Luciano de crescenzo



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MELISO


Meliso243 es el único almirante de la Historia que ha sido también filósofo. Generalmente los militares, y sobre todo los de la Marina, son personas más inclinadas a las órdenes secas que a las discusiones dialécticas. Pero, no obstante, el comandante Meliso consiguió asegurarse un sitio en la historia de la filosofía como cuarto y último pensador de la escuela eleática. Cómo pudo conciliar la inmovilidad profesada por Parménides con la acción bélica repentina que requería su oficio de estratega, será siempre un misterio. De todas formas, nosotros preferimos imaginarle en el puente de la nave almirante, inclinado sobre la brazola, o dedicado a escribir su libro «acerca de la naturaleza y del ser», en un día de bonanza, lejos de las costas jónicas.

De la vida de Meliso sabemos muy poco o nada: Plutarco244 nos lo describe al mando de la flota samia mientras gana una batalla contra los atenienses, y quién sabe si no fue precisamente ése el motivo de la escasez de noticias que tenemos acerca de él; lo cierto es que Atenas, durante la segunda mitad del siglo quinto, era el punto de referencia del mundo griego y ponerse en contra suya significaba quedar marginado, cuando menos por los hombres de cultura de la corte de Pericles. Para rematar la obra ocultadora de éstos, después de unas cuantas generaciones Aristóteles también se dedicó a ello y entonces ya no hubo salvación para nadie: el enciclopédico filósofo de Estagira, como la perfecta computadora que era, catalogó, juzgó y decidió para los dos mil años siguientes quién merecía sobrevivir en el recuerdo de la posteridad y quién debía desaparecer en el olvido.

Con Zenón y Meliso, por ejemplo, no tuvo escrúpulos: dijo que eran dos «filósofos de poca monta».245 El primero le caía mal por lo de las paradojas, el segundo por haber conferido a la materia ese carácter de infinidad que él prefería reservar a la esfera de lo inmaterial. Por otra parte, cualquier valoración de los filósofos presocráticos no ha podido nunca prescindir de Platón y de Aristóteles. La casi total pérdida de los textos originales ha sido la razón por la que los historiadores del ramo, para entender algo, han tenido que considerar como oro en paño todo lo que los dos patriarcas de la filosofía griega escribieron sobre el tema, y ya se sabe cómo acaban ciertas cosas: cuando se habla de hechos lejanos, todo va bien, pero cuando se trata de contemporáneos, ¡que Dios nos libre de los juicios de los colegas!

Meliso, hijo de Itegene,246 nació en la isla de Samos entre el 490 y el 480 a.C. De sus primeros cuarenta años de vida no nos han llegado noticias, pero tratándose de un almirante es lógico suponer que realizara numerosos viajes marítimos. Consideramos, por lo tanto, que estuvo en Mileto, patria de Anaximandro, y en Elea, ciudad natal de Parménides, es decir, en los lugares que vieron florecer a los dos filósofos que más influyeron en su pensamiento. En cambio la hipótesis según la cual se vio con los eleáticos en Atenas en el 450, francamente no nos convence: Parménides se marchó casi en seguida, así que no tuvo tiempo de enseñarle nada, y Zenón, aunque se quedó muchos años en la corte de Pericles, frecuentó a los atenienses en un momento en que las relaciones entre Samos y Atenas estaban ya muy comprometidas.

Para que Meliso aparezca en la crónica de la época debemos esperar al 443 a.C, el año de una escaramuza entre Samos y Mileto247 por la posesión de Priene. La que salió peor librada en esta riña entre vecinos fue Mileto, pero al día siguiente se fue corriendo a llorarle a Atenas para que le fuera devuelto lo perdido. Es preciso decir que, en aquellos tiempos, Atenas ejercía un poco el papel de ciudad madre sobre todas las costas del Egeo, así que era normal que se le pidiera ayuda en este tipo de casos. Sin embargo, parece que quien realmente convenció a Pericles para que asumiera la defensa de Mileto fue su amante, Aspasia, y no la delegación de los milesios.248 Lo cierto es que una triste mañana, los pobres samios se despertaron y se vieron rodeados por una flota de cuarenta barcos. Los marines atenienses derrocaron al nuevo gobierno y lo sustituyeron por una junta democrática; luego tomaron cincuenta rehenes entre los hijos de las familias más sobresalientes y dejaron a una pequeña guarnición para defender sus intereses. Sin embargo, un grupo de políticos consiguió huir, y es lógico suponer que entre ellos se encontrase Meliso que, como casi todos los filósofos de la época, era de extracción aristocrática. Los desterrados obtuvieron asilo político con Pisutne, el tirano de Sardis, y con la ayuda de éste organizaron una expedición de setecientos guerreros para reconquistar la patria perdida. La empresa salió perfectamente: los aristócratas derrotaron a las tropas de ocupación, y recuperaron el control de la ciudad. A los atenienses les tatuaron en la cara una lechuza, símbolo de su moneda, como venganza porque durante la invasión los atenienses habían tatuado una samena249 en la frente de algunos nobles locales. Pero tampoco se podía cantar victoria: antes o después reaparecería Pericles. Se intentó aplacarle por la vía diplomática: Pisutne le ofreció también diez mil estáteras de oro, y aunque sólo Dios sabe hasta qué punto era sobornable Pericles, esta vez la afrenta había sido demasiado grave y, muy a pesar suyo, el ateniense no tuvo más remedio que rechazar la oferta. De todas formas, mientras se estaba parlamentando, Meliso se había ocupado a fondo de organizar la defensa, reforzando las murallas y almacenando en el interior de la ciudad todas las reservas posibles.

Los atenienses no se hicieron esperar: con sesenta naves al mando del mismo Pericles, ganaron una primera batalla naval y estrecharon el asedio de la ciudad rodeándola por todos lados. Y fue precisamente en este infortunio cuando Meliso se cubrió de gloria: una noche, aprovechando que Pericles se había alejado con unas trirremes, arremetió contra los sitiadores y destruyó las restantes naves atenienses. Con esta acción la bandera ondeaba nuevamente con los colores de Samos, pero sin conseguir cambiar la suerte de la guerra Efectivamente, Pericles armó una flota más potente aún que la primera, y esta vez no hubo esperanza para los samios: el asedio duró nueve meses y al final la ciudad fue expugnada gracias a las nuevas máquinas de guerra inventadas por un tal Artemón Periforeto. Este individuo era un arquitecto ateniense, cojo y homosexual que no salía nunca de casa por miedo a alguna desgracia. Vivía constantemente sentado y, para evitar que le cayera nada encima, tenía siempre dos esclavos a los lados que sostenían un escudo sobre su cabeza.250

Aparte de su habilidad como estratega, Meliso es conocido como el cuarto filósofo de la escuela eleática La diferencia sustancial entre él y sus antecesores radica en el hecho de que para Parménides el ser es algo más allá del tiempo, y para Meliso se identifica con la realidad empírica. «Lo que es», dice el almirante, «siempre ha sido y siempre será».251 De aquí las injurias de Aristóteles, que se enfadaba por el desclasamiento del ser de Parménides desde un nivel intelectual a un nivel sensible.252

Para nosotros, gente sencilla, la diferencia entre las dos posicones nos parece una tontería; pero si evaluamos con mayor detenimiento el significado de los dos conceptos en seguida nos damos cuenta de que se trata de una diferencia sustancial.

Meliso era un hombre práctico, o cuando menos más que Parménides, sobre todo porque reflejaba la cercanía de los filósofos de la escuela de Mileto y en particular de Anaximandro. Así que aun estando de acuerdo con los eleáticos en la futilidad de las apariencias y en la no fiabilidad de los sentidos, no se siente capaz de considerar el ser como una entidad vacía y abstracta, sino que intenta darle una concreción y lo identifica con el universo entero, o sea con algo indeterminado e infinito que comprende todas las cosas. Presentado de esta manera, su ser está más emparentado con el ápeiron de Anaximandro que con el ser intocable de Parménides, aun teniendo con este último muchos puntos en común. Dice el almirante:253

—Si algo existe es eterno, ya que nada puede nacer de la nada.

—Si es eterno también es infinito, porque no tiene principio ni fin.

—Si es eterno e infinito también es uno, porque si fuera dos, cada uno de los dos terminaría siendo un límite para el otro.

—Si es eterno, infinito y uno, también es homogéneo, porque si así no lo fuera sería distinto de un lado a otro y por lo tanto múltiple.

—Si es eterno, infinito, uno y homogéneo, también es inmóvil, al no existir un lugar a dónde ir fuera de él.

—Si es eterno, infinito, uno, homogéneo e inmóvil, no puede sufrir ni sentir pena, debiendo permanecer siempre igual a sí mismo.

Aclarando que lo arriba expuesto es la teoría de Meliso y no una cancioncilla infantil del tipo «en la casa de Pepito», en seguida nos damos cuenta con satisfacción de que el filósofo utiliza en la primera hipótesis el verbo «existir». Esta vulgarización del ser nos permite hallar en las afirmaciones de Meliso una respuesta práctica a nuestras más angustiosas preguntas. Dado que cada uno de nosotros tiene la sensación concreta de que algo existe, resulta reconfortante pensar que esta existencia como tal es también infinita y está más allá de las apariencias terrenales.

Resumiendo: el ser de Meliso es algo bueno, positivo. Todavía no es un retrato-robot de Dios, pero le falta poco. El salto entre la concepción de un universo infinito, único y eterno y la hipótesis de un Dios con las mismas características cada vez se acorta más, y no es casual que en uno de sus fragmentos Meliso describa al ser casi como si hablase de un viejo con barba: «Él no puede perecer, ni envejecer... porque si en diez mil años tuviera que transformarse, aunque fuese un solo pelo, a lo largo del tiempo terminaría destruyéndose del todo.»254

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