Los criterios existenciales de la finalidad lorenzo de g. Vicente burgoa



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LOS CRITERIOS EXISTENCIALES DE LA FINALIDAD*

LORENZO DE G. VICENTE BURGOA


En un estudio anterior hemos abordado el llamado "principio de finalidad": omne agens agit propter finem., como principio especulativo, esto es, como uno de los judicia per se nota, regulador del conocimiento teórico; y ello con especial referencia a las formulaciones ofrecidas por Tomás de Aquino1. Pero allí mismo indicábamos que "su aplicación al orden existencial solamente puede hacerse por mediación de algunas notas o pautas, que nos permitan establecer que en tal caso .o en tal otro se trata de un verdadero "agens per se", y de algo buscado intencionadamente como fin. Solamente así podremos distinguirlo de los efectos preterintencionados o simplemente ocurridos"2. Indicábamos también que ya en santo Tomás se hallan enunciados algunos criterios o pautas; pero que ello estaba exigiendo una ulterior profundización. Es lo que ahora queremos intentar.

Se admite generalmente el finalismo en las acciones voluntarias del hombre o de todo ser que actúa de modo consciente y libre. Para muchos pensadores el "obrar por un fin" habría que reducirlo exclusivamente al ámbito de la conciencia. Con lo que el citado principio de finalidad no tendría una validez uníversal; no podría referirse a "todo agente", sino solamente a los agentes conscientes, que conocen y se prescriben a sí mismos el fin hacia el cual tienden. El problema de la finalidad queda, por tanto, reducido a los agentes carentes de conciencia, incapaces, por lo mismo, de prefijarse un fin determinado; como son evidentemente los agentes naturales. ¿Puede afirmarse que estos agentes obran también por un fin?

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Es claro que la respuesta depende en gran manera de lo que se entienda por la expresión "obrar por un fin" y de los requisitos para ello. Por lo que, ante todo, se han de señalar unos criterios, que definan exactamente lo que se debe entender por dicha expresión.



Mas, aparte de estos criterios definitorios o esenciales de lo que sea "obrar por un fin" en general, es también claro que la aplicación de tales criterios al orden real, existentivo. está exigiendo además la mediación de otra serie de criterios, que llamaremos existenciales, y que nos permiten decidir en qué casos concretos puede afirmarse que nos hallamos ante una actividad propiamente finalística.

Porque no todo cuanto acontece en el universo es efecto de una "causa per se"; existen también los efectos fortuitos, preterintencionados, y las causas "per accidens". Existen consiguientemente acontecimientos que son simples resultados o meros efectos preterintencionados; es decir, que no pueden ser considerados como fines intentados de suyo (per se), sino accidentalmente ocurridos. Solamente un determinismo cerrado y absoluto podría negar la existencia de tales hechos. Por ello, para demostrar que la naturaleza en general obra por un fin no es suficiente aducir algunos ejemplos o casos en los que aparezca más claramente el finalismo. Los enemigos de la finalidad en los agentes naturales pueden aducir y aducen otros tantos casos particulares, en los que en modo alguno puede hablarse de acontecimientos finalísticos, de algo intentado como fin.

Es preciso, por consiguiente, contar con criterios razonables, que nos permitan distinguir cuándo un acontecimiento es verdaderamente de tipo finalístico, y cuándo es un mero resultado de fuerzas o una simple convergencia fortuita de causas.

Pero ante todo, y para situar debidamente el problema, parece imprescindible excluir ya desde ahora algunos planteamientos inadecuados.


I. EXCLUSIÓN DE ALGUNOS PLANTEAMIENTOS


Ante todo, tenemos que descartar del planteamiento algunos aspectos, que parecen incongruentes y que nos conducen a una salida falsa.

En primer lugar, se ha de evitar sinceramente todo antropomorfismo, es decir, la tendencia a proyectar sobre la naturaleza lo

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que es propio o exclusivo de la actividad humana. No seria correcto decir que, p.e., si en la actividad humana todo agente obra por un fin, esto debe suceder también en la naturaleza. Es posible que tal principio pueda aplicarse a la naturaleza; pero no debe presuponerse a priori como tampoco deberá negarse a priori—, ya que de lo que ahora se trata es justamente de ver si en la naturaleza se cumple el principio de finalidad o no. Presuponerlo sería prejuzgar el problema y caer en flagrante petición de principio.



Sin embargo, tampoco parece justo caer en un purismo a ultranza, ya que no todo cuanto hay en la actividad del hombre es exclusivo del mismo. En efecto, no es la naturaleza la que imita al hombre; sino el hombre a la naturaleza, en cuanto puede. El hombre y la naturaleza trabajan con frecuencia sobre los mismos materiales y con energías comunes y se han de enfrentar a similares dificultades. Por tanto, en algunos casos cabría un argumento por analogía, o mejor, a fortiori. Es, sin embargo, propio del hombre el obrar por un fin de modo reflexivo y haciendo proyectos y excogitando los métodos más apropiados para lograr sus intenciones; esto no parece que pueda aplicarse unívocamente a las operaciones de los agentes naturales.

En segundo lugar, se ha de evitar el biologismo y más concretamente el animismo o panpsiquismo generalizado. Sin duda que en el orden biológico puede resultar más fácil detectar un cierto finalismo. Pero no seria razón suficiente para afirmar que existe un finalismo en la naturaleza en general. Lo que es propio de los seres orgánicos no puede extenderse, sin más, a los anorgánicos. Y ello menos aun suponiendo que toda materia es algo viviente en acto, ya que tal suposición es contraria a la evidencia más elemental. Así p.e., cuando los astrónomos hablan de la "vida de las estrellas" para expresar los ciclos evolutivos de las mismas, todo el mundo entiende que se trata de una expresión metafórica.

Con todo, deberíamos hacer la misma salvedad que en el caso anterior del antropomorfismo. No todo lo que hay en los seres vivos es exclusivo de los mismos. Así p.e., hay leyes naturales que afectan por igual a los seres orgánicos y a los inorgánicos, como la ley de la gravedad. Ambos órdenes están sujetos a la ley de la degradación de la energía, a procesos atómicos y a transformaciones que son comunes a toda clase de materia, etc.

En tercer lugar, al plantear el problema del finalismo en la naturaleza, deberemos prescindir de si existe o no una Inteligencia

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superior, ya sea inmanente, ya sea trascendente a la misma naturaleza. La existencia de tal Inteligencia no es un dato evidente en sí mismo que deba ser presupuesto como punto de partida de una investigación racional; más bien sería, si acaso, resultado último de tal investigación. (Por ello, los que tratan de demostrar la existencia de Dios parten del hecho de la existencia de finalidad en la naturaleza, entre otras vías). Luego el problema del finalismo debe ser examinado con anterioridad e independencia de tal presupuesto. Aunque tampoco se debe partir del supuesto dogmático de que tal Inteligencia no existe; y ello por idénticas razones. Este es un problema lógica y metodológicamente posterior.



Otra observación, que creemos de importancia, es que, al hablar de finalismo en la naturaleza, esto puede entenderse en dos planos o niveles: uno, a nivel de entes y fenómenos particulares; otro, a nivel de la naturaleza tomada globalmente, es decir, como conjunto de seres, que se hallan conectados por múltiples relaciones de dependencia, por interacciones mutuas, regidos por leyes comunes y englobados en un proceso general, que es la evolución misma del cosmos. Esta segunda consideración no es una abstracción arbitraria, ya que la misma ciencia natural pretende descubrir leyes universales y procesos comunes, tratando de llegar a una visión unitaria del universo.

Es posible que a nivel de un ser particular o de un fenómeno concreto no se pueda afirmar que posee una finalidad definida. Muchos fenómenos del universo son un simple resultado de interacciones casuales, de combinaciones fortuitas o de leyes generales, como la ley de la gravitación o la de la degradación de la energía, etc. Sucede como con las figuras de un calidoscopio, que aparecen por simple combinación fortuita de los cristales y de la posición de los mismos. Por ello, se ha de tener también en cuenta la posibilidad del azar y de la contingencia.

Pero, a su vez, cada fenómeno particular se halla inscrito en una totalidad y ligado a ella por múltiples relaciones y por leyes comunes. Volviendo al ejemplo del calidoscopio, advertimos que, si bien una figura determinada es un resultado fortuito, sin embargo se inscribe dentro de un cúmulo de combinaciones posibles; y que este cúmulo está sujeto a las leyes de la óptica geométrica, determinadas por la posición triangular de los espejos; de modo que al margen de estas leyes no se puede formar figura alguna; pero dentro de ellas, las combinaciones posibles son innumerables.

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Esta misma indeterminación es también expresión y señal de la presencia del azar.

Por consiguiente, el problema del finalismo en la naturaleza no puede tratarse exclusivamente, ni principalmente, a nivel de casos o fenómenos particulares, ya que éstos pueden acontecer tanto con sentido finalístico, como sin tal sentido. El problema deberá ser abordado a nivel de la naturaleza en su conjunto, en cuanto totalidad abierta y dinámica, y en cuanto esa misma totalidad está regido por leyes universales. Por falta de esta elemental cautela es posible que ciertos argumentos, aducidos clásicamente para demostrar la existencia de finalidad, caigan en el ridículo y siembren la desconfianza y el escepticismo en las mentes de los hombres de ciencia.

Por otra parte, el problema no debe plantearse bajo los supuestos de un determinismo absoluto, que excluyera todo azar y toda casualidad. Existen acontecimientos, que son simples resultados fortuitos de causas naturales; y que, por tanto, no pueden ni deben entenderse como fines; al menos en el sentido propio de fin, es decir, como algo a lo que se tiende de suyo e intencionadamente, no como algo con lo que uno se encuentra.

Finalmente, la utilización o “aprovechabilidad” de un ser por otro no puede considerarse como criterio de finalidad, ya que tal finalidad puede ser totalmente arbitraria y es, en cualquier caso, extrínseca y contingente. Por ello, hacen mal los que, para probar la existencia de finalidad en los seres naturales, apelan al provecho o utilidad que éstos tienen para el hombre que se sirve de ellos, o de unos para otros. La actividad de un agente no es finalística por el mero hecho de ser aprovechado por otro ser.

Sin embargo, aquí debemos hacer también una salvedad y una distinción. Y es que si un ser ``tiende,, a usar o aprovecharse de otro para su propio bien o su propia subsistencia —como p.e. el animal aprovecha los alimentos vegetales— entonces el punto de vista es distinto. Ya no es la "aprovechabilidad" lo que se tiene en cuenta; sino la "tendencia" del agente, que se aprovecha de otro para su bien. Y bajo este aspecto puede y debe considerarse tal tendencia como criterio de finalidad, según luego veremos.

Es claro, por lo demás, que estos criterios excluyentes o meramente negativos son insuficientes por si solos. Se impone, pues, la búsqueda de criterios positivos, tanto definitorios o esenciales, como de otros existenciales. Es lo que haremos a continuación.

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II. CRITERIOS ESENCIALES O DEFINITORIOS DE LA FINALIDAD



Los criterios, que llamamos "definitorios" vienen dados ante todo por las nociones y el sentido o sentidos de expresiones tales como "fin", "finalismo", "tendencia a un fin", "obrar por un fin" y otros similares.

La idea de "finalidad" expresa la cualidad de ser fin, pero en abstracto. Por ello su significado depende enteramente del que se dé a la palabra "fin".

Ahora bien, la idea de "fin" está relacionada con la de término, determinación, definición, etc. Y como lo que "termina" o "determina". Por el lado opuesto está lo indeterminado, indefinido, infinito, etc. Y como lo "determinante" es también lo característico de una cosa, lo que la constituye en su propia realidad distintiva, de aquí que se conecte también con las ideas de "forma" y de "acto", de uso y abolengo mas propiamente filosófico. Por el lado opuesto tenemos lo "indefinido", lo "indeterminado" y determinable, lo pasivo, lo "potencial"3.

Así pues, las ideas de "fin" y de "término" están íntimamente relacionadas; siendo quizás la idea de "término" la más primitiva en nuestra captación de la realidad, ya que es lo que primero captamos en nuestra experiencia. Ahora bien, la idea de "término" se nos presenta a tres niveles: a) como termino en el espacio y en la extensión dimensional: el punto en que termina algo; b) como término en el tiempo: el momento último de una acción o movimiento; y como quiera que la acción procede generalmente de un propósito o intención, tenemos c) como término u objetivo que determina una acción, o como resultado de ella.

Paralelamente, en la idea de "fin" podemos distinguir tres sentidos principales:

a) Uno más general, como terminación o límite de alguna cosa. En este sentido "tener fin" equivale a tener un límite, a ser algo terminado y acabado.

b) En un segundo sentido, ya más restringido, "fin" significa el término de una tendencia o acción. Viene a ser como el punto de mira u objetivo de la acción, aquello que se intenta. Y en cuan

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to punto de mira u objetivo, el fin adquiere una función directiva y especificativa de las acciones y tendencias. Por lo que, bajo este sentido, equivale también a modelo, proyecto o paradigma a realizar. Se erige así en idea directiva, según la cual se escogen los medios y se diseñan los métodos para su realización o consecución.



c) En tercer lugar, "fin” significa motivo por el cual se hace algo. Y en este sentido parece referirse, más que a la acción, al agente. Es así auténtica causa final, ya que es aquello por lo cual el agente actúa, es causa de la acción. Bajo este aspecto es algo que se presenta como bueno o valioso; y, consiguientemente, como deseable. Coincide así con la idea de bien, como término de una tendencia; sea ésta consciente o inconsciente, instintiva.

De estas tres acepciones de la palabra "fin" nos interesan ahora especialmente las dos últimas: el fin como objetivo de la acción y como motivo de la misma. Pero especialísimamente la última, ya que es así como propiamente se constituye en causa final, que mueve al agente a obrar.

Ambos sentidos pueden coincidir, cuando el objetivo o punto de mira de la acción es, a la vez, el motivo de la misma. Así p.e. el que desea poseer una casa y él mismo diseña los planos y se pone a la obra. Pero muy frecuentemente son diferentes y pueden hallarse en sujetos diferentes. Como en el que diseña y construye la casa por encargo de otro: el objetivo de su actividad es la casa, en cuanto algo "edificable" según un proyecto y una técnica de construcción; pero el motivo es la percepción de unos honorarios por el trabajo realizado.

Metafísica de la tendencia y de la finalidad

El precedente análisis semántico y fenomenológico de "fin" y de "tendencia a un fin,, debe ser todavía profundizado y puesto en relación con otras nociones metafísicas. Ya hemos visto cómo en muchos filósofos se vincula la idea de “fin" con la conciencia; en lugar de conectarla con el ser. Así N. Hartmann vincula la finalidad al estrato superior de la conciencia; lo mismo hace Kant y otros pensadores. E incluso se toma la conciencia en su sentido de conciencia refleja. Por lo que solamente puede convenir al ser humano; convirtiendo en antropomorfismo cualquier aplicación de la finalidad a estratos inferiores, como los ,de la biología o de la física.

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Sin embargo, la tendencia a un fin, a algo que aparece como un bien, como actuación, debe situarse a nivel del ser en cuanto ser. Es una relación de todo ser a su propia perfección y a su plena actualización. Se halla, pues, más bien en la línea del bonum trascendental.



En efecto, el ser (creado) lleva en si mismo la finitud y la composición. No es pura actualidad, como supone Parménides, sino un compuesto de actualidad y de posibilidades o virtualidades a desarrollar: potencia. Si todo ser fuera ya perfecto y acabado en sí mismo, habría que negar el hecho de la evolución y el cambio; que era lo que hacían los eléatas, consecuentes con su concepción del ser acabado y perfecto. Mas si partimos del hecho evidente del cambio en los seres y de sus desarrollos, tenemos que admitir la dialéctica del acto y la potencia. La potencia es, no solamente pura posibilidad de cambio y de transformación, sino también tendencia y propensión o inclinación a adquirir nuevas modalidades y actualizaciones, nuevas perfecciones. No es sólo un "poder ser", sino también un poder‑ser‑de‑otra‑manera.

La potencia, incluso pasiva, es apertura del ser a lo nuevo y más perfecto. Mas no es una apertura simplemente estática, como simple capacidad receptiva. Es una apertura dinámica, como tendencia y, en cierto modo, exigencia del acto perfectivo correspondiente. No es acto ciertamente; y ello por la simple razón de que nada puede estar a la vez en acto y en potencia respecto de lo mismo. Por ello puede caracterizarse mejor y más propiamente como tendencia o apetencia de su propio acto. Esta incluye simultáneamente la posibilidad (lógica) del cambio y, a la vez, la receptividad dinámica, la propensión al cambio: potencia subjetiva. Se distingue así tanto del acto formal, que es ya actualización o consecución, como del acto virtual, que es capacidad activa a desarrollar y que, por tanto, es potencia activa, no simplemente pasiva.

Así pues, la tendencia, lo mismo que la potencia pasiva, se dice siempre con relación al acto. Esta relación (trascendental) al acto es lo que constituye íntimamente el carácter de tendencia. Pero como quiera que el acto se sitúa en el extremo ad que». de esa relación, de aquí que el acto reviste el carácter de término o fin. En otras palabras, el fin es siempre, en su sentido propio y más genuino, no un simple resultado o término material de una acción, sino un término al que se tendía per se; al que el ser se halla de suyo inclinado y que consigue justamente a través del cambio o movimiento Mientras que el simple producto o resultado es algo

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a lo que no había una inclinación per se de un ser, sino que aparece ocasionalmente, incidentalmente.

Ahora bien, la idea de acto, como aquello a lo que tiende un ser per se y que constituye su propia realización o desarrollo completo es justamente su bonum. Ya que por ``Bonum,' trascendental entendemos precisamente aquello que, siendo perfectivo de un ser, viene a ser término de su inclinación o tendencia. De este modo las ideas de bonum, acto y fin se hallan estrechamente conectadas. En particular, el acto es el bien conseguido o logrado; el fin funciona, sin embargo, ya como objetivo o punto !de gravitación de una tendencia (finis in intentione), ya como bien o acto conseguido (finis in consequtione).

En efecto, el bonum no es solamente lo que ya se posee; es también todo aquello que se presenta de alguna manera como perfección posible de un ser o ulterior desarrollo del mismo. Pero especialmente si se trata de una perfección, no sólo posible, sino también de alguna manera necesaria o exigible desde la naturaleza o caracteres propios de un ser ,determinado. En tal caso, la exigencia del pleno desarrollo óntico se presenta como tendencia innata del ser hacia esa perfección o bonum propio; y esto aparece entonces como fin determinante de dicha tendencia o inclinación. Ahora bien, es claro que los seres —o si se profiere, los entes—no solamente tienden a conservar la perfección y el desarrollo adquiridos, sino que, en la misma línea, tienden a completarlos en cuanto sea posible. Por ello la tendencia innata, anterior incluso a toda conciencia o reflexión, que encontramos en los seres respecto de su propia conservación y pervivencia, se prolonga naturalmente en la tendencia a un desarrollo pleno de sus virtualidades o posibilidades reales.

En conclusión, la finalidad no es una característica exclusiva del ser consciente; no es una mera categoría de la conciencia, intelectiva o sentiente. Más bien, hunde sus raíces en los estratos profundos y más primarios del ser, en cuanto ser, abierto a nuevas perfecciones; es decir, del ser compuesto de actualidad y de potencialidad. Suponer que fuera una categoría del ser consciente equivaldría a suponer que solamente el ser consciente es potencial y susceptible de cambio o perfeccionamiento. Pero si todo ser (finito) está compuesto de lo actual y lo potencial, de lo que ya posee y de lo que puede recibir como perfección ulterior y hacia lo cual se proyecta, entonces hay que admitir que la finalidad compete a todo ser capaz de desarrollo.

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Más aun. Como quiera que todo ser ha de ser ya un algo, es decir, una naturaleza o esencia en sentido amplio —pues de lo contrario habría que pensar en que es nada—, parece claro que la finalidad no puede situarse propiamente en el plano esencial, sino en el plano existencial y dinámico. En otras palabras, el fin, en cuanto acto ulterior de un ser, no parece que ,deba situarse propiamente en el plano de la esencia, ya que en esta línea el "algo" debe ser terminado y completo. La esencia, aun siendo compleja en cuanto a sus elementos o principios, es algo indivisible, que se posee o simplemente no se posee; en cuyo caso tenemos la nada. Por ello, en la línea de lo esencial ningún ser es susceptible de ulterior perfeccionamiento; cualquier mutación, por ínfima que sea, nos daría un ser distinto, un ser‑otro. Por consiguiente, la finalidad, como actualización, ,debe caer más bien del lado existencial y operativo. Es, en efecto, en esta línea donde los entes pueden conseguir ulteriores desarrollos o perfecciones; y es también en el orden existencial en donde se realiza la función de actualización.



Sin embargo, si entendemos que la finalidad engloba, no sólo el término o fin o acto perfectivo, sino también la tendencia misma hacia el fin, entonces la finalidad se conectarla con la idea de ser o ente como "synolon", es decir, como compuesto de una naturaleza o esencia y de un acto existencial (y de los ulteriores actos operativos). La tendencia, como apertura y posibilidad dinámica o exigencia perfectiva, radicaría, propiamente en el plano de la esencia o estructura íntima: seria la misma naturaleza del ente, en cuanto abierta a nuevas perfecciones. En cambio, el término de la tendencia o acto perfectivo se hallarla más bien del lado de la existencia y del dinamismo operativo, como hemos dicho antes.

Esto nos permite comprender cómo la evolución misma de los entes naturales se inscribe radicalmente en su misma naturaleza, en cuanto exigencia o tendencia a un desarrollo completo de sus virtualidades internas. Y cómo el finalismo se expresa en la consecución de modos diferentes de vida y de existencia, así como en el desarrollo conjugado de su dinamismo operativo.

Por otra parte, nos ilustra para desechar una falsa concepción de la finalidad: la que se apoya en la utilidad o aprovechabilidad de unos seres por otros. En efecto, tal utilización es algo extrínseco a un ser, además de arbitrario y ocasional. No surge como tendencia interna del ser hacia su propia perfección. Por ello los argumentos traídos de la utilidad de los seres, en modo alguno valen para demostrar la existencia del finalismo.

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Otra cosa es cuando se trata de la proporción o adaptación de unos seres naturales a otros o al medio en que se desarrollan. Esta adaptación puede considerarse en muchos casos, no como simple utilización, sino como tendencia intrínseca a ,desarrollar las propias virtualidades en un medio concreto. En tal caso, la adaptación se inscribe dentro del dinamismo propio de cada ser. Por tanto, puede pertenecer al plano de la finalidad. Y ello, tanto más si consideramos que los seres naturales no son entes aislados, sino englobados en una totalidad universal, de la cual forman parte. En tal caso, la adaptación mutua puede ser una exigencia del equilibrio y de la supervivencia de cada uno dentro de esa totalidad.

El "obrar por un fin" y sus modalidades

Vistos anteriormente los diversos sentidos de la palabra "un", así como las instancias metafísicas, que inciden en su noción, estamos ya en disposición de analizar lo que significan expresiones tales como "obrar por un fin", "todo agente obra por un fin", etc. Esta última expresión es considerada como la mejor formulación del llamado "principio de finalidad"4. Pero, sin duda, necesita ser también clarificada.

Partiendo, pues, de los sentidos de "fin", la expresión ``obrar por un fin" puede significar:

a) Obrar o producir algo determinado, algo definido y concreto. Y esto puede entenderse todavía: o bien de la misma acción, como fenómeno; o del efecto de la acción, como resultado. Así las acciones inmanentes son fin en sí mismas, ya que no tienen un efecto fuera del sujeto que las realiza; en cambio, las acciones transitivas producen un efecto distinto del sujeto agente.

En todo caso, es claro que, bajo este aspecto, todavía no se distingue bien lo que es fin de lo que es un simple resultado o producto de una actividad ciega. Pero esta distinción es indispensable para determinar el auténtico finalismo.

Existen hechos que son el resultado ciego y hasta casual de la actividad de un agente, ya que no hay razón alguna para pensar en que fueran algo a lo que tendía per se un agente. Si alguien sale de paseo y encuentra una moneda, tal hallazgo no era un fin intentado, sino un simple resultado ocasional. Otro ejemplo; un terremoto produce un corrimiento de tierras y de rocas, lo que a

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su vez produce la desviación del curso de un río; y esto permitió luego edificar allí una ciudad, etc. Todos estos hechos son una cadena de simples resultados. No tiene sentido pensar que el terremoto actuara con el fin de desviar el curso del río, ni menos que ello fuera el medio para edificar una ciudad, etc.



Esto nos lleva a distinguir dos tipos de resultados en la actividad de un agente: Un resultado, que es el propiamente intentado por el agente, como tal, es decir, aquello que determina per se la acción o hacia lo que tiende el agente intencionadamente: pasear, seguir las exigencias de la gravedad, etc. Y otro u otros resultados, que no estaban propiamente intentados, o hacia los que no habla predisposición ni inclinación alguna por parte del agente (aunque tampoco estuvieran positivamente excluidos). Tales resultados son accidentales, preterintencionados, al margen del finalismo, en una palabra, casuales.

El hecho de ser un producto de una actividad dada no es, por sí sólo, caracterizante de la finalidad. Por ello, deberemos tratar de establecer unos criterios de finalidad, que nos permitan distinguir unos casos de otros.

Sin embargo, en los ejemplos anteriores o en otros similares, que pudiéramos multiplicar fácilmente, encontramos también algo importante: y es que tales hechos fortuitos tampoco se hubieran producido si, ,p.e. el paseante no hubiera tenido la intención de salir de paseo; o si el corrimiento de tierras no obedeciera a las leyes de la gravedad, lo mismo que el curso del río.

Generalizando este análisis para todos los casos similares, tenemos dos importantes consecuencias:

La Que no hay resultado indirecto o casual, si no hubiera un agente, que obra con vistas a algo intentado directamente. Puede suceder incluso que el efecto directamente intentado no se consiga o se consiga imperfectamente; y que, en cambio, se den los resultados indirectos o preterintencionados. Lo que no es posible es que se den éstos sin que el agente intente conseguir su efecto o fin propio. En tal hipótesis, el agente permanecerla inactivo, en pura indiferencia operativa; ya que lo que mueve a obrar al agente es justamente la intención de conseguir el efecto directo de su actividad, no los otros ocasionales, que se hallan al margen de su inclinación y que no son intentados, sino aleatorios.

Esta observación nos previene sobre la imposibilidad de entender el azar o la casualidad en concreto completamente al margen y con total independencia de todo finalismo.

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2ª Que la distinción neta entre ser "fin" de una acción y ser un simple "resultado" radica justamente en que el fin es lo buscado o intentado directamente por la causa agente, hacia lo que tiende de suyo o per se. En cambio, el simple resultado es algo al margen de la intención o tendencia de un agente. Por ello, el resultado se consigue siempre, por hipótesis; pero el fin puede ser que no siempre se consiga; y ello, por diversas razones o circunstancias, que pueden impedirlo. En otras palabras: todo fin conseguido es ciertamente un resultado de la acción del agente; mas no todo resultado ha de ser considerado como fin. La idea de fin es así más restringida que la idea de mero efecto.



Esta distinción, con ser verdadera, no es suficiente para distinguir, en concreto, cuándo se trata de un fin y cuándo de un mero efecto. Ahora la cuestión se retrotrae a investigar cuándo un determinado efecto es algo que ha sido intentado o buscado per se de parte del agente; y cuándo ha sido algo acaecido al margen de tal intención directa, algo per accidens. Y esta dificultad se pone de relieve cuando se trata de efectos a los que concurren varias causas o agentes. Ya que existen dos modos de concurrencia de causas: Uno, cuando las causas agentes se hallan entre sí coordinadas o subordinadas unas a otras, acopladas entre sí, de forma que las causas subordinadas no actúan sino en cuanto son determinadas o movidas por las subordinantes. Otra forma, cuando se trata de causas independientes entre sí, que, sin embargo, concurren a un mismo efecto. Tal efecto, puede ser intentado o buscado en sí mismo por todas y cada una de esas causas independientes: en cuyo caso será como un fin común a todas ellas. Mas puede ser también un simple resultado de la concurrencia fortuita de diversas causas o circunstancias: en cuyo caso no puede decirse que haya sido intentado como fin, sino algo acaecido simplemente de hecho.

Así pues, deberemos seguir analizando los restantes modos posibles de "obrar por un fin".

b) El segundo sentido de "obrar por un fin" se deriva del segundo sentido de "fin,' antes analizado: es decir, tomado como objetivo, punto de mira o proyecto y modelo a realizar. Consecuentemente, obrar por un fin significará: obrar según un proyecto o según un objetivo previamente fijado. Se opone a obrar "a lo que salga"; es decir, sin orden ni método alguno, ya que no hay punto de referencia determinado de antemano.

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Bajo este aspecto, el obrar según un proyecto u objetivo distingue ya claramente lo que es un fin o algo intentado como fin, de lo que es un simple resultado del azar o de la casualidad. Los productos del azar carecen, por definición, de todo orden, de método, de toda previsión posible y de toda determinación. Son algo que puede ocurrir o no ocurrir; algo que no ha sido previsto, ni proyectado, ni intentado, ni es término de tendencia alguna determinada.

Pero tenemos que distinguir aquí dos tipos de "proyectos" posibles. Una clase se refiere a aquellos proyectos cuya realización depende enteramente de la causa agente. Otra clase serían los proyectos cuya realización no depende solamente de la acción de un agente, sino también de múltiples circunstancias particulares. En esta segunda clase entran los proyectos de resultado aleatorio; es decir, aquellos que son previsibles dentro de un margen de probabilidades. Tal acontece, p.e. en los juegos, en que interviene la "suerte", como son los llamados "juegos de azar".

El que proyecta hacer un viaje, o edificar una casa o resolver un problema, cuando tiene en sus manos los medios adecuados para conseguirlo y conoce los métodos o técnicas para ello: en tal caso, la consecución del fin depende enteramente de la causa que lo intenta. Pero hay muchos casos en que el proyecto o la cosa proyectada no depende solamente del agente, sino de otras circunstancias favorables, como en los ejemplos de los juegos de azar. En tales casos hay siempre un margen de incertidumbre. Por una parte, si no se intenta un fin, es imposible conseguirlo; mas no basta haberlo previsto como posible, sino que además debe intervenir también la "suerte". El que no juega a la lotería, no puede tener esperanza de verse favorecido; mas no es suficiente participar en el juego para conseguir lo que se desea, sino que debe intervenir también el azar o la suerte; considerada ésta como un "azar favorable".

En estos casos "azarosos" la previsión está dentro de un margen de probabilidades. Ahora bien, la probabilidad no es la mera posibilidad de que algo acontezca, puestas las debidas condiciones. Suele definirse la probabilidad como "la proporción o cociente entre los casos favorables y los posibles". Por tanto, supone la posibilidad; pero añade algo más.

En efecto, lo probable, en sentido estricto, no es lo que puede simplemente acontecer; sino aquello que tiene a su favor una posibilidad superior a 1/2, o sea, superior al 50 •70. Lo que tuviera

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una proporción inferior al 50 % debería llamarse más propiamente lo improbable o menos probable.

No obstante, en un sentido amplio, puede considerarse como probable todo aquello que es posible, si se dan todas las circunstancias favorables necesarias. Es decir, tal y como se dice en la definición matemática de probabilidad, antes anotada. Y ello, aunque el cociente fuera inferior a un 50 %. Pero incluso en este caso, se ve que no es lo mismo probabilidad que mera posibilidad; ya que añade a la posibilidad una condición: la presencia de todas las circunstancias favorables necesarias. Y es claro que cuanto mayor sea el número de circunstancias requeridas para un evento, tanto menor será el cociente de probabilidad del mismo5.

En todo caso, es claro que todo aquello que goza de cierta probabilidad puede ser en la misma medida previsible. Luego puede ser, y es de hecho en muchos casos, objeto de un proyecto o de una intencionalidad.

Estas consideraciones nos llevan ahora a tres importantes consecuencias para nuestro tema:

1.a A distinguir entre lo que podemos llamar``azar puro" y la probabilidad. A veces se identifican ambos términos, como si probable fuera lo mismo que casual. Mas si entendemos por "casual" lo puramente azaroso, lo no sometido a orden ni legalidad alguna, es claro que tenemos que distinguirlo de lo probable.

En efecto, la probabilidad, tanto en su sentido estricto (como lo más probable), como en su sentido amplio (lo simplemente probable), difieren de la ,pura casualidad o azar absoluto. Este no está sometido a legalidad alguna, ni a orden o constancia, ni es, por ello, previsible en modo alguno; seria lo simplemente posible,

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entendido como lo no‑imposible, es decir, como lo no absurdo o contradictorio. Pero lo probable añade, como hemos visto, a la simple posibilidad, la condición del cumplimiento de unas condiciones favorables.



Además, lo casual, en cuanto no sujeto a legalidad alguna, es totalmente imprevisible. Sobre ello no puede recaer previsión ni cálculo. Sin embargo, acerca de la probabilidad se ha desarrollado todo un cumple; o y bien cimentado cálculo, llamado "cálculo de probabilidades".

Y que no se trata de un cálculo o construcción paramente formal, lo muestra su aplicabilidad, cada vez más usual, a la estadística y a la previsión y análisis de acontecimientos futuros. Pero lo muestra, sobre todo, una de las leyes básicas de dicho cálculo: la llamada "ley de Bernoulli" o ley de los grandes números, según la cual la probabilidad fáctica de un acontecimiento aleatorio se acerca sensiblemente a la probabilidad teórica del mismo, cuando el número de pruebas es muy elevado.

Por tanto, la probabilidad se debe distinguir del azar, siempre que se tome éste como azar puro o absoluto. Mas si por azar entendemos, no la pura casualidad, sino un azar relativo o parcial, como suele hacerse muchas veces—como en la misma expresión de "juegos de azar"—, entonces el azar viene a confundirse con la probabilidad. Pero bien entendido que no se trata de casualidad pura, sino de una casualidad susceptible de un cálculo y de previsión, al menos probabilística. Esto nos lleva a la consecuencia siguiente.

2ª Que el obrar por un fin y la finalidad, en general, no excluyen totalmente el azar y la contingencia. Se entiende, por tanto, no del azar puro, que si es incompatible con la finalidad, sino del azar que podemos llamar "relativo".

En efecto, como acabamos de ver, lo meramente probable, incluso cuando es poco probable, no es óbice para que sea objeto de un proyecto y hasta de una previsión esperanzadora; luego es compatible con el hecho de ser intentado como fin. Y, por otra parte, si por azar relativo entendemos lo no cierto, lo no necesario, sino solamente probable, es claro que entonces finalidad y azar relativo son compatibles.

Pero esta consecuencia aparece también a posteriori; y ello por dos caminos. Primero, porque obrar por un fin determinado no implica necesariamente que se consiga ese fin o que se consiga plenamente. No todo agente consigue siempre su propósito, ya que

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su acción puede ser demasiado débil, o por falta de las condiciones ambientales apropiadas, o por interferencia de otras causas, que impiden la consecución del fin. Por ello, hay que descartar, decididamente el determinismo mecanicista, según el cual "posita causa sequitur effectus". Esto valdría únicamente para una causa que fuera absolutamente eficaz y cuyo efecto fuera necesario e inimpedible. Mas no para el resto de los agentes. En segundo lugar, porque, al margen de que se consiga o no el efecto intentado directamente (per se), pueden acontecer otros resultados no buscados y que son, como vimos anteriormente, accidentales, casuales.



Esto confirma la conclusión anterior de que no todo cuanto acontece en el universo puede decirse que sea un fin intentado por alguien; puede ser también un simple resultado, que no habla sido buscado por si mismo. Lo que nos conduce a la siguiente consecuencia.

3ª Que, al plantear el problema de si existe finalismo en la naturaleza, esto no puede entenderse como si quisiéramos preguntar si "todo" cuanto acontece en la naturaleza es el resultado de una intención, o si es un fin directamente o por si mismo buscado6. Hay sucesos que son resultados fortuitos o no intentados por un agente determinado. Esto, al menos, es verdad por referencia a las causas inmediatas y particulares, que son las que podemos observar normalmente. (Si, no obstante, obedecen a la intención de alguna causa universal superior, es algo que no puede ser tenido ahora en cuenta; ya que para ello habría que comenzar suponiendo que tal causa existe).

c) Nos queda todavía por analizar un tercer sentido de la expresión "obrar por un fin", en relación con el tercer sentido de la palabra "fin"; esto es, como motivo por el cual se hace algo, como causa final.

Bajo este aspecto, el "obrar por un fin,' significaría obrar por un bien o perfección, que se desea o necesita. Como vimos, es bajo este aspecto como el fin se constituye en motivo o causa final. Se opone a obrar sin motivo alguno, sin moción y sin tendencia previa. Ahora bien, esto es inconcebible, ya que toda acción es de suyo fruto de una tendencia motivada. De lo contrario el agente permanece indiferente, inmutable.

Y aquí se nos ofrecen también tres consecuencias importantes:

1.a La primera se refiere al recto sentido del principio de finalidad: ``todo agente obra por un fin". Esto no puede entenderse como si todo agente, al obrar, produjera algún efecto; que era el primer sentido de "obrar por un fin". No es tal el sentido del principio de finalidad. Ya que, como vimos, hay efectos que ocurren al margen de la intención directa de sus causas o efectos preterintencionados (per accidens); los cuales no puede decirse que sean efectos de una actividad finalística. (A no ser de modo muy indirecto e impropio, en cuanto ocurren en conexión no necesaria con los efectos directamente perseguidos). Aparte de que pueden existir acciones u operaciones, que no producen un efecto exterior, como sucede en las acciones inmanentes. (Aunque en tal caso pudiera decirse quizás que la acción misma es el fin intentado).

El principio de finalidad ha de entenderse, pues, con relación a aquellos efectos, que son los directamente o per se intentados por el agente; no respecto de los simplemente conseguidos al margen de la intención.

Tampoco puede entenderse este principio en el sentido segundo de "obrar por un fin"; esto es, como obrar por un objetivo previsto. Y no porque sea falso en este sentido; sino porque así no

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es un principio universal, tal como se enuncia al decir "todo agente". En efecto, bajo este aspecto solamente puede ser aplicado a aquellos agentes que tienen la posibilidad de prever y prefijarse un objetivo y tender a él conscientemente. Y solamente de modo impropio se aplicarla a aquellos agentes que son utilizados únicamente como medios o instrumentos para lograr otros fines. En tales casos, un agente instrumentado por otro, no se puede decir que obre por un fin propio; sino por el fin a que le destina el agente instrumentador.



El sentido pleno del principio de finalidad se obtiene bajo el tercer modo de obrar por un fin: es decir, por un motivo. Es así, en efecto, como tal principio aparece evidente en sí mismo y absolutamente universal: ya que el motivo es lo que pone en marcha la actividad del agente, y sin ello éste permanece en la indiferencia, inactivo7. Todo lo que comienza a obrar pasa del estado de pasividad (potencia) a la actividad (acto). Por ello necesita ser sacado de esa pasividad o indiferencia: y esto es justamente lo que hace el motivo o fin, que actúa como estimulo del agente.

Ya vimos también que era en este sentido cómo el fin se constituye propiamente en "causa final"; esto es, en algo que intuye realmente en la actividad del agente y en la consecución del efecto.

Pero se ha de tener en cuenta que el modo de causalidad finalística es diferente del modo de causalidad eficiente o motora. En ésta, la actividad es generada por la potencia activa del agente; o bien de un agente anterior, si se trata de causas subordinadas. Por ello, tal potencia activa debe ser anterior por naturaleza, y normalmente también anterior en el tiempo, respecto de la misma actividad agente y del efecto conseguido. En cambio, en la causalidad finalística el motivo o estímulo es lo primero, al menos in intentione, ya que es el objetivo de la tendencia del agente de la cual brota naturalmente la acción. Esto nos conduce a la segunda consecuencia, relativa a:

2ª Causalidad final y futuridad. El fin no siempre es una cosa existente; con frecuencia se trata de algo que todavía no se posee, de un bien o perfección a conseguir o de un despliegue a realizar. El fin se sitúa, pues, en el futuro. Y el futuro, por definición, es algo que todavía‑no‑existe. Se plantea entonces el problema de cómo es posible que algo no existente pueda influir realmente de modo causal.

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Es, sin embargo, un hecho que el futuro intuye en el presente. Así p.e. el futuro cierto de mi muerte puede influir en mi comportamiento actual. Más aun; incluso lo futurible, es decir, aquello que se presenta como posible futuro, influye en el presente. Así p.e., la posibilidad de contraer un cáncer me hace reaccionar frente a la costumbre de fumar. El animal huye del peligro, que presiente; o trata de prepararse para situaciones futuras: las aves preparan sus nidos para los polluelos, emigran a otras regiones en tiempos determinados, etc.

Se dirá que en estos casos hay un cierto conocimiento o presentimiento del futuro. Sin embargo, vemos que, entre los animales, los individuos jóvenes realizan esas operaciones sin experiencia previa alguna, sin aprendizaje. Lo hacen por simple instinto, heredado genéticamente. Luego no es por conocimiento consciente, y, sobre todo, reflejo. Las plantas, a su vez, extienden su cabellera radical en busca de los jugos de la tierra, despliegan su ramaje en busca del aire y de la luz del sol para realizar la fotosíntesis, etc. Luego no es por razón de un conocimiento previo; al menos en el sentido normal de la palabra "conocimiento" y conciencia. Y la explicación mecanicista, que tiende a reducirlo a presión de fuerzas físico‑químicas, no parece que sea suficiente, cuando se trata de fenómenos vitales.

Y es que el futuro no es sólo objeto de "previsión"; es también y muy frecuentemente objeto de "apetición", de tendencia. La tendencia, como exigencia o propensión hacia un bien que no se posee ya que cuando se posee cesa la "tensión" hacia el mismo actúa siempre hacia adelante, de cara al futuro. Y ello, en dos direcciones: o para conseguir un bien que se desea; o para evitar un mal que se teme. A través de la tendencia opera el estímulo o fin desde el futuro sobre el comportamiento del agente.

Esta es la causalidad propia del bien, de aquello que se define como perfectivo y como objetivo de una apetición. El bien actúa como estímulo, como meta situada en un más allá del presente. Tal es, pues, la causalidad propia de lo que venimos entendiendo como fin, especialmente bajo la tercera acepción de motivo o estimulo.

E1 ser finito, actualmente limitado, es en alguna manera imperfecto, incompleto. Tiende por ello a completarse y realizarse plenamente. Es un proyecto; una proyección hacia el futuro de sus posibilidades. Por eso lleva en sí radicalmente, j unto con su potencialidad, la tendencia o inclinación hacia aquello que lo completa y perfecciona. El término de la tendencia o fin está, pues, de alguna manera presente en la misma tendencia, que es voca

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ción de futuro. A esta manera de presencia del fin se ha llamado finis in intentione. Seria incorrecto entender por "intentio" un conocimiento previo del fin. La "intentio" pertenece propiamente a la tendencia; como la "attentio" pertenece a la conciencia. Es, pues, la "intentio" algo de orden práctico, dinámico; no especulativo o contemplativo.

La fuerza causal del fin. Veamos ahora más detenidamente cómo puede explicarse esa fuerza causativa del fin. Ello ha de entenderse a través de su razón de bien (bonum).

El moverse hacia un fin lleva consigo normalmente la superación de alguna dificultad. Todo desarrollo y toda expansión se logran siempre con un gasto de energía, tanto en la materia inerte, como en la vida. Y esto se presenta como una dificultad a superar.

Está así mismo la innata pasividad de las cosas, su indiferencia radical—que es también una de las vertientes de su potencialidad—, su inercia congénita respecto de cualquier actividad. Esta inercia o pasividad puede entenderse también como una dificultad que hay que vencer.

Pero además hay que contar con la oposición, resistencia o interferencia de otros seres, que se traduce en obstrucción de la expansión o desarrollo de unos seres por otros. He aquí también una dificultad para la consecución de un fin.

Tenemos, en fin, que todo desarrollo lleva consigo una complejidad creciente en estructuras y en elementos diferenciados, que atentan contra la unidad del todo y que han de ser sometidos y asimilados, reducidos a la forma unitaria del ser original. De lo contrario no se logra el desarrollo, sino la desintegración. Ahora bien, esta complejidad creciente, se traduce lógicamente en improbabilidad para conseguir el resultado apetecido. En efecto, cuanto mayor sea el número de elementos a integrar en la unidad de un todo, más crece el cociente de improbabilidad. La proporción entre las combinaciones favorables y las posibles se inclina más hacia éstas; siendo, por otra parte, claro que entre esas combinaciones posibles, habrá muchas más que sean desintegradoras. Así pues, la improbabilidad se traduce también como dificultad para conseguir un desarrollo al que se aspira como fin.

Posteriormente hemos de volver a meditar sobre estos hechos, en orden a establecer criterios de finalidad. Por ahora, nos interesa destacar, cómo frente a este cúmulo de dificultades se alza la fuerza del bien, que se presenta como fin.

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El modo propio de actuar del fin no es, como ya vimos, por presión o impulsión desde atrás, como sucede en la causalidad eficiente. El bien que se presenta como fin de una tendencia actúa por irradiación, por difusión desde sí mismo, por atracción desde el futuro; en una palabra, por comunicación de sí mismo: Bonum est diffusivum sui.

Siendo el bien algo comunicativo, que tiende a ser participado, su función causal consiste en ser atrayente, en excitar la tendencia. Tendencia que, en los seres dotados de conciencia, se denomina propiamente amor. Es, pues, la tensión dialéctica entre el bien, como acto comunicativo, ,de una parte; y la tendencia o amor hacia el mismo, de otra parte, lo que genera en el agente una energía causal, una actividad. Y es esta energía generada por el bien, a través de las tendencias, lo que saca al agente de su indiferencia o inercia (potencialidad, pasividad).

Por otra parte, el bien final, al polarizar la actividad del agente, es fuente de unificación, de unidad de estructura en el mismo, a pesar del cambio. Es esto lo que permite a un agente superar la acción desintegradora que todo cambio lleva consigo; lo que le permite integrar en la unidad de estructura las nuevas adquisiciones obtenidas a través del cambio o evolución; lo que le permite, además, seleccionar, entre los diversos resultados posibles, aquellos que constituyen un auténtico acrecentamiento de su perfección, una expansión de su ser.

El fin, en cuanto bien, es así fuente de energía causal, en orden a superar la potencialidad y excitar la actividad del agente. Y, al mismo tiempo, es fuente de unidad y de identidad permanente a través de los cambios, que toda aspiración a un nivel superior de existencia lleva consigo.



El sentido analógico del "obrar por un fin"

Una reflexión hermenéutica sobre nuestros análisis anteriores nos lleva a un primer resultado. Y es que la expresión "obrar por un fin", lo mismo que la proposición "todo agente obra por un fin", aparecen con significados muy diversos en cada caso. Resumiendo ahora los resultados del análisis anterior, tenemos que "obrar por un fin" puede significar:

a) Producir algo determinado, algo definido y concreto. En donde todavía no se puede distinguir bien entre ser fin de una acción o ser un simple resultado o producto. Ni todo lo que es fin

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es siempre un resultado —ya que no siempre se consigue el fin ,pretendido—; ni todo lo que es resultado es siempre un fin, ya que hay resultados preterintencionados, casuales, no intentados formalmente por sí mismos (per se).

b) Obrar según un proyecto u objetivo, previamente determinado. En cuyo caso parece que implicaría un conocimiento previo del fin. Pero esto mismo todavía puede entenderse en dos sentidos:

1) O bien, que el conocimiento del fin se halle en el mismo agente que tiende al fin. Lo que, a su vez, puede referirse a un conocimiento reflejo del fin, como vemos que sucede en el hombre; o a un conocimiento instintivo, si se tiende a un objeto por el simple hecho de presentarse como algo conveniente o apetecible.

2) O bien, tender a un fin ejecutivamente: es decir, realizar una operación que de hecho tiende a un fin o meta determinada; pero ello se hace bajo la dirección de un agente superior, al cual se está subordinado. Para esto no es necesario que el fin sea previamente conocido por el sujeto que ejecuta la acción de moverse hacia el fin; basta con que esté subordinado o "programado" debidamente para ello. Y esto puede encontrarse tanto en agentes inanimados, como en agentes animados y conscientes. Así un proyectil, que tiende a un blanco, dirigido por el tirador; o el que ejecuta una acción como instrumento de un agente superior al cual se está subordinado, como el soldado que marcha a ocupar una posición a las órdenes de su jefe.

c) Obrar por un motivo; es decir, tender a un fin bajo la presión o estimulo de lo que se presenta como un bien, como perfección o desarrollo del agente. Y ello, tanto en orden a lograr un bien positivo, como para evitar un mal posible. Esto implica la actuación de la tendencia por el estimulo o motivo. Y puede darse tanto si la tendencia es algo consciente, como si es inconsciente; pues es claro que hay tendencias inconscientes o instintivas, incluso en los seres dotados de conciencia.

d) Todavía podríamos añadir los modos impropios o metafóricos en los que hay una cierta semejanza con los modos anteriores, ya que el agente parece tender a una meta determinada. Tal seria, p.e. cuando un objeto es utilizado o aprovechado por otro: aparentemente es como si tuviera por fin esa utilidad, que, por otra parte, puede ser totalmente arbitraria. Otro ejemplo de finalidad metafórica seria la atracción gravitacional por la que los cuerpos tienden a unirse siguiendo las leyes de la gravitación; o

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también por atracción electromagnética, por la que un imán atrae hacia sí a substancias ferrosas, etc. En todos estos casos hay una cierta semejanza con la atracción que ejerce el bien sobre las tendencias. Con todo, no se puede hablar de una actividad finalística en sentido propio, ya que no supone una "tendencia natural intrínseca" en el objeto atraído; tal "atracción" puede ser incluso violenta, arbitraria o simple efecto de leyes físicas.



Aparece, pues, claramente que la expresión "obrar por un fin" no se aplica de, modo unívoco en todos los casos. No son géneros o especies diversas de algo común; sino modos totalmente diferentes. Las diferencias de estos modos no son propiamente divisivas de un género común, que permanece idéntico a través de los diversos miembros y dentro del cual se oponen contrariamente. Se trata, más bien, de géneros diferentes o modos diferentes de obrar por un fin.

Por otra parte, tampoco podría afirmarse que se trata de una expresión absolutamente equívoca, nacida de un simple abuso del lenguaje o de una mera convencionalidad en el uso de los términos (equivocas puros, aequivoca a casu), como sucede, p.e., cuando se emplea la misma palabra para designar cosas totalmente diferentes: "león" dicho de un animal y de una constelación celeste. La expresión `'obrar por un fin,, mantiene, a través de esos diversos modos, una cierta semejanza, que pudiéramos llamar proporcional o analógica. Se trata siempre de un agente, de una acción y de un término. Aunque estos mismos integrantes adquieren formas diversas en cada uno de los modos citados. Estamos, pues, en presencia de lo que se llama una semejanza analógica: una semejanza que implica unas diferencias; o una semejanza que se realiza bajo modos diferentes. Y a esto es a lo que se llama justamente analogía8.

No creemos de especial interés determinar ahora qué clase de analogía puede darse entre los citados modos de tender a un fin. Por lo demás, parece claro que entre los modos (b) y (c) se da una analogía propia; mientras que en (a) y (d) habría que pensar en algún tipo de analogía impropia o metafórica.

Lo importante es el hecho mismo de que "obrar por un fin" es una expresión, que posee un sentido y una amplitud analógica. De lo cual se derivan ya algunas interesantes consecuencias para nuestro propósito actual:

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1 a Que el llamado principio de finalidad ha de entenderse también con esta amplitud y sentido analógico. Lo cual quiere decir que la expresión "todo agente obra por un fin", aun manteniendo un significado fundamental similar, se realiza, sin embargo, de modos diversos en los distintos casos en que se aplica; incluso cuando se aplica en sentido propio. Es decir, que incluso cuando se ha delimitado el sentido de "agente" al agente per se, esto es, al que intenta directamente un determinado efecto; y habiendo delimitado también el sentido de "fin" al fin per se, esto es, a aquel que es directamente y de suyo buscado por un agente.



2ª Que no se puede negar a priori que en tal o cual caso exista un "obrar por un fin'' por el hecho de que no sea según un modo determinado, p.e., sin conocimiento previo del fin. Ya que el obrar por un fin previamente conocido como tal no es más que uno de los modos posibles de ``obrar por un fin"; no el único. Y aunque para nosotros pueda presentarse como el modo más perfecto, no excluye por ello otros modos, igualmente propios.

Sucede aquí algo similar a lo que ocurre, p.e. cuando empleamos la palabra "ciencia". Existen múltiples saberes que denominamos "ciencias"; aunque es claro que cada uno de estos saberes cumple el ideal o modelo de "conocimiento científico" de modo muy diverso. ¿Acaso son ciencias en el mismo sentido la matemática, la biología, la sociología y la historia? Es evidente que cada una de ellas es "ciencia" a su manera; y ello es suficiente para que ese predicado sea aplicable a todas ellas; mas no de modo univoco, ni totalmente equivoco, sino analógicamente. Por ello el que la matemática sea denominada ciencia no excluye que también lo sea la biología y la historia. Aunque cada una cumple a su manera el ideal de lo que entendemos por "ciencia".

El problema de fondo sería el de si existe algún modo privilegiado de "obrar por un fin”, que pudiera considerarse como el summum analogatum, de la finalidad. Y tal parece que debiera ser el modo de obrar por un fin de forma consciente y refleja, como sucede en los seres inteligentes.

Sin embargo, no siempre lo más perfecto en un orden dado coincide necesariamente con el supremo analogado de dicho orden; al menos por lo que respecta a nuestro modo de hablar9.

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Lo primero en un orden dado es aquello que realiza de modo propio y esencial lo significado por el nombre10. Y en este sentido, el obrar por un motivo o por un bien es lo que realiza esencialmente la idea de "obrar por un fin. El hecho de que el fin sea conocido de modo reflejo por el agente, supone ciertamente una mayor perfección en el acto materialmente considerado, ya que será además un acto inteligente; mas no añade nada esencial al acto formalmente considerado, como acto tendente a un fin, ya que tan tendencia hacia un fin puede ser la tendencia inconsciente, como la consciente.



III.—LOS CRITERIOS EXISTENCIALES

Los análisis anteriores nos han ofrecido los que podemos denominar "criterios definitorios, o esenciales de la finalidad. Estos criterios, lo mismo que el principio general de finalidad, "todo agente obra por un fin", se hallan en un plano abstracto, esencialista. Para su aplicación a la realidad concreta, es decir, para ver si en tal o cual caso nos encontramos ante una actividad auténticamente finalística, se necesitan los criterios, que denominamos "existenciales".

Con todo, estos criterios existenciales deben hallarse íntimamente vinculados y enlazados con los criterios esenciales. Pues no pueden ser otra cosa que los medios para discernir si en la realidad concreta se cumplen o no esos criterios esenciales, definitorios de la finalidad. El problema que ahora nos interesa es el de si existe o no un finalismo auténtico en los seres carentes de conciencia o en la naturaleza en general. Pero ello presupone la definición precisa de lo que se entiende por finalismo y por "tender a un fin"; tal como lo hemos intentado perfilar en el apartado anterior.

Podemos, pues, tomar ahora como puntos de referencia los dos modos más propios de finalidad, antes descritos: el obrar por un objetivo determinado y el obrar por un motivo o estimulo. Lo que

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corresponde a las dos funciones características del fin: ser directivo de la actividad del agente y ser motor de la misma. Esto nos lleva a encontrar tres criterios o pautas para decidir la existencia de finalidad en el plano real. A estos tres criterios los denominamos provisionalmente como: (a) Criterio del orden y de la proporción; (b) Criterio del bien o perfección del agente; y (c) Criterio de frecuencia.



a) El criterio de orden y proporción

Este criterio podría enunciarse de la siguiente manera: Si en la producción de un efecto encontramos orden, proporción de medios, jerarquía, etc., tenemos fundada razón para pensar que no es fruto del azar o de la casualidad, sino de algún tipo de finalidad.

Este criterio se deriva lógicamente de la función del fin en cuanto directivo de la actividad del agente. El orden y la armonía presuponen legalidad, una correlación de lo ordenado. Y esto no puede ser fruto del mero azar que, por definición, carece de legalidad, de visión correlacionante. Sino que ha de ser fruto de algún tipo de previsión; fruto de una inteligencia, a la que pertenece propiamente establecer las relaciones y la proporción de una multiplicidad bajo cierta unidad. Así p.e., un poema difícilmente puede ser un simple resultado fortuito; o si alguien, yendo de paseo, encuentra una moneda, puede pensar que ha sido una casualidad; mas si encuentra un mensaje dirigido a él mismo, con el que se intenta hacerle un chantaje, no pensará que es una pura casualidad, sino que alguien lo ha puesto allí para que lo encontrase.

Ahora bien, hay dos tipos generales de orden: orden estático y orden dinámico.

El orden estático se refiere a la estructura, adaptación y coordinación de cosas entre sí o de partes dentro de un todo; ya sean partes de un todo esencial, ya sean partes de un todo integral o accidental.

El orden, en este sentido, se opone a la confusión, a la pluralidad indiscriminada, disgregada de elementos. Así p.e. una mezcla confusa de materiales no hace una casa; se requiere que esos elementos se hallen dosificados, estructurados, ensamblados convenientemente. Como una sucesión de sonidos no hace una sinfonía; deben estar ordenados en proporción de tiempo, tono, intensidad, ritmo, etc.

El fundamento de este orden está en la forma o estructura, que unifica las diversas partes y las dispone o acopla debidamente

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dentro del todo. El orden, pues, emerge como finalidad, dentro de una diversidad de elementos componentes.

Todavía dentro de este orden estático, cabe distinguir entre: Un orden simple, sencillo, en el que entran unos pocos elementos bajo una estructura igualmente sencilla; y un orden complejo, en que intervienen múltiples elementos, que a su vez están coordinados en subórdenes o subsistemas. En un orden complejo lo característico no es la multiplicidad de elementos integrados, sino el hecho de ser una ordenación superior, integrada inmediatamente por ordenaciones subsidiarias más sencillas. Así el orden complejo es una unidad superior, una estructura de estructuras subordinadas. Un átomo podría considerarse como una estructura sencilla (aunque hoy sabemos que es ya muy compleja); una molécula es una estructura más compleja; una célula viva es un sistema de estructuras, los tejidos orgánicos son sistemas complejos; el ser vivo, en su misma individualidad, es ya un supersistema de una enorme complejidad; el conjunto de los seres vivos es un macrosistema. Por ello, un orden complejo, a cualquier nivel, presupone la formación de las estructuras inferiores, que son como sus elementos inmediatos, y, a su vez, la conjunción de las mismas en una unidad superior. Ello implica que las estructuras superiores solamente pueden formarse cuando han tenido lugar las formaciones de estructuras u ordenaciones subordinadas.

El orden dinámico emerge cuando un ser o un conjunto de seres conspiran, se proyectan hacia un objetivo común. Por ello, tal tipo de orden se encuentra propiamente en el plano de la actividad, del dinamismo operativo de los entes. Ello implica generalmente un proceso, es decir, una sucesión de pasos tendentes a conseguir ese objetivo común. Y como en todo proceso, se requieren medios adecuados, proporcionados al objetivo; se requiere un método y una dirección.

El fundamento del orden dinámico viene dado por la unidad de objetivo al que se aspira. En esa unidad de meta o punto de mira lo que unifica las operaciones, selecciona los medios o métodos más adecuados, descartando los resultados "aberrantes"; en una palabra, dirige todo el proceso dinámico en orden a conseguir el fin o meta prefijado.

También aquí podemos distinguir un orden dinámico simple y un orden complejo. El orden simple se da cuando un ser se proyecta hacia un objetivo inmediato, que puede conseguir en un corto número de pasos. Mientras que el orden complejo tendría lugar cuando el objetivo a conseguir presupone la consecución de

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objetivos anteriores, que son como intermedios y condicionantes •del objetivo último. Así p.e., un estudiante estudia una lección para aprobar una asignatura, y esto con el fin de aprobar el curso, y esto a fin de terminar una carrera y conseguir un titulo, lo cual le habilitará para ejercer una profesión, etc. O también cuando diversos entes coordinan su actividad y cooperan a un bien común, que no podrían conseguir separadamente; como sucede, p.e. en los diversos tipos de asociación en los seres vivos.

A través de estos diversos tipos de orden podemos contemplar siempre un principio unificador: la unidad de forma y estructura (orden estático) o la unidad de objetivo común (orden dinámico). Vemos también que se trata de un principio de unidad correlacionante, ya que debe integrar en proporción armónica la diversidad de elementos o subórdenes, o bien la diversidad de medios y operaciones. Y ello exige cotejo, comparación de los diversos elementos o funciones entre si y por relación a la unidad del todo o a la unidad del objetivo. El orden se traduce, pues, como legalidad, como dirección lógica. Es por ello lo opuesto al azar, que viene a ser la negación de toda previsión, de toda legalidad y de toda lógica.

En consecuencia, si encontramos en la realidad algún efecto en el que rige el orden, la unidad, la proporción o armonía, la legalidad, tenemos que concluir que no puede ser fruto del asar o de la mera casualidad; sino que ha de ser fruto de una previsión y de una dirección; en una palabra, fruto de algún tipo de finalismo.

Por otra parte, un desorden parcial, que puede integrarse en un orden global superior, es claro que no es incompatible con el finalismo; antes bien, lo está postulando, ya que es un desorden relativo; se dice tal por relación al orden general en que se inserta. Se tratarla, por tanto, de una consecuencia del azar relativo, no absoluto. En otras palabras, un fruto de la contingencia, que es compatible con la finalidad.

En cambio, para que el azar absoluto tuviera lugar, se requiere que el desorden fuera también absoluto y total; seria un efecto al margen de todo orden, de toda legalidad y de toda unidad. En consecuencia, para afirmar que no existe finalismo alguno en el universo, habría que demostrar que éste no es un "cosmos", sino un "caos" total. Si cada efecto del universo fuera producto del azar absoluto—no integrable en un orden superior—el conjunto de todos los efectos particulares, que es el universo, deberla aparecer también como un desorden total, como un "caos" sin fronteras, como infinitud desordenada de casualidades.

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b) El criterio del bien o perfección del agente

Un segundo criterio viene indicado por el hecho de que el efecto conseguido resulta ser un bien o perfección del agente, o un desarrollo ulterior del mismo. En tal caso hay razón para concluir que el resultado ha sido conseguido como término de una tendencia hacia ese bien, y, por tanto, como motivo y como fin.

Para conseguir un bien o una perfección ulterior se requiere normalmente superar alguna dificultad. Esto es, ante todo, un hecho de experiencia, que ha quedado estereotipado en expresiones populares tales como "nada se consigue sin esfuerzo", o "lo que mucho vale, mucho cuesta", etc. Pero se desprende además de lo que dijimos anteriormente acerca de la pasividad o inercia congénita de los seres —fruto de su potencialidad; así como de la resistencia o interferencia de otros seres, que se traduce frecuentemente por obstrucción del desarrollo de unos seres por otros; e igualmente por el hecho de que todo desarrollo lleva consigo una complejidad creciente de estructuras y elementos diferenciados, que hay que someter y reducir a la forma unitaria, a fin de que la expansión de un ser no se traduzca en desintegración, sino en verdadero acrecentamiento del mismo. Por ello es claro que todo cambio y todo desarrollo se logra únicamente con algún consumo de energía11.

Por tanto, para superar la pasívidad o potencialidad y para vencer la dificultad, que todo perfeccionamiento lleva consigo, hace falta un motor, algo que actúa como estimulo y como motivo del dinamismo de los seres. Toda actividad es, en último término, fruto de una tendencia motivada por un estimulo; sin el estimulo, la actividad permanece indiferente, inerte. Ahora bien, el estimulo o motivo es algo que se presenta como un bien o una perfección, como conveniente y término de una tendencia. El bien es el objeto propio del amor o deseo. Y bajo este aspecto es auténtica causa final, ya que, como vimos anteriormente, influye realmente despertando el dinamismo y actualizando las fuerzas latentes de los seres.

Luego si un resultado conseguido constituye un bien o perfección de un agente, no cabe duda de que en ello ha intervenido la causalidad finalística.

Se podría objetar que la consecución de un bien puede deberse a la actuación de un motor anterior, bajo el tipo de una causali

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dad eficiente y no propiamente finalística. En cuyo caso se trataría de un resultado conseguido, mas no intentado propiamente como fin.



Esto, sin duda, es posible. Mas es preciso preguntarse qué es lo que ha movido a obrar a esa causa eficiente anterior. Si ha sido un motivo o estímulo bajo la forma de un bien, tenemos el mismo resultado: la intervención de la causa final. Si ha sido, a su vez, por otra causa eficiente anterior, vuelve a plantearse de nuevo la misma disyunción.

Ahora bien, es irracional suponer una cadena infinita de agentes subordinados, como es el caso, en ningún orden de actividad. En tal hipótesis resultaría que ninguno de tales agentes actúa, si a su vez no está actuado o movido. Por tanto, ninguno posee en si la razón de su actividad. Por consiguiente, el conjunto mismo o cadena de agentes subordinados, ya sea finita, ya sea infinita, carece por sí misma de actuación, de actividad; la cadena de la hipótesis permanece, pues, inerte, inactiva. Luego tal hipótesis es irracional, ya que se supone a dicha cadena activa y, a la vez, hay que declararla inerte, inactiva, por la misma hipótesis.

Por tanto, es absolutamente necesario suponer que, antes o después, haya un agente que es motivado, no por otro anterior, sino desde si mismo; es decir, por un estímulo o bien, que funciona como despertador de la actividad a modo de causa motiva o finalística.

Esto nos ilustra acerca de la primacía del fin en cualquier orden de actividad causal. La causa final se constituye pues, como la primera de las causas de cualquier orden dado, ya que las mismas causas agentes necesitan ser motivadas, en último término, por un bien a modo de fin.

Nos ilustra también acerca de la necesidad del llamado "principio de finalidad": todo agente obra por un fin. Como acabamos de ver, en último término la causa agente ha de ser determinada en su actividad, motivada por un bien, que se presenta como fin de esa actividad. Se trata, pues, de un agente per se, y de un fin per se. Es decir, de un fin que es buscado intencionadamente como término final y no como simple resultado.

Por lo demás, cuando hablamos de bien o perfección del agente, esto mismo puede entenderse de ,diversas maneras. Ante todo, se tratará de conservar el bien o perfección ya conseguidos; huyendo consecuentemente del mal contrario, que es la desintegración, la destrucción. Por ello, en cada ser hay una tendencia primaria a su propia unidad e identidad, como también a su perma

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nencia o conservación. Lo que se traduce de hecho por la resistencia que cada ente opone a su destrucción.



Por lo cual es improcedente pensar que la misma conservación del orden o perfección unitaria, una vez adquiridos, se mantengan por sí mismos, sin ninguna dificultad ni tendencia a ello, sino por azar. La misma interacción de otros entes pone constantemente en peligro esa unidad e identidad de cada ser. Por ello, hay que pensar que la misma conservación del orden o del bien ya poseído implica necesariamente una tendencia finalística. Lo que corrientemente llamamos "la lucha por la vida o por la existencia", no es más que la traducción vulgar de esta verdad.

En segundo lugar, se halla la tendencia a un desarrollo ulterior, a acrecentamiento del orden y unidad adquiridos y a su expansión. Esto se traduce prácticamente por el desarrollo de cada ser en cuanto a sus facultades o potencias operativas. Y de modo particular, en la proyección causal de cada ente; es decir, en su tendencia a producir y a influir positivamente en otros seres, que son como la prolongación de la propia identidad o perfección ontológica y signo de su madurez. Esto aparece claramente en los seres vivientes, capaces de reproducirse y de prolongarse en sus descendientes.

Por otra parte, la tendencia al bien como fin ha de conjugar debidamente el bien del todo y el bien de las partes integrantes. En un todo organizado, a cualquier nivel que sea, el bien del todo, que consiste principalmente en la identidad de su ser y en la unidad de su forma y de sus funciones operativas, es un bien mayor y subordinante respecto del bien particular de cada parte integrante. Por ello, la tendencia o fin principal se proyecta primariamente hacia el bien del todo; y secundariamente al bien de las partes.

Ello no significa que el bien de las partes haya de ser descuidado; ya que la misma persistencia de las partes y su desarrollo son condiciones para el bien del todo, constituido por las partes. Significa simplemente que, en un orden de prioridades, el bien del todo es anterior como fin—es decir, como término y objetivo primario—de las mismas partes integrantes. El bien del todo es así la culminación o coronamiento del desarrollo mismo de las partes. Siendo, no la simple suma de los bienes particulares, sino cualitativamente distinto y superior.

Por tanto, en un todo organizado, a cualquier nivel que sea, puede suceder que el bien del todo lleve consigo el sacrificio de alguna parte, a fin de mantener la unidad y la identidad del todo

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en su desarrollo progresivo. Esto nos ilustra sobre la posibilidad y la existencia del mal, en cuanto no es algo intentado de suyo o por si mismo; sino que aparece en el ser finito como un efecto preterintencionado (per accidens), aunque real.

¿Significa que el mal es algo casual y fortuito? Diremos que es algo contingente, que sucede de hecho, aunque al margen del finalismo. Es casual en el sentido de no ser algo intentado o buscado como tal y por sí mismo. Mas no se trata tampoco de una casualidad absoluta. Y ello, porque no existe ningún mal absoluto; pero, además, porque se inserta en la dialéctica del bien finito, en cuanto a la diversidad de seres y de bienes y la adquisición progresiva de los mismos (desarrollo), implica de hecho el desorden parcial, el mal relativo de las partes12.



c) El criterio de frecuencia

A pesar de los dos criterios de finalidad, estudiados anteriormente, todavía puede hacerse esta objeción: Un orden sencillo puede conseguirse por casualidad; y conseguido esto, puede conseguirse otro más complejo, y así sucesivamente. Así p.e. si tuviéramos en un recipiente todas las letras del alfabeto, no se ve imposibilidad para que salieran algunas formando una silaba o palabra; y en todo caso, sería cuestión de tiempo y de tentativas. Igualmente un bien o perfección fácil podría conseguirse al margen de toda tendencia, como simple resultado del cambio de circunstancias. Así p.e. puede suceder que una planta nazca en un lugar normalmente seco por una casual caída de agua; una persona, al borde de la ruina, acrecienta de repente su fortuna por un cambio inesperado de las circunstancias económicas, sociales, etc. Por tanto, si tanto el orden como el bien pueden conseguirse algunas veces como simple resultado de la casualidad o de la fortuna, al margen de toda intencionalidad, no se ve por qué no puede ser así siempre.

Esta argumentación, que a algunos parece razonable, es, sin embargo, una sutil cadena de falacias. En la conclusión se da un salto desde decir que "algunas veces puede ser así", hasta "puede ser siempre así"; aunque se disimule con un "no se ve por qué no...". Aquí mismo y sobre todo en las premisas del argumento se da un salto insensible de la mera posibilidad de que algo suceda,

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a la probabilidad; de que algo sea posible se pasa a que sea probable; y de que sea probable se insinúa que sea lo mas frecuente, lo normal. Es decir, se juega con la doble significación de "probable: primero en el sentido de lo posible; y luego, como probable significa también lo mas frecuente, o lo más probable, se concluye en lo frecuente.

Pero además se juega con otros dos factores: con el minimum de orden y perfección y con el máximum de tiempo. Es decir, un orden complejo se descompone en infinitésimos, en cuantos de orden. Y se añade una suposición gratuita: que el orden, una vez conseguido, se conserve por sí mismo a través del tiempo.

Sin embargo, un orden complejo, que consta de subórdenes o subsistemas, no se descompone inmediatamente en las ordenaciones mínimas, sino en esos subsistemas que, a su vez, pueden ser complejos; ni tampoco se forma inmediatamente de las ordenaciones simples, ya que el orden posterior y más complejo sólo emerge cuando las ordenaciones anteriores han tenido lugar. Por ello, descomponer un orden complejo inmediatamente en infinitésimo es una abstracción mental y no responde a la composición de la realidad.

Por otra parte, es gratuito suponer que una ordenación, por muy simple que sea, una vez conseguida, se mantenga por sí misma a través de un tiempo indefinido. Ya vimos anteriormente que la misma conservación del orden y del bien adquiridos requiere necesariamente una tensión constante para su permanencia, en contra de la presión desintegradora13. No hay razón para suponer que el tiempo y los cambios circunstanciales trabajan sólo a favor del orden y no, y quizás más frecuentemente, a favor del desorden y la desintegración.

Si atendemos a los ejemplos propuestos o a otros mil similares, advertimos que: para que salgan las letras en un orden, aunque sea mínimo, se requiere que en el recipiente se hallen todos y sólo signos alfabéticos, no otra clase de signos; se requiere haber prefijado un resultado determinado, como la formación de tal o cual palabra; hay que seleccionar los resultados y descartar los no significativos o inservibles, etc. Y todo esto implica necesariamente una intencionalidad; no es, pues, efecto de pura casualidad. Igualmente, para que la planta nazca hay que presuponer que era un germen apto, que se hallaba en tierra adecuada, no en piedras, etc.; es decir, toda una serie de condiciones que no son alea

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torios. Para que una persona cambie su situación económica no es suficiente el cambio de las circunstancias sociales, sino que debe tener una base previa, p.e., un negocio montado; como para que alguien sea agraciado con la suerte en el juego de lotería es preciso que entre en el juego... Luego esas supuestas casualidades se enmarcan siempre en un conjunto de circunstancias que no son casuales, ni azarosas, sino expresamente intentadas.

No negamos, pues, la contingencia ni un margen para el azar y la probabilidad aleatoria. Negamos decididamente que sea el azar sólo la causa o explicación de los resultados de orden y de perfección de los seres.

Pero supongamos ahora que un orden o un bien se consiguen, no raramente, como en los ejemplos de la objeción, sino con frecuencia; e incluso con una frecuencia fáctica superior a la mera probabilidad teórica, o en contra de la dificultad, que tal consecución supone normalmente. Es claro que en estos casos hemos de atribuir el resultado, no a la mera casualidad, sino a una auténtica intencionalidad. Así p.e., si acertar con un blanco distante es ya difícil, lo será mucho mas si tal blanco se halla en movimiento; si, no obstante, alguien consigue dar en el blanco siempre o en la mayoría de los intentos, esto no puede atribuirse a la casualidad pura; hay que postular la presencia de una intención, de un finalismo.

Esto nos conduce a un tercer criterio, que podemos denominar frecuencia estadística; y que podría formularse así: Si un acontecimiento se produce con una frecuencia fáctica superior a la probabilidad teórica y en contra de la dificultad en contrario, no puede atribuirse a la para casualidad, sino que es efecto de una intención de tipo finalístico.

Entendemos por "frecuencia fáctica" la realización fáctica de un acontecimiento en todos o en la mayoría de los casos (ut in pluribus) en que se intenta; esto es una frecuencia de tipo estadístico. Y por "superior a la probabilidad teórica", entendemos que tal realización fáctica está por encima de la probabilidad teórica, es decir, de la que teóricamente le correspondería, atendidas las múltiples condiciones y circunstancias o elementos que deben intervenir. (Así p.e., si en el juego de dados aparece el mismo número a lo largo de muchas tiradas, con una frecuencia mucho mayor de la que teóricamente le corresponderla, hay que pensar razonablemente que ello no obedece al simple azar, sino que se trata

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de un dado trucado o cargado)14. Nótese bien que no se trata de una simple frecuencia probabilística; se trata de una frecuencia fáctica, de hecho, en contra de lo que, según una prudente estimación o cálculo de probabilidades, suele acontecer15 Entendemos por "dificultad en contrario", cualquier oposición a la consecución del resultado. Antes ya hemos señalado varios aspectos de dificultad. Con respecto a la consecución de un orden: la presión del desorden, el cambio, el pluralismo de elementos y

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condiciones, la complejidad de estructuras, etc. Con respecto a la consecución de un bien o perfección: la presión de la inercia, de la pasividad, las interferencias de otras causas, etc.

Afirmamos, pues, que cuando un resultado de perfección y de orden se consigue siempre o las más de las veces, a pesar de la dificultad o probabilidad en contrario, ello no puede deberse a la pura casualidad. Y esto por la simple razón de que la casualidad y la probabilidad aleatoria se hallan justamente del lado de su no producción. En otras palabras: lo más probable, en un plano de meras probabilidades teóricas u operando al azar, es que tal acontecimiento no tenga lugar. Se funda también en que el asar puro no tiene ley ni determinación alguna. Por tanto, no puede producir efectos con una frecuencia constante y determina da; a no ser que el marco de posibilidades de un acontecimiento se reduzca a la unidad; en cuyo caso tampoco se tratarla ya de probabilidad, sino de certeza y de necesidad16 .

En conclusión, un acontecimiento de suyo improbable, que, sin embargo, se produce frecuentemente, solamente puede explicarse por la intervención de una intencionalidad; es algo que se busca o se intenta como fin por un agente. El baremo de tal frecuencia no es absoluto, en el sentido de un número preciso de casos. Está en proporción de la probabilidad del acontecimiento. Si el acontecimiento en cuestión es, en teoría, muy poco probable, bastaría una frecuencia menor que si es más probable; pero en todo caso se requiere una frecuencia fáctica superior a la que teóricamente le corresponde.

NOTA. Intencionalidad, casualidad, rareza. Para esclarecer más ano lo anterior, tratemos de mirar más de cerca la relación entre estos términos. A veces se tiende a confundir o identificar lo casual con lo que ocurre raramente, oponiéndolo arbitrariamente a lo frecuente. Sin embargo, lo casual a lo que propiamente se opone es a lo intencionado, a lo lógico. Pero lo lógico y lo intencionado, a veces, es también raro: depende del grado de dificultad e improbabilidad, como hemos dicho. Veámoslo.

Se conjugan cuatro términos:

—Lo intencionado o buscado (se ponen los medios aptos).

—Lo no intentado (no se ponen los medios adecuados).

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—Lo frecuente o normal (lo que acontece ut in pluribus).

—Lo raro, lo que ocurre sólo a voces (ut in paucioribus).

Esto da lugar a las siguientes combinaciones. Un acontecimiento puede ser:

(1) Intentado y ocurre frecuentemente (p.e., un buen tirador da normalmente o frecuentemente en el blanco);

(2) Intentado y no ocurre a veces. (Un buen tirador, a voces, no da en el blanco);

(3) Intentado y ocurre rara vez. (Buen tirador da rara vez en un blanco determinado);

(4) No intentado, pero frecuente. (Dar en el blanco sin intentarlo; o mal tirador acierta normalmente en el blanco);

(5) No intentado, pero conseguido alguna vez. (Mal tirador da alguna vez en el blanco);

(6) No intentado y no conseguido normalmente. (Mal tirador normalmente no da en el blanco).

Analizando ahora estos casos hipotéticos, tenemos:

En (1) y (6) no se dice casual, sino que es lógico. Hay una relación lógica entre antecedente y consiguiente, entre las condiciones y el resultado conseguido.

—En (2) y (5) tendríamos lo que se llama propiamente casual: algo debidamente intentado—poniendo las condiciones necesarias y suficientes—a veces no ocurre; algo no intentado debidamente, a veces ocurre. Pero en ninguno de los dos casos se trataría de casualidad pura o absoluta: ya que en (2) es algo intentado; y en (5) es también de alguna manera intentado, aunque no debidamente, es decir, sin poner las condiciones necesarias de habilidad o destreza para dar en el blanco.

—En (4) tenemos un caso puramente hipotético. Sería la casualidad pura, el puro azar. Es como suponer que lo teóricamente improbable suceda de modo normal y frecuente, sin ninguna intervención exterior. Lo cual es en si mismo contradictorio. A ello se opone también la conocida ley del Cálculo de probabilidades, la llamada "ley del azar" o “ley de los grandes números", según la cual la probabilidad teórica de un acontecimiento coincide sensiblemente con la real o fáctica cuanto mayor sea el número de tentativas o experimentos. Por tanto, un suceso que es teóricamente improbable, no puede ser realmente frecuente. De aquí la confianza, racionalmente justificada, en que un suceso, que se presen

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ta con regularidad, a pesar de ser poco probable o muy improbable, debe obedecer, no al azar, sino a algún tipo de intervención finalística, de intencionalidad. Especialmente cuando tal frecuencia fáctica excede notablemente de la probabilidad teórica. Esto es lo que hemos querido señalar al poner el Criterio de frecuencia.

—Finalmente, en (3) tampoco se puede hablar propiamente de casualidad, sino de dificultad. Si algo es intentado debidamente poniendo todos los medios aptos y las condiciones precisas, y, sin embargo, no ocurre o no se consigue, sino rara vez, ello indica dificultad en conseguirlo. Indicaría que la diferencia entre lo favorable (su consecución) y lo posible (los casos posibles) es muy elevada. Y esto es justamente lo improbable o poco probable17; es decir, lo difícil de conseguir. Entra, por tanto, dentro de lo lógico, ya que no es casual el que algo difícil de conseguir no se consiga frecuentemente. Por ello, a la inversa, si algo es difícil de conseguir (improbable) y, sin embargo, se consigue con regularidad, es señal evidente de que ha debido ser intentado, a fin de superar la dificultad en contrario. Entra, pues, en funciones, el Criterio de frecuencia, tal como lo hemos enunciado.

Este análisis nos ilustra acerca de la noción propia de azar y de casualidad: esto es propiamente lo que ocurre fuera de toda intención, lo preterintencionado, lo no lógico, lo no sujeto a ley ni regularidad alguna. Tanto si es frecuente, como si no lo es.

Y nos ilustra igualmente sobre la no identificación entre casualidad y probabilidad o improbabilidad. Lo probable no es puramente casual, ya que hay alguna determinación hacia su realización (al menos superior al 50 %). Lo improbable tampoco es casual, si es algo intentado; o si ocurre rara vez, ya que esto es lo lógico en tales casos. Mas si lo improbable ocurre frecuentemente, tenemos lo ilógico, lo contradictorio; y, por tanto lo de suyo imposible. A no ser que introduzcamos un elemento extrínseco; es decir, que sea buscado intencionadamente. En cuyo caso se restablece de nuevo la lógica y la racionalidad del hecho. Pero a condición de admitir la finalidad.



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