Luciano de crescenzo



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EMPÉDOCLES


Empédocles fue un filósofo, un médico, un poeta, un físico y un demócrata. No, señor: fue un hechicero, un charlatán, un gurú, uno que decía que era Dios y que miraba a todos de arriba abajo. Pero entonces, ¿quién fue realmente Empédocles? La definición más exacta, a mi parecer, es la de Renan: «Hombre de multiforme ingenio, medio Newton y medio Cagliostro.»262

Nació en Agrigento en el 492 a.C. en el seno de una familia noble y acomodada. Como ocurre con los demás filósofos griegos, la fecha de nacimiento no deja de ser sólo un dato aproximativo. Su padre se llamaba Metón y su abuelo tenía su mismo nombre: Empédocles.263 Fue precisamente el abuelo Empédocles el primero de la familia que se cubrió de gloria: preparador de caballos de carreras, ganó la septuagésima primera Olimpiada, lo que le hizo famoso en todo el mundo griego. Hay que aclarar que, en aquellos tiempos, una victoria en las Olimpiadas era considerada un acontecimiento excepcional: los ganadores se sentaban a la mesa de los magistrados supremos y sus nombres se inscribían en las tablas públicas. Cuando el olímpico Diágoras vio a sus dos hijos ganar también las Olimpiadas, fue invitado por los presentes a que se matara en el lugar: «Muere, oh Diágoras», le dijeron, «¡más que esto ya no vas a conseguir en la vida!»264 Empédocles senior, en cambio, más prudentemente, se contentó con festejar la victoria ofreciendo a los agrigentinos un buen rebozado en miel y harina.265

Empédocles no había cumplido aún los dieciséis años cuando escuchó por primera vez a Jenófanes bajo las columnatas del Templo de Heracles. Cuando finalizó la lección, le preguntó al maestro si había algún método para reconocer a los hombres sabios, y el viejo le contestó que no era muy difícil: bastaba con ser sabio.266 Probablemente el muchacho no consiguió captar muy bien todos los conceptos expresados por el octogenario filósofo de Colofón, sin embargo fue precisamente en aquella ocasión cuando tomó forma en él el deseo de dedicarse al estudio de la naturaleza.

Tras un breve pero intenso período de militancia política, durante el cual echó una mano para derrocar al régimen de Trasideo, hijo de Terón, decidió marcharse a Elea. Quizá esperaba ver a Jenófanes, pero con quien tuvo que vérselas fue con Parménides y Zenón. Fue un fracaso: Empédocles era un jovenzuelo que venía de la rebelión agrigentina del 72, así que podemos imaginarle como un hombre de acción, inclinado a la concreción, curioso de la naturaleza. Parménides, con su intelectualismo abstracto debió parecerle totalmente fuera de la realidad.267

«Habiéndole molestado esas sutilezas»,268 regresó a Sicilia y allí se inscribió en la escuela pitagórica. Hay quien dice que fue discípulo de Telauge, hijo de Pitágoras, y quien de Brontino y de Epicarmo; lo cierto es que también con los pitagóricos tuvo problemas: éstos, como es sabido, más que una escuela eran una secta político-religiosa, y Empédocles, con su carácter extravertido, era todo menos un escolar obediente. Acusado de ser demasiado charlatán fuera de la escuela, más de lo que la regla pitagórica podía tolerar, fue rebajado entre aquellos que durante las lecciones no estaban autorizados a hablar. Mal menor, si se piensa que el mismo tratamiento le sería reservado, en breve tiempo, a Platón.269

Entre los temas tratados por la escuela pitagórica, los preferidos de Empédocles eran la Magia y la Metempsícosis. No obstante, el discípulo tuvo la sospecha de que sus maestros eran algo reacios a desvelarle todos los secretos de la profesión, razón por la cual decidió aventajarles e ir a frecuentar las universidades de la época, es decir las escuelas orientales. Los egipcios, los caldeos y sobre todo los Magos le enseñaron las artes místicas: la hipnosis, la telequinesia y la lectura del pensamiento. Seguidamente Plinio y otros historiadores trataron a Empédocles de charlatán, precisamente a causa de estas prácticas esotéricas suyas, ignorando deliberadamente que la magia en aquellos tiempos se consideraba como una profesión totalmente respetable: los hombres sentían la necesidad de una mediación con los Dioses y por ello se dirigían a los magos, considerándoles como una raza de Dioses subalternos. El culto a estos vice-Dioses se llamaba Teurgia. Pero posteriormente llegó de Caldea una secta religiosa cuyos adeptos, los goetos, profesaban ritos satánicos: se reunían en la oscuridad de las cavernas y realizaban sacrificios humanos. La confusión surgida entre teurgos y goetos terminó perjudicando la reputación de los magos. De todas formas, no olvidemos que Empédocles era también un excelente médico, dentro de los límites en que se podía serlo en aquella época. Se dice, por ejemplo, que era un experto en anatomía humana. La medicina, a principios del siglo quinto, la practicaban casi todos los filósofos, y estaba dominada por la teología. Se pensaba que se podían obtener rápidas curaciones «calentando la fantasía de los enfermos».270 Sólo más tarde, con Hipócrates, se constituirá en una ciencia independiente.

De vuelta a la patria, Empédocles se dedicó a la reforma de las costumbres. Encontró a sus conciudadanos bastante empeorados en cuanto a moral pública y privada, y decidió que éstos debían «ayunar del mal» para purgarse de todos los pecados cometidos. Acusó a los administradores de la ciudad de haber robado al erario público, atacó271 a la asamblea de los mil, es decir, al grupo aristocrático que poco a poco había ido recobrando los resortes del poder, y propuso un nuevo gobierno basado en la igualdad civil. El entusiasmo popular por estas iniciativas suyas creció hasta tal punto que le fue propuesto el título de tirano. Obviamente, el filósofo lo rechazó272 (como ya hizo en su tiempo Heráclito); pero es lícito sospechar que si le hubiesen propuesto el título de Dios quizá lo habría aceptado.

Solía caminar majestuoso por las calles de Agrigento precedido por un tropel de jóvenes y rodeado de siervos y admiradores. Llevaba un vestido púrpura, un cinturón de oro y sandalias de bronce. Tenía una espesa barba y se cubría la cabeza con una corona délfica en honor a Apolo.273 De sí mismo decía:

«Oh amigos, que la ciudad del rubio Agrigento habitáis, aquí, sobre la Acrópolis, yo os saludo: yo entre vosotros, Dios Inmortal, ya no mortal, me paseo honrado por todos, como es conveniente, ceñido de vendas y floridas coronas. Cuando llego a las ciudades florecientes, por los hombres y por las mujeres soy honrado: éstos me siguen a miles para aprender dónde está el sendero que lleva a la ganancia; unos necesitan un oráculo, otros, afligidos por toda clase de enfermedades, quieren oír una palabra saludable.»274

Este autorretrato le aleja en el tiempo y hace que, a pesar de ser un contemporáneo de Sócrates y de Demócrito, se termine por considerarle de la época de Pitágoras.

Empédocles era a la vez un técnico y un profeta. El día en que Selinunte fue azotada por una gran epidemia de peste, él intuyó que la epidemia se podía atribuir a las aguas estancadas de un riachuelo que atravesaba el centro habitado. Tras examinar cuidadosamente el territorio circundante, hizo que cavasen unos canales de desviación y canalizó sobre ese río otros dos cursos de agua cercanos, para garantizar un flujo regular en los períodos de sequía: todos los gastos corrieron a su cargo.275 Es inútil añadir que, tras esta intervención, fue honrado como un Dios también por los selinuntinos.

En otra ocasión, en las cercanías de Agrigento, hizo que bloqueasen con centenares de pieles de asno una estrecha garganta de las montañas e impidió así que penetrase el siroco en el valle que había debajo. También en este caso el invento se puso en práctica para combatir la difusión de una epidemia. Sea verdadera o falsa la anécdota, desde aquel día se le quedó pegado el mote de «entretenedor de vientos».276

Definido por Aristóteles como «inventor de retórica»,277 tuvo como discípulos a Gorgias y a Pausanias. En relación con este último no faltaron las acostumbradas acusaciones de «noviazgo». Los que cotillearon sobre esto fueron Aristipo y Sátiro,278 pero esperamos que, llegados a este punto de la historia de la filosofía, el lector se haya acostumbrado ya a las relaciones homosexuales de los filósofos griegos.

Empédocles sabía ser amable con los amigos, pero inflexible en las cuestiones de principio: cierta vez que fue invitado a una fiesta se sorprendió de que el dueño de la casa no le ofreciera nada de beber. Cuando pidió un poco de vino, se le respondió que la libación no empezaría hasta que no llegara un personaje político. Y efectivamente, en cuanto éste llegó, el anfitrión brindó en su honor y le nombró simposíarca, es decir, rey de la fiesta. La cosa no le gustó nada al filósofo, quien al día siguiente acusó en el Senado a los dos amigos de aspirar a la tiranía e hizo que les condenaran a muerte.279 Por media horita sin vino nos parece un veredicto excesivo.

Escribió dos poemas en hexámetros, titulados La naturaleza y Purificaciones, obras de las que conservamos 400 versos de 5.000. Sin embargo, Aristóteles afirma que escribió también cuarenta y tres tragedias, algunos ensayos políticos, un relato histórico sobre Jerjes y un preámbulo en honor a Apolo, pero que un buen día, juzgando que todas estas obras no estaban a la altura de su ingenio, encargó a su hermana que hiciera con ellas una gran hoguera.280 De todas formas, entre los poetas filósofos sigue siendo uno de los mejores. Parece ser que también fue un buen cantante: una vez, mientras conversaba con el juez Anquito, un jovenzuelo, desencajado por la ira, irrumpió en su casa y agredió al magistrado en venganza por haber condenado a muerte a su padre aquel mismo día. Pues bien, con increíble intuición, Empédocles cogió una cítara que tenía allí al lado y, como si tal cosa, se puso a cantar:


Éste es un fármaco contra la ira y los dolores,

éste es el único olvido para todos los males.
Abreviando: el joven se calmó de repente y Empédocles consiguió salvarle la vida a su amigo. En cuanto al joven agresor, parece que seguidamente se convirtió en uno de sus mejores discípulos.281 Entre los muchos milagros atribuidos a Empédocles quiero contar por lo menos uno, el de la mujer en coma desde hacía treinta días, y lo haré citando al abate Sciná: «Enfermó una mujer en Girgenti de una enfermedad uterina llamada por los maestros en medicina histeria; no hay duda de que, especialmente las mujeres, muchas de ellas la saben fingir y, sin embargo, en el caso de la girgentina parece que era auténtica, ya que insensible era al tacto y ya que parecía que no respiraba y muerta la consideraban todos. Entonces Empédocles cogió su mano y le devolvió la vida.»282

Sobre la muerte del filósofo no tenemos más que el problema de elegir: existen hasta seis versiones de su muerte, y casi todas tienen algo de espectacular. Hay quien habla de un autoestrangulamiento (?) a la edad de 60 años,283 quien de muerte natural durante el exilio en Peloponeso284 y quien, como Demetrio de Trezene, de suicidio por ahorcamiento en una rama de cornejo.285 Neante de Cizico afirma que murió a los 77 años, al caerse de un carro cuando se dirigía a una fiesta popular de Mesina,286 y Telauge, en una carta a su amigo Filolao, cuenta que resbaló y cayó al mar por debilidad senil.287 La versión más conocida y más en sintonía con el personaje, sigue siendo la de Heráclides del Ponto, según la cual justo después de haber resucitado a la mujer agrigentina se dio cuenta de que había alcanzado el máximo de popularidad y de que no podía hacer otra cosa más que tratar de desaparecer como si fuese un Dios. Esto le indujo a lanzarse al cráter del Etna. Para atestiguar la hazaña, el volcán, tras unos instantes, eruptó una de sus famosas sandalias de bronce.288 Lástima que, para invalidar esta versión, se rebelen en parte el sentido común, en parte la lejanía de Agrigento del Etna y en parte también la escasa credibilidad de Heráclides del Ponto, quien, en otra ocasión, afirmó que había hablado cara a cara con un hombre que se había caído de la Luna.289


Empédocles, como ya se ha dicho, además de mago fue también científico, filósofo y poeta.

Como hombre de ciencia, a Empédocles hay que reconocerle el mérito de haber descubierto la existencia del aire, de un algo material, que nosotros llamamos genéricamente «aire» y que no tiene nada que ver con el vacío. En un fragmento de su La Naturaleza el filósofo agrigentino dice que «si una muchacha, jugando con un recipiente de cobre, primero obtura con su bonita mano la abertura de una copa y luego la sumerge boca abajo en el cuerpo ligero del agua argentina, el agua no penetra en el interior de la copa ya que la masa de aire la repele».290 Después descubre también la fuerza centrífuga y hace notar que si atamos un cubo de agua a una cuerda y lo hacemos girar vertiginosamente alrededor de nosotros, el agua se queda pegada en el fondo del cubo y no se puede caer; y finalmente anuncia una, tan tosca como sugerente, teoría de la evolución, adelantándose dos mil trescientos años al revolucionario Darwin.

Según esta teoría, las partículas de los elementos primordiales se mezclaron entre sí sin ningún orden preestablecido y los primeros seres vivos nacieron por casualidad. «Aparecieron sienes sin cuello, brazos desnudos erraban carentes de espaldas y ojos solitarios vagaban sin frente»,291 por todas partes se divisaban «pies arrastrándose con innumerables manos»,292 y «muchos nacieron con dos caras y dos pechos, y se vieron razas bovinas con rostro humano y razas humanas con rostro bovino».293 Vamos, un mundo de monstruos, cuyas partes no habían sido ensambladas por una mente programadora, sino por la más caótica y absoluta casualidad. Sólo un Bosch o un Jacovitti habrían sido capaces de pintar un mundo así.

Pero con el paso del tiempo las mezclas peor surtidas empezaron a morir y siguieron con vida sólo los ejemplares «cuyos miembros resultaban más acordes entre sí».294

Como filósofo, Empédocles es de los que hacen el resumen de los capítulos pasados: refleja la visión naturalista de la escuela de Mileto, comparte en el terreno místico algunas creencias de los pitagóricos y concilia, de una vez por todas, el ser de Parménides y el devenir de Heráclito.

Con los filósofos jónicos tiene en común su tema preferido: la cosmogonía. Sobre ello nos deja unos versos preciosos:295


Cuatro son las raíces de las cosas:

Zeus resplandeciente, Hera avivadora,

Aidoneo y Nesti que de lágrimas

destila la fuente inmortal
lo cual, traducido en palabras pobres, quiere decir que cuatro son los elementos primordiales de la naturaleza y concretamente: el fuego, el aire, la tierra y el agua. En la mezcla entre las sustancias fundamentales intervienen otros dos principios, esta vez activos, que Empédocles llama Amor y Discordia.

En el origen de los tiempos, parece ser que el único que reinaba era el Amor, por lo que las partículas elementales de las raíces «más aptas para mezclarse, se deseaban unas a otras».296 El mundo, en esta primera fase, es definido por Empédocles como «el Esfero», quizá en homenaje al Ser Esférico de Parménides. En el interior de éste no hay más que serenidad y felicidad, aunque la Discordia, poquito a poco, consigue entrometerse en toda esta perfección y da lugar a la segunda fase, que, si no he entendido mal, sería en la que nos encontramos en este momento.

Según dice Empédocles, en el futuro la Discordia debería prevalecer y desintegrar el mundo (¡Maldita sea, otro de los que nos quieren predecir el apocalipsis atómico!), salvo que luego, en la cuarta fase, regresaría el Amor.

Resumiendo: el Amor y la Discordia son dos cocineros que tienen a su disposición sólo cuatro tarros de ingredientes para preparar sus manjares. En la cocina, o sea en el Esfero, pasa de todo: a veces reina el Amor y en estos casos la felicidad es absoluta, otras veces domina la Discordia y todo cae en un silencio de muerte. También hay períodos en los que están presentes los dos cocineros y entonces se acaba con tartas en la cara: éstos, para mí, son los mejores momentos o, por lo menos, los más divertidos.

Leyendo con atención los fragmentos de La Naturaleza, nos damos cuenta de que la teoría de Empédocles no es tan sencilla como parece. Hay un punto, por ejemplo, en el que escribe: «Doble cosa diré: a veces el uno se engrandeció con muchas cosas, a veces después nuevamente regresaron muchas de un único ser. Doble es la génesis de los mortales y doble la muerte.»297 Cuando pronuncia la palabra Uno, evidentemente Empédocles se remonta a Parménides, al ser único e inmutable; sin embargo, cuando formula el concepto de múltiple, es Heráclito el que reaparece con su devenir. Pues bien, en Empédocles las cuatro raíces primordiales poseen la inmovilidad del ser parmenídeo y, aunque son cuatro, sustituyen al Uno a todos los efectos; su mezclarse y separarse, en cambio, nos proporciona una explicación del devenir y de lo múltiple. Cada nacimiento es también muerte porque, si por un lado inaugura un conjunto nuevo, por el otro disuelve algo que ya existía de distinta manera. Junto a estas observaciones, desmitifica los conceptos mismos de nacimiento y muerte y los sustituye con imágenes menos dramáticas como «la mezcla y la separación de cosas mezcladas».298 La descomposición de los cuatro elementos en minúsculas partículas para que se mezclen entre sí anuncia, de alguna manera, las teorías atomistas de Leucipo y Demócrito. Pero a diferencia de éstos, Empédocles no admite la existencia del vacío y para demostrarlo dice que «de lo que no es, no puede nacer algo que es».299 Esta frase, que por otra parte la encontramos en muchos otros filósofos presocráticos, representa el fundamento del ateísmo griego: estar convencidos de que nada pueda nacer de la nada, significa en el fondo negar la idea misma de la creación y concebir el mundo o como una entidad eterna e inmutable (Parménides), o como un universo en continua transformación (Heráclito), o como un conjunto de ambas teorías (Empédocles). Sin embargo, en ninguno de los tres casos citados se prevé la intervención de un Ente Superior, la chispa divina que señala el inicio de los tiempos. Los griegos creían en los Dioses y hacían sacrificios en su honor, pero estos Dioses, más que creadores del cielo y de la tierra, eran unos Superman y unos Mazinger, es decir, seres superdotados respecto a los comunes mortales, aunque también ellos sujetos a la voluntad del Destino.

Hay una incongruencia que se le ha reprochado a menudo a Empédocles. En muchos puntos de su La Naturaleza, el filósofo afirma que el Amor une y la Discordia separa, en cambio otras veces sostiene que el Amor tiende a reunir lo parecido con lo parecido y que, cuanta más afinidad haya entre dos partículas de materia, más grande será su recíproco amor. Si tomamos, dice Empédocles, una piedra, un cubo de agua y un poco de humo, y les dejamos libres para que vayan donde quieran, nos damos cuenta de que la piedra será atraída por la tierra, que el agua intentará alcanzar el mar y que el humo se irá derecho al cielo. Sin embargo, estas reflexiones son refutadas en seguida por Aristóteles, que observa: «Si uno sigue a la razón, se da cuenta de que la Amistad es causa de bien, y que la Contienda es causa de mal, si en vez de esto uno sigue el balbuceo de Empédocles, según el cual cada cosa tendería a alcanzar lo que le es parecido, se adentrará en poco tiempo en un mundo inhabitable en el que cada uno de los cuatro elementos yace inerte y separado.»300 Con otras palabras, para Aristóteles el Amor es una fuerza positiva a la que no se le puede imputar, en ningún caso, un cataclismo tan negativo como la separación de los elementos primordiales.

En materia de religión, Empédocles es un pitagórico practicante: odia las habas, no come carne de animales y cree en la metempsícosis. Declara que fue «niño y niña, arbusto, pájaro y pez mudo que salta fuera del agua».301 Cuenta que existen demonios a los que, «por delitos cometidos en el pasado y por antiguo decreto de los Dioses, sellado con amplios juramentos, les ha tocado en suerte una larga vida. Ellos deberán errar tres veces diez mil estaciones, naciendo en forma de cualquier criatura mortal y recorriendo los penosos senderos de la vida. El ímpetu del cielo les empujará hacia el mar, el mar les escupirá a la tierra, la tierra les lanzará hacia los rayos del sol resplandeciente y de aquí, a su vez, a los torbellinos del cielo, ya que cada elemento les acogerá desde otro y todos juntos les odiarán. También yo, concluye el filósofo, estoy entre ellos: exiliado del Amor por haber dado demasiada confianza a la furiosa Discordia».302

Empédocles es el más poeta de los filósofos poetas de su tiempo. También en La Naturaleza, que en resumidas cuentas no pretende ser más que un tratado de ciencias naturales, cada vez que tiene que hablar de un astro, de un fenómeno meteorológico o de una criatura humana, inventa espléndidas imágenes que nos dan la medida de su genio creativo.

Éstos son algunos ejemplos: «El sol que afilado saetea»,303 «la luna con su claro ojo»,304 «el mar, sudor de la tierra»,305 «la noche solitaria y ciega».306 E incluso, cuando trata el tema del parto y se ve obligado a indicar el lugar por el que el niño se asoma a la vida, recurre a la sugestiva metáfora: «Las hendiduras de los prados de Afrodita.»307

XVII


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