Los Patitos Feos La Resiliencia: Una infancia infeliz no determina la vida



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Los Patitos Feos

La Resiliencia: Una infancia infeliz no determina la vida.
Título del original en francés:

Les vilains petits canards
© 2001 Éditions Odile Jacob, París

Traducción: Tomás Fernández Aúz y Beatriz Egibar

Diseño de cubierta: Alma Larroca

Primera edición: enero del 2002, Barcelona Primera reimpresión: febrero del 2002, Barcelona Segunda reimpresión: marzo del 2002, Barcelona Tercera reimpresión: mayo del 2002, Barcelona Cuarta reimpresión: febrero del 2003, Barcelona Quinta reimpresión: julio del 2003, Barcelona Sexta reimpresión: febrero del 2005, Barcelona

Derechos reservados para todas las ediciones en castellano

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Tel. 93 253 09 04

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http: //www. gedisa. com




Índice

AGRADECIMIENTOS 15

INTRODUCCIÓN 19

Cuando uno está muerto y surge el oculto tiempo

de los recuerdos 21

El fin del maltrato no es el retorno a la vida, es un paso que nos apremia para iniciar una lenta metamorfosis.

La mórbida amabilidad del pequeño pelirrojo 24

La adaptación no es lo mismo que la resiliencia. Es demasiado costosa, pero permite salvar unos cuantos islotes de lánguida felicidad.

La creatividad de los descarriados 27

La adquisición del proceso de resiliencia se analiza aquí desde tres puntos de vista: la huella que dejan los recursos internos en el temperamento, la estructura de la agresión y la disposición de los recursos externos en torno del herido.

Los lisiados por el pasado pueden darnos lecciones 30

Es necesario disponer de proyectos que permitan alejar el pasado y modificar la emoción asociada con los recuerdos.

Hay que aprender a observar para evitar la venenosa belleza de

las metáforas 34

No confundir el atestado, que es una construcción social, con la

observación, que es un método para crear.

CAPÍTULO 1: LA ORUGA ………………… 39

El temperamento o la rebeldía de los ángeles ……………… 41

De la sustancia que nos somete a Satán, al afecto de vitalidad que nos encanta o nos pone furiosos.

La triste historia del espermatozoide de Layo

y el óvulo de Yocasta ………………… 44

Los determinantes genéticos existen, lo que no quiere decir que el hombre esté genéticamente determinado

Gracias a nuestros progresos, hemos evolucionado, pasando

de la cultura de la culpa a la cultura del prejuicio 46

Sentirse culpable en la edad de las pestes no es lo mismo que sufrir en la época del embellecimiento de las técnicas.

De cómo aprenden a bailar los fetos ………………… 49

El primer capítulo de nuestra biografía comienza durante nuestra vida intrauterina, cuando nos dejábamos arrastrar y dábamos cierto tipo de brincos.

En donde se aprecia que la boca del feto revela la angustia

de la madre …………………52

La transmisión del pensamiento se realiza en un plano material y configura el temperamento del bebé antes de su nacimiento.

Hacer que nazca un niño no basta, también hay que traerlo

al mundo …………………55

El sexo del niño es un potente vehículo de representación y cualquier indicio morfológico evoca un trasfondo genealógico.

Los recién nacidos no pueden ir a parar a ningún otro

sitio que no sea la historia de sus padres …………………57

Ya sea gruñón o sonriente, incluso el más mínimo de los actos del bebé habita los sueños y las pesadillas de los que le rodean.

Cuando el marco en el que se desenvuelve el recién nacido es en realidad un triángulo compuesto por sus padres y por él mismo……… 61

Cada familia se caracteriza por un tipo de alianza que elabora un envoltorio sensorial en torno del bebé.

El papá payaso y el bebé cómico 64

Cada vez que se encuentran, inventan un escenario al que incitan a subir a todos los miembros de la familia.

Quiéreme para que tenga el coraje de abandonarte 67

Cuando un bebé tranquilo se convierte en un explorador, es porque su entorno le sirve como campo base.

El andamiaje del modo de amar 69

Esa base de seguridad enseña algunos estilos afectivos.

Los orígenes míticos de nuestros modos de amar 71

Todo discurso individual o cultural construye el envoltorio sensorial que enseña al niño su estilo afectivo.

Cuando el estilo afectivo del niño depende del relato íntimo

de la madre 75

El discurso de predicción de la madre organiza los comportamientos

que moldean el temperamento del niño.

Una madre que recibe apoyo afectivo y tiene sostén social

puede ofrecer mejores brazos 78

La simple presencia del padre modifica el psiquismo de la madre que

alberga al niño.

Cuando los gemelos no tienen la misma madre 81

Todo tiene un significado en esa burbuja afectiva en la que cada cual va diferenciándose.

En el que se consigue observar cómo se transmite el

pensamiento mediante los gestos y los objetos 85

Las proezas intelectuales se vuelven posibles cuando los padres, sin

advertirlo, hacen hablar a los objetos.

El congénere desconocido: el descubrimiento del mundo

del otro 90

La perplejidad, la mirada, el dedo índice y la representación teatral

preparan a los bebés para sus primeras palabras.

Cuando las historias sin palabras permiten compartir

los mundos interiores 93

El pequeño comediante modifica el mundo mental de quienes le quieren y el niño intruso se hace aceptar mediante ofrendas alimenticias.

De cómo los estereotipos sociales privilegian determinados
comportamientos del bebé
95

El sudamericano baila antes y el bebé alemán hojea los libros.

El humor no es cosa de risa 97

Es cosa destinada a transformar la angustia enfiesta emocional.

Los fundamentos del andamiaje de la resiliencia 101

En toda etapa -biológica, afectiva o social- es posible hallar una defensa.

Cuando la relación conjunta echa por tierra el andamiaje 104

El sufrimiento de la madre impide que el niño adquiera las conductas de seducción.

Se conoce la causa, se conoce el remedio y, sin embargo, todo se
agrava
107

Hay otras causas que intervienen, pues los determinismos humanos son de corta duración.

Virginidad y capitalismo 111

El himen era una rúbrica de la paternidad, hoy el ADN denuncia al padre.

El padre precoz es una rampa de lanzamiento 114

Un macho puede ser sustituido por una jeringuilla de fecundación, pero un padre ha de ser de carne y hueso para promover la confianza.

Cuando el Estado diluye al padre 116

¿Es concebible una sociedad sin padres?

Duelos ruidosos, duelos silenciosos 119

Al silencio de la desaparición se añade el ruido de la representación.

Resiliencia y conductas de seducción 122

La búsqueda afectiva depende de la generosidad de los adultos que brindan cuidados.

CAPÍTULO 2: LA MARIPOSA 127

A los monstruos no les gusta el teatro 129

No habría cinismo peor que el de decir las cosas como son. Afortunadamente, decir es ya una forma de interpretación.

¿Es posible pensar en la carambola psíquica? 133

Toda conmoción provoca una desorganización que las culturas han encontrado muy difícil pensar.

La emoción traumática es una conmoción orgánica provocada

por la idea que se tiene del agresor 136

Perdonamos a una catástrofe natural, pero revivimos incesantemente

la agresión de un grupo humano.

Lo que otorga al golpe su poder para provocar traumas

es el estilo de desarrollo de la persona herida 138

No podemos encontrar sino aquellos objetos a los que nos hemos

vuelto sensibles por la acción de nuestro entorno.

La adaptación que protege no siempre constituye

un factor de resiliencia 141

La sumisión, la desconfianza, la glaciación son defensas adaptadas, pero la resiliencia exige la creación de un nuevo mundo.

Cuando un combate heroico se convierte en un mito fundador. 144

Con el trabajo de la memoria, un trauma se transforma en epopeya gracias a una victoria verbal.

Sin culpabilidad no hay moralidad 146

Los tormentos que torturan hacen que el herido sea sujeto y actor de su propia curación.

Robar o dar para sentirse fuerte 148

La delincuencia, un valor adaptativo en las sociedades enloquecidas, se une con la donación, que repara la propia estima.

Las quimeras del pasado son ciertas, al modo en que son

ciertas las quimeras 152

Todo relato está construido con elementos verdaderos y sobre él arrojan luz nuestras relaciones.

Cuando un recuerdo concreto se ve rodeado por la bruma,

hace que el pasado sea soportable y hermoso 155

El efecto de halo de la memoria traumática permite convencerse de

que la felicidad sigue siendo posible.

Las ordalías secretas y la reinserción social 159

Cuando los niños se ponen a prueba para probarse a sí mismos que han sido perdonados.

Una declaración de guerra contra los niños 161

La violencia de Estado se extiende sobre el planeta, pero los niños sólo se derrumban cuando se derrumba su entorno.

Actuar y comprender para no sufrir 164

Comprender sin actuar nos hace vulnerables, pero actuar sin comprender nos convierte en delincuentes.

Cuando la guerra hace que prendan algunas llamitas

de resiliencia 169

La madurez precoz, las fantasías de omnipotencia y ciertos sueños de afecto prenden algunas llamitas que el medio puede apagar o avivar.

El devastador efecto de una agresión sexual depende mucho

de la distancia afectiva 174

Verse agredido por un desconocido es menos perturbador que la agresión de una persona próxima que a menudo disfruta de la protección de la sociedad.

La posibilidad de resiliencia tras una agresión sexual depende
mucho de las reacciones emocionales del entorno
177

Cuando la familia se hunde, la víctima no consigue superar el trauma. Lo que ayuda a los miembros de la familia no es la compasión sino su revalorización mutua.

Cuando el trabajo del sueño dormido se incorpora a nuestra
memoria y nos gobierna, el trabajo del sueño despierto nos
permite recuperar el control
182

El sueño biológico transforma las preocupaciones que invaden nuestras ensoñaciones diurnas en residuos cerebrales.

Cuando la negación consciente protege al sueño y cuando la impresión traumática conlleva una reminiscencia

onírica 187

La reparación de la representación de la herida mediante todas las modalidades de expresión permite prescindir más tarde de la negación que, como la escayola sobre una fractura, protege mientras altera.

La civilización del fantasma lleva aparejada una creatividad

que repara 191

Un niño atropellado queda en manos de la creatividad que la familia y la cultura estimulen o dificulten.

Las culturas normativas erradican la imaginación 196

La creatividad no es una actividad de ocio; es un lazo social, no un rápido consumo.

El talento consiste en exponer la propia prueba mediante una

grata intriga 199

Es un desafío que se opone a una realidad excesivamente dolorosa.

Aprender sin darse cuenta . 202

El sentimiento de lo evidente es una conciencia parcial que no impide la verificación de una serie de aprendizajes inconscientes contrarios a esa evidencia.

La falsificación creadora transforma la magulladura en

organizador del Yo 204

Un recuerdo autobiográfico excesivamente luminoso, como un lucero del alba, orienta nuestras decisiones y nuestra filosofía de vida.

CONCLUSIÓN 209

La resiliencia no es un catálogo de las cualidades que pueda poseer un individuo. Es un proceso que, desde el nacimiento hasta la muerte, nos teje sin cesar, uniéndonos a nuestro entorno.

BIBLIOGRAFÍA 217

NOTAS 223

Agradecimientos

Este libro no ha caído del cielo, ha sido escrito por varios centenares de autores. He tratado de citarles en la bibliografía, al hilo de las notas, así como en la recapitulación bibliográfica que cierra la obra.

Quiero sacar a la luz a otros coautores discretos que han permaneci­do en la sombra y que, no obstante, han dado origen a varios apartados de este libro.

La Liga francesa en favor de la salud mental, con la participación de Claude Leroy y Roland Coutanceau, ha permitido la realización de un gran número de trabajos, así como de varios viajes a los escenarios del estropicio y numerosos encuentros entre investigadores y facultativos internacionales.

La Fundación para la infancia, gracias a la benévola atención de su presidenta, la señora Anne-Aymone Giscard d'Estaing, secundada al comienzo de la aventura por Marie-Paule Poilpot, ha permitido el in­tercambio de experiencias entre universitarios, médicos, sociólogos, psicólogos, educadores y responsables de la Ayuda social a la infancia en Europa.

La señora Claire Brisset, defensora de los niños, tuvo a bien invitar­me a participar en su equipo, dándome ocasión de experimentar el concepto de resiliencia.

El profesor Michel Manciaux, tras haber descubierto con el profesor Michel Strauss el increíble fenómeno de la infancia maltratada, trabaja hoy en la búsqueda de soluciones capaces de prevenir esa catástrofe y ayudar a que los pequeños heridos puedan reanudar su desarrollo.

Stephen Vanistendael, que tan bien se ocupa del BICE (Oficina in­ternacional católica de la infancia) en Ginebra, ha sido uno de los pri

meros que han trabajado en Europa sobre la idea de resiliencia, uno de los primeros en adquirir compromisos en favor de los niños heridos.

Jacques Lecomte me ha concedido con frecuencia la palabra antes de ponerse a escribir a su vez para afirmar que, a pesar de todo, la feli­cidad es algo posible.

La CCE (Comisión central de la infancia) no sabe hasta qué punto sus niños, hoy ya convertidos en adultos, han participado en la resi­liencia.

Los fundadores del grupo de etología humana, Albert Démaret, au­tor del primer libro de etología clínica escrito en lengua francesa, los profesores Jacques de Lannoy, Jacques Cosnier, Hubert Montagner, Jean Lecamus, Claude Bensch y Pierre Garrigues han sabido poner a punto unos métodos de observación etológica tan largos de realizar y tan fá­ciles de contar.

Doy las gracias a los estudiantes del diploma interuniversitario de etología de la universidad de Toulon-Var y a los doctorandos que tanto han trabajado y que me han pedido que les juzgue. He apreciado tan­to su cooperación, que un gran número de ellos se verán citados en el texto, cosa que es muy normal.

Doy las gracias al profesor Bernard Golse que, al tomar entre sus manos la llama de la WAIMH (Asociación Mundial para la Salud Men­tal Infantil), en compañía del profesor Michel Soulé, continuará el tra­bajo del profesor Serge Lebovici, que ha promovido los intercambios entre el psicoanálisis y la etología.

Doy las gracias al profesor Michel Lemay (Montreal, Quebec), que descubrió las pistas de la resiliencia hace más de 20 años, al profesor Michel Tousignant (Montreal, Quebec), que ha subrayado la impor­tancia de las presiones sociales, a los profesores Charles Baddoura (Beirut, Líbano), Violetta Stan (Timisoara, Rumania), María Eugenia Villalobos, María Eugenia Colmenares, Lorenzo Balegno (Cali, Colom­bia), Badra Mimouni (Orán, Argelia) y Jean-Pierre Pourtois (Mons, Hainaut, Bélgica) que han sabido propiciar tantos reencuentros her­mosos y han tenido el valor de ir a ayudar sobre el terreno a los niños heridos en el alma.

Y gracias a todos aquellos que, al trabajar en la idea de resiliencia con la Asociación francesa de investigación en etología clínica y antro­pológica, constituyen un medio de intercambio intelectual y amistoso muy enriquecedor: Jacques Colin, Roselyne Chastain, Sylvaine Van



nier, Michel Delage, Claude Beata, Stanislas Tomkiewicz, Philippe Bre­not, Isabelle Guai'tella, Antoine Lejeune, Dominique Godard, Angelo Gianfrancesco, Norbert Sillamy y muchos otros en los que pienso sin nombrarlos.

Gracias a todos los que han creado este libro: a Florence, mi mujer, que ha participado intensamente en mi propia resiliencia, y a Gérard Jorland que, al acompañar cada palabra del manuscrito, ha reducido el número de incorrecciones.

Y gracias a Odile Jacob, que ha supervisado la concepción de esta obra y se sentirá inquieta por su porvenir.

Introducción

«Se dirigió entonces hacia ellos, con la cabeza baja, para hacerles ver

que estaba dispuesto a morir. Y entonces vio su reflejo en el agua:

el patito feo se había transformado en un soberbio cisne blanco... »

Hans Christian Andersen (1805-1875)



El patito feo
«Nací a la edad de 25 años, con mi primera canción.

  • ¿Y antes?

  • Me debatía.

Il nefaut jamáis revenir

Au temps caché des souvenirs...

Ceux de l'enfance vous déchirent. 1

(Jamás hay que regresar

Al oculto tiempo del recordar...

La memoria de la infancia te ha de desgarrar. )

El instante fatal en el que todo cambia corta nuestra historia en dos pedazos.


  • ¿Y antes?

  • Tuve que callarme para sobrevivir. Porque ya hace tiempo que es­toy muerta -perdí la vida en otra época-, pero me he librado; la prueba es que soy cantante. 2

  • ¿Librado? Así que hay una prisión, un lugar cerrado del que pue­de uno evadirse. ¿La muerte no es un sitio sin salida?»

Cuando uno está muerto y surge el oculto tiempo de los recuerdos

Genet tiene siete años. La seguridad social lo ha entregado en custo­dia a dos campesinos de la región de Morvan: «Yo morí siendo un ni­ño. Llevo en mí el vértigo de lo irremediable... El vértigo del antes y el después, de la alegría y la recaída, de una vida que apuesta a una sola carta... ». 3

Un simple acontecimiento puede provocar la muerte, basta con muy poco. Pero cuando se regresa a la vida, cuando se nace una segun­da vez y surge el oculto tiempo del recordar, entonces el instante fatal se vuelve sagrado. La muerte jamás es una muerte ordinaria. Abando­namos lo profano cuando nos codeamos con los dioses, y al regresar con los vivos, la historia se transforma en mito. Primero morimos: «Terminé por admitir que me había muerto a la edad de nueve años... Y el hecho de aceptar la contemplación de mi asesinato equivalía a con­vertirme en un cadáver». 4 Después, «cuando para mi completo asom­bro, la vida comenzó a alentar de nuevo en mí, me quedé muy intriga­da por el divorcio entre la melancolía de mis libros y mi capacidad para la dicha». 5

La salida que nos permite revivir, ¿sería entonces un paso, una lenta metamorfosis, un prolongado cambio de identidad? Cuando uno ha estado muerto y ve que la vida regresa, deja de saber quién es. Es preci­so descubrirse y ponerse a prueba para probarse que uno tiene derecho a la vida.

Cuando los niños se apagan porque ya no tienen a nadie a quien querer, cuando un significativo azar les permite encontrar a una perso­na -basta con una- capaz de hacer que la vida regrese a ellos, no saben ya cómo dejar que su alma se reconforte. Entonces se manifiestan unos comportamientos sorprendentes: corren riesgos exagerados, inventan escenarios para sus ordalías, como si deseasen que la vida les juzgase y lograr de este modo su perdón.

Un día, el niño Michel consiguió escapar del sótano al que le arroja­ba su padre tras darle una paliza. Al salir al exterior, le extrañó no sen­tir nada. Se daba perfecta cuenta de que el buen tiempo hacía que la gente sonriese, pero en lugar de compartir su dicha, se sentía extraña­do por su propia indiferencia. Una vendedora de frutas fue la encarga­da de reconfortar al niño. Le ofreció una manzana y, sin que llegase si­quiera a pedírselo, le permitió jugar con su perro. El animal se mostró de acuerdo y Michel, en cuclillas bajo las cajas de frutas, inició una afectuosa riña. Tras unos cuantos minutos de gran deleite, el mucha­cho sintió una mezcla de felicidad y crispación ansiosa. Los coches co­rrían por la calzada. El niño decidió rozarlos como roza el torero los cuernos del toro. La frutera le lanzó mil denuestos y le quiso corregir llenándole la cabeza con unas explicaciones tan racionales que en nada se correspondían con lo que sentía el niño.

«Conseguí superarlo», dicen con asombro las personas que han co­nocido la resiliencia* cuando, tras una herida, logran aprender a vivir de nuevo. Sin embargo, este paso de la oscuridad a la luz, esta evasión del sótano o este abandono de la tumba, son cuestiones que exigen aprender a vivir de nuevo una vida distinta.

El hecho de abandonar los campos no significó la libertad. 6 Cuando se aleja la muerte, la vida no regresa. Hay que ir a buscarla, aprender a caminar de nuevo, aprender a respirar, a vivir en sociedad. Uno de los primeros signos de la recuperación de la dignidad fue el hecho de compartir la comida. Había tan poca en los campos que los supervi­vientes devoraban a escondidas todo lo que podían encontrar. Cuan­do los guardianes de la mazmorra huyeron, los muertos en vida die­ron unos cuantos pasos en el exterior, algunos tuvieron que deslizarse bajo las alambradas porque no se atrevían a salir por la puerta y des­pués, una vez constatada la libertad por haber palpado el exterior, volvieron al campo y compartieron unos cuantos mendrugos para de­mostrarse a sí mismos que se disponían a recuperar su condición de hombres.

El fin de los malos tratos no representa el fin del problema. Encon­trar una familia de acogida cuando se ha perdido la propia no es más que el comienzo del asunto: «Y ahora, ¿qué voy a hacer con esto?». El hecho de que el patito feo encuentre a una familia de cisnes no lo solu­ciona todo. La herida ha quedado escrita en su historia personal, gra­bada en su memoria, como si el patito feo pensase: «Hay que golpear dos veces para conseguir un trauma». 7 El primer golpe, el primero que se encaja en la vida real, provoca el dolor de la herida o el desgarro de la carencia. Y el segundo, sufrido esta vez en la representación de lo real, da paso al sufrimiento de haberse visto humillado, abandonado. «Y ahora, ¿qué voy a hacer con esto? ¿Lamentarme cada día, tratar de vengarme o aprender a vivir otra vida, la vida de los cisnes?»

* El autor centra este trabajo en la versión psicológica del concepto de «resilien­cia», palabra que el Espasa menciona como voz que usa la mecánica para indi­| car la «Propiedad de la materia que se opone a la rotura por el choque o percu­sión», y que el Larousse define como «índice de resistencia al choque de un material». En este ensayo, resiliencia equivale a «resistencia al sufrimiento», y señala tanto la capacidad de resistir las magulladuras de la herida psicológica como el impulso de reparación psíquica que nace de esa resistencia. (N. d. t. )

Para curar el primer golpe, es preciso que mi cuerpo y mi memoria consigan realizar un lento trabajo de cicatrización. Y para atenuar el sufrimiento que produce el segundo golpe, hay que cambiar la idea que uno se hace de lo que le ha ocurrido, es necesario que logre refor­mar la representación de mi desgracia y su puesta en escena ante los ojos de los demás. El relato de mi angustia llegará al corazón de los de­más, el retablo que refleja mi tempestad les herirá, y la fiebre de mi compromiso social les obligará a descubrir otro modo de ser humano. A la cicatrización de la herida real se añadirá la metamorfosis de la re­presentación de la herida. Pero lo que va a costarle mucho tiempo com­prender al patito feo es el hecho de que la cicatriz nunca sea segura. Es una brecha en el desarrollo de su personalidad, un punto débil que siempre puede reabrirse con los golpes que la fortuna decida propinar. Esta grieta obliga al patito feo a trabajar incesantemente en su intermi­nable metamorfosis. Sólo entonces podrá llevar una existencia de cis­ne, bella y sin embargo frágil, pues jamás podrá olvidar su pasado de patito feo. No obstante, una vez convertido en cisne, podrá pensar en ese pasado de un modo que le resulte soportable.

Esto significa que la resiliencia, el hecho de superar el trauma y vol­verse bello pese a todo, no tiene nada que ver con la invulnerabilidad ni con el éxito social.

La mórbida amabilidad del pequeño pelirrojo

Me habían pedido que examinase a un chico de 15 años cuyos com­portamientos parecían sorprendentes. Vi llegar a un pequeño pelirrojo de piel blanca, vestido con un pesado abrigo azul con cuello aterciope­lado. En pleno junio, en Toulon, resulta una prenda sorprendente. El jo­ven evitaba mirarme directamente a los ojos y hablaba tan quedamente que me fue difícil oír si su discurso era coherente. Se había evocado la esquizofrenia. Al hilo de las charlas, descubrí a un muchacho de carác­ter muy suave y a la vez muy fuerte. Vivía en la parte baja de la ciudad, en una casa con dos habitaciones situadas en pisos distintos. En la pri­mera, su abuela se moría lentamente, víctima de un cáncer. En la se­gunda, su padre alcohólico vivía con un perro. El pequeño pelirrojo se levantaba muy temprano, limpiaba la casa, preparaba la comida del mediodía y se marchaba después al colegio, lugar en el que era un buen

alumno, aunque muy solitario. El abrigo, cogido del armario del padre, permitía ocultar la ausencia de camisa. Por la tarde, hacía la compra, sin olvidar el vino, fregaba las dos habitaciones, en las que el padre y el perro habían causado no pocos estragos, comprobaba los medicamen­tos, daba de comer a su pequeña tropa y, ya de noche, al regresar la cal­ma, se permitía un instante de felicidad: se ponía a estudiar.

Un día, un compañero de clase se presentó ante el pelirrojo para ha­blarle de una emisión cultural, emitida por France-Culture. Un profesor que enseñaba una exótica lengua les invitó a una cafetería para charlar del asunto. El jovencito pelirrojo volvió a casa, a sus dos cocham­brosas habitaciones, atónito, pasmado de felicidad. Era la primera vez en su vida que alguien le hablaba amistosamente y que le invitaban a tomar algo en un café, así sin más, para charlar sobre un problema ano­dino, interesante, abstracto, completamente distinto de las incesantes pruebas que saturaban su vida cotidiana. Esta conversación, aburrida para un joven inserto en un entorno normal, había adquirido para el muchacho pelirrojo la importancia de un deslumbramiento: había des­cubierto que era posible vivir con amistad y rodeado por la belleza de las reflexiones abstractas. Aquella hora vivida en un café actuaba en el como una revelación, como un instante sagrado capaz de hacer surgir en la historia personal un antes y un después. Y el sentimiento era tanto más agudo cuanto que el hecho de disfrutar de una relación in­telectual no sólo había representado para él la ocasión de compartir unos minutos de amistad, así, de vez en cuando, sino que había su puesto, sobre todo, una posibilidad de escapar al constante horror que le rodeaba.

Pocas semanas antes de los exámenes finales de bachillerato, el chi­co pelirrojo me dijo: «Si tengo la desgracia de aprobar, no podré aban donar a mi padre, a mi abuela y a mi perro». Entonces, el destino hizo gala de una ironía cruel: el perro se escapó, el padre le siguió támbale­ándose, fue atropellado por un coche, y la abuela moribunda se apago definitivamente en el hospital.

Liberado in extremis de sus ataduras familiares, el joven pelirrojo hoy en día un brillante estudiante de lenguas orientales. Pero cabe imaginar que si el perro no se hubiese escapado, el muchacho habría aprobado el bachillerato a su pesar y, no atreviéndose a abandonar a su miserable familia, habría elegido un oficio cualquiera para quedarse junto a ellos. Nunca se habría convertido en un universitario viajero.

pero es probable que hubiese conservado unos cuantos islotes de felici­dad triste, una forma de resiliencia.

Este testimonio me permite presentar este libro articulándolo en tor­no a dos ideas. En primer lugar, la adquisición de recursos internos hizo posible que se moldeara el temperamento suave y no obstante duro frente al dolor del muchachito pelirrojo. Quizá el medio afectivo en el que se había visto inmerso durante sus primeros años, antes incluso de la aparición de la palabra, había impregnado su memoria biológica no consciente con un modo de reacción, un temperamento y un estilo de comportamiento que, en el transcurso de la prueba de su adolescencia, habría podido explicar su aparente extrañeza y su suave determinación.

Más tarde, cuando el chico pelirrojo aprendió a hablar, se constitu­yeron en su mundo íntimo algunos mecanismos de defensa, mecanis­mos que aparecieron en forma de operaciones mentales capaces de permitir la disminución del malestar provocado por una situación do­lorosa. Una defensa de este tipo puede luchar contra una pulsión inter­na o una representación, como sucede cuando experimentamos ver­güenza por sentir ganas de hacer daño a alguien o cuando nos vemos torturados por un recuerdo que se impone en nosotros y que llevamos a donde quiera que vayamos. 8 Podemos huir de una agresión externa, filtrarla o detenerla, pero en aquellos casos en que el medio se halla es­tructurado por un discurso o por una institución que hacen que la agresión sea permanente, nos vemos obligados a recurrir a los meca­nismos de defensa, es decir, a la negación, al secreto o a la angustia agresiva. Es el sujeto sano el que expresa un malestar cuyo origen se encuentra a su alrededor, en una familia o en una sociedad enferma. La mejoría del sujeto que sufre, la reanudación de su evolución psíquica, su resiliencia, esa capacidad para soportar el golpe y restablecer un de­sarrollo en unas circunstancias adversas, debe procurarse, en tal caso, mediante el cuidado del entorno, la actuación sobre la familia, el com­bate contra los prejuicios o el zarandeo de las rutinas culturales, esas creencias insidiosas por las que, sin darnos cuenta, justificamos nues­tras interpretaciones y motivamos nuestras reacciones.

De este modo, todo estudio de la resiliencia debería trabajar tres planos principales:

1. La adquisición de recursos internos que se impregnan en el tempe­ramento, desde los primeros años, en el transcurso de las interaccio

nes precoces preverbales, explicará la forma de reaccionar ante las agresiones de la existencia, ya que pone en marcha una serie de guías de desarrollo más o menos sólidas.


  1. La estructura de la agresión explica los daños provocados por el pri­mer golpe, la herida o la carencia. Sin embargo, será la significación que ese golpe haya de adquirir más tarde en la historia personal del magullado y en su contexto familiar y social lo que explique los de­vastadores efectos del segundo golpe, el que provoca el trauma.

  2. Por último, la posibilidad de regresar a los lugares donde se hallan los afectos, las actividades y las palabras que la sociedad dispone en ocasiones alrededor del herido, ofrece las guías de resiliencia que habrán de permitirle proseguir un desarrollo alterado por la herida.

Este conjunto constituido por un temperamento personal, una significación cultural y un sostén social, explica la asombrosa diversidad
de los traumas.

La creatividad de los descarriados

Cuando el temperamento está bien estructurado gracias a la vincu­lación segura a un hogar paterno apacible, el niño, caso de verse some­tido a una situación de prueba, se habrá vuelto capaz de movilizarse en busca de un sustituto eficaz. El día en que los discursos culturales dejen de seguir considerando a las víctimas como a cómplices del agre­sor o como a reos del destino, el sentimiento de haber sido magullado se volverá más leve. Cuando los profesionales se vuelvan menos incré­dulos, menos guasones o menos proclives a la moralización, los heri­dos emprenderán sus procesos de reparación con una rapidez mucho mayor a la que se observa en la actualidad. Y cuando las personas en­cargadas de tomar las decisiones sociales acepten simplemente dispo­ner en torno a los descarriados unos cuantos lugares de creación, de palabras y de aprendizajes sociales, nos sorprenderá observar cómo un gran número de heridos conseguirá metamorfosear sus sufrimientos y realizar, pese a todo, una obra humana.

Pero si el temperamento ha sido desorganizado por un hogar en el
que los padres son desdichados, si la cultura hace callar a las víctimas y
les añade una agresión más, y si la sociedad abandona a las criaturas
que considera que se han echado a perder, entonces los que han recibi­
do un trauma conocerán un destino carente de esperanza.

Esta forma de analizar el problema permite comprender mejor la fra­se de Tom: «Hay familias en las que se sufre más que en un campo de ex­terminio». Dado que hay que golpear dos veces para que se produzca un trauma, no logramos comprender que el sufrimiento no tiene la misma naturaleza. En los campos de concentración, lo que torturaba era lo real: el frío, el hambre, los golpes, la muerte visible, inminente, fútil. El enemi­go estaba allí, localizado, exterior. Se podía retrasar la muerte, desviar el golpe, atenuar el sufrimiento. Y la ausencia de representación, el vacío de sentido, el absurdo de lo real hacía que la tortura fuese aún más fuerte.

Cuando el joven Marcel, con diez años, regresó de los campos de concentración, nadie le hizo la menor pregunta. Fue amablemente reci­bido por una familia de acogida en la que permaneció sin decir palabra durante varios meses. No le preguntaban nada, pero le reprochaban que se callase. Entonces decidió contar su historia. Se detuvo muy pronto, al ver en el rostro de sus padres adoptivos los gestos de disgus­to que provocaba su historia. Tales horrores existían, y el niño que ha­blaba de ellos los hacía revivir en sus mentes. Todos podemos reaccio­nar de ese modo: vemos un niño, nos parece gracioso, habla bien, hablamos alegremente con él, y de pronto nos espeta: «¿Sabes?, nací de una violación, por eso mi abuela me ha detestado siempre». ¿Cómo podríamos mantener la sonrisa? Nuestra actitud cambia, nuestra mí­mica se apaga, arrancamos a duras penas unas cuantas palabras inúti­les para luchar contra el silencio. Eso es todo. El encanto se ha roto. Y cuando volvamos a ver al niño, lo primero que nos vendrá a la mente serán sus orígenes violentos. Quizá le adjudiquemos un estigma, sin querer. El simple hecho de verle evocará la representación de una vio­lación y el sentimiento que esa visión provoque hará nacer en nosotros una emoción que no lograremos entender.

Inmediatamente después de su relato, Marcel constató que su fami­lia de acogida no le miraba ya con los mismos ojos. Le evitaban, le ha­blaban con frases cortas, le mantenían a distancia. Ese fue el sitio en el que tuvo que vivir durante los más de diez años que siguieron, inmer­so en una relación sombría y asqueada.

El campo de concentración había durado un año, y el miedo y el odio le habían permitido no establecer lazo alguno con sus verdugos. Esos hombres constituían una categoría clara, fascinante como un peli­gro al que no se pueden quitar los ojos de encima pero del que es un alivio apartarse. Sólo más tarde descubre uno que incluso cuando por fin nos liberamos de nuestros agresores, nos los llevamos a todos en la memoria.

Poco a poco, su familia de acogida se fue volviendo agresiva, o más bien despreciativa. Marcel lo lamentaba y se sentía culpable, no habría debido hablar, era él quien había provocado esta situación. Entonces, para hacerse perdonar, se volvió amable en exceso. Y cuanto más ama­ble era él, más le despreciaban: «Saco de grasa», le decía la abuela al ni­ño esquelético, y le abrumaba con tareas inútiles. Un día en que el niño se lavaba desnudo en la cocina, quiso verificar si, con once años, un chico podía tener una erección. La provocó a conciencia y después se fue, dejando a Marcel alelado. Unos días más tarde, fue el padre el que intentó hacerlo. En esta ocasión Marcel se atrevió a rebelarse y rechazó al hombre. En semejante entorno tuvo que vivir el niño en lo sucesivo Oía a los vecinos cantar alabanzas hacia la familia que le acogía, que «no tenía obligación de hacer todo eso» y que cuidaba mucho al niño: «Lo que ellos han hecho por ti no lo habrían hecho nunca tus verdade­ros padres». Marcel se volvía taciturno y lento, él que había sido tan charlatán y vivaracho. ¿A quién podía contarle todo aquello? ¿Quién podría salvarle? La asistenta social era recibida con cortesía. Se queda­ba en el descansillo, hacía dos o tres preguntas y se iba pidiendo excu­sas por las molestias. Marcel dormía sobre un lecho de campaña, deba­jo de la mesa de la cocina y trabajaba mucho. Ahora le pegaban todos los días, y le insultaban a cada paso, pero lo que más le hacía sufrieran las observaciones humillantes: «Estúpido... Cara de burro... » eran los apelativos con los que sustituían su nombre. En realidad, se trataba de un extraño sufrimiento, o más bien de un abatimiento doloroso: «Eh, estúpido, ve a limpiar el cuarto de baño... Eh, cara de burro, ¿aún no has terminado?». Para no sufrir demasiado y seguir siendo amable con esas personas que tanto hacían por él, era preciso aplicarse y consegir volverse indiferente.

Aproximadamente por la misma época, Marcel volvió a pensar en el campo de concentración que creía haber olvidado. Curiosamente, el recuerdo se había reorganizado. Se acordaba del frío, pero ya no lo sen

tía. Sabía que había tenido un hambre horrorosa, pero su memoria no evocaba ya la enorme tenaza helada del hambre. Comprendía que ha­bía escapado a la muerte, pero ya no tenía miedo y hasta le divertía haberla esquivado. Cada vez que le humillaban con un empujón des­preciativo o con un mote envilecedor, cada vez que sentía que su cuer­po se volvía pesado a causa de la tristeza y que sus párpados se hincha­ban con lágrimas internas, evocaba el campo. Entonces, experimentaba una sensación de extraña libertad al pensar en los horrores que había tenido la fuerza de superar y en las hazañas físicas que su cuerpo ha­bía sido capaz de realizar.

El campo que, en la realidad, le había hecho sufrir tanto, se volvía soportable en su memoria, y le permitía incluso luchar contra el envile­cedor sentimiento de desesperación que le provocaba en el presente el insidioso maltrato.

No se sufre más en determinadas familias que en los campos de la muerte, pero cuando se sufre en ellas, el trabajo de la memoria utiliza el pasado para impregnar el imaginario y hacer que lo real actual se vuelva soportable.

La representación del pasado es una producción del presente. Lo que no quiere decir que los hechos de la memoria sean falsos. Son cier­tos del mismo modo que son ciertos los cuadros realistas. El pintor, sensibilizado en relación a determinados puntos de lo real, los repro­duce sobre el lienzo y los realza. Su representación de lo real habla de una interpretación en la que todo es cierto y sin embargo ha sido reor­ganizado.

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