Lectura orante del salmo 22 (21)



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22 salmos para la Lectura orante, 6 de abril 2006 Universidad Pontificia Comillas

LECTURA ORANTE del SALMO 22 (21)




Del maestro de coro. De David. Salmo


1 Al maestro de coro. Según la «cierva de la

aurora». Salmo de David



2 Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?

Lejos de mi salvación los rugidos de mi voz.

3 Dios mío, de día te llamo y tú no me respondes,

de noche, y tú no me haces caso;



4 pero tú eres el Santo, te sientas en tu trono,

¡oh gloria de Israel!.



5 En ti esperaron nuestros padres,

esperaron en ti y tú los liberaste,



6 a ti clamaron y quedaron libres,

esperaron en ti y no fueron defraudados.



7 Mas yo soy un gusano, que no un hombre,

vergüenza de los hombres, escarnio de la plebe;



8 todos los que me ven hacen burla de mí,

retuercen la boca, menean la cabeza:



9 «Confió en el Señor, pues que él lo libre;

que lo salve, si de verdad lo quiere».



10 Tú me sacaste del vientre de mi madre,

me pusiste seguro en su regazo;



11 desde antes de nacer a ti me confiaron,

desde el vientre de mi madre eres mi Dios.



12 No te quedes lejos,

que el peligro está encima y nadie me socorre.



13 Toros innumerables me acorralan,

me acosan los toros de Basán;



14 ávidos abren contra mí sus fauces,

cual leones que rugen y desgarran.



15 Siento que me disuelvo como el agua,

todos mis huesos se dislocan,

mi corazón se ha vuelto como cera,

se me deshace dentro de mi pecho;



16 mi garganta está seca lo mismo que cascajo,

mi lengua se me pega al paladar;

me has hundido en el polvo de la muerte.


17 Me rodea un montón de mastines,

una banda de criminales me acomete,

taladran mis manos y mis pies,

18 puedo contar todos mis huesos.

No me pierden de vista, me vigilan;



19 se reparten mi ropa y se sortean mi túnica.

20 Mas tú, Señor, no te quedes lejos;

fuerza mía, ven corriendo en mi auxilio,



21 libra mi vida de la espada,

no dejes que me desgarren esos perros;



22 sálvame de las fauces del león,

mi pobre vida de los cuernos del búfalo.



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23 Anunciaré tu nombre a mis hermanos,

en plena asamblea te alabaré.



24 Que lo alaben los fieles del Señor,

que lo glorifique la raza de Jacob,

que lo adore la raza de Israel;

25 pues no rechazó ni despreció la miseria del pobre

ni se escondió de él; escuchó su grito de socorro.



26 Yo alabaré su lealtad en la asamblea,

cumpliré mis promesas delante de sus fieles.

27 Los pobres comerán hasta saciarse,

alabarán al Señor los que lo buscan:

«¡Viva su corazón eternamente!».



28 El mundo entero recordará al Señor

y al Señor se convertirá;

lo adorarán, postrados ante él,

todas las familias de los pueblos.



29 Pues sólo del Señor es el imperio,

él es el Señor de las naciones.



30 Los nobles de la tierra le rendirán honores,

ante él se inclinarán cuantos bajan al polvo



31 Mi descendencia servirá al Señor

y hablará de él a la generación futura,



32 contará su justicia al pueblo venidero:

«Todo fue obra del Señor».



Cuando leas


Fíjate que el salmo se divide en dos partes claramente distintas. Hasta el verso 22 inclusive, se trata de una lamentación, de un gemido de alguien que se encuentra deshumanizado y al borde de la muerte. En el verso 23 hay una brusca inflexión y el orante está seguro de que va a ser escuchado, y saborea de antemano los frutos de la respuesta de Dios a su oración. Dará fruto en él personalmente y en otros muchos que, al escuchar su testimonio, se convertirán a Dios.

No busques identificar al orante con ninguna figura histórica del Antiguo Testamento. Como casi siempre en los salmos, el orante puede ser cualquiera que se encuentre en esa situación. No tiene carnet de identidad. No hay datos en la ficha para saber cuáles eran en concreto sus problemas. Es cualquier inocente perseguido. Pero a pesar de esta universalidad, su dolor no es abstracto, sino patéticamente personal. Cualquier inocente perseguido puede pensar que es de él de quien están hablando con pelos y señales.


Se siente acosado por los enemigos, enfermo de muerte, rechazado y despreciado. Fíjate en las metáforas para expresar la saña de sus perseguidores. Son como mastines, como toros, como búfalos, como leones. Acosan, rugen, abren sus fauces, cornean, devoran. Pero para el salmista más doloroso que todos los ataques de los enemigos es el silencio de Dios. Tres veces repite que lo siente lejos (vv. 2.12.20), que no responde, que no hace caso. Es un dolor teológico que desconcierta y abate.

Fíjate cómo expresa su dolor. Su oración es un rugido, un grito de socorro, un clamor desgarrado, pero no desesperado. La garganta está inflamada de tanto gritar, su boca está reseca como un cascajo. Su autoestima se ha deteriorado, y se siente un gusano, un infrahombre, objeto del desprecio de todos. Pero no ha interrumpido la comunicación con Dios, sino que persevera en la oración.

Un recurso para aliviar su dolor es el recuerdo de momentos felices del pasado, el recuerdo colectivo de las bondades de Dios para con el pueblo (vv. 5-6), y el momento de recuerdos felices y luminosos en su infancia (vv.10-11). El recuerdo de las acciones pasadas de Dios es el más seguro antídoto contra la desesperanza.

Fíjate ahora en la segunda parte del salmo a partir del verso 23. La misma oración ha producido un cambio en el salmista. Después de gemir, después de rugir, ya no es el mismo. Se abre a la esperanza de que volverá a alabar a Dios. No ha ocurrido todavía nada. No ha cambiado la situación, pero ha cambiado el talante del salmista. Este es el primero y más importante fruto de toda oración: el cambio que produce en nosotros desbloqueando nuestro corazón.

La imaginación del salmista se adelanta a describir la fiesta que celebrará en el templo junto con todos sus amigos, cuando vaya allí a dar gracias a Dios. Cumplirá allí los votos que le está haciendo en ese momento de angustia. Ofrecerá allí un sacrificio y un banquete al que invitará también a los pobres. Muchos serán los beneficiarios de las gracias que espera conseguir. Será una bendición para su familia, para su descendencia, para Israel. Al escuchar su testimonio, muchos se convertirán a Dios, y su alabanza se escuchará hasta los confines de la tierra.

Los evangelios ponen en labios de Jesús en la cruz el primer verso de este salmo (Mc 15,34). Jesús es así el representante, el portavoz de todos los inocentes perseguidos. El salmo es además especialmente apropiado para aplicarlo a Jesús, porque en ningún momento manifiesta ningún deseo de venganza, ni ninguna imprecación contra los enemigos. Podemos suponer que Jesús recitó en la cruz no solo el primer versículo del salmo, sino el salmo entero hasta el final y se abrió confiadamente a todos los bienes que su muerte en cruz iba a traer a la humanidad entera.



Cuando medites


*Recuerda alguna situación desesperada en la que te hayas encontrado, y la oración que le hiciste a Dios en ese momento. ¿Alguna vez te han calumniado? ¿Alguna vez te han perseguido? Compara tus sentimientos de entonces con los que expresa el salmista.

*¿Cuáles son los recuerdos bonitos del pasado que te ayudan a seguir confiando a pesar de la aparente lejanía de Dios en los momentos oscuros de la vida?

*¿Quiénes son los beneficiarios de tu confianza? ¿A quién le vas a contar cómo el Señor te ayudó? ¿Quiénes son los pobres que comerán como consecuencia de tu fidelidad a Dios y de su intervención salvadora en tu vida? ¿Cómo has festejado y cómo quieres festejar cada una de las veces en que el Señor te ha salvado de un peligro, de una calumnia, de una persecución injusta?

*¿Cómo te ayuda este salmo a entrar en el corazón de Jesús al morir en la cruz? ¿Qué sentimientos se despiertan en ti al ver su desamparo y su confianza, su inocencia y la crueldad con la que se ensañaron con él, sus sufrimientos y los frutos que han producido en nosotros?


Cuando respondas con tu oración


*Sitúate en esa situación dolorosa del pasado que has recordado hoy, y desde allí recita el salmo.

*Dale gracias a Jesús porque no rehuyó aquella muerte tan afrentosa y porque te enseñó a abandonarte a Dios incluso cuando te sentías abandonado por él.



*Promete que vas a confiar en él la próxima vez que te parezca que te ha abandonado

*Ofrécele tu alabanza y tu testimonio a todos para que también ellos confíen el Señor.


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