Las tres caras de la mente El desarrollo de las inteligencias mentales, emocionales y del comportamiento Elaine de Beauport con Aura Sofía Díaz



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NOTAS
1. El zodíaco humano (Elaine de Beauport y Luis Camejo). Basado en Hombre Vitruvio de Leonardo da Vinci.
2. Ver entrada «trance» en Webster's New World Dictionary.

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CAPÍTULO 19


LA INTELIGENCIA DEL COMPORTAMIENTO Y SUS APERTURAS
La inteligencia del comportamiento es nuestra capacidad de actuar. Muchas personas tienen un alto cociente de inteligencia del comportamiento: son capaces de actuar, de establecer parámetros que guían su acción, de cambiar patrones que no los ayudan a actuar y de moverse hacia o alejarse de (algo o alguien) en acción continua. Son insistentes y persistentes; logran que las cosas se hagan; no se asustan mucho con obstáculos, valoran la acción y puedes reconocerlos tanto como reconoces aquellos que valoran las emociones o los que valoran las ideas. El uso de la inteligencia del comportamiento tiene que ver con la capacidad para actuar apropiadamente en nuestro entorno. Requiere las tres inteligencias del comportamiento que hemos visto y requiere la capacidad de responder a la información que de manera continua nos impacta a través de las aperturas de nuestro cuerpo.

Todas las aperturas nos proveen de información que podemos ser capaces o no de integrar en acciones y comportamientos que nos satisfacen. Estas aperturas a menudo proveen tanta información que se sobrecarga nuestro sistema nervioso, causándonos inseguridad, incomodidad y desequilibrio con nosotros mismos. Decimos entonces que nos sentimos ansiosos, nerviosos, inquietos, molestos con «las cosas» tal como son. «Yo no sé qué pasa conmigo», «estoy realmente preocupado por o temeroso de...»; «no puedo controlar las cosas», estas expresiones indican que de cierta forma no podemos controlar los acontecimientos de la manera en que estamos acostumbrados. Nos sentimos ansiosos y hasta con miedo. Todas estas manifestaciones consideradas en conjunto, pueden ser descritas como un proceso de ansiedad. Estamos sobrecargados. Expresado de manera más sencilla, no podemos manejar cómodamente el cúmulo o tipo de información que impacta nuestro cuerpo a través de los sentidos. Estamos muy abiertos o sensibles a la información, y cualquier forma de ansiedad que presentemos es un intento de cerrarnos para lidiar con la sobrecarga.

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Ciertamente, el fenómeno de la ansiedad se registra en nosotros a nivel emocional. Sin embargo, de la experiencia conmigo misma y con otras personas y del estudio de este cerebro más profundo, yo creo que el proceso de ansiedad se puede controlar sólo si estamos dispuestos a relacionarlo directamente con nuestras propias acciones y nuestro cerebro básico. De alguna forma nuestras acciones y comportamientos están produciendo esta ansiedad y, por lo tanto, nuestra respuesta necesita ser a nivel comportamental.

Las emociones nos ponen en alerta acerca de los sentimientos de ansiedad, pero manejar la ansiedad requiere nuestra inteligencia del comportamiento.


DIAGRAMANDO EL PROCESO DE LA ANSIEDAD
En el centro del fenómeno de la ansiedad hay una variedad de preocupación, miedo o culpa. Se han escrito libros acerca de cada uno de estos procesos. Mi intención es solamente indicar su relación con nuestras acciones o carencia de ellas, de manera que podamos darnos cuenta de cómo la inteligencia del comportamiento puede ayudarnos a intervenir las primeras etapas del proceso de ansiedad.

La preocupación. Es una mezcla de vibraciones de cada sistema cerebral. Estamos preocupados por algo y decimos por ejemplo, «mi hijo no llegará temprano a casa». Podemos hacer generalizaciones con el hemisferio derecho, tales como «pudiera haber tenido un accidente de carro», o bien, llegar a la especificidad del razonamiento, algo tardía, del hemisferio izquierdo: «Yo le dije que si bebía más de dos tragos no sería capaz de manejar con cuidado». Si la preocupación persiste, se presenta un fenómeno repetitivo que es característico del cerebro básico.

En efecto, podemos volvernos adictos a nuestras preocupaciones. Deténgase un momento y considere lo que lo está preocupando en este momento. Entonces dése cuenta de cuántos años tiene usted preocupándose por la misma cosa. La preocupación es una adicción socialmente aceptada: es verbal, suena lógica y en consecuencia resuena con nuestra cultura lógica. Siempre expresa algún interés o cariño. Vá de las generalidades del hemisferio derecho a los detalles del izquierdo, y es un «ping-pong» continuo entre hemisferios. Es vibración en cada uno de los sistemas cerebrales pero sin estar dispuestos a ponerle cierre en ninguno de ellos.

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La preocupación es:

• Un proceso de razonamiento secuencial del hemisferio izquierdo pero sin estar dispuestos a llegar a una conclusión.

• Un proceso imaginativo siempre creciente en el hemisferio derecho pero sin el deseo de cerrar alrededor de una imagen más pequeña.

• Una cierta inquietud y cariño en el cerebro límbico, pero sin un sentimiento lo suficientemente profundo que pueda conducirnos a la acción de verificar qué es lo que realmente está sucediendo

• Una repetición de vibraciones nerviosas en el cerebro básico y la carencia de disposición para actuar

Sin un cierre en cualquiera de los sistemas cerebrales, la información continúa impactando y sobrecargándonos. La ansiedad continúa.

Aunque estamos pensando cuando estamos preocupándonos, no estamos pensando efectivamente. Necesitamos cerrar en alguno de nuestros sistemas cerebrales. Por ejemplo, estas pensando e imaginando acerca de un evento físico o acción que supones que va a suceder, pero no verificas si tus pensamientos o imágenes están relacionados con la realidad externa ni mueves tu cuerpo hacia la acción. Cambia a la inteligencia básica. Muévete a la acción: ¿dónde está tu hijo y qué está pasando? Verifica tu realidad levantando el teléfono o montándote en el automóvil yendo a buscarlo, o entra en tu hemisferio izquierdo a verificar los detalles del sitio que él iba a visitar o los amigos con los que se iba a encontrar... Usa tu proceso racional y llega a una conclusión y actúa. Una vez que hayas llegado a una conclusión, inhibe tu hemisferio derecho para que no intervenga con más imágenes. Respira profundo en tu abdomen para relajarte y considera la posibilidad de mover tu energía e involucrarte en otra rutina.

Debemos dar un giro consciente a nuestra energía y ocuparnos en una actividad diferente, preferiblemente un hábito agradable de manera que no regresemos a la cabeza y comencemos el proceso de preocupación otra vez. Si somos unos preocupados permanentes y este hábito ha estado con nosotros por largo tiempo, no creeremos que estas cosas sean posibles. Si estamos dispuestos a actuar para evitar el hábito de la preocupación, experimentaremos la diferencia.

La preocupación puede ser una señal positiva que nos llama a la acción. Si se vuelve un hábito nos roba nuestro poder de actuar, haciéndonos caer fácilmente en reacciones nerviosas. Es el inicio del proceso de la ansiedad. Si estás ansioso o caes en ansiedad frecuentemente, vé a tu lista de preocupacio-

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nes y verifica qué acciones estás evitando y cuáles acciones necesitas tomar para cerrar el continuo bombardeo de la misma información.

El miedo. El miedo es un fenómeno mayor que la mayoría de nosotros no admite. Nos han enseñado a no tener miedo desde muy pequeños; más aún si lo sentimos, nos han enseñado a no admitirlo: en su lugar decimos que estamos nerviosos o ansiosos o «simplemente» estresados. Cualquiera que sea la variación del miedo que admitamos, es importante tener alguna manera de reconocerlo en nuestro cuerpo. El miedo se siente como si estuviéramos tensos, caóticos, incómodos, nerviosos e inestables, como que no somos nosotros mismos. Nuestras vibraciones y nuestro cuerpo no están contraídos sino constreñidos, restringidos, somos incapaces de expandirnos y relajarnos. Frecuentemente el miedo está acompañado de una conducta repetitiva como acompasar, morderse las uñas, dar golpecitos con un lápiz o hacer la misma cosa una y otra vez. Todo esto nos dice que estamos ansiosos, nerviosos, con miedo. Estamos con una sobrecarga y no podemos manejar la información que sigue entrando.

El miedo es una señal importante para PARAR, DETENERNOS y esperar. Nos dice que no crucemos esa calle, pero si ya estamos en la mitad de ella o en la mitad de un proyecto en el que ya hemos comenzado a gastar dinero, o si hemos aceptado casarnos y nos sentimos nerviosos, ansiosos o con temor, el miedo nos está diciendo que PAREMOS y regresemos al comienzo, que regresemos a nuestra roca o al territorio en el que nos sentimos seguros. Allí podremos reconsiderar por qué comenzamos con ese proyecto: ¿verdaderamente necesito una vivienda tan costosa? ¿Qué me hizo decidir casarme? ¿Cuál nueva información me está impactando?

Una de las grandes causas del miedo es no saber qué hacer o cómo hacer. Es como si el territorio bajo nosotros se estuviera moviendo, no estuviera seguro. Nuestro cerebro básico de la acción está confundido y nos está alertando de regresar hasta que aprendamos a cruzar este territorio, sea que nunca aprendimos cómo cruzarlo de manera segura o aprendimos mal y tuvimos malos resultados. El miedo es también la proyección en el presente o en el futuro de una mala experiencia previa.

Nuestra experiencia nos está llamando a PARAR Y APRENDER. El miedo es una señal inteligente. Necesitamos oírla y descubrir lo que necesitamos aprender para actuar exitosamente o cuando menos de forma segura. La seguridad, ahora ya lo sabemos, proviene de vivir nuestra vida dentro de ciertos parámetros en los cuales hemos aprendido a actuar sin peligro. Cuando damos un paso fuera de esos parámetros o cuando los acontecimientos o personas se entrometen dentro de nuestros parámetros, es inteligente sentirnos inseguros.

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También es inteligente parar, darnos tiempo para recobrarnos y aprender cómo volver a sentirnos seguros: darle la bienvenida a lo desconocido, incorporar el nuevo suceso o aprender cómo manejar lo que desconocemos de manera que podamos establecer nuevos parámetros para actuar con seguridad.

La imaginación del hemisferio derecho es otra fuente de miedo. Tan bellas como puedan ser algunas imágenes, un buen hemisferio derecho puede continuar viajando a través de imágenes más y más expandidas hasta que quedamos atrapados lejos de nuestro cuerpo. Si paramos el proceso de imaginar una imagen dañina, podemos en efecto sentirnos disociados y registrar sobresalto, ansiedad y miedo. Ambos hemisferios, el izquierdo y el derecho son como caballos galopando a gran velocidad y necesitan ser controlados. Necesitamos tomar las riendas y traerlos de nuevo a la realidad, cerca de nuestro cuerpo y al momento presente. Necesitamos de manera especial tirar las riendas del hemisferio derecho cuya habilidad natural es galopar a campo abierto trayendo de regreso información que no sabemos cómo manejar. PARA hasta que tu inteligencia básica pueda guiarte hacia algo que sepas manejar.

El miedo está disfrazado de nombres como ansiedad, inseguridad, nerviosismo, incomodidad o estrés. Todos pertenecen a la gran familia del miedo, son hermanos, hermanas, primos hermanos, pero todos tienen el mismo apellido. Necesitamos relacionarnos con esta familia: todos nos están diciendo algo acerca del ambiente en el cual estamos poniendo nuestro cuerpo, la conducta que estamos exigiendo de nosotros mismos o las acciones en las cuales nos estamos comprometiendo. Aprendamos a reconocer los diferentes miembros de esta familia y cómo nos hablan. Me siento nerviosa o sólo me encuentro incapaz de actuar como lo hago usualmente... ¿Puedo admitir que estoy ansiosa? ¿Puedo parar? Debemos aprender a manejar la información que nos llega antes que ésta nos robe la energía e intensifique nuestra ansiedad.

La culpa. Quizás no exista mayor ladrón de energía que la culpa. No es elegante admitir sentirse culpable y de hecho, se ha puesto tan fuera de moda entre la gente que muchos ya no pueden reconocer el sentimiento de culpa. La culpa es un sentimiento y un fenómeno que indica que no hemos tomado la acción prescrita por nuestra cultura, nuestra religión, nuestra sociedad, nuestra familia o nuestra conciencia. Decimos que «debería hacer esto o lo otro» en lugar de proceder y hacerlo realmente. «Debería haber ido a visitar a mi madre el domingo pasado, pero en lugar de hacerlo me fui al cine». Digo que me siento culpable, lo que al menos comunica que tengo conciencia, que mi madre me importa o que sé qué es lo correcto hacer.

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Cuando hay culpa siempre hay un valor involucrado, tal como el valor de honrar y cuidar a nuestros padres.

Los valores constituyen la sabiduría colectiva de culturas anteriores que se pasa de generación en generación. Los valores indican acciones vividas y valoradas en las generaciones que nos precedieron, valoradas porque en algún momento de la historia significaron la supervivencia de la comunidad. Por ejemplo, en un punto de la historia era un asunto de supervivencia cuidar muy bien a la madre de manera que nueva vida pudiera ser añadida y la tribu se fortaleciera. Los valores son patrones de acción que se originaron en el pasado y que se repiten una y otra vez a lo largo de la historia.

Los valores nos son transmitidos a través de una persona determinada que amábamos o admirábamos. Frecuentemente podemos hasta recordar la persona y el suceso en el cual un determinado valor se grabó en nuestras mentes. Los valores nos llegan a través de nuestra familia, nuestra religión, nuestra escuela o nuestro país, y menos frecuentemente a través de nuestras profesiones o nuestros héroes. El punto es que los valores no se originan en el presente. Yo no me despierto un domingo por la mañana y pienso o siento «¡Oh, qué buena idea, voy a ir a visitar a mi mamá!». No, yo me levanto y siento una vibración que me presiona y que toma la forma de «hoy debo ir a ver a mi mamá».

Cuando decimos «debo» y no actuamos, nos sentimos culpables; la culpa se convierte en una excusa más para no actuar. El sentimiento de la culpa —el malestar, la incomodidad o sensación de peso— aumenta nuestra ansiedad y debilita nuestra acción. Si actuamos lo hacemos por obligación con menos entusiasmo y menos claridad. Actuamos con menos frecuencia. Seguimos diciendo que nos sentimos culpables pero la brecha entre la palabra y la acción se hace más amplia cada vez que esto se repite.

Hemos intentado enseñar la acción por medio de la enseñanza de valores esperando que las palabras garanticen la acción. El cerebro neocortical de las palabras puede sugerir pero no puede garantizar la acción. Nos quedamos atónitos ante el número de «niños criminales» que no demuestran remordimiento o conciencia ante sus delitos. ¿Qué podemos hacer si queremos traer los valores de nuestros antepasados a nuestra generación, de manera que nos guíen y poder transmitirlos a nuestros hijos? Debemos enfocarnos en nuestras acciones así como en nuestras palabras. Podemos primero hacer una lista de todas las situaciones que nos hacen sentir culpables, verificar el valor involucrado en cada una y comenzar a reflexionar cuál acción estoy dispuesta a tomar en el transcurso de mi vida a favor de ese valor. ¿Realmente voy a visitar a mi madre cada domingo, la llamaré cada quince días o le enviaré un mensaje?

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¿Cuál acción es realmente posible y genuina para mí? No hagamos más amplia la brecha de credibilidad por medio de continuar hablando de valores sobre los que rehusamos actuar. Lo que se necesita es poner al día los valores del pasado que nos hacen sentir culpables porque no estamos actuando y no los estamos haciendo nuestros con la decisión de cuál acción realmente haremos en lugar de sólo hablar al respecto. Saber cuál acción realmente ejecutaremos nos aliviará de la ansiedad y la tensión que sentimos, lo que es importante no sólo para liberarnos de la culpa, sino para nuestra sociedad: si nuestra acción es auténtica, el valor seguirá. Quizás no sea el mismo en nuestra generación que como fue en las generaciones pasadas, pero el valor será transmitido a través de nuestro comportamiento. Los valores deben ser puestos al día e integrados al comportamiento de cada generación o se irán debilitando con cada generación.

Los viejos valores no mueren, sólo se convierten en «deberías». Decimos «deberíamos», pero dudamos, evitamos, decimos sí pero hacemos no. Pedimos perdón o construimos excusas. Al final decimos que nos sentimos culpables, lo que al menos nos hace sentir aceptables a nuestros propios ojos y a los ojos de los que nos rodean. Admitamos la culpa, dándonos cuenta de cuándo nos sentimos culpables, observemos nuestras acciones, oigamos nuestros «debería», pongamos al día nuestros valores y utilicemos la inteligencia de los patrones para inhibir las viejas acciones que no nos sirven, y entonces con la inteligencia básica y la de los parámetros podremos guiarnos hacia nueva acción.

Tengo la esperanza de que ahora puedas distinguir el proceso de ansiedad de otros procesos emocionales. La preocupación, el miedo y la culpa pueden ciertamente, sentirse; pero si queremos sanarnos debemos considerarlos como un llamado a tomar algún tipo de acción física, un llamado a mejorar nuestro comportamiento. Necesitamos nuestra inteligencia básica para liberarnos y movernos acercándonos o alejándonos de algo o alguien. Nuestra inteligencia de los patrones nos revela los valores y patrones que están limitando nuestras acciones o haciéndonos sentir culpables acerca de aquellas que no tomamos. Y, finalmente, nuestra inteligencia de los parámetros, nos invita a nueva acción.
LA PIEL: ABIERTA AL MUNDO
¿Cómo hemos caído en hábitos de preocupación, miedo y culpa? ¿Por qué existe el proceso de ansiedad? Existe porque somos sistemas de vibración sensibles expuestos continuamente a las vibraciones de esta tierra. Estamos continuamente expuestos a la información, sea a través del inconsciente

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colectivo que entra cuando dormimos o a través de un proceso inconsciente específico que se está grabando continuamente alrededor de nuestro cuerpo. El punto clave es que nosotros los seres humanos somos un sistema dinámico cuya médula espinal está continuamente respondiendo a nivel de la piel a todas las vibraciones de otras vidas alrededor de nosotros. Los poros de nuestra piel son un sistema de interface entre nuestro ambiente y nuestro yo interno. Como se expresó anteriormente, la información entra a través de las aperturas de nuestra piel y es llevada a nuestro sistema nervioso aferente-eferente, hacia arriba a través de nuestra médula, dentro de nuestro sistema cerebral básico, sin ninguna invitación consciente de nuestra neocorteza.

Para bien o para mal, nuestro cerebro básico nos casa con nuestro medio ambiente. Nuestra piel nos expone a información, nuestra médula espinal canaliza esta información hacia nuestro cerebro básico. Debemos tener alguna señal que indica que no estamos manejando o no somos amigos de esa información. Tenemos muchas señales o muchas maneras de bloquear la información que nos llega y la respuesta de la ansiedad es una primera, básica y saludable señal. Revisa la siguiente tabla para volverte consciente del impacto de tu ambiente en tu sistema sensorial.
TABLA PARA TENER MAYOR CONCIENCIA


SEÑALES CORPORALES

PARÁMETROS

PATRONES

Ansiedad

¿Cuáles son las principales rutinas de tu día y de tu noche?

¿Cuáles patrones o valores están involucrados en mantenerte dentro de estas rutinas?

Tensión en la espalda

¿Cómo utilizas tu tiempo?

¿A cuáles valores estuviste condicionado en tu infancia?

Irritaciones de la piel

¿En qué espacio estás trabajando?

¿Cómo se relacionan estos valores con el hecho de que te mantengas en rutinas de tensión?

Fatiga

¿Cuáles son tus lazos con tu hogar? ¿Con tu trabajo, con tu familia o con las otras áreas básicas de tu vida?

BÁSICA

¿Qué te va a permitir alejarte de esos parámetros de tensión?



Epstein-Barr




¿Y qué te permitiría acercarte a nuevos valores y nuevas rutinas?

Fallas nerviosas







Desequilibrios







Extrañezas







Accidentes







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Las preguntas de la tabla nos invitan a darnos cuenta de qué puede estar impactando nuestra salud o bienestar a través de nuestra piel o nuestra médula espinal. Nuestra piel es el registrador de todo nuestro cuerpo. No es un termómetro que registra nuestro calor interno en relación con las tensiones o las enfermedades; por el contrario, es un termómetro externo que registra nuestras respuestas saludables, adecuadas o inadecuadas a la vida o a las condiciones del entorno en el cual nos hemos colocado nosotros mismos. Hemos intentado buscar una comprensión de la enfermedad y su cura, y hacemos bien; sin embargo, sería todavía mejor volvernos conscientes de las primeras señales que nos comunica nuestra piel antes de que éstas se transformen en enfermedad.

La tabla anterior es una invitación a relacionar el bienestar de nuestra piel, de nuestra espalda y nuestros nervios con aquellas rutinas que damos por sentadas pero que pueden estar estresando nuestra salud. Nuestra respuesta a los estímulos de nuestros padres u otros miembros influyentes de nuestro entorno conformaron nuestros valores y nuestros patrones que luego dictaron nuestro comportamiento. A partir de estos sutiles comienzos hemos creado las acciones o rutinas de nuestra vida: rutinas de salud, de hogar, de familia, de relaciones, de aprendizaje, de trabajo, de diversión y de espiritualidad.

Tenemos rutinas inconscientes. Podemos estar viviendo dentro de parámetros sobre los cuales no decidimos conscientemente. No estudiamos esos valores o patrones de comportamiento con nuestros ojos leyendo libros de estudio, ni con nuestros oídos escuchando a los profesores, ni con nuestro cerebro neocortical eligiendo racionalmente acerca de esos valores o patrones de comportamiento. Probablemente estábamos escuchando las voces de nuestros padres, viendo o sintiendo sus comportamientos. La totalidad de esa experiencia estaba presente en nuestro entorno y estaba siendo comunicada inconscientemente a través de todos los poros de nuestro cuerpo. Así como aprendimos a caminar y hablar por imitación en lugar de por explicaciones, así imitamos los valores y patrones de comportamiento que continúan influenciando nuestros parámetros, nuestra escogencia de rutinas y nuestras acciones.

Sentir estrés en nuestra piel, espalda o nervios puede ser el resultado de estar restringidos continuamente, de cerrar los poros de nuestro cuerpo y los nervios de nuestra médula espinal que por años ha estado bajo presión e imitación de comportamientos formados en los primeros años de nuestra vida. Si las rutinas de la vida están causándonos estrés -que va desde pequeñas señales de ansiedad hasta grandes explosiones de debilidad y enfermedad en nuestro sistema nervioso-, es importante cuestionar los valores o patrones

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involucrados en mantenernos dentro de esas rutinas. Nuevamente, no deseo negar la necesidad de asistencia médica para estas enfermedades, sólo deseo llamar la atención sobre las distintas señales que nos envían la piel, la espalda y los nervios de manera que podamos aplicar nuestras inteligencias del comportamiento antes de que esas señales alcancen las proporciones serias de una enfermedad. Nuestra propia inteligencia del comportamiento puede servirnos para protegernos antes de la enfermedad o para hacer cambios en nuestras acciones, comportamientos y entorno conjuntamente con las recomendaciones médicas que nos son ofrecidas.

Las inteligencias del comportamiento no sólo sirven para nuestra conciencia sino para nuestra acción. Nuestra piel es un sistema de sensaciones: los poros sienten las vibraciones alrededor de nosotros. Lo llamamos instinto, y muchas personas tienen una inteligencia instintiva muy desarrollada. Entran a una habitación y pueden sentir lo que está pasando. En una situación dada decimos que la saben manejar instintivamente: tienen inteligencia de comportamiento -la inteligencia de la acción. ¿Será que su piel está más alerta, más cercana a la tierra, a todo lo que está sucediendo? La piel del reptil lo protege, le pone alerta cuando el peligro está cerca, le capacita para prepararse a atacar aún cuando «el enemigo» todavía está lejos. Podemos no querer considerarnos reptiles, pero podemos desear considerar tener inteligencia instintiva o la posibilidad de que nuestra piel tiene un sistema de inteligencia que podemos llamar sensorial o instintivo que puede guiarnos inteligentemente en situaciones de inmediatez. No necesitamos atacar: podemos usar nuestra inteligencia básica para alejarnos.

La inteligencia de los parámetros nos invita a encontrar las muchas maneras de rodear nuestra piel de manera que nos alimente y proteja. En el útero la piel está rodeada y alimentada por el líquido amniótico de la placenta. El hecho de que nacemos sanos se debe a los alrededores en los cuales fuimos alimentados y protegidos durante nueve meses. La mayoría continúa amando el agua y nos bañamos sintiendo gran placer. Amamos el calor y no podemos vivir sin él. Sabemos cuánto nos gusta ser abrazados o sostenidos por brazos humanos. Sabemos lo bien que se siente ponernos nuestra ropa vieja. No importa cuánto protesten los cercanos acerca de lo vieja o fea que está, nuestro cuerpo la sigue buscando. El comentario «Yo creí que ya habías botado eso» siempre recibe la misma respuesta: «¡Nunca!» Nuestra piel ha aprendido a sentirse a gusto en ella. Cuando nos sentamos en nuestro sillón favorito nos sentimos en casa y todo está perfecto. ¡Y qué bueno es dormir en nuestra propia cama! Lo que nos rodea nos hace sentir seguros y nos con-

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forta. Todos éstos son parámetros a los cuales hemos estado acostumbrados. Sin duda nos descansan y por eso volvemos una y otra vez a ellos. Esta es la inteligencia de los parámetros en su mejor forma.

Cuando estemos nerviosos, abiertamente fatigados o experimentando cualquier síntoma grave relacionado con el nerviosismo o una fatiga inexplicable, regresemos a nuestra roca, a los parámetros que nos confortan. Sin embargo, si estamos sufriendo, puede que necesitemos retar esos parámetros. De alguna manera no nos están sirviendo. Nuestra piel no está descansando. Los poros y los nervios están contrayéndose-constriñéndose en lugar de relajarse y expandirse. Puede que deseemos cambiar o experimentar nuevos parámetros, puede que sea tiempo de una salida para comprar ropa nueva, cambiar de casa, de trabajo o tomar unas vacaciones.

Sin embargo, ir directamente a la inteligencia de los parámetros puede ser más provechoso y a la larga darnos claves significativas de qué está yendo mal. ¿Qué patrones o valores heredamos acerca de cuidar nuestro cuerpo? ¿Era correcto comprar ropa bonita o debíamos estar ahorrando el dinero? ¿Están nuestros valores o patrones de comportamiento afectando de manera adversa nuestro trabajo? ¿Es importante únicamente tener éxito en el trabajo y menos importante crear una casa bella? ¿Qué está pasando? ¿En nuestro comportamiento podemos encontrar los patrones involucrados? ¿Podemos intervenir el patrón o buscar patrones alternativos? ¿O será más sencillo y podemos sólo alejarnos de esos parámetros y acercarnos a unos más protectores y nutritivos?

Para desarrollar las inteligencias de la sensibilidad y de lo sensorial en nuestra piel, debemos mirar hacia el uso consciente de la inteligencia de los parámetros. Permitámonos buscar los patrones involucrados cuando algo va mal y repatronemos para mejorar las rutinas o lo que nos rodea que está afectando nuestra piel. La inteligencia básica es más rápida y esencial: es alejarnos del territorio que nos hace daño y acercarnos hacia el que nos conforta y nos protege. La piel es la entrada a nuestro sistema nervioso y su expresión. No < menospreciemos su importancia.

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