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Feminismo cultural versus post-estructuralismo

Linda Alcoff

Para numerosas teóricas feministas, conceptuar a “la mujer” constituye actualmente un problema. Es, de hecho, un problema de crucial trascendencia, puesto que el concepto de la mujer es el principal de la teoría feminista, si bien concretamente a éstas les resulta imposible definirlo. A su vez, es el concepto principal para las feministas, puesto que dicho concepto y la categoría de la mujer son necesariamente el punto de partida de cualquier teoría y política feministas, al estar éstas cimentadas en la transformación de la experiencia histórica de las mujeres en la cultura contemporánea, así como en la revisión de la teoría y los hábitos sociales desde el punto de vista de las mujeres. Con todo, precisamente en tanto que concepto plantea problemas de raíz para las feministas, puesto que está determinado por lo que le ha impuesto la supremacía del varón, que hace de cualquier definición el límite, que se opone a lo Otro y a cualquier reflexión renovada que sobre sí misma acometa una cultura construida sobre el sometimiento de las mujeres. Se diría que, en su intento de hablar en nombre de las mujeres, el feminismo a menudo da por sentado que sabe a ciencia cierta qué son las mujeres, pero tal suposición no deja de ser arriesgada, dado que cualquier fuente de conocimiento sobre las mujeres está contaminada por la misoginia y el sexismo. Sea cual fuere lo que analicemos –documentos históricos, construcciones filosóficas, estadísticas proporcionadas por las ciencias sociales, la introspección o los hábitos cotidianos–, en las aportaciones de los sujetos femeninos a las construcciones de la mujer reina un discurso misógino. A las feministas, que debemos ir más allá de este discurso, nos da la impresión de que no tenemos dónde recurrir 1 .

La dificultad con la que nos enfrentamos las teóricas feministas hoy día, por lo tanto, estriba en el hecho de que incluso la definición que hacemos de nosotras mismas se asienta en un concepto que debemos desconstruir y alejar de todo esencialismo, en cualquiera de sus aspectos. El hombre ha mantenido que la mujer puede definirse, describirse, captarse –entenderse, explicarse y diagnosticarse– hasta un grado de determinación que nunca se ha otorgado al propio hombre, que se concibe como un animal racional autónomo que posee voluntad propia. Mientras que el comportamiento del hombre apenas está determinado, por lo que se le cree capaz de construir su propio futuro conforme a sus elecciones racionales, la naturaleza de la mujer determina excesivamente su comportamiento, los límites de sus esfuerzos intelectuales, así como lo que forzosamente debe experimentar emocionalmente en su trayecto vital. Ya se la conciba como esencialmente inmoral e irracional (a lo Schopenhauer) o esencialmente afectuosa y benévola (a lo Kant), siempre se la define como algo esencial, que forzosamente el varón debe poder percibir inmediatamente mediante la intuición 2 . Si bien el varón ha asignado a las características esenciales de la mujer diversas formas, ésta es siempre el Objeto, un conjunto de atributos que puede predecirse y controlarse al igual que otros fenómenos naturales. El puesto del sujeto autónomo, con voluntad propia, que puede rebasar los dictados de la naturaleza está reservado a los varones en exclusiva 3 .

  Son fundamentalmente dos las reacciones que ha suscitado esta situación en las pensadoras feministas en los últimos diez años. La primera de ellas consiste en reclamar para las feministas la capacidad exclusiva de describir y evaluar a la mujer. Así, según el llamado feminismo cultural, el problema del imperialismo cultural de los varones se engendra en un proceso en el que las mujeres están definidas por los varones, un grupo que tiene un punto de vista y una serie de intereses opuestos a los de éstas, amén de posiblemente miedo y odio hacia ellas. Así, se produce una distorsión y una devaluación de las características femeninas, que ahora puede corregir el feminismo mediante una descripción y una valoración más certeras. De este modo, con la revisión que acomete el feminismo cultural, la pasividad de la mujer se interpreta como un carácter sosegado, el carácter emocional como la inclinación a la crianza, la subjetividad como una creciente toma de conciencia sobre ella misma, y así sucesivamente. El feminismo cultural no se opone a definir a la mujer, sino únicamente al modo en que los varones la definen.

  La segunda de estas dos reacciones principales rechaza por completo la posibilidad de definir a la mujer como tal. Las feministas que se adhieren a esta táctica andan tratando de desconstruir todos los posibles conceptos de la mujer, y sostienen que los intentos de definirla, ya provengan del feminismo ya de actitudes misóginas, son reaccionarios desde el punto de vista político y erróneos desde el ontológico. La sustitución de la mujer-ama-de-casa por la mujer-supermamá (o Madre Tierra o superprofesional) no supone ningún progreso. Basándose en las teorías post-estructuralistas francesas, estas feministas aseguran que la existencia de este tipo de errores se debe a que, en lo fundamental, reproducimos las estrategias misóginas al tratar de definir a las mujeres, caracterizarlas o hablar en su nombre, aun cuando permitamos un espectro de diferencias en el género. Las políticas basadas en el género o en la diferencia sexual deben sustituirse por una concepción plural de la diferencia, en la que el género pierda la trascendencia que ahora se le otorga.
  Resumiendo, pues, la respuesta del feminismo cultural a la pregunta que formulara Simone de Beauvoir, “¿existen las mujeres?”, es afirmativa, y se plasma en la definición de las mujeres fijándose en las actividades que desempeñan y los atributos que poseen en la cultura actual. La respuesta desde el post-estructuralismo es negativa, y deriva en un ataque contra la categoría y el concepto de la mujer con un tratamiento más complejo de la subjetividad. Ambas respuestas se topan con fuertes limitaciones, y cada vez se hace más evidente que resulta imposible superarlas sin desechar el marco teórico en el que se imbrican. Así lo creen los espíritus más audaces, que ya osan rechazar esta alternativa e intentan plantear una nueva vía; una vía que esquive los problemas más significativos de sus precedentes. En este artículo, comentaré algunas de las iniciativas, pioneras en este campo, que se orientan al desarrollo de un nuevo concepto de la mujer. Aportaré asimismo mi propia contribución a este proyecto 4 . No obstante, debo detallar, antes de nada y con mayor claridad, los inconvenientes de los dos primeros planteamientos con los que se ha tratado de solucionar el problema de la mujer, y justificar por qué considero que tales inconvenientes les son inherentes.

Feminismo cultural

  El feminismo cultural se sustenta en la creencia de que existe una naturaleza o esencia femenina, de la que se apropian las mismas feministas para tratar de revalorizar los atributos femeninos depreciados. Para las feministas culturales, el enemigo de las mujeres no es únicamente el sistema social, las instituciones económicas o una serie de convicciones desfasadas, sino la masculinidad en sí misma y, en ciertos casos, lo que es masculino desde un punto de vista biológico. Las iniciativas del feminismo cultural se centran en la creación y el mantenimiento de un entorno saludable –libre de valores que favorezcan lo masculino y de todos sus derivados, como la pornografía– para el desarrollo del principio femenino. La teoría feminista, la explicación del sexismo y la justificación de las reivindicaciones feministas encuentran una base firme y sin ambigüedades en el concepto de la esencia femenina.


  Mary Daly y Adrienne Rich son dos renombradas defensoras de esta posición 5 . Ambas rompen con la tendencia hacia la androginia y hacia la reducción de las diferencias entre los géneros que tuvo tanta acogida entre las feministas a principios de los años setenta, y abogan por volver a centrarse en la feminidad.
  Según Daly, la infecundidad del varón le convierte en parasitario de la energía de la mujer, que emana de nuestra condición biológica, generadora y garante de vida: “puesto que la energía de la mujer es esencialmente biofílica, el cuerpo/alma de la mujer es el objetivo principal de esta perpetua guerra de hostilidades desatada contra la vida. La Gin/Ecología pretende re-clamar la energía de las mujeres que despide amor por la vida” 6 . A pesar de las advertencias de Daly para no caer en el reduccionismo biológico 7 , en su propio análisis del sexismo se sirve de trazos biológicos específicos del género para explicar el odio de los varones hacia las mujeres. El estado de infertilidad de “todos los varones” les hace depender de las mujeres, lo que a su vez acarrea que los varones “se identifiquen intensamente con el ‘tejido fetal desechable'” 8 . En virtud de su estado de miedo e inseguridad, resulta prácticamente comprensible que los varones deseen dominar y controlar lo que no es sino una necesidad vital para ellos: la energía generadora de vida de las mujeres. La energía femenina, una esencia natural según Daly, necesita desembarazarse de sus parásitos masculinos, liberarse para poder expresarse creativamente, y recargarse a través de vínculos con otras mujeres. En este espacio de libertad, pueden florecer los atributos “naturales” de las mujeres –el amor, la creatividad y la capacidad para la crianza.

  Para Daly, la identificación de las mujeres con lo femenino es su esencia definitoria, su haeccidad -–su afirmación deíctica–, invalidando así cualquier otra forma por la que se las defina o por la que puedan definirse a sí mismas. Así, dice Daly: “las mujeres que aceptan incluirse de forma engañosa con los padres y los hijos a menudo se encuentran enfrentadas contra otras mujeres por su etnia, nacionalidad, clase, religión u otras diferencias definidas por los varones” 9 . Pero estas diferencias son más aparentes que reales, más insustanciales que sustanciales. La única diferencia verdadera, la única que puede cambiar la posición ontológica de una persona en el mapa dicotómico de Daly, es la diferencia sexual. Nuestra esencia se define ahí, en nuestro sexo, de donde emanan todas nuestras realidades: quiénes son nuestros aliados potenciales, quién es nuestro enemigo, cuáles son nuestros intereses objetivos, cuál es nuestra verdadera naturaleza. Daly, por tanto, vuelve a definir a las mujeres, y su definición está vigorosamente ligada a lo que es femenino desde el punto de vista biológico.


  Muchas de las obras de Rich revelan similitudes sorprendentes con la posición que adopta Daly, ya expuesta; sorprendentes dadas las diferencias que las separan en cuanto a estilo y carácter. Rich define una “conciencia femenina” 10 que está en gran medida relacionada con el cuerpo femenino.

He llegado a creer... que la biología femenina –la sensualidad intensa y difusa que irradia del clítoris, de los senos, del útero, de la vagina; los ciclos lunares de la menstruación; la gestación y la fruición de la vida que pueden darse en el cuerpo de una mujer– tiene implicaciones mucho más radicales de lo que hasta ahora hemos podido apreciar. El pensamiento patriarcal ha limitado la biología femenina a sus propias y estrechas especificaciones. La visión feminista se ha apartado de la biología femenina por estas razones; pero creo que debemos considerar nuestro físico un recurso, en lugar de un destino... [D]ebemos captar la unidad y resonancia de nuestro cuerpo, nuestro vínculo con el orden natural, el fundamento físico de nuestra inteligencia. 11


  Rich sugiere, por tanto, que no debería refutarse la importancia de la biología femenina simplemente porque el patriarcado la haya utilizado para sojuzgarnos. Rich está convencida de que “nuestro fundamento biológico[,] el milagro o la paradoja del cuerpo femenino y sus significados político y espiritual” son la clave para rejuvenecernos y volver a vincularnos con nuestros atributos femeninos específicos, que enumera de este modo: “nuestras capacidades mentales, apenas utilizadas; nuestro sentido del tacto, tan desarrollado; nuestro talento para la observación aguda; nuestro organismo complicado y doloroso, y su placer mutilado” 12 .
  Más adelante, Rich vuelve a evocar a Daly en la explicación que ofrece sobre la misoginia: “la antigua y constante envidia, temor y hasta terror del hombre por la capacidad que tiene la mujer de crear vida, ha tomado repetidamente forma de odio hacia cualquiera de los otros aspectos creativos de la mujer” 13 . Por lo tanto, Rich, como Daly, vislumbra una esencia femenina, define el patriarcado como el sometimiento y la colonización de esta esencia, que encuentran su origen en la envidia y necesidad de los varones, y a continuación plantea una solución que gira en torno al redescubrimiento de nuestra esencia y al establecimiento de vínculos con otras mujeres. Ni Rich ni Daly se comprometen con el reduccionismo biológico, pero porque rechazan la oposición dicotómica entre cuerpo y alma que se presupone en tal reduccionismo. Para Daly y para Rich, la esencia femenina no es únicamente espiritual o biológica –es ambas cosas. Con todo, lo principal sigue siendo que nuestra anatomía específicamente femenina es el componente fundamental de nuestra identidad y el origen de nuestra esencia femenina. Rich augura que “la recuperación de nuestros cuerpos por las mujeres posibilitará cambios más esenciales en la sociedad humana que la toma por los obreros de los medios de producción… En un mundo semejante, las mujeres crearán de verdad la nueva vida, dando a luz no sólo niños (según nuestra elección), sino visiones y pensamientos imprescindibles para apoyar, consolar y transformar la existencia humana: en suma, una nueva relación con el universo. La sexualidad, la política, la inteligencia, el poder, el trabajo, la comunidad y la intimidad cobrarán significados nuevos, y el pensamiento mismo se transformará” 14 .

Como expone detalladamente Alice Echols, puede interpretarse que las opiniones de Rich y Daly forman parte de una inclinación hacia el esencialismo cada vez más acusada en el feminismo 15 . Echols utiliza preferentemente el nombre de “feminismo cultural” para referirse a esta tendencia, porque iguala “la liberación de la mujer con el desarrollo y el mantenimiento de una contracultura femenina”16. En este sentido, Echols determina qué documentos se adscriben al feminismo cultural por la censura que realizan de la masculinidad, y no de los roles y hábitos de los varones, por su valoración de los rasgos femeninos, así como por el compromiso al que se adhieren de mantener, en lugar de reducir, las diferencias entre los géneros. Además de a Daly y Rich, Echols incluye a Susan Griffin, Kathleen Barry, Janice Raymond, Florence Rush, Susan Brownmiller y Robin Morgan en la nómina de autoras adscritas al feminismo cultural, y para justificarlo señala fragmentos clave de sus obras de manera convincente. A pesar de que, para Echols, el arquetipo de esta tendencia se encuentra en los primeros escritos de Valerie Solanas y Joreen vinculados al feminismo radical, tiene la precaución de discriminar entre el feminismo cultural y el feminismo radical en su conjunto. Los rasgos que diferencian uno de otro se cifran en la diferente posición que adopta cada cual frente a la posibilidad de que los varones reformen su actitud sexista, en la diversa conexión que uno y otro establecen entre lo biológico y la misoginia, así como en la importancia desigual que conceden a los atributos femeninos valorados. Como ha apuntado Hester Eisenstein, en numerosas obras del feminismo radical se tiende a establecer un concepto esencialista y ahistórico de la naturaleza femenina, pero esta tendencia prospera y se acentúa en el caso de las feministas culturales, lo cual separa significativamente sus obras de las del feminismo radical.


  No obstante, si bien las feministas culturales hacen una distinción tajante entre los rasgos femeninos y masculinos, no siempre se encuentran, por el contrario, definiciones abiertamente esencialistas de lo que significa ser mujer. Parecería, pues, que la lectura que Echols realiza del feminismo cultural proporciona una imagen demasiado homogénea, y que su acusación de esencialismo carece de base sólida. Sobre la cuestión del esencialismo, dice Echols:

esta preocupación por definir la sensibilidad femenina tiene el efecto de que las feministas no sólo se permitan lanzar generalizaciones que resultan peligrosamente erróneas, sino que además deduzcan que su identidad es innata, en lugar de socialmente construida. En el mejor de los casos, se ha desdeñado sin más miramientos si el origen de estas diferencias es biológico o cultural. En este sentido, dice Janice Raymond: “sin embargo, hay diferencias, y algunas feministas han caído en la cuenta de que son importantes, nazcan de la socialización, lo biológico o el historial total de lo que significa ser mujer en una cultura patriarcal” 17 .

Echols señala que la importancia que se concede a las diferencias varía enormemente dependiendo de dónde se originen. Si son innatas, la construcción de una cultura feminista alternativa en la que se centra el feminismo cultural resulta acertada desde el punto de vista político. Si las diferencias no son innatas, debería modificarse considerablemente las prioridades de nuestro activismo. Avalada por la ausencia de una posición claramente definida sobre cuál es en última instancia el origen de la diferencia entre los géneros, Echols deduce que las feministas culturales, por su énfasis en la construcción de un espacio de libertad feminista y una cultura centrada en la mujer, muestran un cierto esencialismo. Estoy de acuerdo con la sospecha de Echols. En realidad, resulta difícil interpretar de forma coherente los postulados de Rich y Daly sin restablecer la premisa que se echa en falta de que existe una esencia femenina innata.


  Puede sorprender que no haya incluido en la categoría del feminismo cultural ninguna obra feminista escrita por mujeres de nacionalidades y razas oprimidas, como tampoco lo hace Echols. Sé que hay quien argumenta que la importancia que algunas escritoras como Cherríe Moraga y Audre Lorde conceden a la identidad cultural es muestra de una tendencia hacia el esencialismo. No obstante, en mi opinión, su obra rechaza de forma constante las concepciones esencialistas del género, como da prueba de ello el siguiente fragmento de Moraga: “cuando se empieza a hablar de sexismo, el mundo se hace mucho más complejo. El poder ya no se fragmenta en pequeñas categorías jerárquicas bien definidas, sino que se convierte en una serie de salidas y desvíos. Puesto que no es fácil determinar las categorías, tampoco resulta sencillo dar un nombre al enemigo. ¡Qué difícil es todo de desentrañar!” 18 . A continuación, Moraga afirma que “algunos varones sojuzgan a las mujeres a las que aman”, de lo cual se desprende que necesitamos crear categorías y conceptos nuevos que puedan describir unas relaciones de opresión tan complejas y contradictorias como ésas. Precisamente porque su interpretación del sexismo es compleja, creo que Moraga se sitúa a años luz de la ontología maniquea de Daly o de la concepción idealizada de la mujer que plantea Rich. El hecho de que algunas mujeres como Moraga sufran simultáneamente múltiples tipos de opresión pone obstáculos a que se extraigan conclusiones de tendencia esencialista. Resulta difícil imaginar que surjan concepciones universalistas de las experiencias y atributos masculinos y femeninos en un contexto donde se fragua una trama tan compleja de relaciones. De hecho, a no ser que se tenga una capacidad especial para universalizar, es complicado, por no decir imposible, sostener tesis esencialistas. Resulta impensable que las mujeres blancas sean ya absolutamente buenas, ya absolutamente malas; como tampoco pueden serlo los varones que pertenecen a grupos oprimidos. En definitiva, no he dado con ninguna obra escrita por feministas oprimidas por su raza y/o clase en la que lo masculino se identifique plenamente con lo Otro. Como se refleja asimismo en su comprensión en absoluto simplista de la masculinidad, su concepción de la mujer es con diferencia mucho más elaborada y compleja 19 .



De todos modos, como apunta la propia Echols, el feminismo cultural no es homogéneo, a pesar de que procede de las feministas blancas. Rush o Dworkin, por ejemplo, no ratifican las explicaciones biológicas sobre el sexismo que proporcionan Daly y Brownmiller. Pero el principal nexo de unión entre estas feministas se encuentra en el esencialismo que exhiben en la formulación universalista de cómo conciben a la mujer y a la madre. Por esta razón, aun cuando no exista una homogeneidad total en la categoría, resulta razonable y conveniente distinguir (y criticar) en estas obras, por otra parte dispares entre sí, una tendencia común a la adopción de una concepción ahistórica, sin matices, homogénea de la mujer.
  No hay que estar bajo el influjo del post-estructuralismo francés para detractarse del esencialismo. Se ha demostrado sobradamente que a estas alturas resulta objetiva y filosóficamente insostenible postular que las diferencias entre los géneros en la personalidad y en el carácter son innatas 20 . Las divisiones por razón del género toman muy variadas formas en las diferentes sociedades, y las diferencias que puedan parecer universales encuentran explicación sin recurrir al esencialismo. No obstante, desde el siglo diecinueve, las feministas han mantenido por lo general la convicción de que a la mujer le es inherente una naturaleza sosegada y una capacidad para la crianza; convicción que ha experimentado un nuevo auge en la última década, especialmente entre las feministas vinculadas al pacifismo activista. He conocido a muchísimas jóvenes feministas que se han comprometido con iniciativas como la del Campamento de las mujeres para la paz (Women's Peace Encampment) y con grupos como el de las Mujeres en pro de un futuro antinuclear (Women for a Non-Nuclear Future) por creer que el amor maternal que las mujeres sienten hacia sus hijos puede desbaratar los cimientos de la opresión imperialista. Me merece un profundo respeto el orgullo con el que estas mujeres logran afirmarse. No obstante, no puedo sino refrendar el temor de Echols de que, a fin de cuentas, “reflejan y reproducen las ideas preconcebidas que imperan en la cultura sobre las mujeres”, que no sólo no logran representar la diversidad que se distingue en las vidas de las mujeres sino que, además, fomentan que se forjen expectativas falaces sobre qué constituye un comportamiento femenino “normal”, que la mayoría de nosotras no puede cumplir 21 . Las categorías de género que adoptamos son, sin lugar a dudas, constitutivas, y no meras descripciones retrospectivas de las actividades que hemos desempeñado en el pasado. Se crea una circularidad de la que es imposible escapar entre la definición por la que la mujer es por naturaleza sosegada y capacitada para la crianza, las observaciones y juicios que emitamos sobre las mujeres, y las actividades en las que, en tanto que mujeres, nos embarquemos en el futuro. ¿No estarán pidiendo las feministas otro boleto para que las mujeres del mundo nos distraigamos en la noria de la representación abstracta de lo femenino? ¿No sería mejor que nos bajáramos de la noria y echáramos a correr?

De todos modos, con esto no pretende sugerirse que todos los resultados que ha conseguido el feminismo cultural en el plano político hayan sido negativos 22 . La revisión insistente de las caracterísiticas femeninas tradicionales desde un punto de vista diferente o el recurso a una mirada a través de un “espejo” con objeto de originar un cambio de gestalt basado en la información que actualmente poseemos sobre las mujeres han surtido efectos positivos. Tras haber oído durante toda una década cómo nos aconsejaban las feministas liberales que nos pusiéramos el traje de oficina y nos lanzáramos a conquistar el mundo masculino, viene bien la rectificación de las feministas culturales, que proclaman, al contrario, que el mundo de las mujeres está colmado de valores y virtudes superiores. Asimismo, es positivo pasar de que se nos desprecie a que se nos valore e imite. De aquí manan los principales aciertos del feminismo cultural. No en vano se acepta de grado gran parte de sus argumentos, a saber, que a nuestras madres se debe la supervivencia de la familia, que los trabajos artesanales que realizan las mujeres tienen verdadero valor artístico o que la afectividad de las mujeres es superior a la competitividad propia de los varones.

  Con todo, la redefinición de la “feminidad” fomentada desde el feminismo cultural no sirve a la larga como base de un programa para el movimiento feminista, e incluso obstaculiza su desarrollo. Las mujeres, como otros grupos oprimidos que se han visto sojuzgados y limitados en su libertad de movimientos, han desarrollado habilidades y atributos que deberían recibir la estimación, el valor y la promoción que les corresponde. No obstante, deberíamos cuidarnos de fomentar las situaciones de opresión que propiciaron la consolidación de tales atributos: la obligación de cuidar de los hijos, la falta de autonomía física o el condicionamiento de la supervivencia a la capacidad de actuar como intermediarias, entre otras. ¿Qué tipo de condiciones queremos fomentar para las mujeres? ¿Una libertad de movimientos que nos permita competir con los varones en el universo capitalista? ¿O queremos seguir limitándonos a las actividades relacionadas con la crianza de los hijos? Por cuanto el feminismo cultural únicamente valora los atributos genuinamente positivos que hemos desarrollado en condiciones de opresión, es incapaz de plantear nuestro futuro a largo plazo. Por cuanto refrenda las explicaciones esencialistas que se ofrecen sobre dichos atributos, corre el peligro de consolidar un baluarte cardinal en el que se ampara el sexismo: la creencia de que existe una “feminidad” innata que todas debemos acatar so pena de que se juzgue que somos mujeres inferiores o que no somos “auténticas” mujeres. 

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