Los ideales de una mente universal



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PICO DELLA MIRANDOLA

DISCURSO SOBRE LA DIGNIDAD DEL HOMBRE


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Los ideales de una mente universal

Noble y bello, culto y valiente, erudito y aventurero, Pico della Mirandola resume

en su breve y prolífica vida los ingredientes necesarios para transformarse en una figura desmesuradamente heroica. Paradójicamente, su búsqueda y preocupación, su gran dilema existencial, estaba puesto en una idea trascendente que uniera y potenciara filosofía y religión, a la vez que magia y ciencia en pos de un ecumenismo que intuía urgente e imprescindible.
Como sucede en muchos casos, su idea terminó opacada por la arbitrariedad de una sociedad intolerante que, a su pesar, lo hizo mártir y héroe. La vida de Pico, de por sí apasionante, se erigió en símbolo de la lucha inclaudicable por las ideas y la libertad intelectual, pero relegó de manera injusta su mensaje que apunta, centralmente, al respeto por la diversidad y el derecho al disenso, al tiempo que encarnó una cruzada por la paz y la concordia entre los pueblos y sus creencias.
De cara al siglo XXI, y tras incontables y cruentas desavenencias, el ideario del

apasionado Pico renace como un discurso vigente e ineludible, si alguien piensa

que aún es posible alcanzar la paz y la armonía universales.

Giovanni Pico nació en el castillo de Mirandola el 24 de febrero de 1463 en Ferrara, ciudad del norte de Italia, capital de la provincia de Ferrara, en la región de Emilia-Romaña, a orillas del río Po.


Rodeada por grandes extensiones de tierras fértiles, Ferrara, capital de los duques

de Este, se transformó durante el Renacimiento en un destacado centro cultural.

Cuando Pico llegó al mundo, la Universidad de Ferrara, fundada por Alberto V de

Este, ya tenía casi noventa años de historia.


El ambiente cultural sobresaliente del quattrocento italiano, su excelente situación económica y su brillante inteligencia harían del Pico della Mirandola una de las

figuras más destacadas del Renacimiento.


Mientras cursaba estudios en la Universidad de Bolonia, publicó, a los catorce

años, Las decretales. Luego viajó por el territorio italiano y más tarde por Francia,

donde también asistió a la universidad. Estas experiencias lo acercaron al estudio de

las lenguas griega, árabe, hebrea y caldea, disciplinas que cultivó con el propósito de

entender la Cábala, el Corán, los textos de los oráculos caldeos así como los diálogos platónicos en sus textos originales.
En 1485, durante su estadía en París, tuvo acceso a los trabajos de Averroes

(1126-1198), el filósofo y teólogo asharí hispanoárabe que introdujo el pensamiento aristotélico en Occidente. Allí fue donde concibió la idea de realizar un proyecto monumental que reuniese las tradiciones culturales supervivientes en aquella época.


Al año siguiente, y ya de regreso en Italia, con sólo veintitrés años sería protagonista de dos episodios diferentes pero igualmente determinantes en su vida: primero, en Arezzo, raptó a la esposa de Giuliano Moriotto de Médicis, un pariente pobre de los Médicis florentinos, por lo que fue perseguido, atacado y herido. Luego, hacia finales del año 1486 publicó en Roma sus Conclusiones philosophicae, cabalisticae et theologicae, conocidas como Las 900 tesis.
Esta obra, considerada su más representativo trabajo, consta de novecientas tesis o

proposiciones recogidas de las más diferentes fuentes culturales, tanto de filósofos

y teólogos latinos como de los árabes, los peripatéticos y los platónicos. No excluyó a

los pensadores esotéricos, como Trimegisto, ni a los libros hebreos. La obra iba precedida de una introducción, que tituló "Discurso sobre la dignidad del hombre",

que se entrega en la presente edición.
En esas tesis, Pico introducía sus "nuevas verdades filosóficas" con el propósito

de mostrar al cristianismo como punto de convergencia de tradiciones culturales, religiosas, filosóficas y teológicas de los más diversos países y culturas. Estas novecientas conclusiones debían ser discutidas en Roma, después de la Epifanía de 1487, por los Doctos de todo el mundo, con el propósito de entablar una paz filosófica entre los cultivadores de todas las doctrinas.


A la luz de la historia, y ciento cincuenta años antes del cisma religioso y de la primera y sangrienta guerra de religiones (1618-1648), Pico al parecer presentía que nada bueno podría salir de la corrupción e intransigencia del cristianismo de Roma, que él sufriría luego en carne propia.
Habiendo, en principio, aceptado discutir las tesis, la curia comenzó luego a dudar sobre la fidelidad del joven Pico a la ortodoxia cristiana, por lo cual se suspendió la discusión y se hizo un examen previo, una por una, de las novecientas tesis.
Como resultado de este detallado estudio, trece de esas tesis fueron consideradas

"sospechosas de herejía". El Papa las vinculó con la magia cabalística y prohibió

seguir adelante con el debate. Pico no tuvo mejor idea que escribir una Apología en

la cual defendía esas tesis cuestionadas, lo que los doctos clericales consideraron un

acto de soberbia y obstinación.
Juzgado y condenado por herejía, Pico fue excomulgado, por lo que huyó a

Francia, donde fue detenido y conducido a la cárcel de Vincennes. El heredero del

trono de Francia, y futuro rey, Carlos VIII, intercedió en su favor y fue liberado. Tras

esto, aceptó una invitación de Lorenzo el Magnífico de Médicis (1449-1492), banquero, político y mecenas italiano, y se instaló en Florencia, donde continuó profundizando sus estudios de los teólogos y esotéricos orientales, bajo la atenta mirada de la Iglesia.


En el año 1489 finalizó el Heptaplus, relato místico de la creación del universo,

en el que bucea sobre el Génesis buscando desentrañar sus significados más recónditos. Dos años después, con veintiocho años de edad, renunció a sus cuantiosos bienes ya su parte del principado familiar y se entregó a un profundo fervor religioso. Viajó por toda Italia como un mendicante hasta que en 1493, el papa Alejandro VI lo absolvió de cualquier imputación de herejía y lo admitió de nuevo en la Iglesia católica. Pico, sin

embargo, no abjuró de ninguna de sus tesis. Ingresó en la Orden de los Dominicos, cuyos hábitos llegó a vestir poco antes de su muerte, acaecida a los treinta y

un años, el 17 de noviembre de 1494.


Entre sus numerosos bienes figura su biblioteca personal, una de las más ricas del Renacimiento, que legó a un amigo con la condición de no cederla a ningún convento, como era tradición de la época y de hombres de su condición.
Esta decisión final da cuenta no sólo de sus firmes y sostenidas convicciones, sino de su actitud de eterno rebelde ante la autoridad eclesiástica y el dogma católico.

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