Lo personal es político



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“Lo personal es político”, el regreso
Introducción
En este trabajo parto de la consideración de Françoise Collin acerca de la necesidad de redefinir la democracia para transformarla en un sistema no-excluyente. En este sentido, recurro a Iris Marion Young que explicita la exclusión en un movimiento doble de expulsión:

- en el campo de la política, la separación público / privado se basa en la búsqueda de homogeneidad para el ámbito de lo cívico público. Con tal motivo, las personas asociadas con la naturaleza y con el cuerpo, son expulsadas y relegadas a lo privado.

- en el campo de la ética, la razón normativa, al definirse como imparcial, define también la unidad del sujeto moral y de este modo expulsa al deseo y a la afectividad al establecer un sujeto que conoce los principios universales de moralidad y qué tienen de común los sujetos morales.

Se tratará entonces de avizorar alguna posibilidad de superación de estas exclusiones. Para ello recurriré, en cuanto a lo político, a Ernesto Laclau y, en lo ético, una vez más a Françoise Collin.

Pero todo este marco de consideración ético-política requerirá, a la vez, de una redefinición del concepto de sujeto, en busca de una noción que supere a la de individuo abstracto. Esta superación, además, se encarnaría en el lema, no agotado aún, de lo personal es político.

Desarrollo

Françoise Collin1 plantea la necesidad de redefinir la democracia en pos de su transformación en un espacio no-excluyente. En su artículo, la autora muestra que, así como en la Antigua Grecia, la democracia excluía de la ciudadanía a las mujeres, los extranjeros y los esclavos; la democracia moderna excluye a las mujeres, a los extranjeros y, en un primer momento, a los no-propietarios.

El sustrato de esta exclusión está en que la naturaleza del lazo social y de la noción de ciudadanía se definen a partir de la categoría abstracta del individuo. En función de lograr una redefinición adecuada ella propone sustentar estas nociones inscribiéndolas en la totalidad de la persona.

Este planteo suyo converge con otro anterior2 en el que ella propone situar el diálogo como principio fundador a la vez de la ética y de lo político. Entendiendo la ética como el registro que asegura la regulación de las relaciones interindividuales mientras que la política, trata de asegurar la viabilidad de un mundo mejor.

Entonces su propuesta nos lleva a varias tareas: esclarecer la noción de sujeto que sustentará ambos ámbitos: ético y político y redefinir estos ámbitos.

Si nos centramos primeramente en la superación de la noción abstracta de individuo, tenemos que buscar un concepto que asuma el factor constitutivo de la heteronomía de toda existencia humana y social. Aquí cobra relieve la consideración, desde las teorías feministas, de un concepto alternativo de sujeto: sujeto como posicionalidad. Esta postura3 concibe al sujeto como emergente de una experiencia histórica y, en este sentido, sus características internas no importan tanto como el contexto externo en que se lo sitúa. Una definición posicional de sujeto relativiza su identidad a un contexto siempre cambiante, a una situación que incluye una red de elementos (los otros, las condiciones económicas, las instituciones culturales y políticas, etc.).

Además, esta concepción de sujeto evitaría tanto la postura esencialista como la nominalista. Se apartaría de la primera al considerar a la posición como relativa a un contexto y por lo tanto no-innata; como significada históricamente y por lo tanto no-atemporal. Se distanciaría de la nominalista pues una definición posicional de la identidad nunca resultaría indecidible: a través de análisis sociales podríamos identificar a los sujetos generizados por su posición relativa a una red social y cultural existente.

A continuación me propongo mostrar cómo esta noción de sujeto coadyuva a una redefinición de los ámbitos ético y político.

Si comenzamos por el ámbito de lo político, encontramos un punto de convergencia interesante entre Young4 y Collin, para quienes: la estricta división entre público y privado instaurada por la teoría y la práctica políticas a fines del siglo XVIII en Europa y EEUU, contribuyó a suprimir la heterogeneidad de pueblos y lenguas de lo urbano público. La noción de cívico público surgió para expresar el punto de vista universal e imparcial de la razón, expulsando al deseo, al sentimiento y a la particularidad de necesidades e intereses. Así, los teóricos políticos y los políticos modernos proclamaron la imparcialidad y la generalidad de lo público y, al mismo tiempo, consideraron adecuado que algunas personas (las mujeres, quienes no son blancos, en ocasiones quienes no tienen propiedades) fueran excluidas de la participación de lo público. Esto sugiere que el ideal de lo cívico público en tanto que expresión del interés general, del punto de vista imparcial de la razón, da como resultado la exclusión. Los análisis feministas señalan esta sospecha y marcan como fundamento de la exclusión principalmente dos elementos:

- la oposición entre razón y deseo

- la asociación de estos rasgos con tipos de personas (hombre: razón / mujer: deseo)

Este doble juego llevó a que necesidad y deseo fueran contenidos en el ámbito privado de la familia. Entonces vemos que la unidad y coherencia de la razón normativa moderna y de su expresión política en la idea de lo cívico público se logra mediante la expulsión y el confinamiento de todo lo que amenace con invadir al Estado con su diferenciación, como ser: la especificidad de los cuerpos y deseos de las mujeres, las diferencias de raza y de cultura, la variabilidad de las necesidades, los fines y deseos de cada individuo, la ambigüedad y variabilidad de los sentimientos.

Después de haber subrayado la crítica feminista de lo público excluyente, podríamos considerar necesario suprimir la distinción público / privado, considerarla fracasada. Pero las mismas teóricas feministas nos sugieren el no abandono de la distinción sino, más bien, la búsqueda de su redefinición. El punto central en esta redefinición sería desplazar la homogeneidad hacia el logro de la heterogeneidad. Aquí la sugerencia es retomar el lema feminista de los ‘70: lo personal es político. Esta consigna abre paso a la heterogeneidad pues no niega la distinción entre lo público y lo privado pero sí que esa división se sustente en tipos distintos de instituciones, actividades y atributos humanos.

O sea, se trataría de superar la exigencia de la política contemporánea que garantiza a todas las personas la entrada en lo público a condición de que no reclamen derechos o necesidades especiales, ni llamen la atención sobre su historia o cultura particulares, y de que mantengan sus pasiones en lo privado.

Necesitamos entonces transformar la distinción entre público y privado para que no esté correlacionada con una oposición entre razón y afectividad y deseo, o entre universal y particular.

En este sentido, Iris Marion Young toma lo público como aquello que es abierto y accesible; como la necesidad de que existan espacios públicos y expresión pública. De este modo, un espacio público es cualquier espacio interno o externo al cual tiene acceso cualquier persona. Una expresión es pública cuando terceras partes pueden ser testigos de la misma dentro de instituciones que dan a estos otros la oportunidad de responder a la expresión y entrar en discusión, y a través de los medios masivos que, en principio, permiten que cualquiera entre en discusión. La expresión y la discusión son políticas cuando suscitan y tratan temas acerca del valor moral o la deseabilidad humana de una institución o práctica cuyas decisiones afectan a un gran número de personas. Este concepto de lo público, que sin duda alguna deriva de ciertos aspectos de la experiencia urbana moderna, expresa una concepción de las relaciones sociales que en principio no es excluyente.

Esta definición propuesta de público podría denominarse, como sugiere Young, público heterogéneo, en tanto su principio general asegura que la vida pública no excluya personas y grupos que han sido excluidos en el pasado; en tanto permite hacer un reconocimiento específico de las desventajas de esos grupos e introducir sus historias en lo público.

Una política emancipadora debiera fomentar una concepción de lo público que no excluyera a ninguna persona, ni a ningún aspecto de la vida de las personas, ni ningún tema de discusión, que alentara la expresión estética así como la discursiva y que permitiera el reconocimiento y apreciación de las diferencias a través del diálogo.

En correlación, Young considera que lo privado aludiría a privación, a aquello que está oculto a la vista. En este sentido, propone definir lo privado como un aspecto de la vida y actividades de los que cualquier persona tiene derecho a excluir a las demás. Estas redefiniciones arrojan dos implicancias.

Por un lado, no se debe excluir a priori ninguna institución o práctica social. Así, Young señala el camino iniciado por el Movimiento de Mujeres al haber hecho públicos problemas como la violencia doméstica o la división sexual del trabajo doméstico, gracias al lema setentista.

Por otro lado, no se debe obligar a la privacidad a ninguna persona, acción o aspecto de la vida personal. Se supone que la vida pública es ‘ciega’ para el sexo, la raza, la edad y demás, y se supone que todo esto entra en lo público y se discute en los mismos términos. Pero la nuestra es una sociedad que nos obliga a la privacidad. Young subraya el caso de la represión de la homosexualidad pero Collin va más allá de la vida sexual y considera que la clave de lo que se debe esconder está en la vida generativa5; ella pone de manifiesto que las mujeres somos esencialmente excluidas de la escena pública en la medida en que nos hallamos ligadas al proceso de generación. Ella señala que, si bien con dificultades, el matrimonio pudo ser entendido como contrato; en cambio, la generación se resiste a un proceso contractual: de ahí la necesidad del corte tan radical entre público y privado.

Una vez entendido este problema se vislumbra la riqueza de lo personal es político atravesado por las redefiniciones de público y privado que da Young; pues la conjunción de estos elementos nos lleva a la necesidad de hacer público el ámbito de la generación. Esto podría permitir que la ciudadanía construida por la democracia moderna deje de ser la de un ciudadano indemne de toda generación, que no es hijo o padre de una persona sino de otro ciudadano; es decir, que es un individuo abstracto. Esto daría cabida a todas las determinaciones del sujeto ciudadano, incluida la del género; o sea, al sujeto posicionado definido al comienzo de este trabajo.

Una síntesis de esta reconsideración de lo político podemos obtenerla recurriendo a Ernesto Laclau6. Él se pregunta si el terreno de la realización personal de sí mismo es realmente un terreno privado. Y responde que así sería si tal realización de sí mismo tuviera lugar en un medio neutro donde los individuos pudieran buscar sin impedimentos la realización de sus metas. Pero esto es un mito. Por ejemplo, la mujer que busca su realización individual se encuentra con obstáculos conformados como reglas orientadas en sentido masculino que limitarán sus aspiraciones y posibilidades ‘personales’. Las luchas feministas que propenden al cambio de esas reglas han de construir un “nos” plural “diferente” del “nos” de la ciudadanía pública abstracta. Pero el espacio que creen estas luchas ha de ser igualmente público y comunitario; y en este sentido él también retoma como ejemplo de esta síntesis: lo personal es político.

Para Laclau ¿qué sucedería entonces con lo privado? Él lo entiende como una categoría residual, limitada a aquellos aspectos de nuestra actividad en los que nuestros objetivos no están interferidos por ninguna barrera social estructural, en los que el cumplimiento de los mismos no requiere la constitución de un “nosotros”. Entonces, no se trata ya de impedir que un espacio público invada el espacio de los individuos privados, puesto que deben constituirse los espacios públicos de manera tal que permitan la realización de las metas personales. Pero es condición para una sociedad democrática que estos espacios públicos sean plurales, por eso Laclau habla de un “republicanismo cívico múltiple”. En una sociedad tal, las instituciones liberales (Parlamento, elecciones, división de poderes) son conservadas pero como UN espacio público más y no como EL espacio público en sentido homogéneo. Así, el republicanismo cívico múltiple le da cabida a los movimientos sociales espontáneos; en particular, a los movimientos de mujeres. Por eso, la fuerza de una sociedad democrática está en la multiplicación de los espacios públicos y su condición de existencia en el reconocimiento de la pluralidad y la autonomía.

Esta manera de concebir la democracia permite entender el escepticismo de Collin ante las medidas de acción positiva para las mujeres, como por ejemplo el cupo de electoras. La apuesta, repetimos con ella, estaría en un aspecto cualitativo y no cuantitativo de cambio. Por ejemplo, como dijimos anteriormente, en hacer público el ámbito de la generación. Esto significaría en principio dos cosas:

- por un lado, el control del proceso generativo por parte de las mujeres.

- por otro lado, sacar la responsabilidad de la crianza y el cuidado de la prole, del dominio exclusivamente femenino.

Respecto del primer punto: el control de la generación, Collin señala que es un ámbito en el que se debería seguir avanzando pues las mujeres, aunque débilmente, hemos accedido a la “apropiación” de la maternidad. Claro que esta autora piensa desde Francia. Aquí, me interesa enfatizar lo imperioso de este avance para nosotras/os argentinas/os, en una sociedad que no logró estatuir siquiera una Ley Nacional de Procreación Responsable. Pero a esto puede añadirse el problema -sí compartido con el primermundismo- del rápido desarrollo de las Tecnologías de Procreación Médicamente Asistida que, entiendo, refuerzan la expropiación de la maternidad a las mujeres.

Respecto del segundo punto: la responsabilidad en el cuidado de las/los hijas/os, resulta pertinente la mención de un ámbito de pensamiento y de debate como el del Foro de Psicoanálisis y Género; pues, para sus integrantes, se está vislumbrando, en la práctica, un cambio en el rol del padre. Esto lo muestra el psicoanalista Norberto Inda, estudioso del género varón, en su análisis de porqué no hay Padres de Plaza de Mayo7. Él sugiere que se debió a la construcción particular de esas subjetividades masculinas y que, recién ahora, se estaría dando la posibilidad de otro modo de construcciones subjetivas. Es decir, habría una transformación de las relaciones familiares dada por el acceso de algunos varones a la participación en la crianza de sus hijas e hijos. Esto indicaría una flexibilidad en la división antes rígida entre sentimientos y expresividad (femeninos) y razón y control (masculinos). La teorización sobre estas prácticas innovadoras se inició en Inglaterra bajo el rubro de La Nueva Masculinidad. Desde esta perspectiva se puede rescatar una apertura de los roles, de la distribución entre valores y sexos, una maleabilidad en el campo de negociación entre los géneros.

Este señalamiento nos permitiría considerar ahora el ámbito de lo ético antes presentado. Este ámbito, al ser considerado como algo universal e imparcial, da como resultado, en la práctica, la exclusión política de las personas asociadas con la afectividad y el cuerpo. Young cree encontrar el punto de superación correspondiente a lo ético, en la propuesta de Habermas para cuya teoría de la acción comunicativa la razón no significa unos principios universales que dominen a los particulares sino que significa dar razones, ejercer la voluntad de hablar y escuchar. El modelo dialógico de razón suplanta al ego trascendental que situado a cierta altura puede comprehenderlo todo reduciéndolo a la unidad sintética. Sin embargo, Young señala que la propuesta de Habermas sigue siendo limitada pues todavía conserva el compromiso con la imparcialidad y reproduce la oposición entre razón y deseo. Para completar la superación necesaria nuevamente es valioso el aporte de Collin8. Para ella una concepción dialógica de la razón normativa implicaría una razón contextualizada, en la que las respuestas son resultado de una pluralidad de perspectivas que no pueden ser reducidas a la unidad. En la discusión, quienes participan no necesitan abandonar sus motivos y sentimientos. En la medida en que el diálogo permite que todas las perspectivas hablen libremente, así como que sean escuchadas y tomadas en cuenta, la expresión de las necesidades, motivos y sentimientos. Entonces, la razón normativa es entendida como el diálogo entre las necesidades que se tienen y los deseos que se reconocen. La ética del diálogo instaura con un acto soberano la igualdad en la asimetría de posiciones socialmente determinadas; llama a ser al otro sin dictarle sus propias condiciones. Y esto porque, en palabras de Collin, la ética de uno mismo es condición para la ética del otro.


Conclusiones
Todos los intentos de definición recogidos de las/los diversas/os autoras/es confluyen en un enfoque ético del mundo según el cual el otro (y, como aclararía Collin, el otro que cada una/o constituye para sí) es acogido y respetado en su ser propio, tal como es y se presenta en su singularidad, irreductible a su pertenencia a una colectividad étnica, racial, sexuada, nacional, etc. Es decir, se trata de planteos que no se basan en el Hombre abstracto sino en varones y mujeres encarnados. Cobra relieve entonces la importancia básica de concebir al sujeto como posicionalidad; esto es, corresponde a cada una y a cada uno el dar una figura singular a su pertenencia, a sus pertenencias. En el encuentro, no se puede desconocer de dónde viene el otro individuo ni identificarlo con su origen. Por eso podemos afirmar, finalmente, que la posicionalidad de los sujetos es un lugar desde donde se construye el significado.

Aceptar esta afirmación a la base de la ética y de la política tiene en principio un tono de idealismo imposibilista. Pero se le encuentra una traducción factible al enunciarlo como lo personal es político. Este lema que, como señalamos, permitió avances en la negociación intergéneros, no está agotado. Es más, la encarnación de su letra llevaría al encuentro de sujetos posicionados y a intercambios dados en un marco de mayor equidad respecto del pasado.

Si lo público no es pensado como una instancia suprahumana, imparcial y neutra, lo cotidiano puede leerse en su dimensión política. Es desde esta “micro mirada” que se puede afirmar la posibilidad de una construcción distinta de las subjetividades así como de una distribución diferente de los roles entre varones y mujeres. Se trataría entonces de una propuesta muy modesta y poco novedosa. Por una parte, consistiría en revitalizar el lema setentista por todo lo que aún nos puede brindar; al insistir, por ejemplo, en el significado de la expresión trabajo doméstico, al aclarar que lo doméstico nunca alcanzó el estatus de privado; al proponer, como vimos, hacer público el ámbito de la generación. Por otra parte, se trataría de activar este lema más allá de lo doméstico, buscando acabar con el cinismo que en nombre de la distinción público / privado vela la dimensión política, en casos como el de ‘Oyarbide’, por ejemplo.

De este modo, para finalizar, lo personal es político anuda los ámbitos político y ético poniendo el foco no ya sobre las instituciones públicas o privadas sino sobre los sujetos posicionados que entran en la negociación o se sustraen a ella.

Profesora Mabel Alicia Campagnoli.-

DEPARTAMENTO DE CIENCIAS POLÍTICAS

JORNADAS SOBRE FILOSOFÍA POLÍTICA

Título: “Lo personal es político”, el regreso

Autora: Profesora Mabel Alicia Campagnoli

Institución: Facultad de Ciencias Sociales (UBA)



Departamento: Ciencias de la Comunicación

1 COLLIN, Françoise: “Mythe et réalité de la démocratie”; Cahiers du GRIF; U.Paris VII, 1996.-

2 COLLIN, Françoise: “Borderline. Por una ética de los límites”; Isegoría Nº 6.-

3 ALCOFF, Linda: “Feminismo cultural -vs- posestructuralismo”; Feminaria Nº 4.-

4 YOUNG, Iris Marion: “Imparcialidad y lo cívico público” en BENHABIB y CORNELLA (comps): Teoría Feminista y Teoría Crítica; Valencia, Alfons El Magnànim, 1990.-

5 COLLIN, Françoise: “Mythe et réalité de la démocratie”; Cahiers du GRIF; U.Paris VII, 1996.-

6 LACLAU, Ernesto: “Crítica a la utopía liberal”; la caja nº 8.-

7 INDA, Norberto: “Padre no se nace”; Página/12, 21/6/98.-

8COLLIN, Françoise: “Borderline. Por una ética de los límites”; Isegoría Nº 6.-



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