Los robots del amanecer isaac Asimov



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LOS ROBOTS DEL AMANECER

Isaac Asimov

Dedicado a Marvin Minsky y Josep F. Engelberger, que compendiaron (respectivamente) la teoría y la práctica de la robótica.

Titulo original: THE ROBOTS OF DAWN

Traducción: María Teresa Segur y Hernán Sóbate.

1. BALEY
1

Elijah Baley se encontró a la sombra del árbol y murmuró para sí: «Lo sabía. Estoy sudando.»

Hizo un alto, se enderezó, se enjugó la frente con el dor­so de la mano, y luego miró hoscamente el sudor que la cubría.

—Odio sudar —dijo en voz alta, como si enunciara una ley cósmica. Y una vez más se sintió irritado con el Universo por hacer que algo esencial fuese tan desagradable.

En la Ciudad nadie transpiraba jamás (a menos que lo deseara, por supuesto), ya que la temperatura y la humedad estaban totalmente controladas, y nunca era necesario que el cuerpo produjese más calor del que eliminaba.

Eso era la civilización.

Miró hacia el campo, donde unos cuantos hombres y mu­jeres estaban, más o menos, a su cargo. En su mayoría eran jóvenes, pero también había algunas personas de mediana edad, como él mismo. Araban la tierra con manifiesta torpe­za, y desempeñaban toda una serie de labores que los robots estaban preparados para hacer... y harían con mucha más eficiencia si no les hubiesen ordenado que permanecieran al margen y esperasen mientras los seres humanos se ejercitaban obstinadamente.

Algunas nubes surcaban el cielo y en aquel momento el sol se ocultó tras una de ellas. Baley alzó la mirada con incertidumbre. Por una parte, eso significaba que el calor directo del sol (y el sudor) disminuirían. Por otra, ¿sería una señal de que iba a llover?

Eso era lo malo del Exterior. Había que enfrentarse con­tínuamente a alternativas desagradables.

Baley siempre se extrañaba de que una nube relativamente pequeña pudiese cubrir el sol en su totalidad, oscureciendo la Tierra de un horizonte a otro, aunque la mayor parte del cielo estuviese despejado.

Permaneció bajo el frondoso dosel del árbol (una especie de pared y techo primitivos que en aquellas circunstancias resultaban muy consoladores), y miró de nuevo hacia el gru­po, examinándolo. Iban allí una vez por semana, hiciese el tiempo que hiciera.

Habían iniciado el experimento con un puñado de intrépi­dos colaboradores, pero su número se acrecentaba día a día. El gobierno de la Ciudad, si bien no respaldaba abiertamente el proyecto, se mostraba lo bastante benévolo como para no poner obstáculos.

Recortándose sobre el horizonte que se extendía a su de­recha —hacia el este, a juzgar por la posición del sol vesper­tino—, Baley vio las numerosas cúpulas de la Ciudad, que encerraban todo aquello por lo que valía la pena vivir. Tam­bién divisó un punto que se movía, pero estaba demasiado lejos para distinguirlo con claridad.

Por su modo de moverse, y por detalles demasiado sutiles como para describirlos, Baley tuvo la certeza de que era un robot, pero eso no le sorprendió. La superficie terrestre fue­ra de las Ciudades constituía el dominio de los robots, no de los seres humanos... a excepción de aquellos pocos, como él mismo, que soñaban con las estrellas.

Automáticamente sus ojos se volvieron de nuevo hacia los idealistas bañados en sudor, y fueron de uno a otro. Podía identificar y designar por su nombre a cada uno de ellos. Todos trabajando, todos aprendiendo a soportar el Exterior, y...

Frunció el ceño y masculló en voz baja:

—¿Dónde se habrá metido Bentley? Y otra voz, que sonó a sus espaldas con una exuberancia algo jadeante, dijo:

—Estoy aquí, papá. Baley giró en redondo.

—No hagas eso, Ben.

—¿Que no haga qué?

—Acercarte a mí de ese modo. Ya me cuesta bastante mantener el equilibrio en el Exterior sin tener que preocupar­me también por las sorpresas.

—No pretendía soprenderte. Es difícil hacer ruido cuando andas sobre la hierba, y no he podido evitarlo... Pero, ¿no te parece que deberías regresar, papá? Ya hace dos horas que estás afuera y es más que suficiente.

—¿Por qué? ¿Porque tengo cuarenta y cinco años y tú eres un mocoso de diecinueve? Crees que debes cuidar de tu decrépito padre, ¿verdad?

Ben contestó:

—Supongo que así es. Eres un gran detective; has hecho una excelente labor de deducción.

Sonrió ampliamente. Tenía la cara redonda y los ojos chis­peantes. Se parecía mucho a Jessie, pensó Baley; sí, se pare­cía mucho a su madre. No tenía nada de la cara alargada y solemne del propio Baley.

Y no obstante, Ben había heredado el carácter de su pa­dre. A veces se sumía en una solemne gravedad que no deja­ba lugar a dudas sobre la legitimidad de su origen.

—Estoy perfectamente —declaró Baley.

—Te creo, papá. Eres el mejor de todos nosotros, considerando...

—Considerando, ¿qué?

—Tu edad, por supuesto. Y no olvido que fuiste tú quien iniciaste todo esto. Sin embargo, he visto que te refugiabas bajo el árbol y he pensado, «Bueno, quizá el viejo ya haya tenido bastante».

—No me llames viejo —protestó Baley. El robot que ha­bía avistado en la dirección de la Ciudad ya estaba lo bastan­te cerca como para distinguirse con claridad, pero no le con­cedió importancia. Añadió—: Es lógico resguardarse de vez en cuando bajo un árbol si el sol brilla demasiado. Debemos aprender a utilizar las ventajas del Exterior tal como apren­demos a soportar sus inconvenientes... Ya vuelve a salir el sol.

—Si, en efecto. Bueno, ¿significa eso que no quieres regresar?

—Puedo aguantarlo. Tengo una tarde libre a la semana y me gusta pasarla aquí. Es un privilegio inherente a mi clasi­ficación C-7.

—No es cuestión de privilegios, papá. Es cuestión de can­sarse demasiado.

—Te digo que me encuentro muy bien.

—Sí, claro, y cuando llegues a casa, te irás directamente a la cama y permanecerás largo rato en la oscuridad.

—Es un antídoto natural contra el exceso de luz.

—Y mamá se preocupa.

—Pues bien, que se preocupe. No le hará ningún daño. Además, ¿qué hay de malo en estar aquí? Lo peor es que sudo, pero tengo que habituarme a ello. No debo amilanar­me por eso. Cuando empecé, ni siquiera podía andar todo este trecho desde la Ciudad, y tú eras el único que me acom­pañaba. Mira cuántos somos ahora, y hasta dónde puedo llegar sin fatigarme. Y también puedo trabajar mucho. Aún resistiré una hora más. Fácilmente... Te digo una cosa, Ben: tu madre también debería venir aquí.

—¿Quién? ¿Mamá? Tú bromeas.

—No, hablo en serio. Cuando llegue el momento de mar­charnos, tendré que quedarme, porque ella no podrá irse.

—Y tú, tampoco. No te engañes a ti mismo, papá. Aún falta mucho tiempo para eso, y aunque ahora no eres dema­siado viejo, entonces lo serás. Deja esa empresa para los jóvenes.

—¿Sabes una cosa? —dijo Baley, cerrando el puño—. Es­toy harto de oírte alardear sobre «la juventud». ¿Acaso has salido de la Tierra alguna vez? ¿Ha salido de la Tierra alguno de ésos que están en el campo? Yo sí. Hace dos años. Fue antes de que iniciara esta aclimatación, y sobreviví.

—Lo sé, papá, pero fue durante muy poco tiempo y en cumplimiento de tu deber, y cuidaron de ti en una sociedad bien organizada. No es lo mismo.

—Es lo mismo —remachó Baley con obstinación, aunque en el fondo sabía que no lo era—. Y no tardaremos tanto en poder marcharnos. Si lograra que me dieran la autorización para ir a Aurora, aceleraríamos las cosas.

—Olvídalo. No será tan fácil.

—Hemos de intentarlo. El gobierno no nos dejará mar­char sin el visto bueno de Aurora. Es el mundo espacial más grande y poderoso y lo que ellos dicen...

—¡Es ley! Lo sé. Hemos hablado miles de veces sobre esto. Pero no tienes que ir allí para obtener el permiso. Hay cosas como los hiperrelés. Puedes hablar con ellos desde aquí. Ya te lo he dicho muchas veces.

—No es lo mismo. Necesitamos establecer contacto perso­nal, y eso también te lo he repetido muchas veces.

—En todo caso —repuso Ben—, aún no estamos preparados.

—No lo estamos porque la Tierra no quiere darnos las naves. Los espaciales nos las darán, junto con la ayuda téc­nica necesaria.

—¡Cuánta fe! ¿Por qué crees que los espaciales harían tal cosa? ¿Desde cuándo abrigan tan buenos sentimientos hacia unos seres de tan corta vida como los terrícolas?

—Si pudiera hablar con ellos... —Ben se echó a reír.

—Vamos, papá. Tú sólo quieres ir a Aurora para ver de nuevo a esa mujer.

Baley frunció el ceño, y sus cejas se arquearon sobre los ojos hundidos.

—¿Una mujer? Jehoshaphat, Ben, ¿de qué estás ha­blando?

—¡Oh, papá! Entre nosotros, y sin que se entere mamá, ¿qué sucedió con aquella mujer de Solaria? Ya soy mayor. Puedes contármelo.

—¿Qué mujer de Solaria?

—¿Cómo puedes mirarme a la cara y hacerte el despista­do hablando de una mujer a la que todos vimos en el drama emitido por hiperondas? Gladia Delmarre. ¡Esa mujer!

—No sucedió nada. Esa emisión fue una estupidez. Te lo he dicho miles de veces. Yo no le interesaba. Ella no me interesaba. Todo aquello fue una patraña, y sabes que se hizo en contra de mi voluntad, sólo porque el gobierno pen­só que contribuiría a que los espaciales nos miraran con bue­nos ojos. Y te aconsejo que no insinúes otra cosa a tu madre.

—¡Ni soñarlo! De todos modos, esa Gladia fue a Aurora, y tú te empeñas en ir a Aurora.

—¿Piensas sinceramente que mi razón para querer ir a Aurora...? ¡Oh, Jehoshaphat! —Su hijo enarcó las cejas.

—¿Qué ocurre?

—El robot. Es R. Gerónimo.

—¿Quién?


—Uno de los robots mensajeros de nuestro departamento. ¡Y ha venido hasta aquí! Es mi tarde libre y he dejado deli­beradamente el receptor en casa porque no quería que me localizaran. Es mi privilegio como C-7 y, a pesar de ello, han enviado un robot en mi busca.

—¿Cómo sabes que viene en tu busca, papá?

—Simple deducción. Primero, aquí no hay nadie más que esté relacionado con el Departamento de Policía, y segundo, ese miserable chisme se dirige en linea recta hacia mí. Por eso deduzco que viene a buscarme. Debería esconderme de­trás del árbol y no moverme de allí.

—No es una pared, papá. El robot daría la vuelta al árbol. Y el robot llamó:

—Amo Baley, tengo un mensaje para ti. Te reclaman en la jefatura.

El robot se detuvo, esperó, y volvió a decir:

—Amo Baley, tengo un mensaje para ti. Te reclaman en la jefatura.

—Oído y comprendido —dijo Baley con voz inexpresiva. Tenía que decirlo o el robot habría seguido repitiendo.

Baley frunció ligeramente el ceño mientras inspeccionaba al robot. Era un modelo nuevo, un poco más humaniforme que los anteriores. Había sido desembalado y activado un mes antes, y con cierto grado de fanfarria. El gobierno siem­pre se esforzaba en hacer algo —lo que fuera— susceptible de generar una mayor aceptación de los robots.

Tenía una superficie grisácea con un acabado mate y un tacto levemente elástico (comparable al cuero, tal vez). La expresión facial, aunque bastante inmutable, no parecía tan idiota como la de la mayor parte de los robots. Sin embargo, mentalmente, era tan idiota como el resto.

Por un momento, Baley pensó en R. Daneel Olivaw, el robot espacial que había colaborado con él en dos misiones, una en la Tierra y otra en Solaria. Daneel era un robot tan humano que Baley podía tratarle como a un amigo e incluso encontrarlo a faltar, aún ahora. Si todos los robots hubieran sido así...

Baley dijo:

—Hoy es mi dia libre, muchacho. No es necesario que vaya a la jefatura.

R. Gerónimo hizo una pausa. En sus manos se produjo una ligera vibración. Baley lo advirtió y comprendió que in­dicaba un cierto grado de conflicto en los mecanismos positrónicos del robot. Tenían que obedecer a los seres humanos, pero era muy frecuente que dos seres humanos quisieran dos tipos distintos de obediencia.

El robot tomó una decisión. Dijo:

—Es tu dia libre, amo... Te reclaman en la jefatura.

Ben intervino con desasosiego:

—Si te necesitan, papá...

Baley se encogió de hombros.

—No te dejes engañar, Ben. Si realmente me necesitaran, habrían enviado un vehículo cerrado y probablemente habrían utilizado un voluntario humano, en vez de ordenar a un ro­bot que hiciera esa caminata y me irritara con uno de sus mensajes.

Ben meneó la cabeza.

—No lo creo, papá. No sabían dónde estabas o cuánto tardarían en encontrarte. No creo que quisieran ordenar una búsqueda tan problemática a un ser humano.

—¿Sí? Bueno, veamos cuan tajante es esa orden... R. Ge­rónimo, regresa a la jefatura y diles que estaré en mi trabajo a las nueve. —Luego gritó—: ¡Regresa! ¡Es una orden!

El robot titubeó perceptiblemente, y luego se volvió, dio unos pasos, se volvió de nuevo, hizo un intento de ir hacia Baley y permaneció en el mismo lugar, con todo el cuerpo vibrando.

Baley interpretó esos signos como lo que eran y dijo a Ben:

—Tendré que ir. ¡Jehoshaphat!

Lo que alteraba al robot era lo que los roboticistas llama­ban un equipotencial de contradicción de segundo grado. La obediencia constituía la Segunda Ley, y R. Gerónimo se veía enfrentado a dos órdenes aproximadamente iguales y contradictorias. El término vulgar para designar ese fenómeno era «bloqueo robótico», o con más fecuencia «robloqueo», para abreviar.

Lentamente, el robot se volvió. La primera orden era la más fuerte, aunque no mucho más, de modo que su voz so­nó confusa.

—Amo, me advirtieron que podías decir eso. Entonces, yo debía decir... —Hizo una pausa, y luego añadió en tono ronco—: Yo debía decir... si estabas solo.

Baley inclinó la cabeza en dirección a su hijo, y Ben no esperó. Sabía cuándo Baley era su padre y cuándo era un policía, y se alejó apresuradamente.

Por un momento, Baley se sintió tentado de reforzar su propia orden y provocar un robloqueo casi total, pero eso seguramente causaría unos daños que requerirían un análisis positrónico y una nueva programación. Los gastos le serían deducidos del sueldo, y podían ascender fácilmente a la paga de un año.

Dijo:


—Retiro mi orden. ¿Qué debías decirme?

La voz de R. Gerónimo se aclaró inmediatamente.

—Debía decirte que te necesitan en relación con Aurora. Baley se volvió hacia Ben y gritó:

—Dales otra media hora y luego diles que quiero que re­gresen. Yo tengo que irme.

Y mientras se alejaba a grandes pasos, preguntó con petu­lancia al robot:

—¿Por qué no podían ordenarte que lo dijeras inmediata­mente? ¿Y por qué no pueden programarte para llevar un coche y así no tener que caminar?

Sabía muy bien por qué no lo hacían. Un accidente auto­movilístico causado por un robot desataría otro motín antirrobots.

No aflojó el paso. Aún faltaban dos kilómetros para lle­gar a la muralla de la ciudad y luego tendrían que sortear un intenso tráfico para alcanzar la jefatura de policía.

¿Aurora? ¿Qué clase de crisis les amenazaría ahora?
2

Media hora después Baley llegó a la entrada de la Ciudad y se preparó para lo inevitable. Aunque quizá —quizá— aque­lla vez no sucediera.

Llegó al plano divisor entre el Exterior y la Ciudad, la muralla que separaba el caos de la civilización. Colocó una mano sobre el cuadro de señales y apareció una abertura. Como de costumbre, no esperó a que la abertura fuese com­pleta, sino que pasó a través de ella en cuanto fue lo bastan­te ancha. R. Gerónimo le siguió.

El centinela de servicio pareció sobresaltarse, como siem­pre que entraba alguien del Exterior. Cada vez se producía la misma expresión de incredulidad, la misma actitud de súbita alarma, el mismo movimiento de la mano hacia la pistola, el mismo ceño de incertidumbre.

Baley presentó su tarjeta de identidad con expresión seve­ra, y el centinela le saludó. La puerta se cerró tras él... y sucedió.

Baley se hallaba dentro de la Ciudad. La muralla se cerró a su alrededor y la Ciudad se convirtió en el Universo. Vol­vía a estar inmerso en el sempiterno murmullo y olor a gente y maquinaria que pronto se desvanecerían tras los umbrales de la conciencia; en la luz artificial, suave e indirecta, que no tenía nada que ver con el fulgor parcial y variable del Exte­rior, con sus verdes y marrones, azules y blancos, y sus in­terrupciones rojas y amarillas. Aquí no había ráfagas de vien­to, ni calor, ni frio, ni amenaza de lluvia, sino la serena esta­bilidad de inapreciables corrientes de aire que mantenían un frescor constante. Aquí reinaba una combinación de tempe­ratura y humedad tan perfectamente adaptada a los humanos que resultaba imperceptible.

Baley exhaló un profundo suspiro y se alegró de hallarse en casa y a salvo con lo conocido y conocible.

Era lo que siempre sucedía. Nuevamente, había aceptado la Ciudad como el claustro materno y había regresado a ella con regocijado alivio. Sabía que ese claustro materno era al­go de lo que la humanidad debía salir para nacer. ¿Por qué siempre volvía a refugiarse en él de aquel modo?

¿Sería siempre así? ¿Resultaría, al final, que aunque pu­diera sacar a otros de la Ciudad y de la Tierra y llevarlos a las estrellas, él mismo no sería capaz de ir? ¿Acaso nunca se sentiría a gusto más que en la Ciudad?

Apretó los dientes... pero no tenía objeto pensar en ello.

Dijo al robot:

—¿Te han traído en coche hasta este lugar, muchacho?

—Sí, amo.

—¿Dónde está?

—No lo sé, amo.

Baley se volvió hacia el centinela.

—Oficial, este robot ha sido depositado aquí hace menos de dos horas. ¿Dónde está el coche que le ha traído?

—Señor, he entrado de guardia hace menos de una hora.

En realidad, era absurdo preguntarlo. Los del coche no sabían cuánto rato tardaría el robot en encontrarle, de modo que no habían esperado. Baley tuvo el breve impulso de lla­mar a la jefatura, pero le dirían que tomara el expreso; sería más rápido.

El único motivo que le hizo titubear fue la presencia de R. Gerónimo. No quería viajar con él en el expreso, pero tampoco podía esperar que el robot se abriera paso hasta la jefatura a través de una multitud hostil.

No tenía alternativa. Indudablemente el comisario no es­taba dispuesto a facilitarle las cosas. Le habría molestado no tenerle a mano, fuera su tarde libre o no.

Baley dijo:

—Por aquí, muchacho.

La Ciudad ocupaba más de cinco mil kilómetros cuadra­dos y contenía más de cuatrocientos kilómetros de expreso, más centenares de kilómetros de tributario, para servicio de sus veinte millones de habitantes. La intrincada red de comu­nicaciones se distribuía en ocho niveles distintos y había cien­tos de cruces con diversos grados de complejidad.

Como detective, Baley tenía la obligación de conocerlos todos, y así era. Si le hubieran llevado a cualquier lugar de la Ciudad con los ojos vendados, y allí le hubieran quitado la venda, habría sabido encontrar el camino a cualquier otro punto sin la menor vacilación.

Así pues, era indudable que sabía cómo ir a la jefatura. Había ocho itinerarios razonables entre los que escoger, pero titubeó un momento acerca de cuál estada menos concurrido a aquella hora.

Sólo un momento. Luego se decidió, y dijo:

—Ven conmigo, muchacho. —El robot le siguió dócil­mente.

Saltaron a un ramal que pasaba cerca de allí, y Baley se agarró a uno de los postes verticales: era blanco y cálido, y tenía una textura antideslizante. No se molestó en sentarse; el trayecto no sería largo. El robot había esperado el rápido gesto de Baley antes de colocar la mano sobre el mismo pos­te. También habría podido permanecer en pie sin agarrarse; no le habría resultado difícil mantener el equilibrio; pero Ba­ley no quería correr ningún riesgo. Era responsable del robot y tendría que restituir la pérdida económica a la Ciudad si a R. Gerónimo le ocurriese algo.

En el ramal viajaban algunas personas más y todos los ojos se volvieron curiosamente —e inevitablemente— hacia el robot. Baley devolvió esas miradas una por una. Tenía un aire de autoridad que infundía respeto y todos los ojos se desviaron hacia otro lado.

Baley hizo otra seña al saltar del ramal. Ya había llegado a las pistas y avanzaba a la misma velocidad que la pista más cercana, de modo que no hubo de reducir la marcha. Baley saltó a esa pista más cercana y notó el azote del aire cuando se encontró fuera de la envoltura plástica.

Se inclinó contra el viento con la naturalidad de la prácti­ca, levantando un brazo para contrarrestar la fuerza a la altu­ra de los ojos. Siguió las pistas hacia abajo hasta el cruce con el expreso y luego empezó a subir en dirección a la pista rápida que bordeaba el expreso.

Oyó que un adolescente gritaba «¡Robot!» (él también ha­bía sido joven) y supo con exactitud lo que iba a suceder. Un grupo de ellos —dos o tres o media docena— se acercaría por una pista y, casualmente, el robot tropezaría y caería al suelo. Luego, si el caso llegaba a los tribunales, el muchacho detenido declararía que el robot había chocado con él y cons­tituía una amenaza para la circulación, e indudablemente se­ría puesto en libertad.

El robot no podía defenderse y, mucho menos, testificar.

Baley reaccionó sin perder un segundo y se colocó entre el primero de los adolescentes y el robot. Pasó a una pista más rápida, levantó el brazo un poco más, como para defenderse de la mayor intensidad del viento, y un súbito codazo envió al muchacho a una pista más lenta para la que no estaba preparado. Gritó frenéticamente «¡Eh!» mientras se caía de bruces. Los otros se detuvieron, evaluaron rápidamente la situación, y cambiaron de rumbo.

Baley dijo:

—Al expreso, muchacho.

El robot titubeó unos instantes. Los robots no estaban autorizados a viajar solos en el expreso. Sin embargo, la or­den de Baley había sido terminante, y subió a bordo. Baley le siguió, y eso alivió al robot.

Baley se abrió paso a codazos entre la multitud de viaje­ros, empujando a R. Gerónimo para que fuera delante de él, para dirigirse hacia un nivel menos concurrido. Se agarró a un poste y mantuvo un pie sobre los del robot, volviendo a desviar todas las miradas con el fulgor de sus ojos.

Tras recorrer quince kilómetros y medio se encontró en el punto más próximo a la jefatura de policía y se apeó. R. Gerónimo se apeó tras él. Estaba intacto, sin un solo rasgu­ño. Baley lo entregó en la puerta y aceptó un recibo. Verifi­có cuidadosamente la fecha, la hora, y el número de serie del robot, y luego se lo guardó en la cartera. Antes de que fina­lizara el día, haría las comprobaciones de rigor y se asegura­ría de que la operación hubiera sido registrada en la computadora.

En aquel momento iba a ver al comisario, y conocía al comisario. Cualquier desliz por parte de Baley significaría una degradación inmediata. El comisario era un hombre im­placable. Consideraba los pasados triunfos de Baley como una ofensa personal.
3

El comisario era Wilson Roth. Hacía dos años y medio que ocupaba el cargo, desde que Julius Enderby lo dejó va­cante cuando el furor desatado por el asesinato de un espa­cial hubo cedido y pudo presentar la dimisión honorable­mente.

Baley nunca se había adaptado por completo al cambio. Julius, con todos sus defectos, había sido su amigo al mismo tiempo que su superior. Roth sólo era su superior. Ni siquie­ra había nacido en la Ciudad. No en aquella Ciudad. Lo habían traído de fuera.

Roth no era demasiado alto ni demasiado gordo. Sin em­bargo, su cabeza era grande y parecía asentarse sobre un cue­llo ligeramente inclinado hacia delante en relación al torso. Eso le hacía parecer lento y pesado, tanto de cuerpo como de mente. Incluso tenía unos párpados caídos que ocultaban parcialmente sus ojos.

Daba la impresión de estar siempre amodorrado, pero ja­más le pasaba nada por alto. Baley no tardó en descubrirlo cuando Roth se hizo cargo del departamento. Era consciente de que Roth no le gustaba. Aún era más consciente de que él no gustaba a Roth.

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