Lewis Mumford "Preparación Cultural"



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La división del trabajo y la especialización en partes simples de una operación, que había empezado ya a caracterizar la vida económica del siglo XVII, prevalecieron en el mundo del pensamiento: eran expresiones del mismo deseo de precisión mecánica y de resultados rápidos. El campo de investigación fue progresivamente dividido, y pequeñas partes del mismo fueron objeto de intenso examen: en pequeñas cantidades, por así decirlo, la verdad podría ser perfecta. Esta restricción era un gran artificio práctico. El conocer la naturaleza completa de un objeto no le hace a uno necesariamente apto para trabajar con él; pues un conocimiento completo exige una plenitud de tiempo; además tiende finalmente a una especie de identificación que carece de la fría reserva que le capacita a uno para manejarlo y manipularlo para fines externos. Si uno desea comer un pollo, mejor será considerarlo como alimento desde el principio, sin concederle demasiada atención amistosa, o humana simpatía o incluso apreciación estética. Si se trata la vida del pollo como un fin, puede uno llegar con brahmánica escrupulosidad a conservar los piojos en sus plumas tanto como el ave. La selectividad es una operación adoptada necesariamente por el organismo para no verse abrumado por sensaciones y comprensiones que no vienen al caso. La ciencia concedió a esta selectividad inevitable un nuevo fundamento: distinguió la serie de relaciones más utilizable, masa, peso, número, movimiento.
Por desgracia, el aislamiento y la abstracción, si bien son importantes en una investigación ordenada y en una representación simbólica refinada, son igualmente condiciones en las que mueren los organismos reales, o por lo menos dejan de funcionar efectivamente. La exclusión de la experiencia en su conjunto original, además de suprimir las imágenes y rebajar los aspectos no instrumentales del pensamiento, tuvo otro resultado grave: positivamente, era una creencia en lo muerto; pues los procesos vitales escapan a menudo a la atenta observación en tanto el organismo está vivo. En resumen, la precisión y la simplicidad de la ciencia, aunque eran responsables de sus colosales logros prácticos, no eran una manera de enfocar la realidad objetiva sino de apartarse de ella. En su deseo de conseguir resultados exactos las ciencias físicas desdeñaron la verdadera objetividad. Individualmente, un lado de la personalidad fue paralizado; colectivamente, se ignoró un lado de la experiencia. Sustituir la historia por el tiempo mecánico o de dos direcciones, el cuerpo vivo por el cadáver disecado, los hombres en grupo por unidades desmanteladas llamadas “individuos”, o en general, el conjunto inaccesible, complicado y orgánico por lo mecánicamente mensurable y reproducible, es lograr una maestría práctica limitada a expensas de la verdad y de la mayor eficiencia que depende de esta verdad.
Confinando sus operaciones a aquellos aspectos de la realidad que tenían, por decirlo así, valor comercial, y aislando y desmembrando el cuerpo de experiencia el físico científico creó un hábito de pensamiento favorable a distintas invenciones prácticas: al mismo tiempo era sumamente desfavorable a todas aquellas formas de arte para las que las cualidades secundarias y los receptores y motivadores del artista eran de importancia fundamental. Gracias a sus sólidos principios y a su método real de investigación, el físico científico despojó el mundo de sus objetos naturales y orgánicos y volvió la espalda a la verdadera experiencia: sustituyó el cuerpo y la sangre de la realidad por un esqueleto de abstracciones efectivas que él podía manipular con los hilos y las poleas adecuados.
Lo que quedó fue el mundo desnudo y despoblado de la materia y del movimiento: un desierto. Con el fin de prosperar por encima de todo, fue necesario que los herederos del ídolo del siglo XVII llenaran otra vez el mundo con los nuevos organismos, ideados para representar las nuevas realidades de la ciencia física. Las máquinas -y sólo las máquinas- satisfacían por completo las demandas del método científico y del punto de vista nuevos. Cumplían la definición de “realidad” mucho más perfectamente que los organismos vivos. Y una vez establecido el cuadro mundial mecánico, las máquinas podían prosperar y multiplicarse y dominar la existencia: sus competidores habían sido exterminados o habían sido desterrados a un universo de penumbra en el que sólo los artistas, los enamorados y los criadores de animales se atrevían a creer. ¿No estaban las máquinas concebidas en términos de cualidades primarias solamente, sin consideración por la apariencia, el sonido, o cualquier otra especie de estímulo sensorio? Si la ciencia presentaba una realidad última, entonces la máquina era, como la ley en la balada de Gilbert, la verdadera encarnación de todo lo excelente. En realidad en este mundo vacío y desnudo, la invención de las máquinas se convirtió en un deber. Renunciando a una parte considerable de su humanidad, el hombre podría alcanzar la divinidad: amanecía en su segundo caos y creaba la máquina según su propia imagen: la imagen del poder, pero el poder se desgarraba suelto de su carne y aislado de su humanidad.
10. El deber de inventar
Los principios que habían demostrado ser efectivos en el desarrollo del método científico eran, con los cambios adecuados, los que sirvieron de fundamento a la invención. La técnica es un traslado a formas prácticas, apropiadas de verdades teóricas, implícitas o formuladas, anticipadas o descubiertas, de la ciencia. La ciencia y la técnica forman dos mundos independientes pero relacionados: a veces convergentes, a veces separándose. Las invenciones principalmente empíricas, como la máquina de vapor, pueden sugerir a Carnot sus investigaciones sobre termodinámica. Una investigación física abstracta, como la de Faraday en el campo magnético, puede conducir directamente a la invención de la dínamo. Desde la geometría y la astronomía de Egipto y Mesopotamia, ambas estrechamente unidas a la práctica de la agricultura hasta las últimas investigaciones sobre electrofísica, el aforismo de Leonardo es aplicable: la ciencia es el capitán y la práctica los soldados. Pero a veces los soldados ganan la batalla sin jefatura, y a veces el capitán, gracias a una inteligente estrategia, logra la victoria sin entrar realmente en combate.
El desplazamiento de lo vivo y lo orgánico tuvo rápidamente lugar con el temprano desarrollo de la máquina. Pues la máquina era una falsificación de la naturaleza, la naturaleza analizada, regulada, estrechada, controlada por la mente de los hombres. La última meta de su desarrollo no fue sin embargo la simple conquista de la naturaleza sino su nueva síntesis: desmembrada por el pensamiento, se juntaba otra vez a la naturaleza en nuevas combinaciones: síntesis materiales en química, síntesis mecánica en ingeniería. La desgana por aceptar el ambiente natural como condición fija y final de la existencia del hombre siempre contribuyó tanto a favor de su arte como de su técnica: pero a partir del siglo XVII, la actitud se hizo forzada, y para su cumplimiento se volvió hacia la técnica. Las máquinas de vapor desplazaron la energía del caballo, el hierro y el cemento desplazaron la madera, los tintes de anilina reemplazaron los tintes vegetales, y así sucesivamente, con algunas excepciones aisladas. Algunas veces el nuevo producto era práctica o estéticamente superior al antiguo, como en el caso de la infinita superioridad de la lámpara eléctrica sobre la vela de sebo. Otras veces el producto nuevo resultaba de calidad inferior, como el rayón es aún inferior a la seda natural. Pero en cualquiera de los casos el beneficio estaba en la creación de un producto equivalente o de síntesis que dependía menos de inciertas variaciones e irregularidades o bien en el producto mismo o en el trabajo a él aplicado que el original.
Con frecuencia el conocimiento sobre el que se efectuaba el desplazamiento era insuficiente y el resultado en algunos casos era desastroso. La historia de los mil últimos años abunda en ejemplos de aparentes triunfos mecánicos y científicos que fueron fundamentalmente erróneos. Sólo hay que mencionar la sangría en medicina, el uso del cristal corriente de ventanas que excluía los importantes rayos ultravioleta, el establecimiento de la dieta post-Liebig sobre la base de una simple sustitución de energía, el uso del asiento de retrete elevado, la introducción del calor de vapor con radiadores, que seca excesivamente el aire, pero la lista es larga y algo aterradora. La cuestión es que la invención se había convertido en un deber, y el deseo de usar nuevas maravillas de la técnica, como el desconcierto encantado de un niño ante nuevos juguetes, no estaba en lo esencial guiado por un juicio crítico: la gente estaba de acuerdo en que los inventos eran buenos, produjeran o no realmente beneficio, lo mismo que estaba de acuerdo en que tener hijos era bueno, tanto si la descendencia resultaba una bendición para la sociedad o un perjuicio.
La invención mecánica, incluso más que la ciencia fue la respuesta a una fe que disminuye y a un impulso vital vacilante. Las tortuosas energías de los hombres, que habían fluido sobre prados y jardines, y habían penetrado en grutas y cavernas, durante el Renacimiento, fueron encauzadas por la invención en un embalse de agua por encima de una turbina: ya no podían espumar, ni ondear, ni refrescar, ni encantar. Estaban captadas por un definido y limitado propósito: mover las ruedas y multiplicar la capacidad de la sociedad para el trabajo. Vivir era trabajar: ¿Qué otra vida en verdad conocen las máquinas? La fe había encontrado por fin un nuevo objeto, no el mover las montañas, sino el mover los ingenios y las máquinas. Potencia: aplicación de la potencia al movimiento, y la aplicación del movimiento a la producción, y de la producción a la ganancia, y de este modo un ulterior incremento de potencia; esto era el objeto más valioso que un hábito mecánico de la mente y un modo mecánico de la acción ponía ante los hombres. Como todo el mundo reconoce, de la nueva técnica nacieron unos miles de saludables instrumentos; pero en el origen a partir del siglo XVII la máquina sirvió de religión sustitutiva, y una religión vital no necesita la justificación de la simple utilidad.
La religión de la máquina necesitaba un apoyo tan pequeño como las creencias que suplantaba. Pues la misión de la religión es proporcionar un significado y una fuerza motora últimas. La necesidad de la invención era un dogma, y el ritual de la rutina mecánica era el elemento de unión en la fe. En el siglo XVIII nacieron Sociedades Mecánicas para propagar el credo con mayor celo: predicaron el evangelio del trabajo, justificación por la fe en la ciencia mecánica, y salvación por la máquina. Sin el entusiasmo misionero de los emprendedores e industriales e ingenieros e incluso de los mecánicos incultos, sería imposible explicar, a partir del siglo XVIII el tropel de los convertidos y el ritmo acelerado del perfeccionamiento mecánico. El procedimiento impersonal de la ciencia, las astutas estratagemas de la mecánica, el cálculo racional de los utilitaristas, esos intereses capturaron la emoción, tanto más cuanto que el paraíso de oro del éxito financiero queda más allá.
En su recopilación de inventos y descubrimientos, Darmstaedter y Du Bois-Reymond enumeraron los siguientes inventores: entre 1700 y 1750, 170; entre 1750 y 1800, 344; entre 1800 y 1850, 861; entre 1850 y 1900, 1.150. Incluso habida cuenta del escorzo automáticamente provocado por la perspectiva histórica, no se puede dudar de la creciente aceleración entre 1700 y 1850. La técnica se había apoderado de la imaginación: las máquinas mismas y las mercancías que producían ambas inmediatamente deseables. Si bien aparecieron muchas cosas buenas gracias a la invención, muchos inventos prescindieron de lo bueno. Si la sanción de la utilidad hubiera sido predominante, la invención habría adelantado más rápidamente en aquellos sectores donde la necesidad humana era más aguda, en la alimentación, en la vivienda, en la vestimenta, pero aunque en este último sector adelantaba indudablemente, la granja y la vivienda corriente se aprovechaban con más lentitud de la nueva tecnología mecánica que el campo de batalla y la mina, mientras la conversión de beneficios en energía en una vida abundante tuvo lugar mucho más despacio después del siglo XVII que durante los setecientos años anteriores.
Tras su aparición, la máquina tendió a justificarse a sí misma apoderándose silenciosamente de sectores de la vida descuidados en su ideología. El virtuosismo es un elemento importante en el desarrollo de la técnica: el interés por los materiales como tales, el orgullo por la maestría en el manejo de los instrumentos, la habilidosa manipulación de la forma. La máquina cristalizó en nuevos patrones todo el juego de intereses que Thorstein Veblen agrupó vagamente bajo la calificación de “instinto de habilidad en el trabajo” y enriqueció la técnica en conjunto incluso cuando temporalmente agotó la artesanía. Las verdaderas respuestas sensuales y contemplativas, excluidas del galanteo y de la canción y de la fantasía por la concentración sobre los medios mecánicos de producir, no fueron naturalmente en última instancia excluidos de la vida: volvieron a entrar en ella asociados a las artes técnicas mismas, y la máquina, a menudo afectuosamente personificada como una criatura viva, como los ingenieros de Kipling, absorbió el cariño y la solicitud a la vez del que la inventó y del trabajador. Manivelas, pistones, tornillos, válvulas, movimientos sinuosos, pulsaciones, ritmos, murmullos, superficies lisas, todos son contrapartidas de los órganos y funciones del cuerpo, y estimulaban y absorbían algunos de los afectos naturalezas. Pero cuando se alcanzó esa fase, la máquina ya no era un medio y sus operaciones no eran solamente mecánicas y causales, sino humanas y finales: constribuían igual que cualquier otra obra de arte, a un equilibrio orgánico. Este desarrollo de valor dentro del complejo mismo de la máquina, aparte del valor de los productos por ella creados, fue, como veremos más adelante un resultado profundamente importante de la nueva tecnología.
11. Anticipaciones prácticas
Desde el principio, el valor práctico de la ciencia estuvo en primer lugar en la mente de sus exponentes, incluso de aquellos que con un sólo propósito buscaban la verdad abstracta, y que eran tan indiferentes respecto de su popularidad como Gauss y Weber, los científicos que inventaron el telégrafo para sus comunicaciones particulares. “Si mi juicio tiene alguna importancia”, dijo Francis Bacon en The Advancement of Learning, “el uso de la historia de la mecánica es entre todos los otros el más radical y fundamental con relación a la filosofía natural; aquella filosofía natural que no se desvanecerá en el humo de la especulación sutil, sublime o deleitable, sino la que será operativa en ventaja y beneficio de la vida del hombre”. Y Descartes, en su Discurso del Método, observa: “Pues por ellas [restricciones generales de la física] comprendí que era posible alcanzar un conocimiento sumamente útil en la vida, y en lugar de la filosofía especulativa usualmente enseñada en las escuelas descubrir una forma práctica, mediante la cual, conociendo la fuerza y la acción del fuego, del aire, de las estrellas, de los cielos y de todos los demás cuerpos que nos rodean, tan claramente como conocemos los diferentes oficios de nuestros artesanos, pudiéramos también aplicarlos de la misma manera en todos los usos a los que se adapten, y así hacernos dueños y poseedores de la naturaleza. Y este es un resultado que debe desearse, no sólo en orden a la invención de una infinidad de artes, gracias a los cuales podríamos ser capaces de disfrutar sin dificultad alguna los frutos de la tierra, y todos sus regalos, sino también especialmente para la conservación de la salud, que es sin duda de todas las bendiciones de esta vida la primera y fundamental; pues la mente depende tan íntimamente de la condición y de la relación de los órganos del cuerpo que si alguna vez pueden hallarse medios para que el hombre sea más sabio e ingenioso que hasta ahora, creo que deberán buscarse en la medicina”.
¿Quién se beneficia de la perfecta comunidad ideada por Bacon en The New Atlantis? En la casa de Salomón, el filósofo, el artista y el maestro eran dejados fuera de la relación, aunque Bacon, igual que el prudente Descartes, se adhería muy ceremoniosamente a los ritos de la Iglesia cristiana. Para las “ordenanzas y ritos” de la casa de Salomón hay dos galerías. En una de ellas “colocamos patrones y muestras de todos los tipos de las más raras y excelentes invenciones: en la otra colocamos las estatuas de todos los principales inventores. Allí tenemos la estatua de su Colón, que descubrió las Islas Occidentales; también el inventor de los barcos; su monje que fue el inventor de la ordenanza y de la pólvora; el inventor de la música; el inventor de las letras; el inventor de la imprenta; el inventor de las observaciones de la astronomía; el inventor de los trabajos en metal; el inventor del vidrio; el inventor de la seda del gusano; el inventor del vino; el inventor del grano y del pan; el inventor de los azúcares... Pues por cada invento de valor, levantamos una estatua del inventor y le concedemos una recompensa generosa y honorable”. Esta casa de Salomón, como la imaginó Bacon, era una combinación del Instituto Rockefeller y del Museo Alemán: allí, más que en cualquier parte, estaban los medios para erigir el reino del hombre.
Obsérvese esto: poco hay que sea vago o quimérico en todas estas conjeturas acerca del nuevo papel a desempeñar por la ciencia y la máquina. El estado mayor de la ciencia había elaborado la estrategia de la campaña mucho antes de que los comandantes sobre el terreno hubieran desarrollado una táctica capaz de llevar a cabo con detalle el ataque. En realidad, Usher observa que en el siglo XVII la invención era relativamente floja, y que el poder de la imaginación técnica había dejado muy atrás la capacidad real de los artífices y de los ingenieros. Leonardo, Andreae, Campanella, Bacon, Hooke en su Micrographia y Glanville en su Scepsis Scientifica, escribieron un esbozo de las condiciones del nuevo orden: el uso de la ciencia para el adelanto de la técnica, y la dirección de la técnica hacia la conquista de la naturaleza eran la idea principal del esfuerzo total. La casa de Salomón de Bacon, aunque posterior a la fundación real de la Academia dei Lincei en Italia, fue el verdadero punto de partida del Philosophical College que primeramente se reunió en 1646 en la Bullhead Tavern en Cheapside, y en 1662 fue debidamente constituido como la Royal Society of London for Improving Natural Knowledge. Esta sociedad se componía de ocho comités permanente, el primero de los cuales debía “considerar y mejorar todos los inventos mecánicos”. Los laboratorios y los museos técnicos del siglo XX existieron primero como idea en la mente de este cortesano filósofo: nada de lo que hacemos o practicamos hoy le hubiera sorprendido.
Hooke confiaba tanto en los resultados de este nuevo enfoque que escribía: “No hay nada que esté al alcance del ingenio humano (o lo que es más efectivo aún) de la laboriosidad humana que no debiéramos lograr; no sólo deberíamos esperar en inventos que igualaran los de Copérnico, Galileo, Gilbert, Harvey y otros más, cuyos nombres casi se han perdido, que fueron los inventores de la pólvora, la brújula náutica, la imprenta, el grabado, el cincelado, los microscopios, etc., sino multitudes que con mucho pueden superar a aquellos: porque aun los descubiertos parecen haber sido el producto de algunos de tales métodos aunque imperfectos; ¿qué no se podría esperar por tanto de ellos si se prosiguieran a fondo? El hablar y la discusión de argumentos pronto se convertirían en trabajos; todos los hermosos sueños y las opiniones y la naturaleza metafísica universal que la fantasía de cerebros sutiles ha ideado, pronto se desvanecería y dejaría el lugar a historia, experimentos y trabajos serios”
Las utopías más importantes del tiempo, Cristianópolis, la Ciudad del Sol, por no decir nada del fragmento de Bacon o de las obras menores de Cyrano de Bergerac, todas giran alrededor de la posibilidad de utilizar la máquina para lograr que el mundo sea más perfecto: La máquina fue el sustituto de la justicia, de la sobriedad y del valor de Platón; incluso si lo era asimismo de los ideales cristianos de la gracia y la redención. La máquina se presentó como el nuevo demiurgo que debía crear unos nuevos cielos y una tierra nueva. Al menos, como el nuevo Moisés que había de conducir a una humanidad bárbara a la Tierra de Promisión.
En los siglos anteriores hubo premoniciones de todo esto. “Mencionaré ahora -decía Roger Bacon- algunas de las maravillosas obras del arte y de la naturaleza en las que no hay ninguna magia y que la magia no podría realizar. Se pueden crear instrumentos mediante los cuales los barcos más grandes, guiados sólo por un hombre, pueden navegar a una velocidad mayor que si estuvieran llenos de marinos. Se podrán construir carros que se muevan con increíble rapidez sin la ayuda de animales. Se podrán construir aparatos de vuelo en los que un hombre sentado cómodamente y meditando sobre cualquier tema, pueda batir el aire con sus alas artificiales a la manera de las aves..., así como también máquinas que permitan a los hombres pasear por el fondo de los mares o de los ríos sin barcos”. Y Leonardo da Vinci dejó una lista de inventos y de artefactos que parecen una sinopsis del presente mundo industrial.
Pero hacia el siglo XII la nota de confianza se había ampliado, y el impulso práctico se había hecho más universal y urgente. Los trabajos de Porta, Cardan, Besson, Ramelli y otros ingeniosos inventores, ingenieros y matemáticos son a la vez testimonio de una creciente pericia de un aumentado entusiasmo por la técnica misma. Schwenter en su Délassementes Physico-Mathématiques (1636) señalaba cómo dos personas podían comunicar una con la otra mediante agujas magnéticas. “Para los que vengan después de nosotros -decía Glanville- puede ser tan corriente el comprar un par de alas para volar a las regiones lejanas, como ahora comprar un par de botas para dar un paseo a caballo, y comunicar a la distancia de las Indias por transmisiones simpáticas puede ser tan usual en tiempos futuros como por carta”. Cyrano de Bergerac concibió el fonógrafo. Hooke observó que “no es imposible oír un susurro a un estadio de distancia, habiéndose hecho esto ya, y quizá la naturaleza de las cosas no lo hiciera más imposible, aunque dicho estadio se multiplicara por diez”. En realidad, hasta pronosticó el invento de la seda artificial. Y Glanville decía también: “No dudo que la posteridad encuentre muchas cosas que ahora sólo son rumores comprobados como realidades prácticas. Puede ocurrir que de aquí a alguna centuria, un viaje a las regiones australes, sí, y posiblemente a la luna, no sea más extraño que uno de América... La devolución de la juventud a los cabellos grises y la renovación de la médula exhausta puede a la larga efectuarse sin milagro, y la conversión del mundo ahora comparativamente desierto en un paraíso puede que no sea improbable que la realice una avanzada agricultura” (1661).

Fuera lo que fuese lo que faltara en la perspectiva del siglo XVII no era la falta de fe en la presencia inminente, el rápido desarrollo y la profunda importancia de la máquina. La fabricación de relojes; la medición del tiempo; la exploración del espacio; la regularidad monástica; el orden burgués; los artificios técnicos; las inhibiciones protestantes; las exploraciones mágicas; finalmente el orden, la precisión y la claridad de las ciencias físicas mismas; todas estas actividades separadas, en sí quizá inconsiderables, habían formado al fin un complejo social y una red ideológica, capaz de soportar el peso inmenso de la máquina y de ampliar más aún sus operaciones. Hacia la mitad del siglo XVIII las preparaciones iniciales se habían acabado y los inventos clave se habían realizado. Se había formado un ejército de filósofos naturales, racionalistas, experimentadores, mecánicos, gente ingeniosa, seguros en cuanto a su meta y confiados en su victoria. Antes de que apareciera una raya gris en el horizonte, pregonaron el alba y anunciaron cuán maravilloso era: cuán maravilloso sería el nuevo día. De hecho, estaban anunciando un cambio en las estaciones, quizá un largo cambio cíclico en el clima mismo.



1 Weltbild: representación o visión del mundo.
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