Luciano de crescenzo



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AGRIGENTO


Breve historia de Agrigento: un buen día del año de gracia 583 a.C, un grupo de prófugos de la isla de Rodas junto a un millar de colonos provenientes de Gela, bajo las órdenes de Aristonoo y Pistilo, decidieron asentarse en un declive comprendido entre los ríos Akragas e Hypsas. La zona ofrecía todos los requisitos255, necesarios según el manual del colonizador: al este y al oeste dos riachuelos limpios y borboteantes que prácticamente eran dos límites naturales fácilmente defendibles; al norte, una rocosa colina, pedestal ideal para una Acrópolis digna de este nombre, y, por fin, el mar a menos de tres kilómetros de distancia, a la distancia justa para no tener que despertarse de repente con los cartagineses en la habitación.

La colonia creció tan rápidamente que, en menos de un siglo alcanzó los doscientos mil habitantes.1 El tirano Terón, cuando Empédocles era todavía un niño, al derrotar a las ciudades de Heraclea, Minoa e Himera consiguió un número tal de esclavos que pudo construir decenas y decenas de edificios públicos de inigualable esplendor. Cuando se visita hoy día el Valle de los Templos, lo que más atrae la mirada del turista es el Templo de la Concordia, el único que se ha conservado completo; pero si el visitante se detiene a contemplar con atención los restos amontonados del Templo de Zeus Olímpico, en seguida se da cuenta de que se halla ante una obra gigantesca: cuando 110 metros por 55, que suelen ser normalmente las dimensiones de un campo de fútbol, representan el perímetro de un templo es como para que se muera de envidia el mismo Partenón.



Agrigento era tan rica y acogedora que fue definida por Píndaro como «la bellísima de las ciudades mortales». Parece ser que también los cementerios eran un espectáculo: además de las capillas gentilicias, historiadas con bajorrelieves que ilustran las gestas de los difuntos, se erigían monumentos fúnebres, incluso a caballos que habían ganado las Olimpíadas. Ni siquiera falta el mausoleo de un gorrión, el único compañero de juegos de una niña aristócrata.256



No creo que sea muy arriesgado afirmar que a Agrigento, en lo que se refiere a agua, le iba mucho mejor que en nuestros días: parece ser que en el siglo quinto antes de Cristo disponía de un acueducto en la ciudad y de una piscina cubierta donde confluían todas las aguas subterráneas. Hoy, en cambio, como es bien sabido, cada vez son más frecuentes los cortes de agua durante el verano.

También en comercio los agrigentinos representaban la vanguardia del momento: no muy lejos de las murallas habían construido un emporio, auténtica feria de muestras donde periódicamente se reunían los comerciantes de todo el Mediterráneo. Prueba tangible de este liderazgo comercial eran las preciosas monedas girgentinas de oro y plata, acuñadas con la palabra «Akragas» y los símbolos de la ciudad (el cangrejo, el águila y la cuadriga). Según Timeo, «los agrigentinos vivían voluptuosamente como si se fueran a morir al día siguiente, y construían sus casas como si fueran a vivir eternamente».257 En efecto, el alto nivel de vida era una característica común de todas las ciudades de Sicilia: la isla era considerada por los griegos una América ante litteram, un nuevo mundo donde hacer dinero rápidamente y sin tantos problemas. En los palacios de los tiranos sicilianos se respiraba un aire «renacentista». Domenico Sciná, un abad del principio del Ochocientos, contaba que «las dos cortes de Siracusa y Girgenti (Agrigento) competían entre sí en cortesía y elegancia, premiaban a los nobles ingenios y les incitaban a toda óptima e industriosa arte».258



Cuando en un sitio la gente se divierte, siempre aparecen los censores para ponerles de vuelta y media. Diodoro narra que «la relajación había llegado a tal grado que, durante el asedio de los cartagineses, se promulgó un edicto por el cual se prohibía a los centinelas dormir con más de dos almohadas»259 y Timeo, que en cuanto a chismorreo no se quedaba atrás, nos regala la descripción de una orgía agrigentina del siglo quinto antes de Cristo: aquella noche, dice el historiador taorminés, se había bebido muchísimo, y quizá, añado yo, había habido una ronda de droga; lo cierto es que, hacia la mitad de la fiesta, los invitados consideraron que ya no se hallaban en el interior de una villa sino a bordo de un barco a merced de las olas, por lo que, presas del pánico, empezaron a tirar por las ventanas todos los muebles y enseres de la casa, en el desesperado intento de aligerar la carga y permanecer a flote el mayor tiempo posible. Cuando por fin llegaron al lugar los representantes del orden, Timeo cuenta que estos últimos fueron tomados por divinidades marinas y que todos se arrojaron a sus pies implorándoles perdón. Desde ese día la casa en cuestión fue denominada «La trirreme».260



Agrigento tuvo su momento de máximo esplendor a principios del siglo quinto: primero con la dictadura de Terón e inmediatamente después con la democracia.

Terón fue uno de los tres grandes tiranos sicilianos que dominaron aquel período. Los otros dos, los hermanos Gelón y Gerón, de Siracusa y de Gela respectivamente, eran en cierta manera parientes suyos, al haberse casado el primero con una de sus hijas. Estos tres señores, frente a las amenazas de la vecina Cartago y a las continuas insurrecciones de las poblaciones sículas, consideraron oportuno formar una eficiente alianza militar. Los cartagineses fueron derrotados definitivamente en las aguas del Himera en el 480, justo el mismo año en que, en Salamina, los griegos dispersaban la flota persa. Para Píndaro no se trató de una coincidencia sino de un plan preciso del destino: Zeus mit uns, los Dioses se habían puesto del lado de los griegos.261

Sin embargo, como ocurre a menudo, a los tres grandes les siguió una generación de pequeños: los sucesores de Terón, Gelón y Gerón no estuvieron a la altura de sus padres, en parte porque riñeron entre sí y en parte porque subestimaron la oposición democrática. Trasideo, el hijo de Terón, entró en guerra con los siracusanos, pero recibió un soberano revés; cuando volvió a su patria fue exiliado a Grecia y allí condenado a muerte. En Agrigento ya había triunfado el partido democrático; todos los ciudadanos comprometidos con el antiguo régimen fueron depurados y se restableció la alianza con Siracusa.

Y fue en este clima de renovación donde Empédocles, recién cumplidos los veinte años, se asomó a la vida política agrigentina.

XVI

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