Lewis Mumford "Preparación Cultural"



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Pero los instrumentos de investigación se desarrollaron antes de que se encontrara un método para realizarla; y si el oro no salió del plomo en los experimentos de los alquimistas, no se les debe reprochar por su ineptitud sino felicitarles por su audacia: su imaginación olfateó la presa en una cueva en la que no podían penetrar, pero sus ladridos y su mostrar la caza finalmente trajeron a los cazadores al paraje. Algo más importante que el oro quedó de las investigaciones de los alquimistas: la retorta, el horno y el alambique; el hábito de manipular mediante trituración, molienda, fuego, destilación, disolución: valiosos aparatos para verdaderos experimentos, valiosos métodos para ciencia verdadera. La fuente de autoridad para los magos dejó de ser Aristóteles y los Padres de la Iglesia. Confiaron en lo que sus manos podían hacer y sus ojos podían ver, con ayuda del mortero, del almirez y del horno. La magia residía más en la demostración que en la dialéctica: más que cualquier otra cosa, quizá, excepto la pintura, liberó al pensamiento europeo de la tiranía del texto escrito.
En resumen, la magia dirigió la mente de los hombres hacia el mundo externo: sugirió la necesidad de manipularlo. Ayudó a crear los instrumentos para conseguirlo, y afinó la observación en cuanto a sus resultados. No se encontró la piedra filosofal, pero surgió la ciencia de la química, para enriquecernos mucho más allá de los sueños de buscadores de oro. El herborizador en su ardiente busca de plantas medicinales y de panaceas mostró el camino para las intensivas exploraciones del botánico y del médico. A pesar de nuestros alardes de correctas drogas de alquitrán de hulla, no se debe olvidar que uno de los específicos auténticos en medicina, la quinina, proviene de la corteza de la quina, y que el aceite del chaulmugra, usado con éxito en el tratamiento de la lepra, procede también de un árbol exótico. Lo mismo que el juego de los niños anticipa cruelmente la vida adulta, así la magia anticipó la ciencia y la tecnología modernas. Lo que fue fantástico, fue sobre todo la falta de dirección: la dificultad no residía en el uso del instrumento, sino en encontrar un terreno en el que pudiera aplicarse y hallar el sistema correcto para aplicarlo. Mucha de la ciencia del siglo XVII, aunque ya no viciada de charlatanismo, fue lo mismo de fantástica. Necesitó siglos de esfuerzo sistemático para desarrollar la técnica que nos ha dado el salvarsán de Ehrlich o el 207 de Bayer. Pero la magia fue el puente que unió la fantasía con la tecnología: el sueño de poder fue el motor de la realización. La confianza subjetiva de los magos, tratando de hinchar sus egos privados con riqueza sin límites y energías misteriosas, superó hasta sus fracasos prácticos; sus ardorosas esperanzas, sus sueños insensatos, sus homúnculos desarticulados siguieron resplandeciendo en las cenizas: el haber soñado tan desenfrenadamente iba a hacer a la técnica que siguió menos increíble y por tanto menos imposible.
8. Control Social
Si el pensamiento mecánico y el experimento ingenioso produjeron la máquina, el control estricto le dio un suelo donde crecer: el proceso social trabajó de la mano con la nueva ideología y la nueva técnica: Mucho antes de que los pueblos del mundo occidental se volvieron hacia la máquina, el mecanismo como elemento en la vida social había aparecido ya. Antes de que los inventores crearan ingenios que ocuparan el lugar de los hombres, los líderes de éstos habían ejercitado y sometido a control multitudes de seres humanos: habían descubierto cómo reducir los hombres a máquinas. Los esclavos y los campesinos que arrastraban la piedras para las pirámides, tirando al ritmo del restallido del látigo, los esclavos que remaban en las galeras romanas, encadenado cada hombre a su asiento e incapaz de realizar más movimiento que el mecánico limitado, el orden y la marcha y el sistema de ataque de la falange macedónica: todos ellos fueron fenómenos de máquina. Cualquier cosa que limite las acciones y los movimientos de los seres humanos a sus elementos puramente mecánicos pertenece a la fisiología, sino a la mecánica, de la edad de la máquina.

A partir del siglo XV, el invento y el control estricto obraron recíprocamente. El incremento del número y tipos de máquinas, molinos, cañones, relojes, autómatas que parecían vivos deben haber sugerido a los hombres atributos mecánicos y extendido las analogías del mecanismo a hechos orgánicos más sutiles y complejos; en el siglo XVII estas preocupaciones irrumpieron en la filosofía. Descartes, al analizar la fisiología del cuerpo humano, observa que su funcionamiento, aparte de la guía de la voluntad, no “es en absoluto ajeno a quienes están familiarizados con la variedad de movimientos realizados por los diferentes autómatas, o máquinas móviles fabricadas por la industria humana, y con la ayuda de sólo unas pocas piezas, comparadas con la gran multitud de huesos, nervios, arterias, venas y otras partes que se encuentran en el cuerpo de todo animal. Dichas personas consideran este cuerpo como una máquina hecha por la mano de Dios”. Pero el proceso opuesto era también cierto: la mecanización de los hábitos humanos preparaban el camino para las imitaciones mecánicas.


En la medida en que el miedo y la desorganización predominaron en la sociedad, los hombres aspiraron hacia un absoluto: si éste no existe, lo proyectan. La regimentación dio a los hombres de aquel período una finalidad que no podían descubrir en ninguna otra parte. Si uno de los fenómenos de derrumbamiento del orden medieval fue la turbulencia que hizo de los hombres filibusteros, descubridores, precursores, rompiendo con la insulsez de las viejas formas y con el rigor de las disciplinas autoimpuestas, los demás fenómenos, relacionados con ellas, pero llevando obligatoriamente a la sociedad hacia un molde regimentado, fueron la rutina metódica del instructor y del tenedor de libros, del soldado y del burócrata. Estos maestros de la regimentación alcanzaron una ascendencia total en el siglo XVII. La nueva burguesía en la oficina y en la tienda, redujo la vida a una rutina cuidadosa e ininterrumpida. Tanto por lo que se refiere al negocio como a las comidas y al placer; todo era medido cuidadosamente, era tan metódico como el contacto sexual del padre de Tristam Shandy, que coincidía, simbólicamente, con el dar cuerda mensual al reloj. Pagos crono-metrados, contratos cronometrados, trabajo cronometrado, comidas cronometradas: a partir de este período nada estaba completamente libre del calendario o del reloj. El desperdicio del tiempo se convirtió para los predicadores religiosos protestantes, como Richard Baxter, en uno de los más horribles pecados. El perder el tiempo en simples cuestiones de sociedad o hasta en el sueño, era cosa reprensible.
El hombre ideal del orden nuevo era Robinson Crusoe. No es de extrañar que adoctrinara a los niños con sus virtudes durante dos siglos como modelo por un número de sabios discursos sobre el hombre económico. Robinson Crusoe fue un cuento de lo más representativo no sólo porque era la obra de uno de la nueva generación de escritores y de periodistas profesionales, sino también porque combinaban en el mismo escenario el elemento de la catástrofe y de la aventura con la necesidad de la invención. En el nuevo sistema económico cada hombre se preocupaba de sí mismo. Las virtudes dominantes eran la economía, la previsión, la experta adaptación de los medios. La invención tomó el lugar de la representación de la imagen y del ritual; la experiencia tomó el lugar de la contemplación: la demostración, el lugar de la lógica deductiva y de la autoridad. Incluso sólo en una isla desierta, las virtudes de la sobria clase media le llevarían a uno a...
El protestantismo reforzó estas lecciones de la sobriedad de la clase media y le dieron la aprobación de Dios. Es cierto: los principales recursos de la finanza fueron un producto de la Europa católica, y el protestantismo ha gozado una inmerecida alabanza como fuerza liberadora de la rutina medieval y una censura no merecida como fuente original y justificación espiritual del capitalismo moderno. Pero el servicio particular del protes-tantismo fue unir las finanzas a la vida religiosa y convertir el ascetismo apoyado por la religión en una empresa para la concentración en bienes terrenos y progreso del mundo. El protestantismo descansó firmemente en las abstracciones de la imprenta y el dinero. La religión debía hallarse no sólo en el compañerismo de los espíritus religiosos, históricamente conectados con la Iglesia y comunicando con Dios a través de un rito elaborado, sino también en el mundo mismo: la palabra sin su fondo comunal. En último análisis, el individuo debe responder por sí mismo en el cielo, como lo hizo en la lonja. La expresión de creencias colectivas a través de las artes fue una trampa: por ello los protestantes arrancaron las imágenes de sus catedrales y dejaron desnudas las piedras de la construcción: desconfiaban de todas las pinturas, excepto quizá del retrato, que reproducía con la exactitud de un espejo, y consideró el teatro y la danza como una lujuria demoníaca. La vida, con toda su variedad voluptuosa y cálido deleite fue arrancada del mundo del pensamiento protestante: lo orgánico desapareció. El tiempo era real: ¡no lo pierda!. El trabajo era real : ¡ejérzalo!. El dinero era real: ¡ahórrelo!. El espacio era real ¡conquístelo! La materia era real: ¡mídala!. Estas eran las realidades y los imperativos de la filosofía de la clase media. Aparte el esquema superviviente de la divina salvación todos sus impulsos se encontraban ya bajo la regla del peso y la medida y la cantidad: el día y la vida estaban completamente regimentados. En el siglo XVIII Benjamín Franklin, quien quizá había sido anticipado por los jesuitas, encabezó el proceso inventando un sistema moral de teneduría de libros.
¿Cómo ocurrió que el impulso del poder quedara aislado e intensificado hacia el final de la Edad Media?
Cada elemento en la vida forma parte de una red cultural: una parte compromete, restringe, ayuda a expresar a la otra. Durante este período se rompió la red, y un fragmento escapó y se lanzó a una carrera separada, la voluntad de dominar el medio. Dominar, no cultivar: alcanzar el poder, no conseguir la forma. Uno no puede, claramente, abarcar una serie compleja de acontecimientos con unos elementos tan simples. Otro factor en el cambio puede haber sido debido a un sentimiento de inferioridad intensificado; quizá esto surgió debido a la humillante disparidad entre las pretensiones ideales del hombre y sus verdaderas realizaciones, entre la caridad y la paz predicadas por la Iglesia y sus eternas guerras, enemistades y aversiones; entre la vida limpia predicada por los santos y la lujuriosa vivida por los papas del Renacimiento; entre la creencia en el cielo y el repulsivo desorden y desastre de su existencia real. Fallando la redención por la gracia, la armonización de los deseos, las virtudes cristianas, el pueblo buscó, quizá, cancelar su sentido de inferioridad y superar su frustración buscando el poder.
En todo caso, la antigua síntesis se había destruido en el pensamiento y la acción social. En gran medida, se había destruido porque era inadecuada: un concepto de la vida humana y de su destino, quizá fundamentalmente neurótico y cerrado, el cual originalmente había nacido de la miseria y del terror que habían concurrido a la vez a la brutalidad de la Roma imperialista y de su final putrefacción y ruina. Tan lejanas estaban las actitudes y conceptos de la cristiandad de los hechos del mundo natural y de la vida humana, que una vez abierto el mundo mismo por la navegación y la exploración, por la nueva cosmología, por nuevos métodos de observación y de experiencia, ya no había regreso a la cáscara rota del orden antiguo. La ruptura entre el sistema celestial y el terrenal se había hecho demasiado grave para ser pasada por alto y demasiado ancha para ser llenada: la vida humana tenía un destino fuera de aquella cáscara. La ciencia más tosca estaba más próxima a la verdad de la época que el escolasticismo más refinado: la máquina de vapor peor ingeniada o la hiladora más antigua eran más eficientes que la mejor reglamentación gremial, y la fábrica o el puente de hierro más defectuosos eran más prometedores para la arquitectura que las construcciones más magistrales de Wren y Adam. El primer metro de tela tejido por una máquina, la primera fundición de hierro puro tenían en potencia más interés estético que las joyas cinceladas por Cellini o el lienzo pintado por un Reynolds. En pocas palabras: una máquina viva era mejor que un organismo muerto, y el organismo de la cultura medieval estaba muerto.
A partir del siglo XV hasta el XVII los hombres vivieron en un mundo vacío: un mundo que se estaba quedando cada día más vacío. Decían sus oraciones, repetían sus fórmulas: trataron incluso de recobrar la santidad que habían perdido resucitando supersticiones que abandonaron hacía largo tiempo: de aquí la furia y el fanatismo sin sentido de la contrarreforma, su quema de herejes, su persecución de brujas, precisamente en medio de la creciente “ilustración”. Ellos mismos se volvieron atrás al sueño medieval con una nueva intensidad de sentimiento, si no con convicción. Esculpieron y pintaron y escribieron: ¿Quién en verdad labró jamás tan poderosamente la piedra como Miguel Angel, quién escribió con éxtasis y vigor más espectaculares que Shakespeare? Pero debajo de la superficie ocupada por esas obras de arte y de pensamiento había un mundo muerto, un mundo vacío, un hueco que ninguna cantidad de energía y bravura podrían rellenar. Las artes se lanzaron al aire como un centenar de vibrantes fuentes, pues precisamente en el momento de disolución cultural y social es cuando la mente trabaja con una libertad e intensidad que no es posible cuando la estructura social es estable y la vida en conjunto es más satisfactoria: pero el ídolo mismo se había quedado vacío.
Los hombres ya no creían, sin reservas en la práctica, en los cielos ni en el infierno ni en la comunión de los santos: menos aún creían en los agradables dioses y diosas, sílfides y musas con los que acostumbraban adornar, con gestos elegantes pero sin sentido, sus pensamientos y embellecer su ambiente: estas figuras sobrenaturales aunque humanas en su origen y en consonancia con ciertas necesidades humanas inmutables, se habían convertido en fantasmas. Obsérvese el niño Jesús de los retablos del siglo XIII: el niño se encuentra en un altar, aparte; la Virgen está traspasada y beatificada por la presencia del Espíritu Santo: el mito es real. Obsérvense las sagradas familias de la pintura de los siglos XVI y XVII: jóvenes elegantes están mimando a sus niños bien alimentados: el mito ha muerto. Primero sólo se dejaron los suntuosos vestidos; finalmente una muñeca ocupó el lugar del niño viviente: una muñeca mecánica. La mecánica se convirtió en la nueva religión, y dio al mundo un nuevo mesías: la máquina.
9. El universo mecánico.
Los fines de la vida práctica encontraban su justificación y su marco apropiado de ideas en la filosofía natural del siglo XVII: esta filosofía ha seguido siendo la creencia de trabajo de la técnica, aun cuando su ideología haya sido discutida, modificada, aplicada, y en parte minada por la ulterior prosecución de la misma ciencia. Una serie de pensadores, Bacon, Descartes, Galileo, Newton y Pascal delimitaron el dominio de la ciencia, elaboraron su técnica especial de investigación y demostraron su eficacia.
A principios del siglo XVII hubo sólo esfuerzos dispersos de pensamiento, algunos escolásticos, otros aristotélicos, otros matemáticos y científicos, como los de las observaciones astronómicas de Copérnico, Tycho Brahe y Képler. La máquina había desempeñado solamente una parte incidental en estos adelantos intelectuales. Al fin, a pesar de la relativa esterilidad de la invención misma durante este siglo, allí había una filosofía completamente articulada del universo, siguiendo líneas puramente mecánicas, que sirvió de punto de partida para todas las ciencias físicas y para posteriores perfeccionamientos técnicos: el Weltbild 1 mecánico había aparecido. La mecánica estableció el modelo de la investigación afortunada y de la aplicación sagaz. Hasta aquel momento las ciencias biológicas habían corrido parejas con las ciencias físicas. Posteriormente, durante por lo menos un siglo y medio, hicieron un papel secundario; y sólo fue después de 1860 cuando los hechos biológicos se reconocieron como base importante de la técnica.
¿Con qué medios se compuso este cuadro mecánico? ¿Y cómo llegó a proporcionar tan excelente suelo para la propagación de inventos y la difusión de las máquinas?
El método de las ciencias físicas residía fundamentalmente en unos pocos principios sencillos. Primero: la eliminación de las cualidades, y la reducción de lo complejo a lo simple atendiendo sólo a aquellos aspectos de los hechos que pudieran pesarse, medirse o contarse, y a la especie particular de secuencia de espacio -tiempo que pudiera controlarse y repetirse- o, como en astronomía, cuya repetición pudiera predecirse. Segundo: concentración en el mundo externo, y eliminación o neutralización del observador respecto de los datos con los cuales trabaja. Tercero: aislamiento, limitación del campo, especialización del interés y subdivisión del trabajo. En resumen, lo que las ciencias físicas llaman el mundo no es el objeto total de la común experiencia humana: es sólo aquellos aspectos de esta experiencia que se prestan a sí mismos a una observación precisa de los hechos y a afirmaciones generalizadas. Se puede definir un sistema mecánico como aquel en que una muestra al azar del conjunto puede servir en lugar del conjunto: un gramo de agua pura en el laboratorio se supone que tiene las mismas propiedades que un centenar de metros cúbicos de agua igualmente pura en la cisterna y se supone que lo que rodea al objeto no afecta a su comportamiento. Nuestros conceptos modernos de espacio y tiempo parecen hacer dudoso que exista realmente algún sistema mecánico puro, pero la predisposición original de la filosofía natural fue descartar complejos orgánicos y buscar elementos aislados que puedieran ser descritos, con fines prácticos, como si representaran completamente el “mundo físico” del que fueron extraídos.
Esta eliminación de lo orgánico tuvo la justificación no sólo del interés práctico sino de la historia misma. Mientras Sócrates había vuelto la espalda a los filósofos jonios porque le preocupaba más saber acerca de los dilemas del hombre que aprender cosas sobre los árboles, los ríos y las estrellas, todo lo que podía llamarse conocimiento positivo, que había sobrevivido al esplendor y a la decadencia de las sociedades humanas, eran precisamente verdades no vitales como el teorema de Pitágoras. En contraste con los ciclos de gusto, doctrina o moda había habido un continuo incremento del conocimiento matemático y físico. En este desarrollo, el estudio de la astronomía había sido una gran ayuda: las estrellas no podían ser halagadas o corrompidas: sus cursos eran visibles a simple vista y podían ser seguidas por cualquier observador paciente.
Compárase el complejo fenómeno de un buey que se mueve por una carretera sinuosa y desigual con los movimientos de un planeta: es más fácil trazar una órbita entera que hacer el diagrama del variable ritmo de velocidad y de los cambios de posición que se producen en el objeto más cercano y más familiar. El fijar la atención en un sistema mecánico fue el primer paso hacia la creación de un sistema: una victoria importante para el pensamiento racional. Al centrar el esfuerzo en lo no histórico y lo no orgánico, las ciencias físicas clarificaron todo el procedimiento de análisis. Pues el terreno al que limitaron su acción era uno en el cual el método podía llevarse adelante sin ser demasiado palpablemente inadecuado o sin encontrar demasiadas dificultades especiales. Pero el verdadero mundo físico no era, aún bastante sencillo respecto del método científico en sus primeras fases de desarrollo. Era necesario reducirlo a elementos tales que pudieran ser ordenados en términos de espacio, tiempo, masa, movimiento y cantidad. La cantidad de eliminación y de selección que acompañó esto fue excelentemente descrita por Galileo, quien dio al proceso un ímpetu tan fuerte. Se le debe citar íntegramente:
“Tan pronto como concibo una sustancia corpórea o material, siento simultáneamente la necesidad de concebir que tiene límites de una u otra forma; que con relación a otras es grande o pequeña; que se encuentra en este o aquel sitio, en este o en aquel tiempo; que está en movimiento o en reposo; que toca o no otro cuerpo; que es única y rara, o común; no puedo, por medio de ningún acto de la imaginación, separarla de aquellas cualidades. Pero no me encuentro absolutamente constreñido a aprehenderlo como acompañada necesariamente por condiciones tales como que debe ser blanca o roja, amarga o dulce, sonora o silenciosa, oliendo dulce o desagradablemente; y si los sentidos no hubieran apuntado dichas cualidades el lenguaje y la imaginación solos jamás hubieran llegado a ellas. Por consiguiente pienso que esos sabores, olores, colores, etc., respecto del objeto en el que parecen residir, no son nada más que simples nombres. Sólo existen en el cuerpo sensible, pues cuando la criatura viva se aleja todas esas cualidades son eliminadas y anuladas, aunque les hayamos puesto nombres particulares y de buena gana nos dejaríamos convencer de que verdaderamente y de hecho existen. No creo que exista nada en los cuerpos externos que excite los sabores, los olores y los sonidos, etc., excepto tamaño, forma, cantidad y movimiento.”
Con otras palabras, la ciencia física se limitó a las cualidades llamadas primarias: las secundarias se desprecian como subjetivas. Pero una cualidad primaria no es más fundamental o elemental que una secundaria y un cuerpo sensible no es menos real que uno insensible. Biológicamente hablando, el olor era sumamente importante para la supervivencia: mucho más, quizá, que la habilidad para discernir la distancia o el peso: pues es el medio principal para determinar si un alimento está en condiciones de ser comido, y el placer de los olores no sólo refina el proceso de la comida sino que proporciona una asociación especial a los símbolos visibles del interés erótico, finalmente sublimados en perfume. Las cualidades primarias solamente podían llamarse así en términos de análisis matemático, porque tenían, como punto máximo de referencia, un medio de medida independiente para el tiempo y el espacio, un reloj, una regla, una balanza.
El valor de centrarse en las cualidades primarias era que neutralizaba en la experiencia y el análisis las reacciones sensorias y emocionales del observador: aparte del proceso del pensamiento, se convertía en un instrumento de registro. De esta manera, la técnica científica se hizo común, impersonal, objetiva, dentro de su campo limitado, el “mundo material” puramente convencional. Esta técnica dio por resultado una valiosa moralización del pensamiento: los criterios, primeramente elaborados en dominios extraños a los fines e inmediatos intereses personales del hombre, eran asimismo aplicables a los aspectos más complejos de la realidad que se encontraban más cerca de sus esperanzas, amores y ambiciones. Pero el primer efecto de este adelanto en claridad y sobriedad de pensamiento fue el desvalorizar cada esfera de la experiencia excepto aquella que se entregó a la investigación matemática. Cuando se fundó en Inglaterra la Royal Society, las humanidades fueron excluidas intencionadamente.
En General, la práctica de las ciencias físicas significaba una intensificación de los sentidos: jamás había sido el ojo hasta entonces tan agudo, el oído tan alerta, la mano tan precisa. Hooke, que había visto cómo los lentes mejoraban la visión, no dudaba que “puedan encontrarse inventos mecánicos para mejorar nuestros demás sentidos, del oído, del olfato, del gusto y del tacto”. Pero con este progreso en precisión, llegó una deformación de la experiencia en conjunto. Los instrumentos de la ciencia eran inútiles en el reino de las cualidades. Lo cualitativo se redujo a lo subjetivo: lo subjetivo fue desechado como irreal, y lo no visto y no medible como inexistente. La intuición y el sentimiento no afectaban al proceso mecánico ni a las explicaciones mecánicas. Mucho pudo ser realzado por la nueva ciencia y la nueva técnica porque mucho de lo que estaba asociado con la vida y el trabajo en el pasado -arte, poesía, ritmo orgánico, fantasía- fue eliminado intencionadamente. Al crecer en importancia el mundo exterior de la percepción, el mundo interno del sentimiento se hizo cada vez más impotente.
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