Luciano de crescenzo



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LUCIANO DE CRESCENZO
Historia de la filosofía griega
(Los presocráticos)

Traducción del italiano por

BEATRIZ ALONSO ARANZÁBAL

SEIX BARRAL



Cubierta: foto de Marinetta Saglio


Título original:

Storia della filosofía greca

(I presocratici)
Primera edición: septiembre 1986

Segunda edición: octubre 1986

Tercera edición: noviembre 1986

Cuarta edición: marzo 1987

Quinta edición: julio 1987

Sexta edición: enero 1988


© 1983: Arnoldo Mondadori Editore S.p.A., Milano
Derechos exclusivos de edición en castellano

reservados para todo el mundo

y propiedad de la traducción:

© 1986 y 1988: Editorial Seix Barral, S. A.

Córcega, 270 - 08008 Barcelona
ISBN: 84-322-4575-5
Depósito legal: B. 1.257 – 1988
Impreso en España

Estas cosas escribo, como a mí me parecen ciertas, porque los cuentos de los griegos son, a mi parecer, muchos y risibles.



Hecateo fr. 1 Jacoby



PRÓLOGO



Querido Salvador:*
Tú eres un filósofo y no lo sabes. Eres un filósofo porque tienes una forma completamente personal de afrontar los problemas de la vida. Sentado esto, creo que puede serte útil conocer la Historia de la Filosofía Griega y, por esta razón, he decidido escribir una para tu uso y consumo. Mi esfuerzo será el de narrar con palabras sencillas el pensamiento y la vida de los primeros filósofos.

¿Por qué los griegos? Empecemos diciendo, querido Salvador, que tú no eres italiano, sino griego. Sí, señor, repito griego, y me atrevería a añadir «ateniense». Grecia, si la entendemos como un modo de transcurrir la vida, es un enorme país mediterráneo hecho de sol y de conversación que, en lo que se refiere a nuestra península, se extiende más o menos hasta la ribera del Volturno (véase fig. 1). Más allá de este límite geográfico y de comportamiento, viven los romanos, los etruscos y los centroeuropeos, gentes que son algo distintas de nosotros y con las que no siempre es posible entablar un diálogo. Para comprender mejor la esencia de esta diversidad te invito a reflexionar sobre un verbo existente en la lengua griega que, no teniendo equivalentes en ninguna otra, es de hecho intraducible, a menos que se recurra a oraciones complejas. Este verbo es «agorazein».



«Agorazein» quiere decir «ir a la plaza para ver qué se dice» y, por lo tanto, hablar, comprar, vender y verse con los amigos; pero también significa salir de casa sin una idea precisa, holgazanear al sol a la espera de que llegue la hora de la comida; en otras palabras, «intalliarsi», como se dice entre nosotros, es decir, rezagarse hasta formar parte integrante de un magma humano hecho de gestos, miradas y ruidos. «Agorazonta», en particular, es el participio de este verbo y describe la forma de caminar de aquel que practica el «agorazein»: el avanzar lento, con las manos detrás de la espalda y siguiendo un recorrido casi nunca rectilíneo. El extranjero que por razones de trabajo o de turismo se encontrase de paso por un pueblo griego, ya fuese Corinto o Pozzuoli, se quedaría muy asombrado al ver un grupo tan nutrido de ciudadanos caminando arriba y abajo por la calle, deteniéndose cada tres pasos, discutiendo en voz alta y volviendo a andar para volverse a parar de nuevo. Esto le llevaría a creer que había llegado en un día especial de fiesta, cuando, en realidad, estaría asistiendo a una escena normal de «agorazein». Pues bien, la filosofía griega debe mucho a esta costumbre peripatética de los meridionales.

«Querido Fedro», dice Sócrates, «¿a dónde vas y de dónde vienes?».

«Estaba con Lisias, el hijo de Céfalo, oh Sócrates», responde Fedro, «y ahora me voy de paseo fuera de la muralla. Así, por consejo de nuestro común amigo Acumeno, me doy una vuelta al aire libre porque, dice, fortalece más que pasear bajo los pórticos».

Así empieza uno de los más bellos diálogos de Platón: Fedro. La verdad es que estos atenienses no hacían nada productivo: paseaban, conversaban, se preguntaban qué era el Bien y el Mal, pero en cuanto a trabajar, a construir algo práctico que se pudiera vender o usar, ni siquiera hablaban de ello. Por otro lado, no olvidemos que en aquella época Atenas tenía 20.000 habitantes y la friolera de 200.000 individuos de serie B, entre esclavos y metecos.1 Había, por lo tanto, quien pensaba en trabajar y llevar adelante el «negocio». En compensación, ellos, los atenienses, no contagiados todavía por el virus del consumo, se contentaban con poco y se podían dedicar a los placeres del espíritu y de la conversación.

Pero volvamos a la filosofía y al porqué de este esfuerzo mío.

La filosofía es una práctica indispensable del vivir humano, útil para afrontar los pequeños problemas de cada día y cuyo estudio, desgraciadamente, no ha sido declarado obligatorio como el servicio militar. Si de mí dependiera, la incluiría en los programas de los últimos cursos de la educación general básica; en cambio me temo que, siendo considerada una asignatura superada en el tiempo, se quiere sustituirla por las hoy más de moda «ciencias humanas y sociales». Es un poco como si se quisiera abolir el estudio de la aritmética dado que los charcuteros hacen las cuentas con una computadora.

¿Pero qué es esto de la filosofía? Bien, así de repente, no es tan fácil dar una definición de ella. El hombre ha alcanzado las más altas cimas de civilización a través de dos disciplinas fundamentales: la ciencia y la religión. Ahora bien, mientras que la ciencia, recurriendo a la razón, estudia los fenómenos de la naturaleza, la religión, satisfaciendo una necesidad íntima del alma humana, busca algo absoluto, algo que supere la capacidad de conocer a través de los sentidos y del intelecto. Pues bien, la filosofía es una cosa que está a medio camino entre la ciencia y la religión, más cerca de una o de otra según se trate de los filósofos llamados racionalistas o de los que se inclinan más hacia una visión mística de las cosas. Para Bertrand Russell, filósofo inglés de escuela racionalista, la filosofía es una especie de Tierra de Nadie entre la Ciencia y la Teología, y expuesta a los ataques de ambas.

Tú, Salvador queridísimo, no habiendo cursado el bachillerato, no sabes nada de filosofía. Pero no te aflijas, no eres el único. La verdad es que de filosofía nadie sabe nada. En Italia, por poner un ejemplo, de cincuenta y seis millones de habitantes, apenas ciento cincuenta mil conseguirían decir cuatro cosas sobre las diferencias sustanciales entre el pensamiento de Platón y el de Aristóteles (en la práctica, los profesores de filosofía y los estudiantes que en ese momento estén de exámenes). La mayor parte de los demás, con un pasado de estudios clásicos, se limitaría a hablar de amor platónico y te diría que se trata de ese tipo de relación sentimental entre un hombre y una mujer en la que, desgraciadamente, no se acuestan juntos, mientras que sobre ese asunto el bueno de Platón tenía unas ideas mucho más amplias y desenvueltas.

Si la filosofía constituye una especie de «agujero negro» en la preparación cultural media de los italianos, tendrá que haber alguien a quien echarle la culpa; a mi parecer, el mayor inculpado no es tanto la materia, de por sí dura e incomprensible, como los especialistas del sector que, voluntariamente y de común acuerdo, han decidido que no se conozca demasiado por estos pagos. Obviamente, no me he leído todas las historias de la filosofía editadas en Italia; de todas formas, entre las que he tenido en mis manos, a excepción de la Historia de la Filosofía Occidental de Bertrand Russell, he tenido siempre serias dificultades para descifrar la prosa especializada de los profesores. A veces tengo la sospecha de que los autores escriben más para sus colegas que para los estudiantes de filosofía.

Esto del lenguaje técnico es una antigua jactancia que invade todas las ramas del saber (iba a decir «de lo escible», después me he acordado de que tú no tienes ni idea de qué es «lo escible», y he preferido utilizar un vocablo más corriente). En efecto, desde que el mundo es mundo, siempre ha habido alguien que ha pronunciado su «abracadabra» para impresionar a los no iniciados. Se empezó con los sacerdotes egipcios de hace 5.000 años y se continuó con todas las clases de directores de hospital que, cuando son entrevistados en TV, nunca dicen «fiebre», sino que prefieren utilizar un más sofisticado «temperatura corporal».

El lenguaje especializado compensa, da importancia y aumenta el poder de quien lo usa. Hoy no existe grupo, asociación o cofradía que no tenga su lenguaje técnico. Esta mala costumbre no tiene límites. En los aeropuertos, por ejemplo, si hay que anunciar un retraso en las salidas, la frase ritual es ésta: «A causa del retrasó en la llegada de la aeronave, el vuelo AZ 642, etc., etc.» Ahora bien, yo querría saber de ese funcionario que fue el primero en acuñar la frase, si él, en su casa, cuando tiene que ir de viaje suele utilizar el mismo lenguaje con su mujer. «Cati, mañana por la mañana tengo que ir a Milán, cogeré la aeronave de las nueve cincuenta y cinco.» No, señor, él con su mujer utilizará el término «avión», reservando para nosotros, pobres usuarios, la palabra «aeronave», y esto porque sabe que frente a un vocablo inusual como «aeronave» el viajero común cae en un estado de profunda cohibición y ya no tiene valor para protestar por el retraso; casi como si alguien le dijera: «¡Pero para qué te quieres enterar tú de los retrasos, pedazo de ignorante! ¿Te das cuenta de que ni siquiera sabes cómo está hecha una aeronave? ¡Cállate y da gracias a Dios de que te dirijamos la palabra!»

Otros ejemplos: cuando hubo cólera en Nápoles, se echó la culpa a los mejillones; sin embargo, por la televisión llamaron a los mejillones «mitílidos» y entonces ocurrió que todos los napolitanos, que no sabían lo que eran los mitílidos, continuaron impertérritos comiendo mejillones. Otra vez, estaba yo en casa de mi sastre, Saverio Guardascione, viendo en el telediario, junto a Saverio y a Papiluccio, un perrito encontrado en Arenaccia el día después del terremoto. Dijo el presentador: «...el evadido fue capturado con ayuda de las unidades cinófilas...» Ante lo cual me preguntó Saverio: «Profesor, ¿y qué son esas unidades cinófilas?» «Son los perros», le contesté tratando de simplificar el concepto. «¡Jesús, Jesús!», exclamó Saverio, «¡y yo que tenía una unidad cinófila sin saberlo!». Papiluccio comprendió que estábamos hablando de él y movió el rabo en señal de agradecimiento.

¡Por no hablar de los políticos! Son la quintaesencia del hablar difícil utilizado para la conservación del poder. Una vez oí a uno que decía por la televisión que «indudablemente en Italia tenemos un problema de la moneda fraccionaria parcialmente resuelto por una emisión de papel sustitutiva». Quería decir que ya no quedaban monedas sueltas y que había que arreglárselas con minibilletes. Pues bien, créeme, yo le habría desnudado sin contemplaciones y le habría golpeado hasta que pronunciase correctamente la frase en cuestión. El problema es que los especialistas del saber temen que una eventual sencillez de expresión pueda ser confundida con ignorancia. Y no veas cuando se dan cuenta de que quieres tratar su materia con demasiada desenvoltura: te tachan en seguida de «divulgador» y tuercen la boca y arrugan la nariz, como si del verbo «divulgar» emanase quién sabe qué insoportable hedor. La verdad es que todos éstos no aman al prójimo y les importa más su propia imagen que la difusión del saber.

En Italia somos los maestros del aburrimiento aplicado a la cultura. Para entenderlo, basta con visitar uno de nuestros museos: pasillos inmensos, siempre iguales y siempre desiertos, esculturas y cuadros sin ningún tipo de nota explicativa, melancólicos guardas a la espera de la jubilación, silencio sepulcral, más de cripta que de cementerio. ¡Qué diferencia con los americanos! Tomemos, por ejemplo, el Museo de Historia Natural de Nueva York: todos se divierten, mayores y pequeños, estudiosos y analfabetos. Dentro hay bares, restaurantes, vídeos que te explican el cómo y el porqué, dioramas con la reconstrucción de los paisajes de la prehistoria y de los tiranosaurios mostrando sus dientes, las canoas de los indios y Toro Sentado remando. De acuerdo, un museo así hace pensar más en Walt Disney que en Darwin, pero, ¡voto a Dios!, el visitante pasa el día allí y, cuando sale, por lo menos ha aprendido algo.

Sentado esto, yo aquí, frente a los doctos y a los serios, querría poder demostrarte que, a veces, la filosofía griega puede ser también divertida y de fácil comprensión. Algunos filósofos en particular, cuando ya hayas entrado en materia, te resultarán tan familiares que terminarás por descubrir parecidos incluso con personas de tu ambiente. Aristotélicos, platónicos, sofistas, escépticos, epicúreos, cínicos, cirenaicos, podrían convertirse en referencias más eficaces que los signos zodiacales si se utilizaran para individualizar el estilo mental de una persona. Es inútil negarlo: ¡nosotros somos los descendientes directos de esos señores!

Cuando en 1184 a.C.2 finalizó la guerra de Troya, fuese por las tempestades en el camino de vuelta, fuese por el miedo, el caso es que los héroes griegos y los prófugos troyanos se desperdigaron un poco por todas partes, sembrando las costas del Mediterráneo de pueblos y pueblecitos, y creando los presupuestos de nuestra ascendencia. En los siglos sucesivos, a medida que el Peloponeso y el Ática eran «visitados» por las hordas bárbaras que venían del norte, los griegos empezaron a sentirse un poco estrechos en su casa y decidieron emprender el camino del mar con el fin de reproducir, a imagen y semejanza de la patria, otras póleis, es decir, otras ciudades, todas con el Templo, el Ágora (la plaza central), el Pritaneo (el municipio), el Gimnasio y así sucesivamente. De todo lo dicho podemos deducir que, para la historia del pensamiento occidental, la vieja Grecia ha representado lo que para el Universo fue el Big Bang, o sea la gran explosión de la que saldrían las galaxias y las constelaciones. Si no hubiese existido nunca una civilización griega, nosotros hoy habríamos acabado bajo la influencia de las doctrinas orientales; y entonces, créeme, Salvador mío, ¡habría sido una maldita gracia! Sí, porque tienes que saber que un poco más abajo de Grecia, a la derecha de quien mira el Mediterráneo, está el terrible Oriente Medio, extraña tierra donde todos los hombres, desde niños, crecen con el hobby de la religión. Ahora bien, sin un par de batallas, afortunadamente ganadas por los nuestros (la de Platea contra los persas y la de Poitiers contra los musulmanes),3 y sin la fuerte oposición de la racionalidad griega, heredada de los viejos filósofos presocráticos, ninguno de nosotros se habría salvado de la ofensiva asiática y quizá hoy, al mediodía, estaríamos todos con la cara en el suelo y en dirección a la Meca. Gracias a Dios, en cambio, las antiguas póleis no estaban gobernadas por sacerdotes, como ya les había sucedido a los egipcios y a los asirio-babilónicos, sino por grupos de aristócratas poco inclinados a las oraciones y al misticismo. Y ya que estamos hablando de religión, veamos cuáles eran las relaciones de los griegos con sus Dioses.

Primera consideración: los Dioses no eran omnipotentes. Hasta Zeus, el Gran Viejo, no pudo hacer todo lo que habría querido. Sobre él y sobre todas las otras divinidades quien realmente mandaba era el Destino o, como nos hace saber Homero, la Anánke, la Necesidad. Esto del poder limitado de los Dioses y de los tiranos en general, representa la gran lección de democracia que nos llega de nuestros antepasados. Para el filósofo griego el Bien se identifica con la Medida.

Segunda consideración: la religión en Grecia no era muy religiosa. Los Dioses tenían casi todos los vicios de los mortales: reñían, se emborrachaban, decían mentiras, se ponían los cuernos y así sucesivamente. Por lo tanto no hay que asombrarse si el respeto del pueblo por estas divinidades tenía otra dimensión: las honraban, de acuerdo, pero sin exagerar. En suma, nada en comparación con el terror que infundía Jehová, el terrible Dios de los judíos. Por poner un ejemplo, la sede de los Dioses, el Olimpo, había sido situada en la cima de una montaña y no en el cielo como en cualquier religión que se precie; señal de que no tenían miedo de que alguien pudiese ir a echar un vistazo.

Insisto mucho en el aspecto religioso de la antigua Grecia, porque es precisamente el paso del mundo supersticioso de los ritos órficos al mundo científico de los primeros observadores de la naturaleza el que señala la fecha del nacimiento de la filosofía. No es casualidad que el primer filósofo de la historia haya sido Tales de Mileto, un astrónomo especializado en eclipses solares, a menos que queramos considerar filósofo a cualquiera que consiga formular un pensamiento que se eleve por encima de las inmediatas necesidades materiales; en tal caso estaríamos obligados a retroceder la fecha del nacimiento de la filosofía al menos 40.000 años y ponerla en la época del Paleolítico Superior.

Me imagino la escena: Hunu era feliz aquella noche, todo le había salido según sus deseos: había conseguido capturar un cervatillo, tierno y de buena carne; lo había troceado con su hacha de piedra y lo había asado lentamente al fuego. También Hana, su mujer, había comido hasta hartarse. Después, hicieron el amor. Luego Hana entró en la caverna y él se quedó fuera pensando. Hacía mucho calor y no tenía sueño. Se tumbó sobre la hierba y se puso a mirar el cielo estrellado. Era una noche de agosto sin luna. Miles y miles de puntitos luminosos brillaban sobre su cabeza. ¿Qué eran esos fuegos?, se preguntó Hunu. ¿Quién los había encendido allí en el cielo? ¿Un inmenso gigante? ¿Un Dios? Así es como nacieron conjuntamente la religión y la ciencia, el miedo a lo desconocido y la curiosidad del saber, y por lo tanto, la filosofía.


L. de Crescenzo

AVISO


Cuando yo iba a la escuela adoraba la hora del recreo. En el bachillerato esperaba con ansiedad la hora de gimnasia o la de religión. Con el paso de los años, durante las convenciones o las reuniones de trabajo, saludaba el coffee-break de las diez con un suspiro de alivio. Dados estos precedentes, he considerado oportuno insertar entré los filósofos griegos algunos "filósofos míos" con nombres poco usuales, gente como Peppino Russo o Tonino Capone: ellos van a ser la hora de recreo que ofrezco al lector. El editor, por su parte, temiendo que algún estudiante incauto pueda confundirlos con filósofos auténticos y prepararlos como materia de examen, ha preferido que para ellos se utilice un carácter tipográfico distinto.

I

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