Los sometidos de la conquista argentina, bolivia, paraguay



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LOS SOMETIDOS DE LA CONQUISTA

ARGENTINA, BOLIVIA, PARAGUAY

RICARDO RODRÍGUEZ MOLAS

BIBLIOTECAS UNIVERSITARIAS

Centro Editor

de América Latina


Las relaciones sociales y económicas 8

Siglas de las fuentes manuscritas 9

I. La conquista de la tierra y de los hombres 10

II. La experiencia paraguaya y el mestizaje 22

III. Teoría y práctica de la servidumbre: la organización del dominio 35

IV. Teoría y práctica de la servidumbre: el control sobre la vida cotidiana 51

V. Los yacimientos mineros de Potosí 61

VI. El interior que organiza la ruta continental entre Potosí y Buenos Aires 70

Testimonios 82



Dirección: Amanda Toubes

Asesoramiento artístico: Osear Díaz

Diseño de tapa: Osear Díaz

Diagramación: Alberto Oneto, Silvia Battistessa, Diego Oviedo

Coordinación y producción: Natalio Lukawecki, Fermín E. Márquez.

Elisa Rando


© 1985 Centro Editor de América Latina

Junín 981, Buenos Aires

Hecho el depósito de ley Libro de edición argentina. Impreso

setiembre de 1985. pliegos interiores y películas compuse en

Impresiones Gráficas Tabaré, Erézcano 3158. Buenos Aires

impreso en Litodar. Viel 1444. Buenos Aires: encuadernado en

Encuademación Sur. Garay 1600. Buenos Aires.
ISBN. 950 25-1311 8

Un humilde homenaje

a Bartolomé de Las Casas,

la figura más grande de España

en el Nuevo Mundo.

Prólogo para ser leído

Es necesario aclarar, en primer lugar, que Los sometidos de la conquista no es sólo él título de este libro o la síntesis de su contenido. Es también, entre otras cosas, nuestra respuesta critica y documental a distintos puntos de vista desarrollados por ciertos autores al estudiar las relaciones entre los indígenas y los conquistadores y, de manera especial, el reflejo de una posición teórica aplicada al análisis de la realidad. Una actitud que de ninguna manera está sustentada en el denominado "ascetismo metodológico", que caracteriza a muchos historiadores temerosos de las valoraciones cualitativas y que muchas veces tiene por resultado la desecación de las fuentes de inspiración y de invención científicas, como observa Manheim.

En Los sometidos de la conquista no buscamos supuestas raíces que puedan servir para explicar el presente o dilucidar el "ser nacional", una entelequia similar al volk del nacional-socialismo alemán basado en un proletariado racial inserto en una nación en que pueblo y estado están estrechamente asociados. Debe quedar bien claro que no analizamos el pasado para perpetuar irracionalmente las actitudes y los estilos de vida de origen económico y religioso disueltos por la marcha del racionalismo. "Tradicionalismo —se ha definido— significa una tendencia a adherirse a normas vegetativas, a viejos modos de vida que muy bien podemos considerar ubicuos y universales. Ese tradicionalismo 'instintivo' —se agrega— puede considerarse como la reacción original a tendencias reformadoras deliberadas" (Manheim, 1963: 107). Muchas veces, como podemos observarlo en nuestro días, los" tradicionalistas 'no lo saben pero lo hacen'."

Tengamos en cuenta, por otra parte, que la actitud tradicionalista no necesariamente está siempre asociada a posiciones conservadoras. Por el contrario, podemos observarla bajo las más variadas formas en individuos que se autodefinen como progresistas y, paradójicamente, con sus actitudes se oponen a toda transformación dinámica de la sociedad, es decir histórica. En algunos casos proponen una endoculturación —un retorno al pasado— con los estilos de vida arcaicos y determinan así para los pobladores del país no integrados al siglo XX —a los heredados de la sociedad de conquista y la criolla— la imposición de "estilos de vida" estañados en el tiempo y propios de estructuras sociales arcaicas. La generalización de ese deseo —expuesto en instituciones académicas y racionalizado en libros y artículos— nos llevaría a reconocer el hecho de que a pesar del imperio de la lógica y de los adelantos de las ciencias sociales nuestra época está aún capacitada para la creación de mitos, y para que éstos sean aceptados por distintos sectores.

Pues bien, planteado de ese modo el problema, debemos advertir que tratamos de señalar en la primera parte de este libro de qué manera los procesos de aculturación inducida y limitada que favorecieron él sometimiento de los indígenas conforman las sociedades latinoamericanas actuales e imponen el desarrollo social y económico asimétrico de muchas áreas y la adhesión de los gobernados a la concepción del mundo propia de la clase gobernante: un mundo, en síntesis, dependiente del pasado. Este es un problema expuesto pocas veces.

Por otra parte, los testimonios dados a conocer en estas páginas reflejan una sociedad, la de los siglos XVI y XVII, donde no prevalecen ni la ética ni la estética. Una conformación que no es la única posibilidad que pudo entonces ofrecer España. ¿Es necesario exponer las causas de esta afirmación? De no haber existido otra posibilidad, obviamente, ninguna voz se hubiese alzado en el momento, como ocurrió, para condenar la condición del indio. Y no sólo parten de testigos ocasionales o de indianos. En 1627 el conde-duque de Olivares presentó en el Consejo de Estado un informe en el que, posiblemente en presencia de Felipe IV se preguntaba el motivo de la decadencia de España y atribuía ésta, entre otras causas, al "mal uso de la conversión de los indios y los pecados de los conquistadores, que sólo han atendido a su interés y preferido éste al servicio de Dios, atendiendo a la codicia del oro, plata y demás riquezas". Era parte de la verdad, una verdad que no menciona los intereses compartidos por la Corona, la Iglesia y sus súbditos, y expuesta por orden del poderoso favorito de Felipe IV. Es éste el reconocimiento oficial, nos guste o no, de la "leyenda negra", la afirmación de las denuncias que en el siglo XVI ya había expresado Bartolomé de Las Casas.

Y es también el pasado que se transfiere al futuro al imponerse las condiciones sociales y económicas propias del arcaísmo tradicional. Ahora bien, partiendo de la proposición expuesta por Hegel según la cual "el presente concreto es el resultado del pasado y está grávido de futuro", los problemas de América Latina nacen en un comienzo y se plantean desde el principio, con las diferencias de estructuras económicas y circunstancias históricas distintas que imponen sus características en las formas de vida y en las actitudes mentales de los grupos de poder. Los cambios, por cierto, que se producen, teniendo en cuenta las condiciones previamente dadas, son apenas perceptibles en el tiempo corto.

Poco después de consolidado el poder, transcurridos los días de la conquista y organizada la sociedad colonial, los dueños de la tierra suman otros medios de dominación a la fuerza de las armas y a las alianzas con grupos indígenas que los secundan, entre otras razones, por enemistades étnicas y el botín de guerra. Estos medios, ya mencionados antes, son más sutiles y tenderán a diferenciar a los indios y a los mestizos —la sociedad criolla— del resto de la población, conformando en el tiempo y el espacio la sociedad criolla folk propia de las dependencias históricas. Nos referimos a la aculturación del indígena limitada a unos pocos elementos de la civilización europea, solamente aquellos que contribuyen a integrarlos a los sistemas de trabajo organizados por los dueños de la tierra y al mantenimiento del orden establecido. De ninguna manera, ya que la lógica no impera en esta situación, comprendió la suma de la cultura occidental de ese momento. En el siglo XVI, es un hecho aceptado por el jesuita José de Acosta —entre otros—, que el "sentido misional" de la conquista en el Nuevo Mundo estuvo y está supeditado al interés económico, a las posibilidades de obtener riquezas. Es así, afirman entonces, que el cristianismo —el cristianismo elemental del espíritu de conquista— sólo se impone en las regiones donde existen yacimientos de metales preciosos y en los hinterlands que se asocian a éstos, sometidos los indios en todos los casos a métodos compulsivos de trabajo.

¿Cuál es el motivo que determina el sistema compulsivo impuesto? Vayamos por partes. Es necesario recordar en primer lugar que la realidad de América española, de manera especial la de sus áreas mineras, está estrechamente asociada a la expansión precapitaiista de los siglos XVI y XVII. Precisamente por esa razón incluimos en el capitulo que dedicamos a Potosí breves referencias a la producción y extracción de la plata. Potosí, es necesario señalarlo, es el centro ordenador de toda el área y así lo ven ya en los siglos XVI y XVII españoles y extranjeros. Una y otra vez se indica que sin Potosí no existiría el Perú y las ciudades que en dirección al sudeste asocian el Alto Perú y el Río de la Plata.

La segunda observación tiene que ver con el hecho de que nos encontramos frente a una sociedad dependiente de otras ultramarinas más avanzadas, una sociedad que organiza la mano de obra indígena imponiéndole sistemas compulsivos donde confluyen los prehispánicos del Imperio de los Incas y los españoles. "Las estructuras económico-sociales-coloniales —escribe en un trabajo el historiador peruano Miguel Glave— fueron resultado de una Intergeneración de los elementos que se habían o se estaban desarrollando en el espacio andino [prehispánico] y los que los invasores comenzaron a desarrollar en su nuevo orden, pero siempre sobre aquel determinante telón de fondo. Por eso, nos resulta insuficiente —agrega— la imagen de una estructura que golpeada desde afuera se 'desestructura' y se pierde, como es también insuficiente pretender que una nueva estructura fue 'traída' mágicamente en las intenciones e intereses de los invasores" (Glave, 1983: 9-75). Debemos hacer una aclaración: "todos los gobernantes del mundo son herederos de quienes gobernaron antes que ellos" sostiene Walter Benjamín en Illuminations'. Sobre el sincretismo de sometimiento que hemos aludido —adopción de métodos de trabajo ya existentes y de otros nuevos— se basan todas las conquistas de las cuales tenemos ya noticia.

Determinamos así uno de los aspectos del dominio —el que se extendió sobre Potosí y las regiones subsidiarias— analizado en estas páginas. De todas maneras conocemos otros que inciden más directamente en la condición de los sometidos y se manifiesta sin tantas sutilezas. "¿Sabe Oviedo —pregunta Bartolomé de Las Casas en el transcurso de la controversia con Ginés de Sepúlveda, en Valladolid— a cuántos indios, con la marca de hierro encendida sobre la frente aquellos redujeron a esclavitud, quedándose él con una parte de estos esclavos [...]; cuántos pueblos e indios entre sí tiránicamente se repartieron de manera que los indios ya no servían a uno, sino a muchos tiranos? ¿Se acuerda Oviedo cuán duros e inicuos trabajos hasta la exhalación del alma, aquellos impusieron a los indios, sin perdonar a los tiernos niños, a las mujeres y a los ancianos agotados por la edad, de manera que extrajesen el oro de las entrañas de la tierra? Oviedo —agrega— no ignora el desgraciadísmo resultado de tal impiedad". Nos encontramos, qué duda cabe, ante un dominio ejercido a través de la fuerza. Debemos tener en cuenta, por otra parte, que Fernández de Oviedo, entre otras cosas cronista y funcionario, es uno de los primeros españoles que con intenciones bien claras expone el argumento de la condición servil del indio americano, según él parte natural de su esencia, es decir heredable. Y también debemos tener en cuenta que organiza los envíos de esclavos naturales del Caribe en tiempos de la expedición de Pedrarias, un conquistador interesado en el tráfico. Recibe como pago cuarenta maravedíes por cada indio que despacha y un tomín de oro por el derecho a estampar una marca de hierro al rojo vivo sobre su frente, explicitándose así la propiedad que otro ejerce sobre ese ser humano. Se deduce de lo expuesto el tenor de sus opiniones. "El Nuevo Mundo —escribe el historiador contemporáneo español Fernández de Tudela— era para Pedrarias y los suyos, incluido Fernández de Oviedo, un campo que encuadra en la disciplina y el hierro del propio provecho" (Fernández de Oviedo, 1959; I: LII).

Nos encontramos con un mundo de actitudes y de intereses bien definidos que determinan el enfrentamiento entre Fernández de Oviedo y Bartolomé de Las Casas. Y también en la esclavitud y el tráfico de seres humanos de los primeros momentos, una práctica que en el Río de la Plata llevan a cabo, entre otros, Diego García, Sebastián Caboto y Pedro de Mendoza, enviándose los indios al Caribe y a Europa.

Es indudable que las mentalidades de los seres humanos son modeladas en gran parte por las fuerzas sociales y —así ocurre con algunos prejuicios— por las dependencias históricas, es decir por la estructura de la vida cotidiana y las distintas relaciones que se desarrollan entre los hombres, tanto las del pasado como las del presente. Por lo tanto, debemos tener en cuenta las actitudes aparentemente contradictorias entre sí de los grupos de poder.

El pasado y el presente asociados. Como señalamos, Fernando de Oviedo expone en la Historia general y natural de las Indias la visión que elaboran de la conquista sus beneficiarios más directos, aquellos que están interesados en el lucro y en la imposición de sistemas de trabajo compulsivos. Esa visión elitista y calculadora es la que lleva a Bartolomé de Las Casas, siempre agudo y racional en sus opiniones, a definirlo con las siguientes palabras: "semejante idiota, más bien preocupado por dibujar los árboles genealógicos de cierta gente". Sin duda, encontramos en las opiniones de Fernández de Oviedo y en la de sus epígonos la fuerza que ejerce sobre ellos el lucro económico y también la "racionalización" del poder y el influjo de éste sobre la vida cotidiana, la verdadera "esencia" del acaecer histórico. Una constante que observamos a través del tiempo bajo las más variadas formas y moldeada en cada momento por la sustancia social.

Con todo, no olvidemos que a esa actitud motivada por el interés se suma a veces la necesidad de evasión o el temor a analizar la realidad objetiva —el olvido culpable—, una posición que se pone de manifiesto tanto en los siglos XVI y XVII como en la actualidad. Hoy vemos cómo muchos antropólogos e historiadores disocian la realidad. Neonomina-listas los denominamos en otra oportunidad, pues disuelven los hechos objetivos sin unir luego los fragmentos. Son investigadores-artesanos de las ciencias sociales que, carentes de imaginación, acumulan y sistematizan la realidad del pasado o la del presente bajo las formas más sofisticadas y perfectas —las de las estadísticas, las variables o las encuestas—, pero sin desentrañar las bases de la estructura social y económica, dejándolas ocultas tras la masa de infinitos detalles que pasan a primer plano.

Es evidente que no siempre la verdad triunfa en una primera etapa. Pero permanece subyacente en el pasado para surgir luego con toda su fuerza y evidencia a pesar de la oposición o el silencio impuesto a los análisis que se apartan de la ortodoxia sacralizada o de las modas académicas. "Ni un solo valor conquistado por la humanidad se pierde de modo absoluto; ha habido, hay resurrección y la habrá siempre", según lo precisa con lucidez Agnés Heller en su sustancioso ensayo Historia y vida cotidiana. Y agrega, afirmando el valor de la historia, el del tiempo: "Yo llamaría a esto invencibilidad de la sustancia humana', la cual no puede sucumbir sino con la humanidad misma. Mientras haya humanidad, mientras haya historia, habrá también desarrollo axiológico".

¿Cómo se pone en evidencia esa realidad en el siglo XIX, en lo que atañe a la situación del indio? En primer lugar los sectores tradicionalistas, a diferencia de los reformistas progresistas, comienzan a elogiar las estructuras sociales del pasado, las más arcaicas, racionalizándolas. Se desea entonces interrumpir el desarrollo histórico dinámico de la Ilustración y se condena al olvido a quienes lo promovieron. Esa posición adquiere características especiales en la primera mitad de la siguiente centuria. Es posible que entonces haya sido Rómulo Carbia, por otra parte un investigador de mérito, el portavoz más conocido de esa actitud que será luego retomada en España por Julián Juderias y Ramón Menéndez y Pidal, este último en su libro Sobre Bartolomé de Las Casas. Posteriormente, en las últimas décadas, entre otros Juan Friede, Miguel León-Portilla, Alejandro Lipschutz, Pierre Duviols, Acosta Saignes, Marcel Bataillon, Pierre Chaunu, Mahn-Loth, directa o indirectamente señalan las falsedades en las que había incurrido Carbia y las razones que tenía para decir lo que dijo en el siglo XVI el autor de la Historia de las Indias. Sin duda, razones políticas, sociales y de prejuicios raciales habían impulsado a Rómulo Carbia y a sus epígonos a expresar esas teorías en momentos que dominan en Europa regímenes fascistas. Indudablemente, podría constituir un interesante motivo de análisis el estudio de la interrelación entre esas ideas y otras que califican como "versiones antojadizas" todo aquello que se aparta de una visión idílica y estática del pasado. En 1940, un caso entre tantos, el historiador Roberto Levillier, autor de importantes cuerpos documentales sobre la historia de la conquista, sostenía la necesidad de reprimir por la fuerza pública los análisis del pasado que se oponen a la ortodoxia establecida. Una actitud totalitaria que advertimos en posiciones políticas de signos aparentemente opuestos. Escribe entonces: "Acaso llegue el día en que los poderes públicos deban afrontar la represión de tan disolvente labor —alude a determinados análisis de la historia colonial que no menciona— y tendrían en respaldo de su acción, los mismísimos fundamentos en que se apoyan las leyes al penalizar las incitaciones anárquicas y demás delitos contra la paz interna y la unidad de la Nación" (Levillier, 1940: 100).

Detenemos, en este punto, por razones de espacio, las consideraciones acerca de los métodos y las intenciones que guiaron a muchos estudiosos interesados en determinar el carácter de las relaciones entre los indígenas y los españoles durante la conquista y los momentos posteriores a la misma; trasladémoslo, mejor, a otro aspecto de la cuestión al que no es posible dejar de aludir. Ha transcurrido más de un siglo y medio desde el año en que el padre Gregorio Funes da a conocer en Buenos Aires su historia colonial. Decía entonces: "Lo que hay de cierto, es que los indios sujetos al servicio personal, principalmente reducidos por las armas, se tenían en clase de domésticos, eran tratados como unos verdaderos esclavos a excepción de no poderse enajenar. Mal comidos y peor vestidos se les hacía trabajar sin salario alguno, y la falta más ligera los hacía dignos de un severo castigo". Un hecho posterior define a Gregorio Funes. Al enterarse de que el abate Grégoire, un religioso francés de ideas radicalizadas, defensor de la libertad de los esclavos y estudioso de la literatura africana, rectifica desde Europa su afirmación de que Las Casas fomentó el ingreso de esclavos a las Antillas —idea expuesta años más tarde con otros fines por el historiador Fernández de Navarrete— no sólo acepta la corrección, es más, da a conocer en Buenos Aires en un cuidadoso impreso la correspondencia intercambiada entre ambos y las pruebas documentales aportadas por el francés.

Son éstas, sin ninguna duda, actitudes racionales. Aproximadamente cincuenta años después de la edición del libro de Funes, en la segunda mitad del siglo XIX, Bartolomé Mitre da a conocer la versión definitiva de su Historia de Belgrano y de la independencia argentina y define en una de las primeras páginas la situación del indio bajo el dominio español: "Ese consumo de hombres que sucumbían a millares condenados al trabajo mortífero de las minas, sometidos a un régimen inhumano (...) explotándolos bajo un sistema de servidumbre feudal". Obviamente Gregorio Funes y especialmente Bartolomé Mitre ("comprender el modo de transición de un sistema a otro [...] la ley fatal de su organismo todo" escribe casi con un sentido dialéctico y materialista de la historia) tienen en cuenta las relaciones de dependencia y los procesos económicos. Descontando algunos casos aislados —el de Juan Alvarez que avanza más allá de las proposiciones del Mitre de la Historia de Belgrano— esta tendencia, en lo que atañe a los historiadores liberales, se interrumpe bruscamente Es Que el liberalismo reformado y progresista del siglo XIX es desplazado por el tradicionalismo. En 1952 el padre Guillermo Furlong expone la siguiente opinión acerca del indio y sus condiciones de vida, por cierto que no muy distantes de la que pudieron expresar Ginés de Sepúlveda, Fernández de Oviedo, Matienzo o un propietario de minas en Potosí: "Quienes han convivido con los indígenas, aun con los ahora existentes y sobre quienes han corrido cuatro centurias de civilización, reconocen que el sentido de la responsabilidad es en ellos tan escaso y tan vago, que opinan que son incapaces de responder a sus actos. Una atrofia mental o una mentalidad tan embrionaria es la de los indígenas, a quienes hemos conocido y tratado así en Jujuy y en San Martín de los Andes, como en Sucre y Potosí, que encontramos muy justificado el pensar de los antiguos" (Furlong, 1952: 54).

Los sometidos de la conquista, como señaláramos, reúne testimonios de los siglos XVI y XVII sobre la condición del indio en una amplia región del Nuevo Mundo ubicada entre Potosí y el Río de la Plata, incluido el Paraguay. Abarca cronológicamente desde los primeros contactos, en la segunda década del quinientos, hasta 1640 aproximadamente, cuando nos encontramos ya en muchas áreas con una sociedad estabiIizada. Los documentos que damos a conocer aquí, una selección entre muchos otros, contienen las acusaciones más severas en relación al trato aplicado a los naturales, sin mencionar en este caso a Bartolomé de Las Casas, y provienen de testigos españoles que observan la conquista y los sistemas de trabajo posteriores. Podemos sostener, sin ninguna duda, que la denominada "leyenda negra" que habitual-mente se atribuye a los holandeses y a su literatura de los siglos XVI y XVII, se plantea previamente en el Nuevo Mundo y en España.

Dando fin a estas páginas preliminares, que se han extendido más allá de lo debido, señalemos que los presentes testimonios y el análisis que los precede forman parte de un amplio proyecto de estudio sobre las características de la expansión precapitalista en el Atlántico Sur y los distintos sistemas de asentamientos humanos que se organizan, la ocupación del espacio, la economía y la sociedad. Debemos dejar constancia de que fue posible dar término a este primer avance gracias a una beca, en curso de ejecución, otorgada por el Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas.



Ricardo Rodríguez Molas.

Buenos Aires, verano de 1984-1985



Estudio preliminar
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