Lotería solar



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LOTERÍA SOLAR

Philip K. Dick

Título original: Solar Lottery

Traducción: M. Tombetta y M. Figueroa

© 1955 by Philip K. Dick

© 1982 Ediciones Minotauro

Provenca 260 - Barcelona

ISBN: 84-450-7341-9

Edición digital: Carlos Palazón

UNO
Hubo presagios. A principios de mayo de 2203, las máquinas de noticias anunciaron que una bandada de cuervos blancos había sobrevolado territorio sueco. Una serie de incendios inexplicables destruyeron la mitad de la Colina de Oiseau-Lyre, eje industrial del sistema. Una lluvia de cantos redondos cayó sobre un campo de trabajo marciano. En Batavia, Directorio de la Federación de los Nueve Planetas, nació un becerro con dos cabezas: señal inequívoca de que estaba a punto de producirse un acontecimiento de suma importancia.

Las interpretaciones eran moneda corriente: especular sobre el carácter aleatorio de las fuerzas de la naturaleza se convirtió en un pasatiempo favorito. Todos conjeturaban, se consultaban y discutían sobre la botella, el instrumento socializado del azar. Los adivinos del Directorio eran constantemente solicitados.

Pero lo que para algunos es un presagio, es para otros una desgracia. La primera reacción de la Colina de Oiseau-Lyre ante esta catástrofe parcial, consistió en provocar la catástrofe total para el cincuenta por ciento de sus trabajadores clasificados. Se anularon los juramentos de fidelidad y un número importante de técnicos y expertos fueron despedidos. Abandonados a su suerte, se convirtieron en otro síntoma más de la crisis inminente que amenazaba al sistema. La mayoría del personal despedido se perdió para siempre entre las masas de inclasificados. Aunque no todos.

Ted Benteley descubrió el aviso de despido en el tablón de anuncios y lo arrancó de un tirón. Mientras se encaminaba a su oficina, rompió el aviso con calma y dejó caer los pedazos en una ranura de evacuación de desechos. Fue una reacción desmesurada e inmediata. Difería de la de sus colegas en un punto esencial: se sentía feliz. Durante trece años había recurrido en vano a todas las estratagemas legales para lograr desvincularse de Oiseau-Lyre.

De vuelta en la oficina, cerró la puerta, apagó la pantalla del ordenador interplanetario y se puso a pensar. Tardó sólo una hora en elaborar un plan de acción, un plan que era de una sencillez refrescante.

A mediodía, el departamento de personal de Oiseau-Lyre le devolvió la tarjeta de poder, como sucedía cada vez que la jerarquía rompía un juramento. Le sorprendió volver a ver la tarjeta-p después de tantos años. La sujetó unos instantes entre los dedos antes de guardarla con cuidado en la cartera de mano. Esa tarjeta era su única oportunidad entre seis mil millones de participantes en la gran lotería, la remota posibilidad de acceder, mediante un salto inesperado de la botella, a la posición de clase número Uno. En términos políticos estaba aún en el pasado, treinta y tres años atrás; las tarjetas eran codificadas en el instante del nacimiento.

A las dos y media rompió sus últimos vínculos con Oiseau-Lyre; se trataba de vínculos menores, en los que él era el protector y algún otro el siervo. A las cuatro había vendido ya sus pertenencias —mediante un trámite de urgencia y un tanto por ciento de pérdida bastante elevado— y había comprado un billete de primera clase en un transporte público. Antes del anochecer abandonaba Europa rumbo a la capital del imperio de Indonesia.

En Batavia alquiló una habitación barata en una pensión y deshizo la maleta. El resto de sus posesiones seguía en Francia; si tenía suerte las recuperaría más tarde, y si no, no le importaría. Desde su habitación, curiosamente, se dominaba el edificio principal del Directorio. Un enjambre de hombres y mujeres entraban y salían en una corriente continua, como moscas tropicales, de los múltiples accesos. Todos los caminos y todas las rutas del espacio llevaban a Batavia.

Benteley no disponía de mucho dinero; sólo podría aguantar unos días, y después tendría que actuar. En la Biblioteca de Información Pública retiró un escáner básico y un montón de cintas. Pasó días enteros acumulando información sobre los diferentes aspectos de la bioquímica, materia con la que había obtenido su clasificación original. Estudiaba como un poseído, sin perder de vista una cuestión delicada que lo inquietaba: las solicitudes de posición y lealtad al Gran Presentador eran examinadas una sola vez; si fracasaba en ese primer intento, estaba perdido.

Pensaba jugárselo todo en ese único intento. Se había liberado del sistema de las Colinas y había decidido que no volvería atrás.

Durante los cinco días siguientes fumó un cigarrillo tras otro, dio vueltas alrededor de su habitación un número incalculable de veces, y terminó buscando en las páginas amarillas de la guía ípvic las agencias de chicas a domicilio. Su agencia preferida tenía una oficina cerca; llamó y en menos de una hora todos sus problemas psicológicos habían desaparecido. Entre la rubia esbelta que la agencia había enviado y el bar de la esquina, pudo resistir veinticuatro horas más. Pero ya no le quedaba tiempo. Había llegado el momento de actuar; era ahora o nunca.

Cuando se levantó a la mañana siguiente tenía el cuerpo helado. El Gran Presentador Verrick acostumbraba a contratar según el principio básico del Minimax: aparentemente era el azar lo que decidía el reparto de los juramentos. En seis días Benteley no había conseguido detectar ningún sistema o factor —si los había— que pareciese determinante. Empapado en sudor, se duchó rápidamente, y después volvió a sudar. Se había esforzado, pero no había aprendido nada. Avanzaba a ciegas. Se afeitó, se vistió, pagó a Lori y la mandó de vuelta a la agencia.

La soledad y el miedo volvieron a golpearle. Abandonó la habitación, dejó la maleta en manos de un consignatario, y para mayor seguridad, compró otro amuleto. En un lavabo público lo guardó debajo de la camisa e introdujo una moneda en el dispensador de fenolbarbitúrico. El sedante lo tranquilizó un poco; al salir llamó a un taxi.

—Al Directorio —le indicó al taxista— y tómese su tiempo.

—Entendido, dama o caballero —respondió el robot MacMillan—. Lo que usted ordene. —Los robots MacMillan eran incapaces de hacer distinciones sutiles.

Mientras el taxi sobrevolaba los tejados, unas ráfagas de aire caliente y primaveral se colaban en la cabina. Benteley no parecía advertirlo; tenía la mirada clavada en el imponente conjunto de edificios que se alzaban delante. Había enviado los documentos la noche anterior. Había esperado el tiempo suficiente. Quizá en ese preciso instante se encontraban en el escritorio del primer inspector de la infinita cadena de funcionarios del Directorio.

—Hemos llegado, dama o caballero. —El taxi robot desaceleró y se detuvo; un momento después la puerta se abrió. Benteley pagó y bajó a la calle.

La gente corría alborotada de un lado a otro. El aire zumbaba con un murmullo de incesante agitación. La tensión de las últimas semanas se había vuelto febril. Los mercachifles vendían «métodos» baratos e infalibles para adivinar los saltos imprevisibles de la botella y vencer en el juego del Minimax. Pero la apresurada multitud no les prestaba atención: sabían que si alguien hubiese descubierto un sistema de predicción eficaz, estaría utilizándolo, no vendiéndolo.

En una de las arterias peatonales, Benteley se detuvo a encender un cigarrillo. No, las manos no le temblaban. Deslizó la cartera debajo del brazo, se metió las manos en los bolsillos y se encaminó lentamente hacia la sala de pruebas. Pasó debajo del pesado arco de control y entró en la sala. Quizá, dentro de un mes, a la misma hora, ya habría prestado juramento ante el Directorio... Contempló esperanzado el arco y acarició uno de los amuletos debajo de la camisa.

—Ted —dijo una voz fina y apremiante—. Espera.

Se detuvo. Lori, con los pechos danzando, se abrió camino entre la muchedumbre apretujada y llegó jadeando hasta él.

—Sabía que te encontraría aquí —le dijo—. Tengo algo para ti.

—¿Qué es? —preguntó Benteley, molesto.

Presentía que las Brigadas Telepáticas del Directorio patrullaban el lugar y no le hacía ninguna gracia que ochenta telépatas muertos de aburrimiento le sondearan sus pensamientos más íntimos.

—Es para ti.

Lori le colgó algo alrededor del cuello. Unos transeúntes sonrieron divertidos. Era otro amuleto.

Benteley lo examinó: parecía muy caro.

—¿Crees que me servirá de algo? —preguntó. No había planeado volver a ver a Lori.

—Eso espero —respondió ella rozándole el brazo—. Has estado muy amable. Me echaste antes de que pudiera agradecértelo —continuó en un tono quejumbroso—. ¿Piensas que tienes alguna posibilidad? Sería estupendo que te aceptasen, así quizá te quedarías en Batavia.

—Los telépatas están sondeándote en este momento. Verrick los tiene escondidos por todas partes —respondió Benteley, irritado.

—No me importa —dijo Lori—. Una chica de cama no tiene nada que ocultar.

Benteley no parecía divertido.

—Esto no me gusta. Nunca en mi vida he sido sondeado por telépatas. —Se encogió de hombros—. Aunque si me quedo, supongo que tendré que acostumbrarme.

Fue hacia la oficina central con los documentos y las tarjetas de poder en la mano. La cola avanzaba rápidamente. Poco después un funcionario MacMillan aceptó sus papeles, devoró el contenido y le dijo de mala gana:

—Muy bien, Ted Benteley. Puede pasar.

—Bueno —dijo Lori un poco triste—, supongo que volveremos a vernos. Si te quedas aquí...

Benteley apagó el cigarrillo y se dirigió hacia la entrada de las oficinas interiores.

—Iré a verte —murmuró, apenas consciente de la presencia de la chica.

Apretando la cartera contra el cuerpo, se abrió camino entre la gente que hacía cola y cruzó la puerta. La puerta se cerró inmediatamente detrás de él.

Había conseguido entrar: era el comienzo de todo.


Un hombrecito de mediana edad, con gafas de acero y bigotes encerados, estaba junto a la puerta mirándolo fijamente.

—Usted es Benteley, ¿no?

—Así es —respondió Benteley—. Vengo a ver al Gran Presentador Verrick.

—¿Para qué?

—Soy aspirante a un puesto de clase 8-8.

Una chica entró bruscamente en la oficina. Sin advertir la presencia de Benteley, se puso a hablar:

—Bueno, se acabó —y se llevó una mano a la sien—. ¿Se da cuenta? ¿Está contento ahora?

—No puedo hacer nada —replicó el hombrecito—. Es la ley.

—¡La ley! —La chica se sentó sobre el escritorio y se echó hacia atrás el pelo escarlata. Sacó un cigarrillo y lo encendió con dedos temblorosos e inquietos—. Hay que largarse de aquí inmediatamente, Peter. Ya no hay nada que hacer.

—Sabe muy bien que me quedaré —le respondió el hombrecito.

—Está loco. —La chica se volvió al advertir la presencia de Benteley. Los ojos verdes parpadearon mirándolo con sorpresa y curiosidad—: ¿Y usted quién es?

—Quizá sea mejor que vuelva en otro momento —le dijo el hombrecito a Benteley—. Éste no es precisamente el...

—No he venido hasta aquí para regresar con las manos vacías —lo interrumpió Benteley—. ¿Dónde está Verrick?

La chica lo miró con asombro:

—¿Quiere ver a Reese? ¿Qué es lo que vende?

—Soy bioquímico —replicó Benteley enfurecido—. Busco un puesto de clase 8-8.

Los labios rojos de la chica esbozaron una sonrisa divertida.

—¿De veras? Interesante. —Encogió los hombros desnudos—. Tómele juramento, Peter.

El hombrecito vaciló y le alargó una mano de mala gana:

—Soy Peter Wakeman. Ella es Eleanor Stevens, la secretaria privada de Verrick.

Todo aquello no era exactamente lo que Benteley había esperado. Hubo un silencio mientras los tres se miraban, estudiándose.

—El MacMillan lo ha dejado entrar —explicó Wakeman—. Hay una convocatoria abierta para los de clase 8-8. Pero creo que Verrick ya no necesita más bioquímicos.

—¿Y usted qué sabe? —preguntó Eleanor Stevens—. No es asunto que le incumba; no es el encargado del personal.

—Me guío por el sentido común —dijo Wakeman interponiéndose deliberadamente entre la chica y Benteley—. Lo siento —le dijo a Benteley—. Está perdiendo el tiempo aquí. Vaya a las oficinas de contratación de la Colina. Se pasan la vida vendiendo y comprando bioquímicos.

—Lo sé. He trabajado para las Colinas desde que tenía dieciséis años.

—¿Qué busca aquí entonces? —preguntó Eleanor.

—Me despidieron de Oiseau-Lyre.

—Vaya a ver a Soong.

—No —dijo Benteley levantando de repente la voz—. ¡No quiero oír hablar nunca más de las Colinas!

—¿Por qué? —preguntó Wakeman.

—Las Colinas son corruptas. El sistema se desmorona. Todo se vende al mejor postor.

—¡Bah! —exclamó Wakeman—. No sé por qué se preocupa. Tiene trabajo y eso es lo principal.

—Me pagan por mi tiempo, mi experiencia y mi lealtad —reconoció Benteley—. Tengo un laboratorio de lujo y unos equipos que cuestan más de lo que puedo ganar en toda mi vida. Mi posición está garantizada y, además, cuento con una total protección. Pero a veces me pregunto para qué sirve mi trabajo, qué hacen con él, a dónde va a parar.

—¿Adónde va a parar? —preguntó Eleanor.

—¡A ninguna parte! No sirve de nada, a nadie.

—¿Y a quién tendría que servirle?

Benteley trató de responder.

—No lo sé. A alguien, en algún sitio. ¿No le gustaría que el trabajo de usted tuviera alguna utilidad? He soportado el olor de Oiseau-Lyre todo lo que he podido. En teoría las Colinas son dos unidades económicas separadas e independientes, pero la realidad es muy distinta: trafican con los gastos, el coste de los transportes, los impuestos y muchas otras cosas. Usted conoce el eslogan de las Colinas: EL SERVICIO ES BUENO, UN BUEN SERVICIO ES MEJOR. ¡Qué tontería! Ni siquiera piensan en el bien público; son unos parásitos.

—Nunca pensé que las Colinas fueran organizaciones filantrópicas —observó Wakeman.

Benteley se apartó nerviosamente; los otros dos lo observaban como si fuera un bufón. ¿Por qué se ensañaba tanto con las Colinas? Las Colinas pagaban bien a los siervos clasificados; nadie se había quejado nunca. Sin embargo, él se estaba quejando. El problema era quizá falta de realismo: una secuela anacrónica que la clínica de orientación infantil no había podido extirparle. De todos modos estaba harto.

—¿Cómo sabe que el Directorio es mejor? —preguntó Wakeman—. Me parece que se hace demasiadas ilusiones.

—Déjele jurar —dijo Eleanor con indiferencia—. Si eso es lo que quiere...

Wakeman meneó la cabeza.

—No le tomaré juramento.

—Entonces lo haré yo —replicó la chica.

—Con permiso —dijo Wakeman. Sacó una botella de whisky de un cajón y se sirvió un trago—. ¿Alguien desea acompañarme?

—No, gracias —dijo Eleanor.

Benteley dio media vuelta, fastidiado.

—¿Qué diablos significa todo esto? ¿Es así como trabajan en el Directorio?

Wakeman sonrió.

—¿Se da cuenta? Está empezando a decepcionarse. Quédese donde está, Benteley. Usted no sabe lo que le conviene.

Eleanor se bajó del escritorio y salió de la sala. Regresó al cabo de un momento con la habitual representación simbólica del Gran Presentador.

—Venga, Benteley. Aceptaré su juramento. —Puso un pequeño busto de plástico con la efigie de Reese Verrick en el centro del escritorio y se volvió hacia Benteley—. Vamos, adelante.

Benteley se acercó lentamente a la mesa y ella tocó la bolsita de tela que le colgaba del cuello, el amuleto que Lori le había regalado.

—¿Qué clase de amuleto es esto? —preguntó—. Cuénteme.

Benteley le mostró el fragmento de acero magnetizado y la pizca de polvo blanco:

—Leche de virgen —dijo lacónicamente.

—¿Y no lleva nada más? —preguntó Eleanor, señalando el despliegue de amuletos que le colgaban entre los pechos desnudos. Los ojos verdes bailaron, mirando a un lado y a otro—. No entiendo cómo la gente se las arregla con un solo amuleto. Quizá por eso usted no tiene suerte.

—Mi graduación es altamente positiva —replicó Benteley—. Y tengo dos amuletos más. Éste me lo han regalado.

—¿Ah, sí? —La chica se acercó y lo examinó detenidamente—. Parece el tipo de amuleto que regalaría una mujer. Caro, aunque un poco demasiado chillón.

—¿Es verdad que Verrick no utiliza amuletos? —preguntó Benteley.

—Exacto —confirmó Wakeman—. No los necesita. Cuando la botella lo consagró número Uno ya era de clase 6-3. ¡Si eso no es tener suerte! Ha superado todos los obstáculos hasta la cima, exactamente como en las cintas de educación pedagógica. La suerte le sale por los poros.

—He visto a mucha gente tocarlo con la esperanza de recibir un poco de esa suerte —dijo Eleanor muy orgullosa—. No me parece mal. Yo misma lo he tocado en varias ocasiones.

—¿Y de qué le ha servido? —preguntó Wakeman, señalando las sienes descoloridas de la chica.

—Yo no nací el mismo día ni en el mismo lugar que Reese —respondió Eleanor con sequedad.

—Pues yo no creo en la astrocosmología —dijo Wakeman—. Creo que la suerte se gana o se pierde. Llega a rachas. —Y volviéndose a Benteley continuó—: Verrick puede tener suerte ahora, pero eso no significa que la haya tenido antes. A ellos... —apuntó con un vago ademán hacia el piso de arriba—, a ellos les interesa mantener una apariencia de equilibrio. —Y agregó—: No crea que soy cristiano o algo semejante. Sé muy bien que todo es producto del azar. —El aliento de Wakeman olía a una mezcla de menta y cebolla—. Pero todo el mundo tiene su oportunidad, algún día. Y los grandes y los poderosos siempre terminan cayendo.

Eleanor le echó una rápida mirada de advertencia:

—Tenga cuidado.

Sin apartar la vista de Benteley, Wakeman dijo lentamente:

—Recuerde lo que le estoy diciendo. No está obligado a ser fiel. Aprovéchelo. No jure para Verrick. Se convertirá en uno de sus siervos permanentes. Quizá después lo lamentará.

Benteley estaba horrorizado.

—¿Significa que tendré que hacer un juramento personal ante Verrick? ¿No podría ser un voto de posición al Gran Presentador?

—Exacto —confirmó Eleanor.

¿Por qué?

—Las cosas no están muy claras en este momento. No puedo darle más detalles. Más tarde será nombrado conforme a las exigencias de la categoría de usted, eso queda garantizado.

Benteley apretó la cartera contra el cuerpo y dio un paso atrás. Su estrategia y sus planes habían fracasado. Nada de lo ocurrido se parecía a sus expectativas.

—Entonces, ¿me contratarán? —preguntó a punto de estallar—. ¿Me aceptan?

—Desde luego —dijo Wakeman con indiferencia—. Verrick no dejará pasar ningún 8-8. No tiene usted por qué fracasar.

Benteley se apartó desanimado. Algo no encajaba.

—Espere —dijo, confuso e indeciso—. Tengo que pensármelo. Denme tiempo para decidir.

—Tómese el tiempo que quiera —dijo Eleanor sin hacerle mucho caso.

—Gracias.

Benteley se retiró a un rincón para volver a estudiar la situación.

Eleanor deambuló por el cuarto con las manos en los bolsillos.

—¿Hay más noticias de ese individuo? —le preguntó a Wakeman.

—Hasta ahora sólo la advertencia inicial del circuito cerrado —respondió Wakeman—. Sabemos que se llama Leon Cartwright. Es miembro de no sé qué culto, una organización sectaria de chiflados. Me gustaría verle la cara.

—A mí no. —Eleanor se detuvo junto a la ventana y se quedó contemplando malhumorada las calles y las rampas—. Dentro de poco estarán gritando. Ya no puede tardar. —Se palpó las sienes con un gesto brusco—. ¡Dios mío, quizá cometí un error! Pero ya está, ya no puedo cambiar nada.

—Fue un error —admitió Wakeman—. Dentro de unos años comprenderá la importancia de ese error.

Un destello de miedo brilló en los ojos de la chica:

—Nunca dejaré a Verrick. ¡Me quedaré con él!

—¿Por qué?

—Estaré a salvo. Él me protegerá.

—Las Brigadas la protegerán.

—No quiero tener nada que ver con las Brigadas. —Los labios rojos se entreabrieron, descubriendo unos dientes blancos y regulares—. Mi familia, mi entrañable tío Peter, todos están en venta, lo mismo que las Colinas. —Señaló a Benteley—. Y él cree que aquí todo es diferente.

—No es una cuestión de dinero —replicó Wakeman—, sino de principios. Las Brigadas están por encima de los hombres.

—Las Brigadas son parte del mobiliario, como este escritorio. —Eleanor pasó unas uñas afiladas por la superficie de la mesa—. Todo puede comprarse: los muebles, el escritorio, las lámparas, los ípvics, las Brigadas... —Los ojos le brillaban de indignación—. Es un prestonita, ¿no?

—Así es.

—No me sorprende que quiera verlo cuanto antes. Yo también siento una curiosidad morbosa. Como si fuera uno de esos extraños animales de las colonias planetarias.

Benteley despertó de sus pensamientos.

—Bueno —dijo—. Estoy preparado.

—Perfecto. —Eleanor se acomodó detrás del escritorio, levantó una mano y se puso la otra sobre el pecho—. ¿Conoce el juramento? ¿Necesita ayuda?

Benteley se sabía de memoria el juramento de fidelidad, pero una duda le roía las entrañas, casi paralizándolo. Wakeman se miraba las uñas con aire de desaprobación y aburrimiento: un pequeño campo de radiación negativa. Eleanor Stevens lo observaba con avidez; toda una serie de emociones intensas y cambiantes le pasaba por la cara. Cada vez más convencido de que algo estaba mal, Benteley empezó a pronunciar el juramento de fidelidad ante el pequeño busto de plástico.

A mitad del juramento, las puertas de la oficina se abrieron y un grupo de hombres entró ruidosamente. El más alto era un hombre corpulento, pesado y ancho de hombros, con la cara gris curtida y una cabellera espesa y enmarañada de color acero. Reese Verrick, rodeado por sus colaboradores de fidelidad personal, se detuvo al ver la ceremonia junto al escritorio.

Wakeman alzó los ojos y se encontró con la mirada de Verrick. Esbozó una sonrisa y no dijo nada, pero era suficiente. Eleanor Stevens se quedó rígida como una piedra. Con las mejillas enrojecidas y el cuerpo tenso por la emoción, esperó a que Benteley terminara. Después se apresuró a sacar el busto de plástico del despacho y volvió al cabo de un momento con la mano tendida.

—Necesito su tarjeta-p, señor Benteley. Tenemos que quedárnosla.

Benteley se la entregó en silencio y la vio desaparecer una vez más.

—¿Quién es este individuo? —preguntó Verrick señalando a Benteley.

—Acaba de prestar juramento ahora mismo. Es un 8-8. —Eleanor recogió las cosas del escritorio y los amuletos oscilaron excitados entre sus pechos—. Voy a buscar mi abrigo.

—¿Un 8-8? ¿Bioquímico? —Verrick miró a Benteley con interés—. ¿Sirve para algo?

—Es muy bueno —dijo Wakeman—. Por lo que he podido sondear parece excelente.

Eleanor cerró el guardarropa de un portazo, se echó el abrigo por encima de los hombros desnudos y se llenó los bolsillos.

—Acaba de llegar de Oiseau-Lyre. —Se unió al grupo que rodeaba a Verrick—. Todavía no sabe nada.

La cara pesada de Verrick estaba marcada por el cansancio y la preocupación, pero una chispa de ironía le brilló en los ojos profundos, enclavados en unas duras órbitas sobre unos pómulos abultados.

—Las últimas migajas, por ahora. El resto será para Cartwright, el prestonita. —Se volvió hacia Benteley—. ¿Cómo se llama usted?

Benteley murmuró su nombre y Verrick le dio un apretón que le hizo crujir los huesos. Benteley alcanzó a preguntar:

—¿Adónde vamos? Yo creía que...

—A la Colina Farben.

Verrick y su grupo se dirigieron hacia la rampa de salida; todos menos Wakeman, que se quedó a esperar al nuevo Gran Presentador. Verrick le explicó a Eleanor Stevens:

—Operaremos desde allí. Desde hace un año Farben está comprometida conmigo, personalmente. Aún puedo exigirles lealtad, a pesar de todo.

—¿A pesar de qué? —preguntó Benteley, súbitamente horrorizado.

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