Los personajes de la vejez



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Los personajes de la vejez

Este trabajo responde a un proyecto de investigación sobre la representación de la vejez y la muerte en la literatura argentina

¿Por qué estudiar la vejez? Hay ciertos motivos que justifican el empeño.

Franco Rella en un estudio sobre la representación de los cuerpos afirma que

la vejez es el límite extremo de la condición humana. Es la condición humana en su estado más auténtico. Es un punto en que la vida se desnuda y descubre el otro lado, el lado de la muerte Y la muerte no está en el horizonte de una lógica del poder. Que es la lógica dominante en la sociedad actual. Por eso los viejos hoy son “in-deseables”. (Barthes )

El viejo está tan cargado de vida que en él sólo queda la vida misma. Y esa vida misma no tiene derecho a asilo en un mundo que se mueve en torno al poder. El viejo no puede nada; no puede con su cuerpo, con su sexo, con sus fluidos ni con sus detritus. El viejo no puede ni tiene nada.

Muriel Spark, en su novela Memento Mori escribe: “Tener más de 60 años es como estar en una guerra. Todos nuestros amigos están desapareciendo o ya murieron, y nosotros sobrevivimos entre los muertos y los moribundos, como si estuviéramos en un campo de batalla”

Y en otro momento de la novela encontramos “¡Qué irritante es comenzar a envejecer ¡ ¡Cuánto mejor es ser viejo!”

Envejecer es irritante, pero transitar esa edad en que todavía no se es viejo pero tampoco joven tiene cierta fascinación. Es una edad de cambios, de resignación, pero también hay algo que se dirime entre la serenidad y el misterio que hace a los viejos, o a los que envejecen, parapetarse y resistir.

Hay un diálogo entre dos personajes de una obra de teatro de Aida Bortnik – Primaveras- que refiere a este estado de transición .

Una pareja, la mujer, Natalia, dice a su marido: “.....Estamos en una edad rara, Bernardo: todavía no somos viejos, pero ya no somos jóvenes....Es un tiempo ....peligroso ....Como si se encendieran más luces....y uno pudiera ver más, mucho más...pero desconfiara de lo que ve...Me parece que puede ser maravilloso ...Pero también me da mucho miedo...”
La idea central de proyecto, entonces, es recorrer los personajes de la literatura argentina, ir buscando a sus viejos, que en contra de lo que suponía están. Hay, muchos personajes viejos, pero no se les ha prestado atención.

He trabajado últimamente con algunos de los personajes de Di Benedetto de sus Cuentos claros (1969, Grot 1957) y también con el personaje de El silenciero.

Para este encuentro elegí presentar la parte que atiende el personaje del cuento “No” de Cuentos claros, que no es viejo, pero por circunstancias que veremos actúa como tal.

Voy a entrar muy lateralmente al cuento “No”y esta entrada lateral responde a un efecto de la lectura, o por lo menos a un efecto que surgió de una de mis relecturas del cuento.

En un ensayo que se propone la reflexión en torno al cuerpo o a los cuerpos representados en la pintura y en la literatura, Franco Rella afirma que el cuadro de Tintoretto - Susana y los viejos de 1557-, representa una situación inestable que sugiere otra situación, una escena que el cuadro no representa pero que inevitablemente sucederá. Y esa fugacidad que se desprende de la escena representada es la que produce la extrañeza que emana del cuadro. Recordamos, Susana está frente a un espejo, su cuerpo desnudo fiel a la representación renacentista, es un cuerpo cerrado que disimula su incompletitud. Hay en el cuadro dos ancianos, uno en un primer plano, detrás de un seto, está tirado en el suelo, y otro, alejado de la escena central, la del baño de Susana, está semioculto detrás de un árbol y mira hacia el suelo.

Por la ubicación de las tres figuras y por la dirección de la mirada de cada uno, los ancianos no ven a Susana desnuda, tampoco se ven entre sí. Susana no ve a ninguno de los dos viejos, ni mira su propio rostro, ni su sexo que por la posición del espejo deben reflejarse en él. Las miradas de las tres figuras no se cruzan en ese instante, se ignoran. Pero bastaría un mínimo movimiento de alguno de ellos para que la situación cambie y la escena sea de un tenor completamente distinto. Todo está suspendido, vacío y esto provoca en el espectador la tensión, inquietante, de una espera. Inevitablemente Susana verá a los ancianos o será vista o se volverá visible a sí misma.


Cuando leí el cuento “No”, fundalmentalmente su primer parte, tuve una sensación parecida a la que describe Rella con relación al Tintoretto. Trataré de encontrar las causas de esta inquietud .

Tal vez, comenzó con su título. El cuento se llama – “No”- . Una negación absoluta como título de un cuento es inusual, inesperada y de tal contundencia que, podría pensarse, hasta haría prescindible el relato.

Siguiendo las líneas señaladas por Freud en “die Verneingung”, la negación colocaría al relato en la dimensión de una revelación de algo reprimido que se rechaza al aflorar. O también, podría suceder que la negación más que decidir “si algo percibido ha de ser incorporado o no al yo, pone en cuestión si algo que ya se encuentra en el yo, como representación o imagen, puede ser hallado también en la percepción, en la realidad, es decir si está a disposición del sujeto cuando éste la necesita” (Freud)

Entonces, a partir del título, uno podría preguntarse qué se resiste a aceptar el cuento, o el protagonista. O también, qué representación o imagen interior necesita encontrar en la realidad, en este caso su personaje, y si la acepta o no.


“No”, narra una historia de amor frustrado. Un amor, dice su protagonista, “que era como no tenerlo porque nació a destiempo”. Ahora, si es una historia de amor, por qué entonces elegir este relato para pensar la vejez?: la edad del protagonista no está claramente definida, pero por los indicios no es lo que se puede considerar un anciano.

La elección se funda en varias premisas:

En primer lugar, la edad a partir de la cual se entra en la vejez está condicionada socialmente. La valoración de la vejez depende de la época y de las circunstancias histórico sociales . esto lleva a que existan percepciones tan disímiles de la vejez como por ejemplo la de De senectute de Ciceron o La vejez de Simone de Beauvoir.

Por otra parte, Jean Amery en su ensayo Revuelta y resignación . Acerca del envejecer señala que el individuo que envejece se presenta de manera muy diversa, bajo disfraces distintos, se reconoce en un personaje literario, a veces es un mero ente abstracto fruto de la imaginación, a veces aparece uno mismo dibujado con el perfil de anciano....

Entonces el umbral de la vejez es muy variable, y es variable, además, porque el tiempo es una forma de sentido interno. “El tiempo está en nosotros como el espacio está en torno a nosotros” (Amery). Y, fundamentalmente, el peso del tiempo se va distribuyendo de manera imperceptible con el tiempo

“ Soy yo mismo el que acomoda el paso, en el tiempo y con el tiempo” (Amery)

Norberto Bobbio en sus reflexiones sobre la vejez, afirma que biológicamente hoy la vejez se alcanzaría a los 80 años, pero que él, por ejemplo, de joven se sentía viejo, era un “joven viejo”, después se sintió joven, cuando ya no lo era, entonces era un “viejo joven”, y recién cuando había alcanzado casi los 90 (n. 1909 y discurso honoris causa en la Uni 1994 ) mientras revisa sus escritos para la publicación de De Senectute, se siente o empieza a sentirse realmente un “viejo viejo”.
El personaje del cuento de Di Benedetto es joven pero sus actitudes se asimilan a las actitudes que caracterizan la vejez . Lo gana la resignación y la melancolía, está vencido y lo que se ha aprendido sobre los vencidos es que son un símbolo, “un símbolo de la muerte” asegura Franco Rella.

Señalamos que el personaje está enamorado. Y acá encontramos el punto de cruce.

Barthes afirma en su ensayo sobre Chateaubriant que el personaje Rancé se enferma de su vejez. La vejez -eso que Michelet definió como un largo suplicio- es una enfermedad, como el amor. dice Barthes

Como el amor, la vejez tiene una consistencia propia, existe como un cuerpo extraño, molesto doloroso y el anciano mantiene con la vejez “relaciones mágicas”. Y en las relaciones mágicas está latente siempre una metáfora (en la magia es fundamental la fuerza del lenguaje y la fantasía). La metáfora, entonces, da a la materia ( a la vejez) color y canto. Chateaubriant nombra la vejez como ”la viajera de la noche” o “ la región del profundo silencio”.Y acá , podemos recordar a Kristeva que afirma que el lenguaje del amor no es directo, sino que se expresa “con un vuelo de metáforas”.

En el caso del personaje del cuento de Di Benedetto, él no está enfermo de vejez pero sí de amor, y reacciona ante a ese cuerpo extraño que lo acecha como un viejo frente a la vejez.

El también establece relaciones mágicas con ese cuerpo incrustado que le provoca dolor. Y esas relaciones mágicas configuran metáforas que como las de la vejez rondan el misterio de la noche y el silencio: “soy capaz de construir mis sentimientos en silencio y soledad” dice el protagonista de esta historia, sumergiéndose en la magia del recuerdo de una mujer que dejó ir sin confesarle su amor.

El cuento comienza así:

“Mas puntuales los sueños que los recuerdos, me visitaron para decirme que, por tercera vez, se cerraba el cielo de los años de su ausencia.

Comencé a sentir el día como una carga, melancólica, dolorosa.

Debía esperar la noche para la conmemoración solitaria y el ritual sencillo de mi culto de amor.”

El ritual con el que este personaje conmemora cada año la ausencia de la mujer que ama en silencio y soledad consiste en llegar a un puente que atraviesa las vías de un ferrocarril (de donde ella un día partió) y evocarla con palabras que el personaje “tiene cinceladas para ella” - que el cuento no devela-. Y repetir quedamente su nombre –Amanda-.

Si recordamos aquello que “cuando digo “carro” pasa un carro por mi boca” atribuido a Gorgias (teoría del reduccionismo ontológico del lenguaje) la mujer se hace presente en el momento en el que el personaje se entrega a su nombre en la ceremonia secreta.

Pero a su vez, y desde otra pespectiva, descubrimos que los ancianos construyen su mundo con relatos. Franco Rella, a partir de un estudio realizado en un asilo de ancianos en Roma (Vecchi, Sandra Petrignani) que recoge los relatos de los viejos que narran su soledad, su dignidad, y también el paisaje o las cosas que los circundan, comprueba que “los ancianos con sus relatos terminan por dar al mundo la forma de sus palabras, de sus imágenes” .

El personaje del cuento, entonces, asume una actitud semejante a la de los viejos cuando con sus palabras repone el amor que la realidad le niega.

Por su parte, se sabe que el mundo de los ancianos es la memoria; una verdadera pasión de la memoria, dice Barthes a propósito de Rancé, que sólo se apacigua con el escribir. El recuerdo es el comienzo de la escritura y a su turno es el comienzo de la muerte.

El viejo es un ser en el tiempo; el viejo posee el tiempo en el cuerpo, o en eso que concisamente podemos llamar alma.. En cambio, ser joven significa lanzar el cuerpo en el tiempo, que no es tiempo sino vida, mundo, espacio. Quien tiene vida abandona la magia del recuerdo. (Amery)

Este personaje, joven enamorado, se entrega a la resignación y rinde culto a su recuerdo, o mejor, se rinde a él.

El ritual que construye ese amor ausente al evocarlo año tras año se funda en la memoria, precisamente en el momento en el que la mujer que él ama desde siempre y en secreto parte en un tren para unirse a otro hombre.

Con su ceremonia puntual, el personaje se acostumbra “a una rutina de recuerdos”, que según afirma Borges, es una de las condenas del viejo. Recordamos que Borges homologa la longevidad al insomnio, la vejez sería una forma de insomnio que “no se mide con agujas de acero, sino por décadas”, dice Borges en “Dos formas del insomnio”, confirmando el sentido interno del tiempo, y conectando la vejez y los recuerdos al sueño, de la misma manera que el personaje de “No” conecta al sueño su amor .

La escena del ritual es un punto nodal, porque en una decisión genial del texto, esta vez, el ritual no se completa, se interrumpe. Ese día señalado, el personaje no puede evocar a su amada. En el lugar elegido, hay una mujer que se encontrará con un hombre y después se cruza con alquien a quien debe saludar. El personaje no logra abstraerse del mundo circundante. “¿se había perdido el misterio de la evocación?”, se pregunta. Y vuelve a su casa decidido a confesar su secreto de amor a su hermana con quien vive.

“Entonces comprendí que con ella podía hablar de Amanda, esa noche, porque de pronto volvió mi nostalgia. Y la nostalgia se debatía con cierto orgullo, el orgullo de poder confesar un amor tan callado y tan desprovisto de futuro. Pero no hablé.”

Así termina la primer parte de este cuento que se estructura en dos partes. Un blanco en la página las separa.

Podría pensarse, que la decisión de no hablar – “Pero no hablé”- empieza a dar sentido y significación al título “No”. El personaje toma conciencia del peso de su amor al negarse a hablar de él.

El blanco que divide el cuento condensaría y representaría el vacío que queda como resto de lectura.

Quizás la remisión a “Susana y los viejos” parezca excesiva, pero ilumina por el efecto que produce una escena que no logra el equilibrio que necesita para plasmarse aunque sea un instante. En su discurrir, con la sumatoria de sus negaciones, el relato de Di Benedetto, como en la escena de Susana y los viejos, queda suspendido,.... el lector siente, o por lo menos fue mi sentir, que irrevocablemente algo debía pasar ..........el personaje hablaría de su amor o........ iría a buscar a su amada o Amanda aparecería.....o se suicidaría....

El texto avanza y .... la magia, se diría, ha empezado a establecer sus relaciones. A los pocos días de ese ritual frustrado, llega una carta de la mujer. Inmediatamente se establece entre ellos una relación epistolar que culmina en una cita. Pero el encuentro sólo confirma que se aman, definitivamente, a destiempo.

Si en la primer parte el No indica el reconocimiento de un sentimiento velado y, a su vez, podría indicar que el personaje busca en el mundo exterior la imagen representada en su interior para hacerla propia o no, en la segunda parte del texto, los dos personajes dicen su amor para rechazarlo.

“Y repetí su nombre, que era como nombrar el amor. Y ella tuvo que decir mi nombre, porque le venía de adentro, lo sé bien, puesto que se le quebraba en la boca con un sollozo ....era la voz con que se nombra lo muy amado que está perdido....Nos dimos, después la hora más bella y más triste de mi vida. Al despedirnos, posé mi mano sobre la suya, que reposaba sobre el mármol de la mesita, la apreté fuerte, muy fuerte, y nos sonreímos, el uno al otro, con amargura y con valentía.”

Así termina el relato, cuyo título sin dudas podría haber sido Revuelta y resignación que es el título del ensayo de Jean Amery, sobre el envejecer.

Entonces, la vejez como el amor es pathos, y la languidez del anciano es como la del enamorado. Ambos viven en soledad, abandonan voluntariamente el mundo y aquellos que abandonan el mundo, dice Barthes, se confunden fácilmente con los que son abandonados por el mundo. Y es en el sueño en donde voz activa y voz pasiva se confunden, donde abandónico y abandonado son uno y el mismo hombre. Y es el sueño, tanto como el recuerdo, motor de la escritura, sin sueño no hay escritura, y es el sueño y el recuerdo el disparador del relato de Di Benedetto y es el insomnio una forma de la longevidad .


Adriana Mancini

UBA
Bibliografía citada:

Jean Amery, Revuelta y resignación. Acerca del envejecer, Valencia, Pre-textos, 2001.

Roland Barthes, “Chateaubriant. Vida de Rancé”, El grado cero de la escritura, seguido de Nuevos ensayos críticos, Buenos Aires, Siglo XXI, 1973.

Norberto Bobbio, De senectute, Madrid, Taurus, 1997.

Jorge Luis Borges, “Dos formas del insomnio”, La cifra, Buenos Aires, Emecé, 1981.

Aida Bortnik, Primaveras, publicación del Teatro Municipal General San Martín, vol. 9, 1985.

Antonio Di Benedetto, “No”, Cuentos claros, Buenos Aires, Adriana Hidalgo, 1999.

Sigmund Freud, “La negación”, Esquemas del psicoanálisis, O.C., T. XXI, Buenos Aires, Santiago Rueda, 1955.

Vladimir Jankelevich, Pensar la muerte, México, FCE, 2004.



  • La muerte, Valencia, Pre-textos, 2002.

Julia Kristeva, Historias de amor, Madrid, siglo XXI, 1987.

Franco Rella, En los confines del cuerpo, Buenos Aires, Nueva Visión, 2004.



Muriel Spark, Memento mori, Buenos Aires, Javier Vergara editor, 1987.




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