Lewis Mumford "Preparación Cultural"



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Durante la Edad Media el mundo externo no había tenido poder conceptual sobre la mente. Lo hechos naturales eran insignificantes comparados con el orden y la intención divina que Cristo y su Iglesia habían revelado: el mundo visible era simplemente una prenda y un símbolo de aquel mundo eterno de cuyas bienaventuranzas y condenaciones daba tan vivo anticipo. La gente comía , bebía y se casaba, tomaba el sol y crecía solemne bajo las estrellas; pero este estado inmediato tenía poco significado. Cualquiera que fuera el significado que tuvieran los detalles de la vida diaria eran como accesorios y trajes de ensayos de teatro para el drama de la peregrinación del Hombre a través de la eternidad. Hasta dónde podía llegar la mente en la medición y la observación científica en tanto los místicos números tres y cuatro y siete y nueve y doce llenaran cada relación con un significado alegórico. Antes de poder estudiar las secuencias en la naturaleza, era necesario disciplinar la imaginación y aguzar la visión: la visión mística indirecta debía convertirse en visión directa. Los artistas desempeñaron una parte más importante en esta disciplina de la que generalmente se les ha reconocido. Al enumerar las muchas partes de la naturaleza que no pueden estudiarse sin la “ayuda y la intervención de las matemáticas”, Francis Bacon incluye correctamente la perspectiva, la música, la arquitectura y la ingeniería junto con las ciencias de la astronomía y la cosmografía.
El cambio de actitud hacia la naturaleza se manifestó en figuras solitarias mucho antes de que se hiciera común. Los preceptos experimentales de Roger Bacon y de sus investigaciones especiales en óptica habían sido durante mucho tiempo un conocimiento de dominio público; en verdad; su visión científica al igual que la de su homónimo isabelino han sido algo exageradamente valoradas; su significación reside en que representan una tendencia general: en el siglo XIII, los discípulos de Alberto Magno estaban acuciados por una nueva curiosidad de explorar lo que les rodeaba, mientras que Absalon de St. Víctor se quejaba de que los estudiantes deseaban estudiar “la conformación del globo, la naturaleza de los elementos, el lugar de las estrellas, la naturaleza de los animales, la violencia del viento, la vida de las hierbas y de las raíces”. Dante y Petrarca, a diferencia de la mayor parte de los hombres del medioeveo , ya no evitaban las montañas como puros obstáculos terroríficos que aumentaban las penalidades del viaje: las buscaban, y las escalaban por la exaltación que produce la conquista de la distancia y el logro de una contemplación a vista de pájaro. Más tarde, Leonardo exploró las montañas de la Toscana, descubrió fósiles, hizo correctas interpretaciones de la geología. Agrícola, impulsado por su interés por la minería, hizo lo mismo. Los herbarios y los tratados sobre historia natural que surgieron durante los siglos XV y XVI, aunque aún mezclaban fábulas y conjeturas con los hechos, constituían claras etapas hacia la descripción de la naturaleza: sus admirables pinturas aún lo atestiguan, y los libritos sobre las estaciones y la rutina de la vida diaria iban en la misma dirección. Los grandes pintores no quedaba muy atrás. La capilla Sixtina, no menos que el famoso cuadro de Rembrandt, eran una lección de anatomía, y Leonardo fue un digno predecesor de Vesalio, cuya vida en parte coincidió con la de aquel. En el siglo XVI, según Beckmann, había numerosas colecciones particulares de historia natural, y en 1659 Elías Ashmole compró la colección Tradescant, que después regaló a Oxford.
El descubrimiento de la naturaleza en conjunto fue la parte más importante de esta era de descubrimientos que empezó para el mundo occidental con las Cruzadas y los viajes de Marco Polo. La naturaleza existía para ser explorada, invadida, conquistada, y, finalmente entendida. El sueño medieval, al disolverse, reveló el mundo de la naturaleza, como una niebla que al levantarse deja ver las rocas y los árboles y los pastores en la ladera de una colina, cuya existencia había sido anunciada por un casual tintinear de esquilas o el mugido de una vaca. Desgraciadamente, persistió el hábito medieval de separar el alma del hombre de la vida del mundo material aunque se había debilitado la teología que lo apoyaba; pues tan pronto como el procedimiento de la exploración fue claramente esbozado en la filosofía y la mecánica del siglo XVI, el hombre mismo fue excluido del cuadro. Quizás temporalmente se aprovechara la técnica de esta exclusión; pero a la larga, el resultado se demostraría desafortunado. Al intentar conseguir poderío, el hombre tendió a reducirse a sí mismo a una abstracción, o, lo que viene a ser casi igual a eliminar toda parte de sí mismo que no sea aquella dirigida a alcanzar el poderío.
6. El obstáculo del animismo
La gran serie de perfeccionamientos técnicos que empezaron a cristalizar alrededor del siglo XVI se apoyaba en una disociación de lo mecánico y lo inanimado. Quizá la mayor dificultad en el camino de esta disociación fuera la persistencia de hábitos inveterados de pensamiento anímico. A pesar del animismo, dichas disociaciones se habían realizado en verdad en el pasado: uno de los actos más importantes de este tipo fue el invento de la rueda. Incluso en la civilización relativamente avanzada de los asirios se ven representaciones de grandes estatuas arrastradas sobre un trineo por el suelo. Indudablemente la acción de la rueda procedería de la observación de que rodar un tronco era más fácil que empujarlo: pero los árboles han existido desde un número incalculable de años y su tala se ha efectuado durante muchos millares, con toda probabilidad, antes de que algún inventor neolítico realizara el estupendo acto de disociación que hizo posible el carro.
Mientras se consideró cada objeto, animado o inanimado, como la morada de un espíritu, mientras se esperó que un árbol o un barco se comportaran como una criatura viva, era poco menos que imposible aislar en tanto que secuencia mecánica la función especial que se trataba de realizar. Lo mismo que el artesano egipcio, cuando hizo la pata de la silla labrada para que pareciera una pata de buey, así el deseo ingenuo de reproducir lo orgánico, y evocar gigantes y espíritus para lograr poder, en vez de idear su equivalente abstracto, retrasó el desarrollo de la máquina. La naturaleza a menudo ayuda en tal abstracción: el uso de su ala por el cisne puede haber sugerido la vela, igual que el avispero sugiriera el papel. A la inversa, el cuerpo mismo es una especie de microcosmo de la máquina, los brazos son palancas, los pulmones son fuelles, los ojos son lentes, el corazón, una bomba, el puño, en martillo, los nervios un sistema telegráfico conectado con una estación central. Pero, en conjunto, los instrumentos mecánicos fueron inventados antes de que se describieran con precisión las funciones fisiológicas. El tipo de máquina más ineficaz es la imitación mecánica realista de un hombre o de otro animal: la técnica recuerda a Vaucanson por su telar, más bien, que por su pato mecánico que parecía vivo y que no sólo comía sino que hasta digería y excretaba. Los adelantos originales en la técnica moderna se hicieron posibles únicamente cuando un sistema mecánico pudo ser aislado de todo un sistema de relaciones. No fue solamente el primer aparato volador, como el de Leonardo, el que intentó reproducir el movimiento de las alas de un pájaro: todavía en 1897, el aparato con forma de murciélago de Ader, que ahora está colgado en el Conservatorio de las Artes y Oficios de París, tenía sus costillas o nervios formados como los del cuerpo de un murciélago, y los mismos propulsores, como para agotar todas las posibilidades zoológicas, eran de fina madera partida, lo más parecido posible a las plumas de un ave. De manera análoga, la creencia de que el movimiento alternativo, como el de los brazos y las piernas, era la forma “natural” de movimiento se utilizó para justificar la concepción original de la turbina. El plano de Branca de una máquina de vapor a principios del siglo XVII mostraba una caldera con la forma de la cabeza y el torso de un hombre. El movimiento circular, uno de los atributos más útiles y frecuentes de una máquina completamente perfeccionada es, cosa curiosa, uno de los movimientos menos observables en la naturaleza: incluso las estrellas no describen una órbita circular, y excepto los rotíferos, el hombre mismo, en algunas danzas y volteretas, es el exponente principal del movimiento rotatorio.
El triunfo específico de la imaginación técnica residió en el ingenio para disociar el poder elevador del brazo y crear la grúa, para disociar el trabajo de la acción de los hombres y los animales y crear el molino hidráulico, para disociar la luz de la combustión de la madera y crear la lámpara eléctrica. Durante miles de años el animismo fue el obstáculo en el camino de este desarrollo, pues ocultó la faz total de la naturaleza detrás de garabatos de formas humanas: hasta las estrellas fueron agrupadas en figuras vivas como Cástor y Pólux o el Toro basándose en algunas relaciones de semejanza muy remotas. La vida, no contenta con su propio terreno, invadió sin medida las piedras, los ríos, las estrellas, y todos los elementos naturales: el ambiente externo, por ser parte tan importante del hombre era caprichoso, dañino, un reflejo de sus propios impulsos y temores.

Como el mundo parecía, en esencia, animístico, y como aquellos poderes “externos” amenazaban al hombre, el único método de escape que su voluntad podía seguir era o bien la disciplina de sí mismo o la conquista de otros hombres: la vía de la religión o la vía de la guerra. En otro lugar trataré de la contribución especial que la técnica y el ánimo de la guerra aportaron al desarrollo de la máquina; en cuanto a la disciplina de la personalidad era esencialmente, durante la edad media, del dominio de la Iglesia, y tuvo mejor alcance, naturalmente, no entre los campesinos y los nobles, aún aferrados a formas de pensamiento esencialmente paganas, con las cuales la Iglesia había llegado oportunamente a un compromiso, sino en los monasterios y en las universidades.


El animismo, aquí fue expulsado por un sentido de la omnipotencia de su único Espíritu, refinado, por el mismo engrandecimiento de sus deberes, hasta el punto de eliminar cualquier semejanza con las capacidades puramente humanas o animales. Dios había creado un mundo ordenado, y en él prevalecía su Ley. Sus actos eran quizá inescrutables; pero no eran caprichosos: la vida religiosa ponía todo el acento en crear una actitud de humildad ante la voluntad de Dios y el mundo que él había creado. Si la fe subyacente de la Edad Media seguía siendo supersticiosa y animística, las doctrinas de los Escolásticos eran de hecho anti-animísticas: el quid de la cuestión era que el mundo de Dios no era el del hombre, y que sólo la Iglesia podía formar un puente entre el hombre y el absoluto.
El significado de esta división no se hizo aparente del todo hasta que los Escolásticos mismos cayeran en descrédito y sus herederos, como Descartes, empezaran a aprovecharse de la antigua brecha, describiendo sobre base puramente mecánica todo el mundo de la naturaleza, dejando fuera sólo el campo específico de la Iglesia, el alma del hombre. En función de la creencia de la Iglesia en un mundo ordenado independiente, ha mostrado Whitehead en Science and the Modern World, que la labor de la ciencia pudo continuar con tanta confianza. Los humanistas del siglo XVI pudieron ser a menudo escépticos y ateos, burlándose de la Iglesia incluso cuando permanecían en su seno: quizá no sea casualidad que los Leibniz, Newton, Pascal, fueran tan uniformemente devotos. El paso siguiente en el desarrollo, dado por Descartes mismo, fue el transferir el orden de Dios a la Máquina. Así en el siglo XVIII se convirtió a Dios en el Relojero Eterno, quien habiendo concebido, creado y dado cuerda al reloj del universo, no tenía responsabilidad ulterior hasta que la máquina finalmente se rompiera - o, como pensaban en el siglo XIX, se parara.
El método de la ciencia y la tecnología, en su formas desarrolladas, implica una esterilización del ser, una eliminación, hasta donde sea posible, de la tendencia y la preferencia humanas, incluyendo el placer humano en la propia imagen del hombre y la creencia instintiva en la inmediata presencia de sus fantasías. ¿Qué mejor preparación podría tener toda una cultura para realizar tal esfuerzo que la difusión del sistema monástico y la multiplicación de un gran número de comunidades separadas, dedicadas a vivir una humilde y abnegada vida, bajo una regla estricta? Aquí en el monasterio, se encontraba un mundo relativamente no animista y no orgánico: las tentaciones del cuerpo quedaban minimizadas en teoría, y, a pesar de la tensión y la irregularidad, a menudo eran también minimizadas en la práctica, en todo caso, más a menudo que en la vida secular. El esfuerzo para exaltar al yo individual quedaba suspenso en la rutina colectiva.
Como la máquina, el monasterio era incapaz de propia perpetuación excepto por renovación desde fuera. Y aparte del hecho que las mujeres estaban de la misma manera en conventos de monjas, el monasterio era, como el ejército, un mundo estrictamente masculino. Como el ejército, también aguzaba, disciplinaba y concentraba la voluntad de poder: una serie de líderes militares salieron de las órdenes religiosas, en tanto el jefe de la orden que ejemplificó los ideales de la contrarreforma empezó su vida como soldado. Uno de los primeros científicos experimentadores, Roger Bacon, fue un monje; también lo fue Michal Stuifel, quien en 1544 amplió el uso de los símbolos en las ecuaciones algebraicas; los monjes ocuparon un puesto elevado en la lista de la mecánica y de los inventores. La rutina espiritual del monasterio, si no favoreció positivamente a la máquina, al menos anuló muchas de las influencias que la combatían. Y a diferencia de la disciplina similar de los budistas, la de los monjes occidentales dio origen a tipos más fecundos y complejos de máquinas que las ruedas para rezar.
En otra forma también las instituciones de la Iglesia prepararon el camino para la máquina: en su menosprecio por el cuerpo, pues el respeto por el cuerpo y sus órganos es profundo en todas las culturas clásicas del pasado. A veces, al ser proyectado imagina-tivamente el cuerpo puede ser desplazado simbólicamente por las partes o los órganos de otro animal, como en el Horus egipcio. Pero la sustitución se hace para intensificar algunas cualidades orgánicas, el poder del músculo, del ojo, de los genitales. Los falos que se llevaban en procesión eran mayores y más poderosos, en la representación, que los verdaderos órganos humanos: así, también, las imágenes de los dioses podían alcanzar dimensiones heroicas, para acentuar su vitalidad. Todo el ritual de la vida en las antiguas culturas tendía a recalcar el respeto por el cuerpo y espaciarse en sus bellezas y deleites: incluso los monjes que pintaron las cuevas de Ajanta, en la India, se encontraban bajo su hechizo. La entro-nización de la forma humana en la escultura, y la atención por el cuerpo en la palestra de los griegos o en los baños de los romanos, reforzó el sentimiento interno por lo orgánico. La leyenda acerca de Procusto tipifica el horror y el resentimiento que los pueblos clásicos sentían contra la mutilación del cuerpo. Se hacen camas para adaptarlas a los seres humanos, no se cortan piernas o cabezas para que quepan en las camas.
Este sentido afirmativo del cuerpo jamás desapareció seguramente, ni durante los más fuertes triunfos de la cristiandad: cada nueva pareja de amantes lo recobra a través del placer físico mutuo. De forma análoga, el predominio de la glotonería como pecado durante la Edad Media fue un testimonio de la importancia del vientre. Pero las enseñanzas de la Iglesia iban dirigidas contra el cuerpo y su cultivo: si por un lado era el Templo del Espíriu Santo, también era vil y pecador por naturaleza: la carne tendía a la corrupción y para lograr los laudables fines de la vida se la debe mortificar y dominar, reduciendo sus apetitos por el ayuno y la abstención: esta era la letra de la enseñanza de la Iglesia y si bien no puede suponerse que la masa de la humanidad se atuviera a la letra, el sentimiento contra la exposición del cuerpo, su uso, su celebración, ahí estaban. Mientras los baños públicos eran comunes en la Edad Media, contrariamente a la complacida superstición que se desarrolló después de que el renacimiento los abandonara, los verdaderamente santos desdeñaban bañar el cuerpo, se martirizaban la piel con cilicios, se azotaban, volvían sus ojos con interés caritativo hacia los llagados y los leprosos y los deformes. Al odiar el cuerpo, las mentes ortodoxas de aquellas edades estaban preparadas para violentarlo. En lugar de resentirse contra las máquinas que podían simular esta o aquella acción del cuerpo, podían darles la bienvenida. Las formas de la máquina no eran más feas o repulsivas que los cuerpos de los hombres y mujeres lisiados y tullidos, o, si eran repulsivos y feos, eso mismo les impedía ser una tentación para la carne. El escritor de la Crónica de Nuremberg , en 1398, podía decir que “los artefactos con ruedas que realizan extrañas tareas y exhibiciones y disparates proceden directamente del demonio, pero a pesar de sí misma, la Iglesia estaba creando discípulos del demonio.

El hecho, es, en todo caso, que la máquina entró más lentamente en la agricultura, con sus funciones de mantener y conservar la vida, mientras que progresó con fuerza precisamente en aquellas partes del ambiente en donde por costumbre se trataba el cuerpo más odiosamente: es decir, en el monasterio, en la mina, en el campo de batalla.


7. La ruta a través de la magia
Entre la fantasía y el conocimiento exacto, entre el drama y la tecnología, existe un estación intermedia: la de la magia. En la magia se instituyó decisivamente la conquista general del medio externo. Sin el orden que aportó la Iglesia la campaña hubiera posiblemente sido impensable; pero sin la salvaje, emprendedora lucha de los magos no se habrían tomado las primeras posiciones. Pues los magos no sólo creían en las maravillas, sino que audazmente ambicionaron obrarlas: por su esfuerzo hacia lo excepcional, los filósofos naturales que los siguieron fueron los primeros en vislumbrar la posibilidad de establecer regularidades en la naturaleza.
El sueño de conquistar la naturaleza es uno de los más antiguos que ha fluido y refluido en la mente del hombre. Cada gran época de la historia humana en que esta voluntad ha encontrado una salida positiva marca una elevación en la cultura y una contribución permanente a la seguridad y al bienestar del hombre. Prometeo, genio del fuego, figura al origen de la conquista del hombre: pues el fuego no hace simplemente posible la mejor digestión de los alimentos, sino que sus llamas mantuvieron alejados los animales de presa, y alrededor de su calor, durante las estaciones más frías del año, se hizo posible una vida social, más allá del amontonamiento y de la vaciedad del sueño invernal. Los lentos adelantos en la confección de herramientas y armas que marcaron los primeros períodos de la piedra fueron una conquista pedrestre del ambiente: ganancia por pulgadas. En el período neolítico se llegó a la primera gran escalada, con la domesticación de plantas y animales, la realización de observaciones astronómicas ordenadas y efectivas, y la difusión de una civilización de grandes piedras relativamente pacífica, en muchas tierras dispersas por el planeta. El uso del fuego, la agricultura, la alfarería, la astronomía, fueron maravillosos saltos: dominaciones más bien que adaptaciones. Durante miles de años los hombres han debido soñar, en vano, con nuevos atajos y controles.
Fuera del gran y quizá corto período de invención del neolítico los adelantos, hasta el siglo X de nuestra era, habían sido proporcionalmente pequeños excepto en el uso de los metales. Pero la esperanza de una conquista mayor, de algún cambio fundamental de la relación del hombre dependiente de un mundo externo indiferente y sin piedad siguió rondando sus sueños y hasta sus plegarias: los mitos y los cuentos de hadas constituyen un testimonio de su deseo de plenitud y poder, la libertad de movimiento y dimensión de los días.

Mirando a las aves, los hombres soñaron con el vuelo: quizá una de las envidias y de los deseos más universales del hombre; Dédalo entre los griegos, Ayar Katsi, el hombre volador, entre los indios peruanos, sin hablar de Rah y Neith, Astarté o Psique, o los ángeles de la cristiandad. En el siglo XIII, este sueño volvió a aparecer proféticamente en la mente de Roger Bacon. La alfombra volante de las Mil y Una Noches, las botas de siete leguas, el anillo mágico, eran pruebas todas del deseo de volar, de viajar rápidamente, de disminuir el espacio, de anular el obstáculo de la distancia. A esto acompañaba un deseo constante de liberar el cuerpo de sus enfermedades, de su temprano envejecer, que deseca su potencia, y de las dolencias que amenazan la vida hasta en lo más recio del vigor y de la juventud. Los dioses pueden definirse como seres de algo más que la estatura humana y que disponen de aquellos poderes de desafiar el espacio y el tiempo y el ciclo del crecimiento y de la decadencia: incluso en la leyenda cristiana la capacidad de hacer andar al paralítico y ver al ciego es una de las pruebas de divinidad. Imhotep y Esculapio, por habilidad en las artes de la medicina, fueron elevados a la categoría de dioses por los egpcios y los griegos. Oprimido por la necesidad y por el hambre, el sueño del cuerno de la abundancia y el paraíso terrenal siguen obsesionando al hombre.


En el Norte fue donde esos mitos de extensos poderes cobraron una firmeza acentuada, quizá, a causa de los positivos logros de los mineros y los herreros: recuérdese a Thor, dueño del trueno, cuyo martillo mágico lo hacía tan poderoso. Recuérdese a Loki, el astuto y malicioso dios del fuego. Recuérdese a los gnomos que crearon la armadura y las mágicas armas del Sigfrido; Ilmarinen de los fineses, que fabricó un águila de acero, y Wieland, el fabuloso forjador germano, que confeccionó vestidos de plumas para volar. Detrás de todas estas fábulas, esos deseos y utopías colectivos, reside la ambición de dominar la naturaleza bruta de las cosas.
Pero los mismos sueños que exponían aquellos deseos eran una revelación de la dificultad de alcanzarlos. El sueño enseña la dirección a la actividad humana y a la vez expresa el impulso interno del organismo y hace aparecer las metas apropiadas. Pero cuando el sueño va mucho más allá de los hechos, tiende a “corto-circuitar” la acción: el placer subjetivo de anticipación sirve de sustitutivo para el pensamiento, el artificio y la acción que pudiera darle una base firme en la realidad. El deseo separado, desconectado de las condiciones de su cumplimiento o de sus medios de expresión, no conduce a ningún lado: todo lo más contribuye a un equilibrio interno. Al ver el papel jugado por la magia en los siglos XVI y XVII uno se da cuenta de lo difícil que era la disciplina necesaria antes de que la invención mecánica fuese posible.
La magia, como la fantasía pura, era un atajo hacia el conocimiento y el poder. Pero hasta en la forma más primitiva de hechicería, la magia supone un drama y una acción: si uno desea matar a su propio enemigo con la magia, debe uno por lo menos moldear una figura de cera y clavarle unos alfileres; y de igual manera, si la necesidad de oro en el primitivo capitalismo provocó una gran búsqueda de medios de transmutar los metales de baja ley en metales nobles, se vio acompañada por desmañados y frenéticos intentos de manipular el ambiente externo. Con la magia el experimentador reconoció que se debía disponer de un cierto material antes de poderlo transformar en otro más valioso. Lo cual constituía un gran adelanto hacia lo positivo. “Las operaciones -como bien dice Lynn Thorndike de la magia- se suponía que eran eficaces aquí, en el mundo de la realidad externa”: la magia presuponía una demostración pública más bien que una satisfacción simplemente particular.
Nadie puede señalar cuando la magia se convirtió en ciencia, cuándo el empirismo se hizo experimentación, cuándo la alquimia se convirtió en química y la astrología en astronomía, dicho brevemente, cuándo y dónde la necesidad de resultados y de satisfacciones humanos inmediatos acabaron de dejar su confusa huella. La magia estaba marcada sobre todo quizá por dos propiedades no científicas: por los secretos y las manifestaciones, y por una cierta impaciencia por conseguir “resultados”. Según Agrícola los transmutacionistas del siglo XVI no vacilaban en ocultar oro en una bolita de mineral, para que su experimento tuviera éxito: parecidas argucias, como una llave de reloj escondida para dar cuerda, se utilizaban en muchas máquinas de movimiento perpetuo. En todas partes la escoria del fraude y del charlatanismo se mezclaban con algún que otro grano de conocimiento científico que la magia utilizaba o producía.
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