Lewis Mumford "Preparación Cultural"



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Otra característica más del espacio medieval debe ser resaltada: el espacio y el tiempo forman dos sistemas relativamente independientes. Primeramente: el artista medieval introducía otros tiempos dentro de su propio mundo espacial, como cuando proyectaba los hechos de la vida de Cristo en una ciudad italiana contemporánea, sin la más ligera preocupación de que el paso del tiempo había creado una diferencia, o mismo que en Chaucer la leyenda clásica de Troilo y Cresida se relata como si fuera una historia contemporánea. Cuando un cronista medieval menciona al rey, como observa el autor de The Wandering Scholars, es a veces difícil averiguar si está hablando de César o de Alejandro Magno o de su propio rey: cada uno de ellos está cerca de él. En verdad, la palabra anacronismo no tiene sentido aplicada al arte medieval. Sólo cuando se relacionan acontecimientos en un marco coordinado de tiempo y de espacio, resulta desconcertante el estar fuera del tiempo o no ser fiel al tiempo. De manera análoga, en Los Tres Milagros de San Cenobio de Botticelli, se presentan en un mismo escenario tres tiempos diferentes.
Debido a esta separación de tiempo y espacio, las cosas pueden aparecer y desaparecer repentinamente, inexplicablemente: la caída de un barco detrás del horizonte no necesitaba más explicación que la caída de un demonio por la chimenea. No había misterio acerca del pasado de donde habían aparecido, ni especulación acerca del futuro a que iban destinados. Los objetos flotaban ante la vista o se hundían con algo del mismo misterio con que el ir y venir de los adultos afecta la experiencia de los niños pequeños, cuyos primeros intentos gráficos tanto se parecen en su organización al mundo del artista medieval. En este mundo simbólico del espacio y del tiempo cada cosa era un misterio o un milagro. El lazo de conexión entre los acontecimientos era el orden cósmico y religioso: el orden verdadero del espacio era el Cielo, así como el orden verdadero del tiempo era la Eternidad.
Entre los siglos XIV y XVII se produjo un cambio revolucionario en Europa Occidental acerca del concepto del espacio. El espacio como jerarquía de valores fue sustituido por el espacio como sistema de magnitudes. Una de las indicaciones de esta nueva orientación fue el más atento estudio de las relaciones de los objetos en el espacio y el descubrimiento de las leyes de la perspectiva y de la organización sistemática de las pinturas dentro del nuevo marco fijado por el primer plano, el horizonte y el punto de influencia de las líneas paralelas. La perspectiva convirtió la relación simbólica de los objetos en una relación visual: lo visual a su vez se convirtió en una relación cuantitativa. En el nuevo cuadro del mundo la dimensión no significaba importancia humana o divina, sino distancia. Los cuerpos no existían separadamente como magnitudes absolutas: estaban coordinados con otros cuerpos dentro del mismo marco de la visión y debían estar a escala. Para lograr esta escala, debía existir una representación precisa entre la pintura y la imagen: de ahí el nuevo interés por la naturaleza externa y los hechos. La división del lienzo en cuadros y la precisa observación del mundo a través de este tablero marcaron la nueva técnica del pintor, a partir de Paolo Ucello.
El nuevo interés por la perspectiva llevó profundidad al cuadro y distancia a la mente. En los cuadros más antiguos, el ojo saltaba de un lado a otro, pillando migajas simbólicas según lo dictase el gusto y la fantasía. En los nuevos cuadros, el ojo seguía las líneas de la perspectiva lineal que el pintor había introducido a propósito a lo largo de las calles, los edificios, los pavimentos con mosaicos, cuyas líneas paralelas el pintor había introducido a propósito para que el reloj las siguiera. Incluso los objetos en el primer plano estaban a veces colocados en forma grotesca y escorzados con el fin de crear la misma ilusión. El movimiento se convirtió en una nueva fuente de valor: movimiento por sí mismo. El espacio medido del cuadro reforzó el tiempo medido del reloj. Dentro de esta red ideal de espacio y tiempo tienen lugar ahora todos los acontecimientos: y el hecho más satisfactorio dentro de este sistema fue el movimiento en línea recta, pues dicho movimiento se prestó para la representación precisa dentro del sistema espacial y temporal de coordenadas. Otra consecuencia de este orden espacial debe tenerse en cuenta: el situar una cosa espacial y temporalmente llegó a ser esencia para su comprensión. En el espacio del Renacimiento, ha de explicarse la existencia de los objetos: su paso por el tiempo y el espacio es una clave acerca de su aparición en cualquier momento particular y en un sitio particular. Lo desconocido no está menos determinado que lo conocido: dada la redondez del globo, podía suponerse la posición de las Indias y calcularse el tiempo y distancia. La existencia misma de tal orden es un incentivo para explorarlo y rellenar las partes aún desconocidas.
Lo que los pintores demostraron en su aplicación de la perspectiva, lo establecieron los cartógrafos en el mismo siglo en sus mapas. El mapa de Hereford de 1314 hubiera podido hacerlo un niño: era prácticamente inútil para la navegación. El del contemporáneo de Ucello, Andrea Banco, 1436, fue concebido según líneas racionales y representaba un progreso en cuanto a concepción así como en precisión práctica. Al trazar las líneas invisibles la de la latitud y longitud, los cartógrafos allanaron el camino de los exploradores ulteriores, como Colón: igual que con el método científico ulterior, el sistema abstracto proporcionó esperanzas racionales, si bien sobre una base de conocimiento impreciso. Ya no era necesario que el navegante siguiese el litoral: podía arrojarse hacia lo desconocido, poner rumbo hacia un punto arbitrario y regresar aproximadamente al lugar de partida. El Cielo y el Edén estaban ambos fuera del nuevo espacio, y aunque se mantenían aún como los temas ostensibles de la pintura, los temas reales eran el Tiempo y el Espacio y la Naturaleza y el Hombre.
Luego, sobre la base establecida por el pintor y el cartógrafo, surgió un interés por el espacio como tal, por el movimiento como tal y por la locomoción como tal. Detrás de este interés había naturalmente alteraciones más concretas: las carreteras se habían hecho más seguras, los barcos se construían más sólidamente, y, sobre todo, nuevos inventos -la brújula, el astrolabio, el timón- habían hecho posible anotar un mapa y mantener un rumbo más seguro en el mar. El oro de las Indias, las fabulosas fuentes de juventud y las afortunadas islas de delicias sensuales sin fin indudablemente también aparecían tentadores: pero la presencia de estas metas tangibles no restan importancia a los nuevos esquemas. Las categorías de tiempo y espacio, antes prácticamente disociadas, habían quedado unidas: y las abstracciones del tiempo medido y espacio medido minaban las antiguas concepciones de infinito y de eternidad, ya que la medición debe empezar con un arbitrario aquí y ahora incluso si el espacio y el tiempo están vacíos. El deseo de emplear el espacio y el tiempo se había desembarazado de obstáculos: y una vez coordinados con el movimiento, podían ser contraídos o dilatados: la conquista del tiempo y del espacio había empezado. (Es interesante observar, sin embargo, que el concepto exacto de aceleración, que forma parte de nuestra experiencia mecánica diaria, no fue formulado hasta el siglo XVII).
Los signos de esta conquista son muchos: aparecieron en rápida sucesión. En las artes militares la ballesta y la catapulta renacieron y se extendieron, y pisándoles los talones vinieron armas más poderosas para anular la distancia: el cañón y más adelante el mosquete. Leonardo concibió un aparato volador y lo construyó. Se estudiaron fantásticos proyectos para volar. En 1420 Fontana describió un velocípedo. En 1589 Gilles de Bom de Amberes construyó al parecer un carro movido por la fuerza humana: preludios inquietos de los inmensos esfuerzos e iniciativas del siglo XIX. Igual que con muchos elementos de nuestra cultura, el impulso original fue dado a este movimiento por los árabes. Ya en 880 Abûl-Qâsim había intentado volar, y en 1065 Olivier de Malmesbury se mató tratando de planear desde una altura. Pero a partir del siglo XV el deseo de conquistar el aire se convierte en una constante preocupación de las mentes inventoras, y está lo suficientemente metido en la opinión popular como para que un relato de un vuelo desde Portugal a Viena pudiera servir de noticia engañosa en 1709.
La nueva actitud hacia el tiempo y el espacio infectó el taller y la oficina, el ejército y la ciudad. El ritmo se hizo más rápido: las magnitudes, mayores. Mentalmente, la cultura moderna se lanzó al espacio y se entregó al movimiento. Lo que Max Weber llamó el “romanticismo de los números” surgió naturalmente de este interés. En la medición del tiempo, en el comercio, en la lucha, los hombres contaron números, y finalmente, al extenderse la costumbre, sólo los números contaron.
4. La influencia del capitalismo
El romanticismo de los números presentó aún otro aspecto, importante para el desarrollo de los hábitos científicos del pensamiento. Este fue el nacimiento del capitalismo y el cambio de una economía de trueque, facilitada por pequeñas reservas de variadas monedas locales, a una economía de dinero con una estructura de crédito internacional y una referencia constante a los símbolos abstractos de la riqueza: oro, cheques, letras de cambio, y eventualmente sólo números.
Desde el punto de vista de la técnica, esta estructura tiene sus orígenes en las ciudades del norte de Italia, particularmente Florencia y Venecia, en el siglo XIV; doscientos años más tarde hubo en Amberes una bolsa internacional dedicada a ayudar a la especulación en transportes desde puertos extranjeros y en dinero. Hacia la mitad del siglo XVI la contabilidad por partida doble, las letras de cambio, y la especulación en ”futuros” estaban ya desarrollados esencialmente en su forma moderna. Aunque los procedimientos de la ciencia no se refinaron ni codificaron hasta después de Galileo y Newton, la financiación había surgido con su atuendo actual en el inicio mismo de la edad de la máquina. Jacobo Fugger y J. Pierpont Morgan hubieran podido entender sus métodos, sus puntos de vista y su temperamento respectivos mucho mejor que Paracelso y Einstein.
El desarrollo del capitalismo trajo los nuevos hábitos de abstracción y cálculo a las vidas de los hombres de las ciudades. Sólo la gente del campo, que aún vivía sobre una base local más primitiva, se hallaban en parte inmunes. El capitalismo llevó a la gente de lo tangible a lo intangible: su símbolo, según observa Sombart, es el libro de contabilidad: “su valor vital reside en su cuenta de pérdidas y ganancias”. La “economía de la adquisición” que hasta entonces había sido practicada por extrañas y fabulosas criaturas como Midas y Creso, llegó a ser nuevamente el estilo diario. Tendió a sustituir la “economía de las necesidades” directas y a reemplazar los valores vitales por valores dinerarios. El sistema entero del negocio tomó cada vez más una forma abstracta; se ocupaba de “no-productos”, de futuros imaginarios, de ganancias hipotéticas.
Karl Marx resumió muy bien este nuevo proceso de transmutación: “como el dinero no revela lo que ha sido transformado en él, todo, sea una mercancía o no, es convertible en oro. Todo se hace susceptible de compraventa. La circulación es la gran retorta social en la que todo se echa y de la que todo se recupera como moneda cristalizada. Ni siquiera los huesos de los santos son capaces de resistir esta alquimia, y menos aún puede resistir las cosas más delicadas, cosas sacrosantas que se encuentran fuera del tráfico comercial de los hombres. Lo mismo que todas las diferencias cualitativas entre las mercancías se borran en el dinero, así el dinero, nivelador radical, borra todas las distinciones. Pero el mismo dinero es una mercancía, un objeto externo, capaz de convertirse en propiedad particular de un individuo. Así el poder social se convierte en poder particular en manos de una persona particular”. Este último hecho era especialmente importante en lo que se refiere a la vida y al pensamiento: la busca del poder por medio de abstracciones. Una abstracción reforzaba la otra. El tiempo era dinero: el dinero era poder: el poder exigía el fomento del comercio y de la producción, la producción iba desviada de los canales de uso directo a aquellos de comercio lejano, hacia la adquisición de mayores beneficios, con un margen más amplio para nuevas inversiones de capital para guerras, conquistas en el extranjero, minas, empresas productivas ... más dinero y más poder. Entre todas las formas de riqueza sólo el dinero no tiene límites que se le puedan fijar. El príncipe que pudiera construir cinco palacios vacilaría en construir cinco mil. ¿Pero qué es lo que le impediría intentar, mediante la conquista y los impuestos, el multiplicar por miles la riqueza de su tesoro? En una economía de dinero, el acelerar el proceso de la producción era aumentar el movimiento: más dinero. Y como la importancia concedida al dinero procedía en parte de la creciente movilidad de la última sociedad medieval, con su comercio internacional, asimismo la resultante economía de dinero favoreció más comercio: riqueza agraria, riqueza humanizada, casas, pinturas, esculturas, libros, incluso el oro mismo eran difíciles de transportar, mientras que el dinero podía ser transportado después de pronunciar el abracadabra apropiado mediante una simple operación algebraica en un lado u otro del libro mayor.
Con el tiempo, los hombres se encontraron más a gusto con las abstracciones que con las mercancías que representaban. Las operaciones típicas de finanza fueron la adquisición o el intercambio de magnitudes. “Incluso los sueños del soñador pecuniario -como observó Veblen- toman forma como un cálculo de pérdidas y ganancias computadas en unidades estándar de una magnitud impersonal”. Los hombres se hicieron poderosos hasta el punto que descuidaron el mundo real del trigo y de la lana, de los alimentos y de los vestidos, y centraron su atención en su representación puramente cuantitativa en signos y símbolos. La contribución del capitalismo al cuadro del mundo mecánico consistió en pensar en términos simplemente de peso y número, el hacer de la cantidad no sólo una indicación de valor sino el criterio del valor. De esta manera las abstracciones del capitalismo precedieron las abstracciones de la ciencia moderna y reforzaron en todos los puntos sus lecciones típicas y sus típicos métodos de proceder. La clarificación y la conveniencia, particularmente para el comercio a larga distancia en el espacio y en el tiempo fueron grandes: pero el precio social pagado por estas economías fue elevado. Son ilustrativas las palabras de Mark Kepler, publicadas en 1595: “Lo mismo que el oído está hecho para percibir el sonido y el ojo para percibir el color, así la mente del hombre ha sido formada para comprender, no todas las clases de cosas, sino las cantidades. Percibe más claramente cualquier cosa determinada en la medida en que dicha cosa está más cerca de las puras cantidades como de sus orígenes, pero cuanto más se aleja una cosa de las cantidades, más oscuridad y error se encierran en ella”.
¿Fue una casualidad que los fundadores y patrocinadores de la Royal Society - en verdad algunos de los primeros experimentadores en ciencias físicas- fueran los mercaderes de la City? El rey Carlos II podía reírse sin freno al oír que aquellos caballeros habían pasado el tiempo pesando el aire; pero sus instintos estaban justificados y sus procedimientos eran correctos: el método mismo pertenecía a su tradición y en ello iba dinero. El poder que era la ciencia y el poder que era el dinero eran, en fin de cuentas, la misma clase de poder: el poder de abstracción, de medida, de cuantificación. Pero no fue solo por la promoción de hábitos abstractos, de pensamientos, intereses pragmáticos y estimaciones cuantitativas por lo que el capitalismo preparó el camino de las técnicas modernas. Desde el principio las máquinas y la producción fabril, como los grandes cañones y los armamentos, hicieron demandas directas de capital muy por encima de los pequeños anticipos necesarios para proporcionar herramientas al artesano de viejo estilo o para dejarlo vivir. La libertad para hacer funcionar talleres y fábricas independientes, para utilizar máquinas y aprovecharlas, correspondió a aquellos que disponían de capital. Mientras las familias feudales, con su dominio sobre la tierra, a menudo disponían de un monopolio sobre recursos naturales tales como los que en ellos se encuentran, y con frecuencia se interesaban por la fabricación del vidrio, o la minería, o la fundición de hierro hasta los tiempos más modernos, los nuevos inventos mecánicos se prestaron para su explotación por las clases mercantiles. El incentivo de la mecanización reside en los mayores beneficios que podían sacarse mediante la potencia y la eficiencia de la máquina.
Así, aunque el capitalismo y la técnica deben distinguirse claramente en cada etapa, una condicionaba la otra y repercutía sobre ella. El mercader acumulaba capital ampliando la escala de sus operaciones, acelerando sus ingresos y descubriendo nuevos territorios para la explotación. El inventor seguía un proceso paralelo explotando nuevos métodos de producción e ideando cosas nuevas para producirlas. Algunas veces el comercio apareció como un rival de la máquina por ofrecer mayores oportunidades de beneficio; otras restringió ulteriores desarrollos con el fin de aumentar el provecho de un monopolio en particular: ambos motivos aún actúan en la sociedad capitalista. Desde el principio hubo disparidades y conflictos entre estas dos formas de explotación; pero el comercio era el socio más antiguo y ejercía mayor autoridad. Fue el comercio el que aportó nuevos materiales de las Indias y de las Américas, nuevos alimentos, nuevos cereales, tabaco, pieles, fue el comercio el que encontró un mercado nuevo para todas las cosas más o menos inútiles que echó fuera la producción en masa del siglo XVIII; fue el comercio -ayudado por la guerra- el que desarrolló las empresas en gran escala y la capacidad administrativa y el método que hizo posible crear el sistema industrial como un todo uniendo sus diferentes partes.
Es extremadamente dudoso que las máquinas se hubieran inventado tan rápidamente y hubieran penetrado con tanta fuerza sin el incentivo adicional de beneficio: pues todas las ocupaciones artesanas más especializadas se encontraban profundamente atrincheradas, y la introducción de la imprenta, por ejemplo, se retrasó hasta veinte años en París debido a la dura oposición del gremio de los amanuenses y copistas. Pero mientras la técnica indudablemente tiene una gran deuda con el capitalismo, igual que la tiene con la guerra, fue sin embargo una desgracia que la máquina se viera condicionada, desde el inicio, por aquellas instituciones extrañas y adoptara características que nada tenían que ver esencialmente con los procedimientos técnicos o las formas de trabajo. El capitalismo utilizó la máquina no para fomentar el bienestar social, sino para incrementar el beneficio particular: los instrumentos mecánicos se utilizaron para la elevación de las clases dominantes. Fue a causa del capi-talismo por lo que las industrias artesanas tanto en Europa como en otras partes del mundo fueron destruidas sin consideración por los productos de las máquinas, aún cuando estos últimos fuesen inferiores a los que sustituían: pues el prestigio del perfeccionamiento y del éxito y del poder estaban con la máquina, incluso cuando no perfeccionaba nada, incluso cuando técnicamente hablando constituía un fracaso. En virtud de las posibilidades de beneficio, el lugar de la máquina fue sobreestimado y el grado de regimentación se llevó más allá de lo necesario para la armonía o la eficiencia. A ciertos rasgos del capitalismo privado se debió que la máquina -que era un agente neutral- haya parecido con frecuencia, y de hecho haya sido a veces, un elemento maligno en la sociedad, despreocupada por la vida humana, indiferente a los intereses humanos. La máquina ha sufrido por los pecados del capitalismo; por el contrario, el capitalismo se ha aprovechado a menudo de las virtudes de la máquina.
Al apoyar la máquina, el capitalismo aceleró su andadura y proporcionó un incentivo especial a la preocupación por los perfeccionamientos mecánicos. Aunque frecuentemente no llegó a pagar al inventor, consiguió con halagos y promesas estimularle para proseguir en su esfuerzo. En muchos sectores el paso fue acelerado con exageración y el estímulo fue aplicado en demasía. Realmente, la necesidad de fomentar continuos cambios y perfeccionamientos, que ha sido la característica del capitalismo introdujo un elemento de inestabilidad en la técnica e impidió a la sociedad el asimilar sus perfeccionamientos técnicos e integrarlos en una estructura social adecuada. Al mismo tiempo que se ha desarrollado y extendido el capitalismo mismo, estos vicios han crecido de hecho desmesuradamente, y los peligros para la sociedad en conjunto han crecido asimismo proporcionalmente. Basta observar aquí la estrecha asociación histórica de la técnica moderna y del moderno capitalismo, y señalar que, a pesar de su desarrollo histórico, no existe una conexión necesaria entre ambos. El capitalismo ha existido en otras civilizaciones, que se encontraban en un desarrollo técnico relativamente bajo, y la técnica mejoró continuamente desde el siglo diez hasta el quince sin incentivo especial del capitalismo. Pero el estilo de la máquina se ha visto hasta el momento actual poderosamente influido por el capitalismo. La importancia concedida a lo grande, por ejemplo, es un rasgo comercial, apareció en los edificios de los gremios y en las casas de los mecaderes mucho antes de que se evidenciara en la técnica, con su escala de operaciones originalmente modesta.
5. De la fábula al hecho
Mientras tanto, con la transformación de los conceptos de tiempo y espacio se produjo un cambio en la dirección del interés desde el mundo celestial al natural. Alrededor del siglo doce comenzó a disiparse el mundo sobrenatural, en el que la mente europea había estado envuelta como en una nube a partir del ocaso de las escuelas de pensamiento del período clásico: la hermosa cultura de la Provenza cuya lengua Dante mismo había quizás pensado emplear en su Divina Comedia, fue el primer brote del nuevo orden: un brote destinado a ser salvajemente malogrado por la cruzada de los albigenses.
Cada cultura vive con su sueño. El de la cristiandad fue uno en el que un fabuloso mundo celestial, lleno de dioses, santos, diablos, demonios, ángeles, arcángeles, querubines y serafines, dominios y potencias, lanzó sus formas e imágenes fantásticamente engrandecidas sobre la vida real del hombre mortal. Este sueño impregna la vida de una cultura como las fantasías de la noche dominan la mente del que duerme: es realidad -mientras dura el sueño. Pero, como el que duerme, una cultura vive dentro de un mundo objetivo que continúa a través de su sueño o de su despertar, y a veces irrumpe en el sueño, como un ruido, para modificarlo o para que sea imposible que el sueño prosiga.
Por un lento proceso natural, el mundo de la naturaleza irrumpió en el sueño medieval de infierno, paraíso y eternidad: en la fresca escultura naturalista de las iglesias del siglo XIII puede uno sorprender el primer torpe despertar del que dormía, al darle en los ojos la luz de la mañana. Primeramente el interés del artífice por la naturaleza era confuso: al lado mismo de las tallas finas de las hojas del roble o de las ramas del espino, fielmente copiadas, delicadamente dispuestas, el escultor aún creaba monstruos, gárgolas, quimeras, bestias legendarias . Pero el interés por la naturaleza se amplió sin interrupción y se hizo un bien de consumo. El ingenuo sentimiento del artista del siglo XIII se convirtió en la exploración sistemática de los fisiólogos y los botánicos del siglo XIV.
“En la Edad Media -como dijo Emile Male- la idea de una cosa forjada por alguien para sí mismo siempre fue más real que la cosa real misma, y vemos por qué aquellos siglos místicos no tenían el concepto de lo que los hombres llaman ahora ciencia. El estudio de las cosas por sí mismas no tenía significado para el pensador ... La labor del estudioso de la naturaleza era descubrir la verdad eterna que Dios quería que cada cosa expresara”. Al escapar a esta actitud, el vulgo tenía la ventaja respecto del ilustrado: sus mentes eran menos capaces de forjar sus propias ataduras. Un interés de sentido común racional por la naturaleza no era un producto del nuevo saber clásico del Renacimiento; debe decirse, más bien, que unos cuantos siglos después de florecer entre los campesinos y los albañiles, se abrió paso por otro camino hacia la corte, el estudio y la universidad. El cuaderno de notas de Villard de Honnecourt, el valioso legado de un gran maestro albañil, tiene dibujos de un oso, de un cisne, de una langosta, de una mosca, de una libélula, de un bogavante, de un león, de un par de loros, todo ello del natural directamente. El libro de la naturaleza reaparecía, como en un palimpsesto, a través del libro celestial del mundo.
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