Luciano de crescenzo



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GENNARO BELLAVISTA


La inclusión del profesor Bellavista,308 jubilado y ex profesor de bachillerato, en la historia de la filosofía griega se justifica por el hecho de que su pensamiento enlaza directamente con la cosmogonía de Empédocles y con la ética de Epicuro. Aclarado esto, consideramos oportuno tratar ahora el primer tema, el de la estructura del universo, y dejar para un segundo volumen la descripción de la napolitaneidad, es decir, la ética del pueblo napolitano en el ámbito de la escuela epicúrea.

Para Bellavista, el arké, el ladrillo primigenio con el que se construyó el mundo, es la Energía. Sobre ella actúan dos principios activos que el profesor llama Amor y Libertad. A diferencia del Amor y la Discordia, descritos por Empédocles, estas dos fuerzas bellavistianas, aun siendo enemigas entre sí, ambas resultan positivas y, como tales, portadoras de efectos vitales. De esta manera se viene abajo la principal crítica de Aristóteles a las teorías de Empédocles: la de la incoherencia de comportamiento del Amor.

La Energía, sostiene Bellavista, puede hallarse, en la naturaleza de dos maneras muy distintas entre sí, o como Materia, o como Explosión, dependiendo de que sea el Amor o la Libertad el que prevalezca sobre las conexiones existentes entre protones y neutrones en el interior del átomo.

Sentado esto, antes de empezar a exponer las teorías de Bellavista será útil recordar algunas nociones de astronomía. En el lejano 1596 se descubrió una estrella que tenía un extrañísimo comportamiento: durante unos períodos del año brillaba de forma muy intensa y en otros palidecía hasta desaparecer. Se trataba de una estrella de la constelación del hemisferio sur, a ciento sesenta y tres años luz de nuestro planeta. Fue tal el estupor que despertó este fenómeno que la estrella fue bautizada como Mira, es decir, "la Maravillosa". Hoy en día se conocen unas cuatro mil quinientas sesenta y seis estrellas como Mira Ceti y se llaman cefeidas. Cada una de ellas tiene su propio ciclo de variabilidad, durante el cual cambia de volumen y, consiguientemente, de luminosidad. El ciclo de Mira, por ejemplo, es de trescientos treinta y un días.

La variabilidad de las cefeidas está ligada a las continuas contracciones y dilataciones a que está sometida la masa gaseosa del cuerpo estelar: cuando esta masa se contrae, la temperatura interna sube vertiginosamente hasta provocar un inicio de explosión, mientras que una progresiva dilatación tiende a enfriar el astro y a predisponerlo a una nueva contracción. En la práctica, nuestra estrella está destinada a oscilar entre dos posiciones límite: una de máxima y otra de mínima contracción. Pero a veces se rompe el equilibrio y entonces ocurre que el astro en cuestión o explota como una bomba gigantesca, o se contrae cada vez más hasta convertirse en un núcleo de inimaginable compactibilidad. En el primer caso, tenemos el fenómeno de la nova (o de la supernova si se trata de una estrella gigante), que se llama así por el aparente nacimiento de una estrella en un punto del cielo hasta entonces considerado oscuro; en el segundo caso se crea el llamado agujero negro, un lugar en el que la fuerza de gravedad alcanza valores tan elevados que no permite que nada, ni siquiera la luz, se aleje.

Pues bien, Bellavista se pregunta cuáles son las fuerzas que empujan a la materia a expandirse o a contraerse y formula la hipótesis de que todo el universo 'está sometido a las fuerzas centrípetas y centrífugas del Amor y de la Libertad. Con otras palabras, los protones y los neutrones estarían sujetos a un tremendo deseo de estar juntos y, a la vez, a un fuerte deseo de fuga hacia el exterior. Pero nosotros sabemos que un objeto cualquiera, un cenicero por ejemplo, no es más que un conglomerado de millones y millonea de átomos todos apretados en un pequeño espacio; pues bien, si fuera posible romper las conexiones internas del núcleo, también un modesto cenicero podría liberar tal cantidad de energía que hasta la bomba de Hiroshima se moriría de envidia. Por lo tanto, la energía dormita en el interior de la materia, como si estuviera en hibernación, sólo que luego se desencadena en cuanto alguien es capaz de despertarla. Einstein, con su famosa fórmula E = mc2, no hizo más que precisar que existe una proporcionalidad entre la masa "m" del cenicero y la energía "E" que saldría de allí.

La hipótesis de mayor credibilidad sobre el origen del universo es sin duda la del abate Lemaître, más conocida como "teoría del big bang". Parece ser que al principio de los tiempos (¡expresión ésta muy discutible!) el cosmos entero era una bola supercomprimida llamada Ylem (¿Por quién?), en cuyo interior la temperatura y el peso específico alcanzaban valores casi infinitos. Pues bien, según Lemaître, en un momento dado esta bola explotó y el universo empezó a expandirse. Pero cuidado: cuando decimos "explotó" no nos referimos a la explosión de algo que, partiendo de un centro, se va difundiendo en el espacio, sino a un repentino alejamiento de cada partícula de materia de todas las demás, como si fuera una explosión simultánea de todos los puntos del espacio.

Al igual que Empédocles, Bellavista está convencido de que en el principio de los tiempos el Amor era el dominador absoluto del universo y de que la Libertad vagaba en torno a él con la esperanza de cogerlo por sorpresa y romper los vínculos de la materia. Mientras tanto, el Ylem, sometido a estas dos inmensas fuerzas, no podía hacer otra cosa que titilar como una estrella variable cualquiera, hasta que un día explotó en todos sus puntos: la Libertad había conseguido vencer las resistencias del Amor. Parece ser que el Gran Choque tuvo lugar hace veinticinco mil millones de años, y que la explosión todavía está en curso. Para darse cuenta, basta con echar un vistazo al firmamento a través de un espectroscopio: en seguida nos damos cuenta de que todas las galaxias están en fuga respecto a un hipotético centro. Los astrónomos, más correctamente, dicen que el universo está en continua expansión.

El conflicto Amor-Libertad, propio de la materia, también está presente en el alma humana. Todos nosotros, dice Bellavista, estamos poseídos por dos impulso» opuestos: una gran necesidad de Amor, que nos lleva a desear la compañía de los demás seres humanos, y un irresistible deseo de defender nuestra propia privacy. Esta situación es muy inestable: a veces sufrimos la soledad y otras veces nos sentimos oprimidos por la invasión del prójimo. Si, por ejemplo, nos pilla un atasco de tráfico, nace en nosotros una cierta hostilidad hacia todos los demás conductores; en cambio, si llevamos navegando horas y horas en plena mar, en cuanto vemos que otra embarcación aparece en el horizonte saludamos en seguida cordialmente a personas que nunca habíamos visto antes.

Bellavista define como "hombres de Amor" y "hombres de Libertad" a aquellos individuos en los que predomina uno u otro impulso. De aquí se deriva una clasificación análoga para los pueblos: los ingleses, inventores del término privacy, serán obviamente un pueblo de Libertad, y los napolitanos, anema e core, no podrán evitar ser considerados como un pueblo de Amor.

La originalidad del esquema bellavistiano radica en el hecho de que el Amor y la Libertad, vistos en un plano cartesiano, no son dos fuerzas opuestas, sino ortogonales y ambas positivas. Dicho con otras palabras, si dibujamos dos ejes cartesianos y llamamos Amor y Libertad a la abscisa y a la ordenada respectivamente, para cada punto P del plano, es decir, para cada ser humano, se pueden determinar dos segmentos que nos dan una medida proporcional de sus ganas de amar y de ser libre.

Es muy importante conocer la propia posición en el plano cartesiano, dado que sólo una valoración exacta de las tendencias personales le permitirá al individuo realizar las correctas elecciones de vida. El Hombre de Amor, por ejemplo, podrá ser feliz sólo si tiene a alguien que le ame, ya que el Amor para él es como el agua para las plantas: una condición indispensable para la supervivencia. En cambio, el Hombre de Libertad considera su espacio vital como una entidad sagrada y no puede alcanzar ni los más bajos niveles de serenidad si se siente amenazado por el exterior. Libertad, para él, quiere decir aire, horizontes infinitos, necesidad de cambiar.



Observando con más detenimiento los ejes cartesianos, nos damos cuenta de que dividen el plano en cuatro cuadrantes, cada uno de los cuales adquiere un significado propio.



El primer cuadrante, también llamado "del Sabio", es el lugar donde se encuentran los mejores, es decir aquellos que en su propio yo cultivan simultáneamente los impulsos de Amor y de Libertad. Entre éstos, los más sabios son aquellos que de alguna manera equilibran los impulsos del corazón con los de la mente. Éstos se encuentran en los alrededores del "sendero de en medio" y son personas capaces de amar, sin ser por ello opresivas. Si tenéis la suerte de encontrar algún ejemplar, no dejéis que se os escape.

El segundo cuadrante es el "del Papa" y prevé la cohabitación del Amor con el Poder. En él nos encontramos a muchísimas mujeres: todas las madres y las esposas que dan su afecto de forma posesiva. Obviamente también es el cuadrante de los hombres celosos y el de los empresarios de vieja estampa que tratan "con el corazón en la mano" a sus obreros, aunque siempre manteniendo bajos los niveles de retribución. Este sector ha sido definido "del Papa" al ser propias de la Curia Romana las prerrogativas del Amor y del Poder. A pesar de esto, no es que todos los Papas de la historia se encuentren en el cuadrante. Eventualmente, dice Bellavista, podríamos encontrar al Papa Wojtyla, ciertamente no a Juan XXIII, cuyo lugar está situado entre los sabios (más cerca del Amor, quede claro, que de la Libertad). Finalmente quedan los Papas incómodos: los Alejandro VI y los Bonifacio VIII. Todos gente sin escrúpulos y de gran poder, que Bellavista no vacila en relegar al cuadrante sucesivo, definido como cuadrante "del Tirano". En esta zona, Odio y Poder delimitan el recinto de los peores. Como representantes del punto medio de esta categoría podemos elegir entre Hitler, Stalin o Calígula: da igual uno que otro. Seguramente al Diablo no, que como titular del Odio, ocupa por derecho el punto extremo del semieje de su competencia, y tampoco a Mussolini que, como fundador del Fascismo, aspiraría a un buen emplazamiento en los alrededores del Poder. El último cuadrante, llamado también "del Rebelde", es quizá el más anómalo debido a la mezcla de dos impulsos aparentemente antitéticos como el Odio y la Libertad. Efectivamente, si nos ponemos en el lugar de los afganos o de los feddayin, en seguida nos damos cuenta de cómo el Odio y la Libertad pueden convivir en una única y explosiva mezcla. Donde hay dictadura también hay ganas de Libertad, y por lo tanto Odio y deseo de rebelión. El cuarto cuadrante, recorrido de un extremo a otro, ofrece toda la gama de revolucionarios: desde el brigadista rojo o negro al anarquista idealista que sueña con un país libre y feliz. Bellavista, siempre que se encuentra con una manifestación de extremistas, trata de discernir en los rostros de los participantes los signos de una u otra emoción.



Antes de concluir con la teoría, queremos precisar que el punto representativo de cada individuo no está inmóvil en el tiempo, sino que se mueve continuamente según las vicisitudes de su vida: el repentino abandono por parte de la persona amada, padecer una injusticia, un amigo que decide ser nuestro huésped durante dos semanas, pueden hacer que el punto P realice bastantes incursiones en otros sectores. A pesar de esto, existe siempre una zona, suficientemente limitada, que precisamente por haber sido la más pateada por nuestros estados de ánimo termina por identificarnos.



Finalmente habría que aclarar que el esquema bellavistiano sólo pretende ser un intento geométrico de aproximación al análisis del comportamiento. Obviamente la psique humana no puede ser reducida a dos impulsos, aunque sean dominantes, como el Amor y la Libertad; sin embargo, en una representación conceptual, y no gráfica, del alma humana el método de Bellavista seguiría siendo válido si de un espacio de dos dimensiones pasáramos a un espacio de n dimensiones, donde n son las variables que influyen en nuestro carácter. En este caso la envidia, la ambición, el eros, la gula y todo lo que queráis, tendrían su propio eje de referencia y todos juntos contribuirían a determinar la posición del punto en el espacio.

Avanzando un poco más en su teoría, y partiendo precisamente de esta imagen del espacio de n dimensiones. Bellavista intenta hacer una descripción geométrica de Dios. Si a Dios le atribuimos el máximo de cada capacidad humana (omnipotencia, omnisciencia, etc.), el lugar que le representa estará constituido por el conjunto de puntos impropios de todos los ejes del sistema, es decir, por lo que la geometría descriptiva define como "plano impropio". Con palabras más sencillas, cada recta tiene su punto en el infinito llamado "punto impropio". El conjunto de todos estos puntos forma un plano impropio que luego, mirándolo bien, más que un plano parece una esfera de radio infinito. Y para ser más precisos, la imagen descrita antes no es ni siquiera una esfera, puesto que nos hallamos ante un espacio de n dimensiones.

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