Los fundamentos discursivos del fenómeno peronista



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Silvia Sigal y Eliseo Verón
Perón o muerte
“Los fundamentos discursivos del fenómeno peronista”

Introducción


El objeto de este libro es el peronismo, considerado como un caso, históricamente crucial, del discurso político. Crucial no solamente respecto de la historia argentina, sino también en relación con el contexto general de los fenómenos políticos contemporáneos.
De esta caracterización, insistiremos aquí en sólo dos aspectos: la noción de “objeto” y la noción de “discurso”. Nociones que son en este caso inseparables, puesto que es por medio de la noción de discurso que hemos construido al peronismo como objeto. Nuestro procedimiento suscitará, probablemente, reacciones condenatorias; por un lado, ante la utilización de la palabra de Perón como objeto científico, operación que viola, casi blasfematoriamente, el terrorismo de lo inefable que ejercieron -o ejercen- quienes sostienen que el peronismo debe “sentirse”. Por otro lado -y esto es más grave- el análisis del peronismo como fenómeno discursivo será rechazado por quienes consideran que, en política, las palabras se las lleva el viento.
Comencemos por la cuestión de la cientificidad. Si el tratamiento al que hemos sometido nuestro “objeto” se pretende científico (o, en todo caso, responde a nuestra concepción de la cientificidad), las razones que nos llevaron a elegir dicho objeto son, sin ninguna paradoja, perfectamente subjetivas: este trabajo tiene su origen, su único origen, en la necesidad de comprender, aunque sólo fuese de manera imperfecta, parcial y provisoria, lo que ocurrió en la Argentina en 1973-74. Confrontados a este interrogante nos vimos obligados, es verdad, a remontar el curso de la historia hasta 1943.
Hemos dicho comprender: en ningún momento este trabajo ha sido imaginado por sus autores como un pretexto para “expresar” sus puntos de vista a propósito del peronismo. Lo cierto es que una buena parte de la literatura sobre los fenómenos políticos nos parece de naturaleza “expresiva”: con mayor o menor felicidad y talento, el autor se complace en manifestar sus opiniones y saldar cuentas.
La preparación de este libro ha sido para nosotros un largo viaje a través de documentos, textos, discursos e informaciones, en busca de la lógica de un proceso político. De un proceso político singular: fue abierto por la elección de un candidato que se presentó al sufragio prometiendo que si ganaba renunciaría en favor de otro candidato que estaba ausente; llevó a la elección, por tercera vez en la historia argentina, del general Perón, apoyado por enemigos irreconciliables; preparó, en fin, las condiciones que hicieron posible el primero genocidio de la historia política argentina.
La explosión de violencia en que culminó el proceso iniciado con el triunfo del peronismo en marzo de 1973 está, así, en el origen de los interrogantes de los que nació este libro, y no podía ser de otra manera. El pasaje a la violencia, la lucha política que se revela súbitamente organizada en torno a la muerte del enemigo, ¿muestra las raíces profundas sobre las que reposan, sin confesarlo, los sistemas políticos considerados democráticos, o bien esa lucha política, transformada en engranaje infernal, es una desviación, un accidente de la historia, impermeable a todo esfuerzo de explicación y ante el cual sólo cabe decir, como ante la débacle del nazismo, “esperemos que no se repita nunca más”?
Si optamos por la hipótesis según la cual la irrupción de la violencia política, que se manifiesta bajo las múltiples formas de la guerrilla (rural o urbana) o que culmina en la represión militar sistemática que han conocido países como Uruguay, Argentina y Chile, no hace más que poner en evidencia la naturaleza íntima de la dominación del Estado, ello implica que la violencia es consubstancial al sistema político, aun cuando se exprese de maneras diferentes y en diversos grados según las circunstancias: encubierta por las instituciones “democráticas”, la violencia permanece en estado latente en los países desarrollados.
La hipótesis alternativa consiste en afirmar que, en tanto sistema de reconocimiento e institucionalización de la legitimidad del conflicto, la democracia ha conseguido expulsar la violencia mortífera del campo político. Si ésta aparece, se trata de la irrupción de un fenómeno que es a la vez ajeno a las reglas del juego institucional y que resulta difícil de controlar precisamente porque el sistema político no se funda en el ejercicio sistemático de la violencia.
La primera hipótesis permite dar cuenta fácilmente de múltiples fenómenos políticos de nuestro siglo (desde el nazismo y el fascismo hasta los regímenes militares actuales) pero difícilmente de las democracias estables; éstas serán reducidas a una suerte de ilusión transitoria, que deberá estallar en el momento en que “se agudicen las contradicciones”. En términos de la segunda hipótesis, son las situaciones de extrema violencia las que resultan difícilmente explicables: los partidarios de dicha hipótesis se verán llevados, de una u otra manera, a dividir la humanidad en dos especies, aquella cuya historia le ha permitido acceder a la democracia y aquella que ha errado el camino.
Creemos que estas dos hipótesis, inversas y complementarias, dibujan una falsa alternativa, y que si no se trata de probar que bajo las apariencias de la razón democrática arde el fuego inevitable de la pulsión de muerte, tampoco es cuestión de adoptar una teoría de la democracia incapaz de pensar la violencia, a no ser como residuo patológico.
En el esfuerzo por superar esta alternativa, la noción de “discurso” desempeña un papel fundamental. Como todo comportamiento social, la acción política no es comprensible fuera del orden simbólico que la genera, y del universo imaginario que ella misma engendra dentro de un campo determinado de relaciones sociales. Ahora bien, el único camino para acceder a los mecanismos imaginarios y simbólicos asociados al sentido de la acción es, el análisis de los discursos sociales. Dicho análisis no se sitúa en un plano pretendidamente “superestructural”, como si se tratara de un nivel que “acompaña” o “refleja” (más o menos bien) el desarrollo de los procesos “concretos” o “materiales” del comportamiento social. Estudiar la producción discursiva asociada a un campo determinado de relaciones sociales es describir los mecanismos significantes sin cuya identificación la conceptualización de la acción social y, sobre todo, la determinación de la especificidad de los procesos estudiados, es imposible. Dicho de otra manera: analizar los discursos sociales no consiste en estudiar lo que los actores sociales “dicen” por oposición a lo que “hacen”, puesto que el análisis del discurso no es un análisis de contenido y no se limita a la descripción de las representaciones conscientes y explícitas que los actores tienen de sus propios comportamientos o de los comportamientos de los demás. El análisis del discurso es indispensable porque si no conseguimos identificar los mecanismos significantes que estructuran el comportamiento social, no sabremos tampoco lo que los actores hacen. La distinción entre acción y discurso no corresponde en modo alguno a la distinción entre “infraestructura” y la “superestructura”; no corresponde tampoco a la distinción entre “hacer” y “decir”, puesto que la acción social misma no es determinable fuera de la estructura simbólica e imaginaria que la define como tal. La validez de este principio teórico es totalmente independiente de la cuestión de saber si los actores, cuando actúan, saben lo que hacen y si cuando discurren, saben lo que dicen.
Lo que interesa al análisis del discurso es la descripción de la configuración compleja de condiciones que determinan el funcionamiento de un sistema de relaciones sociales en una situación dada. La caracterización de esas condiciones, no como condiciones “objetivas”, simplemente, sino como condiciones de producción del sentido, es lo que abre el camino a la aprehensión del orden simbólico como matriz fundamental del comportamiento social, y de las estructuraciones de los imaginario como red compleja de representaciones engendradas en el seno mismo de las prácticas sociales. En esta perspectiva, la violencia que estalla en el campo político se nos aparece no como retorno súbito de lo irracional reprimido no como ruptura patológica, sino como un elemento que, en determinadas circunstancias, resulta de los mecanismos significantes que determinan la naturaleza del conflicto y las posiciones ocupadas por los protagonistas. La violencia no se opone a la palabra como el “hacer” al “decir”: ella no empieza, como la música, “donde mueren las palabras”. La violencia, como los discursos, está articulada a la matriz significante que le da sentido y, en definitiva, la engendra como comportamiento enraizado en el orden simbólico y productor de imaginario.
Puede decirse que la violencia es, desde este punto de vista, una especie de discurso. Ahora bien, el poner en evidencia su dimensión significante nos muestra de inmediato la imposibilidad de hablar de la violencia en general. La violencia ejercida en la Argentina por los grupos armados de inspiración marxista, como el ERP por ejemplo, fue distinta de la violencia practicada a partir del proyecto político de los Montoneros. No cabe confundirlos puesto que las causas, los efectos, el valor estratégico y el “mensaje” transmitido eran diferentes en un caso y en otro. (Cabe, sí, asimilarlos en un nivel de generalidad mayor en tanto ambas introducen la muerte del enemigo- como un mensaje más del campo político.) La especificada de los mecanismos estudiados tiene pues, para nosotros, una importancia fundamental: es sólo a través de una descripción precisa, lo más minuciosa posible, de la lógica significante específica de procesos políticos determinados, que podremos dar respuesta a la pregunta, a la vez general y capital, acerca de la relación entre el poder del Estado, la violencia política y el destino de las instituciones democráticas.
Este libro no pretende contestar a tamaño interrogante. Pero nuestro análisis contiene inevitablemente ciertas hipótesis relativas a dicha cuestión, y las conclusiones a las que hemos llegado tal vez permitan -así lo esperamos- comprender mejor algunas de las condiciones que es necesario satisfacer para entrever una respuesta adecuada. Entre dichas condiciones se encuentra, desde nuestro punto de vista, la de analizar en detalle procesos políticos específicos. No creemos, dicho de otro modo, que para lograr una respuesta adecuada baste el sólo ejercicio de la reflexión filosófica.
La teoría del discurso se funda en el principio inverso al del viejo funcionalismo representado en sociología por la llamada “teoría de la acción social”: mientras la teoría de la acción nos recomienda “adoptar el punto de vista del actor” (es decir, afirma que una teoría de la acción social es imposible si no se tiene en cuenta el carácter subjetivo del sentido de la acción), la teoría del discurso sostiene, por el contrario, que el sentido sólo puede ser aprehendido a condición de abandonar el “punto de vista del actor”. Dicho de otro modo: una teoría de la producción de sentido es una teoría del observador. El sentido no es ni subjetivo ni objetivo: es una relación (compleja) entre la producción y la recepción, en el seno de los intercambios discursivos.
Esta relación sólo puede ser adecuadamente captada desde la posición de observador, que es la que ocupa el analista del discurso.
Este problema de la posición del observador merece un comentario que nos permitirá explicitar ciertas hipótesis básicas de la teoría del discurso. La posición del observador es, en primer lugar, siempre relativa, o, si se prefiere, metodológica, o aun: transitoria. Observar un juego de discurso (en nuestro caso, el discurso político) implica ponerse fuera del juego. Pero ponerse fuera de un juego no quiere decir ocupar la posición de lo que sería un observador absoluto; significa simplemente jugar a otro juego (en este caso, se trata de ese discurso que se llama “ciencia”). Lo que podemos llamar el “principio del observador” afirma solamente que no se puede al mismo tiempo jugar a un juego y observarlo. Volveremos en seguida a las razones de esta imposibilidad. Conviene subrayar que en esta perspectiva, que encuentra su origen en el concepto de “juegos de lenguaje” de Wittgenstein, no hay un juego absoluto, que sería una suerte de metajuego, depositario de la teoría de todos los juegos de discurso posibles: la ciencia no es un metajuego: ella es apenas un juego entre nosotros.
La posición del observador implica pues un desplazamiento, supone atravesar una frontera, colocándose en un juego para observar otro. Este desplazamiento es relativo, porque puede invertirse: es posible y a la vez altamente instructivo, por ejemplo, observar el juego de la ciencia desde el juego de la política. Una sociedad puede ser considerada, desde este punto de vista, como un tejido, extremadamente complejo, de juegos de discurso que se interfieren mutuamente.
¿Por qué este desplazamiento, destinado a definir, respecto de un juego de discurso, la posición del observador, es siempre necesario? Porque los juegos de discurso no son otra cosa que el marco, el contexto, donde, en el seno de determinadas relaciones sociales, tiene lugar la producción social del sentido. Y una de las propiedades fundamentales del sentido cuando se lo analiza en el marco de su matriz social, es el carácter no lineal de su circulación. En efecto: del sentido, materializado en un discurso que circula de un emisor a un receptor, no se puede dar cuenta con un modelo determinista. Esto quiere decir que un discurso, producido por un emisor determinado en una situación determinada, no produce jamás un efecto y uno solo. Un discurso genera, al ser producido en un contexto social dado, lo que podemos llamar un “campo de efectos posibles”. Del análisis de las propiedades de un discurso no podemos nunca deducir cuál es el efecto que será en definitiva actualizado en recepción. Lo que ocurrirá probablemente es que, entre los posibles que forman parte de ese “campo”, un efecto se producirá en unos receptores, y otros efectos en otros.
De lo que aquí se trata es de una propiedad fundamental del funcionamiento discursivo, que podemos formular como el principio de la indeterminación relativa del sentido: el sentido no opera según una causalidad lineal. En realidad, la situación del analista de los discursos sociales es comparable a la del observador de lo que se llama actualmente los “sistemas alejados del equilibrio”, sistemas en los cuales un acontecimiento local engendra una transformación brusca y cualitativa del conjunto. El observador de estos sistemas puede definir la clase de acontecimientos que se producirán a partir del “punto crítico” pero el solo análisis del sistema antes de este punto no le permite predecir a priori cuál será la configuración singular, específica, que aparecerá. (1)
Este carácter no lineal (o si se prefiere, no “mecánico”) de la circulación del sentido, conduce a distinguir dos grandes capítulos en la investigación de los discursos sociales, que corresponden a dos modos de análisis del discurso: la producción y el reconocimiento. Si utilizamos “producción” en lugar de “emisión” y “reconocimiento” en lugar de “recepción” es porque emisión y recepción son términos inevitablemente asociados a las teorías de la comunicación social. Ahora bien, toda teoría de la comunicación supone que una comunicación tendrá lugar cuando un contenido determinado (en general, lo que el emisor “quiere decir”) pasa del emisor al receptor: si este pasaje tiene lugar, se dirá que el receptor ha “comprendido el mensaje”. Como puede verse, las teorías de la comunicación están fundadas en la hipótesis según la cual la circulación del sentido (cuando es “exitosa”) supone un proceso lineal de circulación. Ante este punto de vista, se plantea una alternativa: o bien nos dedicamos al estudio de la comunicación “exitosa” (y nos condenamos a no poder analizar sino los semáforos y otros códigos simples del mismo tipo), o bien partimos de la indeterminación constitutiva de la circulación del sentido, que nos obliga a abandonar el punto de vista “comunicacional”. Es por esta razón que la teoría de los discursos sociales no es una teoría de la comunicación.
El lector ya habrá comprendido que la diferencia entre una teoría de la comunicación y una teoría del discurso es que la primera es una teoría formulada desde el punto de vista subjetivo del actor, y la segunda una teoría del observador. En efecto: desde el punto de vista de un actor social que “comunica”, no existe ninguna clase de indeterminación: él sabe (o cree saber) lo que “quiere decir”, y en función de esta representación produce su discurso. Dicho de otra manera: la indeterminación relativa de la circulación del sentido sólo es visible para un observador, el cual, colocándose “fuera”, analiza el intercambio discursivo. El predominio de las “teorías de la comunicación” ha ocultado, durante largo tiempo, esta propiedad fundamental del funcionamiento de los discursos sociales que es el carácter no lineal de la circulación.
Definir el análisis del discurso desde el punto de vista de un observador, tiene una ventaja adicional: nos permite desembarazarnos de ciertas objeciones que han podido formularse a propósito del estudio de los discursos sociales. Podría argüirse, en efecto, que en la investigación de los procesos políticos, no tiene sentido privilegiar el discurso, en la medida en que la palabra política está siempre en desfasaje respecto de la acción política: sería ingenuo, según este punto de vista, suponer que la “verdadera” estrategia y los “verdaderos” objetivos de los actos políticos se expresan en lo que los políticos dicen: frecuentemente, por el contrario, la palabra política sirve para ocultar la estrategia o para dar de ella una imagen errónea.
Este tipo de objeciones no afecta al análisis del discurso tal como lo concebimos en este trabajo: el análisis de los discursos sociales se interesa en la relaciones interdiscursivas que aparecen en el seno de las relaciones sociales; la unidad de análisis, por lo tanto, no es el sujeto hablante, el actor social, sino las distancias entre los discursos. El análisis del discurso se interroga, por una parte, acerca de la especifidad del tipo de discurso estudiado y responde siempre a esta pregunta por diferencia; por ejemplo, ¿qué es lo que distingue el discurso político de otros tipos de discurso? El análisis del discurso se interesa, por otro lado, en la dinámica de un proceso dado de producción discursiva: ¿cuál es la relación entre un discurso A, y otro discurso B que aparece como respuesta al primero? Trabajando sobre el inter-discurso, el análisis no necesita recurrir a ningún concepto concerniente a las “intenciones” o los “objetivos” de los actores sociales que intervienen en los procesos estudiados.
En verdad, la ingenuidad consiste en suponer que se puede interpretar la acción política fuera de toda hipótesis sobre la matriz significante que la engendra. Quienes rehusan estudiar el sentido en el lugar mismo en que éste se produce, es decir, en la discursividad social inseparable del comportamiento, no hacen más que ejercitar una “intuición” interpretativa cuyo fundamento y cuyo método no son justificados.
El observador, dijimos, aborda los discursos sociales desde dos puntos de vista: la producción y el reconocimiento. (2) El problema que nos planteamos al comenzar este trabajo era un problema de reconocimiento: queríamos comprender el proceso político que culminó en el gobierno peronista de 1973-1974, y en particular el papel jugado por la llamada “izquierda” peronista, a través de la juventud y del movimiento Montoneros. ¿Cómo podía entenderse la posición y la estrategia de esta “izquierda”, violentamente enfrentada al peronismo tradicional de corte “sindical”, en el contexto en su conjunto? ¿Qué tipo de lectura del peronismo y, en particular, del discurso del propio Perón implicaba esta posición de la juventud?
El fenómeno peronista, con su larga historia, debía pues ser tratado como condición de producción del discurso de esta “izquierda” que, en el proceso electoral que condujo al triunfo de marzo de 1973, se apodera del candidato Cámpora y lo transforma en símbolo de su estrategia política contra la “burocracia sindical”. Inversamente, el discurso de la juventud peronista podía ser considerado como el lugar en que se manifestó una cierta configuración de efectos del discurso de Perón.
Era pues necesario, en primer lugar, tratar de comprender el fenómeno peronista como fenómeno discursivo. ¿Cuáles son los elementos que determinaron su especificidad? ¿Existe, desde este punto de vista, una continuidad del peronismo identificable a lo largo de los treinta años que separan las primeras apariciones públicas del general Perón, de su retorno a la Argentina en 1973?
La búsqueda de una respuesta a estas preguntas nos condujo a una conclusión: el peronismo no puede ser caracterizado como una “ideología” o, en otros términos, su continuidad histórica y su coherencia discursiva no reposan en la permanencia de ciertos contenidos que configurarían algo así como la “ideología peronista”. Dicha continuidad y dicha coherencia existen pero se sitúan en otro plano.
Aquí es necesario, respecto de la vieja cuestión de las ideologías, distinguir entre dos empleos diferentes del término: el substantivo y el adjetivo. El primero empleo designa lo que no puede ser sino un objeto: una ideología (poco importa, para lo que aquí nos interesa, si el substantivo es utilizado en singular o en plural). El término es, podríamos decir, “preteórico” y puramente descriptivo, del cual probablemente sea imposible desembarazarse, en la medida en que su empleo es cómodo: permite designar configuraciones históricas extremadamente complejas pero intuitivamente identificables, como cuando se habla de comunismo, leninismo, liberalismo o fascismo, como concepciones del mundo, teorías políticas o configuraciones de opiniones. Recurriendo a este empleo substantivo, decimos: el peronismo no es reductible a una ideología. En razón, por una parte, del hecho que algunos de sus temas dominantes variaron a lo largo del tiempo. Y en razón, por otra parte y sobre todo, que otros de sus temas son demasiados vagos o ambiguos como para definir una “ideología”. Las eternas polémicas en torno a la cuestión de saber si el peronismo fue un fenómeno de “derecha” o de “izquierda” es un buen síntoma que indica que la cuestión fundamental planteada por el peronismo en el campo político no se decide en el plano de las “ideologías”.
El empleo del adjetivo es muy diferente: hablamos, en este caso, de ideológico. Más precisamente, podemos utilizar el adjetivo para calificar un substantivo: dimensión ideológica. El concepto de dimensión ideológica es muy diferente del concepto de ideología: el primero es analítico, el segundo puramente intuitivo; el primero tiene una pretensión teórica, el segundo es descriptivo. El concepto de dimensión ideológica de un discurso (o de un tipo de discurso) designa la relación entre el discurso y sus condiciones sociales de producción: esta relación se concreta en el hecho de que el discurso en cuestión exhibe ciertas propiedades que se explican por las condiciones bajo las cuales ha sido producido. Un aspecto fundamental de la problemática de la dimensión ideológica de los discursos sociales es, precisamente, la cuestión de los tipos de discurso. Los diferentes tipos de discursos se distinguen por una estructuración diferente de su dimensión ideológica, es decir, de la relación que guardan con sus condiciones de producción. Si, por ejemplo, el discurso político y el discurso científico son juegos de discurso diferentes no es porque en uno hay “ideología” y en el otro no: un discurso científico puede perfectamente vehicular “contenidos ideológicos” determinados, lo cual no afecta en nada su cientificidad. Esta última se determina en el plano de la dimensión ideológica: la relación entre el discurso científico y sus condiciones de producción se estructura de un modo diferente que la relación del discurso político con sus propias condiciones de producción. Pero el concepto de dimensión ideológica es pertinente en ambos casos: tanto el discurso político como el discurso científico son producidos bajo condiciones sociales determinadas.
Interrogarse por la dimensión ideológica del discurso político no es pues preguntarse por la presencia de tales o cuales contenidos, “opiniones” o “representaciones” de la sociedad, sino preguntarse por la relación del discurso político con sus condiciones específicas de producción. Un aspecto fundamental de estas condiciones específicas es la naturaleza del sistema político en el cual el discurso es producido. ¿Qué características del discurso político producido en el contexto de un sistema democrático, caracterizado por el pluralismo de partidos, se explican precisamente por dichas condiciones? Una pregunta de este tipo no se refiere a tal o cual ideología (puesto que varias ideologías diferentes pueden coexistir en un sistema de pluralismo de partidos) sino a la manera en que los discursos políticos producidos bajo esas condiciones construyen su relación con respecto a dichas condiciones.
Hemos dicho que la especificidad del peronismo no puede caracterizarse en términos de “ideología”. Podemos agregar ahora que su especificidad reside, en cambio, en su dimensión ideológica, vale decir, en la manera en que el discurso peronista construye su relación con el sistema político democrático. ¿Cuáles son los mecanismos discursivos que entran principalmente en juego en esta relación de un discurso con sus condiciones de producción? Los progresos realizados en los últimos años por las diversas disciplinas que se ocupan del lenguaje y del discurso permiten formular una primera respuesta: las variaciones en la relación de los discursos con sus condiciones de producción afectan sobre todo los mecanismos de la enunciación.
La noción de enunciación es capital para el análisis que se presenta en este trabajo. Ella constituye uno de los términos de la distinción que opone enunciación a enunciado, en tanto niveles de funcionamiento discursivo. El nivel de enunciado es aquel en el que se piensa cuando se habla de “contenido” de un discurso; el enunciado es aquello que se dice: “X posee la propiedad Y”. Si comparamos la afirmación “X posee la propiedad Y” con la pregunta “¿posee X la propiedad Y?” estas dos expresiones son idénticas en su contenido (en el plano del enunciado) pero diferentes en la medida en que afirmar no es lo mismo que preguntar. La diferencia entre afirmar y preguntar es una diferencia en el Plano de la enunciación.
De la frase de nuestro ejemplo podemos imaginar múltiples variantes: “yo creo que X posee la propiedad Y”, “es evidente que X posee la propiedad Y”, “como bien se sabe X posee la propiedad Y”, etc. Todas estas variaciones son variaciones enunciativas en torno a un enunciado cuyos elementos de contenido permanecen idénticos. El plano de la enunciación es ese nivel del discurso en el que se construye, no lo que se dice, sino la relación del que habla a aquello que dice, relación que contiene necesariamente otra relación: aquella que el que habla propone al receptor, respecto de lo que dice. Si yo digo “X posee la propiedad Y” presento mi enunciado como una verdad compartida por la colectividad, con lo cual estoy indicando a mi interlocutor que no puede rechazar mi afirmación sin correr el riesgo de quedar fuera del “sentido común”.
El plano de la enunciación comprende dos grandes aspectos: las entidades de la enunciación y las relaciones entre esas entidades. Todo discurso construye dos “entidades” enunciativas fundamentales: la imagen del que habla (que llamaremos el enunciador) y la imagen de aquel a quien se habla (que llamaremos el destinatario). El enunciador no es el emisor, el destinatario no es el receptor: “emisor” y “receptor” designan entidades “materiales” (individuos o instituciones) que aparecen respectivamente como fuente y destino “en la realidad”. Enunciador y destinatario son entidades del imaginario: son las imágenes de la fuente y del destino, construidas por el discurso mismo. La distinción es importante, puesto que un mismo emisor, en diferentes momentos, puede construir imágenes muy diferentes de sí mismo.
Pero el funcionamiento discursivo consiste también en relacionar estas entidades entre sí, a través de lo que se dice; en otros términos, la relación entre el plano de la enunciación y el plano del enunciado es un fenómeno del orden de la enunciación. Lo hemos visto en nuestros ejemplos: la certidumbre, la duda, la interrogación, la sugerencia, son algunos de los múltiples modos en que el que habla define su relación con lo que dice y, automáticamente, define también la relación del destinatario con lo dicho.
Puede ocurrir, por supuesto, que el receptor no se reconozca en la imagen de sí mismo (el destinatario) que le es propuesta en el discurso.
Podemos ahora articular las dos distinciones que hemos presentado, entre ideología y dimensión ideológica, por un lado, y entre enunciado y enunciación por el otro.
La noción de “ideología” conceptualiza el plano del enunciado: en su uso habitual, el término ideología designa precisamente una configuración de opiniones o de representaciones de la sociedad, vale decir, una colección de enunciados. La problemática de la dimensión ideológica nos lleva a cambiar de nivel: es en el plano de la enunciación que se construye la relación de un discurso con sus condiciones sociales de producción.
El hecho de que en los últimos años se haya puesto de relieve la importancia de los mecanismos enunciativos no quiere decir en modo alguno que, a partir de este punto de vista, el análisis del discurso se desentienda de los contenidos. Lo esencial es que, vistos en relación con los mecanismos enunciativos, los enunciados no son ya más simples “contenidos”. En esta perspectiva, en efecto, la noción de enunciado es inseparable de la noción de enunciación: una teoría de la enunciación discursiva no olvida los enunciados, pero estos últimos no son comparables a los “temas” o “unidades” definidos por el análisis de contenido; los enunciados se articulan a las entidades enunciativas: el enunciador y el destinatario. Que no se diga entonces que el análisis del discurso “olvida” o “descuida” los contenidos; lo que hace es incorporarlos a una teoría de la enunciación. Una cosa es considerar un tema o un contenido en sí mismo, de una manera aislada; otra cosa es considerar ese tema o ese contenido como organizado por la estrategia de un enunciador y orientado hacia un destinatario.
Dijimos que a partir de interrogantes que concernían al proceso político en 1973-74, nos embarcamos, remontando la historia, en una indagación acerca de la especificidad del peronismo. Estamos ahora en condiciones de reformular de una manera más precisa la conclusión a que nos condujo esa exploración: la continuidad del peronismo, su coherencia y su especificidad, no se sitúan en el plano de los enunciados que componen la doctrina, sino en el plano de la enunciación. Dicho de otra manera: en tanto fenómeno discursivo, el peronismo no es otra cosa que un dispositivo particular de enunciación a través del cual el discurso se articula, de una manera específica, al campo político definido por las instituciones democráticas.
Ahora bien, el fenómeno de la “izquierda” peronista, tal como se desenvolvió a partir de 1973, es una “lectura” del peronismo que pone en juego precisamente ese dispositivo de enunciación: los avatares del peronismo de “izquierda” no pueden comprenderse como respuesta a los enunciados peronistas sino como estrategia (fracasada) de inserción en el dispositivo de enunciación del peronismo.
Aquí reside, en definitiva, el interés que atribuimos al nivel de análisis en que nos hemos colocado en este libro. El estudio de los mecanismos discursivos permite, en primer lugar, identificar el nivel del pertinencia que es preciso definir para comprender la relación (y el enfrentamiento) entre el peronismo “histórico” y el peronismo de “izquierda”. En segundo lugar, un análisis de la economía enunciativa de esa relación nos permite comprender por qué la “izquierda peronista” fracasó en su intento por insertarse en el movimiento peronista. Y en tercer lugar, dicho análisis nos lleva a formular algunas hipótesis que tal vez clarifiquen el problema de la relación entre el sistema político y los engranajes de la violencia.
Nuestro análisis comporta tres momentos y una conclusión.
En la primera parte nos colocamos en producción, vale decir, intentamos describir aquellas propiedades que definen el discurso de Perón en tanto origen del movimiento político que lleva su nombre y en tanto fuente de un cierto modo de definir la posición de líder dentro del campo político. Este análisis está orientado a mostrar que los invariantes que caracterizan la especificidad y la continuidad del discurso peronista a lo largo de su historia (1943-1974) no son invariantes de contenidos sino invariantes enunciativos, no son elementos que componen una “ideología” entre otras, sino elementos que determinan una manera particular de articular la palabra política al sistema político.
En la segunda parte abordamos ciertos fenómenos de la circulación del discurso político peronista durante el importante período del exilio (1955-1972). En la situación “normal” de producción/reconocimiento del discurso político, vale decir, cuando el discurso del líder político es proferido dentro del contexto nacional en el que resulta inmediatamente pertinente, la circulación sólo puede ser definida como diferencia entre la producción, por un lado, y las varias modalidades de reconocimiento a través de las cuales el discurso produce sus múltiples “efectos” en distintos sectores de la sociedad, por otro lado.
Durante el período del exilio de Perón la voluntad del líder de mantener, pese al alejamiento físico, el control del movimiento peronista (y, a través de éste, de la situación política argentina) condujo al establecimiento de un complejo dispositivo de comunicación hecho de diferentes tipos de mensajes, mediaciones y representantes, que constituye una suerte de materialización de la circulación del discurso político, circunstancia sin duda excepcional dentro de la historia de un movimiento político en la época contemporánea, y que dio lugar al funcionamiento de lo que tal vez se pueda describir como eficacia a distancia. Lo que intentamos mostrar en esta segunda parte es que la “lógica” del sistema de comunicación establecido durante el exilio no es ajena a las características de la enunciación peronista tal como las describimos en la primera parte. Más aún: la eficacia de ese “control a distancia” se explica a la luz de los mecanismos de la enunciación peronista.
Sólo en la tercera parte nuestro análisis se coloca en reconocimiento. De los múltiples casos de reconocimiento en los que podrían estudiarse los “efectos” del discurso de Perón dentro y fuera del movimiento peronista hemos elegido uno, que nos parece central en el proceso que fue el punto de partida de nuestro trabajo. Ese caso es el de la Juventud Peronista y el movimiento Montoneros. Los avatares de la “izquierda” peronista representada por la juventud y en particular el modo en que la creencia operó en dicho contexto, no pueden explicarse, a nuestro juicio, si no se los sitúa a la luz de las propiedades fundamentales de funcionamiento del discurso peronista, analizadas en las dos primeras partes.
La conclusión intenta, en fin, a partir del fenómeno peronista, discutir algunas consecuencias de nuestro análisis sobre la teoría del discurso político en general, y sintetizar nuestro punto de vista sobre la contribución que el análisis del discurso puede aportar al estudio de los procesos y los movimientos políticos.

Primera Parte


La enunciación peronista
El modelo de la llegada
“Llegó del otro extremo del mundo”
El 20 de junio de 1973, Perón regresa a la Argentina por segunda vez después de la apertura política iniciada por el general Lanusse. Este segundo retorno aparece como definitivo: el peronismo ha ganado las elecciones el 11 de marzo y Héctor J. Cámpora ocupa el gobierno, en nombre de Perón, desde el 25 de mayo. La lucha, que se ha intensificado a partir del triunfo electoral entre la derecha y la izquierda del peronismo por el control de lo que los mismos actores en presencia llamarán el “espacio político”, alcanza un primer “clímax” precisamente el 20 de junio, con motivo del regreso del líder. Una enorme concentración, estimada en más de un millón de personas, se organiza en las inmediaciones del aeropuerto internacional de Ezeiza. La Juventud Peronista y las varias organizaciones armadas de la izquierda peronista encuadran perfectamente el desplazamiento y la concentración de sus militantes, pero 105 grupos de derecha, tutelados principalmente por el ministro de Bienestar Social José López Rega, controlan el palco oficial. Enfrentamientos y tiroteos se suceden durante la tarde, produciendo numerosos muertos y heridos. (1) Ante esta situación de tensión extrema, el avión que conduce a Perón es desviado hacia el aeropuerto militar de Morón.
Al día siguiente, Perón pronuncia un discurso transmitido por la cadena de radio y de televisión. Se trata de su primer discurso público en la Argentina, después de dieciocho años de exilio. Mientras que el reencuentro con el líder, tan largamente esperado por sus partidarios, ha fracasado, Perón inicia al día siguiente su discurso definiendo a su destinatario de la manera más general posible: se trata del pueblo argentino.
“Deseo comenzar estas palabras con un saludo muy afectuoso al pueblo argentino. Llego del otro extremo del mundo con el corazón abierto a una sensibilidad patriótica que sólo la larga ausencia y la distancia pueden avivar hasta su punto más alto. Por eso, al hablar a los argentinos, lo hago con el alma a flor de labio, y deseo que me escuchen también con el mismo estado de ánimo.
“Llegó casi desencarnado. Nada puede perturbar mi espíritu porque retorno sin rencores ni pasiones, como no sea la pasión que animó toda mi vida, servir lealmente a la Patria. Y sólo pido a los argentinos que tengan fe en el gobierno justicialista, porque ése ha de ser el punto de partida para la larga marcha que iniciamos (...).”
El enunciador se coloca, como puede verse, en una posición peculiar que consiste en destruir una distancia explícita entre sí mismo y sus destinatarios: “Llego del otro extremo del mundo”; “llego casi desencarnado”; “nada puede perturbar mi espíritu”; “llego sin rencores ni pasiones”; se presenta como un puro espíritu, animado sólo por la pasión de servir lealmente a la patria. En esta cobertura, conviene subrayarlo, la distancia es construida tanto respecto del pueblo argentino nombrado como destinatario explícito de esas palabras (“llego del otro extremo del mundo”) cuanto respecto de sus propios partidarios (“retorno sin rencores ni pasiones”) quienes, veinticuatro horas antes, han protagonizado una explosión particularmente violenta de “rencor y pasión”. A “los argentinos”(destinatario genérico) sólo les pide una cosa: que tengan fe en el gobierno justicialista.
Este preámbulo del discurso del 20 de junio de 1973 es interesante, porque admite de inmediato una lectura puramente circunstancial. Perón acaba de regresar definitivamente al país tras 18 años de ausencia. La distancia que cobra forma aquí como encuadre general del discurso, no traduciría más que la distancia real, vivida por el exiliado que vuelve a un país que no puede ser otra cosa que una Patria abstracta. La pureza patriótica expresaría el fin del exilio, a la vez que el rol voluntariamente marginal que Perón ha jugado en el reciente proceso político: Perón ha ganado de hecho las elecciones, sin presentarse como candidato. Prolongando la misma estrategia contenida en ese rol premeditadamente marginal, Perón estaría aquí presentándose como el conciliador de todos los argentinos. Al mismo tiempo, el tema del regreso no sería otra cosa que la materialización, la realización final, en cierto modo, del mito del “retorno”, que se ha mantenido vivo durante esos 18 años de ausencia.
La lectura que acabamos de evocar esquemáticamente es, sin duda alguna, plausible: da cuenta del fragmento como una introducción cuyos elementos se adaptan perfectamente a las circunstancias inmediatas en que el discurso ha sido pronunciado, y a la coyuntura política. Y sin embargo, dicha lectura desconoce el hecho de que esos mismo elementos poseen un valor que trasciende la situación inmediata, un valor que reenvía a un funcionamiento discursivo sistemático, y es este nivel de funcionamiento el que nos interesa aquí. No se trata pues de afirmar que la lectura circunstancial es “falsa”; ella simplemente oculta (o ignora) otro nivel que está igualmente presente en el fragmento que comentamos. Porque no es la primera vez que Perón construye su posición de enunciador como la de alguien que llega.
La presencia de una suerte de “modelo general de la llegada” se manifiesta si recorremos el conjunto de la producción discursiva de Perón. El modelo aparece ya nítidamente cuando Perón hace su primera entrada en la escena política.
Consideremos los siguientes fragmentos:
“Soy un humilde soldado que cumple con un deber impuesto por la hora; y pueden estar seguros que lo mejor que puede existir en mí, es la buena voluntad...”(12.8.44)
“Soy un austero soldado que no tengo ambiciones ni las tendré nunca...”(15.10.44)
“Llego a vuestra presencia con la emoción que me produce sentirme confundido entre este mar humano de conciencias honradas... llego a vosotros para deciros que no estáis solos en vuestros anhelos que redención social...”(12.2.46)
“... no soy nada más que argentino; que no tengo otra ideología que el pueblo de mi patria, ni otro partido político que mi patria...”(10.8.44)
“... Por eso el ejército ha expuesto la vida y la carrera de sus integrantes sin otro interés que el bien del país, que es el bien de todos. En esta empresa, yo no tenía nada que ganar, absolutamente nada. Pude perderlo todo.” (31.8.44)
“Afortunadamente, nosotros no somos hombres importantes, somos modestos soldados que nos hemos dado a servir una causa y no tenemos la pretensión de hacerlo todo bien pero sí de hacerlo con honradez y con buena voluntad. Y así como pensamos que cada hombre debe servir a sus semejantes, pensamos asimismo que el pueblo no está para servir al gobierno, sino el gobierno para servir al pueblo. (...) No queremos nada, no tenemos nada; pero aspiramos a que nadie pueda decir jamás que la Secretaría de Trabajo no haya obrado con justicia y con honradez” (9.12.44).,
Varios elementos fundamentales parecen componer este modelo del enunciador como “alguien que llega”.
En primer lugar, Perón es alguien que viene de afuera. Si ese “exterior” desde el cual llega es, en 1973, el exterior geográfico del exilio, en sus primeros discursos era un exterior abstracto, por decirlo así, extrapolítico: el cuartel.
“... cuando yo caiga en esa lucha en que voluntariamente me enrolo, estoy seguro que otro hombre más joven y mejor dotado, tomará de mis manos la bandera y la llevará al triunfo. Para un soldado, nada hay más grato que quemarse en la llama épica y sagrada para alumbrar el camino de la victoria” (2.12.43).
El proceso de la llegada está pues fuertemente marcado por el universo metafórico del imaginario militar.
¿Cómo se justifica el acto mismo de venir, cómo se explicitan las motivaciones de aquel que ha decidido venir? Esas motivaciones están construidas también como sentimientos extrapolíticos, valores que no son otra cosa que el conjunto de deberes y virtudes del soldado: austeridad, patriotismo, sinceridad, honradez, humildad, buena voluntad.
¿Cuáles son, en fin, los objetivos de esta venida? Comienza a dibujarse aquí lo que será el lugar del pueblo, y la relación que se establecerá entre Perón y el pueblo como relación de exterioridad: “llego a vosotros para deciros que no estáis solos en vuestros anhelos de redención social”.
Conviene precisar la naturaleza de esta relación Perón/pueblo, en sus dos direcciones.
De Perón hacia el pueblo: Perón caracteriza su propia acción como un servicio impuesto simplemente por el deber del soldado. Este último no tiene nada, no quiere nada para sí mismo; está sólo movido por el interés de la Patria y llega para servir al pueblo. He aquí otro texto significativo:
“Personalmente, con el apoyo del excelentísimo señor Presidente de la Nación y del gabinete que colabora en sus tareas, he aceptado la responsabilidad de tomar a mi cargo la defensa de la clase trabajadora. Entiendo esa causa y esa defensa, tal como la entienden los soldados; y la resumo en estas palabras: “Defendería hasta morir por ella, si es necesario” (25.6.44).
Del pueblo hacia Perón. Este pueblo tiene anhelos, anhelos de “redención social”, frustrados durante muchos años. Perón llega y ese pueblo no está más solo. La posición del pueblo aparece así, necesariamente, como la de un actor social pasivo. En efecto, ¿qué es lo que Perón, soldado providencial, solicita del pueblo? Confianza, en primer lugar, que deberá transformarse luego (y el pedido reaparece, como hemos visto, a su llegada en 1973) en fe:
“Trabajamos empeñosa y asiduamente para todos. Para vosotros y para nosotros, en una labor exenta de promesas y palabras, para que nadie en esta tierra generosa y altiva, sienta la angustia de sentirse socialmente olvidado (...) Y esta labor de justicia que cumplimos, sin pausa y sin desmayo y sin otra aspiración que la de trabajar por la grandeza de la patria, nos ha deparado grandes satisfacciones (...) Decenas de delegaciones nos traen sus problemas, sus esperanzas, sus aspiraciones.”
“Llegan, desde todos los puntos del país, alentando la confianza de un pueblo defraudado que comienza a creer en la justicia social; y siente, por primera vez, el orgullo de saberse escuchado, y de sentirse argentino.”
“Yo, en este día clásico de los trabajadores, prometo en nombre del gobierno, que esa confianza no será defraudada. Las nuevas conquistas darán a esta conmemoración un sentido más patriótico y más argentino” (1.5.44).
“Al hablar en otra oportunidad a los trabajadores de la patria, les solicité que tuvieran confianza en nuestra honradez y decisión. Hoy me encuentro absolutamente persuadido de que esa confianza existe y que ella debe constituir el fundamento de lo que les pediré en este momento a los trabajadores compatriotas. Es necesario que esa confianza se transforme hoy en fe, sobre lo que todavía debemos realizar...” (8.7.44).
“En los primeros tiempos de la Secretaría de Trabajo, yo pedí a los trabajadores confianza; después les pedí fe y no me han defraudado jamás. Ahora necesitamos la cooperación de todos para salvar nuestras conquistas, que no deben perderse y llevar adelante los postulados de nuestra justicia social, en lo que no estamos ganando nada para nosotros, sino para nuestro pueblo. Y si es necesario, pediremos ayuda a los trabajadores, persuadidos que no defendemos nuestras posiciones, que no nos interesan, sino la que han alcanzado los trabajadores argentinos, que no podrán ceder en adelante un solo paso en las conquistas logradas” (11.10.44).
El orden cronológico en que hemos reproducido los tres últimos fragmentos permite subrayar el desarrollo progresivo de la construcción que hace Perón de su relación con el pueblo: primero pide al pueblo confianza; luego la confianza debe transformarse en fe; en tercer lugar, solicita colaboración, la colaboración de todos. “Si es necesario -agrega- pediremos ayuda a los trabajadores”: esta frase es una excelente prueba indirecta a la vez de la exterioridad de la relación y de la semantización pasiva del pueblo. Si es cierto que este último aparece identificado con los trabajadores, ninguna acción específica se solicita de ellos. El “pedido de ayuda a los trabajadores” es contemplado, a fines de 1944, como una eventualidad, como un recurso último al que apelaría “si es necesario”. Y nótese la presencia, siempre implícita, de la distancia: el eventual pedido de colaboración no sería hecho para defender las posiciones de Perón, “que no le interesan”, sino las de los trabajadores. Esta primera construcción de la relación Perón/pueblo se apoya en una suerte de modelo especular, elaborado en ese registro sensorial que es, por excelencia, el registro del contacto en la distancia: la mirada. En efecto, antes de su intervención providencial, Perón observaba, desde afuera, lo que ocurría en el país:
“Simple espectador, como he sido, en mi vida de soldado, de la evolución de la economía nacional y de las relaciones entre patrones y trabajadores, nunca he podido avenirme a la idea, tan corriente, de que los problemas que tal relación origina sean materia privativa de las partes directamente interesadas (...) (2.12.43).
Observar, desde afuera, la situación del país, es la posición propia del soldado en el cuartel. A partir del momento en que comienza a intervenir en la vida política desde la Secretaría de Trabajo y Previsión, lo que Perón va a solicitar del pueblo es que éste, a su vez, observe ahora lo que Perón está realizando en su favor. Se confirman así a la vez la exterioridad de la relación Perón/pueblo y la pasividad de éste último: la confianza del pueblo proporciona a Perón el tiempo inicial necesario para comenzar a hacer, de la constatación de las acciones realizadas nacerá la fe. Acciones, y no palabras: “Trabajamos empeñosamente... en una labor exenta de promesas y palabras”. La construcción del pueblo como observador de los actos de Perón está pues en el origen de uno de los “slogans” fundamentales del peronismo. “Mejor que decir es hacer, mejor que prometer es realizar”. El comportamiento de Perón aparece así definido como el más claro de los mensajes:
“No tenemos la costumbre de prometer, sino de hacer. Por eso no vengo a prometerles nada. Ustedes verán a través del tiempo las realizaciones que nosotros ejecutaremos; irán viendo día a día el progreso respecto de los problemas que las clases trabajadoras de nuestro país vienen planteando desde hace veinte o treinta años, sin ningún resultado” (17.6.44).
“Sería inútil que yo tratara de explicar cómo hemos cumplido con este postulado, que encierra todo el contenido social de la Revolución. Yo prefiero seguir como hasta ahora, sosteniendo que mejor que decir es hacer, y mejor que prometer es realizar” (28.7.44).
Si este slogan define, por un lado, la conducta del propio Perón, otra consigna, no menos célebre, se aplicará al comportamiento que Perón espera del pueblo: “de casa al trabajo y del trabajo a casa”. Difícilmente otra fórmula expresaría mejor esa posición que hemos caracterizado como la pasividad del pueblo.
El 10 de octubre de 1945, el entonces coronel Perón es obligado a renunciar a su cargo en la Secretaría de Trabajo y Previsión. En ese momento crítico, se dirige así a los trabajadores:
“Estamos empeñados en una batalla que ganaremos porque es el mundo el que marcha en esa dirección. Hay que tener fe en esa lucha y en ese futuro. (...) Al dejar el gobierno, pido una vez más a ustedes que se despojen de todo otro sentimiento que no sea el de servir directamente a la clase trabajadora. Desde anoche, con motivo de mi alejamiento de la función pública, ha corrido en algunos círculos la versión de que los obreros están agitados. Yo les pido que en esta lucha me escuchen. No se vence con violencia; se vence con inteligencia y organización. Por ello les pido que conserven una calma absoluta y cumplan con lo que es nuestro lema de siempre: del trabajo a casa y de casa al trabajo (...) Recuerden y mantengan grabado el lema “de casa al trabajo y del trabajo a casa” y con eso venceremos”, (10.10.45).
Más tarde, cuando Perón es ya presidente y el problema de la representación se ha materializado, por decirlo así, en el proceso electoral, el propio Perón evocará esos años de entrada en la escena política con la misma imagen de un país que no hace otra cosa que observar, con entusiasmo y asombro, el mensaje contenido en sus realizaciones:
“Y no puedo alejar de mi mente las primeras armas hechas en favor de las masas obreras; las inquietudes de las batallas que se avecinaban para imponer la justicia social; las manifestaciones de entusiasmo cuando el pueblo percibió que le iban llegando los primeros destellos de sus anheladas reivindicaciones; el asombro que producía este avance a los que habían convertido la ley en un instrumento para oprimir a los humildes” (1.5.49).
“Poco a poco el pueblo comenzó a entendernos. Hombres sin fe y sin esperanza empezaron a vislumbrar una vida distinta... y alentados por las realidades de una nueva conducta de gobernantes, comenzaron a sentirse otra vez unidos al destino de la Patria...” (1.5.50).
El mismo modelo reaparecerá, intacto, hacia el fin del proceso. En el discurso que Perón pronuncia con motivo de la renuncia del presidente Cámpora, el 13 de julio de 1973, dirá:
“Si Dios me da salud y si Dios me lo permite, he de gastar hasta el último esfuerzo de mi vida para cumplir la misión que pueda corresponderme. No sé cuál será la decisión del pueblo argentino. Ni me interesa. Pero cualquiera fuera el designio que ha de plantearse para el futuro inmediato y mediato de la República, yo seguiré siendo un soldado a su servicio, en el cual empeñaré, no solamente mi honor, sino también mi vida”.
“Quiero hacer llegar a través de este medio mi profundo agradecimiento al pueblo argentino que una vez más nos está dando su confianza y nos está mostrando su fe. Fe y confianza que nosotros hemos de llevar adelante...” (13.7.73).
Aquel que llega de un exterior absoluto, que pide a su pueblo confianza y fe, porque sus obras hablarán por él, y que concibe su llegada como el estricto cumplimiento de una misión superior, el Bien de la Patria, no es, en efecto, nada más ni nada menos que un Redentor: “Llego a vosotros para deciros que no estáis solos en vuestros anhelos de redención social”.
El modelo de la llegada no es otra cosa que un modelo de la presencia: si he decidido venir, es porque he observado, desde afuera, vuestra situación. Ahora estoy aquí. Observen lo que hago por ustedes: eso bastará. Si la reciprocidad de la metáfora de la mirada es tan importante, ello se debe al hecho de que la relación entre el líder y el pueblo queda definida por un contacto que es al mismo tiempo distancia e inmovilidad: la copresencia de ambos. El primero actúa y habla; el segundo confía y observa, mudo, la convergencia progresiva entre la esperanza y la realidad: la palabra del primero y la situación del segundo terminarán por coincidir.
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