Luciano de crescenzo



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PARMÉNIDES


Parménides, hijo de Pireto, nació en Elea entre el 520 y el 510 a.C.202 Diógenes Laercio narra que tuvo como maestros a Jenófanes, a Anaximandro y al pitagórico Aminia.203 Sobre el hecho de que fue alumno de Jenófanes no creo que existan dudas: viviendo allí, en un pueblecito de menos de mil habitantes, con poquísimas distracciones, no veo cómo habrían podido no conocerse. En cambio, la presencia de Anaximandro entre los profesores de Parménides me parece un hecho cuando menos improbable: las dos mil millas de mar y, sobre todo, los ciento y pico años de diferencia entre ambos deberían excluir cualquier contacto. En lo que se refiere a Aminia, me temo que las relaciones entre el pitagórico y el eleático no fueron realmente las de un maestro con su discípulo: he leído con atención la noticia transmitida por Soción de Alejandría y he advertido que, cuando se refiere a Jenófanes y Anaximandro, el historiador utiliza la expresión «fue alumno», mientras que en el caso de Aminia prefiere un más equívoco «tuvo relaciones»,204 y en otra traducción «tuvo costumbre de vida»205 e incluso «tuvo intimidad».206 Que Parménides fue homosexual nos lo confirma el mismo Platón cuando, en el diálogo homónimo, nos presenta a Zenón como el amante del filósofo.207 De todas formas la cosa no nos tiene que asombrar tanto: la homosexualidad en aquellos tiempos estaba muy difundida y casi todos los filósofos tenían su novio. Digamos más bien que estos pensadores, a diferencia de los de nuestros días, solían frecuentar también bellas hetairas.

Parménides nació rico, de buena familia, y fue generoso con los amigos. Cuando se le murió Aminia, y como éste era muy pobre, hizo que le construyeran un suntuoso panteón corriendo él con todos los gastos.208

Según Plutarco, también fue un excelente legislador, hasta el punto de que todos sus conciudadanos, cuando alcanzaban la mayoría de edad, tenían que prestar juramento de lealtad a las leyes parmenídeas.209

Tuvo como alumnos a Zenón y a Empédocles210 y con esto creo que ya he dicho todo lo que sé de su vida, excepto el viaje que hizo a Atenas en el 450. Parece ser que se trató de una misión diplomática, promovida por los eleáticos para convencer a Pericles de que firmara un pacto de alianza entre las dos ciudades. Al final, Parménides y Zenón, más que con los gobernantes, terminaron pasando la mayor parte del tiempo con sus colegas atenienses. Se trató en la práctica de una cumbre entre filósofos: por un lado, los eleáticos estaban deseosos de demostrar que la provincia, en cuanto a profundidad de pensamiento, no tenía nada que envidiar a la metrópoli; y por otro lado estaba Sócrates que, a pesar de tener sólo veinticinco años, ya era ese inexorable dialéctico que todos conocemos. El resultado fue la más aburrida y complicada conversación de la historia de la filosofía. Platón nos ofrece un amplio resumen en Parménides y, a pesar de su habilidad como escritor, no creo que haya habido nadie que se haya leído este diálogo desde el principio hasta el final, ni siquiera el redactor responsable de las ediciones Laterza. Obviamente, cuando digo «nadie» me refiero al ámbito de las personas normales.

Sentado esto, y sólo por dar una idea de lo que se dijeron los filósofos en aquel histórico encuentro, transcribo a continuación el principio de la refutación de Sócrates.211 «Tú dices, oh Zenón, que si las cosas que son, son muchas, éstas deben de ser todas parecidas y también todas distintas, lo cual es algo imposible; de hecho lo que es distinto no puede ser parecido, ni lo que es parecido ser distinto, ya que es imposible que lo que es distinto sea parecido y lo que es parecido sea distinto, y por lo tanto también es imposible que sean muchas las cosas que son...» y así sigue durante otras cincuenta páginas.

La primera impresión es la de un trabalenguas del tipo de «el cielo está enladrillado, ¿quién lo desenladrillará? El desenladrillador que lo desenladrille buen desenladrillador será». Después, normalmente, uno se esfuerza en leer con más detenimiento todo el diálogo, y empieza a entrever una lejana luz. Por lo general, el hombre medio se detiene en la página siete, donde Parménides dice «si divides en partes la grandeza como tal, cada una de las muchas cosas grandes será grande, pero grande en cuanto que posee una parte de la grandeza, y parte que es más pequeña que la grandeza misma como tal, ¿no resultará algo absurdo?». «Ciertamente», responde Sócrates; y «ciertamente» responde también el hombre medio, tras lo cual borra a Parménides de su vida.

Ahora bien, yo no soy un maratoniano de la lógica abstracta, y quizá sea por eso por lo que me rindo con cierta facilidad; pero al mismo tiempo no puedo evitar el asombrarme ante la profundidad especulativa alcanzada por esos filósofos de la Magna Grecia. ¡Pero cómo! Dos hombres del siglo quinto antes de Cristo, nacidos y crecidos en un pueblecito del bajo Cilento, llegan a una gran ciudad como Atenas y allí, en vez de dedicarse a la loca diversión, se sumergen en sutiles disquisiciones filosóficas sobre lo parecido y lo distinto, cuando aún hoy, a las puertas del año dos mil, en esos mismos pueblecitos del sur de Italia, a pesar de la televisión, difícilmente se consigue vender periódicos.

Parménides nos contó sus ideas en un poema titulado como siempre La naturaleza.212 La introducción de esta composición poética es muy sugerente: el filósofo se imagina sobre un carruaje tirado por fogosas yeguas (las pasiones del alma) y que llega allí «donde se está fuera del camino de los hombres».
El eje en los cubos emitía un sonido silbante

todo de fuego (por oprimido entre rodantes círculos

de una parte y de otra) cuando se lanzaron

las muchachas hijas del Sol y, tras dejar las casas

de la Noche, empujaron el carro hacia la Luz.

Allí está la Puerta que divide los senderos del Día y de la Noche.
Como guardián de la puerta, Parménides encuentra a la Justicia, que «tiene las llaves que abren y cierran» y no le quiere dejar pasar. Pero las hijas del Sol (las sensaciones) le convencen con «discursos insinuantes» para que deje pasar al poeta y le lleve hasta la Diosa. Ésta le acoge, benévola y severa, y le dirige estas palabras:
Tú debes conocer ambos caminos:

tanto el firme corazón de la redonda verdad (la ciencia)

como la opinión de los mortales (las apariencias),

en la que no hay nada digno de fe.
Así es como Parménides conoció la Verdad y decidió revelarla a la posteridad. Ahora nos toca a nosotros, la posteridad, intentar comprender algo.
Nombrar el verbo «devenir» en presencia de Parménides era como blasfemar en la iglesia: se corría el riesgo de recibir una patada en el trasero. Su idea fija estaba en el hecho de que la Verdad (o el Uno, o Dios, o el Logos, o el Ser)213 era algo «único, entero, inamovible e ingenerado».214

Único, porque es la única realidad existente.

Entero, en cuanto que, en ausencia de vacío, no podían existir ni siquiera los interespacios necesarios para dividir el Uno en más partes.

Inamovible, ya que para moverse el Uno habría tenido que ocupar un espacio precedentemente vacío.

Ingenerado, puesto que el ser no podía venir del no ser, que, como la palabra misma indica, no existe.

Según las indicaciones de la Diosa, dos son los caminos necesarios para acceder a estos resultados: el de la verdad y el de la opinión. El primero coincide con la Unidad, y es la única realidad que existe. El segundo coincide con lo Múltiple, y es sólo apariencia.

También Parménides es un racista intelectual y, como casi todos sus colegas presocráticos, tiene una pésima opinión de los comunes mortales: «Es gente», dice, «de cabeza dúplice, en cuyo pecho vaga errante, ciega, sorda, estúpida e incapaz de distinguir el ser del no ser, la verdad de la opinión».215

El pensar, según Parménides, implica el ser,216 mientras que el no ser no es pensable. Con palabras más sencillas, el pensar demuestra la existencia de la cosa pensada y, viceversa, el no ser, no sólo no existe, pobrecito, sino que ni siquiera puede ser pensando, y aquí ya me hago un lío: si pienso en Ornella Mutti, es obvio que debe existir una persona llamada Ornella Mutti, si no no se entiende cómo habría podido pensar en ella. No obstante, yo podría pensar también en alguien que ya no existe, en Totó por ejemplo, y esto no debería implicar a la fuerza la existencia de la persona pensada. Como mucho se podría decir que «existe un hombre que está pensando en un actor cómico, llamado Totó, hoy desgraciadamente desaparecido». Pero Parménides sonríe ante mis objeciones y, a su vez, me rebate que yo confundo «el ser» con «el existir» y que sólo las apariencias dicen que Totó ha desaparecido, ya que él efectivamente todavía «es». Entonces yo más cabreado que nunca, me pongo a pensar en algo que no sólo no «es» en este momento, sino que nunca ha «sido» ¡ni siquiera anteriormente! Pienso, por ejemplo, en una raza concreta de extraterrestres, más feos que E.T., con pies de gallina, con la nariz que parece una trompa de elefante ¡y con las orejas iguales a las del honorable Andreotti! Pero tampoco en este caso se altera Parménides: dice que si he sido capaz de imaginarme semejantes monstruos, eso quiere decir que estos monstruos «son». Y además, dado que a mí me gusta tanto el verbo «existir», ¡no puedo negar que existen las gallinas, las trompas y el honorable Andreotti!

Qué extraño este Parménides: cada vez que empieza con su «el ser es, el no ser no es» me dan unas ganas enormes de responderle «pues no»; después pienso que se trata de uno de los más grandes filósofos griegos y me callo. Viene a ser lo mismo que me ocurre cuando observo un cuadro de Paul Klee: en un primer momento el sentido común me llevaría a definir de «garabatos» las líneas trazadas por el maestro, pero después la fama que rodea al artista y la severidad del lugar terminan sugestionándome.

En la pintura, en la música, en el arte en general, no siempre la obra tiene un significado explícito. A veces se trata de un producto que termina en sí mismo, puramente estético, y no tiene otro fin que el de suscitar emociones. Desgraciadamente, gran parte de la humanidad está constituida por «finalistas», o sea por personas que tienen una absoluta necesidad de saber que cada acción humana tiene un fin preciso y que éste coincide con el significado de la obra misma. Dicho esto, yo no querría caer con Parménides en el mismo error en el que caen los «finalistas» cuando juzgan el arte abstracto. ¿No será, me pregunto, que «el ser es, el no ser no es» es sólo una licencia poética para inducirme a la ideación ontológica?

A propósito de ontológico: la ciencia del ser en cuanto ser se llama ontología y, a mi juicio, representa el escollo más difícil de superar de la filosofía griega. También en algunas manifestaciones del pensamiento oriental, como por ejemplo en el taoísmo y en el zen, he encontrado una resistencia parecida a la comprensión y esto me induce a pensar que el taoísmo y el zen tienen algo en común con la filosofía del ser. Ciertamente, no es fácil encontrar el lado práctico de la ontología. Supongamos, por ejemplo, que alguien me pregunta de repente: «Querido profesor, he decidido vivir de manera ontológica a partir del próximo lunes. ¿Me podría usted decir, más o menos, cómo deberé comportarme? Para hacerme una idea: ¿sigo yendo a la oficina o no?» Entonces, ¿qué le respondo? Yo haría la prueba de decir: «Compórtese como de costumbre, participando quizá un poco menos en los altibajos de la vida cotidiana. Si le multan por aparcar en zona prohibida o si la Juventus le gana al Nápoles, compare las correspondientes emociones con la verdadera esencia de la vida y téngalo en cuenta.» Vamos, que no sabría cómo arreglármelas.

Quizá el primer paso para acercarse a Parménides sea el de no escribir «el ser es...» con puntos suspensivos, como si verdaderamente fuéramos a saber qué diablos es este ser, sino acostumbrarnos a pronunciar la frase como una simple afirmación: «el ser es», punto final. Pero luego, dado que somos curiosos y que nos cuesta resignarnos al dogma «del ser es y no preguntar más», nos permitimos preguntar si acaso habría alguna descripción del ser, aunque sea aproximativa, para nosotros, gente común. Nos podríamos contentar con una vaga definición del no ser, salvo que después hay que deducir el concepto más complicado por antítesis.

Hechas estas premisas, probemos diciendo que el no ser es el conjunto de las cosas que se manifiestan ante nuestros sentidos en forma de color, sabor, sonido, etc., y que el ser es, al contrario, la esencia de las cosas mismas, es decir lo que se encuentra «debajo» de la mutabilidad de las apariencias.

En su maravillosa fábula El principito, el poeta francés Antoine de Saint-Exupéry nos cuenta que de niño vivió en una casa en la que se decía que había un tesoro enterrado. Pues bien, precisamente por esta razón, aunque en definitiva no se encontró nunca el tesoro, aquella casa le pareció preciosa. «Nosotros», dice Saint-Exupéry, «generalmente miramos sólo la exterioridad de las cosas y no tenemos en cuenta que lo importante es lo invisible».

Miguel Ángel, a quien le cubrían de alabanzas por su excepcional habilidad como escultor, respondía siempre que él se limitaba a quitar «lo que sobraba» de cada bloque de mármol. Pues bien, en nuestro caso estas sobras son las apariencias, y la estatua ideal, aprisionada en el mármol, única en su perfección, es precisamente ese ser cuya imagen querríamos conocer.

Como se puede ver, nos estamos aventurando por un camino que lleva directamente al mundo platónico de las ideas. ¡Cuidado: se trata de una carretera empinada y resbaladiza que, además, nos desvía de nuestro camino!

XIII

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