban.319

El ataque fue doble: por tierra, pasando por Tracia, Macedonia y Tesalia, y por mar con una flota de 1.200 barcos. El primer problema para las fuerzas de tierra fue atravesar el estrecho de los Dardanelos. Al haber destruido una repentina tempestad el puente de madera construido por los ingenieros egipcios, Jerjes ordenó que las aguas del Helesponto fueran castigadas con trescientos latigazos,320 y después de decir «ola amarga, tú no eres un estrecho, sino un río turbio y salobre», hizo que se arrimaran, costado a costado, trescientas naves, y entró en Europa con todas las tropas. El paso duró siete días y siete noches sin ninguna interrupción. Estaban allí todos los pueblos del imperio y concretamente medos, cisos, hírcanos, asirios, caldeos, bactrianos, sacios, escitas, indios, arios, partos, corasmos, sogdianos, gandaros, dadicos, caspios, sarangios, patos, utos, micios, paricanos, árabes, etíopes, libios, egipcios, paflagones, ligurios, matianos, mariandinos, sirios, capadocios, frigios, armenios, lidios, misos, tracios, pisidos, cabalos, milos, moscos, tibarenos, macrones, mosinecios, mares, coicos, alarodes y saspiros.321 Hemos copiado adrede la lista que Herodoto nos proporciona, precisamente para subrayar el peligro que corrió Occidente en el 480 a.C. Las batallas más importantes para la historia fueron tres: Termópilas, Salamina y Platea. En la primera, cuatro mil griegos, entre los cuales se contaban los espartanos a las órdenes de Leónidas, cerraron el paso al ejército persa en la puerta de entrada a Grecia. Cuando le dijeron a Dieneces, uno de los espartanos, que los bárbaros eran tan numerosos que sus flechas oscurecerían el sol, el soldado respondió: «Mejor, eso quiere decir que lucharemos a la sombra.»322 Murieron todos, menos uno, que se suicidó por la vergüenza de haber sobrevivido. Atenas fue invadida y semidestruida. Los atenienses se refugiaron en sus barcos.

La segunda fue una batalla naval. Al ser 1.000 los barcos persas323 y sólo 380 los griegos,324 los atenienses tuvieron que atraer a los bárbaros hacia un estrecho brazo de mar situado entre la isla de Salamina y tierra firme, para así conceder poco espacio de maniobra a la flota enemiga. Jerjes, que concebía las batallas como un espectáculo privado, se fue con todo el estado mayor a la cima de una colina. «Allí hizo que le colocaran un trono de oro y se rodeó de un nutrido grupo de secretarios que tenían la misión de anotar los distintos episodios de la batalla.»325 Los persas fueron derrotados de forma clamorosa.

La tercera batalla fue la de Platea (479). Había transcurrido ya un año desde la invasión persa. Los aliados griegos, guiados por el espartano Pausanias, derrotaron al pintoresco, aunque exterminado, ejército de bárbaros y esta vez de manera definitiva. Atenas y Esparta desde aquel momento serían consideradas las potencias militares más poderosas de la época: la final se disputaría cincuenta años más tarde, durante la guerra del Peloponeso.

A menudo los conflictos, con su dramática esencialidad, imprimen fuertes aceleraciones a los procesos de maduración de los pueblos, y en nuestro caso las guerras greco-persas no fueron menos. En los años que siguieron a la batalla de Platea, la ciudad de Atenas conoció un período tan fecundo de ideas y de bienestar que paso a la Historia como la «mítica era de Pericles» Los que cimentaron las bases de este florecimiento fueron Temístocles y su idea fija de la Liga Helénica. Mas de cuatrocientas ciudades griegas decidieron reunirse bajo la clueca ateniense y dieron lugar a una especie de ONU con sede en la isla de Delos. Cada polis, aun conservando su propia independencia política, tendría que pagar una cuota para sentirse protegida.

En un segundo momento, Pericles decidió que era mucho mas seguro para todos trasladar la caja a Atenas y desde ese momento fue él quien decidió cómo y cuando se emplearían los fondos de la Liga. Con esta operación, el hábil político recaudó lo necesario tanto para la flota ateniense como para reconstruir los edificios públicos destruidos por los persas. Esparta obviamente, no quiso adherirse al pacto: en primer lugar porque se consideraba autosuficiente desde el punto de vista militar y además porque, como todas las naciones sometidas a regímenes duros (como hoy la Unión Soviética), no podía impunemente abrir las puertas a las ideas democráticas e innovadoras que proliferaban en la vecina Atenas.

Grecia ha sido siempre criticada por no haber conseguido en aquel período, convertirse en una única nación, fuerte e invencible. Que si por la rivalidad Atenas-Esparta, que si por el escaso sentimiento helénico de la «traidora Tebas», el caso es que los griegos no consiguieron nunca crear un Estado unitario como Dios manda. No obstante, este fraccionamiento en tantas polis, cada una con su propio carácter, ha dado más a la humanidad de lo que hubiese podido dar una enésima potencia mundial. Sobre esto nos parece acertada la reflexión de Grytzko Mascioni: «...me siento imprudentemente inclinado a creer que los griegos, en sus polis, trazaron para siempre una dimensión social que quizá sea la única verdaderamente viable para el hombre. Realmente no se puede teorizar ninguna verdadera comunidad civil cuando se superan los límites de una real, aunque teórica, posibilidad de conocer o verse cara a cara, alguna vez, con todos los miembros: y esto, en la polis, se podía hacer».326

Pericles era un aristócrata, hijo de un almirante. A pesar de ello, para subir al poder, desde el principio se puso del lado del partido democrático. En aquella época, el haber luchado en Salamina o en Platea equivalía a ser héroe de la Resistencia, y como el demos, o sea el pueblo, estaba constituido en gran parte por ex combatientes, la elección democrática no podía llevarle más que a la victoria.

Aun siendo de rostro agradable, tenía lo que en Nápoles llamamos 'a capa a cucuzziello.* El inconveniente le costó el sobrenombre de schinocefalo, es decir, «cabeza de cebolla».327 Los artistas estaban obligados a retratarle con el casco y los biógrafos avanzaron la hipótesis de que esa protuberancia era debida a un exceso de cerebro.

Tuvo como maestro y guía espiritual a Anaxágoras. De él aprendió: «la ciencia de las cosas celestes, las especulaciones elevadas, una forma de expresarse sublime e inmune a las trivialidades plebeyas, la firmeza de sus rasgos, jamás aflojados por la sonrisa, la gracia de su porte, la forma de vestir, que nunca se descomponía por mucho que se moviera al hablar, el tono de voz inalterable y otras actitudes similares que llenaban de estupor a cualquiera que se le acercara».328 En cierta ocasión escuchó imperturbable a un hombre que le estuvo insultando durante un día entero, y cuando, al caer la noche, tuvo que volver a casa, ordenó a un esclavo que les siguiera con una antorcha para que el pelmazo pudiera terminar de dar la lata.

Pericles fue un gran orador: mientras que en los debates políticos se mantenía tranquilo y comedido, cuando se trataba de arengar a las masas «tronaba, relampagueaba y llevaba en su lengua un tremendo rayo».329 Gracias a Zenón, su maestro de retórica, fue también un dialéctico formidable. Un día el rey de Esparta, Arquidamo, preguntó a Tucídides quién, entre Pericles y él, era el mejor luchando, y Tucídides respondió: «Cada vez que consigo tirarle al suelo cuando luchamos, él dice que se ha caído, hace que le adjudiquen la victoria y convence hasta a los que le vieron caer.»330

De todas formas, la habilidad de Pericles para gestionar la cosa pública está fuera de toda discusión. Comprendió, por ejemplo, un hecho fundamental: la necesidad de retribuir a todos aquellos que trabajaban para el bien común. Introdujo la paga de los soldados, los administradores e incluso de los magistrados. Aumentó los espectáculos populares, organizando banquetes al aire libre, procesiones y festivales de canción; en suma, se ocupó de lo «efímero». Además, reembolsaba, a expensas del Estado, el billete de entrada a los más pobres. En lo que se refiere al arte, dio origen a uno de los períodos más fecundos de la historia de la humanidad. Con el dinero de la Liga y con las subvenciones de los ciudadanos más ricos construyó decenas y decenas de edificios sagrados, atrayendo hacia sí lo mejor de los artistas de la época. En cuarenta años transformó Atenas en un único e inmenso taller de obras. Cada arquitecto, cada escultor, era un auténtico empresario que, como en las bodegas renacentistas, tenía tras de sí una hilera de esclavos. Se utilizaron los materiales más dispares: mármol, bronce, marfil, oro, ébano y ciprés. Cuando algunos notables atenienses protestaron por el excesivo derroche de dinero, Pericles contestó: «De acuerdo, eso quiere decir que de ahora en adelante construiré a expensas mías. Pero quede claro que cada edificio llevará en el frontal mi nombre.»331 En seguida obtuvo el dinero y el consentimiento.

A Pericles hay que reconocerle también su influencia en el cambio de opinión con respecto a los artistas. Aunque parezca extraño, los antiguos griegos no tenían mucha consideración por aquellos que dedicaban su vida a la escultura y a la pintura: en la práctica, cualquiera que tuviese que utilizar sus manos para vivir era despreciado. Los banausos, es decir, los peones, eran casi siempre esclavos o metecos, ya que el ideal de vida helénico era contrario a cualquier actividad lucrativa y se identificaba con la «plenitud del ocio».332 En la línea de estos principios, yo tenía un tío que solía exclamar: «Modestamente, ¡nunca he trabajado!»; y quede claro que al decir esto no pretendía hacerse el gracioso. Según Aristóteles, la banausia era lo opuesto a la paideia, a la educación, y era propia de los pobres, así como la instrucción y la nobleza de alma eran cualidades reservadas a los ricos.333 Plutarco cuenta que en Grecia ningún joven de bien, aunque admirando a Zeus de Pisa y a Hera de Argo, hubiese querido jamás ser Fidias o Polícleto, ya que «los griegos apreciaban los perfumes y los colores, pero consideraban a los perfumistas y a los coloristas innobles obreros».334 También se dice que Filipo de Macedonia, al oír a su propio hijo Alejandro tocar el laúd con excepcional maestría, dijo: «¡No te da vergüenza tocar tan bien!» En otras palabras, para Filipo la destreza artística revelaba largas horas de estudio y de fatigosa aplicación al instrumento.

En contraste con esta forma de valorar a los artistas, Pericles gustó de rodearse de grandes maestros y, concretamente, nombró a Fidias su consejero en las artes plásticas. Los malignos dicen que su labor de consejero no se limitó sólo a las estatuas, sino que pasó también al área de las modelos. Efectivamente, el escultor fue acusado de preparar encuentros íntimos, en su propio estudio, entre el hombre político y algunas señoras de la alta sociedad. Pericles, hay que decir las cosas como son, era un poquito pendón: parece ser que, ya cuando prestaba sus servicios en el ejército, le puso los cuernos a su comandante, el fuerte Menipo, y que después fue amonestado por Estesimbroto de Taso por haber mantenido relaciones incluso con su propia nuera.335

De todas formas, su verdadera amante sigue siendo la célebre Aspasia, la bella mujer jónica por la que nuestro Pericles se ganó una denuncia de concubinato. Aspasia nació en Mileto donde, según las malas lenguas, empezó a trabajar como prostituta. Cuando se trasladó a Atenas conoció a Pericles, gracias a la recomendación de un colega, una tal Targelia, cuya moral era: «si realmente te tienes que vender, elige a los poderosos».336

Cuando llegó a Atenas, Aspasia puso en marcha una actividad que estaba a medio camino entre el salón radical-chic y la casa de tolerancia. Los mejores ingenios y las mujeres más bellas pudieron así encontrarse e intercambiar ideas. Se cuenta que una vez, tras un accidente mortal ocurrido durante una partida de jabalina, Pericles y Protágoras discutieron durante toda la tarde para establecer si se debía echar la culpa al lanzador, a los jueces, al muerto o a la jabalina. También Sócrates y sus discípulos se distinguieron como frecuentadores de la casa: se ignora si su asiduidad se debía al salón en sí o, más concretamente, a las chicas.

Aspasia era una perfecta ama de casa: amable, culta y refinada. Hay quien avanza la hipótesis de que más de una iniciativa de Pericles había salido en realidad de su cabeza: por poner un ejemplo, la decisión de intervenir en ayuda de Mileto durante el conflicto con Samos. Que luego tuviese una profesión tan poco respetable no nos tiene que llevar a engaño: en aquellos tiempos las mujeres respetables eran casi siempre ignorantes, mientras que las rameras recibían una notable educación. No olvidemos tampoco que el término «prostituta», en griego pornai o pallacai, le fue endosado por los enemigos de Pericles, mientras que para los historiadores sólo fue una cortesana. Es como si nosotros ahora fuésemos a Japón y llamásemos putas a las geishas.

Pericles tuvo también un hijo con Aspasia, pero éste no obtuvo la ciudadanía al no ser atenienses los dos progenitores.

La democracia tenía sus leyes y los adversarios políticos se aprovecharon para fastidiarle en todo lo posible. Todos sus amigos, antes o después, pagaron las consecuencias: Anaxágoras fue arrastrado ante los jueces y consiguió salvarse gracias a que pudo fugarse; Fidias fue acusado de robar el oro de las estatuas y, a pesar de que pudo demostrar lo contrario, despegando el metal precioso de sus obras y pesándolo, terminó en la cárcel donde, según se dice, murió envenenado; Aspasia fue denunciada por el comediógrafo Hermipo por impiedad y por favorecer la prostitución, y sólo gracias a la intervención de Pericles, que lloró por ella delante del jurado, consiguió salvarse de la cárcel.337

Mientras tanto, las peores dificultades venían del exterior: Esparta, deseosa de dar leña, no podía soportar que a dos pasos de ella se divirtieran como si la vida fuese una agradable aventura. Durante unos años Pericles consiguió evitar la guerra (algunos dicen que sobornaba a los jefes espartanos), después no hubo nada que hacer y el conflicto explotó con toda su violencia. El prudente Pericles, que no es casual que Plutarco en Vidas Paralelas le compare con Fabio Máximo, rechazó el enfrentamiento directo y prefirió esperar el ataque amparándose en Atenas. Desgraciadamente para él, la afluencia de decenas y decenas de miles de ciudadanos que dejaron el campo para refugiarse dentro de las murallas, hizo que estallara una terrible epidemia de peste, de la cual Pericles fue considerado el principal responsable. Le destituyeron y le condenaron a pagar una multa de quince talentos.338

En el otoño del 429 también a Pericles le alcanzó la epidemia. El día de su muerte estuvo rodeado por todos sus amigos que, considerando que ya estaba en la agonía, se pusieron a recordar todas las iniciativas que en cuarenta años habían favorecido a la patria. Pero Pericles, que había recobrado la conciencia, intervino: «Muchos de estos éxitos hay que atribuirlos a la suerte. Lo que sí habéis olvidado citar es mi mayor gloria: la de que ningún ateniense se vistió de negro por culpa mía.»339

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