León Trotsky y su lugar en la historia del Siglo XX. By David North



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León Trotsky y su lugar en la historia del Siglo XX. By David North

8 agosto 2001

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A continuación sigue el texto de una charla de David North presentada el 21 de enero, 2001, ante una escuela internacional organizada por el Partido Socialista por la Igualdad de Australia en Sydne­y. David North es presidente de la junta editorial del WSWS y secretario nacional del Partido Socialista por la Igualdad de Los Estados Unidos.

Introducción: El Comité Internacional de la Cuarta Internacional, 1991‑2001


Me gustaría comenzar citándoles parte de un artículo que León Trotsky escribió en 1923:
“Los revolucionarios de nuestra época, quienes sólo pueden vincularse a la clase obrera, tienen sus propias características psicológicas especiales y cualidades intelectuales Si es necesario y posible, destrozarán a la fuerza todo impedimento histórico. Si ésto no es posible, tratan de encaminarse por otro lugar. Si este desvío es imposible, los revolucionarios paciente y persistentemente siguen escarbando y buscando atajos . Son revolucionarios porque no le temen a la destrucción de los obstáculos o usar su poder implacable. Conocen el valor histórico de estas cosas. Se empeñan constantemente en realizar todo el potencial de sus labores destructivas y creativas, lo cual significa deducir de toda situación histórica lo máximo posible parta avanzar el progreso de la clase revolucionaria.
“Sólo los obstáculos externos—no los internos—limitan las actividades de los revolucionarios. Es decir, éstos tienen que capacitarse a sí mismos para determinar la situación en que se encuentran—la realidad concreta y esencial de todos los aspectos afirmativos y negativos de su práctica—y formular correctamente la hoja de balance político”.
Me parece que esta cita tiene una pertinencia asombrosa si consideramos el período histórico por el que atravesamos durante la última década. El 2001 marca el final de una década que comenzó con la explosión de la Guerra del Golfo Persa en enero, 1991, año que terminara con la disolución de la Unión Soviética. Todos sabemos que estos acontecimientos abrieron para la clase obrera internacional uno de los capítulos más difíciles de su historia. No en el sentido en que los 1930 y 1940 fueron difíciles. Esos fueron años de la crisis capitalista más extrema y explosiva. Pero creo que tenemos razón al decir que, durante las décadas anteriores, la consciencia política de grandes sectores de la clase obrera sufrió un deterioro espeluznante. Esto fue consecuencia histórica de la distorsión política, la falsificación y el oportunismo implacable que, durante las décadas anteriores, caracterizaron la política de las viejas burocracias estalinistas y socialdemócratas, las cuales privaron a la clase obrera de perspectiva y orientación revolucionarias. La clase obrera quedó desprevenida a nivel internacional para lidear con los cambios bruscos en la situación política y con los cambios en la estructura de la economía mundial, los cuales desenmascararon la ruina total de los programas nacionalistas de las antiguas organizaciones que alegaban representar los intereses de la clase obrera.
Durante la última década hubo un deterioro general de las luchas sociales independientes de la clase obrera. Este proceso tuvo su paralelo por todo el mundo: la degeneración y desintegración de las viejas instituciones que sostenían defender y representar una orientación revolucionaria. Es casi imposible identificar un partido político de la izquierda que lograra, durante los últimos diez años, repeler el impacto corrosivo de este deterioro tan universal. Pero hubo una excepción: el Comité Internacional de la Cuarta Internacional.
No puedo negar que las condiciones de la última década no tuvieran, de varias complejas maneras, un gran impacto sobre nuestros cuadros. Nuestro movimiento no puede aislarse completamente de las presiones del ambiente político en el que funciona. Los camaradas que forman este movimiento añadieron diez años a sus vidas y tuvieron que solucionar todo tipo de problema que la acumulación de años le impone a individuos. Tuvimos que cambiar las formas de nuestras actividades cotidianas.
Puesto que no existe un movimiento de masas del cual nuestros partidos podían recibir apoyo y nutrirse, tuvimos que cambiar dramáticamente ciertas características formales de nuestra organización. En muchos casos, camaradas que por años habían trabajado en el campo político a tiempo completo tuvieron que buscar empleos y capacitarse a sí mismos para ganarse la vida en un ambiente económico mucho más difícil que el que había existido durante el apogeo de la prosperidad post Segunda Guerra Mundial. Cuando se llega a cierta edad, los cambios plantean muchos problemas.
Pero no creo que, cuando se escriba la historia de nuestro movimiento, esas experiencias serán las que definan nuestra tendencia durante este período. Lo que en realidad se verá es el hecho incontrovertible siguiente: la década de los 1990 representó un verdadero progreso del nivel político y teórico de nuestro movimiento. Fue durante esta década que el Comité Internacional surgió y se convirtió, de muchas maneras, en el reconocido líder del socialismo internacional.
Si aceptamos la premisa básica que la teoría revolucionaria le da ímpetu a la práctica revolucionaria, la época que acaba de acontecer presenció un genuino florecimiento de la teoría marxista dentro nuestro movimiento internacional; florecimiento que hizo posible la elaboración de una nueva perspectiva que se reflejó en la transformación de ligas en partidos. Basándose en el análisis de los cambios profundos que se han dado en la estructura del capitalismo mundial y en el desarrollo de su tecnología, esta perspectiva llegó a formar la base para la creación de una nueva forma de organización política, la cual se expresó con el lanzamiento de la World Socialist Web Site [Sitio de la Maya Mundial Socialista] en febrero, 1998.
No he visto las últimas cifras, pero la cantidad de lectores que tenemos ha aumentado exponencialmente durante los últimos dos años. Recibimos entre millón y medio y dos millones de visitas al mes, lo cual se traduce a mucho más de 100,000 lectores al mes. Esta cifra representa un aumento extraordinario del público internacional del movimiento trotskista mundial.
Si me permiten dirigirles la atención nuevamente a la cita de Trotsky, me gustaría enfatizar lo siguiente: aun durante lo que aparentemente fueron condiciones objetivas menos favorables, o condiciones objetivas imposibles para los estalinistas y las que organizaciones radicales y oportunistas, nos fue posible deducir el material político necesario para desarrollar el marxismo de manera genuina, y expandir la influencia política del Comité Internacional de la Cuarta Internacional. Si eso nos fue posible bajo condiciones en que crisis profundas estremecían el movimiento de la clase obrera, tenemos toda la razón para confiar en que una acrecencia súbita de la luchas de la clase obrera ha de reflejarse, de manera verdaderamente explosiva, en la expansión de nuestra tendencia política.
Un partido político se pone a prueba durante condiciones de infortunio político. Nuestro movimiento ha demostrado enorme creatividad e ingenuidad al identificar y utilizar las posibilidades inherentes en esta situación objetiva; posibilidades que ninguna otra organización que alega representar a la clase obrera ha detectado. Nos hemos valido de esas condiciones para realizar un adelanto enorme de significado histórico en la labor del movimiento marxista internacional.
¿En qué, a fin de cuentas, se basa este adelanto? Desde el punto de vista de la historia reciente del Comité Internacional, el factor más importante fue la lucha del CICI contra el oportunismo del Workers Revolutionary Party desde 1982 en adelante. Esa lucha fue fundamental en resuscitar los principios fundamentales del trotskismo dentro de nuestra organización.
Eso, claro, nos presenta un factor todavía más profundo. ¿Qué, en realidad, era lo que estábamos haciendo? Estábamos estableciendo, o reestableciendo, aquellos principios que Trotsky iniciara y desarrollara como base para la formación del movimiento revolucionario. Esto, claro, nos conduce al tema principal del informe de hoy: la reconsideración del patrimonio de Trotsky y su lugar en la historia de la Cuarta Internacional.
Sesenta y cinco años desde el asesinato de Trotsky.
Hace más o menos sesenta y cinco años—el 21 de agosto, 1940—murió un hombre que indiscutiblemente siempre ocupará uno de los primeros lugares en la historia de la lucha de la humanidad por su emancipación propia. A medida que los historiadores, en los años y décadas venideros, estudien, analicen e interpreten el Siglo XX, la figura de León Trotsky adquirirá mayor importancia. Ninguna vida reflejó tan profundamente las luchas, aspiraciones y tragedias del siglo pasado como la de Trotsky. Si aceptamos de verídico la asombrosa observación de Thomas Mann que “en nuestros tiempos el destino del hombre se presenta a sí mismo en términos políticos”, entonces se puede decir, sin miedo a exagerar, que, durante los sesenta años que Trotsky vivió, ese destino encontró su más profunda realización. La biografía de León Trotsky expresa, de la manera más fundamental y concentrada, las vicisitudes de la revolución mundial socialista durante la primera mitad del Siglo XX.
Tres años antes de morir, durante cierta conversación con un periodista estadounidense hostil y escéptico, Trotsky explicó que su vida no había sido una serie de episodios confusos y finalmente trágicos, sino que representaba diferentes etapas en la trayectoria histórica del movimiento revolucionario. Su llegada al poder en 1917 fue consecuencia del levantamiento sin precedente de la clase obrera. Por seis años, su poder dependió de las relaciones sociales y políticas que ese levantamiento creara. El deterioro de la fortuna política personal de Trotsky surgió inexorablemente de la disminución de la ola revolucionaria. Trotsky perdió el poder no porque era un político menos capacitado que Stalin, sino porque la fuerza social que formaba la base de su poder—la clase obrera rusa e internacional—se encontraba en retaguardia política. El agotamiento de la clase obrera rusa luego de la guerra civil, el poder político creciente de la burocracia soviética y las derrotas sufridas por la clase obrera europea, sobretodo en Alemania, fueron, a fin de cuentas, los factores decisivos que causaron que Trotsky cayera del poder.
Todas las derrotas subsiguientes de la clase obrera internacional se vincularon al destino personal de Trotsky: la desmoralización política, resultado de la derrota de la Revolución China en 1927, le dio a Stalin el pretexto para expulsar a la Oposición Izquierdista de la Internacional Comunista y exiliar a Trotsky primero a Alma Ata y, no mucho después, fuera de la URSS misma. La victoria de Hitler en 1933—posible por la política irresponsablemente criminal del Partido Comunista Alemán bajo dirección estalinista—le dio ímpetu a una cadena de sucesos que terminó en los Juicios de Moscú, las catástrofes de los Frentes Populares estalinistas y la expulsión final de Trotsky fuera del continente europeo al lejano México.
Fue en Coyoacán, suburbio de la Ciudad de México, donde un agente estalinista asesinó a Trotsky. Su muerte llegó cuando la orgía sangrienta de las contrarrevoluciones fascistas y estalinistas llegaba a su apogeo. Ya para esa época casi todos los camaradas de Trotsky habían sido liquidados en la Unión Soviética. Sus cuatro hijos ya habían muerto. Las dos hijas mayores murieron prematuramente a causa de las privaciones sostenidas durante la persecución de su padre. Los dos hijos, Sergei y Lev, fueron asesinados por el régimen estalinista. Cuando Lev Sedov murió en París en febrero de 1938, era la segunda figura de mayor importancia en la Cuarta Internacional. Otras personas excepcionales en el secretariado de la Cuarta Internacional—Edwin Wolf y Rudolf Klement—fueron asesinados en 1937 y 1938.
Ya para 1940 Trotsky sabía que su asesinato era inevitable. Esto no significa que se había resignado de alguna manera pesimista a su destino. Hizo todo lo que pudo para evadir y retardar el golpe mortal que preparaban Stalin y sus agentes en el aparato de la policía secreta. Pero él comprendía que la contrarrevolución era lo que formaba la base de las conspiraciones de Stalin. “Yo vivo”, escribió, “no de acuerdo a las regla, sino como excepción a ella”. Predijo que Stalin se valdría del estallido de la guerra en Europa Occidental durante la primavera de 1940 para dar su golpe. Trotsky tuvo la razón.
El primer atentado criminal de importancia tomó lugar durante la noche del 24 de mayo, 1940, mientras el mundo se concentraba en la desastrosa derrota del ejército francés a manos de Hitler. El segundo y exitoso atentado ocurrió durante la Batalla de Inglaterra a finales del verano del mismo año.
¿Por qué era Trotsky, exilado y aislado, tan temido? ¿Por qué fue necesaria su muerte? El mismo Trotsky ofreció una explicación política. En el otoño de 1939, varias semanas después de firmarse el Pacto Stalin‑hitler (el cual, a propósito, había predicho) y el estallido de la Segunda Guerra Mundial, Trotsky se refirió a una conversación, publicada en un periódico de París, entre Hitler y el embajador francés Coulondre. Mientras Hitler se vanagloriaba de que el pacto con Stalin le daba mano libre para derrotar a los enemigos de Alemania en el occidente, Coulondre lo interrumpió con una advertencia: “El verdadero vencedor (en caso de guerra) será Trotsky. ¿Ha pensado bien esto?” Hitler expresó acuerdo con el análisis del embajador francés, pero culpó a sus adversarios de haberle obligado a revelar sus planes prematuramente. Citando este asombroso informe, Trotsky escribió: “A estos caballeros les gusta dar nombres personales al espectro de la revolución...Los dos—Coulondre y Hitler—representan el barbarismo que avanza sobre Europa. Al mismo tiempo, ninguno de los dos duda que la revolución socialista conquistará ese barbarismo”.
Si los imperialistas fascistas y democráticos le tenían miedo a Trotsky, la burocracia soviética le temía mucho más. Stalin no había olvidado que las derrotas sufridas por los ejércitos rusos durante la Primera Guerra Mundial habían desacreditado al régimen y puesto a las masas en marcha. Y si la guerra estallase de nuevo, ¿no existía el mismo peligro, a pesar del pacto con Hitler? Trotsky, siempre que permaneciera vivo, representaba la alternativa revolucionaria a la dictadura burócráta, la encarnación humana del programa, los ideales y el espíritu de Octubre de 1917. Por eso no se le podía permitir vivir.
Pero aun en muerte, el temor a Trotsky no disminuyó. Es difícil pensar en otra figura que, no sólo mientras estuviera vivo sino también décadas después de morir, haya mantenido la capacidad para asustar a los poderes en existencia. El patrimonio histórico de Trotsky resiste toda asimilación y apropiación. A los diez años de la muerte de Marx, los teóricos de la socialdemocracia alemana habían encontrado varias maneras de lograr que sus obras fueran aceptables a una perspectiva social reformista. El destino de Lenín fue todavía mucho peor: sus restos fueron embalsamados y su patrimonio teórico falsificado. Con la bendición de la burocracia, fue convertido en una religión estatal. Pero esto no pudo ser posible con Trotsky. Sus obras y acciones fueron demasiado concretas en sus implicaciones revolucionarias. Además, los problemas políticos que Trotsky analizó, las relaciones socio políticas que definió y hasta los partidos que tan precisa, apta y mordazmente criticó persistieron durante el resto del siglo.
En 1991, la Universidad de Duke publicó un estudio de 1,000 páginas sobre el movimiento internacional trotskista. El autor, Robert J. Alexander, considerado por los círculos académicos como especialista en esta materia, es fervorosamente anti marxista.
En su introducción, Alexander hace la siguiente observación asombrosa: “Para finales de los 1980, los trotskistas nunca habían llegado al poder en ningún país. Aunque el trotskismo internacional no goza del respaldo de un régimen bien establecido—como fue con los herederos del estalinismo—la persistencia del movimiento en una amplia variedad de naciones, junto con la inestabilidad de la vida política de la mayoría de los países del mundo, significa que no podemos descartar la posibilidad que un partido trotskista, en un futuro no muy lejano, pueda llegar al poder”.[1]
El “régimen bien establecido” desapareció no mucho después que se publicara el libro del Sr.Alexander. La burocracia soviética nunca rehabilitó a León Trotsky. La historia, como se ha notado con frecuencia, tiene un sentido irónico sin par. Durante décadas los estalinistas alegaban que Trotsky había tratado de destruir a la Unión Soviética; que había formado conspiraciones con los imperialistas para desmembrar a la URSS. Por eso el régimen soviético lo había sentenciado a pena de muerte en ausencia. Pero, a fin de cuentas, fue la burocracia misma, tal como Trotsky había advertido con tanta anticipación, que desmembró y liquidó a la URSS. Y en ningún momento lo hizo sin repudiar, abierta y honestamente, los cargos con los cuales Trotsky y su hijo habían sido imputados. Fue mucho más fácil para Gorbachev y Yeltsin firmar el decreto de muerte de la URSS que reconocer la falsedad absoluta de todas las acusaciones contra Trotsky.
Sin menospreciar de ninguna manera los cambios económicos y sociales tan enormes que han ocurrido durante los últimos 60 años, no existe mucha distancia entre nosotros y los problemas, las cuestiones y los temas que Trotsky trató. Aún después del colapso de la Unión Soviética, las obras de Trotsky han mantenido, a nivel extraordinario, su carácter contemporáneo. Para comprender la política del Siglo XX y, nada menos importante, para uno poder orientarse políticamente dentro del complejo mundo al que nos enfrentamos durante la primera década del Siglo XXI, es imprescindible estudiar las obras de Trotsky.
Si medimos la grandeza de una figura política por el alcance y pertinencia perdurable de su patrimonio, entonces Trotsky debe ir a la delantera de los líderes del Siglo XX. Consideremos por un momento las figuras políticas que dominaban el mundo en 1940. Es difícil mencionar los nombres de los dirigentes totalitarios de la época—Hitler, Mussolini, Stalin, Franco—sin decir obscenidades. Lo único que legaron fue la memoria de sus crímenes abominables. Y en cuanto a los “grandes” líderes de las democracias imperialistas—Roosevelt y Churchill—nadie puede negar que eran personalidades impresionantes con grandes talentos dentro de los límites de la política parlamentaria. Churchill, más brillante que el presidente estadounidense, era orador de talento y como escritor tenía cierta capacidad. Pero, ¿podemos en realidad hablar del patrimonio del uno o el otro? ¿Puede alguien sugerir en serio que en los discursos y libros de Churchill y Roosevelt (este último, por cierto, no escribió ningún libro) se pueden encontrar análisis y revelaciones que contribuyan a un comprendimiento de los problemas políticos a los que nos enfrentamos a comienzos del Siglo XXI?
Aun en sus días de gloria, Trotsky se elevaba como una una torre sobre sus contemporáneos. La influencia de todos los que he mencionado estaba directamente vinculada al—y dependía del—control que ejercían sobre los instrumentos del poder estatal. Si hubieran estado desligados de ese poder, casi no habrían merecido la atención del mundo. Separado del Kremlin y su máquina de terror, Stalin no hubiera sido más de lo que fue anterior a Octubre de 1917: “una mancha gris”.
Trotsky fue privado de todo poder oficial en 1927. No obstante, nunca quedó indefenso. Le gustaba citar esa oración famosa del Dr. Stockman, personaje en la obra teatral de Ibsen, Enemigo del pueblo: “El hombre más poderoso del mundo es el que lucha solo”. Esta perspicacia del gran dramaturgo noruego adquirió forma en la vida del más grande de los revolucionarios rusos. Trotsky mostró, de la manera más inspirante y eterna, el poder de las ideas y los ideales que corresponden a—y expresan claramente—los esfuerzos progresistas de la humanidad y que, por ende, llevan consigo la fuerza de la necesidad histórica.

Trotsky el escritor


Cuando hablamos de la vida de Trotsky, es difícil resistir la tentación de consagrarle todo el escaso tiempo que uno tiene a citar sus obras. Cierto que por lo menos lograríamos el éxito de brindarle al público una experiencia estética excepcional. Si podemos dejar a un lado por unos momentos nuestras simpatías políticas, a cualquier lector capaz de promulgar opiniones objetivas le sería difícil negar que Trotsky se encuentra entre los escritores más grandes del Siglo XX. Han pasado más o menos 30 años desde que leí un libro de Trotsky por primera vez: la monumental Historia de la Revolución Rusa, obra monumental. Estoy seguro que no soy la única persona que todavía recuerda el impacto emocional e intelectual de su primer encuentro con la prosa asombrosa de Trotsky. Cuando lo leí en traducción, me puse a pensar sobre la estatura como escritor que le acordarían los que podían leer su obra en el ruso original. Inesperadamente se me presentó una oportunidad para satisfacer mi curiosidad. Asistí a una charla de un perito de la literatura rusa que había huido de su tierra natal después de la Revolución de Octubre. Este no era un hombre de quien se podía espera la menor simpatía por Trotsky. Cuando concluyó su presentación, que había consistido de una visión panorámica de la literatura rusa del Siglo XX, le pedí su opinión de Trotsky el escritor. Recuerdo intensamente no sólo su respuesta, sino también el acento espeso con que la pronunció: “Trotsky”, dijo, “es el maestro más grande de la prosa rusa desde Tolstoy”. Muchos años después, su opinión encontró eco en la observación de un estudiante que conocí durante mi primera visita a la Unión Soviética en 1989: Confesó que leer a Trotsky había sido para él una experiencia difícil. ¿Pero por qué? “Porque cuando leo a Trotsky”, explicó, “me veo forzado a estar de acuerdo con él...¡Y no quiero hacerlo!”
La variedad de temas sobre los cuales Trotsky escribió—acerca del arte, la literatura y la cultura, los adelantos científicos, los problemas de la vida cotidiana y, claro, la política—casi nos deja boquiabiertos. Nosotros, los mortales menores, obligados a aceptar nuestros muy, muy modestos talentos, nos tambaleamos cuando tomamos en cuenta la inmensidad de la obra literaria de Trotsky. Nos preguntamos: ¿cómo le fue posible antes de la época de los procesadores de palabras y los programas de computadoras [ordenadoras] para corregir la ortografía? Quizás parte de la respuesta se encuentra en la asombrosa agilidad que Trotsky tenía para pronunciar discursos improvisadamente de manera casi tan hermosa y persuasiva que cuando escribía. Según los informes, sus dictados eran mejores que los borradores pulidos de los mejores escritores.
Figura mayor de la literatura del Siglo XX, Trotsky le debía bastante a los grandes maestros rusos del Siglo XIX, en particular a Turgenev, Tolstoy, Herzen y Belinsky. La misma persona que escribía proclamaciones en prosa de índole marcial inflexible y órdenes de batalla que conmovían a millones, también escribía prosa de belleza memorable. Tenemos el ejemplo cuando recordaba cierto momento durante su escape del exilio en la Siberia.
“El trineo se deslizaba suave y sigilosamente, como un barco sobre la superficie cristalina de un lago. En la oscuridad que se plegaba, la foresta parecía todavía más enorme que antes. Yo no podía ver la carretera y casi ni sentía el movimiento del trineo. Parecía que los árboles estuvieran hechizados y se dirigían corriendo hacia nosotros. Arbustos desaparecían. Viejos troncos cubiertos de nieve se esfumaban; todo parecía lleno de misterio. El único sonido era el chu‑chu‑chu‑chu rápido y regular de la respiración de los ciervos. Miles de sonidos, olvidados hace ya tiempo, llenaban mi cerebro en medio del silencio. De repente escuché un silbido agudo que provenía de lo más negro de la foresta. Parecía misterioso e infinitamente remoto, pero era sólo nuestro Ostyak dándole órdenes a su ciervo. Entró de nuevo el silencio. Más silbidos lejanos. Más árboles que silenciosamente aparecían de la oscuridad para otra vez perderse en ella” [ 1905 (New York: Vintage, 1971), pp. 459‑60].
No importaba que tema fuera, lo esencial e implícito de los escritos de Trotsky siempre era la revolución...una revolución que se expresa orgánicamente en todos los aspectos de la vida. A Trotsky le agradaba señalarle a sus lectores las formas inesperadas que la revolución tomaba. Al describir el juicio de los diputados del sóviet [consejo obrero gubernamental] luego de la revolución de 1905, Trotsky saborea el contraste entre la atmósfera oficial, severa y amenazante, del edificio del tribunal—lleno de “gendarmes con sus sables al descubierto‑ y la “cantidad infinita de flores” que los admiradores y partidarios de los acusados revolucionarios habían llevado a la sala de juicio:
“Había flores en los ojales de las solapas, flores en las manos y sobre las piernas, y flores que simplemente llenaban los bancos para sentarse. El presidente del tribunal no se atrevía a quitar del medio a estas fragrantes intrusas. Al final, hasta los gendarmes oficiales y funcionarios del tribunal, totalmente ‘desmoralizados’ por el ambiente dominante, le daban flores a los acusados” [ ibid., p. 356].
Creo que fue un escritor no menos que George Bernard Shaw el que una vez observó que cuando Trotsky usaba la pluma para cortarle la cabeza a un oponente, no podía resistir la oportunidad de levantarla y mostrarle a todos que no tenía sesos. Pero el poder de la polémica de Trotsky estaba en la manera brillante como desenmascaraba la contradicción entre los fines subjetivos de este o aquel político y la evolución objetiva de las contradicciones sociales de la época revolucionaria. Usando el despliegue indispensable del proceso histórico como vara de medir, la crítica mordaz de Trotsky no era cruel. Simplemente tenía la razón. Del dirigente principal del Gobierno Provisional burgués en 1917 escribió:
“Kerensky no era revolucionario; tan sólo le daba vueltas a la revolución...Como teórico no tenía ninguna preparación. Carecía de toda educación y calaña política. No tenía capacidad para pensar. En lugar de estas cualidades poseía una susceptibilidad ligera, un temperamento explosivo y ese tipo de elocuencia que no afecta a la mente o la voluntad, sino a los nervios [ Historia de la Revolución Rusa, (London: Pluto Press), p. 201].
Y del dirigente del Partido Social Revolucionario, Victor Chernov: “Hombre bien leído pero no bien preparado, de bastante conocimiento no integrado, Chernov siempre tenía a su disposición un sin número de citas que por mucho tiempo afectaron la imaginación de la juventud sin enseñarles mucho. Había sólo una pregunta que este locuaz dirigente no podía contestar: ¿A quién dirigía y hacia dónde? Las fórmulas eclécticas de Chernov, ornamentadas con moralejas y versos, por cierto tiempo unificaron a un público bien variado que en todo momento crítico jalaba en diferentes direcciones. No es de extrañarse, pues, que Chernov, satisfecho de sí mismo, contraponía sus métodos de crear un partido al ‘sectarismo’ de Lenín” [ Ibid., p. 247].
Y por último, del ex formidable teórico de la Socialdemocracia alemana: “Kautsky tiene un claro y solitario sendero hacia la salvación: la democracia. Lo único necesario es que todo el mundo lo reconozca y que se vincule a él. Los socialistas de derecha tienen que renunciar a la matanza sanguinaria con que han estado cumpliendo la voluntad de la burguesía. La burguesía misma debe abandonar la idea de utilizar sus Noskes y Lugarteniente Vogels para defender sus privilegios hasta el último suspiro. Por último, el proletariado tiene que renunciar una vez por todas la idea de derrocar a la burguesía por medios extra constitucionales. Si esta lista de condiciones se respeta, la revolución social se disolverá en la democracia sin ningún sufrimiento. Para lograr el éxito, lo creemos suficiente que nuestra tormentosa historia se cubra la cabeza con una gorra para dormir y aprenda un poco de la sabiduría que Kautsky tiene en su caja de rapé” [ Terrorismo y comunismo, (Ann Arbor: University of Michigan Press, 1969) p. 28].
Uno podría pasarse el día entero sin ninguna dificultad citando trozos que expresan el genio literario de Trotsky. Pero su genio no era simplemente, o principalmente, asunto de estilo. Existe un elemento, mucho más profundo, que convierte a la obra literaria total de Trotsky en uno de los éxitos intelectuales mayores del Siglo XX. Hasta el punto en que la historia encuentra su expresión consciente a medida que se despliega, ese proceso se manifiesta en las obras de León Trotsky. Por lo general, no existe nada más efímero que el comentario político. La vida media de las columnas periodísticas mejor escritas por lo regular no duran más que lo toma beber una tasa de café. Éstas van directamente de la mesa de desayuno al basurero.
Pero este no es el caso con las obras de Trotsky. Y no me refiero a sus obras principales, ni a los comentarios que escribió para los diarios. Las obras de Trotsky—y hay que añadir sus discursos—a veces parece que representan el primer experimento de la historia para explicar, lo mejor que se pueda, lo que está haciendo o tratando de lograr. El objetivo fundamental de las obras políticas principales de Trotsky—ubicar los acontecimientos más recientes de la trayectoria mundial histórica de la revolución socialista—se reflejaba en los títulos que escogía para sus obras: ¿Por cuál etapa atravesamos hoy?; ¿Hacia dónde se dirige Inglaterra?; ¿Adónde va Francia?; ¿Hacia el capitalismo o al socialismo?. Lunacharsky una vez dijo que Trotsky siempre estaba consciente de su lugar en la historia. Esta era su punto fuerte, la fuente de su resistencia política contra el oportunismo y todas las presiones. Trotsky concebía al marxismo como “ciencia de la perspectiva”.
Aquí tenemos que aclarar un punto en cuanto a esto se refiere: una de las consecuencias de la destrucción de los cuadros revolucionarios a manos del estalinismo y de la subsiguiente erosión del marxismo como arma teórica de la lucha emancipadora de la clase obrera ha sido aplaudir como grandes marxistas a todo tipo de gente sin ningún vínculo a esta lucha: economistas marxistas, filósofos marxistas, estéticos marxistas, etc. No obstante, cuando éstos trataron de aplicar su presunto dominio de la dialéctica al análisis político de los sucesos por los cuales atravesaban, probaron ser unos incompetentes. Trotsky fue el último gran representante de cierta escuela de pensamiento marxista—llamémosla la escuela clásica—cuyo dominio de la dialéctica se reveló ante todo en su capacidad para medir cualquier situación política, proponer una prognosis política y elaborar una orientación estratégica.

Reevaluando a Trotsky


Quizás la misión más crítica de la Cuarta Internacional a través de toda su historia haya sido la defensa del papel histórico de Trotsky contra las calumnias de los estalinistas. Este deber no sólo tenía que ver con la defensa de un individuo, sino, a nivel mucho más fundamental, de todo el patrimonio programático del marxismo internacional y de la Revolución de Octubre. Al defender a Trotsky, la Cuarta internacional apoyaba la verdad histórica contra las falsificaciones monstruosas y la traición de los principios sobre los cuales la Revolución Bolchevique se había basado.
Aún así, no obstante su defensa intransigente de León Trotsky, ¿fue la Cuarta Internacional completamente leal al patrimonio político e histórico del “Viejo”? Tenemos buenas razones para creer, ahora que el siglo en que Trotsky vivió ha quedado atrás, que una apreciación más profunda y completa de su patrimonio político y estatura histórica es ahora posible. Comencemos sometiendo a otro análisis crítico un famoso trozo en que Trotsky valora su contribución al éxito de la Revolución de Octubre de 1917.
El 25 de marzo de 1935, Trotsky anotó en su diario: “Si yo no hubiera estado presente en Petesburgo en 1917, la Revolución de Octubre todavía habría ocurrido—con la condición que Lenín hubiera estado presente y al mando. Si Lenín o yo no se hubiera encontrado en Petesburgo, la Revolución de Octubre no habría ocurrido: los dirigentes del Partido Bolchevique la hubieran prevenido. ¡De eso no me cabe la menor duda! Si Lenín no hubiera estado en Petesburgo, dudo que yo hubiera podido vencer la resistencia de los dirigentes bolcheviques. La lucha contra el ‘trotskismo’ (es decir, la revolución proletaria), habría empezado en mayo de 1917, y el destino de la revolución hubiera quedado en duda. Pero—y vuelvo a repetir—dada la presencia de Lenín, la Revolución de Octubre de todos modos habría triunfado. Lo mismo en general también podría decirse de la Guerra Civil, aunque durante su primera etapa, sobretodo cuando cayeron Simbirsk y Kazan, Lenín vaci1ó y entró en dudas. Pero eso fue sin duda un momento efímero que nunca se lo admitió a nadie excepto a mí...Por lo tanto, no puedo hablar de la indispensabilidad de mis esfuerzos, aun cuando nos referimos al período entre 1917 y 1921” [ Diaro en exilio (New York: Athenem), p. 46‑47].
¿Es esta crítica válida? En este párrafo, Trotsky se refiere principalmente a la lucha política dentro del Partido Bolchevique. Correctamente toma como punto de partida el significado crucial que tuvo la nueva orientación del Partido Bolchevique en abril de 1917. El mayor éxito de Lenín en 1917, sobre el cual el éxito de la Revolución dependió, fue la de sobreponerse a la resistencia de los dirigentes ‘Bolcheviques Viejos’—Kamanev y Stalin en particular—en cuanto al cambio estratégico en la orientación política del Partido Bolchevique.
Aun así, la importancia crucial de esta lucha dentro del Partido Bolchevique pone en relieve las implicaciones profundas de las disputas anteriores, sobre la perspectiva política, que habían ocurrido dentro del Partido Laborista Socialdemócrata Ruso. Aun si aceptáramos que Lenín desempeñó un papel crítico en vencer la resistencia de aquellos dentro del Partido Bolchevique que se oponían a la toma del poder y al establecimiento de la dictadura del proletariado, él luchaba contra aquellos que se adherían a la línea política que hasta ese entonces él mismo había defendido en oposición a la perspectiva de León Trotsky.
Cuando Lenín regresó a Rusia en abril, 1917, y repudió la perspectiva de la “dictadura democrática del proletariado y el campesinado”, se entendió ampliamente que adoptaba ‑aun cuando no lo admitió abiertamente—la línea política asociada con Trotsky por más de una década: la Revolución Permanente.
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