Luciano de crescenzo



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ELEA


Mis queridos conciudadanos: si en lugar de estar atascando el tráfico de la isla de Ischia os decidierais un día a avanzar un poco más hacia el sur y a explorar la costa italiana en ese desconocido tramo que va desde Punta Licosa a Capo Palinuro, seguramente terminaríais descubriendo un pueblecito de pescadores llamado Marina di Ascea, donde, aparte del agua del mar, que sigue siendo la misma, destacan, en medio de un silencio encantado, las antiguas murallas de la ciudad de Elea.

A los ojos de los colonizadores focenses, en aquel lejano 540 a.C, el lugar debió de parecer lo mejor que se podía pedir a los Dioses: un río, el Alento, lo suficientemente ancho y profundo como para poder dejar a buen recaudo los barcos; dos islotes, Pontia e Isacia,168 situados como centinelas para vigilar la desembocadura; y por fin, un promontorio, rodeado de mar por tres lados, que parecía hecho a propósito para construir allí encima una Acrópolis. Los focenses en seguida se dieron cuenta de que habían llegado a su destino.

Llegados a este punto de mi historia, me parece que puede ser interesante seguir desde el principio una de estas odiseas, más que nada para entender los motivos que empujaban a nuestros antepasados a enfrentarse a tantos peligros. Basta con imaginarse lo que tenía que ser atravesar el Mediterráneo con una barca de remos en el siglo sexto antes de Cristo. No elegí Elea, una instalación de los focenses, al azar, ya que este pueblo, más que ningún otro, contribuyó a diseminar de colonias todo el mundo entonces conocido. A los focenses se les atribuye la exploración del mar Adriático, la colonización de las costas españolas e, incluso, tras los pasos de Coleo, una escapadita por las costas atlánticas más allá de las columnas de Hércules.169

Todo comenzó un mal día del 545 a.C, más o menos, cuando un general persa, un tal Arpago, decidió ocupar la costa jónica por cuenta del Gran Ciro y puso sitio a la ciudad de Focea (véase fig. 4).

La historia de la humanidad, antes de la llegada de la aviación, fue toda una historia de asedios. Cuando un pueblo decidía instalarse en un lugar, lo primero que hacía era localizar un sitio sobre una colina, que le permitiera mirar de arriba abajo al enemigo invasor, y después se encargaba de construir el cerco de murallas. Era tanto el miedo a acabar los días en la esclavitud, que los habitantes de Ecbatana (hoy Hamadán) protegieron su ciudad con siete filas concéntricas de murallas.170 Nuestra Focea tenía, además, una salida de emergencia, el mar, muy a tener en cuenta, ya que los focenses eran excelentes marineros y sus barcos «de cincuenta remos» difícilmente podían ser alcanzados una vez que se habían alejado del puerto.

Pero volvamos al asedio: Herodoto narra171 que Arpago, tras innumerables asaltos, hizo saber a los asediados que para él la conquista de Focea era una simple cuestión de prestigio y que se podía llegar a un acuerdo: sería suficiente con derribar un baluarte para poder decir que también Focea se había sometido al poder de Ciro. Los focenses se tomaron un día para decidir una eventual rendición y, a su vez, pidieron que durante la reflexión las tropas persas retrocedieran por lo menos un kilómetro. Arpago consintió en su petición y los asediados aprovecharon la ocasión para embarcarse en las naves con todas sus riquezas e incluso con las estatuas de los Dioses.



Un viaje preparado de prisa y corriendo, y con los persas pisándoles los talones, no podía ser muy largo. Por eso los focenses desembarcaron esa misma noche en la vecina Chío y allí, con el dinero en mano, intentaron comprarse las islas Oinousas. Desgraciadamente para ellos, los habitantes de Chío, temerosos de una posible competencia comercial, dijeron que narices y nuestros prófugos se vieron obligados a tomar nuevamente el camino del mar. Algunos, vencidos por la nostalgia, volvieron sobre sus pasos; otros decidieron dar el gran salto y pusieron rumbo a Occidente con la intención de llegar hasta la lejana isla de Cirnos (la actual Córcega) donde, al parecer, unos años atrás, un grupo de paisanos habían fundado la colonia de Alalia.172



La llegada de los focenses no debió de agradarles mucho a los cartagineses y a los etruscos, los cuales, sintiéndose amenazados por esta afluencia continua de meridionales jónicos, decidieron expulsarles de una vez para siempre. Se trató de un enfrentamiento naval de grandes proporciones, en el que no hubo ni vencedores ni vencidos: una batalla cadmea,173 como se solía decir en aquellos tiempos. Los focenses perdieron cuarenta naves; muchos de ellos murieron luchando y otros se salvaron nadando, pero rápidamente fueron lapidados por los corsos, que también entonces eran gente de pocas palabras. Narra Herodoto que todos aquellos que después pasaban por el lugar del estrago «repentinamente se sentían entumecidos, lisiados e impotentes, como si en vez de hombres fueran borregos o animales de carga».174

Los supervivientes de aquella infeliz expedición se dividieron en dos grupos: unos fundaron Massalia (Marsella),175 y otros se dirigieron al sur, hacia Reggio Calabria. En esta última ciudad fueron alcanzados por un mensajero de la Pitia, que les aconsejó que, sin perder tiempo, ascendieran por la costa de Calabria hasta la desembocadura del río Alento. En un primer momento, la colonia se llamó Hyele,176 por una fuente del lugar que así se llamaba; luego Elea y, finalmente, los antiguos romanos la llamaron Velia, y con esta dicción todavía se la puede encontrar en los mapas del Touring.

Hoy en día, el promontorio de la Acrópolis ya no da al mar: una progresiva serie de aluviones ha corrido la desembocadura unos cuantos kilómetros177 hasta englobar los dos islotes, Pontia e Isacia, que sin embargo todavía son visibles, ya que son los únicos puntos calcáreos en una amplia zona aluvial. Quien recorra la carretera principal, viniendo de Casal Velino, encontrará a la izquierda una flecha con la indicación «a Velia» y, a un centenar de metros, las murallas de la ciudad baja. Es fácil tropezarse con alemanes, con franceses y también con japoneses, obviamente todos ellos provistos de cámaras fotográficas; sin embargo, escasean los turistas italianos. Si Elea estuviera en las Seychelles, quizá fuese más conocida en ciertos ambientes de la Italia que cuenta; pero vosotros, mis queridos napolitanos, que es notorio que no frecuentáis la jet-set, no podéis faltar: venid para acá un domingo de estos con vuestras familias y, una vez que hayáis llegado a Porta Marina, quitaos los zapatos y avanzad descalzos hacia la Acrópolis. Al atravesar la Puerta Rosa pisaréis las mismas piedras que hace 2 500 años fueron tocadas por las sandalias de Jenófanes de Colofón.

Allá en Elea, ahora, hay paz y silencio: tumbaos sobre la hierba a comer el bocadillo de salchichas y grelos preparado por vuestras esposas; sentaos después a tomar el sol sobre los peldaños del templo mayor y observad con calma el lugar donde cada mañana Parménides enseñaba a Zenón que «el ser es» y «el no ser no es»; quién sabe si la fascinación del paisaje conseguirá que os adentréis en la filosofía del ser, mejor que cualquier manual especializado.

El trazado de las murallas de defensa nos da a entender que Elea no fue nunca una gran metrópolis, ni siquiera en la época de su máximo esplendor; sin embargo, fue precisamente en este pequeño pueblo de la región de Campania donde nació una escuela de pensamiento que en lo sucesivo tendría un gran peso en la historia de la filosofía occidental.

XI

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